Llora un río/ Cry me a river.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Aquí estás, después de todo este tiempo.

Me has llamado balbuciendo palabras, escupiendo intenciones.

No está mal. Nada mal. Pero ya es tarde.

Puedes llorar un río, puedes deshacerte en lágrimas acuosas. Qué más da.

No es venganza. No te quiero para eso.

Ni para nada.

Y ahora llegas pidiendo perdón por haber estado equivocado, por haberme infravalorado, qué se yo.

Te oigo con los ojos abiertos. Porque yo lo recuerdo todo y tú no eres así.

Al menos cuando estábamos juntos.

No eres amante, no eres querendón; eres manipulador y exigente. Y egoísta. Y pendón.

Llora un río, o dos. Arrepiéntete como masa agnóstica. Dime que me quieres y que me extrañas.

Haz lo que quieras.

Que yo construyo puentes sobre tus lágrimas.

Llora un río de perdones, que yo quemaré las barcas que te atraviesan para no verte más.

Llora un río por mí. Ésa es hoy tu desgracia.

Todo de mí /All of Me.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Todo de mí. Te lo has llevado todo.

   Mi corazón, mi sentido, mis sueños, mis suspiros.

   Todo de mí. Te lo has quedado todo.

   ¿Por qué no te has llevados mis recuerdos? ¿Por qué me has dejado el sabor de tus besos, el tacto de tus caricias, el peso de tu cuerpo sobre el mío?

   Toma mis brazos, que no saben abrazar a nadie más.

   Toma mis piernas, que no te atraparán más.

   Te has llevado mi corazón, y ahora queda un hueco que tiene tu nombre tatuado.

   Todo, te has llevado todo de mí.

   Menos mi cuerpo, que yo quería pegado al tuyo. Menos mi locura, que nace por ti.

   Sin ti, ¿qué soy? Una locura sin fundamento, un lío, un garabato.

   Te los has llevado todo, y todo es vacío.

   Yo. Mí. Mío.

   Nada.

   Tú. Tuyo.

   Todo de mí.

   Nada.

Abajo el amor/ Down With Love.

Música/ Music

Nunca sabrás/ You’ll Never Know.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   El sol en la distancia del lento atardecer. Se derrite en este calor inusual de octubre. Las hojas a medio caer, el mar rosa y naranja, las nubes surcando el horizonte lento y cansado. Como yo.

   Todo me recuerda a ti.

   Nunca sabrás lo mucho que te he querido. Nunca sabré porqué has sufrido tal ceguera, tal embotamiento de los sentidos que nos hacen humanos. Y sin embargo…

   Tu pelo, tus ojos brillantes, tu sonrisa plateada en la noche recortada de estrellas; una caricia escondida y disfrazada de ademán cortés; un latido ahogado, una palabra que se escapa y que no llega a los oídos, pues muere a flor de labios. Y tus labios…

   Nunca sabrás todo lo que te daría. Cómo viviría a tus pies, besando esas plantas divinas que te unen a la tierra. Nunca imaginarás si quiera el inmenso placer de la compañía, esa seguridad callada que todo lo obtiene con sólo un ademán, con un pensamiento que no llega a articularse en palabras sonoras. No sabrás del amor que se funde con la camaradería ni del deseo que se extingue tras un abrazo inocente, tras una sonrisa de circunstancias y un quizá.

   ¿Cómo decirte que te quiero? Ahora que te has ido, que has dicho hasta luego, ¿por qué mi corazón sigue latiendo por ti? Corazón animoso, para el que tus silencios eran discursos, para el que tus desmanes eran caricias oscuras, ¿por qué sigues latiendo por su nombre, cómo es posible que aún pienses en todo lo que no pudiste darle?

   ¡Oh! En el cielo se apagaron las estrellas desde que te fuiste. Desde que te fuiste la luz ha perdido fulgor y la esperanza del futuro sólo es oscura soledad, susurros de olvido en una esquina apartada y gris.

   ¿Cómo has sido incapaz de darte cuenta lo mucho que te quiero? ¿Cómo es posible que perdieras cada una de las caricias, cada uno de los besos que se enganchaban en el aire de tu aliento? Aunque pudiera, no podría esconder más este amor que me llega hasta las orejas, que me desborda respirando esperas, que me deshace en el líquido baile de tu nombre.

   Y sin embargo…

   Y sin embargo continúo pensando en ti. Un día y otro más. Y en esta tarde que se diluye en noche, y en esta soledad en la que sólo tu recuerdo es mi compañía…

   Nunca sabrás, nunca, todo lo que te quiero. No hay un pájaro que cante, no hay una fuente que brote alegre de entre las piedras como mi amor nacía entre los pliegues de un corazón inútil, en el medio de un pecho colmado de esperanzas convertidas en sin sabores. Si hay alguna otra forma de haber probado cómo te amaba, juro por Dios que no la conozco, pues nadie se ha entregado a otro ser tan completamente, nadie se ha quedado tan ciego porque el otro no ha querido ver.

   Nunca sabrás, nunca, lo mucho que te quiero. Porque nunca has deseado amarme, aun en la distancia, ni siquiera en la cercanía. Nunca sabrás lo que has perdido, porque todo lo tenías entre tus manos. Y en tus labios redondeados y entre tu pecho y espalda. Nunca sabrás cómo te amo, aun en la distancia, a pesar de no tenerte ya cerca. Una y otra vez.

   Hasta que se apague el cielo, hasta que las nubes cubran el horizonte fosforescente. Mientras tanto, te seguiré llevando como un tesoro entre los pliegues de mi amor, cuyo nombre compones, y seguiré velando por ti, aunque nunca lo sepas, en la mudez de un silencio atronador.

En este momento/ At this Moment.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music


Qué quieres que te diga en este momento.

Apoyándote como estás en esa esquina, esquivando mi mirada, diciendo una cosa tras otra sin mucho sentido. O con más sentido del que yo quisiera darle.

Qué lejos estamos de esos días en los que bailábamos cogidos de la mano, lentamente para aprovechar cada roce de nuestros cuerpos; acercando los labios para saborearlos de a poco y así no apagar una sed que parecía infinita, un deseo que no tenía descanso.

Hoy estamos separados, uno frente a otro. Tú en esa esquina y yo delante de ti. Esquivando mis miradas, respondiendo a mis preguntas. Como un condenado a muerte o, algo mucho peor, quizá alguien infiel.

No quería oír esas palabras. Porque sé que tú no me engañarías si no hubiese una buena razón. Y esa razón es la que no quería oír.

Te conozco muy bien. Quizá demasiado. Y tú también a mí. No lo sé. Puede que te hayas aburrido; esas cosas suceden. Puede que el ciclo de lo cotidiano te haya afectado más de lo que jamás creíste, puede que haya sido mi compañía.

No lo sé. Dímelo tú. O mejor: no. No me digas nada. Tus ojos velados de lágrimas que aún no caen parecen que lo dicen todo: leo en ellos como en un libro abierto.

Ese mohín, cuando te tocabas la frente al recordar algo. Y ese pliegue de tus labios al querer esconder una sonrisa. Y el bostezo de aburrimiento y la caricia al mediodía y el relámpago del enfado, que a veces me hacía reír.

Últimamente no has sido tú. O quieres esconderte de mí. Si te levantas antes y te encierras en la ducha; o te desperezas mucho después que yo, no te veo la cara, no leo los movimientos de ese cuerpo que amo más que a mi vida. Me voy a trabajar y llego tarde. Te vas a trabajar y a veces llegas después de medianoche. Huelo el aroma que dejas, a sudor suave de cansancio y a tu perfume, esa fragancia de flores y madera que penetra en mi mente y en mi corazón, despertando sueños apagados, deseos olvidados; buscando indicios de un desliz, destellos de ese naufragio que sería dejar de quererme. Y sin que te des cuenta, escondo la cara en la almohada y me hago el dormido, el pesado, el mudo, el nihilista, el no me importa. Pero sí me importa, sí me hace daño, sí me desespera, sí me irrita y sí me deja desolado. Tú entras en la cama todavía tibia de unas caricias menudas que a veces nos damos, recuerdos pálidos de una pasión perdida ya no recuerdo dónde, bebes pastillas como bebes agua e intentas quedarte a dormir.

A veces lo consigues. A veces no. Y deseo tocarte, deseo atraerte hacia mí. Acariciar esa espalda gigante, sentir la dulce blandura de una piel amada como pocas y deseada sin igual. Pero sólo se rozan nuestras espaldas, y la respiración de uno se despega de la del otro, y así avanza la noche como el día por venir.

Y ahora, apoyándote en la pared quizá para no perder el equilibrio, no quieres verme pero me miras, los ojos velados por lágrimas que caen suaves por esas mejillas que besaba con un ardor y una delicadeza que no eran de este mundo y que, aún ahora quiero que lo sepas bien, arrullaría entre el calor de mis manos y secaría con el tacto de mis labios. Pero eso no va a servir de nada, eso no arreglaría el borde estallado, el corazón apagado, el amor roto.

Porque lo sé: has dejado de quererme. No como lo hacías. No como me amabas. Y no quiero oír esas palabras que me desconciertan. Porque ignoro lo que es cansarse de un ser. Y nunca, nunca me cansaría de ti. No lo estoy ahora cuando te veo allí de pie, intentando paliar un sentimiento que te cuesta un mundo, que desgarra nuestro mundo para dejarte ir.

¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo sabía? ¿Que ya no somos los mismos pero que pudiésemos volver a serlo? ¿Que te sigo amando aún a sabiendas que no me quieres, y que besaría el suelo que pisas, que dejaría flores a tus pies, que derramaría ese perfume sobre tu pecho enorme y tu cuello, llenándote de besos que no buscan nada, salvo aún más quererte?

Te acercas a mí y yo me dejo hacer… Si no te amase tanto, si la locura de tu abandono no navegase en mis arterias, te diría muchas cosas que no siento pero que mereces, al menos que cree mi orgullo que mereces. Sin embargo… Nos conocemos demasiado bien. Y te dejo tocarme el rostro con esa mano recia y delicada; te dejo que busques mi pecho y encuentres mis manos cerradas y que deposites en ellas un beso. Y te dejo abrazarme porque así puedo estar por última vez cerca de ti, aspirar de ti el aroma del amor perdido, comprimir entre nuestros pechos y nuestras cinturas un calor que se disipa, y despegar lenta, muy lentamente, un amor que se escapa de tu corazón y se clava en el mío hasta hacerme sangre.

En este momento que te vas, la vida, mi vida se detiene y el mundo se hace pedazos, añicos que intentan dibujar tu nombre. Me dejas; dejo que me dejes. No me amas; yo daría mi alma por dejar de quererte. Pero no hay Paraíso sin tu presencia; no hay Infierno sin desamor.

En este momento es todo silencio, mientras atraviesas el umbral que un día compartimos como nuestro. En este momento, que es todo silencio, sólo se oye el cierre de la puerta. Y caigo de rodillas en una inmensidad insuperable. Y me digo, por decirme algo, que así es el amor y el desamor.

En este momento quisiera callar para siempre. Y puede que ame alguna vez. Y que sueñe. Y cambie para nunca cambiar. Puede ser… Pero en este momento sólo te quiero a ti: todo aquello que no puedo tener nunca más.

Todo lo que hago/ Everything I do.

El día a día/ The days we're living


Recogí la maleta en la cinta rodante del aeropuerto. Es un fastidio, que lo sepas. Sí, sí lo es. Hay que esperar un siglo para que la bendita maleta aparezca como vomitada por esa cinta, si tienes la suerte de que no se haya perdido en el proceso o de no equivocarte de carril, que ahora todo es un número y hay que fijarse en esos monitores colgados en el aire.

¿Y si eres miope como yo, qué? Vamos, menos mal que llevaba lentillas. Si no, a esa distancia, quién es el guapo que ve algo. Yo no, te lo aseguro. Pero las llevaba, que quería estar presentable y no perderme nada del encuentro. Pero nada de nada. Que con las gafas tendré un aire muy intelectual pero no me entero de la misa la media.

Miraba de reojo el reloj del aeropuerto que sí, también está colgado allá arriba, pero como es de tecnología analógica, podía adivinar la hora por las manecillas; si hay cosas que no deberían cambiar tanto. El aeropuerto estaba atestado, para variar, pero eso no me importaba. Sólo pensaba en ti, fíjate tú, y eso me ponía contento. Tanto, que hasta me atreví con unos pasos de baile siguiendo una música que giraba en el interior de mi cabeza. No me importaba que me viera nadie, yo avanzaba de un lado a otro de la cinta dando pequeños brincos, pasos amplios y otros más pequeños, ladeando las caderas, los pies en puntillas y riéndome como un tonto, como un tonto que sólo sabe pensar en ti.

Los demás se apartaban como si tuviese una enfermedad contagiosa. Y sí, puede que la tenga, que esto es una locura demasiado peligrosa, un torbellino que sólo hace que en mi mente haya imágenes de ti, el sonido de tu voz, la imagen de tu risa imaginada. Todo lo que pensaba se drenaba en ti, imaginándome cómo te verías, si serías así o asá, si tus ojos eran realmente verdes o estaban teñidos de un halo castaño como los míos; si tus manos podrían contener el río revuelto de las mías, nerviosas por conocerte.

Qué tontería, la verdad. Pero es que es así. No sé qué has hecho, pero lo que has conseguido de seguro es que en todo lo que haga tú estés presente: mis planes alocados, un viaje que no me podía permitir, y un encuentro en La Cibeles para estamparnos un abrazo amplísimo y quizá un beso profundo y oscuro como una obsesión, un fantasma.

Pues sí, así estaba yo allí, tironeando de la maleta, con más ropa de la necesaria, con el convencimiento de que me la pondría toda porque para eso la había traído, y los mismos planes bordeando mi cabeza como los nervios mi corazón. Y pensaba en ti. Respiraba por ti. Sonreía por ti. Y bailaba solo por los pasillos, a la espera del Metro; en el vagón atestado de gente que me miraba mal, y sólo tú ocupabas todo mi mundo, mis pensamientos más escondidos, mis anhelos y mis costumbres, porque lo habías cambiado todo: yo, el más taimado de los hombres, el más metódico, había dicho que faltaba al trabajo, que estaba enfermo (enfermo de esta apasionada locura que lleva tu nombre) que necesitaba un descanso, porque el pecho le hervía, las piernas le temblaban y el corazón corría a mil por hora, a seis metros sobre el suelo, sin saber dónde parar.

La noche antes apenas dormí y mira que me preocupaba que me encontraras presentable, sin estas perpetuas ojeras que pintan de tristeza mi mirada. Y no dormí porque estaba demasiado emocionado para sentar la cabeza; te dibujaba con la mente, te pintaba con el corazón. Y pensaba en ti, respiraba por ti, me giraba y estabas allí esperando por mí y los brazos abiertos y la sonrisa en los labios jugosos… No dormí porque me sentía henchido de felicidad: iba a conocerte, volaba por conocerte, y las ojeras enseñaban en mi cara, iluminada como la de un niño, que no había pegado ojo, que no me había quitado las lentillas para observarlo todo mejor y fijarlo en la memoria, y apenas me había acostado, lleno de ti, pensando en ti, descubriendo que todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, desear estar a tu lado y amarte con locura, con apacible libertad y con abollado sentido común.

Y ya me ves, bailando por los vagones del metro, mientras en Madrid hacía un frío que pelaba las ideas y llovía, llovía. Y allí estaba yo, con una maleta henchida de ropa, y el abrigo de lana henchido de agua que caía, bailando por las aceras que rodean La Cibeles, hierática y en perpetuo movimiento, dándome la bienvenida. Porque hasta los leones rugían a mi paso y el agua rebotaba en mi piel como en un escudo, y el frío que soplaba secaba mi ropa empapada por tenerte en el pensamiento, por llevarte en el corazón.

Eres todo, que lo sepas. Porque todo lo que hago es pensar en ti, soñar contigo, vivir por ti…. Y es una locura, porque voy a conocerte. Y es una nerviosidad, porque podrás ser la persona más histérica o más escandalosa, la más marisabidilla o estirada, pero para mí eres la encarnación de lo Perfecto, aquello que, de imperfecto, cobra el valor de lo que está vivo. Y bailo por las aceras, cogiendo a la gente de los brazos, dibujando coreografías que sólo funcionan en mi cabeza; con las lentillas sobre mis ojos cansados pero contentos, y la sonrisa permanente en la boca, como si me hubiese tragado una percha allí atorada; qué digo una percha, como si me hubiese tragado un colgador entero.

Y te diviso al otro lado de la calle. Y veo esos hombros y ese pelo en media melena. Y esos ojos que parecen brillar tanto, que el Hubble los vería a la primera, y mi corazón rebosa de contento. Porque allí estás, como nos habíamos prometido. Todo, todo lo que he hecho hasta ahora ha sido para vivir este momento, lleno de charcos en el suelo, diluvio gris, ropas empapadas y frío cortante, y nada me parece más maravilloso, oye, que verte a través de la calle, y darme cuenta que haber transformado mi vida, dejado todo atrás, todo, ha valido la pena porque tú estás aquí, cerca de mí, como nunca antes nadie lo había estado, a un paso de semáforo, hermosa visión que todo lo llena. Todo, hasta mis sueños, hasta mi vida. Y ese eres tú.

¡Qué felicidad!

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Michael Bublé- All I DO Is Dream Of You., posted with vodpod

 

Nunca seré tu estrella/ Never gonna be your star.

Música/ Music

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