El ocaso/ Dawn.

El mar interior/ The sea inside

El horizonte es oblicuo, de bordes redondeados y de color azafrán. El azul cabalga espléndido sobre el rosa fosforescente, y el dulce dorado vierte sus orillas en la espuma de las nubes viajeras, remadas por la corriente sencilla de un viento pequeño, que acaricia la mejilla arrebolada y la estrella solitaria que, tímida aún, se deja ver mientras el ocaso progresa.

Desde mi ventana abierta contemplo esa mezcla sencilla de colores, esa transformación casi divina del fucsia al magenta, del verde al azul oscuro, camino de la noche que llega. El ocaso desde el oeste fluye sin prisas, día de verano lento en el que las hojas se marchitan y no hay apenas viento y no hay apenas sombras y no hay apenas nadie en la calle, nadie en las calles ni en mi habitación. Nadie salvo la estrella tímida y el cielo abierto, inmenso y único, fraterno y eterno, que me abraza con esos rayos frágiles, con esos colores que parten de un sol moribundo y sereno.

La belleza me hace feliz, pero no hay felicidad suprema, porque me faltas tú. Y mientras la belleza del ocaso se desparrama en mi ventana, alcanzando los bordes de mis dedos con sus colores iridiscentes y melancólicos, mi tristeza se hace eco con la noche que llega y brilla solitaria, como la estrella del sur, única y tímida, en el cénit de mi trocito de cielo, cielo azul noche, naranja azafranado, rosa corazón.

Tú no estás, y no has estado nunca. Y observo la sinfonía de la Naturaleza ante mí, y la magia del color y la fuerza de las horas que pasan y sigo solo. Solo contemplando la huida del día y la llegada de la noche, prendida de estrellas pequeñas, muda de luna y libre de nubes. Y me siento solo, solo, solo en medio de tanta belleza que merece ser gritada, descrita y, sobre todo, compartida, como la vida que la seduce, como los ojos que la vigilan, como el corazón que aún late buscando vida.

Tú no estás y yo estoy solo. Solo a la llegada del ocaso. Solo y preguntándome, como siempre que me atrapan las horas que pasan, si será así para siempre.

La Música de la Belleza/The Music of Beauty.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Joshua Bell (1967) es un violinista prodigioso. Y no porque lo haya sido desde niño, sino porque su pureza, su delicadeza, la forma mediúmnica de transmitir la Belleza a través de la Música hacen de él un artista completo, único e impactante.

Más allá de la magnificencia de su instrumento (un maravilloso Stradivarius cuya historia debe estar harto de contar), más allá de sus comienzos, Joshua Bell es un hombre que entiende que el Arte, como la Vida, es algo que se adhiere, que se interioriza, se transforma y se transmite sin verbalizar, sin racionalizar, sólo dejando libre al sentimiento, a la magia y a la voluntad divina, que rige los dedos, que templa los acordes y libera la Belleza de los sonidos como rayos de luz, como ondas luminosas que, iridiscentes, se entrometen en el alma del oyente con la misma delicadeza y el mismo compás que emergen de su cuerpo único, acoplado a un instrumento y a una intención, que es la de Dios.

 Ladies in Lavander.

No hay razas en la Música, no hay géneros en la Música, no hay ideologías en la Música. La Música es Arte y, por encima de todo, es Belleza: la música de Joshua Bell es tan diáfana como el cristal, es tan etérea como el alma que la crea y tan universal como el sentido mismo de la existencia.

Ha sido protagonista de un curioso fenómeno. Con su instrumento y su talento, estuvo tocando en la entrada de una estación del Metro de Washington en hora punta, y nadie se detuvo lo bastante para apreciar la delicadeza, la aparente simpleza y la serenidad de su música. Él mismo ha confesado que llegó a sentirse ignorado. Cientos de hipótesis emergieron de este episodio, como ocurre con muchos otros; todas vacías. Preconizaban que la Belleza se aprende, no se aprecia; que la Música se educa, no se aprehende; que la vida humana, tan ocupada en banalidades, pasa de largo sin percibir el olor de las rosas, la belleza de la vida. Puede ser… Pero la Belleza vive por sí misma, como la Bondad, como la Serenidad, como la Paz. El hombre sólo es conductor, puente, vía de paso, nunca fuente ni transformador, nunca creador ni creado… Yo creo que todo es cuestión de actitud ante nuestro día a día: el lento amanecer con sus colores de rosa y oro, la bella luminescencia del sol al mediodía, que transforma en verdes reflejos el brillo de las hojas; la serena tranquilidad de un atardecer ambarino y magenta; la noche bordada de zafiros y de estrellas; la luna de plata reflejada en el sereno fluir de un riachuelo a medianoche… O mio babbino caro.

El viento entre las ramas de los árboles; la fragancia de las flores silvestres al reventar la primavera; el suave planeo de las hojas ocres al llegar a la tierra; el lento lamento del río sobre los pedernales y la llegada del mar manso a la orilla de la playa… La Belleza no se enseña, como no se enseña la Dulzura ni la Paz. Forman parte de nosotros, de nuestro exterior, de nuestro interior, y de lo que nos rodea, por más cotidiano que nos parezca, por más insignificante que nos resulte. El mundo habita en un grano de arena y cabe en la palma de una mano abierta a la noche. Una furtiva lagrima.

Joshua Bell, con su violín, da a luz la Música de la Belleza, porque sólo con oírlo, y sin necesidad de ser un entendido, toca las fibras más escondidas de nuestra alma y despierta sentimientos, derrumba diques impuestos y diluye sombras, regalando la entera libertad, la verdadera libertad que necesita el ser humano; dándole alas, alzándolo en fluido vuelo, velando sus ojos de lágrimas transparentes, para llevarlo lejos, muy lejos, al espacio de sonoro cristal en donde habita la Serenidad, la Pasión, la Dulzura y, sobre todo, la Belleza, la eterna y única Belleza. The Swan.

Su mundo se despliega desde la música de cámara propiamente dicha hasta las grandes piezas clásicas, desde el cine hasta el teatro… Su talento se eleva, una y otra vez, junto con el lamento maravilloso de un instrumento único, que me hace recordar, cada vez que lo escucho, mi dulzura dormida, mi debilidad escondida, y que logra arrancar, desde mis ojos cansados, un mar de lágrimas. Lágrimas de plenitud ante la maravilla de oír, por una vez, la Música de la Belleza.

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