La vida no avisa.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine, Naturaleza/ Nature

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a M.

   Hace un par de años, por estas fechas, recibí una llamada de un amigo de lejanía, de los que la red ha hecho realidad de un imposible acercando distancias infinitas (y no sólo físicas) y tocando a veces corazones y querencias.

Mi padre estaba ingresado en UCI por aquel entonces (le quedaría un mes para fallecer), así que me pasaba todo el tiempo que podía en aquel universo encerrado, cuyo tiempo fluye a una velocidad imperceptible y cuyo destino sólo avisa a aquellos capaces de leer las señales sutiles que regala. Y me llamó por teléfono. No suele hacerlo nunca, antes bien envía algún mensaje por Whatsapp, por lo que generalmente empleamos esta aplicación para hacer muchas veces comentarios banales y alguna que otra vez pequeñas confidencias de importancia variable. Estaba preocupado y quería hacerme una pregunta.

La vida no avisa, me dijo cuando descolgué el teléfono. Yo asentí, viendo todo lo que tenía a mi alrededor. Pero en mi caso había obviado las señales, estaba seguro, pero no quería agobiarle a él con mis propios demonios interiores. Así que inmediatamente me contó lo que le preocupaba.

Su padre tenía dos hematomas dentro del cerebro. Estaba entrando en fase de coma profundo y no estaba seguro de qué decisión tomar. Los neurocirujanos le habían explicado a él y al resto de su familia las consecuencias de no hacer nada o bien operarlo. Él no estaba siquiera seguro de haber entendido bien toda aquella perorata. Y me pedía el favor de intentar aclarárselo.

Resoplé. No sólo porque la distancia hace más difícil decir un buen consejo, si no que los consejos médicos están tan llenos de ambigüedades (intentamos abarcar tantas posibilidades…) que no estaba muy seguro de poder hacerlo de forma satisfactoria. Pero me reconocí en su angustia de hijo, en su casi desespero por la carga de responsabilidad que de repente se posaba sobre sus hombros.

La intervención es relativamente sencilla: se vacían los hematomas a través de pequeños agujeros hechos en el cráneo llamados trépanos, y se aspira la sangre que está comprimiendo el cerebro, causa fundamental del coma del padre de mi amigo. Pero toda cirugía tiene sus riesgos, sus posibilidades de salir bien, de salir regularmente bien o de salir mal. Eso lo agobiaba. Se enfrentaba a la posibilidad de que fuera todo bien y su padre quedase con pocas secuelas, que saliese moderadamente bien y esas secuelas fuesen más o menos notorias o, en el peor de los casos, que muriese por ellas.

¿Cómo animar a alguien a tomar una decisión semejante? En nuestro equipo intentamos que el neurocirujano esté presente para que explique la intervención y refrende las posibilidades de error que puede haber en el transcurso del ingreso del paciente. Dan su opinión como nosotros damos la nuestra; pero el familiar es el último en responder, es decir, el que tiene la máxima responsabilidad, y puede que allí esté el error, y sin duda ése era el origen del malestar de mi amigo. Siendo lo que soy y habiendo experimentado lo que he vivido, entiendo punto por punto tamaña desazón que nace de la ignorancia por un lado, de la fe en la habilidad del médico por otra, y del miedo al futuro.

Le dije mi opinión. Con un coma tan profundo lo más probable es que, de hacerlo, quedaran secuelas importantes: podría morir ahora o más adelante; podría resangrar, podría tener ataques epilépticos que dañasen su estado de consciencia; podría quedar con secuelas realmente incapacitantes… O podría vivir. Pero que mi opción, la mía, sería dejarlo sin operar y que se fuese plácido sin luchar… Le di mi opinión de hombre que ha bregado mucho con estos pacientes, no de familiar directo de uno; le di la opinión que quisiera tomara alguien para mí si, llegado el caso, yaciese inconsciente en una cama. Puede que le sonase insensible y hasta algo frío, con un toque más profesional que cercano. Pero creo que es el tono adecuado: primero, no estaba presente junto a él; segundo, quería que, de corazón, supiese las consecuencias que todas las decisiones pudiesen tener; no aniquilaba su esperanza, pero tampoco la inflamaba con ideales vacíos.

Intenté que tuviese la cabeza clara, despejada. Y me pareció que la tenía. Al final de la conversación me dijo que iba a seguir la recomendación del neurocirujano y que daría permiso para que se operase… Me pareció acertada su opinión y más que eso, cuando a los pocos días me comunicó que todo parecía haber ido bien, hasta lamenté haber sido tan cenizo con él sobre las posibilidades de supervivencia de su padre, siendo así que el mío fallecía lentamente en la UCI.

Poco después, mi padre, como había previsto no con esfuerzo, se fue y recibí de nuevo una llamada suya, esta vez para darme sus más sentidas condolencias. Se lo agradecí. Y le pregunté por su padre: tenía secuelas profundas tras la cirugía y ya no sería el mismo. La vida que no avisa, y estaban afrontándolo lo mejor que podían. Recordé, durante los primeros dos meses de ingreso de mi padre en UCI, que hice mucho por preparar el hogar ante un futura posibilidad de darle de alta: busqué grúas para movilizarlo, cama articulada, pañales, escudillas y esponjas, jabones y ropa adecuada; hasta ideamos la posibilidad de transformar la planta baja de la casa pues tardaría siglos en volver a caminar con algo de fuerza y no creíamos que subiría jamás esas escaleras de madera… Al final, mi padre sólo recibió de mí los purpúreos ramos fúnebres mientras que mi amigo se enfrentaba, sin haberlo pensado, a la cruel realidad de un enfermo crónico, por siempre mal, cuyo avance neurológico era errático, y que nunca volvería a ser lo que era.

La vida no avisa cuándo los papeles se intercambian, cuándo la responsabilidad llega, el ocaso de una vida y también sus despojos y sus miserias. Las luchas mantenidas pierden sentido; las razones, de tenerlas, pesan ya poco; el mundo, patas para arriba, jamás será el que una vez fue, y se nos revela la existencia como algo infinitesimal en el mundo, pero que tiene un profundo valor para nosotros.

Mi amigo en la distancia ahora se fija en su padre, que ya no es su padre; los despojos de aquel que fue apenas si le susurran algo más que triste compasión y cariño, que no algo de comprensión: hay caminos tan antagonistas que ni siquiera en el final de la jornada pueden encontrar puntos en común, aunque siempre los haya: un rasgo físico o de carácter, un gusto similar, un mohín y, muchas veces, un recuerdo. Se me parte el corazón por él: yo contemplaba día a día al mío apagarse y una mezcla semejante me llenaba el alma. Hoy sólo contemplo su tumba de mármol blanco brillar al sol de las seis de la tarde.

La vida no avisa. Tampoco la tristeza. Y mucho menos el amor. Sólo nos queda aceptarlo, llenarnos de una sutil melancolía que aprieta al corazón, y seguir con vida. La nuestra, que es la de ellos, la de todos; una gota más en el inmenso mar del universo. Y aún así, con todo, tan valiosa como un mundo, tan única como una estrella, tan cercana como una caricia y tan efímera como el sabor de un beso…

Ay, la vida…

También esto pasará

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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Para lo bueno y para lo malo, la vida sigue: todo pasa. La piel en llamas, que quemó mis días desde hace más de setenta días, ha remitido (no del todo, quedan ligeros cosquilleos que molestan a veces, pero a todo nos acostumbramos), el color amarillento es más morronáceo, de suerte que parezco salido de una máquina de rayos UVA en mal estado; he perdido tantos kilos que me cuesta respirar, pero he recobrado la fuerza de mis piernas y, aunque no tolero estar sentado mucho tiempo, la lorza que me ha acompañado toda la vida en el abdomen se ha aferrado a mí como mis propias ganas de mejorar.

Ha sido una enfermedad dura; todas lo son. Me robó el sueño, el descanso. Gracias a la preocupación de muchas personas, a sus cuidados, y sobre todo de una gran amiga que consiguió una crema que pudo aplacar algo el infierno de mi piel, el sueño lento volvió a mí y pude empezar a recuperarme hasta llegar hoy hasta aquí. Yo no hice nada por curarme: mi familia, mis amigos, todos mis compñaeros médicos, enfermeros y auxiliares que me dieron ánimos, que me ayudaron pinchándome casi diariamente, deseándome lo mejor, sintiéndose preocupados cada vez que me veían más depauperado conforme pasaban los días y las semanas; que me mimaron con sus cariños: mantecadas das Pontes de García Rodríguez; natillas del Chef Juan del Restaurante de El Corte Inglés de Santiago de Compostela; cientos de mensajes; una tarta de almendra de grano grueso de la Panadería Gude en Órdenes, la mejor del planeta, mi madre y mi hermano, que sufrieron mi mal humor, mi incapacidad de soportar un picor que me desgarraba la piel y la tranquilidad y el muy secreto temor, compartido por todos mis colegas médicos, de que la enfermedad avanzase hasta el peor de los grados y terminar en un trasplante hepático urgente. No llegó a eso quizá por mi fortaleza de no haber estado enfermo jamás en cuarenta y seis años de vida; pero seguro por sus cuidados y sus mimos y sus preocupaciones también.

Han sido casi ochenta días de desespero, dolor, lucha, observación detallada (no pude dejar de ser médico además de enfermo) y, por encima de todo, aprendizaje de mí mismo. Pasé por todos los estados: asombro, desesperación, temor y lucha hasta que mi corazón, mi espíritu tomaron las riendas de mis sentidos y alcancé el estado que necesitaba para empezar la curación más difícil de todas: la de mi propio corazón. Aprendí a dejarme llevar por el destino, a aceptar las miserias de cada día; llegué a comprehender y a comprender lo que significaba estar enfermo, la obligatoriedad de dejarse llevar, de aceptar lo inevitable: una vez dejé de luchar contra lo que no tenía remedio empecé a curar primero a mi alma y después a mi cuerpo: tras haber cambiado de actitud la crema milagrosa que aplacó la locura de mi piel llegó en las manos aladas de mi ángel, Teresa. Y el cuerpo comenzó su lento camino a la rehabilitación.

No estoy por completo curado. No sé si lo estaré algún día. Todavía hay trazos de blirrubina (muy pocos) en mi sangre, aún el calor del sol siembra de agujas parte de mi piel; duermo gracias a pastillas, pero mi piel ahora rodeada de algodón puro, duerme horas enteras y se entrega con alegría al eterno fluir de las horas que pasan con verdadero gozo, algo que nunca me había permitido en todos los años que llevo de vida. Todavía puede haber daños que perpetúen una enfermedad hepática; también puede que no haya pasado nada más y que mi hígado salga por completo indemne de esta Hepatitis colestásica tóxica. ¿Quién sabe? Lo importante es el día a día, y a ello me entrego desde entonces con alegría, con cierto temor también, y con cierta aprehensión que espero ir diluyendo poco a poco, ahora que soy consciente de ellos, conforme pasen los meses y, también mi vida.

Mañana vuelvo a trabajar. No a cien por cien, pero a trabajar. Hay pequeños detalles que arreglar: mi intolerancia a todo lo que no sean telas naturales, por ejemplo, y por ahora al calor extremo. Ya veremos cuando esos momentos lleguen. Lo que manda hoy es agradecer el inmenso apoyo, al comprensión infinita y nunca merecida; la ayuda muda, los mimos y el cariño, la preocupación y las ganas de ayudar que todos, desde los médicos de Digestivo que me han llevado (Dra. Esther Molina, Dr. Javier Castroagudín, el resto del equipo de la Unidad de Trasplante Abdominal, el Dr. Jose Fdez. Noya, cuyo corazón casi se le sale por la boca al verme llegar con esa analítica el primer día y que me regañó hasta cansarse; el equipo de UCI, sus Enfermeras, que me sacaron sangre diligentemente pese al dolor que les producía verme así; a Mercedes Paredes, como cabeza del equipo -y nombraría a tantas…, nunca me llegarán las palabras de agradecimiento y a Teresa Bolaño, por regalarme la paz en forma de una crema que, sin ser panacea, fue mi pasaporte a la curación; al servicio de Farmacia hospitalaria, de la mano de su jefa Dra. Chus Lamas y nuestra farmacéutica de cabecera, Teresa; a mi jefe, el Dr. Cristóbal Galbán por su apoyo y compresión; a mis colegas Dra. Ana López Lago, Dr. José Luis García Allut, Dra. Carmen Rivero, Dra. Patricia Barral, Dra. Laura Sayagués, Dr. Alfonso Mariño y la Dra. Rita Fdez Garda y los residentes Dra. Rebeca Hdez. Vaquero y Dr. Emilio Rdguez. Ruiz que se preocupaban por mí y me mandaban mensajes de apoyo). Todos: la Auxiliería y la Celaduría, que me preguntaban con cariño y preocupación, y a mi madre y mi hermano y la familia más cercana, que comprendieron mi negativa a estar acompañado físicamente y continuaron estando en la distancia, cerca y pendientes. Y a tantos, tantos amigos en las redes sociales, ya sea a través de mensajes privados como manifestaciones públicas, que contribuyeron a que estos meses de locura fueran estaciones llenas de amor.

¿Cómo se mide la admiración, el cariño, la entrega, el eterno favor de Servir? El amor tiene mil caras y ninguna medida, pues se desborda y es eterno, una fuente inagotable. Gracias por dejarme beber en esas aguas, intentaré ser merecedor de tanta entrega y de tanta preocupación lo que me quede de vida, sean segundos o siglos, en estas estaciones sin final que tiene el verdadero amor.

A todos, de corazón, gracias.

Y ahora a seguir adelante.

Fugaces.

El día a día/ The days we're living

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Un corto de Roberto Pérez Toledo sobre el amor imaginado, la pasión realizada, lo efímero de una ilusión y de una relación que parece duradera y que pasa fugaz, como una estrella, como la llama de una vela, y la eterna promesa de una juventud que, aunque no lo sepamos aún, también se va fugaz.

Antinatural

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine
Gay or LGBT flag made of colorful splashes

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

   Este reportaje de Françesc Gascó arroja luz científica sobre la tan cacareada antinaturalidad del amor homosexual, del sexo homosexual, del ser homosexual (palabra inventada en el siglo en el que se le empezó a considerar una desviación, una enfermedad psiquiátrica).

La Naturaleza es tan variada, tan sabia, tan eterna, que pasa por encima de las opiniones de los hombres, a quienes mira como lo que son: seres infinitesimales en la miríada creativa del universo.

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No hay diferencias.

El día a día/ The days we're living

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Adele.

Música/ Music

 

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Escrito en las estrellas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

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Se vieron. El tren traqueteaba suave, esos modernos de alta velocidad. Acababan de salir de la estación. Y ya se habían dado cuenta el uno del otro. Primero por casualidad, una caída de ojos. Después una sonrisa velada, como vergonzosa. El pelo largo, el pelo corto; los ojos tras el cristal de unas gafas, los ojos claros que se entrecerraban por la claridad del encuentro; los labios algo resecos, los labios rojos entreabiertos. Y un poquito de vergüenza cambiando el rumbo de la mirada y una risa entrecortada.

Se sentaron uno frente al otro. Por casualidad tal vez. Había algunos asientos libres pero ellos se encontraron así, de repente, rostro con rostro y rodillas con rodillas. Volvieron a sonreír.

Y el tren con su traqueteo veloz.

El sol de la tarde doraba los minutos que pasaron en silencio. Bajaron los ojos, volvieron a verse; se sonrieron de nuevo y no sabían qué decirse. Alguien oyó un Hola; alguien respondió un Qué tal, y las reservas de la educación fueron cayendo una a una.

Se rozaron las rodillas, que rieron con las cosquillas. Y los labios se movieron con ritmo, el de una conversación que fluía con facilidad.

El inicio de una intimidad.

Cada uno iba al encuentro de su vida, pero descubrieron que la vida estaba allí, encerrada en aquel vagón veloz.

Se dieron la mano, se acariciaron las muñecas. Y la risa de nuevo. Y de nuevo la vergüenza. Y de los nombres pasaron a los recuerdos y de los recuerdos pasaron a las caricias pequeñas que fueron escalando peldaños hasta encontrarse en los cuellos, en el sabor rápido de besos pequeñitos.

Ya no hubo más sorpresas. El sol se hundió dando a luz a la noche, prendiéndose poco a poco de estrellas. Y ellos no sabían qué hacer. Se levantaron y se abrazaron, y cayeron en los asientos y se tocaron enteros haciendo de la casualidad un puro gozo. Las manos buscaron las espaldas, y los tactos, el río eterno de las espaldas, el arrullo sin medida de las caricias. Rieron y se hablaron, diciéndose muchas cosas, desnudándose de alma como de cuerpos en una intimidad que no era de este mundo.

Estaba escrito en las estrellas. Que se encontraran así, de casualidad; que se descubrieran tras siglos sin verse; que se amasen sólo por un instante lleno de eternidad. Estaba escrito que sus rodillas se reconocieran y que sus labios encajasen como la llave en una cerradura. Que las pupilas azules navegasen en el mar oscuro de unos ojos miopes. Que se rieran por cualquier cosa y que el placer naciese de una simple caricia, de un encuentro fortuito.

El tren viajó veloz y sus abrazos trenzaron unos deseos despiertos y hambrientos que iban de la sed de compañía hasta el sosiego de los sentidos; aquellos ojos se entendieron, aquellas manos se conocieron; aquellas rodillas que rieron, sabían de sobra que estaban hechos el uno para el otro.

Pero también que todo acaba. Después del viaje fugaz, después de la pasión y la intimidad, todo se hace calma, todo vuelve a ser lo que era. Juntos esperaron la salida de las estrellas y su viaje a través del amplio ventanal que se abría a la noche pero también al destino. Estaba escrito en las estrellas que aquel encuentro de sus vidas, en las que sus vidas quedarían entrelazadas por siempre, tendría un final. Y no pensaron en ello hasta que llegó.

Ambos se levantaron. Se alisaron el pelo, se abotonaron los pantalones y las camisas sin dejar de mirarse. Y se emborracharon de cada uno; se tatuaron el olor y las formas y la voz del otro en la memoria sin vacío del corazón, y justo antes de bajar, los dedos jugaron a tocarse una vez más, escondidos entre las mangas y las bufandas y los bolsos.

Abajo les esperaban. Uno recibió un abrazo en el andén; otro una nota con la nueva dirección de su vida. Pero se negaron a irse. El tren resopló y el abrazo pareció no tener fin, y las estrellas se escondieron encima del techo del andén. Y sintieron la opresión de la cárcel, y la vacuidad de la vida, y  el sonido hueco de lo cotidiano. Uno leía el papel una y otra vez sin entender las letras escritas; el otro, por encima del hombro, abrazaba con la mirada la distancia que los separaba negándose a decir adiós…

Sólo por un día conocieron el amor enorme, dadivoso, amplio e inocente, que no pide nada, que goza y que regala, que abraza y que se funde, que llega al tuétano de los huesos y queda grabado en el alma. Estaba escrito en las estrellas, esas que ahora se ocultaban, que la vida iba a seguir impasible a los sueños, impermeable a lágrimas y deseos, y que ellos no eran más que una mota de polvo en el entramado enorme del universo.

Poco a poco se fueron alejando. Uno fundido en un abrazo incómodo; otro de pie, sin saber qué hacer, con un papel ajado entre los dedos. Cosas del destino, supongo, que se halla escrito en las estrellas.

Y la vida que se apaga. Y el recuerdo que permanece.