Música/ Music
Otra vez/ Again.
Música/ Music
a Raúl Nuevo, porque le brilla le brilla el verbo pletórico y la mirada.
Ha vuelto otra vez.
El amor a mi vida ha regresado.
En mi vida, cuando todo parecía apagado, la llama se ha encendido otra vez, y ya no me siento perdido, abandonado.
Hay alguien que brilla para mí, que alarga su brazo para tocar el mío; que abraza mi mano y la llena de caricias. El corazón sonriente y los labios mudos, llenos de besos.
Ha vuelto otra vez.
El amor, en mi vida, lo ilumina todo otra vez.
Y parece un sueño. Sus ojos de cielo, su voz suave. Su perfil delicado.
Me ha atrapado como si fuese un sueño, callado y lleno de luz. Y si me preguntase le diría que sí, que las estrellas enormes brillan para él y que la tierra, blanda, se expande porque la pisa.
El corazón lleno de amor. Amor, amor otra vez. Y mi alma tiembla de gozo y de sorpresa. Y balbuceo sin remedio, y hasta me atraganto cuando pienso en su nombre. Y de la boca me sale sólo un ruido que le dibuja y lo atrae, en la distancia, hasta mis brazos.
Pensé que nunca más me iba a ocurrir y ahora… Otra vez enamorado, ennoblecido, gigantesco y amplio como el océano, lleno de olas, bañado de espuma.
Con él en mi vida todo parece nuevo. Nuevo otra vez.
Con el amor en mi vida todo parece más sencillo. Hasta la distancia, hasta la tristeza de las despedidas.
Mi corazón muerto ha renacido. Las cenizas quedan atrás… Porque late otra vez, porque está vivo otra vez.
Otra vez. Por ti.
Detrás/ Behind You.
El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Llueve. Y cada gota es una lágrima de plata que cae tímida de las nubes grisáceas y oscuras.
Vivir detrás de ti es algo parecido. Por más que me digo y que me engaño, sentir el silencio de tu corazón es casi tan doloroso; me empapo de ti y todo sigue igual, no notas que te toco por detrás, que te acerco un paraguas, que te regalo la sonrisa más hermosa del día.
Llueve. Y alargas la mano para pedirme unos papeles. Sin decir una palabra sé cuáles son. Sin emitir un sonido sé lo que necesitas. Lo leo en tus ojos, en la comisura de los labios y en el movimiento apremiante de tu brazo.
Pero no te das cuenta.
La calle mojada parece que brilla llena de escarcha. En la oscuridad, las lámparas arrojan un abanico de luz que parece tocarnos a ambos. Pero no te das cuenta. No sabes que te abrazaría hasta dejarte sin aliento; que tus labios probarían una pasión callada y enorme que ya no me cabe dentro; que sabrías algo más de un mundo que no se atreve a hablarte, de un corazón que te quiere mudo y sin cansancio, y de la inmensa fortuna de ser amado.
Caminamos uno junto al otro. A un ritmo al que yo me adapto, como me he acostumbrado a tu mal humor sin café de mañanas, a tu silencio de tumba abierta, a tu mirada excitada con un proyecto, con una ilusión, y a esa sonrisa que tan poco me dedicas.
Y lo sé, sé que esto que se derrama dentro de mí es inútil, que estás ciego, que tu corazón de piedra sólo se abre ante otro nombre. Pero no puedo hacer nada. Como no puedo detener la lluvia que cae ni secar la humedad de la calle. No puedo saciar este deseo de hacerte feliz, de mimarte aunque me ignores, de servirte aunque lo des por sentado. Y nada es gratis. Nada. Salvo mi amor.
Te amo. Este año y el anterior. Hoy y mañana. Te amo. Pero no me escuchas. Siempre detrás de ti mi amor es un susurro que apenas toca tu piel, que apenas roza tus oídos. Y no hace ni cosquillas a tu corazón.
Sin ti no sé qué sería. Sin mí, seguirías siendo lo que eres. Quizá más torpe, quizá con peor humor. No lo sé. Pero tú mismo, que solo te has bastado para llenarme de un amor que es como la bruma y para regalarme cuando me hablas una música llena de estrellas con la que a veces, a veces, bailo en sueños y en sueños te beso y en deseos nos abrimos como flores caldeadas y nos cerramos luego, sin palabras de río que estorben el momento, hasta la próxima vez.
Pero estoy detrás de ti. Y nunca me ves. Y no oyes mi lamento ni atisbas mi confesión… Y todo sigue igual.
Te amo. A ti. Siempre detrás de ti. Hoy y mañana. A mi manera, a discreción. Esperando, como mendigando, una limosna de amor.
Pegado a ti/ Stuck On You.
El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
En la espera se pasan las horas.
El aeropuerto rebosado de gente que va y viene, con sus rostros de belleza desigual, alejados de su presente, que es, como el mío, esperar.
Sentado junto a los ventanales veo cambiar las horas. En las agujas del reloj, en los colores del cielo. Espero por mi vuelo retrasado, con ansia porque me lleva a ti.
Cansado de jugar con los desconocidos que pululan por los pasillos (algún día te contaré cómo imagino vidas, qué clase de sentimientos tienen, qué expresiones variadas contienen los rostros de la gente que va y viene en un aeropuerto) mi corazón que no descansa un minuto va hacia ti. Y mi mente, que no le va a la zaga, se deja querer, y se regodea en tu recuerdo, y aunque la espera es larga, me siento pegado a ti y sigo aquí.
¿Quién me lo iba a decir? Esperando, con unas ganas de un mañana, tú lejos y sin embargo tan cerca de mí que casi puedo olerte y sentirte y tocarte. Te veo en el reflejo del cristal, y tu imagen enredada con mis piernas parece que ríe de gusto porque al fin estamos juntos.
Llegaré a medianoche, creo. Y me falta tiempo para salir corriendo a buscar el coche, toda la vida aparcado y lleno de polvo, para llegar a casa y a ti. ¿Quién me lo iba a decir, tan pegado a ti que no vivo hasta tenerte cerca?
El corazón late, como tiemblan mis manos al tocarte. Eres una maravilla. Y me quieres, cosa que me maravilla. Y yo te amo, y no salgo de mi asombro.
El cielo se tiñe de púrpura. Parece que hace un siglo que no te veo y han sido sólo tres días. Horas que se escaparon de nuestros abrazos. Y sin embargo te tengo tan dentro, que cada momento a solas era una comunión, que cada minuto que pensaba en ti era dibujarte cerca y olerte y besarte y sentirme feliz y en paz. Así de pegado me hallo a ti.
Llaman ya… Me levanto como con un resorte. Doy un brinco: quiero ser el primero en todo. En sentarme, en bajarme, en encender el móvil, en llegar al aparcamiento, en dejar el bolso en medio de la sala y en aterrizar en tu cuerpo, con ese perfume tan tuyo, en una cama que huele a nosotros y a eternidad.
Vaya adonde vaya, contigo y sin ti, pegado a ti, por siempre.
A de… Amor/ L… of Love.
El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine
Hace ya un tiempo, hojas caídas y flores vueltas a nacer, que me pidieron un favor. Una pareja ya mayor, él rubio y buen mozo de todos los tiempos, parecía no encontrarse bien: se olvidada de las cosas, perdía atención, estaba notoriamente triste, se negaba a comer y tenía siempre frío.
Su mujer, preocupada, quería que lo viese un neurólogo porque temía, como parecía, que la temible enfermedad de la Demencia le estuviese agarrotando la memoria, destruyéndosela poco a poco con agujeros de olvido y de indiferencia.
Le comenté el caso a uno de los neurólogos más profesionales que conozco, de mi entera confianza, amable y guapo a su vez, lleno de una profesionalidad que para mí la quisiera: enérgico y dulce, con las ideas claras y siempre dispuesto a innovar y ayudar.
Era una pareja ya mayor, él octogenario y ella en la mitad de la setentena. No los había visto mucho juntos interactuando en público: se comportaban como una vieja pareja de muchos años, cansados de verse pero aún así animosos y codependientes uno del otro. La vida vivida que deja ese poso de costumbres y de calor que, aún en las situaciones más adversas, regala esperanza y comprensión.
La enfermedad había hecho mella en aquella gallarda apostura: el cabello rubio aún, los ojos claros tras gafas de oscuro lente y en silla de ruedas, pues apenas tenía ánimos para caminar. Cuando me vio me recordó lo igualito que soy a mi padre. Yo le sonreí. Y me tomó de la mano. Me preguntó si tenía frío. En consultas externas ese invierno hacía frío afuera pero no allí. Le dije que no, pero que él seguro que sí. Le puse mi bata por encima y no la quiso: llamó a su hija y ésta le puso su chal. Supuse que mantenía mi mano asida por saludo, pero cuando la quise retirar, no me dejó.
– Déjala aquí. Que tienes frío.
Este abuelo era chispeante, resultón, socarrón y, al menos en público, poco dado a las muestras de cariño abierto; como muchos hacemos, lo ocultaba tras palabrería y ademanes toscos.
Mientras esperábamos, se dedicó a recordarme historias de mi familia que él bien recordaba. Mi mano entre las suyas y toda mi atención. Su hija, amablemente, le pedía que me dejase tranquilo, pero él hacía que no la oía. Me hizo agacharme y, guiñándome un ojo, me susurró:
– Nada como hacerse el sordo cuando conviene. No lo olvides.
Y pasamos a la consulta.
El neurólogo lo exploró, hizo las preguntas de rigor y posteriormente se dedicó a examinar su memoria de forma más exhaustiva, terminando con el Mini Mental Test. Esta prueba a pie de cama es una forma rápida de evaluar el grado de memoria y atención que un paciente tiene. Dentro de su escala de valores ayuda al médico a aclarar un poco cuánto de las brumas de una posible demencia se esconde dentro de los comportamientos que nos parecen erráticos visto desde fuera.
Su mujer estaba sentada con él en el despacho. Su hija estaba a un lado y yo cerca de la puerta, como un invitado de piedra.
El neurólogo le hizo una pregunta:
– ¿Quién es esta señora?
Él no respondió. Se echó a reír con cierto pudor.
Se le repitió la pregunta. Yo esperaba (y el neurólogo también) que soltase alguna socarronería propia de los gallegos, que tanta fama tiene por el mundo delante. Pero no.
– ¿Quién va a ser? Es Mamá.
Mi amigo se calló unos segundos. La voz con que lo dijo, mirando directamente a su mujer, estaba llena de cariño, increíblemente repleta de amor. Sólo decir: Mamá hizo que nuestros corazones se derritiesen.
Su mujer le aclaró el médico que, siendo ambos padres de cinco hijos, se llamaban entre ellos Mamá y Papá.
– ¿Verdad, Papá?
Y él asintió.
– Sí. Cinco camándulas. Y me llamaban viejo. No le digo yo.
Y nos reímos.
El neurólogo siguió con su exploración. Y volvió a repetirle:
– ¿Quién es esta señora?
Podía sentirse molesto por la reiterada insistencia, pero aún así contestó:
– ¿Quién va a ser? La persona a quien más quiero en mi vida… ¿Verdad, Mamá?
Y le acarició el rostro con una delicadeza y una coquetería y un saber hacer que la hizo llorar. A ella, a su hija y a mí. Yo, que suelo ser un témpano de hielo. Debe ser la edad… No: era su ternura, el amor que había entre esa pareja, la historia que se intuía entre ellos y lo mucho, mucho que habían vivido ambos.
– Doctor, ¿usted cree que cuarenta años se pueden olvidar así como así?
Y su mujer ya no podía ocultar sus lágrimas.
Y el neurólogo prosiguió con su exploración hasta finalizarla.
Como conclusión, tras el resultado, resultaba evidente que padecía la enfermedad de la rémora. Su memoria iba poco a poco perdiéndose en el abismo de lo que nunca ha existido.
Su mujer encajó la noticia con una entereza que la hace aún hoy muy especial. Y él la escuchó con una indiferencia de viejo.
Hizo que me agachase de nuevo para susurrarme algo al oído antes de irse.
– ¿Para esto me has hecho venir? Anda, haz una cosa, neniño, haz lo que quieras con tu vida, pero hazlo bien. Y a los demás, que les den, ¿vale?
Y riendo, se fue en su silla de ruedas charlando tranquilamente con su mujer.
Lo volví a ver un año después en Urgencias, cuando me llamaron con apremio. Estaba moribundo. Sin mucha fe contribuí a atenderle. Lo estabilizamos un poco, recuperando algo el resuello. Cuando pudo hablar me pidió que fuese a por su mujer.
– Quiero a Mamá aquí.
Y allí la tuvo.
Murió una semana después: cáncer de pulmón no diagnosticado. La demencia era un signo del cáncer, pero no nos habíamos dado cuenta de ello. No hubiese tenido tratamiento alguno (a esa edad, y ese tipo resistente a todo) pero aún así, en el fondo un error que no se me olvida.
Pero en realidad lo que no podré olvidar nunca es ese regalo que nos dio, sin pedirlo y sin necesitarlo. Allí estaban dos personas que habían vivido una vida en conjunto, luchado juntos, enojarse, sonrojarse y sobre todo quererse juntos por más de cuarenta años, cinco hijos en común, cientos de problemas, miles de abrazos y millones de besos. Y aún en las tinieblas de la demencia incipiente, ese rayo de amor, fuerte como el que los unió un día, seguía brotando, seguía haciéndolos especiales, seguía iluminando una existencia que había valido la pena.
A de amor, pero también de amabilidad, de abrigo y de alegría.
Amor que todo lo puede, incluso con la demencia y, ahora, con la muerte.
Hacia adelante/ Carry On.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ MusicAdiós.
Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

