Los días idos/ The days gone
Pintado/ Painted.
Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
Azul cobalto teñido de ocre. Bello cielo vestido de acuarela.
El pincel húmedo señala el lugar de los labios, carmín cremoso que se esparce por el lienzo.
Dulce caída de agua, destello que se desvanece como las estrellas al alba.
Siena descarnado, naranja y verde, pelo que cae en cascada líquida como la sangre de una herida. Corazón que late por ti.
Rosa pálido, blanco roto, esculpen mejillas suaves por donde los besos caen como lágrimas hacia el mentón de hielo.
Cierro los ojos y te pinto de memoria. Y cada pincelada es una caricia, una búsqueda de piel y de tactos que me llevan a ti.
Por eso pintarte y dibujarte me emociona: nos une al separarnos, suaviza las distancias y nos hace de carne y hueso.
Así pintado mi amor, aquí y ahora, se hace eterno y se hace verbo y se hace persona y deseo. Y se transforma en ti.
Qué felicidad.
It’s Raining Again.
Los días idos/ The days gone, Música/ MusicA de… Amor/ L… of Love.
El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine
Hace ya un tiempo, hojas caídas y flores vueltas a nacer, que me pidieron un favor. Una pareja ya mayor, él rubio y buen mozo de todos los tiempos, parecía no encontrarse bien: se olvidada de las cosas, perdía atención, estaba notoriamente triste, se negaba a comer y tenía siempre frío.
Su mujer, preocupada, quería que lo viese un neurólogo porque temía, como parecía, que la temible enfermedad de la Demencia le estuviese agarrotando la memoria, destruyéndosela poco a poco con agujeros de olvido y de indiferencia.
Le comenté el caso a uno de los neurólogos más profesionales que conozco, de mi entera confianza, amable y guapo a su vez, lleno de una profesionalidad que para mí la quisiera: enérgico y dulce, con las ideas claras y siempre dispuesto a innovar y ayudar.
Era una pareja ya mayor, él octogenario y ella en la mitad de la setentena. No los había visto mucho juntos interactuando en público: se comportaban como una vieja pareja de muchos años, cansados de verse pero aún así animosos y codependientes uno del otro. La vida vivida que deja ese poso de costumbres y de calor que, aún en las situaciones más adversas, regala esperanza y comprensión.
La enfermedad había hecho mella en aquella gallarda apostura: el cabello rubio aún, los ojos claros tras gafas de oscuro lente y en silla de ruedas, pues apenas tenía ánimos para caminar. Cuando me vio me recordó lo igualito que soy a mi padre. Yo le sonreí. Y me tomó de la mano. Me preguntó si tenía frío. En consultas externas ese invierno hacía frío afuera pero no allí. Le dije que no, pero que él seguro que sí. Le puse mi bata por encima y no la quiso: llamó a su hija y ésta le puso su chal. Supuse que mantenía mi mano asida por saludo, pero cuando la quise retirar, no me dejó.
– Déjala aquí. Que tienes frío.
Este abuelo era chispeante, resultón, socarrón y, al menos en público, poco dado a las muestras de cariño abierto; como muchos hacemos, lo ocultaba tras palabrería y ademanes toscos.
Mientras esperábamos, se dedicó a recordarme historias de mi familia que él bien recordaba. Mi mano entre las suyas y toda mi atención. Su hija, amablemente, le pedía que me dejase tranquilo, pero él hacía que no la oía. Me hizo agacharme y, guiñándome un ojo, me susurró:
– Nada como hacerse el sordo cuando conviene. No lo olvides.
Y pasamos a la consulta.
El neurólogo lo exploró, hizo las preguntas de rigor y posteriormente se dedicó a examinar su memoria de forma más exhaustiva, terminando con el Mini Mental Test. Esta prueba a pie de cama es una forma rápida de evaluar el grado de memoria y atención que un paciente tiene. Dentro de su escala de valores ayuda al médico a aclarar un poco cuánto de las brumas de una posible demencia se esconde dentro de los comportamientos que nos parecen erráticos visto desde fuera.
Su mujer estaba sentada con él en el despacho. Su hija estaba a un lado y yo cerca de la puerta, como un invitado de piedra.
El neurólogo le hizo una pregunta:
– ¿Quién es esta señora?
Él no respondió. Se echó a reír con cierto pudor.
Se le repitió la pregunta. Yo esperaba (y el neurólogo también) que soltase alguna socarronería propia de los gallegos, que tanta fama tiene por el mundo delante. Pero no.
– ¿Quién va a ser? Es Mamá.
Mi amigo se calló unos segundos. La voz con que lo dijo, mirando directamente a su mujer, estaba llena de cariño, increíblemente repleta de amor. Sólo decir: Mamá hizo que nuestros corazones se derritiesen.
Su mujer le aclaró el médico que, siendo ambos padres de cinco hijos, se llamaban entre ellos Mamá y Papá.
– ¿Verdad, Papá?
Y él asintió.
– Sí. Cinco camándulas. Y me llamaban viejo. No le digo yo.
Y nos reímos.
El neurólogo siguió con su exploración. Y volvió a repetirle:
– ¿Quién es esta señora?
Podía sentirse molesto por la reiterada insistencia, pero aún así contestó:
– ¿Quién va a ser? La persona a quien más quiero en mi vida… ¿Verdad, Mamá?
Y le acarició el rostro con una delicadeza y una coquetería y un saber hacer que la hizo llorar. A ella, a su hija y a mí. Yo, que suelo ser un témpano de hielo. Debe ser la edad… No: era su ternura, el amor que había entre esa pareja, la historia que se intuía entre ellos y lo mucho, mucho que habían vivido ambos.
– Doctor, ¿usted cree que cuarenta años se pueden olvidar así como así?
Y su mujer ya no podía ocultar sus lágrimas.
Y el neurólogo prosiguió con su exploración hasta finalizarla.
Como conclusión, tras el resultado, resultaba evidente que padecía la enfermedad de la rémora. Su memoria iba poco a poco perdiéndose en el abismo de lo que nunca ha existido.
Su mujer encajó la noticia con una entereza que la hace aún hoy muy especial. Y él la escuchó con una indiferencia de viejo.
Hizo que me agachase de nuevo para susurrarme algo al oído antes de irse.
– ¿Para esto me has hecho venir? Anda, haz una cosa, neniño, haz lo que quieras con tu vida, pero hazlo bien. Y a los demás, que les den, ¿vale?
Y riendo, se fue en su silla de ruedas charlando tranquilamente con su mujer.
Lo volví a ver un año después en Urgencias, cuando me llamaron con apremio. Estaba moribundo. Sin mucha fe contribuí a atenderle. Lo estabilizamos un poco, recuperando algo el resuello. Cuando pudo hablar me pidió que fuese a por su mujer.
– Quiero a Mamá aquí.
Y allí la tuvo.
Murió una semana después: cáncer de pulmón no diagnosticado. La demencia era un signo del cáncer, pero no nos habíamos dado cuenta de ello. No hubiese tenido tratamiento alguno (a esa edad, y ese tipo resistente a todo) pero aún así, en el fondo un error que no se me olvida.
Pero en realidad lo que no podré olvidar nunca es ese regalo que nos dio, sin pedirlo y sin necesitarlo. Allí estaban dos personas que habían vivido una vida en conjunto, luchado juntos, enojarse, sonrojarse y sobre todo quererse juntos por más de cuarenta años, cinco hijos en común, cientos de problemas, miles de abrazos y millones de besos. Y aún en las tinieblas de la demencia incipiente, ese rayo de amor, fuerte como el que los unió un día, seguía brotando, seguía haciéndolos especiales, seguía iluminando una existencia que había valido la pena.
A de amor, pero también de amabilidad, de abrigo y de alegría.
Amor que todo lo puede, incluso con la demencia y, ahora, con la muerte.
Adiós.
Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
¡Feliz Navidad!/ Merry Christmas!
El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
Para todos los conocidos de lejos y de cerca; aquellos con los que no compartimos ya casi nada salvo el recuerdo iluminado de un tiempo de vida en común; aquellos que forman parte de nuestro presente; los que van y los que vienen, los que vuelven y se quedan y los que han llegado para estar por siempre.
Cada año es un día, cada día una nueva oportunidad. Pérdidas y ganancias se acumulan y se diluyen dejándonos marcados a veces y a veces más ligeros que nunca. El mundo, España, nuestras ciudades y los pueblos donde vivimos también lo harán. Sabemos fórmulas mágicas, sospechamos soluciones, nos frustramos por la aparente cicatería dirigente y nos agobia la realidad. Eso también es Navidad. Porque Navidad es vida y también necesita de un tiempo para curar.
Para los afortunados que no necesitan nada; para aquellos que se han dado cuenta que, a pesar de las dificultades, siempre hay una salida, una mano amiga muchas veces anónima; para los desafortunados que nada tienen y a todo aspiran; a los que falla la Salud, el bien más preciado y olvidado; a aquellos que no tienen amor y a veces no lo ven; a los que aman siendo amados, los que llegan al fin y nos han dejado, y los que están, en el paisaje mudo del día a día, Feliz Navidad.
A todos, porque el amor es así, Feliz Navidad, un año más.
Entre los dos/ You and I.
Los días idos/ The days goneAire entre los dos.
Y una discreta descarga eléctrica.
Miradas que hablan sin decir nada.
Silencio entre los dos.
Y un discreto roce de los labios.
La tarde corre, corren los días.
Todo parece lo mismo, pero evoluciona. Cambios mínimos, imperceptibles.
Y una sonrisa cálida.
Paseo por la playa cálida.
Tú y yo.
Entre los dos no hay anda y lo hay todo. Como en una historia inacabada.
Y tus pupilas pálidas y mis manos ávidas.
Hasta que nada nos separa más que nuestro amor.
Y se deshace el espacio entre los dos. Y los labios se encuentran y una chispa de energía nace de nuestro encuentro y llega a nuestro corazón. Uno solo. Un latido y la misma emoción.
– Te amo.
Digo.
Y todo vuelve a empezar.
Entre los dos sólo hay un comienzo y una eterna evolución.


