Elsa Betancort: Hasta pronto/ Elsa Betancort: See You Soon.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine

   DSC03754Yo era R1. Recién llegado al hospital, llevaba unos tres meses más o menos, desde la secretaría del servicio de Medicina Interna me dijeron que me llamaba desde la UCI la Dra. Betancort.

   La adjunta que me tutelaba se echó a reír y me dijo que bajase de inmediato porque a la Dra. Betancort le gustaba la puntualidad, era puntillosa con las maneras y que me preparase si había hecho algo mal. Y lo decía muy en serio. Con una carga de respeto en la voz que no se da fácilmente.

   Allá me lancé veloz por las escaleras: bajé como un rayo siete pisos hasta encontrar la secretaría de la UCI donde ella me estaba esperando furibunda. Se agitaba como en un acceso, aunque intentaba disimularlo.

   Me preguntó quién era yo y allí se acabó la serenidad. Visiblemente incordiada me preguntó qué había hecho con una historia clínica, que no la encontraba en la base de datos; así que debía de haber hecho algo erróneo durante la guardia en la que habíamos ingresado a un paciente.

   Algo aterrado sin saber porqué, mi mente comenzó a recordar, con esa rapidez que luego me daría fama, qué había hecho yo ese día que no alcanzaba a situar en el mapa (hacía diez guardias al mes, sin libranzas, y trabajando de mañanas también, tenía la mecha consumida).

   Le expliqué cómo había hecho siendo así que seguí los pasos que se me habían dado para guardar los datos en el ordenador.

   – Pues te has equivocado. Algo has hecho mal.

   Le pedí permiso, me senté frente al ordenador y ¡oh, sorpresa!, al primer intento apareció el informe. Ella se quedó muda. Y yo respiré aliviado.

   Me levanté, ella se sentó delante el ordenador y me dio las gracias y me despidió sin mesura pero con estilo, demasiado harta que de nuevos R1 como para preocuparse de uno que, gracias la Providencia, salvó su pelo por una vez.

   Cuando volví a la planta de Medicina Interna en menos de quince minutos, mi adjunta se sorprendió al verme tan aliviado y después se echó a reír.

   – Creo que te va a ir bien.

   Y así pasó.

   Elsa Betancort era una mujer valiente, que no tenía pelos en la lengua, un carácter de mil demonios, accesos de ira épicos, una gran preocupación por los pacientes y por el trabajo bien hecho, una perfeccionista puntillosa y algo desconfiada, que jamás exigía menos de lo que ella misma daba.DSC03766

   Tuvimos desencuentros, casi todo por tonterías, y así fueron olvidados. Compartíamos gusto por llegar temprano; me aficionó a las tisanas madrugadoras; se preocupaba por lo que decían los demás de mí (aunque poco antes de su retiro, hace unos cinco meses, se dio cuenta que, aparte de falsos, esas cosas no tienen importancia ni peso en el mundo real); y quería que fuese feliz.

   Tenía mucho de compañera, algo de madre, una capacidad poco habitual en las técnicas médicas, que hacía con una elegancia y destreza sin igual; imponía cierto respeto y creaba en aquellos en quienes confiaba, una red de simpatía y de cuidados que la hacía única.

   Enfermó pronto y se ha ido aún más rápido, tan discreta con su vida personal como lo fue siempre. La última vez que la vi, en una habitación de hospital, daba buena cuenta de un bizcocho que mi madre le había enviado como prueba de afecto: se habían conocido años antes y se habían caído bien, aunque no mantenían una relación estrecha ni continuada en el tiempo (por cierto, mi madre también la conoció en uno de esos arrebatos que tanto la caracterizaban: marca de la casa; ahora que lo recuerdo, me hace reír.)

   Me decía que estaba sorprendida del afecto que la gente le mostraba. Pensaba que ya no se acordarían de ella enfermeras, auxiliares y celadores que  habían dejado la UCI muchos años atrás. Pero allí estaban. Veteranos de guerra como ella, mariscales de campo actuales e incluso gente joven a la que seguía aterrorizando pero que eran capaces de ver, como todos los que la apreciábamos, su verdadera valía y lo comprometida que estaba con su trabajo y con la calidad de lo que la rodeaba.

   Eso la hizo llorar. Verse rodeada de cariño gratuito, de una generosidad sin eufemismos, hizo que sus últimos días conscientes como médico veterano de muchas guerras en la UCI valiesen la pena.

  Y eso es algo que desde aquí me gustaría transmitirle a todos y cada uno de los que la apreciaban, que la aceptaban a su manera y que aún hoy, o quizá hoy con mayor motivo, la extrañan.

   Organizamos su fiesta de jubilación y fue un éxito: pocas veces la vi tan radiante y tan serena, tan feliz. Fue una noche singular, sin duda, y me alegra que le gustase tanto, porque en el fondo la organizamos, todos los que pusimos un granito de arena en ella, con verdadero cariño y con gratitud.

   Porque siempre es de agradecer la amabilidad, la corrección, la rectitud y alguna que otra bronca, aunque fuese inmerecida. Al final, todo vale para fabricar el cariño y para apuntalar una admiración.

   Hoy, la Dra. Elsa Betancort nos ha dejado. Pero sólo por un tiempo.

   Hasta luego, Elsa. Ha sido un placer, y un lío y una alegría compartir una docena de años contigo. Gracias por todo y por nada en especial. Sólo por haber estado allí.

Nate Berkus: las cosas que importan/ Nate Berkus: Things That Matter.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   nate-things-matterDescubrí a Nate Berkus, el interiorista gurú de The Oprah Winfrey Show, en el otoño del 2004, mientras estaba haciendo mi rotación extranjera en Boston (EEUU). Desde el primer momento me llamó al atención. Me pareció agradable, cercano pero distante a la vez, y que destilaba un aroma a cariño por su profesión que lo hacía muy atractivo para el televidente.

   Compré su primer libro de decoración, Home Rules, con la esperanza de encontrar el momento necesario para remodelar el interior de mi propio hogar, con las ideas que siempre he tenido dentro. Y eso que mi casa es preciosa, pero a qué negarnos, siempre hay algo que mejorar.

   Ahora ha publicado su segundo libro de decoración, The Things That Matter y me ha parecido maravilloso. No por el lujo de esos ambientes, ni por las personalidades atractivas que desfilan por sus páginas, si no por la historia de su vida, que cuenta con un candor y una sinceridad admirables, y que roza la cercanía más absoluta a la confesión.

   The Things That Matter no es un libro sobre decoración: es un libro sobre cómo la vida, al ir desplegándose en nosotros mismos, se ve reflejada en las cosas que tenemos, que recolectamos o que dejamos atrás; y en sí mismo, es un reflejo de lo que Nate Berkus ha aprendido y ha vivido, desde su infancia hasta la actualidad, y un boceto de su filosofía de vida.

f5-nate-berkus-portrait

   Es un retrato, capa a capa, año a año, objeto a objeto, de lo que fue, lo que es y lo que siente un hombre profundamente realizado, con sus idas y venidas, con sus meteduras de pata y sus aciertos, y sobre todo, con sus ganas enormes de aprender. The Things That Matter es un libro escrito y creado para mostrar la Belleza: de las cosas que nos rodean y del amor hacia sí mismo y hacia los demás; de las lecciones aprendidas y de lo que nos queda por vivir.

   Nada hay más valioso que las cosas que importan: recuerdos, sensaciones, vivencias, reflexiones, tactos, olores, sonidos e imágenes que quedan congelados para siempre en nuestro recuerdo y en lo que nos rodea.

   nate berkus lush friday nightI just discovered Nate Berkus, top Interior Designer of The Oprah Winfrey Show (and I must add, I found out who Oprah Winfrey was back then) in 2004 fall, during my internship at Mass. General Hospital in Boston (USA). Since the very first moment I saw him on the TV screen I felt his nearness and distance, his glow and that unique love about his profession, his Art, that makes him so special and unique.

   I was so under his spell that I brought his book Home Rules just to feel I was still in my little ugly room in Boston, watching the TV show and the snow fall down, dreaming about to do a makeover of my place and transforming it as what he liked to say : a place in where I like to live at.

   Now he just published his second book, a new kind of Interior Design book title The Things That Matter. What a remarkable and beautiful book. And it is so not only about the beauty of the pictures and the people who is portrait on it, but it’s just a gem because of Nate Berkus’ true essence, his painted soul, his human journey, he’s searching, his flawless and his spirit that truly take fly and rise beyond words and goes into our hearts and souls.

   The Things That Matter is a soul journey, a man searching, a man finding and truly a treasure to be kept. Nate Berkus show to us how our places can speak about us, how our stories make our own spirit and are reflected in the things we collect, in the vows we make and in the steps we take in the search of our soul, of our own kindness and perfection.nate-berkus-sitting

   The Things That Matter is full of beautiful people, chic places, luxury and beauty statement. But its real treasure is hiding in the words he write, in the story of a soul’s journey he describes and shares with us. It’s through his work that he transmits the lessons he learnt about present and past, about love himself and forgive himself and others; about facing the future with hope and a little freak control. But his words are the ones that make magic. His own story, his very own portrait, his soul searching and his acceptance make this beautiful book take fly.

   Beauty is the end of a thoughtful soul. So, it’s the reason we love to be surrounded by things that remind us so. Let’s make room to Beauty in our lives to be reflected by it and, then, to be one with it, from the outer to the inner, from the inner to the outer. And finally be free.

   Those are the things that matter: those who made us who we were: the best version of ourselves forever.

Veinte años sin Ella/ Twenty Years Without Her.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

tumblr_m35g7oU2s81rspq2do1_500

 

Pintado/ Painted.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

b4a1aa765c0711e2a03b22000a1f92d6_7 Azul cobalto teñido de ocre. Bello cielo vestido de acuarela.

El pincel húmedo señala el lugar de los labios, carmín cremoso que se esparce por el lienzo.

Dulce caída de agua, destello que se desvanece como las estrellas al alba.

Siena descarnado, naranja y verde, pelo que cae en cascada líquida como la sangre de una herida. Corazón que late por ti.

Rosa pálido, blanco roto, esculpen mejillas suaves por donde los besos caen como lágrimas hacia el mentón de hielo.

Cierro los ojos y te pinto de memoria. Y cada pincelada es una caricia, una búsqueda de piel y de tactos que me llevan a ti.

Por eso pintarte y dibujarte me emociona: nos une al separarnos, suaviza las distancias y nos hace de carne y hueso.

Así pintado mi amor, aquí y ahora, se hace eterno y se hace verbo y se hace persona y deseo. Y se transforma en ti.

Qué felicidad.

It’s Raining Again.

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

55a35d20059111e2bbd422000a1cdb82_7

A de… Amor/ L… of Love.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine

   ba5a138e204511e2aee522000a9f15b9_7Hace ya un tiempo, hojas caídas y flores vueltas a nacer, que me pidieron un favor. Una pareja ya mayor, él rubio y buen mozo de todos los tiempos, parecía no encontrarse bien: se olvidada de las cosas, perdía atención, estaba notoriamente triste, se negaba a comer y tenía siempre frío.

   Su mujer, preocupada, quería que lo viese un neurólogo porque temía, como parecía, que la temible enfermedad de la Demencia le estuviese agarrotando la memoria, destruyéndosela poco a poco con agujeros de olvido y de indiferencia.

   Le comenté el caso a uno de los neurólogos más profesionales que conozco, de mi entera confianza, amable y guapo a su vez, lleno de una profesionalidad que para mí la quisiera: enérgico y dulce, con las ideas claras y siempre dispuesto a innovar y ayudar.

   Era una pareja ya mayor, él octogenario y ella en la mitad de la setentena. No los había visto mucho juntos interactuando en público: se comportaban como una vieja pareja de muchos años, cansados de verse pero aún así animosos y codependientes uno del otro. La vida vivida que deja ese poso de costumbres y de calor que, aún en las situaciones más adversas, regala esperanza y comprensión.

   La enfermedad había hecho mella en aquella gallarda apostura: el cabello rubio aún, los ojos claros tras gafas de oscuro lente y en silla de ruedas, pues apenas tenía ánimos para caminar. Cuando me vio me recordó lo igualito que soy a mi padre. Yo le sonreí. Y me tomó de la mano. Me preguntó si tenía frío. En consultas externas ese invierno hacía frío afuera pero no allí. Le dije que no, pero que él seguro que sí. Le puse mi bata por encima y no la quiso: llamó a su hija y ésta le puso su chal. Supuse que mantenía mi mano asida por saludo, pero cuando la quise retirar, no me dejó.

   – Déjala aquí. Que tienes frío.

   Este abuelo era chispeante, resultón, socarrón y, al menos en público, poco dado a las muestras de cariño abierto; como muchos hacemos, lo ocultaba tras palabrería y ademanes toscos.

   Mientras esperábamos, se dedicó a recordarme historias de mi familia que él bien recordaba. Mi mano entre las suyas y toda mi atención. Su hija, amablemente, le pedía que me dejase tranquilo, pero él hacía que no la oía. Me hizo agacharme y, guiñándome un ojo, me susurró:

   – Nada como hacerse el sordo cuando conviene. No lo olvides.

   Y pasamos a la consulta.

   El neurólogo lo exploró, hizo las preguntas de rigor y posteriormente se dedicó a examinar su memoria de forma más exhaustiva, terminando con el Mini Mental Test. Esta prueba a pie de cama es una forma rápida de evaluar el grado de memoria y atención que un paciente tiene. Dentro de su escala de valores ayuda al médico a aclarar un poco cuánto de las brumas de una posible demencia se esconde dentro de los comportamientos que nos parecen erráticos visto desde fuera.

   Su mujer estaba sentada con él en el despacho. Su hija estaba a un lado y yo cerca de la puerta, como un invitado de piedra.

   El neurólogo le hizo una pregunta:

   – ¿Quién es esta señora?

   Él no respondió. Se echó a reír con cierto pudor.

   Se le repitió la pregunta. Yo esperaba (y el neurólogo también) que soltase alguna socarronería propia de los gallegos, que tanta fama tiene por el mundo delante. Pero no.

   – ¿Quién va a ser? Es Mamá.

   Mi amigo se calló unos segundos. La voz con que lo dijo, mirando directamente a su mujer, estaba llena de cariño, increíblemente repleta de amor. Sólo decir: Mamá hizo que nuestros corazones se derritiesen.

   Su mujer le aclaró el médico que, siendo ambos padres de cinco hijos, se llamaban entre ellos Mamá y Papá.

   – ¿Verdad, Papá?

   Y él asintió.

   – Sí. Cinco camándulas. Y me llamaban viejo. No le digo yo.

   Y  nos reímos.

   El neurólogo siguió con su exploración. Y volvió a repetirle:

   – ¿Quién es esta señora?

   Podía sentirse molesto por la reiterada insistencia, pero aún así contestó:

   – ¿Quién va a ser? La persona a quien más quiero en mi vida… ¿Verdad, Mamá?

   Y le acarició el rostro con una delicadeza y una coquetería y un saber hacer que la hizo llorar. A ella, a su hija y a mí. Yo, que suelo ser un témpano de hielo. Debe ser la edad… No: era su ternura, el amor que había entre esa pareja, la historia que se intuía entre ellos y lo mucho, mucho que habían vivido ambos.

   – Doctor, ¿usted cree que cuarenta años se pueden olvidar así como así?

   Y su mujer ya no podía ocultar sus lágrimas.

   Y el neurólogo prosiguió con su exploración hasta finalizarla.

   Como conclusión, tras el resultado, resultaba evidente que padecía la enfermedad de la rémora. Su memoria iba poco a poco perdiéndose en el abismo de lo que nunca ha existido.

   Su mujer encajó la noticia con una entereza que la hace aún hoy muy especial. Y él la escuchó con una indiferencia de viejo.

   Hizo que me agachase de nuevo para susurrarme algo al oído antes de irse.

   – ¿Para esto me has hecho venir? Anda, haz una cosa, neniño, haz lo que quieras con tu vida, pero hazlo bien. Y a los demás, que les den, ¿vale?

   Y riendo, se fue en su silla de ruedas charlando tranquilamente con su mujer.

   Lo volví a ver un año después en Urgencias, cuando me llamaron con apremio. Estaba moribundo. Sin mucha fe contribuí a atenderle. Lo estabilizamos un poco, recuperando algo el resuello. Cuando pudo hablar me pidió que fuese a por su mujer.

   – Quiero a Mamá aquí.

   Y allí la tuvo.

   Murió una semana después: cáncer de pulmón no diagnosticado. La demencia era un signo del cáncer, pero no nos habíamos dado cuenta de ello. No hubiese tenido tratamiento alguno (a esa edad, y ese tipo resistente a todo) pero aún así, en el fondo un error que no se me olvida.

   Pero en realidad lo que no podré olvidar nunca es ese regalo que nos dio, sin pedirlo y sin necesitarlo. Allí estaban dos personas que habían vivido una vida en conjunto, luchado juntos, enojarse, sonrojarse y sobre todo quererse juntos por más de cuarenta años, cinco hijos en común, cientos de problemas, miles de abrazos y millones de besos. Y aún en las tinieblas de la demencia incipiente, ese rayo de amor, fuerte como el que los unió un día, seguía brotando, seguía haciéndolos especiales, seguía iluminando una existencia que había valido la pena.

   A de amor, pero también de amabilidad, de abrigo y de alegría.

   Amor que todo lo puede, incluso con la demencia y, ahora, con la muerte.

Adiós.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

the-new-york-times