Un solo paso (para ser quienes somos)

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

16463238_10158293664310220_2931730685488846644_o.jpg

Del director austríaco Sandro Suppnig este pequeño cortometraje  creado por la Fundación SingleStep de Bulgaria para inspirar y ayudar a todos aquellos que, en la encrucijada por encontrar su verdadero reflejo, necesiten apoyo para ellos mismos y sus familias.

La verdad está allí afuera. Pero siempre en el corazón.

Así soy yo

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

orgullo-lgtb-valencia-2018

Ser quienes somos libremente

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen

orgullo-destacada-690x460

Alguien a quien amar

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

george_michael_and_queen-somebody_to_love_(live)_s

El hombre de la camisa naranja: pura maravilla

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

man-in-an-orange-shirt-poster

En el mes del Orgullo, el año pasado, la BBC inauguró una jornada televisiva donde celebraba el aniversario de la anulación de la homosexualidad como delito. Una de las joyas que emitieron fue esta miniserie de dos capítulos llamada: Man in An Orange Shirt, en donde retrataban la vida en los años 40 del S. XX y la vida actual de hombres que deben enfrentarse (sí, aún ahora) a esa pulsión, a esa necesidad de ser ellos mismos por encima de todo.

 

Escondiéndome

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

IMG_8119

En el atardecer los grillos cantaban. Mediados de junio, el verano apunta, la primavera fenece. Pero aún florecen algunas rosas, llenas de belleza y aroma parecidos a una caricia. Cuando era pequeño mis  abuelos me decían que el canto de los grillos atraía la lluvia, un poco como el ulular del cuco a finales del verano anuncia las lluvias otoñales. Yo había crecido en un mundo totalmente diferente, lleno de mar, atravesado por agua cálida y atardeceres rápidos, la luna suspendida como una burbuja plateada entre el cielo y la tierra; donde no había grillos ni luciérnagas ni cucos ni rosas, pero sí cigarras, con ese frotar intenso de pura vida perdida y la perennidad de un verde intenso, selvático.

La frondosidad del Caribe, una pura fiesta de los sentidos, casaba sin embargo con aquel ambiente tranquilo, de tierra llena de simiente brotada y un eterno sol de casi medianoche. En mi espíritu esas aparentes diferencias se conciliaban; era capaz de comprender que mi corazón amase aquel espacio verde donde danzaban los grillos y el inmenso espacio azul de mi niñez, donde el agua llegaba tibia a las seis de la mañana y a las seis de la tarde se teñía con el rosa y el oro de un pestañeo.

Charlando con mi amigo Antonio Campoy sobre lo divino y lo humano (o sobre lo divino de lo humano, más bien), su perspicacia para conmigo me hizo pensar. Esa capacidad de pensamiento, compresión y comunicación la ha dejado muy patente en todos los años que ha llevado el blog Vivo en la era pop; pero en las distancias cortas, su penetración en la psique es como un rayo láser. Amable y educado y directo, sus comentarios siempre me hacen pensar. Por eso me encanta, y es una de las personas que más quiero de todas aquellas que he podido desvirtualizar con el paso de los años.

Mientras los grillos inundaban el espacio con su melodía constante (como en otra época y lugar las chicharras con su estridencia continua) lanzó un comentario que me llegó dentro. Valentía, me dijo. Compromiso. Abandonar el miedo a ser vulnerable con el Otro, único requisito imprescindible para enamorarse y empezar una vida realmente nueva. Ese contrato increíble en el que todo está en juego, nada seguro, quién sabe si duradero, pero por el que valía arriesgar algo de orgullo y un mucho de miedo.

Eso es lo que me sorprendió. Me di cuenta, con ese comentario inocente, que mi vida pasaba a mi lado apenas sin tocarme porque había decidido que, para preservar mi integridad y todos esos compromisos que no eran conmigo, así debía ser. Supe que estaba escondiéndome desde hacía años en el trabajo, con el peso de una responsabilidad que había adquirido por no aceptar el contrato de mi vida, y que con todo eso evitaba ser yo en plenitud.

Por un momento me vi reflejado en el agua del lavadero cercano. Ese reflejo no era el mismo de hacía treinta años: era capaz de encontrar pliegues, pérdida de tersura, una mirada velada, una sonrisa grande pero entristecida. Veía la imagen de alguien que no poseía objetivos (todos aquellos que tuve me fueron arrebatados uno a uno por la propia vida), atrincherado en una situación llena de vaivenes pero cuyo centro permanecía inamovible: yo mismo. No cedía a la atracción, ni al amor, ni a la aventura: mis cicatrices hicieron que replegara mis alas y que me olvidara de mí mismo. Escondiéndome nadie me haría mucho daño, pero sobre todo yo mismo, y me sentía capaz de llevar, siempre con ayuda, una vida que no era mía, pero que había aceptado.

Creo que llevo más de la mitad de mi vida huyendo de ese compromiso. En cada esquina de mi historia puedo detectar el momento en que escogí otra vía distinta de la que me apetecía para mí; las excepciones que bien conocía, repletas de errores, sólo habían afirmado esa actuación.

Nadie sabe quién soy, quizá ni yo mismo. Pero hay alguien detrás de esa mirada, formado por esos recuerdos y por esos sueños ya inalcanzables, que se esconde tras las responsabilidades insoportables, tras una cotidianidad que lo anula como ser que siente. A veces nacemos para estar solos: solos nacemos, solos morimos. Pero a lo largo del camino de la vida la compañía, la interacción con los demás (buena o mala, memorable u olvidable), nos enriquece, nos configura, nos hace danzar al ritmo de los grillos, al arrullo del mar. Eso lo había olvidado.

No sé si ese reflejo que veo saldrá finalmente a la luz. Quizá nadie sabe en realidad quién soy yo. Quizá Antonio haya atisbado algo, como muchos otros que no se atreven a comentarlo, y como tal me haya animado a salir por fin, a brillar por fin, a equivocarme nuevamente y a sentirme tranquilo por eso. Quizá sea también la edad y la cercana rampa que veo llegar. Quizá sea hora de salir del escondite y ser capaz de decir: esto es lo que quiero, y esto es lo que hay que hacer y ser. Porque puede que la única persona a la que deba alguna explicación (de haberla) sea yo mismo.

No sé. En ello estoy. Y mientras tanto, a veces releo esa conversación que me ha hecho reflexionar tanto, que ha conseguido que vea en mi reflejo algo más que el paso del tiempo.

Puede que haya llegado la hora de dejar todos los grilletes atrás, salir del escondite y ser libre de verdad.

¡Que traigan a los hombres!

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

13109-Pride