Soy transexual.

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12677448_1284687141548497_700946373_nSábado a media tarde, mala hora para mí pues me parte el eje de mi labor de guardia, entre hacer tratamientos, revisar el estado de los ingresados y ponerme al día, tener un ingreso es desestabilizador.

Cincuenta y tantos años, varón, obesidad mórbida, enfermedad respiratoria y renal y todas las aquejadas por su obesidad. Un cuadro. Mala higiene, boca séptica (sucia y cariada) aspecto de poco cuidado, úlceras trombóticas en piernas elefantiásicas. Un cuadro.

Llevaba con fiebre más o menos tres días y sin orinar, dos. Se notaba más cansado y torpe últimamente; el médico de cabecera le había recetado más diuréticos porque no toleraba dormir recostado y él notaba que iba hinchando poco a poco. Ahora estaba adormilado, a esfuerzos de consciencia, y respiraba muy rápida y levemente, apurado, como si le faltase el aire o necesitase limpiar su sangre con cada inhalación por más breve que fuese.

Tensión baja. Taquicardia. El oxígeno a todo lo que da la pared. Un cuadro. Un cuadro.

Pensando en lo mal que lo íbamos a pasar todos, acepté el ingreso en UCI. Y resoplé. Eso se me da bien. Resoplar cuando no puedo salir corriendo. Eso, o salir corriendo, pero en mitad de una guardia de sábado no quedaba bien así que había que apechugar con ello.

Para hacer corto el relato, aquel paciente que se comportó con una entereza y un dejarse hacer dignos de elogio, ocupó unas tres horas de mi tiempo exclusivamente (eso significa que el resto del trabajo que podía esperar se acumuló hasta rebosar). Ajustamos sueros, albúminas, noradrenalina, oxígeno, BiPAP (una máquina que intenta suplir la necesidad de intubar y sedar a los enfermos con insuficiencia respiratoria) y antibióticos; el color pareció volver a aquellas mejillas sucias e incluso a ese cuepro abandonado por la falta de higiene una vez que las auxiliares, con diligencia, pudieron asearlo un poco. Resoplé. Y aún me quedaba hablar con la familia. Un cuadro.

Ya cansado (y eso que íbamos por la mitad de la guardia) me acerqué a hablar con los familiares. Los llamé por el nombre del enfermo, como es habitual, y respondieron dos personas. Una más alta que la otra: un hombre y una mujer; él mucho más joven que ella, con esa piel lustrosa de la juventud recién nacida; ella con aspecto desvencijado de puerta venida a menos, con el pelo en melena amarillenta de mal tinte y cierto aspecto de abandono, caminaba apoyada en un bastón. También tenía cierto sobrepeso.

– Hola. Buenas tardes.

Les dije al presentarme. Hice sentar a la señora, que se veía esforzada a todas luces. El chico también lo hizo a su lado. Como siempre, les expliqué los motivos del ingreso, oí la historia clínica del enfermo, y les expliqué las características y las posibilidades de salida del caso. Me entendieron con cierta tristeza. No eran una familia con recursos, eso estaba claro. Esa dejadez, esa falta de higiene que sólo a veces vemos pero que es una realidad en todos los países (no hace falta irse a la India para ver verdadera pobreza, sólo con salir unos kilómetros de nuestras ciudades, y a veces ni eso, la tenemos en nuestras narices), ese discreto abandono a las consecuencias de la vida, a la realidad de los sueños rotos y también, a la soledad. Se le notaban las raíces canas entre el ensortijado amarillo limón de su pelo, los surcos de una piel algo gruesa de expuesta mucho tiempo al sol, y el uso un tanto torpe de una sonrisa forzada.

Así era ella.

El chico joven no abría mucho la boca. Asentía ante el relato de la mujer y apenas añadía nada a lo que me decía. Ella era la hermana del paciente. Él, su pareja. Así que sabía del paciente a través de lo que ella le contaba, por lo que no podía añadir nada al relato de lo que ocurría.

Al saberlo, volqué por completo mi atención hacia ella pues era la conviviente del enfermo, su familiar más próximo y a quien iba dirigido mi discurso y mis explicaciones. Ella no pareció percatarse, ni él tampoco. Así que seguimos.

Cuando llegó el momento de la firma del permiso y el consentimiento informado, le pedí que por favor lo hiciese donde le indicaba y que me diera su nombre y su DNI. En ese momento pareció dudar. Agitó imperceptible su pelo y frunció los labios. Pero su mirada sin embargo adquirió un brillo particular.

– Soy transexual.

Me dijo. Con mucha seguridad pero a la vez como esperando una reacción que, a todas luces, no obtuvo. Al contrario, yo seguí con el mismo tono, como si hubiese oído llover o algo así.

– Si se ha cambiado oficialmente el nombre o si no, por favor, debe ponerme el que aparece en su DNI ya que es algo oficial. No se preocupe por nada.

Y se me quedó mirando, como si se hubiese topado con un extraterrestre o algo. Y firmó con su nombre de nacimiento: Marco Antonio. Y puso el número de su DNI. Y el pelo cayéndole mal pintado sobre los ojos cansados y faltos de aseo.

En esta profesión vemos muchas cosas. Atendemos muchos casos extremos. Y aprendemos a superar los límites estrechos de un pensar pequeño. El mundo no es perfecto, y nosotros menos, pero para eso estamos aquí, para elevar el nivel del pensar humano, del sentir humano; para hacer de nuestros pasos, llagados por lo errores, un caminar perfecto, en el que todo quepa: las diferencias y las afinidades; los gustos y disgustos, las alegrías y las decepciones. A mí me llamó más la atención su pobreza y abandono, que hubiese querido mitigar, que su género, que no me importaba en lo más mínimo. Y sin embargo sobre todo eso, sobrevoló el orgullo y la entereza con que me dijo, quizá previendo una reacción alarmada ante su historia (ante ese pedacito de su historia como persona): Soy transexual. Pues era transexual. Y bien que lo sea. Y que lo consiga. Y que sea ella misma y nadie más.

La situación socio-económica de esa familia de hermanos era un cuadro; él y ella eran un cuadro. Pero no su corazón, no su verdadero ser como personas, como seres humanos. Ella, Marco Antonio en el DNI, era más que una melena rubia mal teñida y un caminar penoso. Ella era Transexual. Más de lo que nadie hubiese podido ser. Más de lo que ella misma pensó desde que era niña. Y así me lo hizo ver y yo le aplaudí por eso, y porque para mí, que he visto mucho y he atendido mucho y que no puedo juzgar ninguna actitud, ninguna perversión, ningún abuso corporal porque no soy juez sino médico, ella ni siquiera era Transexual, era la hermana de un paciente, su única familiar, que necesitaba de un ingreso en UCI. Nada más. Y quizá así debiera ser en un mundo real.

El amor mola (a veces).

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De Roberto Pérez Toledo, parte de la serie El amor mola, campaña para El Corte Inglés en San Valentín 2015.

El árbol: belleza indiscutible.

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9788415979975Hay libros brillantes. Pocos. Son como gemas raras, que se dejan caer a lo largo del gran año (parafraseando a Shakespeare) por eso las apreciamos mucho y las echamos de menos conforme pasan los días. El árbol, de John Fowles, es uno de ellos.

Siempre ha habido literatura de consumo, o lo que en cada presente se considera como tal (Don Juan Tenorio, como muchas otras obras de Zorrilla, se consideraba como tal en su tiempo, por ejemplo). Literatura que se publica y que se vende, de allí su importancia; hacen que el mercado se mueva, se enriquezca de una forma quizá punitiva para expresiones más arriesgadas o que vayan a contracorriente, pero necesarias para que continúe la sed por la lectura y su comprensión. Pues sólo leyendo se logra apreciar la belleza de las palabras escritas (que por ese eco de las cosas, ayuda a apreciar la belleza de la palabra hablada y de la compresión entre los seres humanos) y, con el tiempo, se sopesa entre lo efímero y lo eterno con poco margen de error.

Si por encima la edición del volumen a leer agrega su peso de belleza al texto escrito, la maravilla se hace total. Gracias a Editorial Impedimenta llega hasta nosotros esta pequeña obra maestra del ensayo, de los sentimientos, como es El árbol.

Mi conocimiento de la literatura anglosajona es más bien escaso (por lo demás, como casi toda mi cultura general, está basado en las filtraciones que mi gusto hace sobre las cosas del mundo); tal vez como reacción a su supremacía cultural, o, mejor dicho, a la sobreproducción que procede de un mundo con menos miedo, o con más ánimo de riesgo, por apostar por la cultura, cualquiera sea la expresión que adquiera la misma. De todas formas, lo dicho, sabía de John Fowles por La mujer del teniente francés, uno de los pocos casos que el cine me ha llevado a la literatura (La edad de la inocencia, Maurice o Las horas son otros ejemplos, casualmente -¿o no?- todos de origen anglosajón), y poco más, hasta tropezar con El árbol, una pequeña obra maestra del pensamiento, es decir de la poesía de las palabras hilvanadas con una precisión casi métrica y llena de una sinceridad indescriptible.

Toda la belleza de la Naturaleza, su defensa, sus aspiraciones y sus inspiraciones están dentro de El árbol. Como símbolo de lo bello, pero también de lo perdurable y de lo que hay en nuestro interior de sagrado, de ignoto, de salvaje. La contraposición que hace John Fowles entre la mentalidad cartesiana, que nos ha llevado a desgranar el mundo en pequeños fragmentos sin posible interrelación, con la observación juiciosa de su vida (y la de quienes le rodean, sobre todo su progenitor, cuyo peso específico se encuentra en la primera parte del relato) que le revela lo contrario, la eterna unión de todo lo vivo, hombres incluidos, está desgranada de manera virtuosa: llena de detalles, pero también de poesía, de cabezonería también y de elegancia. El alegato de John Fowles demuestra no sólo la madurez de un alma noble, si no que extiende esa bonhomía a todos los seres humanos, incluso a sus excepciones, que las hay, como en toda obra de la Naturaleza.

Emparentado con la filosofía que también describe en sus obras Thomas Moore, una cierta reverencia a lo oculto, a lo que desconocemos; una cierta reticencia a no dejarse atrapar por las garras de la estadística, El árbol es un alegato a la Naturaleza, a la belleza de la vida, y una profunda reflexión personal, tan sincera y delicada, tan dulce y a la vez recia, que deja un aroma insistente, como el perfume permanece entrelazado en la piel, tiempo después de su lectura.

Una pequeña obra maestra, una prosa libre, poética y sin embargo profunda y ligera, El árbol es un libro de una belleza indiscutible.

Dr. Zhivago.

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Doctor Zhivago

Arriesgarse/ Taking Risks.

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11352343_156482694691611_83553776_nTodos los días, en cada hora de cada día, una decisión conlleva un compromiso, una acción, una reacción y un destino. Y miles de cosas me pasan por la cabeza: temores de todo tipo, de desagradar, y el peor, de equivocarme. A veces esas acciones son inconscientes, o llevadas a cabo a través de la autopista de la intuición. Otras, se sopesan tanto que todo sentimiento de frescura se alambica hasta desaparecer por completo, y esa acción carece de frescura pero procura teñirse de mayor seguridad. Pero en todas se esconde la posibilidad del error, de lo desagradable, de la pérdida.

Hay una tendencia, siendo yo el primero, de quedarnos varados en nuestra tranquilidad, jugando en las aguas serenas de lo conocido. En esos límites de acción, el error casi desaparece, las respuestas que se derivan de esas decisiones suelen ser ya conocidas y, por tanto, poseemos armas para afrontar la reacción que se produce. Yo el primero. Pues odio sentirme incómodo, carecer de armas para defenderme, enfrentarme a la critica ajena, y errar. No lo tolero, casi me resulta insoportable. Conducir, aparcar, escoger la marca adecuada de leche, intentar no derrochar, ser inventivo y simpático, sereno y vivaz; limpiar la casa o la ropa que me pongo, todas esas pequeñeces de las que está hecha la vida me impulsan a salir de mis límites conocidos y por tanto me obligan a coger riesgos. Imagínense trabajando en al UCI.

Cada decisión es un posible error. Cada decisión será criticada con lupa por mis compañeros, sometida a una disección dañina en esa lucha de egos de la que la Medicina no sólo no se libra sino que parece avivarla. Cada orden médica que decido impulsará la máquina de Enfermería y de Auxiliería y de Celaduría. Y sus miedos y los míos se encontrarán y se unirán o se repelerán sin remedio.

Hay múltiples factores que se combinan en los intercambios humanos a todos los niveles; en el profesional, cuando tomamos en nuestras manos la Salud, y por tanto la calidad de vida (y la Vida) de los pacientes, estos están imbricados en la misma profundidad de cada ser. Yo el primero. Cada guardia es una batalla constante entre la acción y la inacción, decidir lo correcto y hacer lo que se debe hacer. Cada guardia es una batalla campal de egos, de miedos y frustraciones. Cada guardia es un sin fin de riesgos que tomar y que vivir.

Al cansancio, al nerviosismo, a lo ignoto, se les añade la carga insoportable del error, de la burla, de la crítica, del miedo y, a veces, la de nuestra natural tendencia a la molicie y el abandono.

Cada guardia es para mí un trasvase de energía sin igual que me deja vacío, seco, lleno de un cansancio que me arrebata el sueño y por tanto el descanso; un examen continuo, que se repite una o dos veces (a veces más) por semana, que no distingue días señalados ni cumpleaños ni fiestas, y que borra toda posibilidad de estabilidad vital, ese supuesto ideal de vida que parece una línea recta pero que, en el fondo, es una carretera secundaria llena de derroteros absurdos y de baches.

En ese estado de furias interiores (me viene de repente la imagen platónica del Auriga y sus dos caballos, blanco y negro, en pugna constante por llevar el mando de la cuadriga, y por tanto, del conductor que intenta equilibrar esas fuerzas y esos egos de la mejor forma posible) cada vez tropiezo con la inestabilidad de muchos de mis compañeros, generalmente más jóvenes, que no están acostumbrados o no quieren enfrentarse a la dura realidad que significa ser un médico de guardia. En general esa actitud dubitativa o de huida no se ve en los demás estamentos sanitarios con la misma frecuencia. Pero es esa frecuencia en ascenso lo que me alarma.

Cada guardia se está transformando en una lucha continua frente a esa actitud de avestruz de las nuevas generaciones de médicos, algo coyuntural y generacional supongo, pues dejando aparte sus capacidades (que son enormes) muchos de ellos carecen, o no desean tener, esa oportunidad de decidir, ese vértigo de arriesgarse. Y claro que asusta, y claro que nos obliga a tomar decisiones cruciales, que conllevan la última responsabilidad y y el abismo del mayor de los errores. Arriesgarse, para esta nueva generación de médicos, les aterroriza, y por tanto no actúan, y por tanto su actitud es la de liberarse prontamente de una carga que les parece muy pesada (que ES muy pesada).

Es una generalización, y me arriesgo a ella pues cada vez es más frecuente que destaque el que trabaja, el que se arriesga, el que salta al vacío; de todas maneras, gracias a Dios hay magníficas excepciones con las que trabajar es casi un juego, y todo riesgo, una aventura única.

Pero esta actitud de huida, de escape me está minando, está acabando con las fuerzas que mi propio conflicto deja mermadas y que el trabajo en equipo veía reforzadas y hasta revitalizadas. Echo mucho de menos la complicidad, el saber que del otro lado del campo de juego está un compañero que, luchando sus propias batallas interiores, pone todavía en primer término el supremo acto de Servir, con todas las consecuencias que conlleva; que, pese a todo, es capaz de aprehender su responsabilidad diaria y arriesgarse.

Qué fácil es quedarnos encerrados en nuestro interior, o dedicarnos a aquello en lo que somos naturalmente diestros. Temo que yo no soy brillante en nada, y cada actividad a la que me dedico me produce vértigo y miedo. Como esquiar, por ejemplo, o entrar en un gimnasio, lleno de una población que parece salvaguardar las normas de un club exclusivo que no pueden ser reveladas al primer neófito que cruza sus puertas. Escribir es para mí un riesgo, pero también un gusto; trabajar cada día: sedar a un paciente, intubarlo, coger líneas arteriales o venosas, sopesar un tratamiento, repensar un cambio de actitud, y muchas veces decidir cuándo dejar de luchar o cuándo seguir adelante.

Arriesgarse tiende las cuerdas de nuestra vida, pero es la Vida, es aquello por lo que estamos aquí: enamorarnos, asearnos, vestirnos, enfermarnos. Todo en al vida conlleva una decisión, y por tanto un error o un acierto, y por tanto un riesgo. En ese estrés y en esa calma se halla el secreto de una vida sana, o al menos feliz. Y yo no tengo esa llave todavía, o se me han mezclado los mapas.

Trabajar así se hace difícil. A la precariedad laboral, al estar expuestos constantemente al ojo crítico de los demás, se añade el peso inabarcable del trabajo ajeno en soledad, un miedo que se alimenta de otro miedo y que genera situaciones incómodas donde la última palabra, la última acción, la última responsabilidad es mía. Y así no deberían ser las cosas.

Todos jugamos este juego del riesgo. Algunos cobran verdaderas fortunas por patear un balón, por actuar ante una cámara, por decidir qué leyes encajan mejor con la sociedad del mundo. Otros no tenemos esa suerte, ni ese reconocimiento. Y ahora tampoco, me temo, la propia colaboración entre iguales.

Qué difícil es vivir, por favor. Y lo que queda.

Oliver Sacks: En movimiento/ Oliver Sacks: On the Move.

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Oliver-Sacks-HBR-Cover2El Dr. Oliver Sacks ha sido un persona afortunada. No sé si él se vería de esta manera, pues un espíritu sabio y libre en línea generales no se reconoce como tal hasta que el largo viaje de la Vida se hace lo bastante transparente como para verse reflejado en las cosas que han ocurrido, en las reacciones que ha tenido, usualmente también en lo que ha hecho,  finalmente en el resumen de sentimientos que ha sentido y, por lo general, se asombra por un instante y después lo deja correr: todo esto y más está escrito en On The Move.

De los hechos y maravillas que el Dr. Sacks ha realizado durante su dilatada y fructífera vida, hay mucho publicado. Yo lo hubiese llamado, en la forma más respetuosa y cariñosa posible, Dr. Ollie o Dr. Maravillas quizá, por su asombrosa inteligencia, sus ojos luminosos, su aspecto de gigante de cuento y su corazón de oro. Y lo hubiese llamado así como médico, como persona, como amante de todo el mundo científico (desde el estudio de los elementos químicos hasta la biología, desde la física más elemental hasta los niveles cuánticos y subatómicos del universo) y del Arte (su amor por la música, su perpetua entrega a la literatura, su romántica visión de la pintura y el dibujo), por su prosa profusa, su voz grave y su andar de pato mareado y enérgico. No pretendo, en estas líneas, alcanzar tal estado de homenaje ni tales fronteras de elegía. Pero se los merece, por su fragilidad y su energía, por su forma de ser y su valentía.

On the Move es su historia, al menos el retrato apasionado y libre de su propia vida; un ejercicio de modestia sin límite y, sobre todo, de desnudez integral, que traspasa cualquier frontera de lo posible, mostrándose frágil, único y sobre todo, o más que nunca, verdaderamente libre. En sus páginas fluyen su vida familiar, sus años de formación, su vida muelle, su amor por el cuerpo masculino (que lo llevó al culturismo y a proezas de fuerza física increíbles en su época), sus adicciones, que las tuvo; sus accidentes, sus dudas, sus aciertos y sus errores; en esas páginas Oliver Sacks se desnuda como nunca, y se cubre como nunca de asombro y de ingenuidad, de ternura y de una pureza que traspasa los límites de las palabras y toca los corazones y las almas.Oliver Sacks

Oliver Stacks era un hombre puro corazón. Corazón con riendas tensas, pues temía ser desbocado; corazón que se desbordaba en la práctica de la Medicina; corazón dudoso; corazón inhibido; corazón angustiado y, finalmente, corazón liberado. Oliver Sacks, que se prohibió a sí mismo amar, fue un hombre que amó más allá de los límites del cuerpo, y que se halló liberado de todo pesar y de todo sentimiento de incapacidad al final del camino.

On the Move es la historia de un hombre que, temiendo una vida efímera y encallada, siempre estuvo en movimiento, en esa eterna búsqueda que a todos nos define y que nos lleva, dando tumbos en una dirección u otra, hasta que hallamos el verdadero camino, nuestro lugar en el mundo.

Oliver Sacks fue un hombre de despertares, de descubrimientos, de búsqueda. Buscó siempre el conocimiento, el porqué de las cosas, la explicación que une la fisiología con la conciencia, el puente que enlaza la vida consciente con la actividad molecular de estar vivo, despierto. Toda su vida médica estuvo dedicada a la investigación de la conciencia a pie de cama, en las trincheras como yo llamo a la actividad del servicio al paciente; quiso saber, y consiguió entender, con su vasto conocimiento de historia de la Medicina, que la Medicina no es un ente cristalizado, que lo que sabemos hoy no son más que señales de un camino mucho más vasto, que aquello que consideramos inmutable es en realidad una maraña más complicada (y a la vez más simple) de lo que pensamos, y que el milagro de la Vida está unido a los materiales de la tabla periódica tanto como a las estructuras cerebrales, a la historia de nuestro pasado y a la respuesta que creamos en el momento presente en el que nos encontramos.

En On the Move asistimos a ese darse cuenta, a ese hallazgo tan sencillo que hace que todo encaje: lo que fuimos, lo que hicimos, lo que sentimos y lo que somos, incluso lo que padecemos y cómo lo hacemos. Un hombre dedicado más de cincuenta años al estudio de los efectos de la Enfermedad sobre el individuo, de los efectos de un tratamiento sobre la vida de un paciente; vivió sus propias enfermedades desde esta dicotomía tan suya, y nos dejó legajos de pensamiento y de sentimientos únicos en donde somos al mismo tiempo médicos y pacientes, sufridores y sanadores, pero nunca dejamos de ser individuos, es decir, seres humanos.

Oliver Sacks es un hombre de defectos; de gran corazón; de manías, de inhibiciones. Pero en On the Move nos muestra cómo cada una de las etapas vitales sólo sirven para la purificación del pensamiento, para la entrega total de cuerpo y alma a lo más grande que tiene un ser humano: el Servicio a los demás, y el permiso a perdonarse a sí mismo, es decir, a la capacidad de ser libres.

BN-IE922_bkrvsa_J_20150501120651Cada capitulo de On the Move está lleno de idas y venidas, de marchas atrás, de idas hacia adelante; parecen ideas sueltas que sin embargo llevan cosidas a su vera un hilo común, y es el del descubrimiento, modestísimo, de una vida grande, de un individuo único y voluntarioso, inteligente, brillante más bien, pero por sobre todo trabajador constante, que descubrió su fin último, su motivo de vida, una vez se liberó de todas las taras que lo ataban a lo mundano, una vez que tocó la toba eterna.

Oliver Sacks, el Dr. Sacks, había nacido para escribir. No para unir Ciencia y reflexión mundana, no para acercar la naturaleza íntima de la actividad médica y las Enfermedades que nos afectan al gran público, si no para ser un gran escritor. Y su lucha en contra, o al menos, no a favor de reconocerse como tal, lo llevó a infinidad de triunfos mundanos (por lo demás vividos con extrema cortesía y con una bonhomía inigualables), a reconocimientos y homenajes, pero sobre todo, le dio vía libre pare reconocerse merecedor de amar y de ser amado, de ser apreciado y de ser realmente lo que hubo soñado desde que era niño: un verdadero escritor.

No hay nada de ficción en la extensa obra de Oliver Sacks. Ni falta que le hace. Él narra la Vida, que ya está llena de desgracias y de humor repartidos a partes iguales. Lo que hace de On the Move la joya que me ha apasionado, es que es su vida, su propio periplo, el que contiene cada gota de pasión, de desconcierto, de descubrimiento y de alegría, de errores y de fracasos, de brillante inteligencia y de delicada cortesía, que lo hacen un gran hombre, un hombre digno de ser conocido, y por sobre todas las cosas, querido.

Escrito a las puertas mismas de la muerte, On the Move es un libro de esperanzas, de verdades encontradas y sobre todo, por encima de todo, de libertad. No lo sabemos, no lo imaginamos hasta la última página, hasta la última referencia escrita, hasta que descubrimos que, ya en el final de su vida, abre su corazón, abre su alma al amor y se abandona, como el niño que nunca ha dejado de ser, a la belleza de ser amado, de sentirse encandilado por ese pequeño milagro que a sus ojos se hace inmenso, y por la perplejidad de reconocer que ha conseguido, sin saberlo ni esperarlo, lo que siempre había anhelado ser: un gran escritor.

Siempre cambiante, Dr. Sacks. Siempre en movimiento, querido Ink, ahora más en la muerte. Y gracias por todo.

Forever George Michael.

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