Cómo han pasado los años/ How Years Are Gone.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

A Obdulia y Antonio, mis padres, con cariño.

Cómo Han Pasado Los Años, Rocío Dúrcal.

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Cómo han pasado 45 años de matrimonio, de idas y venidas, de ilusiones y decepciones, de Salud y de Enfermedad, de buenos tiempos y malos tiempos, de abortos y de hijos, de pérdidas y ganancias, de peleas y reconciliaciones, de rencores olvidados y vueltos a recordar; de mudanzas, proyectos, realidades y lastimosos fracasos. No sé si es fácil llegar a vivir media vida juntos, con los roces de la convivencia, las dobleces del Destino y las sorpresas que siempre nos deparan las personas. Pero ellos han sobrevivido al mar de la vida vivida, del cáncer, del agotamiento; y aún ríen juntos y pelean juntos, y se cansan y se descansan, bailando ese bolero eterno que han escogido y que les ha regalado la Vida.

No todo ha sido perfecto, no todo ha sido ideal. Pero han sido 45 años de amor y de roce, de frenesí y de serenidad; encarando el día a día con resignación y nervios, con agudeza y, a veces, con calma. La historia de mis padres es muy similar a la de cualquier otro matrimonio que ha intentado sobrevivir al paso del tiempo; pero es única y verdadera, llena de errores, repleta de aciertos, pero suya; labrada por ambos, soñada por ambos y conseguida por ambos, y, por eso, perfecta.

Y están de aniversario. Cuarenta y cinco años de vida en común… ¡Cómo han pasado los años!

Primavera/ Spring.

El día a día/ The days we're living

Foto/Picture Izak Amancio

La Fuerza de las Palabras/ The Power of Words.

El día a día/ The days we're living

A Lawrence Schimel, porque las personas brillantes sólo nos mueven a mejorar.

He tenido un intercambio de correos electrónicos con un amigo escritor, Lawrence Schimel, muy interesante, y se basaba en una broma hecha por mí y que, en realidad, podía tener (y tenía) muchas lecturas; la mayoría alejadas de la intención con la que fue empleada, pero que existen y son posibles y que él, con ese gusto por el detalle típico de un escritor, me enseñó acertadamente.

Cuando era pequeño, mucho, teníamos en casa (y aún lo poseo) un libro que se titulaba: La Fuerza de las Palabras. En su interior guardaba el secreto y la maravilla de la gramática de la lengua española de ambos lados del Atlántico. Era un libro fascinante, y continúa siéndolo. Gracias a él entré por primera vez en un mundo articulado, de una rigidez sólo parcial, o, mejor dicho, cuya rigidez formal regalaba un sin fin de libertades creativas que aún hoy sigue sorprendiéndome. No me resultó difícil aprehender sus reglas; antes bien y todo lo contrario, parecía que ya las conocía de antes, y su asimilación fue más un acto de remembranza que un aprendizaje literal. Ese libro conserva intacta su magia para mí después de tantos años pasados y sigue siendo un punto de referencia en mi vida.

Siempre he amado las palabras, como todas las cosas bellas de la vida. Las palabras tienen vida propia y una intensa personalidad. Decir que estoy en contra del «lenguaje políticamente correcto» es más que un hecho; lo considero aún más: una aberración. Pero entiendo la preocupación que el empleo de ciertos vocablos, neutros como instrumentos que son, genera en muchas personas, bien pensantes y con corazón sensible, que ven y hasta sufren cómo las intenciones escondidas en las palabras hacen daño y denigran al ser humano.

La fuerza de las palabras es poderosa. Es mágica. Es atractiva. Es envolvente. Es atrayente. Es fluida. Es pesada. Es casi todopoderosa. En principio fue el Verbo, reza más o menos la Biblia; principio que se encuentra en todo libro sagrado de cualquier religión (que también son lo mismo, porque misma es la Fuente de la que todo se deriva), y de la palabra emergió lo creado y el ser humano. De ahí su gran importancia. Pero las palabras son notas que nos ayudan a crear la sinfonía de la vida, y de hecho son sonidos unidos, voz que emerge de una intención, de un tejido que emana de la conciencia de los individuos, que son quienes las emplean.

Temer a las palabras es como tener miedo a las notas musicales o a los colores. No son ellos los responsables de las intenciones humanas: una mala historia, una canción pésima, un borrón policromado en un lienzo pueden ser (y muchas veces son) aberraciones; pero los elementos empleados incluso en la elaboración de esos errores no dejan de ser divinos e independientes. Son las intenciones lo que hiere, lo que manipula y destruye, no los elementos empleados para hacerlo.

Quiero libertad de expresión, quiero usar mi lengua tal cual como fue establecida, porque es perfecta, fluida, elegante, abierta y libre, por sobre todo libre. Lo que debemos luchar es por la educación, por la igualdad de facto, no de boquilla; por el respeto a los demás y a la vida; por la integración y por la libertad, para evitar que esos bellos instrumentos acaben desvirtuados por intenciones oscuras y personas viles.  Si cometemos un error, pedir disculpas es de recibo. Pero nunca por emplear una determinada expresión, sino por la intención que la empuja y que la arroja al universo. Y aceptar que la fuerza de las palabras es muy poderosa, y que sólo refleja nuestros más acérrimos temores y nuestras miserias si somos personas chiquiticas, sin luz, color ni futuro.

Que no es el caso. Seguiré empleando mi lengua con honor, es decir, con respeto y equidad, y con todas las consecuencias. Porque quiero ser libre. Por siempre libre.

El secreto de Izak/ Izak’s Mistery.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

I’ve Got A Crush On You, Renee Olstead.

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Diego López Otero o la Dulce Inteligencia/ Diego López Otero or the Emotional Intelligence.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Lo primero que llama la atención de Diego López Otero es su mirada despierta, tranquila, el pelo moreno y una voz grave, suave y de timbre bajo, tan bajo que suele hablar al cuello de su camisa. Ha tenido que repetir tantas veces lo que dice, que su expresión resignada se dibuja inmediatamente en su rostro nada más expresa algún punto de vista. Pero eso ocurre sólo al conocerlo.

Llevamos diez años de amistad ininterrumpida. Él ya me conocía de un poco antes; yo no me di cuenta hasta que me lo dijo, estando como estoy casi siempre en mi propio universo cuando camino por el mundo; cosas de la miopía, supongo, y de mi casi total desinterés por lo que pasa a mi alrededor. Cuando se lo comenté, se echó a reír con esa risa profunda con la que siempre lo identifico y me acarició la cabeza con esa condescendencia tierna y afable que tanto lo define, de suerte que ese simple gesto, cargado sin embargo de mucha ternura, se ha convertido en casi un saludo entre nosotros cada vez que nos vemos.

Diez años no es mucho tiempo; cuando se vive rodeado de experiencias como las que hemos compartido, es sin duda casi una vida. Desde las más graciosas a las más difíciles, Diego L. Otero ha respondido con la talla más alta del ser humano como persona y como médico. Su sensibilidad, que suele disfrazar hábilmente, sólo compite con su brillante inteligencia, tan natural y válida, que sólo puedo resumir en un adjetivo: dulce. Un hombre verdaderamente sabio es capaz de reconocer cuándo sus habilidades son fruto de un esfuerzo diario y cuándo son un regalo de la divinidad. Un hombre paciente sospecha, y sabe, que esos regalos que pueden hacerlo (y lo hacen) sobresalir del resto, sólo valen la pena cuando se comparten con total generosidad y naturalidad extrema. En Diego L. Otero sus dotes como médico viajan en las alas de su dulce inteligencia, que irradia luz sin generar sombras, y que calienta al abrigo de su cercanía sin parecer incómoda o impostada.

Diego L. Otero y yo somos amigos. Y mi admiración por él, y mi cariño, trascienden todas las fronteras físicas e intelectuales, partiendo y llegando al corazón, terreno en el que él es ya casi un experto. Y en estos días ha estado de cumpleaños. Es un hombre afortunado, y lo sabe; y lo es, porque se lo merece. Pronto recibirá el mayor regalo que pudiera haber tenido nunca, algo por lo que ha suspirado durante mucho tiempo. Y eso me llena de gran alegría. Casi tanto como contarle, y saberle, parte de mis amigos; algo de lo que siempre le estaré agradecido.

Feliz Cumpleaños, Diego.

Hombres ordinarios/ Simple Men.

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Eric Arvin escribe compulsiva y apasionadamente. Pocas personas he conocido con un ardor semejante, con tal urgencia por crear como la suya. Puede que sus circunstancias personales lo inciten a ello; puede, simplemente, que viva su propia vida a través de la escritura; y a veces esa vida parece congelada en el tiempo perdido.

Con Simple Men, Eric Arvin vuelve al campus de Verona College, lo que sería un reencuentro más si no fuese él el autor de esta historia. Su vuelta al campus, a los años de formación universitaria, lleno de arenas movedizas, de tanteos, de descubrimientos y graves renuncias, trae esta vez una luz resplandeciente. La narración de Simple Men es poética pero ligera, lejos del escrutinio sobrenatural de The Rest Is Illusion pero igual de metafísico; es alegre, vivaz, y está llena de personajes encantadores. Los cuatro hombres protagonistas, simples pero no ordinarios, únicos en su belleza, en su viveza y en sus inseguridades, dan forma a este relato lleno de guiños y de alegría, en la que la aceptación por ser diferente no se vive con aspereza ni indecisión; en donde el descubrimiento y la lucha, el amor y la conquista, el miedo y la pasión se entrelazan y fluyen por esas páginas líquidas llenas de brillo.

Porque, a pesar de que Simple Men es un libro de encargo, Eric Arvin es incapaz de detenerse ante los límites y, aquí y allá, hace brillar su enorme talento, su amor por la escritura y por sus personajes, y les regala una serena belleza y una dimensión meta-humana; todos ellos, en su lucha por descubrirse a sí mismos, por encontrarse y por amar, nos reflejan; sus dudas son las nuestras; y sus respuestas, profunda sabiduría disfrazada de ligereza y aderezada con poesía.

Simple Men es un libro sobre el amor, sobre el amor diferente que sólo se diferencia en los cuerpos. Pero así mismo es un relato de miedos pasados y no confesados; de soledad y vértigo; de celos y miedos; de tiempo pasado y futuro por inventar, hilvanado con hilo fino y resistente, que brilla en las sonrisas, en los atardeceres, en ese lento caminar del verano al otoño, cuando la luz se hace oblicua, las sombras regulares y alargadas, y los árboles nos arrullan con sus mejores colores. El mundo de Eric Arvin está lleno de una lucha feroz por ser sí mismos, pero esa lucha es cristalina y duradera, como la amistad, el ardor y la igualdad, y el amor que brota de cada una de sus palabras. Simple Men es un relato corto sobre el amor, el amor humano entre hombres que bien pudieran ser también mujeres o niños; hombres ordinarios que se revelan arquetípicos y únicos, y tan nosotros mismos, en sus enfrentamientos con el miedo, la pasión, el descubrimiento, la lucha y la aceptación. Eric Arvin nos enseña, a través de su prosa poética y luminosa, que podemos ser mucho más que meros hombres, y que el amor es la mejor vía para ello.

Eric Arvin writes compulsively and enthusiastically. Few people I’ve known with such greatness and passion, with so urge to write and to build a world of their own. Maybe his personal circumstances drive him to do it that way; maybe it’s just the only way he has to live his life, full of love for writing, and sometimes that life seems to be frozen in eternal ice.

With Simple Men, Eric Arvin comes back to Verona College. He glances again to those years of challenging and changes, those years that are a kind of a bridge between life that is going to leave behind and the brand new one that is expecting to be lived, with bright eyes and new hopes. Simple Men is a poetic tale of love, away from the darker and more intense narration of The Rest Is Illusion; but is filled with the same spirit, compassion and, most astonishing, the same soul. Four simply but not ordinary men looking for love, though they do know nothing about that quest, are the core of this joyful and tender novel; their passion and fears and challenges are painted with such beautiful swing, swing and dance directed by Eric Arvin with tender and lovely mastery, that makes this book a little gem in the production of his author.

Once again, in Simple Men, the author transform himself into a variety of characters with such a strong personalities and lives and makes us part of the world he created with tenderness and joy but, again, with such strong passion that it is practically impossible to settle down the book until its very own end, and ending that it’s just a new beginning on the characters’ lives and our very own ones. Because Simple Men is a tale about love, love between men, but beyond that, about human beings, with all the risks and joys, tears and frightens; so far about human adventure and the troubles, the nothingness and dreams and the companionship and solitude of life, of real life.

Eric Arvin writes with poetry, passion, compassion and love. His sentences are liquid gold, shining in the silver path of a midnight dream. His poetry is music, and his music is just a reflection of God. He has God inside him, and the way God speaks to him is through his writing, through his own eyes and life. Simple Men is just a picture of this miracle.

Calores Humanos/ Human Heat.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Fotógrafo: Javier Mantrana del Valle/ Photographer: Javier Mantrana del Valle.