En este momento/ At this Moment.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music


Qué quieres que te diga en este momento.

Apoyándote como estás en esa esquina, esquivando mi mirada, diciendo una cosa tras otra sin mucho sentido. O con más sentido del que yo quisiera darle.

Qué lejos estamos de esos días en los que bailábamos cogidos de la mano, lentamente para aprovechar cada roce de nuestros cuerpos; acercando los labios para saborearlos de a poco y así no apagar una sed que parecía infinita, un deseo que no tenía descanso.

Hoy estamos separados, uno frente a otro. Tú en esa esquina y yo delante de ti. Esquivando mis miradas, respondiendo a mis preguntas. Como un condenado a muerte o, algo mucho peor, quizá alguien infiel.

No quería oír esas palabras. Porque sé que tú no me engañarías si no hubiese una buena razón. Y esa razón es la que no quería oír.

Te conozco muy bien. Quizá demasiado. Y tú también a mí. No lo sé. Puede que te hayas aburrido; esas cosas suceden. Puede que el ciclo de lo cotidiano te haya afectado más de lo que jamás creíste, puede que haya sido mi compañía.

No lo sé. Dímelo tú. O mejor: no. No me digas nada. Tus ojos velados de lágrimas que aún no caen parecen que lo dicen todo: leo en ellos como en un libro abierto.

Ese mohín, cuando te tocabas la frente al recordar algo. Y ese pliegue de tus labios al querer esconder una sonrisa. Y el bostezo de aburrimiento y la caricia al mediodía y el relámpago del enfado, que a veces me hacía reír.

Últimamente no has sido tú. O quieres esconderte de mí. Si te levantas antes y te encierras en la ducha; o te desperezas mucho después que yo, no te veo la cara, no leo los movimientos de ese cuerpo que amo más que a mi vida. Me voy a trabajar y llego tarde. Te vas a trabajar y a veces llegas después de medianoche. Huelo el aroma que dejas, a sudor suave de cansancio y a tu perfume, esa fragancia de flores y madera que penetra en mi mente y en mi corazón, despertando sueños apagados, deseos olvidados; buscando indicios de un desliz, destellos de ese naufragio que sería dejar de quererme. Y sin que te des cuenta, escondo la cara en la almohada y me hago el dormido, el pesado, el mudo, el nihilista, el no me importa. Pero sí me importa, sí me hace daño, sí me desespera, sí me irrita y sí me deja desolado. Tú entras en la cama todavía tibia de unas caricias menudas que a veces nos damos, recuerdos pálidos de una pasión perdida ya no recuerdo dónde, bebes pastillas como bebes agua e intentas quedarte a dormir.

A veces lo consigues. A veces no. Y deseo tocarte, deseo atraerte hacia mí. Acariciar esa espalda gigante, sentir la dulce blandura de una piel amada como pocas y deseada sin igual. Pero sólo se rozan nuestras espaldas, y la respiración de uno se despega de la del otro, y así avanza la noche como el día por venir.

Y ahora, apoyándote en la pared quizá para no perder el equilibrio, no quieres verme pero me miras, los ojos velados por lágrimas que caen suaves por esas mejillas que besaba con un ardor y una delicadeza que no eran de este mundo y que, aún ahora quiero que lo sepas bien, arrullaría entre el calor de mis manos y secaría con el tacto de mis labios. Pero eso no va a servir de nada, eso no arreglaría el borde estallado, el corazón apagado, el amor roto.

Porque lo sé: has dejado de quererme. No como lo hacías. No como me amabas. Y no quiero oír esas palabras que me desconciertan. Porque ignoro lo que es cansarse de un ser. Y nunca, nunca me cansaría de ti. No lo estoy ahora cuando te veo allí de pie, intentando paliar un sentimiento que te cuesta un mundo, que desgarra nuestro mundo para dejarte ir.

¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo sabía? ¿Que ya no somos los mismos pero que pudiésemos volver a serlo? ¿Que te sigo amando aún a sabiendas que no me quieres, y que besaría el suelo que pisas, que dejaría flores a tus pies, que derramaría ese perfume sobre tu pecho enorme y tu cuello, llenándote de besos que no buscan nada, salvo aún más quererte?

Te acercas a mí y yo me dejo hacer… Si no te amase tanto, si la locura de tu abandono no navegase en mis arterias, te diría muchas cosas que no siento pero que mereces, al menos que cree mi orgullo que mereces. Sin embargo… Nos conocemos demasiado bien. Y te dejo tocarme el rostro con esa mano recia y delicada; te dejo que busques mi pecho y encuentres mis manos cerradas y que deposites en ellas un beso. Y te dejo abrazarme porque así puedo estar por última vez cerca de ti, aspirar de ti el aroma del amor perdido, comprimir entre nuestros pechos y nuestras cinturas un calor que se disipa, y despegar lenta, muy lentamente, un amor que se escapa de tu corazón y se clava en el mío hasta hacerme sangre.

En este momento que te vas, la vida, mi vida se detiene y el mundo se hace pedazos, añicos que intentan dibujar tu nombre. Me dejas; dejo que me dejes. No me amas; yo daría mi alma por dejar de quererte. Pero no hay Paraíso sin tu presencia; no hay Infierno sin desamor.

En este momento es todo silencio, mientras atraviesas el umbral que un día compartimos como nuestro. En este momento, que es todo silencio, sólo se oye el cierre de la puerta. Y caigo de rodillas en una inmensidad insuperable. Y me digo, por decirme algo, que así es el amor y el desamor.

En este momento quisiera callar para siempre. Y puede que ame alguna vez. Y que sueñe. Y cambie para nunca cambiar. Puede ser… Pero en este momento sólo te quiero a ti: todo aquello que no puedo tener nunca más.

Vida/ Life.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Song To The Moon. Rusalka. Joshua Bell.

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Celebrando el Día de la Vida, la magia de un fotógrafo que colorea la existencia, que retrata el día a día y arranca belleza de lo más pequeño y regala vida de lo más grande: la sonrisa, la niñez, la vejez, el trabajo. Desde la lejana Indonesia, Rarinda Prakarsa, nos recuerda que la Vida es, no importa nuestra querencia por manejarla, por modificarla y adaptarla a nuestras conveniencias. Nada puede con la Vida, pues todo evoluciona en su seno, dentro de ella. Nacer, Morir, estaciones de ese largo trayecto que nos ve ir y venir, soñar, aprehender, sufrir, caer y levantarnos. Todo es bello en la Vida, y lo es todo: lo que nos rodea, cómo nos rodea, lo que opinamos de ella y lo que en realidad es.

Es importante saber que la Vida existe, que merece respeto, porque nada hay por encima ni por debajo: la Vida es ella misma, inmutable al paso del tiempo, a nuestro paso del tiempo y a lo que hagamos con ella. Pero nos acoge con generosidad, con belleza y con humor, incluso en la situación más ímproba, en la más aguda tristeza o en el momento de mayor destrucción: guerras, terremotos, maremotos, hambrunas, epidemias y soledad. Interrumpirla por gusto es un error; atraerla hacia nosotros de forma incontrolada también. Es un poder que nos posee y que transmitimos, pero que nunca va a ser nuestro. En la más alegre y perfecta o en aquella en la que anida la Enfermedad o la Melancolía, mientras sea Vida, será perfecta y única. Y así debemos vivirla: con respeto, con dignidad, con ceremonia, con vivacidad y con ironía, con claroscuros y colores, con trabajo y descanso, con respeto y sapiencia.

El Día de la Vida, que es todos los días de nuestra vida.


Retrato en sepia/ Portrait in Sepia.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Hay algo mágico en la pluma de Isabel Allende. Quizá sea esa fogosa imaginación que tiene, esa mediúmnica capacidad de metamorfosear aquello que ha vivido y que le rodea, extrayendo de esa alquimia algo más preciado que unos recuerdos; quizá sea su destreza para diseñar personajes fascinantes, cuya vida de novela navega entre lo imposible y lo real, y cuyas pasiones (siempre entregadas) los desgarran y los justifican.

Fruto de su época, Isabel Allende es quizá una de las últimas grandes voces del movimiento latinoamericano. Lo es en su libertad, pues su propio periplo vital no ha podido ser más extraño a la labor literaria, y sin embargo se ha entregado a ella con un fervor que sólo una mujer latinoamericana conoce y puede dar. Lo es en su temática, mucho más política de lo que parece, pues es un grito por la libertad de vivir, de dejar existir, con sus aciertos y errores, con sus miedos y sus sinsabores y la belleza del momento; y lo es en su concepción, demasiada alejada de Latinoamérica para que en sus creaciones no planee siempre un velo de melancolía que aquellas obras nacidas en su seno no tienen ni de lejos.

Ignoro si Retrato en sepia nació de una idea global que arranca con La casa de los espíritus. Conociendo la carrera vital de la escritora (que nos regala en esa bello retrato de una persona, de un tiempo superpuesto y de un lugar único que es Paula, y en la recreación de Mi país inventado) me hace pensar que no. Sin embargo, en el arco vital que parte desde su transformación como escritora profesional (La casa de los espíritus) hasta Retrato en sepia, su talento y su experiencia hacen que transforme una novela-río en una novela-océano llena de originales giros, de personajes fascinantes y de mujeres, siempre mujeres, únicas. La trilogía en la que se ha transformado la historia que narra La casa de los espíritus haciéndola pasar por el alambique de Hija de la fortuna y que culmina en Retrato en sepia, permite ser leída de forma independiente pues su magia estriba en que sólo al final del último libro, que es Retrato en sepia (y que, paradójicamente, está ubicado por cronología en el centro de los otros dos), veamos que esas historias tiene todas un lazo común: el lazo de la sangre, de la historia contada y de su autora, que se arroja a una aventura de retratar mundos y personajes con la alegría de una adolescente enamorada.

Si bien Hija de la fortuna nos resulta un tanto excéntrica, pues está ubicada en un tiempo y lugar extraños para la carrera literaria de la autora, una vez conocida la ciudad en la que toma cuerpo esta novela (San Francisco a finales del S. XIX) nos damos cuenta de lo certero de su relato, de lo idóneo de su concepción. Retrato en sepia recupera ese terreno conocido y ese gusto por la exhuberancia y la rima perpetuamente inacabada de América Latina, esa esencia que enamora a todo aquél que pisa alguna vez sus tierras, y del que ella es una embajadora excepcional. Retrato en sepia es un viaje de retorno para seguir hacia adelante. Es una vuelta a las raíces de Chile con los ojos extrañados del viajero lejano, que ha vuelto pese al paso del tiempo, o quizá por el paso del tiempo, con otra mirada y otra concepción del mundo.

Todo fluye en Retrato en sepia: la acción, los personajes. Y todo encaja: es un libro que se lee con brío y con alegría, y que regala, con la mayor generosidad posible, el enlace final que une esas tres historias tan diferentes y únicas con una cadena que refulge como el oro en paño y que termina explicando un mundo singular y unos personajes maravillosos, salidos de la vida y del aliento de esta autora de calidad excepcional y que consigue, en momentos como éste, una cima difícil de igualar.

 

Tiziano o la sensualidad del pincel/ Tiziano or Sensuality in Canvas.

Arte/ Art

Policinella/ Pulcinella.

Arte/ Art, Música/ Music

Peggy Sue o vivir el Pasado/ Peggy Sue got Married.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art