Necesito (creer) esas mentiras

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Suena el piano. El rumor de la gente conversando, ese murmullo de fondo que se mezcla con mi pensamiento. El chocar de las copas, las tazas que se posan en los paltos. Y la lluvia en las ventanas.

Hay gente sentada en los amplios escaparates. Les gusta ver a la gente pasar, algunas corriendo porque se mojan. Y ellos tan cómodos al abrigo de una conversación amena o de un monólogo.

La verdad, necesito creer en esas cosas. Lo que me rodea, que no me rodea; lo que sigo soñando pese a lo que me rodea. La mayoría pretende ser feliz. Lo sé: yo soy uno de ellos. Sentado en la barra de un café-bar, pido una copa de cava, algo inusual. El camarero me mira un tanto descompuesto. No un gin-tonic, no un vodka con hielo: sólo cava. De esas que se cobran por copa, que si no la necesidad me sale muy cara. Y para pagos ajenos ya llega mi corazón.

Llueve, pero aquí dentro el calor parece emerger de los cuerpos arrejuntados. No soy tonto, ni siquiera estoy ciego. Algunos tienen amor en sus labios y otros en sus lechos; otros simplemente necesitan compañía; todos buscan algo, nadie quiere nada del otro. Lo sé: yo soy así. Pero la verdad, necesito creer que la vida tiene un fondo de fantasía, que encierra  a veces una promesa de realidad. Necesito creer en los finales felices y en los arco iris eternos; que la mano que me toca sólo quiera tocarme y los labios que me besen darme placer.

Quiero creer que la Belleza me busca como yo a ella. Que ese gesto, que ese perfil o ese cuerpo perfecto suspiran por ser adorado por mis manos, sellados por mi boca. Porque busco sediento esa necesidad infantil en cada mirada que tropieza con la mía, en cada ademán que invita, pretende o cobra. Quiero creer que me quieren cuando sé que en realidad se aprovechan; necesito creer que me ven hermoso, cuando en realidad desean estar en otros brazos, en otros mundos lejos de mí.

Necesito creer en esas mentiras que dicen los hombres hermosos.

No soy tonto. No me ciego. Sé qué es la realidad. Y la copa ya le he terminado y qué más da, pido la botella completa. Helada, me deja la mano enrojecida, esa quemadura que se parece a su abrazo, ese toque frío en los labios que deja él en mi lengua. Quiero verlo con mis ojos abiertos, quiero saber que él me quiere. Pero rehuye mi mirada y pretende estar sordo cuando sé que me escucha muy bien. Los hombres hermosos tiene la habilidad de escurrirse como anguilas vivas. También de seducirnos por mero gusto y dejarnos atrás.

Si adelgazo, me digo. Si consigo un ascenso y me suben el sueldo. Si lo lleno de regalos caros, inútiles la mayoría y que no necesita. Si le pago las proteínas y le doy las mías, si le regalo lisonjas, si lleno de miel sus labios, quizá llegue a adorarme como se ama a sí mismo.

Pero no. Necesito creer en esas mentiras que dicen en susurros los hombres hermosos para no ser descubiertos. Pero no. No ya para mí.

Llevo media botella. Aún sueño con héroes vanos; aún espero que mi historia con él tenga un final feliz. Pretendo creer que él me cree; intento decirme que él me desea, me apoya, me necesita. Necesito creer en mis mentiras además de las suyas. Necesito creer que me las creo. Porque no sabría adónde ir. No más allá de esta barra atestada. No más allá de esta copa que se calienta.

Otra más.

Y el piano suena. Suena. Y me fijo en las manos del pianista, largas y finas, y en los antebrazos descubiertos y en la camisa entreabierta que descubre maravillas… Y cierro los ojos. Él es así. O pudo haber sido. O lo es con otro, que no conmigo. La Belleza va con la Belleza, se reconocen y se gozan en el encuentro. Los demás somos como postas, como posadas de una noche, o de una hora, o de diez minutos. Café, guiño de ojos, sonrisas veladas, caricias vacías y adiós.

Todo lo sé. No me engaño. No lo consigo. Pero lo necesito. Quizá por nada. Tal vez porque en realidad me busco en lo que no tengo. Y me digo a mí mismo que creo en héroes y en príncipes encantados y en cuentos de hadas y en hechicería y en el destino… Y lo trago todo de golpe con ayuda del cava.

Porque necesito creer en esas mentiras que dicen los hombres hermosos para seguir adelante. Al menos un poco más.

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Air Supply: únicos

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Hubert de Givenchy: Clase

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Los archivos del Pentágono: algo más que ética periodística

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cine

La nueva película de Steven Spielberg: The Post (Los archivos del Pentágono) es algo más que una cinta reivindicativa sobre la libertad de prensa, la responsabilidad de un periódico de contar la verdad (¿qué es la verdad?), y retratar los convulsos tiempos de un mundo revuelto. Algo más. Y no tiene que ver con todos sus actores, su factura, su puesta en escena, ni siquiera con la acertada creación en un momento de la Historia particularmente similar al que narra. Lo que para mí tiene de poderosa esta cinta es lo que revela, lo que nos muestra a pecho abierto: que nuestros dirigentes mienten, que nos manipulan, que debemos ser siempre, siempre, dueños de nuestro pensamiento, alejarnos de ideologías y partidos; exigir la firmeza, la máxima calidad ética de nuestros gobernantes sin mentirnos, sin engatusarnos ni amedrentarnos.

Pero sobre todo, porque es un relato de liberación personal, de sacrificio y cambio, de aceptación y encarnación completa de nuestras capacidades como seres humanos. La clave de la cinta no está en sus magníficas escenas grupales, con la toma de decisiones que pueden cambiar un mundo, si no en dos momentos únicos: el diálogo entre Sarah Paulson y Tom Hanks (marido y mujer), en el que ella resumen la vida del personaje de Meryl Streep con una sencillez aplastante y verídica y el momento en el que el personaje de Meryl Streep se libera, se da cuenta de su capacidad y decide tomar las riendas del mando, que son en realidad las de su vida.

The Post (Los archivos del Pentágono) es muchas cosas, todas emocionantes, reivindicativas, quizá hasta nostálgicas, pero es en realidad la llegada a la madurez de una persona valiente, válida, capacitada, que no sabía que lo era, arropada como estaba, por ser mujer, entre el criterio cerrado de un mundo masculino. Un personaje que se sobrepone a las pérdidas, las decepciones, a la minusvaloración continauda, y se alza libre, única y poderosa, llena de posibilidades en las que ni ella misma creía.

Ni la prensa tiene siempre la razón, ni la libertad de expresión debe ser juguete baladí (como vemos ahora mismo en nuestro país ante una obra de arte ofensiva y supuestamente transgresora, una estupidez elevada a importancia en nuestro pequeño mundo miope), ni mucho menos los políticos deben seguir campando a sus anchas manipulando a la gente, engañando al pueblo, desviando la atención de los problemas reales, malgastando el erario público en sostener un aparato que sólo conviene a sus intereses y no a los del país. Pero una cosa sí es necesaria: la prensa debe ser libre, los periodistas no deben casarse con nadie (algo que escasea en nuestro momento), no deben ser palmeros ni látigos, si no observadores y transmisores de la verdad (¿qué es la verdad?) y por encima de todo, debemos ser libres y conscientes de nuestra valía y alejarnos de cuanto influjo tóxico nos pueda dañar.

The Post es muchas cosas, pero sobre todo (para mí) es un canto a encontrarse con uno mismo, asumir nuestras responsabilidades, conocer nuestra valía y a volar confiados en nuestro talento. Siempre nos podemos equivocar, pero seremos nosotros libres de hacerlo. Y, desde luego, también de acertar, como hizo Katherine Graham primero con Los archivos del Pentágono y posteriormente con Watergate. De ser una ama de casa de familia acomodada a abanderar un periódico que hizo historia. Esa es el verdadero corazón de esta película. Y que lata por siempre así.

Play it once, Sam

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Isabel la Católica: la primera reina global

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El magnífico ensayo Isabel La Católica: La primera gran reina de Europa, de Giles Tremllet (editorial Debate) resume, en su reflexión final, la historia de España (el cúmulo de acciones desencadenadas por ese tropiezo histórico que se llamó Reyes Católicos, centrado en la reina Isabel I de Castilla) de una forma brillante, carente de emoción, sencillo, escueto, despojado de las lentes prejuiciosas que tenemos los ahora habitantes del S. XXI, llenos de ambición personal, derechos individuales e ignorancia.

Esta amplia biografía es más que un retrato personal: es el fresco del espíritu de todo un país, de un continente, de una parte de la Historia humana. No juzga. No justifica. Sólo nos muestra las cosas tal como fueron y el reflejo repleto de ecos de nuestro presente. Esto hace que un libro de historia sea a la vez un ensayo psicológico de un personaje, del tiempo en el que le tocó vivir y de sus repercusiones futuras.

Isabel de Castilla, Católica y Cruzada, Soñadora, Quijotesca antes de que se acuñara ese término, Global (antes de que supiéramos qué significaba), Árida, Dura, Inteligente. Isabel, Mujer que jamás dejó de serlo (no buscó cambiar su papel de género, si no desarrollarlo), judáica y mudéjar a la par que castellana; Inquisidora (Dictatorial diríamos hoy), Orgullosa, Pasional y Rebelde. El tratado de Giles Tremlett nos demuestra el caleidoscopio de una personalidad única que, empezando de la nada, construyó con sus talentos un mundo, y sentó las bases del mundo occidental tal como lo conocemos hoy.

Fuera los complejos. Desnudémonos. Observémonos. España lleva mucho tiempo avergonzada de sí misma (no ha ayudado la propaganda externa, pero sólo nos afecta aquello que dejamos que nos hiera). Gracias a la labor de historiadores y periodistas extranjeros (que tienen el mérito de restituir la verdad que otros contribuyeron a oscurecer) como Giles Tremlett y muchos otros, estamos descubriendo la grandeza de la historia del primer imperio global, la unión de mundos bajo un mismo nombre, los rasgos definitorios de un carácter que contribuyó al avance de la historia humana y al empuje de la hegemonía occidental frente al poder oriental que hasta entonces la Historia había llevado.

Isabel (y Fernando) fue ese golpe de timón. Sin saberlo (¿quién es capaz de prever el futuro con certeza si está embebido en desarrollar su propia vida?), ambos fundaron el Imperio Mundial, cambiaron el perfil de lo conocido hasta entonces e insuflaron de vida una forma de ser que ha llegado hasta hoy. La Historia recuerda muchos héroes, muchos aventureros, muchos dementes. Isabel de Castilla va más allá, como bien recuerda su autor: era una mujer, la más poderosa de cuantas reinas han sido (sí: nadie la ha igualado en poder y en repercusión histórica más allá de propagandas), un fiel reflejo de su época y algo más, una mujer culta que impulsó la cultura a su género; maquiavélica en el sentido más literal del término; justa y déspota según criterio, renacentista y medieval a la vez. Una adelantada a su tiempo, temida y admirada, emplazada también en un lugar único en la Europa del S. XIV: la Península ibérica, un crisol de culturas que se soportaban y se apareaban entre sí, algo impensable más allá de los Pirineos; unas leyes que permitían a una mujer heredar y gobernar  (otra cosa es que pudiera serlo con total libertad en la práctica), más culto que el resto del continente y muy limpio, lleno de refinamientos judeo-mudéjares que el resto de la más arisca y xenófoba Europa pudiera serlo (sí: más que Italia misma, donde la búsqueda constante de la Belleza no estaba reñida con la falta de escrúpulos ni de limpieza ni de consideración), Castilla-León-Galicia-Aragón-Extremadura-Andalucía, antes de llamarse España (y anexionarse Granada y Navarra en un mismo siglo) era el campo más adecuado para la eclosión de dos personalidades poderosas que se reconocieron y trabajaron juntos por un ideal común. La semilla de un país se sembró con ellos, y la herencia de un imperio también.

Gracias a Tremlett sabemos ahora que la Europa allende los Pirineos era más xenófoba, más cruel, menos refinada y amable que la áspera Península. Gracias a este magnífico ensayo sabemos que Portugal y España vertebraron el espíritu de una época y lo hicieron carne: la pulsión de las aventuras marítimas, de la conquista, del honor y la cristianización (con sus más y sus menos) han llegado a nuestros días, o mejor, nos han hecho así gracias a ellos.

No creo, como bien dice el autor, que Isabel la Católica (ni su marido, Fernando II, el Católico) pudiera vislumbrar hacia dónde se dirigía el fruto de sus afanes. Antes bien: vivía al día. Su espíritu práctico en nada se parecía al de monarcas más reflexivos nacidos en la misma península (los emperadores Adriano, por ejemplo, nacido en Itálica y Marco Aurelio, aunque nacido en Roma, provenía de familia española); por lo tanto no se preocupaba tanto del futuro a largo plazo de sus acciones; al parecer, no le interesaba: ventajas de una Fe a prueba de bombas (y me refiero a símbolo, a guía). Sin embargo se ocupó de ordenar un mundo, de aparejarlo, de embellecerlo y, sí, también sojuzgarlo. Y sentó las bases de lo que, un siglo y poco después, se dio en llamar Absolutismo; hasta en eso fue una mujer pionera.

Isabel la Católica: la primera gran reina de Europa es un libro necesario para entender la historia de España, pero también nuestra historia como Occidente; es un libro que despeja las telarañas de esa historia pequeña que se ha visto envenenada con visiones prejuiciosas;  es un ensayo sobre el poder de la voluntad, la sombra del error, la complejidad de una personalidad múltiple pero en modo alguno maleable, y sobre el eco infinito que ha tenido, y tiene, la primera gran monarca occidental: la única, en realidad, que se ha ganado la verdadera eternidad.

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El círculo de la vida (y la diversidad)

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