Isabel la Católica: la primera reina global

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El magnífico ensayo Isabel La Católica: La primera gran reina de Europa, de Giles Tremllet (editorial Debate) resume, en su reflexión final, la historia de España (el cúmulo de acciones desencadenadas por ese tropiezo histórico que se llamó Reyes Católicos, centrado en la reina Isabel I de Castilla) de una forma brillante, carente de emoción, sencillo, escueto, despojado de las lentes prejuiciosas que tenemos los ahora habitantes del S. XXI, llenos de ambición personal, derechos individuales e ignorancia.

Esta amplia biografía es más que un retrato personal: es el fresco del espíritu de todo un país, de un continente, de una parte de la Historia humana. No juzga. No justifica. Sólo nos muestra las cosas tal como fueron y el reflejo repleto de ecos de nuestro presente. Esto hace que un libro de historia sea a la vez un ensayo psicológico de un personaje, del tiempo en el que le tocó vivir y de sus repercusiones futuras.

Isabel de Castilla, Católica y Cruzada, Soñadora, Quijotesca antes de que se acuñara ese término, Global (antes de que supiéramos qué significaba), Árida, Dura, Inteligente. Isabel, Mujer que jamás dejó de serlo (no buscó cambiar su papel de género, si no desarrollarlo), judáica y mudéjar a la par que castellana; Inquisidora (Dictatorial diríamos hoy), Orgullosa, Pasional y Rebelde. El tratado de Giles Tremlett nos demuestra el caleidoscopio de una personalidad única que, empezando de la nada, construyó con sus talentos un mundo, y sentó las bases del mundo occidental tal como lo conocemos hoy.

Fuera los complejos. Desnudémonos. Observémonos. España lleva mucho tiempo avergonzada de sí misma (no ha ayudado la propaganda externa, pero sólo nos afecta aquello que dejamos que nos hiera). Gracias a la labor de historiadores y periodistas extranjeros (que tienen el mérito de restituir la verdad que otros contribuyeron a oscurecer) como Giles Tremlett y muchos otros, estamos descubriendo la grandeza de la historia del primer imperio global, la unión de mundos bajo un mismo nombre, los rasgos definitorios de un carácter que contribuyó al avance de la historia humana y al empuje de la hegemonía occidental frente al poder oriental que hasta entonces la Historia había llevado.

Isabel (y Fernando) fue ese golpe de timón. Sin saberlo (¿quién es capaz de prever el futuro con certeza si está embebido en desarrollar su propia vida?), ambos fundaron el Imperio Mundial, cambiaron el perfil de lo conocido hasta entonces e insuflaron de vida una forma de ser que ha llegado hasta hoy. La Historia recuerda muchos héroes, muchos aventureros, muchos dementes. Isabel de Castilla va más allá, como bien recuerda su autor: era una mujer, la más poderosa de cuantas reinas han sido (sí: nadie la ha igualado en poder y en repercusión histórica más allá de propagandas), un fiel reflejo de su época y algo más, una mujer culta que impulsó la cultura a su género; maquiavélica en el sentido más literal del término; justa y déspota según criterio, renacentista y medieval a la vez. Una adelantada a su tiempo, temida y admirada, emplazada también en un lugar único en la Europa del S. XIV: la Península ibérica, un crisol de culturas que se soportaban y se apareaban entre sí, algo impensable más allá de los Pirineos; unas leyes que permitían a una mujer heredar y gobernar  (otra cosa es que pudiera serlo con total libertad en la práctica), más culto que el resto del continente y muy limpio, lleno de refinamientos judeo-mudéjares que el resto de la más arisca y xenófoba Europa pudiera serlo (sí: más que Italia misma, donde la búsqueda constante de la Belleza no estaba reñida con la falta de escrúpulos ni de limpieza ni de consideración), Castilla-León-Galicia-Aragón-Extremadura-Andalucía, antes de llamarse España (y anexionarse Granada y Navarra en un mismo siglo) era el campo más adecuado para la eclosión de dos personalidades poderosas que se reconocieron y trabajaron juntos por un ideal común. La semilla de un país se sembró con ellos, y la herencia de un imperio también.

Gracias a Tremlett sabemos ahora que la Europa allende los Pirineos era más xenófoba, más cruel, menos refinada y amable que la áspera Península. Gracias a este magnífico ensayo sabemos que Portugal y España vertebraron el espíritu de una época y lo hicieron carne: la pulsión de las aventuras marítimas, de la conquista, del honor y la cristianización (con sus más y sus menos) han llegado a nuestros días, o mejor, nos han hecho así gracias a ellos.

No creo, como bien dice el autor, que Isabel la Católica (ni su marido, Fernando II, el Católico) pudiera vislumbrar hacia dónde se dirigía el fruto de sus afanes. Antes bien: vivía al día. Su espíritu práctico en nada se parecía al de monarcas más reflexivos nacidos en la misma península (los emperadores Adriano, por ejemplo, nacido en Itálica y Marco Aurelio, aunque nacido en Roma, provenía de familia española); por lo tanto no se preocupaba tanto del futuro a largo plazo de sus acciones; al parecer, no le interesaba: ventajas de una Fe a prueba de bombas (y me refiero a símbolo, a guía). Sin embargo se ocupó de ordenar un mundo, de aparejarlo, de embellecerlo y, sí, también sojuzgarlo. Y sentó las bases de lo que, un siglo y poco después, se dio en llamar Absolutismo; hasta en eso fue una mujer pionera.

Isabel la Católica: la primera gran reina de Europa es un libro necesario para entender la historia de España, pero también nuestra historia como Occidente; es un libro que despeja las telarañas de esa historia pequeña que se ha visto envenenada con visiones prejuiciosas;  es un ensayo sobre el poder de la voluntad, la sombra del error, la complejidad de una personalidad múltiple pero en modo alguno maleable, y sobre el eco infinito que ha tenido, y tiene, la primera gran monarca occidental: la única, en realidad, que se ha ganado la verdadera eternidad.

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