¿Se acuerda de mí?/ Do you remember me?

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

No suelo preguntar esto a nadie. Porque soy incapaz de responder que sí cuando alguien me lo pregunta a mí. Me produce una mezcla de sensaciones extrañas cada vez que alguien se acerca a mí esperando ser reconocido. Y no es por mal ni mucho menos: es que no lo recuerdo. Durante el tiempo en el que la conexión familiar-médico-paciente se establece, puede construirse un lazo que se recuerda de por vida; yo mismo siento ese lazo, esa camaradería, esa condescendencia a veces y ese sentimiento único que logra construirse en tan poco tiempo y que resuena cada vez que nos encontramos en la hora de la información, sea para dar malas o buenas noticias.

Pero no lo pregunto porque soy incapaz de acordarme así, a bote pronto, de una cara, un gesto o de un nombre. Siento una unión profunda entre mis pacientes y yo, y durante el tiempo que dura mi servicio, ellos, y el inmenso grupo que formamos para ayudarles, son mi prioridad, por encima de mis temores y, muchas veces, de mi propio cansancio. Esa relación es mutua, importante y real. Pero perecedera. Una vez la necesidad se diluye o se pierde, ese lazo se rompe, aunque su resonancia continúe refulgiendo durante un tiempo posterior, sean horas, días o semanas.

Y todos los pacientes son importantes. Todos son necesitados. Y sus acompañantes también. Y ellos, aunque la relación sea más breve y menos empática, también merecen cuidado y apoyo. Sin embargo, procuro no identificarme con ellos ni arroparlos en exceso: están allí para ser informados, a veces aleccionados sobre un mal, y para ser respetados. El límite del respeto es tan fino, que el mínimo gesto puede sobrepasarlo. Creo que los familiares merecen el mismo respeto que los pacientes por los que padecen ese tiempo suspendido, esa falta de conocimiento y esa angustia diaria. Y si un gesto mío muestra más camaradería hacia unos que hacia otros, esa frontera se pierde y la igualdad en el trato, se rompe. Por eso intento tener siempre presente el rol que jugamos en ese campo de juegos tan peligroso como es el de la Salud Perdida. Y me conozco las reglas, y tolero poco las salidas de guión, los comentarios o actitudes fuera de tono, que a veces, lamentablemente, hay. Soy el médico y así lo asumo y sé lo que es ser familiar de paciente y sé lo que se sufre, sé lo que es la ignorancia sobre estos temas, el miedo, la esperanza, la contrariedad y la calma: por eso procuro, desde mi posición en el juego de la Salud Perdida, ser lo bastante sensato, lo bastante firme y, a veces, lo bastante crudo con los familiares de un enfermo que está malito, porque sé que es lo que yo mismo hubiese querido que me dijeran, que me trataran y que me escucharan. La relación médico-paciente se basa en la escucha, lo mismo que la relación médico-familiar y, en el fondo, lo mismo que en cualquier relación humana, sólo que muchas veces lo olvidamos. Pero, como toda relación humana, asimismo ese campo de juego tiene normas y directrices, y para que haya fluidez, esas normas deben ser respetadas en su totalidad, a ser posible.

Pero siempre hay excepciones, y menos mal que las hay.

– ¿Se acuerda de mí?

Una mujer joven, con el pelo desteñido en la raíz del cabello, me detuvo cuando intentaba fingir que no estaba corriendo por el pasillo. A pesar de la prisa que, evidentemente, tenía, me detuve de nuevo asombrado por la pregunta. Intento ser sincero cuando se me interpela; por descontado siempre lo soy  si es sobre el estado de un paciente. Pero ante esta pregunta suelo poner una cara rara, porque no sé qué hacer ni decir. Lo siento, no lo recuerdo. Me es imposible recordar el nombre de todos los cientos de pacientes que hemos atendido alguna vez; aunque, curiosamente, soy incapaz de olvidar el problema que motivó su ingreso y cómo fue su evolución. Pues identifico a los pacientes por el número de cama más que por su nombre, y a medida que pasa el tiempo, esa tendencia se marca todavía más.

Pero lo único bueno que tiene mi memoria es que, si se tira del hilo adecuado, la historia emerge entera y tan vívida como el momento en el que se grabó en mi vida para siempre. Necesito una pista para que mis recuerdos activen la evocación por la que mi memoria, sin pretenderlo, se ha hecho ya famosa entre mis colegas. De mi mente, desde detrás de mis ojos, a la yema de mis dedos, a mi oídos, los recuerdos, como un oleaje, llegan entonces, y el edifico del recuerdo se erige rápidamente, como si nunca hubiese perdido pie en la habitación de mi cerebro. Por eso, cuando alguien me hace esa pregunta, pongo cara de a-ver-cómo-salgo-de-ésta y me preparo para crear el primer silogismo que pueda de las frases que mi interlocutor suelte en esos breves instantes. Cuando lo consigo, es casi un triunfo. Cuando no, procuro que sea lo menos evidente posible y finjo prisa (si no tengo nada que hacer) o salgo corriendo pidiendo disculpas, si de verdad estoy muy liado.

Iba a hacer lo mismo esta vez con esa mujer, joven aún, baja, de aspecto dulce, algo entristecida pero firme. Además, tenía prisa; aunque lo que debía hacer podía esperar unos minutos. En parte por eso me quedé. Pero, en realidad, fue la mirada de esa mujer lo que hizo que me quedase a escucharla un poco más.

Gracias a Dios tuvo la delicadeza de seguir hablando mientras yo ponía mi cara de circunstancias. No: no me acordaba de ella… Pero algo en su discurso disparó mis recuerdos.

– Soy la madre de Álvaro, ¿se acuerda?…

¿Álvaro? ¿Quién era?

– Ya han pasado cuatro años…

Y en ese momento, todo, todo volvió a mí sin esfuerzo. No recordaba quién era esa mujer, pero su mirada, algo más brillante que esa noche, me llevó hasta un tiempo para mí muy lejano (¿qué son cuatro años, en realidad?), una noche larga, difícil y triste. No recordaba el nombre del paciente, pero sí el número de su cama (la 14) y el motivo de su ingreso (accidente de coche) y su evolución. Dieciocho años, la criatura; enorme como un campo de fútbol; originario de Orense, tras el accidente de tráfico que había sufrido el mismo día de sacarse el carnet de conducir, enfrente de su propia casa, ese niño, hijo único, acabó en la cama 14 de la UCI de mi hospital, un 23 de diciembre de hace cuatro años…

Sí, ya habían pasado cuatro años…Y sólo aquella frase, aquel nombre que le devolvió nombre y vida al paciente de la cama 14, obró en mí el milagro de la evocación y la respuesta a su pregunta.

– Me acuerdo, cómo olvidarlo.

¿Cómo olvidar ser testigo del fracaso de todas las terapias que podíamos ofrecerle a un niño de dieciocho años, un grupo afanado de enfermeras (sí, recuerdo hasta quién llevaba al enfermo esa noche) y yo, solo, adjunto clínico de reciente nombramiento, en Nochebuena? ¿Cómo olvidar cómo esa noche estuve informando puntualmente a unos padres enloquecidos que su único hijo se debatía entre la vida y la muerte? ¿Cómo olvidar que el día de Navidad, a las diez de la mañana, los llamé por última vez para darles la última de las noticias, aquella que nunca ningún padre quiere oír, pero que hay que asumir?

Cómo olvidarlo.

Y aquella mujer me detuvo en el pasillo, cuatro años mayores ella y yo, con la mirada cansada y falta de sueño, la mía, y la suya cargada con un agradecimiento que me maravilló y que aún hoy me acompaña.

– No se me va a olvidar nunca, doctor. Pero ya estamos mejor. Ya ha pasado tiempo.

Yo sólo asentía. Estaba allí por un familiar que ahora estaba bien. Yo seguía asintiendo. Me habló de su marido, de su vida sin Álvaro, de lo dura que puede ser una vida, cualquier vida, sin propósito claro, cuando se ha perdido el hilo conductor, el objetivo, la finalidad… Y no supo ella cuánto resonaron en mi interior aquellas palabras, cuán cercanas las sentía. Y seguí asintiendo.

– Ya ha pasado tiempo. Y, ahora que lo veo, quisiera me permitiese darle las gracias.

¿A mí?

– Porque sin usted aquella noche, no sé cómo hubiera sido. Fue tan amable, tan tranquilo. Nos fue preparando para lo imposible con tanta delicadeza… Siempre nos acordamos de usted… Ya ve, que no lo he olvidado.

Y yo ya no supe qué decir. Ni qué hacer. Me quedé mirándola como perdido, porque estaba flotando, extático, casi fuera de mí. Creo que sonreí porque me sonrió, y la cogí por un hombro en un ademán que pasaba por un abrazo, y asentí una vez más. No tenía porqué darme las gracias y, al mismo tiempo, yo no tenía derecho a no agradecer ese regalo del corazón.

– No lo entretengo más, que tiene que irse.

– Sí…

Y le di las gracias mil veces, mil veces más. Porque para alguien que se pregunta a sí mismo qué hace, si sabe hacerlo, si hace lo correcto, si debería estar allí… Aquella forma de ver su trabajo, algo que nace de dentro y sin la menor predisposición… Fue la mano de un ángel que me detuvo en aquel pasillo y que me recordó que, pese a todas mis dudas, quizá haya algo que esté haciendo bien. Quizá.

Y no, nunca pregunto si alguien se acuerda de mí, porque sé que no lo hará. Y sí, sigo poniendo cara rara cada vez que alguien me lo pregunta a mí. Y sí, sigo esperando que esa persona, en su introducción, me dé una pista que me haga tirar del hilo de mi memoria y así escapar del laberinto en el que mi Minotauro me corroe vivo… Y no, nunca espero hacerlo bien… Y sin embargo, siempre estarán Álvaro y Ana y José María y David y Clara, y Vanesa y Yolanda y la cama 1 y la cama 15 y la cama 6 para hacerme recordar que, aunque no lo sepamos, sembramos el bien a cada paso que damos.

8 comentarios en “¿Se acuerda de mí?/ Do you remember me?

  1. Qué bonito texto, chico enorme…

    Mi chico fue enfermero en la sala de Oncología y prefiero que no me cuente algunas cosas.

    Muchas de sus experiencias de entonces vuelven cuando tiene que estar arriba de un escenario, componiendo un personaje.

    Saludos.

    1. Muchas gracias, pero enorme fue la señora, pues yo no hice nada que no debiera hacer, creo.
      Creo que en este tipo de trabajo nos callamos mucho, más de lo que deberíamos. Pero sólo nos entienden quienes están o han estado algunas vez en este tipo de trabajo.
      Las lecciones que aprendemos de él, no se olvidan nunca.

    1. ¡No digas esas cosas, hombre! Tú lo haces tan bien como yo, si no mejor… Esto es afición, la verdad. Aunque quizá debiera tomarlo más en serio. Lo importante es transmitir y compartir, y en eso tú vas en la delantera.

  2. Apreciado Doctor,

    Lo mismo que te sucede a ti, nos pasa a muchas personas que trabajamos con y para otros seres humanos.

    Es sorprendente como algunas personas son capaces de acordarse de nosotros tanto tiempo después de haber pasado juntos escasas horas.

    Pero en tu caso tiene una eplicación, los médicos son personas en las que sólo pensamos cuando estamos enfermos, por suerte no es la mayoría del tiempo así que si lo comparamos con el tiempo que pasamos pensando en Belén Esteban diría yo que pensamos muy poquito en los médicos.
    Pero es impresionante como un médico puede convertirse en el mejor recuerdo de tu vida. Porque en el momento que alguien piensa en un médico, le necesita, y esa necesidad puede ser lo más importante en su vida en ese momento. Es por eso que algo que necesitas tanto no lo puedas olvidar.

    Nunca podría haber estudiado medicina, como tampoco habría estudiado para piloto de avión, pero sé que podría vivir sin volar, pero no sin un doctor.
    Feliz Navidad Juan Ramón.

    1. Muchas gracias por tus palabras, Alberto, muchas gracias.
      Si algo he aprendido de este paso por el mundo es que todos necesitamos de todos y que nadie es más importante que nadie.
      Una muy Feliz Navidad para ti también.

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