Sing it, Adele!

19/08/2013

Wallpapers-do-Adele_02

 Make You Feel My Love. Adele.


   Pasa el tiempo y aquí estamos juntos. Yo detrás de ti. Guardando tus espaldas, colmando tus deseos.

   Deseo que te fijes en mí. Quisiera que, por una vez, te dieras vuelta y te dieras cuenta, cuenta de verdad, lo mucho que te quiero.

   Quiero que sepas algún día todo el bien que puedo darte. Pues te conozco, te acepto como eres, no me decepcionas ni me enloqueces. Sé de tus defectos, sé que ese corazón esconde una belleza que tu cuerpo no desmerece, que tu rostro no enseña porque la escondes. Y por el mundo pasas siendo lo que eres, pero escondiendo esa delicadeza, ese sueño pequeño, esa búsqueda que te mantiene insomne. Quieres un amor que te ame, amor, como yo te amo. Pero no ves que lo tienes justo detrás de ti.

   Cuando la lluvia empape tu ropa tanto como mi corazón, cuando el sol se esconda en el último atardecer, cuando la soledad pese más que la compañía, cuando las lágrimas sequen la sed de tus labios, espero que sientas el amor que nace en mí y que te cuida día a día. Cuando te despiertes sin compañía, cuando el último cuerpo de la noche se deshaga en el día amanecido, dejándote vacío y harto de placer, espero que sientas que el placer más absoluto, que la piel más tierna y la pasión más ardiente te cuida desde hace años, te mima el sueño, desea que seas feliz y que la descubras.

   Cuando la libertad se embote, cuando los filos de la vida lleguen a tocar la carne de tu tiempo;, cuando no haya más que desierto en el vergel de tu mirada, espero que sientas que el amor amor te lleva de la mano, que alimenta tus raíces, que impide tu sequía. El amor amor que se escapa de mis ojos, y para el que todo cuidado es poco y todo afán una necesidad.

   Te amo, lo confieso. Y mientras escribo esto los dos yacemos juntos, en silencio. Tú estás lejos, lo noto en tu mirada. Y yo estoy debajo de ti, detrás de ti, allí donde haga falta. Te amo, lo digo con todas las letras, mas lo susurro a tu oído dormido para no molestarte, asustado de que me rechaces, cansado de pedir migajas y sólo recibir limosnas.

   Cuando todo el ruido del éxito y de las querencias cese, cuando te encuentres vacío porque nadie te llena como yo, cuando sepas que el amor en mí brota facilito, lleno de sana espontaneidad, dirígete hacia mí, encuéntrame en la playa sin nombre del silencio, y pueda que te des cuenta que este amor amor que te he entregado es lo único que te hace falta para sentirte vivo, para llenarte de fuerzas.

   Mientras tanto, me despido de ti. Tu piel aún eriza la mía, el recuerdo de tus manos aún recorre mi cuerpo desnudo y la sabiduría de tus besos todavía tatúan mi boca y me llenan de sed. Te amo; te amaré siempre quizá. Pero no ya más detrás de ti, no ya más en la distancia. Me voy. Hasta que sientas mi amor, hasta que sepas que el amor estuvo siempre a tu lado, te dejo poblado de sombras, hechizado por los efectos de la noche estrellada y de los días de sol.

   Pero búscame. Cuando sientas mi amor, búscame. Que te estaré esperando, hasta que me encuentres, contigo en la distancia, contigo siempre en el corazón.

   Te llevo en el pensamiento. Casi no hay día que no piense en ti. Y cuando no lo hago, me entra un alivio de medio mundo, porque a veces pareces una carga pesada en el corazón.

   Te fuiste dejando las cosas en el aire, lazos desatados sin orden ni concierto, sin avisos o explicaciones. Y eso hace que me ate mucho más a ti. Porque intento entender qué ha ocurrido, porqué eres como eres; porqué, si una vez me amaste, fuiste capaz de irte sin volver la vista atrás, sin una llamada, resignado y cruel.

   Porque yo miro hacia atrás, sí, constantemente. Olvidando para recordarte de la mejor manera posible. Porque me he dado cuenta que si no consigo curar las heridas que me has dejado, que nos hemos dejado, jamás abandonarás mi corazón, nunca te amalgamarás con el resto de mi vida, y cargaré con el fardo del pesado resentimiento hasta que me haga daño, hasta que se transforme en callo y encalle mi corazón para siempre.

   ¿De verdad nunca has pensado ni un momento en mí? ¿Dónde fue a parar la risa, la complicidad, esa caricia oculta, ese disfrute mudo? ¿En qué parte de tu vida naufragué sin remedio y maldije mi suerte para que dejaras de amarme o de tolerarme o de buscarme?

   Muchas veces, en este ejercicio masoquista, he intentado encontrar las piezas perdidas, esos eslabones que consigan completar las imágenes congeladas que tengo de nosotros dos. Con la esperanza de entenderte y así aprehenderte, en nombre de un amor que nunca fue de mi propiedad, rebusco hasta la obsesión cada momento, cada caricia y cada secreto y sólo he encontrado un resentimiento inmundo, un pesar que hunde aún más a mi corazón agotado.

   Y me he dado cuenta que, en el ejercicio del olvido, recordar es muy importante. Y valorar lo que una vez se tuvo y se ha perdido; aquello que se creyó tener (casi es lo mismo) y la realidad que rompe todo sueño impregnándolo de sed de justicia egoísta, de heridas profundas, dolorosísimas e inútiles, y de una sombra que se ha apoderado por completo de mí.

   Para romper ese maleficio que fue tu ingrata partida me esfuerzo, dentro del constante olvido en el que te he arrojado, en recordar los instantes de soberbia alegría, casi de placer; el roce de una piel, el aliento de unos labios y la dulzura y salinidad de un mar insomne. Para romper el lazo que me ata al resentimiento y a tu nombre, debo recordar cómo te amaba (porque yo sí te amaba) y cómo ese amor preñó sueños absurdos, intenciones coloreadas de sepia y una ilusión que prendió en tu mirada, en esa fugaz e inquieta mirada que nunca me vio realmente.

   ¿Te volveré a ver? ¿Cómo es posible que en una ciudad tan pequeña nunca nos hayamos encontrado? Me dicen que te han visto; que tu belleza es aún mayor si cabe; que pareces feliz… ¿Te hacía tanto daño, entonces? ¿Este rencor que quiero exorcizar, que me une hasta en el sueño a ti, sólo a mí me pertenece y por eso te fuiste de mi lado? No lo sé…

   Dudas que van y vienen, que se establecen día a día en la base de mi pensamiento y que se debilitan cuando, en medio del olvido, consigo recordar tu rostro cincelado, tus ojos de miel y desierto, tu dedicación al cuerpo y al trabajo de la vida; y una increíble entrega al día a día, llena de desesperación y de una secreta indolencia.Y aunque muchas veces me he reprochado mi dejadez, mi inseguridad, mi falta de tacto, quien huyó fuiste tú; quien selló sus labios, escondió su belleza y me arrojó a la nebulosa del silencio fuiste tú. Y aún así…

   Después de todo este tiempo en el que creo que no has pensado jamás en mí, yo he perdido mi vida entre deseos, sueños muertos y flores marchitas. Y eso me ha hecho daño: nada me interesa, y mi amargura profunda me nace en la mirada y me quita alegría y salud. Y eso debe acabar por fin hoy.

   Deseo olvidarte, pero para hacerlo debo rememorarte al completo: cada detalle, cada mohín y manía, cada palabra malsonante o tierna. Y dejarte libre. Libre de mis recuerdos, claro, pero sobre todo de mi resentimiento. Porque te quiero bien, Piernas de Alambre. Aún en lo más recóndito del alma mía, existe un corazón que late y latirá siempre por ti y te querrá bien, y te deseará único y brillante, con toda la vida por delante y el destino a tus pies.

   Así que te dejo libre, Piernas de Alambre… ¿Recuerdas cuando te llamé así por primera vez? Esas piernas tan poderosas como garabatos que se clavaban en la tierra… Y esa espalda donde secuestrar un millón de caricias, y ese pecho expandido donde merendábamos fruta y miel y amor de mediodía.

   ¿Volveré de nuevo a verte alguna vez? Espero que sí. Y no será como hube imaginado hasta ahora, mi ego rompiendo un silencio ridículo lleno de improperios que ya no te interesan. Quiero volver a verte para saber que estás bien, que el amor que me han contado anida de verdad en tu vida, y que sonríes esta vez con alegría, con dientes de fruta madura y esperanza en la mirada… Ya ves, a pesar de todo, de mi orgullo herido, de mi resignación y de mi oscuro resentimiento, te quiero bien, siempre te he querido: en la distancia, en la cercanía y en la soledad… ¿No te acuerdas de nada?

   Pero ya no importa. Ahora ya nada importa.

   Olvidando para que el recuerdo sea libre y para que yo mismo consiga remontar otros cielos, otras planicies, y llegue a ser libre de un veneno que lleva tu nombre y de un recuerdo de piel que lleva tu olor.

   Ojalá quisieras amarme de nuevo; ojalá pudiera amarte mejor. Pero ya es tarde para eso…

   Ahora sólo toca olvidar con los ojos alegres, anegados en lágrimas de lo que nunca se ha tenido, pero con la esperanza puesta en la elusiva felicidad. Porque ya no hay tinieblas que me borren el camino, ese camino que va, paso a paso, en dirección opuesta a tu corazón.

   Vete en paz, Piernas de Alambre, esa paz que nunca te ha importado recibir de mi parte, pero que para mí es muy importante. Porque permitirá que te olvide en el día a día para siempre, y me liberará de mi propia memoria y de mi rencor, que quiero lejos de mí y muerto para siempre.

   Y porque quiero encontrarme contigo alguna vez y abrazarte y besarte y decirte lo bello que atesoras y lo importante que eres para el mundo, porque has formado parte de mi vida, de mis llantos de amor.

   Te quiero, Piernas de Alambre, no me avergüenza decirlo (nunca lo he hecho). Pero es hora ya que te libere de ese fardo de resentimiento que te ha unido a mí por todo este tiempo. Y aunque nunca sepa porqué huiste de mí…, ya no me hace falta saberlo. Ya no necesito más una aclaración que nunca tendré.

   Olvidando para recordar con cariño, con paz y sin orgullo herido. Qué paradoja… Pero sólo así seré libre. Y quiero serlo, por siempre, de ti.

Hiding My Heart. Adele.


Lo conocí un día de esos que deseamos que acabe de una vez. Nada estaba bien. Desde que me levanté todo había estado al revés: las tostadas, la leche derramada, un lío de trabajo, una comida atroz. El sol escondido entre nubes, algo de niebla que se pega a la piel y a los huesos. Y ahora con esto de la ley del cigarrillo, ni tuve un minuto para dar una calada a escondidas.

Sólo deseaba llegar a casa de una vez. Ni siquiera pasaría por el gimnasio. Sólo quería que aquel día acabase por fin, encerrado en mi casa, enterrado en mi edredón, comiendo helado copiosamente, sorbiendo por los ojos de tristeza al ver la tele que nos ponen diariamente, maldiciendo un día igual que otro pero más desastroso y caótico que de costumbre.

Así que un prólogo como este no puede enmarcar nada bueno. Pero así fue cómo lo conocí. En una esquina cerca de mi portal, estaba llevando una caja muy pesada al contenedor de basura; la luz parecía cegarle el camino, porque se dirigía a mí sin contemplaciones. Aquellos brazos que podían con la mitad del universo, afanados como estaban en equilibrar el dudoso peso de aquella caja y un viento que se levantó de repente en este desastre de primavera no le impidieron seguir su camino. Que fue el de tropezar por completo conmigo, arruinando mi traje arrugado ya y mis pocas ganas de chiste.

En aquel estropicio de polvo, viento y sol, levantó la vista después de contemplar el desorden de desperdicios en la calle, y sin limpiarse la mano la extendió para saludarme. Levantó la vista. Yo estaba a punto de reventar toda la frustración acumulada en aquel torpe insensible…Hasta que tropecé con una sonrisa luminosa y unos ojos alegres, castaños y verdes, y la frente llena de sudor, el pelo a mechones por el esfuerzo y un brazo fornido y delicado a la vez, con una mano tersa y firme.

Yo no hablé y pensó que era mudo. Se limpió en las caderas el polvo de las manos y comenzó a hacer gestos extraños con ellas. Yo me reí de su lenguaje de signos; gracias a Dios oía perfectamente. Pero su visión, aquella sonrisa, y esa barba de un día me había quitado el aliento. Por un momento el sol cambió de lado, el planeta giró y yo quedé patas arriba. No podía apartar mi vista de él; quizá un poco bajito, es cierto, pero con esos pómulos y aquella sonrisa, no estaba para remilgos.

Nos saludamos después de un instante que le debió parecer eterno. O estaba delante de un idiota o no había explicación. Pronto me apresté a sacarlo de su error.

Le sonreí con una risa que había estado mucho tiempo agazapada bajo el cúmulo de pequeñas frustraciones del día que terminaba. Él sonrió de nuevo y se disculpó otra vez. Qué divino sonido el de su voz. Por mí, podía seguir excusándose el resto de la tarde. Pero no era plan.

Señalando mi traje, no le di importancia. Estaba yo para fijarme en eso ahora, vamos. Después de presentarnos, nos dedicamos a recoger todo el estropicio. No quiso ayuda pero yo ya estaba a ello y, total, el traje iba a ir derecho al tinte, así que nada perdíamos.

Con mi ayuda acabó en un periquete, aunque he de admitir que apenas hice esfuerzo. Él pareció arreglarlo en un pestañeo. Yo sólo le sonreía lelo y a él eso le resultaba gracioso, así que el mundo pareció por fin encajar como debería haber sido desde la mañana y yo estaba feliz.

Acabamos algo cansados y le invité a un café. Un cerveza, una clara, un bocadillo de jamón. El asunto era invitarle y no dejarle ir. Le pareció gracioso y justo que me invitase por haber invadido mi espacio. A mí me daba la mismo, que yo le daba permiso para muchas otras cosas.

Reímos. Y volvimos a reír.

En el bar nos acercamos poco a poco. Todo en él era maravilloso: su pelo castaño, sus ojos verdosos, esa sonrisa de anuncio. Y unos hombros de infarto que sólo invitaban a ser tocados, a ser mordisqueados, a guarecerse en ellos.

Durante una pausa de silencio se acercó a mí y me besó suave al principio, después con cierta ansia. Aquellos labios carnosos, tibios y húmedos aplacaron mi sed. Aquel gesto de apremio y deseo borró mis pensamientos, me dejó sin habla y con ganas de abrazarlo. Ni siquiera me acordaba cómo se llamaba. Ni siquiera me importaba su pasado. Porque yo era su presente y seguro su futuro. Porque tras ese beso yo me lo imaginé todo, hasta un anillo en el dedo, un par de perros y un crío ronroneando de hambre.

Aquella noche en mi cama deshecha, conseguimos remontar el mundo, cambiarlo de sentido; después de un invierno de soledad, éste partía tras la primavera más brillante, el verano más amable, un otoño cuyo frío haría que caminásemos de la mano bajo las hojas caídas…

Mucho nos prometimos mientras rozábamos nuestras pieles, mientras descubríamos mundos encerrados en pliegues y en honduras. Qué maravilloso su peso sobre mí, el tacto de su piel pálida, el beso largo sobre su pecho, el sueño del cansancio que durmió sobre el mío agotado…

Hasta la mañana.

Cuando desperté, ahíto de amor como de sopresa, no lo encontré a mi lado. Lo imaginé duchándose, con el beso del agua recorriendo los mismos senderos que mis labios, recordando el lunar en la espalda, las cosquillas en la pelvis, el ímpetu de la novedad envuelto en los nervios de lo desconocido… Me desperecé en cama, sintiendo de nuevo sus manos y las mías y colmándome de deseo. En las sábanas quedaba una fotocopia de su olor. Aún era muy temprano, y el sol comenzaba a despuntar por el horizonte, escondiendo las estrellas que habían desfilado durante el amor. Qué maravilla…

Pero no me di cuenta hasta más tarde que el agua de la ducha no corría. Durante unos segundos, el silencio pareció agazapado en los recuerdos de la noche anterior. Hasta que la soledad pudo más, y su mudez, despertó mis alarmas.

Me levanté corriendo, dejando aquellas sábanas que olían aún a su cuerpo detrás de mí hechas un lío como mi corazón, y recorrí el piso entero llamándolo por el nombre que me dio durante las embestidas de un amor alucinado, de un amor único que habíamos encontrado…

Ni una respuesta. Ni un resto de piel.

Volví al cuarto desmoronado; el lío de sábanas en el suelo; el amanecer llegando a su fin y entrando por la ventana con descaro. Ya casi no había estrellas, y aquellas que habían escapado, ahora se escondían en mi cama, en mis manos, en esos sueños que quería darle.

Recorriendo con la mirada el naufragio de mi abandono, encontré aquella camiseta azul que llevaba pegada a la piel. Me la acerqué a la cara…Aún olía a él. A ese desconocido sin nombre que me mintió su nombre, seguro, y la historia con la que me conquistó de inmediato…

No se despidió. Ni le importó dejar en aquella cama un trozo de corazón destrozado y una miríada de sueños estrujados entre su espalda y mi pecho desnudo.

Me senté en el borde de la cama. El sol cubría mi desnudez con su color dorado y su calidez. Hoy no llegaría tarde. Hoy quizá fuese como debería ser siempre. Así son las probabilidades de las cosas: cuando el corazón se encoge de dolor todo parece sonreír y todo parece ser fácil, fácil para los demás. Seguía teniendo su camiseta en las manos…

Abrí el balcón y salí al frío de la mañana. Aquella tela deslavada, en la que su olor impregnado estaba, apenas detenía la sangre que brotaba de mi corazón hecho trizas. Qué importaba. La lancé a la luz dorada, al vacío de la calle, al extremo opuesto de mi corazón.

Y entré en mi habitación y me fui a duchar. Escondiendo mis lágrimas como hacía unas horas antes desplegaba las alas de mi imaginación.

Así es la vida, creo…

Me vestí con una tristeza sin igual. Mi piel lo extrañaba, mis sueños lo dibujaban una y otra vez… Aparté de mí esos pensamientos y los escondí, junto con las estrellas, en lo más profundo de mi corazón. Aquel ser sin nombre se hundía así en el océano de lo que nunca será…

Mi corazón roto y yo salimos de nuevo a la calle, con la luz de un nuevo día dándonos caza y yo, qué quieren que les diga, me dejé atrapar…

Someone Like You. Adele.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 33 seguidores