Las relaciones muertas/ The end of a relationship.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Unfaithful, Brad Mehldau.

Las relaciones muertas. Intentaba recordar cuándo había sido la última vez que lo había visto. El pelo corto, las uñas perfectamente cuidadas. Cuándo la última vez que había aspirado el olor de selva de aquella piel que se derretía bajo la luz; el exacto brillo de unos sueños fugaces en los ojos abiertos de par en par.

Las relaciones olvidadas. Creer morir de amor y terminar cavando la tumba de un afecto destinado a la eternidad.

Se creía emergido de un sueño sin fin. Se miraba a sí mismo y parpadeaba incrédulo. Cuánto tiempo desde la última vez, cuántas hojas caídas, cuánta lluvia… Cuánto se puede olvidar de lo que no se iba a olvidar nunca.

Parecía sin duda la letra de una canción triste. Pero no lo estaba. No había motivo para la tristeza. Con la pena pasa lo mismo que con la felicidad: llegado su punto culminante, finaliza. Pasa lo mismo, en realidad, con todas las cosas que afectan a los hombres.

La eternidad sí dura un día. Uno larguísimo y único, un sol que acaba muriendo de puro agotamiento. Toda relación es, visto en perspectiva, un intento inacabado, un perpetuo boceto que nos rodea por doquier… Incluso el más delicado de los seres humanos, el más entregado, acaba hartándose de tanto amor… La plétora es un mal diario. Si acabamos borrachos de nosotros mismos, ¿cómo no lo vamos a estar del Otro? Pero es difícil identificarnos con el mal del amor: el mérito del enamorado es negar una y otra vez la locura de sus decisiones; estriba en ver sin atisbar los miles de errores subsecuentes que la pasión acaba hilvanando hora tras hora siguiendo el canto de esa sirena, de ese bello ideal… ¡Oh, lo sabía muy bien, pues en sus carnes lo había sentido antes! No se consideraba mejor que los demás en estos aspectos. Y, como los demás, había sentido dentro de sí el exceso de sueños, había apreciado el justo peso del brazo amado descansando cómodo sobre su abdomen antes de retirarlo a un lado. Como cualquier ser humano, se había enamorado; había jugado ese juego inútil, cientos de batallas perdidas, y lo había abandonado todo con la misma facilidad… Hasta que llegó él.

Pero de eso hacía mucho tiempo.

Tiempo… Palabra inútil, situaciones anodinas; peso de paja y consistencia de bruma y sueños. Casablanca no es más que un avión fugándose entre la niebla; Cyrano conjura en la oscuridad una pasión que otro goza. Tiempo…, vana ilusión, engendro que todo lo engulle; goyesca locura que acaba triunfando, sin querer, sobre todos nosotros. Tiempo…, final, término, absoluto, nada.

Cierra los ojos como hipnotizado por sus propios recuerdos. Se había conjurado a sí mismo para encontrar fuerzas y estar allí. Se había dicho que era un cobarde y que no aparecería, como ya había hecho más de una vez; se había convencido que él no cometería error semejante, pero ya estaba metido hasta los huesos esperándolo como siempre, como si nada hubiese ocurrido… Pero había ocurrido. Había ocurrido cinco años atrás, cuando se fue sin despedirse. Y, tras cinco largos años, esa voz oscura como una caverna, insatisfecha como un mal sueño, volvió a su vida, a sus determinaciones, a su olvido, y le pidió esa cita en el parque, a las cinco si no venía mal, pues tenía algo que decirle. A él. A él, después de un lustro de silencio, de polvo y vacío.

Cuando lo oyó al teléfono no emitió sonido alguno, ¿cómo podría? El mundo se detuvo por un instante, y el naranja del día dio paso al azul del cielo y al blanco de las nubes, y a un hombre callado con un teléfono en la mano y la boca abierta, la boca abierta esperando un beso perdido cinco años atrás… Pero no le reconoció la voz de inmediato, ¿cómo hacerlo? Había conseguido, después de todo ese tiempo, arrancarlo de sus sienes y de su memoria, pero nunca de su corazón, y aquellos sonidos, aquel vibrato oscuro, resonó en su interior como rompiendo cristales y levantando soledades, resucitando recuerdos, recuerdos que bien valdría mantener muertos.

Los recuerdos vuelven, como las relaciones muertas, y aún con más fuerzas cuan más dolorosos. El olvido es un jugador cobarde, que esconde su carta marcada en el fondo de su pozo, en el poso de su taza, en lo hondo de su océano sin nombre, y nada más despertar el recuerdo, lo hace emerger de la nada para acabar con él para siempre.

Hoy a las cinco, entonces… Y le costaba hablar, cada palabra era un sacrificio, un acto de voluntad. A las cinco lo vería de nuevo, de nuevo como ayer, aunque hubiese preferido morir antes de hacerlo, aunque no le hubiese quedado más remedio que huir para no sentirlo. Pero no le ha quedado más remedio y allá va, calculando el movimiento de las hojas caídas, el ritmo de las frases huecas, y el precio muy alto y eterno de las relaciones reencontradas y ya muertas.

Cosas que no te dije/ What I didn’t tell you.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

La última vez que nos vimos quería contarte tantas cosas, tantas, que no me cabían enteras en la boca y no pude decirte. No es que las escondiera, es que no encontré tiempo para explicarlas. Cuando estoy a tu lado el tiempo se desmorona en múltiples partículas informes y se deshace en las manos, pasa veloz y desaparece en las esquinas y no me doy cuenta de que el mundo continúa girando en esa singladura eterna que no se detiene ante nada, ni siquiera ante nosotros dos.

Siempre tan ocupados, tan liados, tan cansados. Pero siempre haciendo los mejores esfuerzos, las últimas energías, las últimas horas compartidas. Aunque las distancias se dilaten y los encuentros breves sean, la intensidad de la alegría, el arrullo de la compañía están siempre ahí, y encontrarnos es para mí una fuente de alegría y de asombro, y no importa cuánto dure el encuentro, cuán ínfimo sea, un roce de pieles, un abrazo, una sonrisa, un café, ya es suficiente. Tu presencia, firme y volátil, vale de por sí cualquier esfuerzo, que ni esfuerzo es, ya ves.

Pero había tanto que decir, tanto que contar; cuántos cambios a los que acostumbrarnos; cuántas expectativas a la espera; cuántas esperanzas materializadas; cuántos sueños que comienzan a tocarse con los dedos…

No pude decirte cuán orgulloso me siento por ti. Eres un hombre completo. Entero, cabal, un hombre que está de pie, ante todo, y eso me ha atraído siempre hacia ti.

No te dije cuán cambiado estabas, lleno de esa energía tan especial que nace del amor y al amor vuelve. La luz se escapaba de tus ojos, de tu sonrisa, de esas manos en las que cabe el universo. Y el nombre repetido y ocultado, en el fondo y en la superficie, que genera todo ese brillo de intensidad nuclear y duración eterna.

Cuán bello te encontré, ¿te lo dije? Bello de alma escapada como la locura de la mente, y sin embargo tan tú, que tu sombra no era más que la extensión de la luz, de esa luz que se enciende contigo cada mañana.

Estabas cansado, atareado, siempre en movimiento. Menuda novedad. Y sin embargo no te recuerdo de ninguna otra manera; no sé si sabrás quedarte quieto. Sueño con verte tendido al sol, respirando tranquilo, acariciado por esa tibieza y esa inmaterialidad tan cercana; con el rostro relajado y el cuerpo abandonado a un descanso más que merecido, ganado a pulso por tu tenacidad y tus sueños.

Porque nadie es más tenaz que tú. Nadie más entregado, más enérgico, más soñador. Seguir tus sueños, arando esos campos estelares, me inspira y me transpira, me eleva y me rescata de los hondos médanos en los que me pierdo a veces. Sin ti en mi vida, la lejanía desharía el tejido de mi vida con una facilidad pasmosa; sin haberte encontrado, puede que ni un sueño llegase de nuevo a la orilla de mis ojos. Pero estás tú y el mundo parece operar bajo tus pies, y las mil dificultades, todas pasadas y repasadas, vueltas a encontrar, superadas y anuladas, sólo son escalones que nos llevan al destino más anhelado, a la locura más cristalina y a la máxima felicidad, que es la del día a día.

¿No te he dicho que eres como el Universo? Cálido como el sol, cercano como el atardecer. Espíritu de agua, tus orillas húmedas absorben el bien del mundo y lo devuelven en tu sonrisa, en tu avidez, en tu agitación y en tu descanso. Dispuesto como la aurora, plateado como la luna, intenso como el mediodía. Todo en ti es humano, y por eso se torna divino cuando mis ojos te ven y te oyen mis oídos y mis sentidos te palpan aún en el baile de las horas que pasan.

Porque las horas vuelan, y los días se deslían en momentos intensos, breves encuentros de los que extraigo una voluntad, una energía y un carro lleno de sueños que no pesa, que no pasa, porque proviene de ti.

¿Te he dicho que eres un soñador? Mi principito favorito… Tan feliz, tan niño pequeño, tan grandote e ilusionado. Y loco, deslizando por el túnel de la vida tus máximas ilusiones, tus aspiraciones que nunca son vanas. Y amante de boca abierta, de brazos fornidos, de sonrisa suave. Y de besos escondidos, abiertos como libros de cuentos, sacros como un altar.

No te dije que adoro tu risa. Que sonríe con sonoridad, ecos que reverberan pasiones olvidadas ya, amores perdidos que hicieron daño una vez y de los que quedan apenas leves cicatrices. Y adoro tu voz, profunda y grave, llena de ecos, de sonoridad de cueva, tan enigmática y atractiva, tan sensual y estridente. Y tu historia, que me hace pensar.

Y entre lo que quería decirte y no pude, lo bien que te sienta el amor, y el ser querido y el ser cuidado y el ser mimado y el ser el centro del mundo. Porque mereces una felicidad prístina, delicada como el cristal, intensa y resistente como el acero y tan duradera como la propia vida.

Y lo que me inspiras y lo que me enaltece tenerte cerca, y lo que me enriquece, dentro de la pequeñez de mi existencia, que se sofoca en mares de miedos inhóspitos, que se queja ahogándose en oceános sin nombre y cuya balsa, cuya boya, cuyo puerto puede llegar a imitar tus fronteras, tu fuerza y tu integridad.

Porque eres un hombre completo, un sueño de hombre, una meta de hombre y un patrón a seguir.

Y no te dije que me has parecido siempre mejor que yo. En todo. Un hombre al que seguir, un hombre al que tener al lado. Porque no tienes miedo; porque sabes reconocer, en medio del dolor más profundo, un rayo de esperanza al que aferrarse; porque siempre has confiado en ti; porque, a pesar de las tormentas del mundo y del siempre cambiante sino de los hombres, has conseguido, a fuerza de un tesón que mueve montañas, vivir día a día más cerca de tu piel, y ser libre, libre por sobre toda las cosas, por sobre todo tú.

Y aunque no pude decírtelo, te lo digo ahora. En la distancia que todo lo diluye, menos el amor. Me gusta que seas feliz, me gusta que hayas anclado tu serenidad y tus cuidados en él, que ríe con sonrisa de plata y cuya mirada roba el brillo a las estrellas. Y, aunque no pude decírtelo, te lo digo ahora: me hace feliz que tú seas feliz, aún en la distancia, aún en la nimiedad, aún en unas líneas que permanecerán escritas hasta que se calme el viento.

Ya ves, esas pequeñas cosas que no te dije…, ayer.

Mirando la Vida/ Just Watching Life.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Martín Gallego.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

more about «Mirando la Vida/ Just Watching Life«, posted with vodpod

Permitido el paso/ Step Ahead.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Martín Gallego.