La última vez que estuvimos juntos Maribel (porque es y será siempre Maribel para mí) y yo fue cantando, o como si fuera cantando, junto a una gran amiga común, en un karaoke virtual en un céntrico área comercial de La Coruña canciones de nuestra adolescencia, cuando la música significaba un mundo y el mundo no era más que un siglo encerrado en una canción.
Hacía tiempo que no nos veíamos, aunque no hace falta, pues el lazo que se ha forjado entre nosotros desde que nací se mantiene a lo largo de la vida vivida, meciéndose al compás de los cambios que el Destino nos impone.
Es una mujer entera, con sus desaciertos y sus virtudes. Una mujer extraordinaria, que es capaz de aunar los papeles de hija, amiga, esposa y madre con un equilibrio impoluto y una gracia casi divina.
Dotada para las artes, es una artista del dejarse ir, como yo, que disfruto como un enano viéndola languidecer al arrullo de un tarde soleada. Tiene unos pies de ángel; su cuerpo fluye con la música, con un ritmo innato y celestial. Verla bailar, y ser su pareja en la danza, es uno de los actos que nos acercan al cielo. Su ritmo natural, su dejadez sobrehumana estalla en mera alegría nada más las notas de una canción llegan a sus oídos.
Con sus manos construye castillos y dibuja destinos. Con su corazón, enarbola la resistencia que la hace única frente a la Enfermedad. Es una mujer brillante porque se enfrenta día a día a sus temores, a sus fantasmas, y los vence en el cansancio, en la entrega a lo que debe ser. Pocas personas he conocido que vivan la Enfermedad con tanta pasión y tanta parsimonia al mismo tiempo, y que persistan, con una cabezonería contagiosa, con los ánimos de vivir pese a las constantes caídas y dobleces a los que la obliga el yugo de la falta de Salud.
Isabel Arceo Fernández es la Fuerza arrolladora, la Fuerza que arroja calma y, a veces, desilusión. Pero es una llama por siempre viva y brillante, y que está hoy de cumpleaños. Desde que tengo memoria, ella ha formado parte de mi vida. Me ha visto crecer, cometer errores, reírme y enojarme, ensombrecerme y alegrarme, y eso es un milagro.
Ella es uno de los milagros de mi vida. Y por eso está hoy aquí.
