Verdes son los Sauces/ Green are the Willows.

El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature

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PRÓLOGO.

Las horas pasan con lentitud. Pegadas unas a las otras, simulan un solo bloque visto en perspectiva, cuando la guardia termina y los problemas puntuales y los riesgos adquiridos quedan por fin atrás.

Lo mejor de una guardia es que salimos de ella. No hay mayor sensación en la vida (de eso puedo estar casi absolutamente seguro) que la renovada libertad y el arrebato de alegría que nos embarga cuando conseguimos salir del hospital una vez finalizados los períodos de diecisiete o de veinticuatro horas de trabajo. Nos sentimos invencibles aunque vulnerables; cansados pero aliviados, y nada, ni siquiera el error más nimio (aquel que rondará por la cabeza una vez haya reposado unas horas) puede corroer la completa epifanía de ese instante, que es un momento sagrado. Sentir los rayos del sol, la frescura de la lluvia o un arrebato de viento en la cara no tiene precio. Yo suelo elevar mi rostro al cielo, agradecer ese final épico que secretamente espero desde el comienzo de mi turno de trabajo, y me dejo acariciar por la Naturaleza, arrullar por el juego del viento entre las ramas de los sauces de mi jardín; y cierro los ojos, guardando silencio en honor de esa comunión más pura que ninguna, y dejando que el cansancio lave mis energías gastadas dando tumbos mientras camino en dirección a mi hogar.

Nada de eso se dice en las facultades de Medicina. No se comenta la lucha diaria contra las adversidades no ya de la Enfermedad, sino de las causadas por los propios seres humanos; el miedo ante situaciones difíciles; la amarga responsabilidad, representada por todo un equipo que espera las órdenes precisas para cumplirlas de inmediato, y sus resultados evidentes al poco tiempo; los roces cotidianos, que llevan a amistades cómplices o a equívocos enconados; el sacrificio que significa Servir, en su concepto más amplio y casi místico. No se enseña las realidades del mundo, ni que las enfermedades no siempre son como se reflejan en los libros. La Naturaleza no es lineal porque no es perfecta (aunque su inclinación propia sea al puro equilibrio); la Medicina de las aulas no es más que un compendio de signos y síntomas comunes, generalizados, medidos con el peso de la frecuencia. Pero las excepciones son muchas, tantas que no cabrían en los extensos tratados que manejamos diariamente; por eso se escriben artículos, se describen nuevas variantes, presentaciones novedosas, nuevos descubrimientos que llevan a sintetizar lo que, por lo demás de una forma un tanto ufana, llamamos Literatura. Médica, se entiende; aunque muchas veces, en conversaciones con otros colegas, parece ser la única que existe. Eso y el fútbol, claro, y la política (hospitalaria y general) y los chismorreos de turno. La vida hospitalaria no es como la vemos en las series de televisión: es más aburrida y, a la vez, más apasionante. Pero casi se le parece.

Creo que eso es lo que se debería enseñar en las facultades. A enfrentarse con los problemas básicos, que ignoramos al empezar la residencia después de aprobar el muy famoso examen MIR; a saber identificarlos y resolverlos y también a sobrellevarlos; en fin, no sólo deberían ser clases para oír a alguien balbucear palabras ya escritas y descritas tiempo atrás por otros más avezados o con mayor suerte de preocuparse, reaccionar, describir y luchar contra una enfermedad que adivinan nueva y que toman como causa vital; sino para saber cómo encarar y actuar ante un paciente sin parecer lo que, con claridad, salta al ojo más ciego: que somos novatos en todo.

De esto se puede deducir la pobre opinión que tengo de las escuelas de Medicina españolas; y es cierto. Alguien me dijo una vez (médico, claro), que estudiar esta carrera en España es bastante fácil: se echa a rodar un melón desde el primer año y llegará rodando al último casi sin ningún tropiezo a poco que ponga de su parte.

La educación universitaria en Medicina es pobre, aburrida, caduca y carece de conexión con la realidad. ¿Raíces del problema? Probablemente formas de enseñanza heredadas del pasado, junto con ciertas plazas de profesorado; y ese sentimiento de exclusión que se respira entre las gruesas paredes de los claustros universitarios.

Generalizo porque es lo común. Las excepciones, de haberlas, destacan por sí mismas, y no hace falta señalarlas. Lo que sí es cierto en el batiburrillo de la Medicina de pre-grado es que exige tiempo, mucho tiempo a veinteañeros con poca paciencia y muchas ganas de vivir los primeros sorbos de libertad; y una claridad de ideas que tantos apuntes y nombres y folios y exámenes no permiten tamizar con cuidado. Pero lo mismo se puede decir de las Ingenierías, del Derecho, de Historia o de Farmacia. El que crea que todo se resuelve con poco esfuerzo es un candidato al lastre universitario; y en España existe una cierta y vergonzosa tradición, y es que la gran mayoría de las carreras no se acaban en el período establecido; se dilatan en el tiempo. Eso no existe como regla en otros países; y puede que en esto, como en otras tantas cosas, el viejo tópico de que España es diferente se cimente sobre fondos reales.

Pero, de todas maneras, no creo ser el mejor de los ejemplos para alzar mi dedo crítico, pues me llevó (por distintas circunstancias de la vida) el doble de tiempo terminar con mis seis años de formación pre-grado. Y mis calificaciones nunca fueron estupendas; seguramente por culpa mía, pues no se puede esperar mucho de un examen que sólo se lleva preparando una semana. Ésa era mi media. Cuando conseguía sobrellevar la apatía del estudio, y alcanzaba el más que suficiente período de dos semanas (o incluso tres) de preparación, las notas mejoraban apreciablemente. Pero un vistazo a mis calificaciones arroja como resultado que esos arrebatos de responsabilidad fueron bastante escasos, si no casi excepcionales, y que estudiaba obligado más por las circunstancias prácticas y por una conciencia pesada como el plomo, que por placer.

Lo mismo se puede decir del período de preparación del MIR. Si hubiera sabido lo que me esperaba en el pos-grado, hubiera puesto más empeño y hubiese sufrido menos en ese duro período de prueba que es inhumano y que tensa los nervios hasta el paroxismo. Existe mucha mitología con respecto al examen MIR, como en toda oposición que se precie. Múltiples rumores; recetas mágicas; datos y estadísticas que manejan diligentemente las academias preparadoras: verdaderas rémoras del bolsillo de la ciudadanía. La preparación de cualquier oposición, tenga el nombre que tenga, aunque difícil y autoexigente, debería estar exenta de tanto fariseísmo que sólo busca beneficios a costa de sembrar el miedo y la desesperanza. Estoy en contra de todo sistema alienante. Y la mayoría de estas academias lo son. Se inventan métodos; emplean conexiones en la cosa pública; manejan informaciones tamizadas y reformadas: por una módica suma, casi garantizan un éxito que, en realidad, sólo está supeditado al individuo que realiza la prueba opositora.

Tuve yo dos oportunidades de vivir esa experiencia. La primera vez que presenté dicho examen no tenía la cabeza en su sitio. Estaba descentrado, cansado; recién liberado de los grilletes de la facultad, la sola idea de encadenarme a esa nueva forma de tortura rebelaba ira en mi interior y me complicaba la existencia. Parte de mí sabía que, si deseaba ejercer, era la única vía que tenía de hacerlo (merced a una famosa ley que se construyó para reformar el poco carácter práctico de una carrera eminentemente práctica); otra parte de mí sospechaba que sería demasiado desastroso como médico en activo. Y otra parcela, mucho más pequeña pero no por eso menos ruidosa, estaba harta de tanto lío y sólo quería que la dejasen en paz. Ésa llevaba la voz cantante. Pero ni así. La primera vez que me presenté tuve suerte en el MIR de Familia, como habitualmente llamábamos a aquel examen que aseguraba 3.000 plazas para desarrollarse como Médico de Familia (o de Atención Primaria) y que ahora ya no existe; pero renuncié a esa posibilidad porque me veía incapaz de enfrentarme al paisano de a pie casi con las únicas armas de mi conocimiento (que a la sazón, juzgaba demasiado endeble); así como a otras razones de índole familiar, que han seguido marcando mi destino desde hace ya algún tiempo. Así que renunciar a esa plaza me pareció lo adecuado; claro que no pensé que a otras diez mil personas se les ocurriera lo mismo. Cuando llegó el turno del MIR de Especialidades, con sus 3.000 plazas propias, tuve a bien quedarme fuera por cuatrocientos puestos, cosa que no estuvo mal visto el desastre de preparación que hice, pero que me dejaba en jaque por un año, sin posibilidad de trabajar y sin otra cosa que hacer que dedicarme de nuevo al estudio.

Los miembros de la academia en donde malamente preparé dichos exámenes nada me dijeron de bueno al respecto (tampoco merecía una palmada en la espalda); más bien todo lo contrario. Me parecieron unos ineptos y juré no volver a pisar sus instalaciones virtuales nunca más (la sede oficial de la susodicha academia estaba ubicada en Madrid, y lo que hacía era mandar a sus profesores una vez a la semana a los distintos puntos del país en donde dichas sedes virtuales estaban establecidas.) Más me valdría haber cerrado la boca.

Entre medias, opté por asistir a una entrevista de trabajo que organizaba una conocida industria farmacéutica. Fui a regañadientes, acuciado por la necesidad de trabajar y de aportar ayuda económica en mi casa. De hecho, la cita fue pedida por mi padre, un antiguo y exitoso profesional de las ventas del sector agroalimentario.

La reunión se llevó a cabo en el mismo local que servía de sede a la desalmada academia preparatoria. Aquello no podía deparar nada bueno. Nos reunieron a aquel grupo variopinto de personas disfrazadas con trajes de chaqueta de entretiempo otoñal, en uno de esos salones con forma de mesa redonda, presidida por una ejecutiva disfrazada de hombre, o como una mujer mal informada piensa que debe vestir un hombre si un hombre ocupara su puesto de seleccionadora de personal. Yo ignoraba lo que hacía aquella mujer allí, salvo lo que le oía explicar en un tono de voz monocorde, acorde con el horario de la entrevista (justo después del mediodía.) Hacía bastante calor en aquella sala, o al menos eso creía yo; no estaba muy nervioso puesto que no me jugaba nada. O eso creía.

La entrevista en sí misma no era personal, o al menos no en aquella primera etapa. La idea de aquella reunión era medir nuestros conocimientos de un fármaco determinado y calibrar nuestras distintas ideas y formas de expresarlas. Por norma general, soy excesivamente tímido. Lo que muchas veces pasa por distanciamiento no es tal; mi timidez casi enfermiza se alía con mi enfermiza miopía, y esto hace que prefiera pasar desapercibido. Aunque pocas veces lo consigo porque, por el contrario, soy bastante alto y desesperadamente torpe: una mezcla explosiva que termina atrayendo la atención sobre mí sin pretenderlo en lo más mínimo. Una especie de broma cósmica, creo.

Pero ese día mi timidez estaba bajo mínimos. En aquel grupo de personas (no más de veinte) había muchos profesionales de farmacia, biología y hasta de veterinaria, pero el único médico era yo. Y además, uno con el conocimiento fresquito después de sacar el 3.400 en el inmediatamente anterior MIR. Eso me envalentonó, porque conocía el fármaco, sus mecanismos de acción, sus posología e indicaciones. Para qué fue aquello.

El chiste de la reunión era calibrar nuestra capacidad de conocimiento y de venta de la susodicha medicina, un antiagregante plaquetario de alto coste. Y allí me lancé al ruedo con el desparpajo habitual que me embarga cuando me siento cómodo en un ambiente antes desconocido. Quizá fui un poco excesivo en cuanto a llamativo. La mujer que vestía como ella creía que un hombre creía que debía vestir una mujer en un puesto semejante, me miraba de arriba abajo, con cierta expresión de sorpresa, aunque muy discreta eso sí, en aquella cara de esfinge.

La entrevista parecía estar diseñada para desarrollarse en tres fases: se escogía a los que pasaban de fase y se despedía al resto. No vi que a nadie se le dijese la razón de su rechazo. Pero conmigo hizo una excepción la susodicha. Se acercó a mí y me recomendó, en voz baja que casi parecía un susurro, que saliese por donde había venido, que no necesitaban personas de mi talla intelectual ni de mi capacidad expresiva, rallante casi en el manierismo más rosa. Yo la miré de hito en hito sin creer lo que estaba oyendo. Es uno de esos momentos que se quisieran volver a vivir para poder decir todo aquello que el orgullo herido se molesta en argumentar una vez ha pasado la ofensa. Pero sólo llegué a decirle que intentaría en lo posible no recetar su fármaco cuando tuviese oportunidad de hacerlo, porque, aparte de muchas cosas, tengo una memoria de viejo elefante africano. Ella se limitó a sonreír y dijo que dudaba que yo llegase algún día a ejercer esa parcela de poder mientras me enseñaba la puerta. Pobre mujer. Se equivocó. Y ese fármaco nunca entró en el arsenal terapéutico de mi práctica habitual hasta que esa compañía pasó a ser absorbida por una multinacional aún mayor. Nunca receté un fármaco de esa casa comercial, y no me arrepiento de ello. Puede que haya en mí mucho de reconcomio y testarudez, pero no soy de los que juzgo por la pasión, el ardor ni las ganas de trabajar por más rosa y plumas que adornen la fachada de las personas. Aquella mujer me dio una gran lección de sabiduría humana y de sapiencia. Puede que sólo estuviese cumpliendo con su deber; haciéndonos sentir durante un instante como aspirantes a estrellas del espectáculo. Pero su actitud homófoba no dejaba de estar clara y sus ganas de deshacerse del exceso eran más que evidentes.

E incluso ahora, después de tantos años, puedo reconocer que además me hizo un favor. Pues si apenas yo me veía a mí mismo con capacidad para ejercer; las posibilidades que tenía como visitador médico eran inexistentes. Ahora que los conozco, y que mantengo cierta amistad con la mayoría de ellos, sé que hay que tener mucho aguante, mucha paciencia y mucha mano izquierda, cualidades de las que yo no ando muy sobrado. No hubiese durado un día en ninguna empresa de ese estilo, porque mi umbral para tolerar a los idiotas es muy bajo. Y en este mundo hay demasiados para mi gusto. Así que no me quedó más remedio que volver al redil del estudio, que nunca había abandonado por completo, y al estrés añadido de encontrar trabajo lo más pronto posible porque ya estaba en edad para ello.

A nadie se le escapa que una oposición lleva su tiempo. Absorbe la vida del opositor, la moldea y casi la destruye. Un opositor no es feliz. Olvídense de lo contrario; y quien sostenga que es falsa esta aseveración, o no sabe lo que dice, o miente, que es lo más seguro. Vive en una constante lucha mental (falta de trabajo, falta de dinero, falta de tiempo; qué preguntarán; cuáles temas serán los adecuados; duda si podrá con todo) que se extiende al plano físico: malos humos, mal descanso y cierta tendencia al desenfreno como válvula de escape de una miseria que le rodea día a día.

Mi cuñada, con esa templanza que sólo tienen las mujeres, suele decir que es por eso que la mitad de la población española vive amargada y es tan competitiva con sus coetáneos: todos desean trabajar para el Estado, inmensa mole que intenta retroalimentarse como puede. En un país que prima la estabilidad laboral perpetua, aunque quien ocupe ese puesto sea un inepto de cabo a rabo, no es fácil vislumbrar otra salida. Así que el ciclo se cierra y se eterniza. Qué tristeza. Pero así queremos que sea.

El MIR no es más que una oposición nacional que garantiza la formación pos-grado de todo aquel que alcance la nota suficiente para alzarse con una plaza en uno de los innumerables hospitales formadores de especialistas del país. Es el pasaporte y el pasaje al mercado laboral oficial, y al futuro de miles de licenciados forrados con un título que es papel mojado sin este certificado posterior.

Decir que es un buen método, pero que es muy cruel e injusto también, es llover sobre mojado. Vamos, yo lo aprobé, no debe ser tan difícil (aunque lo sea.) A la segunda oportunidad (lo que tampoco está tan mal.) Pero no deseo volver a hacerlo, y vive Dios que no seré de nuevo residente en esta vida. Ya me bastó con serlo una vez como para querer repetir la experiencia. Aunque mi naturaleza me dicte a pasar y repasar más de una vez por los diversos terrenos de mi vida, esta aseveración está llamada a ser la excepción que cumple la regla. Menos mal.

Muchos de mis amigos y compañeros de facultad consiguieron plaza a la primera (eso es poca ayuda para el ego, puedo confirmarlo.) Muchos otros, yo en el paquete, no. Pero lo hicimos a la segunda. Y otros tantos a la tercera y a la cuarta. Y está bien que así sea. Actualmente en el hospital donde trabajo ya de Adjunto Clínico, he coincidido con un compañero de la facultad que es residente de primer año (de ahora en adelante R1) y ha sido un placer el encuentro. Por ambas partes: siempre es agradable encontrar gente conocida en cualquier lugar, ya que se crea una corriente de simpatía al mínimo contacto sin necesidad de que naden muchas palabras de por medio. Una vez atravesada esa barrera invisible que es el MIR, todos volvemos a ser iguales. O casi. Pero ésa es otra historia.

La apatía, el desasosiego y la falta de seguridad que un examen así siembra en el espíritu humano son muy poderosos. Como una superstición, no me corté el pelo hasta saber que había probado el examen. Allá estuve, mes tras mes con las greñas en los ojos, estudiando y estudiando, o forzándome a estudiar más bien, mientras el pelo crecía salvaje y desordenado. También me dejé la barba, oscura y tupida como la de un eremita dubitativo. Nadie me reconocía, ni siquiera yo mismo. En la ducha diaria apenas me miraba al espejo; soy incapaz de acordarme de cómo era yo durante ese período. Como persona no existía. Apenas comía (pero no adelgazaba), apenas dormía. No hablaba con nadie; no leía nada ajeno a temas médicos; no iba al cine ni apenas oía música. Y algo todavía peor: no repasaba lo estudiado. Me esforzaba tanto preparando cada tema durante una semana, que apenas tenía fuerzas, a la semana siguiente, de repasar lo ya visto. Con cada examen de control me repetía a mí mismo que debería releer lo aprendido, buscar el momento para desandar lo andado; pero aquí la apatía me ganaba la partida, y las buenas intenciones morían tan rápidamente como eran formuladas. Con esas vistas, estaba como para albergar un nido de esperanzas.

Soy un hombre de palabra: volví a la academia que había dejado el año anterior a petición de mis padres, que no confiaban mucho en mi espartano método de estudio propio. Deberían haber tenido más confianza en él. Y yo. Pero al menos volví sólo en la segunda vuelta, así que apenas nos sacaron cuarenta mil pesetas mensuales durante unos cuatro meses, y no los nueve habituales del contrato completo (el sistema académico se basaba en tres vueltas del temario: la primera, una especie de toma de contacto, la segunda de estudio pormenorizado, y la tercera de repaso; huelga decir que me salté los dos extremos sin ningún tipo de pudor.) En detrimento de la academia debo decir aquí que llegué a esa segunda vuelta mejor preparado de lo que ellos jamás hubieran conseguido conmigo si hubiese repetido todo el curso según sus métodos, y que viví de esos réditos hasta la llegada del examen.

Aprobé el MIR en el segundo intento pensando que lo suspendería sin remedio; a tales cosas nos lleva la mente insegura. Lo he dicho: no se puede ir a un examen de estas características, en donde nos jugamos el todo por doscientas cincuenta preguntas, sin repasar ni siquiera una coma. Porque lo que se consigue es una especie de ataque de pánico en medio del ejercicio. Pensando lo peor y absolutamente desconcentrado, me imaginé a mí mismo tirando de un carrito lleno de mis greñas sin cortar, de un blanco cenizo por los años pasados, haciendo la cola para entrar por enésima vez al examen… Tal frustración me llegó a la garganta que, dueña de sí misma, aulló con voz más que elevada por el callejón sin salida en el que me encontraba:

–       ¿Pero podré aprobar esta mierda alguna vez?

Cuando me di cuenta de lo que había dicho, y cómo, enrojecí de vergüenza, me cubrí con la melena castaña y musité bajo mi barba una disculpa: siempre hay quien nos mira con cara de irritación para reprochar una molestia inútil.

Y pude. Y lo hice en el año 2.000, cuando el mundo estrenaba un nuevo milenio y yo una nueva década de mi vida, apenas confiando en mis propias facultades. Desde aquella fecha, muchos estudiantes que rondan por el hospital me piden consejo para enfrentarse al MIR. Si bien es cierto que en la actualidad no reviste la competitividad de antaño (pues ahora hay tantos licenciados como plazas formadoras); no ha rebajado un ápice su carácter perturbador del alma. Yo siempre les digo que soy malo dando consejos, y que después de todo no valen para nada, pues hacemos caso omiso de ellos. Pero lo que sí les encargo muy mucho es que repasen, una y otra vez, para asegurar que esos conocimientos (la mayoría puro baladí) estén claramente presentes en el momento de responder las preguntas. La imagen de mis greñas tiradas por un carrito no me ha abandonado nunca, ni la idea de dejarme melena ha vuelto a pasárseme por la cabeza desde que el peluquero me preguntó, desconcertado, el día que fui a cortármelo (había salido el resultado esa misma mañana, el día de mi cumpleaños):

–       ¿Estás seguro? Con el pelo tan bonito que tienes.

Pocas veces lo había estado tanto. La barba siguió al cabello y parecí que retornaba a la vida. Cuando miré el suelo de la peluquería, esos mechones abandonados se me antojaron retazos de mi vieja vida; una piel que, aunque conservaba cierta forma recordatoria, no era ya mía nunca más. Fue como salir de un estado inducido de anestesia; como una larga resaca tras una corta borrachera; en cierto sentido, había abandonado una crisálida y me maravillaba de lo que veía.

Jamás cumplir treinta años llenó de tanta dicha a alguien. Me sentí completamente despierto, lleno de primavera, y vivo de nuevo. El sol brillaba, la lluvia caía, las flores se abrían cada hora con más fuerza, y mis pasos ganaban en firmeza. No sabía a qué me arrojaba ese resultado, adónde ni cómo; sólo me sentía ligero, completo y, sobre todo, libre: había cumplido con mi trabajo y podía ser yo mismo de nuevo. Exactamente la misma sensación que tengo cada vez que salgo de guardia. Ese estado, próximo al paroxismo, mezcla de ensueño y de cansancio, es un puro renacer, un milagro que se sucede cada semana. Y del que me maravillo sin saciarme; como me asombra cada día ver, cuando me encamino con paso a veces reluctante al hospital, que ejerzo como médico activo, con más o menos acierto y con más o menos pasión, y que no soy tan malo como creía.

¡Oh, las vueltas que damos en la vida!

Abel Arana: más allá de Historias de Chueca/ Abel Arana: Beyond Chueca’s Chronicles.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Música/ Music

7629_127870929307_741624307_2244385_1637495_nNo conocía el libro Historias de Chueca. Es que ni siquiera sabía de su existencia. Y mucho menos a su autor: Abel Arana. Por estas cosas de la casualidad, supongo, hace un par de meses más o menos tropecé con su blog La Columna de Abel Arana (No va a quedar una viva) y me enganchó de inmediato. Su estilo directo, desenfadado, más estudiado de lo que parece a la primera impresión; divertido, irónico, locuaz, imaginativo, corrosivo y, a veces, algo polémico, me sedujo como la mejor de las miradas, como la voz más profunda. De hecho, sus reportajes eran tan auténticos, incluso cuando emplea sus alteres egos, que fui capaz de imaginar el tono, la textura y la calidad de aquella voz que emergía de unos párrafos que parecían escritos a la velocidad del rayo.

Es un hombre inteligente. Si así no fuera, sería incapaz de haber hecho (y de hacer) tantas cosas distintas, y bien, por añadidura. Y si hay algo verdaderamente atractivo es la inteligencia simpática, por más acerada y directa que pueda ser en algún momento. Y a mí me sedujo con esa mezcla exótica un poco camp, un poco kistch, un poco libertina, un poco seria, un poco ligera y un mucho auténtica que sus artículos desprendían. Así que me aventuré a escribirle, con uno de esos arranques que no tenía desde mi primera juventud, en la que la inconciencia y la inocencia se daban la mano, a la espera de que aquella persona, cuyas habilidades artísticas habían encendido en mí variadas pasiones, correspondiera con un simple gesto, con apenas una sola línea escrita, a mi fervorosa admiración. Muchos de esos intentos, antes de abandonarlos, se saldaban con unas líneas a máquina escritas por un secretario y selladas con la firma del artista admirado. Pero hubo dos ocasiones, de todas aquellas, en las que me respondieron los propios autores casi con su propia voz: en una ellas, la autora en cuestión me regaló una tarjeta hecha por sí misma y escrita con su puño y letra (Isabel Allende, en un gesto que la honra) y otro ha sido, gracias a la magia de la red, Abel Arana. Y lo hizo expresando extrañeza y agradecimiento, mostrando esa faceta de escondida ternura que alguno de sus reportajes deja escapar, quizá sin pretenderlo, entre sus líneas.n741624307_1018666_187

A través de ese contacto me enteré que había publicado un libro y que, de hecho, estaba en aras de concretar su continuación. Tengo la tendencia de acercarme a todo aquello que me llama la atención con la esperanza de enriquecerme y de aprender, de expandir los límites que nuestro propio ser nos impone. Así hice con Historias de Chueca, y nada más tenerlo entre mis manos, lo devoré con pasión. Es una historia de estilo divertido, fresco, irónico, rápido y profundo a la vez; afilado y tierno; está tejido con un juego de contradicciones, de historias sobre historias que se suceden a toda velocidad, cuyo hilo conductor es el amor fraterno, la profunda amistad que existe entre los dos protagonistas: Alejandro y Miguel, y que nace en dos almas cándidas pero inquietas, noveles pero hambrientas de vida, una vez que llegan al barrio madrileño de Chueca para dar forma a sus más alocados sueños de provincias.

Pero pronto nos damos cuenta que en realidad el libro no es sólo un retrato de Chueca, de la vida en Chueca; sino el fresco de unos años de evolución, de aprendizaje, de encuentros y de desencuentros más allá del barrio rosa de Madrid; más allá de un estilo de vida estereotipado (pero real); y nos muestra las angustias, los problemas, la desazón, los miedos, los fracasos y la redención continua de sus personajes a medida que van creciendo y evolucionando con el barrio que los ha acogido en su seno aceptándolos, tras duras pruebas, como miembros de esa tribu variopinta y libre que lo conforma. Y nos damos cuenta también que, bajo sus múltiples capas de divertimento, de locuras varias, de idas y de venidas, en Historias de Chueca late una historia de amor, y encontramos en la pandilla de Alejandro y Miguel, y en Miguel y en n741624307_1353109_5862451Alejandro, un lazo fuerte, irónico, único e indestructible, a prueba de las bombas de la vida; y una aceptación completa y total de los seres tal cuales somos, y un abrazo a la variedad tan lúcido y tan optimista, que sólo puede acabar en final feliz, dejándonos con una sonrisa continua en el rostro y en la mirada una vez cerramos las tapas del libro.

El libro es una pequeña maravilla que refleja la realidad del día a día sin armas artificiosas, sin buscar extremos. Es un retrato brillante, y como tal, se acerca a la perfección con un andar casi sublime: ironía sin acidez; con un puntito escatológico sin llegar a ser soez; escrito con una llaneza reconfortante y con una pulcritud admirable: Miguel y Alejandro brillan desde el comienzo (acompañados por Matilde, Celeste y el resto, que no lo hacen menos) y se nos hacen queridos porque son encantadores; y a través de sus ojos asistimos a un relato de iniciación, de comienzo, de obertura y desarrollo, ligero y profundo a un mismo tiempo, repleto de ternura, ausente de prejuicios y libre, por sobre todo libre.

Pero Abel Arana es un hombre lleno de sorpresas. Para mí al menos que, aunque compartamos generación, parece que haya habitado en otra galaxia muy, muy lejana. Editor de revistas, presentador de televisión y productor musical, fundó junto con Juan Belmonte  la productora Pumpin’ Dolls, creando mezclas y remixes de verdadero éxito nacional e internacional (¡que yo mismo he bailado y disfrutado sin ser consciente de ello!) Por sus manos han pasado cantantes de medio pelo y artistas de variado recorrido como Marta Sánchez, Mónica Naranjo, Fangoria, Carlos Santana, Kylie Minogue, Whitney Houston o Cher, entre otros… Y yo lo ignoraba… ¿No es increíble? Qué caja de sorpresas…

Es un placer mantener un contacto cercano con personas que nos enriquecen, que luchan por lo que creen, y que viven diariamente la búsqueda constante de la verdadera felicidad: esa que nos da ser nosotros mismos sin límites ni miedos, con entera libertad. Y por eso, más que por sus obvias capacidades y su estilo atractivo, es por lo que lo admiro más.

n741624307_961633_9911I knew nothing about Historias de Chueca (Chueca’s Chronicles). And nothing about the author either: Abel Arana. But I just found out his blog La Columna de Abel Arana (No va a quedar una viva) and it hooked me up almost immediatley. In his direct, self-assured style; funny, smart; loquacious; corrosive, ironic and sometimes controversial; he seduced me so much that I just read each one of its entries just holding my breath.

He’s a smart man. If he wasn’t, he’d unable to do so many things, and do it quite so right, as he have done in the past years. And, for me, there’s almost nothing more attractive than joyful clevernesss. Thus, I contacted him and he revealed as a warm, conscious man, kind and grateful, and I discovered that he had been written a book and he was writing the sequel at that very right moment. So, I told him that I’ll read it and he shot me back that he’ll be expecting for my opinion… Well, here I am doing it with even more joy and gratefulness that I’ve ever imagined I’d ever be.

Chueca’s Chronicles is a wonderful little book. I literally devoured it. It has written with a fresh, open, ironic, quick, light and profound style. It’s a tender book, fill with those true senses, with wonderful stories intertwined, making Love the center and the spirit of the book. Love with capital letters: not only romantic love but loyalty love but fraternal love and friendship love. Chueca’s Chronicles is a coming of age story about two young men that came to the big city, in this very risqué and unique way province’s people could do it, looking for the time of their lives and looking for success, both in jobs and in bed. And their quest, their falls and their stands up, and the love for each other, are the heart of the book.n741624307_1359191_2539063

It’s not only a portrayed picture of Madrid’s queer capital, actually it is more than that. In its pages we learn what about being queer is, how difficult, how wonderful and how hard the quest for a place in the sun is for Miguel and Alejandro and their bang, all as wonderful characters as both are. And it is written with humor, hilarious and irreverent, and with this fast prose surrounded by laughs and tears at the same time as the pages followed by. It’s a fairy tale as long as fairy can means. But, because it is a good book and a great story, there’s more, much more down the surface. It’s a book about fear, self-confidence, lose of control, falls, resurrection and redemption. It’s a book about friendship, the quest of love and of equality, and a book written for freedom. Real freedom, that breaks all rules, all labels and flies free and untied through the blue starry night.

But Abel Arana isn’t just a writer. He’s more than that. He’s beyond Chueca even he belongs to it. And he’s for me, at last, because I was living in a galaxy far, very far away though I knew nothing about him until two months ago. But I knew him without knowledge it. Because, among many other things, he was a magazine editor, a TV host and co-founder, together with Juan Belmonte of Pumpin’ Dolls, one of the best musical production companies, working with many artists, among others: Marta Sánchez, Mónica Naranjo, Fangoria, Carlos Santana, Kylie Minouge, Whitney Houston and even Cher…And I was dancing, enjoying their productions and I never noticed!…Yes, I was far, far away…

Abel Arana is a great man. Smart, tender, funny, ironic and sharp-tongued. But, as clever and wonderful as he’s, it is almost incredible I have contacted him and he contacted back… He’s handsome as well, because people like him have to have it all. But, even though, he’s so grateful and so generous…That he only can have back admiration from me. And I know for sure that he worth it. Every inch of it.

Yeats otra vez/ And Yeats Again.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

4776_115312033763_590663763_2882691_2700553_nUna Canción Para Beber.

El vino entra en la boca

Y el amor entra en los ojos;

Es todo lo que en verdad conocemos

Antes de que envejezcamos y muramos.

Llevo el vaso a mi boca,

Y te miro, y suspiro.

A Drinking Song.

Wine comes in at the mouth

And love comes in at the eye;

That’s all we shall know for truth

Before we grow old and die.

I lift the glass to my mouth,

I look at you, and sigh.

Fotos por Javier Mantrana del Valle/ Photos by Javier Mantrana del Valle

Yeats.

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Dos Ancianos Admirándose en el Agua.

OÍ DECIR a los muy, muy viejos:

«Todo cambia

Y uno a uno vamos cayendo».

Tenían las manos como garras, y sus rodillas

Torcidas como los viejos espinos

Junto a las aguas.

Oí decir a los muy, muy viejos:

«Todo lo bello se pierde al pasar

Como las aguas».

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Two Old Men Admiring Themselves in the Water.

I HEARD the old, old men say,

«Everything alters,

And one by one we drop away».

They had hands like claws, and their knees

Where twiated like the old thorn trees

By the waters.

I heard the old, old men say,

«All that’s beautiful drifts away

Like the waters».

Fotos por Javier Mantrana del Valle/ Photos by Javier Mantrana del Valle

Absurdia: Viñetas de la Calle Jasper/ Subsurdity: Vignettes from Jasper Lane.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

28a362e89da053ec1ac83110.LSubsurdity, que me he tomado la libertad de traducirlo a Absurdia, es el segundo libro publicado de Eric Arvin. Y contiene en su interior la belleza de lenguaje que lo caracteriza, y la rara habilidad que tiene su autor para entrelazar universos paralelos en una historia común, y que dicha historia tenga la suficiente entidad como para enganchar al lector de principio a fin.

Subsurdity es la historia de una urbanización norteamericana, limpia, aseada, de clase media acomodada; es la historia de sus vecinos, preocupados por cosas de vecinos; es la historia de relaciones falsamente superficiales; y es la historia de las miles de historias que pueblan cada una de las casas que forman un vecindario una vez cerramos las puertas a los visitantes entrometidos.

Pero, como es norma en la literatura de Eric Arvin, Subsurdity encierra historias de amor inacabadas: de amistad, de pareja y, de aquellas más profundas: las que mantenemos con nosotros mismos. Todo en el libro parece jocoso (y de hecho lo es), pues es un libro ligero que encierra, como la semilla en el interior del fruto, un tesoro sin igual. Y ese tesoro es lo que Eric Arvin maneja mejor: el secreto de ser, y de parecer, lo más fieles que podamos a nosotros mismos.

Es una historia coral llena de líneas que se cruzan. Es muy sensorial, repleta de miradas, de tactos, de olores y sabores. Todos los personajes guardan secretos, y todos salen a la luz en este vodevil de verano; es un libro lleno de poesía, la poesía escondida en las cosas diarias: ir a la compra, encender una barbacoa, enamorarnos. Y es sobre todo una historia de amor: el amor hacia nosotros, el amor hacia el Otro y el amor hacia lo diverso, hacia lo único y hacia Dios.

Es un libro divertido, jocoso, ligero, asombrosamente conmovedor y superficialmente absurdo. Es una historia que nos enfrenta a nuestras actitudes como vecinos en el mundo, que retrata con maestría y buen humor los rasgos más marcados y oscuros de los individuos; la individualidad feroz y la incomprensión hacia lo distinto; a la vez que nos enseña, en su enorme diversidad, la tolerancia que la propia vida tiene con lo creado; tolerancia que a veces, demasiado seguido quizá, ponemos en duda sin motivo alguno.6400_122874625567_610720567_3340849_2191703_n

Próximamente, en este mes de agosto, sale a la luz una nueva edición de Subsurdity: Vignettes from Jasper Lane, y pronto el autor publicará su continuación, que promete ser igual de alocada, y precisa y tierna, y tan maravillosamente bien escrita, como ésta. Y ambas ediciones presentan, además, la colaboración del artista gráfico portugués HvH, que ha diseñado ambas portadas especialmente para Eric Arvin. Como ocurre con todo en la vida, también los artistas se encuentran, se reconocen y se admiran.

Subsurdity es un magnífico libro de verano, alado, fugaz, de risa fácil y de pensamiento profundo, que mira hacia la diversidad de la vida sin vergüenza alguna y con grandes dosis de optimismo.

6776_136876545567_610720567_3607642_292292_n Subsurdity: Vignettes from Jasper Lane is an incredible book. It is for many reasons: first of them, it’s the second published book by author Eric Arvin. Second, it’s the most funny, clever and profound modern vodevil recently published. It’s funny, a lot, but, as Eric Arvin usually does, it has inside its lines so much profound feelings, so much rotten stories that make its reading enjoyable and interesting.

Eric Arvin’s prose is poetically marvelous. He writes with this magic cadence that makes, in Subsurdity, a perfect match with the sound of the laugh, open, free laugh. His used of the written word is pure magic; that’s why I think of him as a Sorcerer, because he enchants us from the very begining to the very end of the book, leaving us breathless for more. And more will come with the second part of the story, soon to be released.

Subsurdity is a story of a neighborhood, with neighbors looking for each other, looking to their rights and wrongs, to their gardens, to their love life and to their jogging manners. Subsurdity is a protayed of a true American neighborhood full of so many different people that being normal is the exception. And all those stories, embraced in together with a tight lace made of his writing, are made of never told secrets, unspoke fears, unfaced deceptions, and love, above all, love:  for the Other and, most important of all, to ourselves.

Because Eric Arvin always writes about love, because everything is about Love. Real love: that emerges from the ordinary, the different; that grows up in the soil of lost souls; in the shadows of the outcast and different.

That’s the real secret of the funny, airless, wonderful and joyful Subsurdity: it’s a love story, no matter races, genders, explanations, craziness and unfaithful past lifes; no matter, in fact, with whom, to whom or how it happens, just that happens. And love is in the summer air of this precious little book, that soon will be released his second edition at the end of this month of August. And with this new cover by Portuguese graphic artist HvH… Both of them knowing each other, admiring each other and working together as a real artists do.

Subsurdity: Vignettes from Jasper Lane is and incredible summer book. It’s funny, tender, smart and wonderfully beautiful. And leaves us with this big smile on our face that worth every page of it.

Gitanjali.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone

Canción 12.fior-di-loto

¡Que largo es mi viaje y qué extenso es mi camino!

Salí en la carroza con el primer destello del alba y proseguí mi camino a través de los desiertos del mundo, dejando mi huella en numerosos planetas y estrellas.

El camino más largo es el que llega con mayor rapidez ante ti, y la enseñanza más complicada es la que se traduce en la sencillez de una melodía.

El viajero debe golpear en una y otra puerta extraña hasta poder llegar a la suya; y ha de marchar errante por todos los mundos externos, para alcanzar al fin su santuario más íntimo.

Mis ojos viajaron errantes durante mucho tiempo, antes de que los cerrara diciendo:»¡Aquí estás tú»

El grito que pregunta: «¿En dónde?», se funde en raudales de lágrimas e inunda al mundo con el torrente de ese: «¡Aquí estoy!»

1zx9libSong 12.

The time that my journey takes is long and the way of it long.

I came out on the chariot of the first gleam of light, and pursued my voyages through the wilderness of worlds leaving my track on many a star and planet.

It is the most distant course that comes nearest to thyself, and that training is the most intricate which leads to the utter simplicity of a tune.

The traveler has to knock at every alien door to come to his own, and one has to wander through all the outer worlds to reach the innermost shrine at the end.

My eyes strayed far and wide before I shut them and said: ‘Here art thou!’

The question and the cry ‘Oh, where?’ melt into tears of a thousand streams and deluge the world with the flood of the assurance ‘I am!’

Maurice.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Creo que pertenezco al género de los románticos. O al menos antes lo era. Ahora crece en mí más el cinismo del tiempo pasado, o advierto con mayor claridad la realidad diaria. Sin embargo, conservo en mi interior al menos una ligera brisa de lo que, antaño, era casi un huracán de sentimientos apasionados, graves e inocentes.Maurice_novel

Hoy, revisando la biblioteca, aparte de darme cuenta de la ausencia de libros prestados un día y nunca más devueltos, reparé en Maurice. Y, al abrirlo, cayeron en mis manos algunos pétalos de rosa. Su contemplación hizo que mi mente, y mi entera realidad, viajase al día en que leí este hermoso libro, hace unos catorce años (la tradición romántica también procuraba reseñar el mes y el año en que estos hechos se producían.) Y el viento de mi juventud, los sentimientos sentidos, y el asombro de la belleza llegaron a mí de repente conforme revisaba las hojas de este librito.

Escrito en 1913 por E. M. Forster (1879-1970), y de publicación póstuma en 1971, la historia de Maurice y Clive, tortuosa, tierna y, finalmente, tan cínica como cualquier amor que una vez creímos real, seguía allí, tan verde, tan poderosa y tan entusiasta como siempre. Ese es el milagro de las buenas historias contadas con magistral encanto.

Maurice es una novela muy profunda, pero es en su aparente ligereza en donde se encuentra encerrada su magia. No es una historia fácil; quiero decir con esto que la historia de su protagonista, Maurice, es dura y tierna, tortuosa y, por sobre toda las cosas, con esa inasibilidad del destino, única y esperanzadora. Y Maurice es un gran libro, como fue una excelente película, porque, a pesar de los muchos pesares y desaires que Maurice sufre a lo largo de sus páginas, el destino cruel de aquellos que se atreven (o que simplemente son) distintos, sólo le lega una felicidad absoluta como el cielo despejado y el mar en calma. Maurice nos gusta porque puede ser cualquiera de nosotros, enfrentado al amor y al desamor, a la burguesa aventura del día a día, a la caída, y finalmente a la recuperación y, por qué no decirlo, al incierto camino de la felicidad. Y Alec, con su espíritu salvaje y tierno, tiene mucho que ver con ello.

Además, como muchas otras obras de E.M. Forster, es un magnífico y satírico retrato de la sociedad inglesa de la época; cuya desaparición, aún incompleta, estalla en sus últimos estertores en los días que vivimos… Y para todos aquellos que, como Maurice, se enfrentan a sus fantasmas y logran aceptarlos, su final brinda un sabio sosiego y una súbita esperanza, que se dibuja en una espléndida sonrisa cuando la última página del libro cierra su historia para siempre.

  I think I was kind of a romantic guy. I used to keep rose petals into the pages of my favorites books, remarked the passages I loved most once or that given to me so much to think or to feel about them. I must admit today I’m more cynical than I never was, but this little fellow I was is hidding beneath the butch guy I’m trying to be today, and sometimes, when he caught this big guy off guard, the most romantic and sentimental side of me floats over me and captures myself completely.

Maurice is that kind of book (and movie). Maurice and Clive’s story, with its ups and downs, romantic and resentful, unconstant and far away from exceptional, but unique and tender, makes Maurice a touching, deep and beautiful book. Written by E. M. Forster in 1913, and edited after the death of the author in 1971, exhalates this breeze of modernity that keeps alive the beat of Maurice’s story and keeps alive its flame.

It’s not an easy story. Reflects the anguish; the fragile happiness; the deep deception and the joy of a man through his early life; and his constant fight, first against himself and, after he found true love and he savoured it, his battle against the society’s rules he is living at. Anyone that has to lived this kind of conflict, this kind of battle against the difference (gender, skin color, tastes, way of living) could find into its pages the torture and the anguish but, as well, the joy and the true beauty of freedom once Maurice met the real love and was prepared to face the world for it.E_M_Forster_signature

Plus, as many other E.M. Forster’s books, Maurice is a protrayed living memory of a time and a social conventions that, nearly to an end in our days, still have some kind of inffluence in our society. And it allows us to understand better from where we are now and to where we can head to,  if we are capable to destroy the last barriers that try to keep Humankind in the tramps of these old fashion and restrictive social laws that have non sense in today’s world.