Sonetos Barrocos/ Baroque Sonnets.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone

Mischa Maisky, El Canto del Cisne (Schwanengesang), Franz Schubert.

LOPE DE VEGA

Rimas Sacras, Soneto XLVI

No sabe qué es amor quien no te ama,
celestial hermosura, esposo bello;
tu cabeza es de oro, y tu cabello
como el cogollo que la palma enrama.

Tu boca como lirio que derrama
licor al alba; de marfil tu cuello;
tu mano el torno y en su palma el sello
que el alma por disfraz jacintos llama.

¡Ay, Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando
tanta belleza y las mortales viendo,
perdí lo que pudiera estar gozando?

Mas si del tiempo que perdí me ofendo,
tal prisa me daré, que una hora amando
venza los años que pasé fingiendo.

Sacred Poems, Sonnet XLVI

He knows not what love is who doesn’t love you,
oh, celestial beauty, bridegroom fair;
your head is of pure gold, your flowing hair
like crowns that palm fronds cover totally;

your mouth is like a lily, from which spills
sweet liquor at dawn; ivory your neck;
your hand the wheel, and on its palm the seal,
which souls call hyacinths for secrecy.

My God, what thought I when, leaving behind
such beauty, and just mortal grace could see,
I lost what might have been my greatest joy?

But if the time I’ve lost disturbs me now,
I shall make haste, so that one hour of love
the years I’ve spent pretending will destroy.

(©Alix Ingber, 1995)

LUIS DE GÓNGORA.

Soneto
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Sonnet
While trying with your tresses to compete
in vain the sun’s rays shine on burnished gold;
while with abundant scorn across the plain
does your white brow the lily’s hue behold;

while to each of your lips, to catch and keep,
are drawn more eyes than to carnations bright;
and while with graceful scorn your lovely throat
transparently still bests all crystal’s light,

take your delight in throat, locks, lips, and brow,
before what in your golden years was gold,
carnation, lily, crystal luminous,

not just to silver or limp violets
will turn, but you and all of it as well
to earth, decay, dust, gloom, and nothingness.

(©Alix Ingber, 1995)

FRANCISCO DE QUEVEDO.

Comunicación de amor invisible por los ojos

Si mis párpados, Lisi, labios fueran,
besos fueran los rayos visuales
de mis ojos, que al sol miran caudales
águilas, y besaran más que vieran.

Tus bellezas, hidrópicos, bebieran,
y cristales, sedientos de cristales;
de luces y de incendios celestiales,
alimentando su morir, vivieran.

De invisible comercio mantenidos,
y desnudos de cuerpo, los favores
gozaran mis potencias y sentidos;

mudos se requebraran los ardores;
pudieran, apartados, verse unidos,
y en público, secretos, los amores.

Communication of invisible love through the eyes

If my eyelids, Lisi, could be lips,
kisses rays of sight would surely be
from my eyes, which like golden eagles watch
the sun, and they would kiss more than they see.

Your beauty, dropsically, they would drink,
and crystals, thirsting for your crystal panes;
from lights and from those great celestial fires,
nourishing their death, alive they’d stay.

By invisible commerce thus sustained,
their bodies wholly nude, such bounteous gifts
my potency and senses would caress;

mute, they would demand their ecstasy;
they could, once parted, see themselves entwined,
and publicly, their secret love possess.

(©Alix Ingber, 1995)

FERNANDO DE HERRERA.

Soneto
Pensé, mas fué engañoso pensamiento,
armar de puro hielo el pecho mío;
porque el fuego de Amor al grave frío
no desatase en nuevo encendimiento.

Procuré no rendirme al mal que siento,
y fue todo mi esfuerzo desvarío;
perdí mi libertad, perdí mi brío,
cobré un perpetuo mal, cobré un tormento.

El fuego al hielo destempló, en tal suerte,
que, gastando su humor, quedó ardor hecho;
y es llama, es fuego, todo cuanto espiro.

Este incendio no puede darme muerte;
que, cuando de su fuerza más deshecho,
tanto más de su eterno afán respiro.

Sonnet
I thought, but a deceptive thought it was,
to arm this breast of mine with purest ice;
so when the fire of Love met the deep cold
it would not loose itself in a new fire.

I tried to not give in to all my grief,
but my attempt was totally in vain;
I lost my freedom, lost my spirit too,
eternal evil and torment I gained.

The fire freed up the ice, in such a way,
that, using up its humor, heat remained;
and flames, and fire, are all that I exhale.

This conflagration cannot bring me death:
the more I am unravelled by its force,
the more its endless ardor I inhale.

(©Alix Ingber, 1995)

Lawrence Schimel: buena medida/ Lawrence Schimel: Good Measured.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Bien Dotado es un libro de relatos compilados por su autor, Lawrence Schimel, bajo el prisma de un elemento común: la pornografía homosexual. En la introducción del libro, Lawrence Schimel diserta breve pero muy acertadamente, sobre la literatura erótica de cualquier género, pero haciendo hincapié en cuán importante es para la realidad homosexual, o para el mundo gay, la necesidad de reflejos de sus conductas sexuales, algo de lo que la población heterosexual nunca se ha privado y, por lo mismo, desconoce su necesidad de existencia.

En modo alguno he sido lector de este género literario, de la estirpe que sea. Recuerdo, siendo muy joven, las novelas llamadas best sellers, escritas habitualmente por mujeres (o cuyo seudónimo era femenino), en los que daban rienda suelta a una imaginación erótica que me excitaba pero que, al mismo tiempo, me dejaba frío y me incomodaba. No por su explicitud, más bien pobre, sino porque me revelaban detalles que no me interesaban en lo más mínimo, o que a mí no me importaban en lo absoluto, en la evolución de la historia en la que me encontraba inmerso. Lo mismo me ocurría con las películas, y me sigue pasando en la actualidad. Las escenas sexuales me incomodan, si no me irritan, y siempre me han parecido más el roce de dos trozos de carne que un acto que reverbera la historia sentimental que estoy viviendo. No me gusta que me expliquen todo lo que ocurre con un personaje, ni sus detalles, ni su día a día. Puesto que así no es la vida. La vida está llena de claroscuros, de detalles ignotos que impulsan actitudes y reacciones, y que muchas veces permanecen ocultos para todos, y los personajes de un relato no deberían escapar a ese misterio insondable que nos caracteriza a todos los seres vivos.

Marguerite Yourcenar comentó una vez la difícil singladura de la literatura erótica (del arte erótico en general), que corre el riesgo siempre de no saber en dónde está el límite, subiendo el tono de voz y el color de las acciones hasta rozar el mal gusto. Y no es que la sexualidad sea maleducada; la expresión cruda de la misma, como de todo sentimiento y pulsión extrema, por ser ellas mismas, puede llegar a turbar y perder lo maravilloso que encierran, en aras de una asimilación errónea y de un ansia por comprender y aprehenderlas en exceso racional y pueril. En otras palabras, escribir sobre sexualidad no es fácil ni terreno seguro, la crudeza puede degenerarse y la sutileza tornarse vil en el ansia de retratar como sea ese misterio insondable y que nos toca tan de cerca y que es el roce de una piel hambrienta con su propia piel o con la de ese extraño que es todo aquel al que amamos, aunque ese amor sólo dure un segundo fugaz.

Lawrence Schimel lo sabe y lo clarifica y asume su capacidad y abandera una literatura difícil con gran éxito. Bien Dotado es un conjunto de relatos de pornografía homosexual, o pornografía en cuanto a explicitud sexual, juego y encuentro, desencuentros, pulsiones, ilusiones y deseos; pero va más allá. Y en ese ir más allá es donde la capacidad de Lawrence Schimel brilla en todo su esplendor. En contra de la pornografía audiovisual, sus relatos no se basan en la narrativa sexual, sino que se sirven de ella para mostrarnos personajes complejos, llenos de dudas, de miedos e inseguridades; muy norteamericanos, muy neoyorquinos, muy judíos, pero a la vez universales, con los cuales nos identificamos con extrema facilidad: buscan, se alimentan de ese deseo de amor, de esa necesidad de experimentar y de sufrir, y de esa angustia de olvidar y ser olvidados, de recordar y ser recordados y de dejar huella indeleble en un pensamiento, en una caricia y en un orgasmo que siempre tiene la misma característica: ser insaciable.

Los personajes de Bien Dotado son como nosotros, o como nosotros pudiéramos ser, y viven no por el sexo sino con el sexo, y sus actos son sólo reflejo de tormentas interiores que todos conocemos: religión y fe; desesperanza; abandono; amor no correspondido; infidelidad; deseos reprimidos o descontrolados; actitudes sociales desdibujadas; límites insospechados que carecen de línea divisoria. La sensualidad explícita que Lawrence Schimel imprime en sus relatos consigue el fin de toda pornografía, pero la trasciende en su brevedad: excita sin llegar a cansar, ansía y reinvindica sin rozar el mal gusto o la irrealidad. Y eso nos demuestra que es un escritor de mano templada, que sabe dar en buena medida sensualidad, deseo y vigor al mismo tiempo que profundidad, esperanza y paz a unos personajes que buscan, que buscan siempre, en los meandros de esa jungla de asfalto que es la gran ciudad.

Amo lo que no tengo/ I Love What I Do Not Have.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature

Apassionata. Secret Garden.

Poema 18

Aquí te amo.

En los oscuros pinos se desenreda el viento.

Fosforece la luna sobre las aguas errantes.

Andan días iguales persiguiéndose.


Se desciñe la niebla en danzantes figuras.

Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.

A veces una vela. Altas, altas estrellas.


O la cruz negra de un barco.

Solo.

A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.

Suena, resuena el mar lejano.

Éste es un puerto.

Aquí te amo.


Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.

Te estoy amando aún entre estas frías cosas.

A veces van mis besos en barcos graves,

que corren por el mar hacia donde no llegan.


Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.

Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.

Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.

Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.


Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.

Pero la noche llega y comienza a cantarme.

La luna hace girar su rodaje de sueño.


Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.

Y como yo te amo, los pinos en el viento,

quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

Poem 18

Here I love you.

In the dark pines the wind disentangles itself.

The moon glows like phosphorous on the vagrant waters.

Days, all one kind, go chasing each other.

 

The snow unfurls in dancing figures.

A silver gull slips down from the west.

Sometimes a sail. High, high stars.


Oh the black cross of a ship.

Alone.

Sometimes I get up early and even my soul is wet.

Far away the sea sounds and resounds.

This is a port.

Here I love you.


Here I love you and the horizon hides you in vain.

I love you still among these cold things.

Sometimes my kisses go on those heavy vessels

that cross the sea towards no arrival.


I see myself forgotten like those old anchors.

The piers sadden when the afternoon moors there.

My life grows tired, hungry to no purpose.

I love what I do not have. You are so far.


My loathing wrestles with the slow twilights.

But night comes and starts to sing to me.

The moon turns its clockwork dream.


The biggest stars look at me with your eyes.

And as I love you, the pines in the wind

want to sing your name with their leaves of wire.

Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada/ Twenty Poems of Love and A Song of Despair.

Con un poco de amargura/ With a Touch of Bitterness.

El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature

Soneto CXXI

Mejor será ser malo que malestimado,

cuando el no serlo gana a serlo la condena,

perdido el justo gozo, que no al propio agrado

de uno se mide, sino por mirada ajena.


Pues ¿a qué van los ojos de otros con veneno

a hacer guiño a los brincos de mis fantasías,

o a ser de mis miserias míseros espías,

que hagan malo a su antojo lo que estimo bueno?


No, yo soy lo que soy, y los que me reprochen,

contando están sus propias faltas en mis sobras;

puedo ir derecho, aunque ellos de través atrochen;

sus pútridas ideas no han de hacer mis obras;


si no es que a todo extienden esta triste ley:

todo hombre es malo, y en su mal él es el rey.

Sonnet CXXI

‘Tis better to be vile than vile esteemed,

when not to be receives reproach of being,

and the just pleausre lost, which is so deemed

not by our feeling, but by others’ seeing.


For why should others’ false adulterate eyes

give salutation to my sportive blood?

Or on my frailties why are frailer spies,

which in their wills count band what I think good?


No, I am that I am, and they that level

at my abuses reckon up their own;

I may be straight though they themselves be bevel;

by their rank thoughts my deeds must not be shown;


unless this general evil they maintain:

all men are bad, and in their badness reign.

William Shakespeare, Sonetos de Amor/ The Sonnets.

Reino Celta/ Celt Reign.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music

He nacido en el mundo. Formo parte del mundo. Y me considero de todos los lados. Hay cosas que me gustan y me disgustan de todos ellos, como hay cosas que soporto y que no de mí mismo. Así es la vida. La mía al menos. Pero, a pesar de las distancias, o quizá debido a ellas; a pesar de la cultura global y diversa de la que formamos parte; hay algo, algo que tengo en la sangre, que todos los que pertenecemos a esa tribu ancestral llamada Celta, que llevamos impreso, y que nos condiciona. No que nos diferencia del resto; eso es el pensar reduccionista al que nos quieren arrojar personas de miras estrechas y sin más ansia que la destrucción en sí misma. Nos condiciona en la actitud hacia la vida, sea en un momento o en otro; nos condiciona el sentir, el expresar, el saber. Galicia es celta, celta entera. Y el resto del norte de España también. Y la Bretaña, e Irlanda y Escocia, y la mismísima Inglaterra. Todos provenimos de las lejanas tierras del Rin, que fluye libre por los estuarios y limos del tiempo. Hasta nuestro vino Albariño, el mejor de los caldos rubios de España, proviene de esas tierras germanas que tan caras se me han hecho. Y todos tenemos un gusto por el mar embravecido, los días grises de viento restollador, los grandes precipicios que terminan en el océano insomne; los verdes prados; el cielo azul de nubes blancas; los viajes interminables que son peregrinajes hacia nuestro propio corazón;la buena comida, la buena bebida; la añoranza, la morriña, la saudade; y el calor de un hogar vivo, iluminando la música que suena.

Y es aquí en donde todos nos juntamos: la música. Nadie, nadie sin una gota celta en su sangre, puede emocionarse ante el sonido de la gaita, ese lastimero llorar que, sin embargo, puede transformase en alegría o en grito; el leve planeo de la flauta; el sonido firme de los pasos de baile de una Muñeira en un suelo de granito o de castaño; la algarabía de la pandereta o el grave bamboleo del tambor. Nadie puede emocionarse hasta las lágrimas cuando consigue escuchar, incluso en la lejanía de un hogar que ya no existe, esos acordes que siempre empiezan igual, esas notas que emergen de unos labios, de un pensamiento que sirve de unión en la diáspora, que mezcla, emprima, y emociona.

Por eso yo, ciudadano del mundo ante todo, sé que soy celta hasta las raíces de mi cabello; porque, desde el calor tropical de un mundo que ya no existe, hasta hoy, la música de la gaita, el arrullo del viento entre los árboles; el arrebatador vals de las olas en la costa siempre azul; me recuerdan lo que soy y adónde voy, y disculpan, o más bien aceptan, mi marcada melancolía y mi añoranza por los que se han ido, y mi esperanza por los que vendrán.

I’m Celt. I know. I know it by heart since I was a little boy. Though I know for sure that I’m more than that, I’m a proud World Citizen, I knew better, and I always will, that I’m Celt from the core.

And I know because none else can just tear-up, and feel heart beats faster, just listening to the sound of a bagpipe, and watching at the never-ending ocean rushes into the edge of the shore, so fierceful and graceful at the same time; the windy grey skies; the pouring rain; the smell of the eternal emerald forests; the dances; the food, the drinks; the warm of an open fire. No one without celt blood can never understand, even in the distance, this cruelty and this lovely state of perpetual melancholy, of Morriña and Saudade that characterizes us. But everybody can enjoy the greeting, the open spirit, the welcoming heart of these people that I belong to.

Being Celt is a choice to mix cultures; to engage emigration; to enjoy long distances; to be loneliness but never alone, surrounded by people that teach us to be perpetually different but equals; and to dream, always sleepless, with the return to the roots, to the never sleep ocean, and the rush shores, and the smell of the old town, of the sea-food, and the shadows of life and the spirit of the eternal death.

That’s being Celt to me. To me. A citizen of the always turning world. That loves differences above all. Because they make us unique and equals at all levels. But who is Celt without asking, without worries, and that likes being that way.

La Edad de la Inocencia/ The Age of Innocence.

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Algo similar a lo que me ocurrió con Las Horas, pero unos diez años antes, la única película de Martin Scorsese que me ha gustado realmente, La Edad de la Inocencia me llevó a leer la novela del mismo título, escrita por Edith Wharton (1862-1937).

Incisiva, de una narrativa fluida que nunca se hace pesada, la novela narra las vicisitudes de un hombre atrapado entre su apática adherencia a las convenciones sociales y sus deseos íntimos, y dos mujeres: una que lucha en vano por traspasar los límites de una libertad tan estrecha como el corsé que la moda le impone y la otra, cándida al menos en apariencia, que representa todo lo bueno y todo lo malo de la sociedad neoyorquina de finales del siglo XIX. Estos atípicos protagonistas viven un destino tejido en la ciudad de Nueva York, laberíntica, difícil, llena de estuarios y baches, impertérrita ante el dolor, los vicios o las virtudes de quienes la habitan.

Mucho se ha dicho de esta historia: irónica, aristocrática, sensible pero no demasiado, astuta y dura. Y es cierto. Disfrazado entre las buenas maneras, el encanto más WASP, los encajes y sedas y armiños, los salones bellamente decorados y los platos más elaborados, La Edad de la Inocencia representa un drama interno lleno de quiebros, que no deja sitio para la ternura innecesaria ni respiro para Newland Archer o la condesa Olenska, que navegan inocentemente en un océano de intrigas a sotto voce, de destinos cruelmente marcados por las convenciones sociales y aceptadas por todos, Newland incluido; donde el nombre, la familia, el aspecto exterior significa mucho más, mucho más que la búsqueda de la felicidad, propia y ajena, y cuya continuidad sólo la garantiza la posesión de dinero, único requisito que finalmente se requiere para participar de ese juego de engaños que sofoca a sus protagonistas.

Es, y quizá sea el motivo por el que la historia me atrajo más, la representación de tres formas de ver la vida distintas pero complementarias, y el retrato de una vida que nosotros, los seres humanos, hacemos vil y dañina, sin ser plenamente conscientes de que todo pasa, todo, incluido nosotros mismos, o sobre todo nosotros mismos. Newland, que dentro de su modorra existencia encuentra una razón para sentir, soñar y vivir que rompe los cimientos de una existencia que debía seguir una línea determinada, una tranquila travesía por los años que pasan sin estridencias o sorpresas desagradables. May, la representante de la sociedad, la responsable de que el mundo siga siendo lo que es, encarna lo más sórdido de esas reglas del juego, calladas normas que se aceptan sin pensar, tal como en la actualidad la sociedad norteamericana (una inmensa parte de ella, de cualquier forma) se adhiere a las normas abyectas y caducas de religiones muertas para el siglo en el que vivimos. May, candorosa, esconde en esa serenidad, en esa constante reafirmación de su inferioridad, el verdadero poder, la fuerza que se sabe apoyada de antemano por todos los seres que, como ella, la anteceden o le sucederán en un futuro. En contra de lo que pudiera parecer, May no es un personaje sórdido: es el fruto de su sociedad, del mismo modo que Newland lo es de su tiempo. Pero lo que los diferenciará para siempre es que, en Newland, siempre ha latido esa ansia de apertura, ese tibio furor que le indica que, a pesar de todo, la vida es más brillante, más irresponsable, más diferente de lo que nunca hubo podido ver en los estrechos límites de la aristocracia nativa. Y en May esas dudas nunca se producen, porque su naturaleza inmovilista no se lo permite; su natural tendencia al no-cambio, al apoyo en el cómodo colchón social, no generan en ella el mínimo interrogante, no prende en ella ningún ánimo revolucionario. Sentiríamos más pena por May, viéndola con nuestros ojos dos siglos después, si no supiéramos que esa supuesta inocencia o esa falta de estímulo esconde el fervoroso inmovilismo, el alienante ahogo por lo distinto, por lo diferente, por lo que puede alterar un satus quo absurdo pero muy real, que la lleva a actuar, siempre en la sombra eso sí, de la manera más egoísta posible, y por eso mismo más cruel. Es el personaje más ciego de los tres protagonistas, y el más oscuro también, porque se encuentra ahogada en convencionalismos, en rígidas normas, en lo que debe ser y lo que otros han soñado para ella que debe ser, que lo acepta sin preguntas y, más aún, lo perpetúa simplemente porque así debe ser. Y lo defiende, con todas las armas posibles, frente a cualquier elemento desestabilizador que la perturbe. Y finalmente Ellen, la condesa Olenska, la distinta, de turbulenta vida marital, alejada de la sociedad nativa, que trae consigo los aires de cambio, las esperanzas y las nuevas locuras de, vaya paradoja, el viejo continente. Es el personaje realmente inocente de los tres protagonistas: cree que la sociedad la va a tratar como una más, aunque sus diferencias sean tan estridentes; confía en su corazón; confía en Newland (quizá el único ser que no la decepciona en realidad); y en su familia, sin saber que es la primera en darle la espalda y en tejer el juego de intrigas que la obligará a exiliarse nuevamente, esta vez para siempre.

Es una historia de amor a tres bandas; de desesperanza; de batallas perdidas, y de un amor imposible; de querer lo que no tenemos, o de anhelarlo porque lo que nos rodea no nos es suficiente; de renuncias, de lo difícil que resulta aceptar las consecuencias de nuestras decisiones; y finalmente de una aceptación callada, que nos lleva a navegar por el río de la vida con la errónea impresión que todo lo que ha pasado le ha ocurrido a otra persona.

Pero lo maravilloso de esta historia, y de la magnífica película de Martin Scorsese (remarcada por la espléndida banda sonora de Elmer Bernstein), es el retrato de la crueldad humana, mucho mayor al provenir de una sociedad supuestamente educada, y de lo actual de su trama. Y no me refiero aquí a los convencionalismos sociales; a la represión de una educación errónea; a la renuncia a la felicidad; sino a la eterna dificultad de la sociedad humana por aceptar lo que es distinto de sí misma; a la crueldad con que no asume lo que difiere de sus principios, principios absurdos cimentados sobre el barro de la siempre breve existencia del hombre. Aún hoy, a pesar de la facilidad con la que podemos gritar nuestras frustraciones (algo impensable en ese tiempo), todas persisten, todas sufren la misma lucha, la misma humillación y las mismas derrotas. El día en que la sociedad arranque el fundamentalismo de raíz, la existencia de seres que buscan la aceptación y su libertad, como la condesa Olenska, tendrá sentido; y la tibieza de seres como Newland Archer llegará a la ebullición libre de temores infundados e impuestos desde dentro; y la existencia de personajes como May, anclados en su propia comodidad y deseosos de mantenerla pese a todo, ya no tendrá cabida en una sociedad de verdad liberada de normas absurdas, ya caducas, sin etiquetas ni marcas, y cuyos únicos límites vendrán ajustados por la sensatez y una sensación real de hacer el bien por los demás.

La Edad de la Inocencia es un libro fascinante en ese aspecto, y muy actual, cargado de una simbología que aún hoy, dos siglos después, resuena con un eco propio en nuestro día a día.

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Entre mi ojo y mi corazón, tu amor hace mella/ Betwixt mine eye and heart, your love stays.

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Soneto XLVI

Mi ojo y mi corazón a muerte están en guerra

por cómo de tu vista el campo se reparte:

mi ojo a mi corazón tu imagen ya le cierra;

el corazón al ojo, el derecho a mirarte.

Mi corazón arguye que él te tiene dentro,

alcoba nunca por pupila penetrada;

mas el otro a razones le sale al encuentro,

y alega que tu forma en él está pintada.

A dirimir el pleito se erigió un jurado

de pensamientos -todos del alma aparceros-,

y por su veredicto se han determinado

de ojo claro y de dulce corazón los fueros,

así: a mi ojo tu exterior le corresponde,

y al corazón, la parte en que el amor se esconde.

Sonnet XLVI

Mine eye and heart are at a mortal war,

how to divide the conquest of thy sight:

mine eye my heart thy picture’s sight sight would bar,

my heart mine eye the freedom of that right.

My heart doth plead thou in him dost lie,

a closet never pierced with crystal eyes;

but the defendant doth that plea deny,

and says in him thy fair appearance lies.

To side this title is impanelèd

a quest of thoughts, all tenants to the heart,

and by their verdict is determinèd

the clear eye’s moiety and the dear heart’s part,

as thus: mine eye’s due is thy outward part,

and my heart’s right thy inward love of heart.

Soneto XLVII

Entre mi ojo y mi corazón hay paz firmada,

y el uno al otro ahora se hacen mil finezas;

cuando mi ojo hambriento está de una mirada,

o el corazón de amor se ahoga de tristeza,

con el retrato de mi amor mi ojo hace fiesta

y al pintado banquete al corazón invita;

cuando no, al ojo el corazón festín lo apresta

y él de amorosos pensamientos se desquita.

Así, ya por tu imagen o mi sentimiento,

tú mismo estando ausente, siempre estás conmigo;

que ir no puedes más lejos que mi pensamiento,

y yo estoy con él siempre, y siempre está él contigo;

o si duerme, despierta al corazón tu imagen

a gozo en que ojo y corazón bien se agasajen.

Sonnet XLVII

Betwixt mine eye and heart a league is took,

and each doth good turns now unto the other:

when that mine eye is famished for a look,

or heart in love with sighs himself doth smother,

with my love’s picture then my eye doth feast

and to the painted banquet bids my heart;

another time mine eye is my heart’s guest

and in his thoughts of love foth share a part.

So, either by the picture or my love,

thyself away are present still with me;

for thou not farther than my thoughts canst move,

and I am still with them, and they with thee,

or, if they sleep, thy picture in my sight

awakes my heart to heart’s and eye’s delight.

Sonetos de Amor, William Shakespeare/ The Sonnets by William Shakespare.
(traducción de Agustín García-Calvo).
Editorial Anagrama, Sexta Edición, marzo 2002, Barcelona (España).