
¿Con ánimos para Navidad?/ In the mood for Christmas?
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside



No es fácil recibir las gracias. Es el mayor de los regalos, quizá el más difícil de ganar y el más sentido. Desde una posición de aparente poder o de mando (que no siempre es lo mismo) es sencillo sentir condescendencia, y por eso generosidad, hacia otros que que requieren ayuda o un favor; de esta guisa, no siempre hacemos favores con el corazón limpio; aunque puede que sea lo menos importante: si en verdad ayudamos a alguien, bienvenida sea esa ayuda si hace mejor la vida de quien la recibe.
Y entonces vienen las gracias. Soy más de dar gracias que de recibirlas. Me siento incómodo recibiéndolas; a veces hasta fuera de lugar. La razón la ignoro. He sido educado en el arte de ser agradecido, no de ser agasajado. Y me he dado cuenta que ser agraciado en el recibimiento de un presente (las gracias son un regalo) es tan importante como ser generoso en el agradecimiento y que ambos van de la mano.
Estos días me ha ocurrido en dos ocasiones. Durante una fiesta, uno de los camareros se me quedó mirando. Decir que me acuerdo de todas las caras sería mentir, desde luego, aunque la suya se me hacía familiar. Mientras la fiesta transcurría (a la que yo estaba invitado) él siguió haciendo su trabajo, y en una de sus idas y venidas se hizo la luz en mi memoria. No tengo arrebatos espontáneos para saludar a quien no conozco (lo sé, una vergüenza patológica me acompaña) pero esta vez sentí que debía levantarme y hablar con él. En uno de sus descansos me acerqué y él empezó a sonreír.
– Cama 15, infección de úlcera cutánea en un tobillo, insuficiencia renal, shock y buena respuesta. ¿Qué tal está su padre?
Sus ojos se abrieron como platos y la sonrisa se hizo más grande.
– ¿Se acuerda, doctor?
Era difícil no acordarme de esa guardia, Y del trabajo que nos dio su padre y de la entereza como enfermo que tuvo.
– Hombre, si me dan una pista tiro de la memoria encantado.
Y nos dimos la mano, le pedí que me quitara el usted y el título honorífico y charlamos por un buen rato. Él no salía de su asombro mientras me contaba que su padre estaba como nunca de bien. Qué alegría saberlo. Y en uno de esos instantes me dijo:
– Gracias por haberlo ingresado.
Durante unos segundos me le quedé mirando a los ojos con la sonrisa pegada a la boca. No sabía qué decirle: ¿que era mi trabajo?, ¿que era lo que había que hacer?
Pero me fijé en su rostro amable, sus ojos y la sonrisa sincera con los que me hablaba. En realidad era yo quien debía agradecer el detalle.
– Con gusto, hombre. Realmente con gusto.
Y nos despedimos con la cita de un hipotético café, si nos encontrábamos de nuevo por la calle, un día de estos. No me sentí mejor en toda aquella tarde llena de buenos momentos.
Días después llovía a cántaros. En la puerta de entrada del hospital esperaba, saliente de guardia, a que me vinieran a buscar, cuando una señora de pie a mi lado, evidentemente esperando un taxi, se me quedó mirando.
– ¡Doctor! ¿Qué gusto verlo!
Y me estampó dos sendos besos en las mejillas.
Procuré no parecer un psicópata escapado del psiquiátrico más cercano mientras intentaba hacer memoria.
– No sabe las ganas que tenía de pasar por la UCI para agradecerles lo bien que trataron a mi marido. Una pena que no saliera de allí, pero lo trataron con tanto respeto y no sufrió nada de nada, pudimos estar con él… Gracias a usted por respetar nuestro dolor, la verdad.
Inmediatamente le puse cama e historia al enfermo. Un paciente que, a pesar de todo, no respondió al tratamiento y dedicamos a su muerte el mismo mimo con el que intentamos que siguiera con vida. Siguiendo los deseos de la familia, se procedió con el protocolo y dejamos que estuviesen juntos hasta el momento del óbito. Hay que respetar todos los momentos de la vida, el nacimiento y la muerte por encima de todo. Algo que en un hospital, y en UCI en particular, se pierde con facilidad.
La buena señora estuvo aún un rato contando su proceso de duelo; cómo las cosas cambian, lo que a veces echaba de menos; pero lo que la mantenía alegre en medio de tantos momentos duros, era el respeto y la calidez con la que los tratamos en aquellos instantes. Es una labor de equipo que ella resumía en mí, sólo porque ese día también estaba de guardia. Así son las cosas.
– Gracias, muchas gracias por todo.
Me dijo cogiéndome las manos. Yo me quedé un segundo mirando sus manos abrazando a las mías y sintiendo esa energía sutil que emana de un contacto sincero.
Como no sabía qué decir, cabeceé comprensivo y me despedí de ella cuando le llegó el turno del taxi. Una vez montada en él volvió a girar la cabeza y me saludó de nuevo, despidiéndose con la mano.
Y yo allí, en medio del aguacero, recibiendo unas gracias que dudaba en merecer.
Pero sí, las merezco. Las merecemos. Porque los agradecimientos sinceros brotan espontáneos y, ya sean en forma de regalos caros o sencillos como una sonrisa, nos unen como seres humanos, nos igualan, nos elevan y nos purifican, nos recuerdan que, en el fondo, brilla en nosotros una chispa de divinidad.
Qué arte hay que tener para ser agradecido. Y mucha bonhomía para recibir ese agradecimiento. Pues a pesar de todo, o por encima de todo, representa la mayor prueba de respeto hacia quien piensa de nosotros a tan alto nivel, y que nos desea lo mejor del mundo de la forma más sencilla y bella de todas: dando las gracias.
Estoy aprendiendo.


Hay algo en la literatura actual que me intriga. En aras de la integración, del buenrollismo, estamos perdiendo profundidad. El huracán puritano que nos envuelve, trufado por erróneas percepciones de individualismo e igualitarismo desmedido, está haciendo florecer en la sociedad un movimiento que me aterroriza porque atenta directamente sobre el bien más preciado del hombre: su libertad intelectual. Ya todas las justificaciones que se arguyen para explicar esas necesidades inactivan per se la necesidad de este movimiento, que como todo lo humano, tiene su lado oscuro y su lado resplandeciente.
El príncipe y la modista es un cuento gráfico creado por Jen Wang y editado por Sapristi. De preciosa factura y de una sencillez que desarma, sólo su fin simplista no termina de ser convincente. Desde una perspectiva adulta. Y aunque no creo que sea ése su público, su lectura, su disfrute (porque es una historia tierna y maravillosa, improbable y carente de temporalidad, cierto, pero tan encantadora que podemos pasarlo por alto) es sano. Me aventuro más: estaría bien que los niños pudieran acceder a este cuento de hadas como una forma de entender lo maravillosa y diversa que puede ser la psique humana.
Porque Jen Wang ha dibujado y escrito un cuento de hadas. No hablamos aquí de la profundidad onírica y poética de Hans Christian Andersen, cuyo calado literario es tan profundo y tan simbólico que seríamos incapaces de crearlo en este tiempo nuestro de alarmante sequía artística; El príncipe y la modista no posee ninguna de las cualidades que la llenarían de cualidad literaria porque es simple, quizá en exceso, y sobre todo porque carece de una línea temporal que le ofrezca verosimilitud como obra creativa. Pero de lo que no carece, al contrario le sobra, es de energía, valentía, belleza y libertad. Y eso es maravilloso.
La creación de Jen Wang está acorde con los tiempos que vivimos: tramas simples, sin poso, con escasa complejidad psicológica (perdón, apenas bucea en la superficie de unos personajes que valen su peso en oro); inverosímiles al no poseer un marco de referencia temporal, pero valientes, contradictorios y sensibles. La historia de El príncipe y la modista imbrica temas tan diversos como la pansexualidad (¿sensualidad más bien?, pues aunque la identificación sexual está desde la página uno, no hay ni un atisbo de sexualidad explícita en todo el relato), el miedo a ser diferente, a crear y a ser aceptado; la lucha entre la tradición y la modernidad, la aventura transformadora que nos depara aceptar nuestras diferencias una vez superados los límites que nos confinan y finalmente el amor: filial y de pareja. Una historia que podía llegar profundo pero que sin embargo se queda en la superficie, porque así son los tiempos en los que vivimos, pero con tanta fuerza, que su mensaje trasciende las páginas del libro y se instala con un positivismo muy actual, muy de hoy.
El príncipe y la modista es un libro precioso, que bebe sin duda de clásicos más valientes (escritos en otras épocas más difíciles y encorsetadas que la nuestra, en cambio) y Jen Wang además nos regala pequeños atisbos de lo que conlleva la creación de una obra gráfica, especie de enseñanza para quien desee aventurarse en un mundo tan complicado como es el de idear una historia y hacerla viva a través de la tinta y el pincel. Eso también es un punto a su favor.
Una pena que estos tiempos nos impidan adentrarnos en profundidad en las complejidades de la individualidad humana; que prevalezca lo fácil a lo adecuado; el miedo a no vender sobre la obra maestra que creadores tan estupendos podrían hacer. Pero eso no quita la belleza de lo publicado, ni la intención de lo narrado, ni el retrato actual de la sociedad que nos lee. Creo que Jen Wang nos sorprenderá con obras más maduras sobre la psique humana, porque El príncipe y la modista promete mucho, da mucho, pese a su aparente sencillez y su hueca simplicidad.
