Soy médico/ I’m a Doctor.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Un día como hoy, hace diez años, comencé mi carrera profesional como médico. Hace diez años entré por primera vez en el Hospital para entregarme al período formativo de la especialidad que he elegido. Hace diez años me puse por primera vez una bata blanca sobre los hombros, un estetoscopio sobre el cuello (y noté por primera vez su peso real), firmé mi primer contrato laboral, interactué con personas similares a mí (con todo lo que eso conlleva) y, por primera vez, con el objeto y razón de haber llegado hasta allí: la Enfermedad.

Nunca me he visto a mí mismo como médico. Por eso mi sorpresa la primera vez que un paciente me detuvo en el pasillo llamándome Doctor. Ni me detuve. Y no por mala educación o por prisas: jamás imaginé que se refería a mí. El pobre tuvo que apretar el paso para poder darme alcance por el pasillo de Medicina Interna (los médicos no corremos por los pasillos, o eso es lo que queremos creer), y una vez que lo consiguió, tironeó de mi bata y me hizo una pregunta. A mí. Y se la contesté, claro. De la mejor forma posible para no darle a entender que era nuevo en el hospital y que aún no tenía idea de lo que necesitaba.

He aprendido mucho en este tiempo. A trabajar, obviamente, alguien afortunado que hasta ese momento sólo había estudiado; a tener responsabilidad y crecer con ella; a adquirir compromisos, centrados en las guardias (y todo lo que estar de guardia conlleva, que es mucho); a lidiar con compañeros más o menos simpáticos, rencorosos o manipuladores, pero también amorosos, dulces y responsables; a convivir con los verdaderos trabajadores de la Salud: la Enfermería, con su entrega y su problemática; el personal Auxiliar, sin cuya ayuda ambos nuestros mundos no funcionarían; los Celadores, tan dispuestos a veces y a veces tan dueños del mundo, y el amplio abanico de los auxiliares administrativos. Y, finalmente, aprender a ser realmente un médico.

Diez años he necesitado para ser capaz de ponerme en pie y decir que soy médico sin reticiencias, sin ambigüedades. Lo soy y lo seré a partir de ahora, no importa lo que haga, dónde me encuentre o lo que deje atrás. Diez años he necesitado para darme cuenta que ser médico es lo único que sé hacer, y aunque no soy perfecto (y, desgraciadamente, nunca lo seré), cuando me enfundo en mi uniforme, cuando en una reunión alguien pregunta y me somete a un interrogatorio entre curioso y necesitado; cuando salgo cansado o somnoliento o eufórico, es porque lo soy, y no hay mucho de malo en serlo. O no siempre, claro.

Soy médico. Podría haber sido actor, si tuviese talento; o modelo, si fuera guapo; relaciones públicas, si fuera simpático; o político, si no tuviese remordimientos. Podría haber sido bailarín, si no fuese tan alto; o pintor, si me hubiese esforzado algo más; o periodista, si el destino no me hubiese mecido en otras aguas; o rico heredero, si se me hubiese dado por nacer en cuna de oro. Pero soy médico y hasta aquí he llegado. He caminado un largo sendero (y, créanme, es muy largo), he lidiado con egos inmensos y con mentes obtusas y cerradas; he dormido con mi miedo y el de los demás, y me enfrento a él cada día que pasa; he conocido el Dolor, la Enfermedad, el Desprecio, el Aprecio, la Esperanza y la Muerte, y el Compañerismo y la Amistad. Y estoy aquí.

Miro hacia atrás y veo un hombre que ya no es un chaval, con la ansiedad, el miedo y la ilusión en la mirada. En el punto en el que hoy me encuentro, diez años después, ese hombre que ya dejó de ser un chaval y que empieza a peinar algunas canas, canaliza como puede la ansiedad y el miedo (porque a veces siente miedo), intenta seguir sintiendo pasión por lo que hace, sigue respetando a sus compañeros y, por sobre todo, a sus pacientes; y tiene, quizá, la mirada un tanto apagada, un poco cansada y triste. Pero está ahí.

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