La Música de la Belleza/The Music of Beauty.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Joshua Bell (1967) es un violinista prodigioso. Y no porque lo haya sido desde niño, sino porque su pureza, su delicadeza, la forma mediúmnica de transmitir la Belleza a través de la Música hacen de él un artista completo, único e impactante.

Más allá de la magnificencia de su instrumento (un maravilloso Stradivarius cuya historia debe estar harto de contar), más allá de sus comienzos, Joshua Bell es un hombre que entiende que el Arte, como la Vida, es algo que se adhiere, que se interioriza, se transforma y se transmite sin verbalizar, sin racionalizar, sólo dejando libre al sentimiento, a la magia y a la voluntad divina, que rige los dedos, que templa los acordes y libera la Belleza de los sonidos como rayos de luz, como ondas luminosas que, iridiscentes, se entrometen en el alma del oyente con la misma delicadeza y el mismo compás que emergen de su cuerpo único, acoplado a un instrumento y a una intención, que es la de Dios.

 Ladies in Lavander.

No hay razas en la Música, no hay géneros en la Música, no hay ideologías en la Música. La Música es Arte y, por encima de todo, es Belleza: la música de Joshua Bell es tan diáfana como el cristal, es tan etérea como el alma que la crea y tan universal como el sentido mismo de la existencia.

Ha sido protagonista de un curioso fenómeno. Con su instrumento y su talento, estuvo tocando en la entrada de una estación del Metro de Washington en hora punta, y nadie se detuvo lo bastante para apreciar la delicadeza, la aparente simpleza y la serenidad de su música. Él mismo ha confesado que llegó a sentirse ignorado. Cientos de hipótesis emergieron de este episodio, como ocurre con muchos otros; todas vacías. Preconizaban que la Belleza se aprende, no se aprecia; que la Música se educa, no se aprehende; que la vida humana, tan ocupada en banalidades, pasa de largo sin percibir el olor de las rosas, la belleza de la vida. Puede ser… Pero la Belleza vive por sí misma, como la Bondad, como la Serenidad, como la Paz. El hombre sólo es conductor, puente, vía de paso, nunca fuente ni transformador, nunca creador ni creado… Yo creo que todo es cuestión de actitud ante nuestro día a día: el lento amanecer con sus colores de rosa y oro, la bella luminescencia del sol al mediodía, que transforma en verdes reflejos el brillo de las hojas; la serena tranquilidad de un atardecer ambarino y magenta; la noche bordada de zafiros y de estrellas; la luna de plata reflejada en el sereno fluir de un riachuelo a medianoche… O mio babbino caro.

El viento entre las ramas de los árboles; la fragancia de las flores silvestres al reventar la primavera; el suave planeo de las hojas ocres al llegar a la tierra; el lento lamento del río sobre los pedernales y la llegada del mar manso a la orilla de la playa… La Belleza no se enseña, como no se enseña la Dulzura ni la Paz. Forman parte de nosotros, de nuestro exterior, de nuestro interior, y de lo que nos rodea, por más cotidiano que nos parezca, por más insignificante que nos resulte. El mundo habita en un grano de arena y cabe en la palma de una mano abierta a la noche. Una furtiva lagrima.

Joshua Bell, con su violín, da a luz la Música de la Belleza, porque sólo con oírlo, y sin necesidad de ser un entendido, toca las fibras más escondidas de nuestra alma y despierta sentimientos, derrumba diques impuestos y diluye sombras, regalando la entera libertad, la verdadera libertad que necesita el ser humano; dándole alas, alzándolo en fluido vuelo, velando sus ojos de lágrimas transparentes, para llevarlo lejos, muy lejos, al espacio de sonoro cristal en donde habita la Serenidad, la Pasión, la Dulzura y, sobre todo, la Belleza, la eterna y única Belleza. The Swan.

Su mundo se despliega desde la música de cámara propiamente dicha hasta las grandes piezas clásicas, desde el cine hasta el teatro… Su talento se eleva, una y otra vez, junto con el lamento maravilloso de un instrumento único, que me hace recordar, cada vez que lo escucho, mi dulzura dormida, mi debilidad escondida, y que logra arrancar, desde mis ojos cansados, un mar de lágrimas. Lágrimas de plenitud ante la maravilla de oír, por una vez, la Música de la Belleza.

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Noche Mágica/ Magic Night.

El día a día/ The days we're living

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Memoria/ Memory.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside


Hace un par de horas un señor muy mayor, un abuelo de 92 años, tropezó con nosotros en la puerta de casa. Es uno de los habitantes más antiguos de la aldea en la que vivo, en medio de la nada del Tiempo detenido. Con mirada consternada y voz entrecortada y con pizca de miedo nos dijo su nombre y preguntó inmediatamente si sabíamos dónde vivía, porque no se acordaba.

Su aspecto demacrado, delgado pajarillo perdido, sin luz en las pupilas y la voz caída que dan los años. Mi padre, veinte años menor que él, le cogió del brazo e intentó calmarlo, le recordó quién era y le dijo que gratamente lo llevaría hasta su casa… Nos miró con recelo antes de volver a repetir su nombre y su súplica. Mi padre, con la paciencia eterna de quién ha tenido hijos, le dejó hablar una y otra vez mientras lo acompañaba hasta la puerta de su casa, una veintena de pasos más allá.

Esa imagen ha quedado grabada en mi mente y en mi corazón. No es la primera vez que veo, escucho o ayudo a una persona con demencia (mi propia abuela la tuvo), pero hoy, precisamente hoy, cuando los espíritus se hallaban (se hallan) revueltos en mi interior y me impiden mirar hacia adelante, este episodio ha sido como una llamada de atención, un grito de sorpresa.

Primero, como siempre, la Enfermedad. Damos por garantizado la Salud como la Belleza o la Bondad, y sin embargo no lo es. Sometemos a nuestro cuerpo a un sinnúmero de dificultades que pacientemente supera sin rechistar, hasta que se cansa. Y cuando lo hace, cae en un abismo que parece no tener fin. La falta de Salud (y éste es el verdadero concepto de Enfermedad) nos transforma en pacientes, es decir, en seres que deben esperar, suspendidos en el dolor, la incomodidad o la duda durante un tiempo indefinido que puede durar un mundo. Mi padre es un paciente, pues lleva cuarenta años enfermo. Sufre un proceso autoinmune llamado Lupus Eritematoso Sistémico (LES), que limita su existencia sin dejar de ahogarlo, pero que le ha hecho infinitamente más sabio, razonablemente más sereno y, sobre todo o más que todo, paciente.

Él tuvo paciencia con ese pobre abuelo perdido en la inconstancia de su memoria. Le dejó repetir su letanía cien veces en esos pocos metros sin inmutarse y, las mismas veces, le respondó sereno, como si fuese la primera. Lo cogió por los hombros, a ese pobre pajarillo delgado, y lo condujo hasta su hogar sólo perdido en la laguna sin nombre de su inclemente demencia.

Puede que yo no hubiese tenido tanta comprensión; puede que hubiese respondido a esa pregunta plañidera con una chirimía continua sin poso ni peso específico. Lo hubiese ayudado, sí, pero desde la perspectiva de mi propia vida, rebosante de Salud, aún activa, que ayuda porque puede y porque está acostumbrada a ello, y quizá con una discreta empatía que no se parecería en nada (ni por asomo) al profundo sentimiento que desplegó mi padre, siempre padre por encima de todas las cosas. Aún oigo por detrás la llamada de mi madre, que corrió hasta la casa para acomodar al abuelo si sus familiares aún no estuviesen en la suya. Eso fue la empatía del corazón, la sabiduría de la paternidad, el ansia de ser útil y la generosidad de quien sabe por lo que se ha pasado y lo que vendrá.

Uno de los temores más profundos de mi vida es perder mi memoria. Ser una carga para aquellos que me rodean; perder la capacidad de comunicarme, de ser productivo; de apreciar conscientemente la belleza de la noche y el despertar del nuevo día. Una de mis luchas más poderosas es aprender a liberarme, a darme el permiso que necesito para desplegar mis alas de una vez y emprender un vuelo raso y continuo, al amanecer…

Quizá no merezca sentirme apagado y sin vida cuando la realidad que me rodea es tan gráfica, está tan presente y es tan real. No lo sé. Sólo sé que, al caer la tarde, mis padres siguieron siendo lo que han sido toda la vida: padres, y sin esperar nada a cambio, ayudaron a un desvalido perdido de sí mismo y lo guiaron a casa con el brillo de las estrellas. Esa generosidad y ese ser ellos mismos…

No lo sé, la verdad. Quizá cuando el alba llegue, un nuevo día empezará, y aquello que he presenciado hoy, consiga despertar partes de mi alma aún dormidas que me impiden llegar, todavía, a la eternidad. Eternidad de las que ese abuelo perdido, y mis padres, ya están de vuelta.

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Callejeando ente piedras/ Walking on Stones.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

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Fuegos de Artificio/ Fireworks.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

La noche del 24 de julio, víspera del día de Santiago, la noche de Compostela se llena de luz, música y magia para dar la bienvenida al día más importante del año. Y pasado mañana, por última vez en veinte años, será en Año Jubilar. No importa qué raza, género, fe o razón se siga, los Fuegos de Artificio, los Fuegos del Apóstol, celebran la belleza, la unión, el espíritu, el arte y la paz de todos los seres humanos.

24th July night is the fiesta of light, music and wonder, the night of Saint James’ Day. Here, in this little town in the middle of nowhere in Spain, night welcome morning with this baptism of amazed faces and holy sprits. This year, the last Holy Year in 20 years to come, even more so. No matter gender, race, religion or mentality, this night, the Fireworks, the Apostle’s Fireworks, celebrates beauty, peace and freedom from Santiago de Compostela to the world. So welcome and enjoy!

Prelude C Minor, Johann Sebastian Bach.

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Una vuelta por el Camino/ A Glance of The Camino.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

ArteHistoria.com

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Soy médico/ I’m a Doctor.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Un día como hoy, hace diez años, comencé mi carrera profesional como médico. Hace diez años entré por primera vez en el Hospital para entregarme al período formativo de la especialidad que he elegido. Hace diez años me puse por primera vez una bata blanca sobre los hombros, un estetoscopio sobre el cuello (y noté por primera vez su peso real), firmé mi primer contrato laboral, interactué con personas similares a mí (con todo lo que eso conlleva) y, por primera vez, con el objeto y razón de haber llegado hasta allí: la Enfermedad.

Nunca me he visto a mí mismo como médico. Por eso mi sorpresa la primera vez que un paciente me detuvo en el pasillo llamándome Doctor. Ni me detuve. Y no por mala educación o por prisas: jamás imaginé que se refería a mí. El pobre tuvo que apretar el paso para poder darme alcance por el pasillo de Medicina Interna (los médicos no corremos por los pasillos, o eso es lo que queremos creer), y una vez que lo consiguió, tironeó de mi bata y me hizo una pregunta. A mí. Y se la contesté, claro. De la mejor forma posible para no darle a entender que era nuevo en el hospital y que aún no tenía idea de lo que necesitaba.

He aprendido mucho en este tiempo. A trabajar, obviamente, alguien afortunado que hasta ese momento sólo había estudiado; a tener responsabilidad y crecer con ella; a adquirir compromisos, centrados en las guardias (y todo lo que estar de guardia conlleva, que es mucho); a lidiar con compañeros más o menos simpáticos, rencorosos o manipuladores, pero también amorosos, dulces y responsables; a convivir con los verdaderos trabajadores de la Salud: la Enfermería, con su entrega y su problemática; el personal Auxiliar, sin cuya ayuda ambos nuestros mundos no funcionarían; los Celadores, tan dispuestos a veces y a veces tan dueños del mundo, y el amplio abanico de los auxiliares administrativos. Y, finalmente, aprender a ser realmente un médico.

Diez años he necesitado para ser capaz de ponerme en pie y decir que soy médico sin reticiencias, sin ambigüedades. Lo soy y lo seré a partir de ahora, no importa lo que haga, dónde me encuentre o lo que deje atrás. Diez años he necesitado para darme cuenta que ser médico es lo único que sé hacer, y aunque no soy perfecto (y, desgraciadamente, nunca lo seré), cuando me enfundo en mi uniforme, cuando en una reunión alguien pregunta y me somete a un interrogatorio entre curioso y necesitado; cuando salgo cansado o somnoliento o eufórico, es porque lo soy, y no hay mucho de malo en serlo. O no siempre, claro.

Soy médico. Podría haber sido actor, si tuviese talento; o modelo, si fuera guapo; relaciones públicas, si fuera simpático; o político, si no tuviese remordimientos. Podría haber sido bailarín, si no fuese tan alto; o pintor, si me hubiese esforzado algo más; o periodista, si el destino no me hubiese mecido en otras aguas; o rico heredero, si se me hubiese dado por nacer en cuna de oro. Pero soy médico y hasta aquí he llegado. He caminado un largo sendero (y, créanme, es muy largo), he lidiado con egos inmensos y con mentes obtusas y cerradas; he dormido con mi miedo y el de los demás, y me enfrento a él cada día que pasa; he conocido el Dolor, la Enfermedad, el Desprecio, el Aprecio, la Esperanza y la Muerte, y el Compañerismo y la Amistad. Y estoy aquí.

Miro hacia atrás y veo un hombre que ya no es un chaval, con la ansiedad, el miedo y la ilusión en la mirada. En el punto en el que hoy me encuentro, diez años después, ese hombre que ya dejó de ser un chaval y que empieza a peinar algunas canas, canaliza como puede la ansiedad y el miedo (porque a veces siente miedo), intenta seguir sintiendo pasión por lo que hace, sigue respetando a sus compañeros y, por sobre todo, a sus pacientes; y tiene, quizá, la mirada un tanto apagada, un poco cansada y triste. Pero está ahí.