4f0f3a96b24411e2b2f422000a9f1255_7

tony_bennett_elvis_05

   Ya no sé lo que hacer para que te des cuenta de lo que te quiero.

   Te sientas ahí y haces que no me ves. Y me hablas y me dices cosas odiosas: que amas, que te aman; que te desean, que deseas. Y no te preocupas de mí, de lo que pueda sentir o hacer.

   Y yo me quedo en silencio oyéndote y sabiendo que la mitad de lo que dices es cierto y la otra mitad es un empeño en que me olvide de ti.

   Pero, ¿cómo podría? Si a nadie amo como te amo a ti. Si a nadie deseo tan bien como a ti. Si de tanto que suspiro el viento sale de mi boca buscando tus labios.

   Y tu corazón helado se hace el ciego y no siente las caricias con que intento derretirlo y los mimos que le harían feliz.

   Nadie te quiere como yo; nadie aceptaría cada una de las palabras de tu boca ni el latido de tu corazón helado como yo. Pero pasas de mí buscando sueños imposibles, tras mariposas que brillan como tú, fugaces, en medio de la noche.

   Pero cuando te despiertas a media mañana, con sabor a alcohol pasado y a deseos apagados, ¿por quién preguntas? Cuando el silencio puede más que todo el ruido que te rodea, ¿a quién buscas?

   Y sin embargo tu corazón helado juega conmigo como un juguete roto. Me enseñas tus labios, la morbidez de tus hombros y un mohín que deshace mi propio corazón, hecho de agua líquida que se evapora fácilmente.

   Corazón helado, he intentado todo lo que se me ha ocurrido. Te he socorrido todo lo que he podido. Y no me entiendes o no me quieres entender. Ni el arrullo de la siesta, ni el calor que sale de mí por ti consigue derretir tu corazón helado.

   ¿Y qué más puedo hacer? Lágrimas resbalan por mis mejillas. Los latidos de mi corazón apenas arañan mi pecho. Y tú sigues sin mirarme, sin darte cuenta, sin quererme.

   ¡Oh, corazón helado, eres cruel! Y te gusta serlo. Y yo ya no quiero ser más tu marioneta.

   Pero te quiero, te quiero hasta la enfermedad. Y ni aún así he conseguido derretir ni un poco el frío de tu corazón helado.

   Y aunque mi corazón me diga lo contrario, sé que debo irme. Por mí. Y por ti.

   No sé qué será de ti, y no quiero pensarlo. Porque amarte me detendría y por amarte me haría aún más daño.

   Adiós, corazón helado. Me muero por tenerte, pero más muero a tu lado.

Lady is a tramp/ Bennet & Gaga, posted with vodpod

more about “Tony Bennet and Michael Buble“, posted with vodpod

Para AA.

Estaba cansado, deprimido. Luchaba contra mi destino con una fuerza ciega. Y todo lo tenía en contra. La vida desesperaba en mi interior para salir al encuentro de la luz del día, pero yo me debatía en un mundo de tinieblas oscuras, noche perpetua que nada lograba deshacer. Cuando vivimos acostumbrados a la penumbra, la brillantez de la luz nos alborota los sentidos y nos ciega por un momento, dejándonos a merced del destino.

Aunque estaba deprimido y cansado de estar cansado, decidí aceptar esa invitación tardía que a veces un amigo nos arroja como haciéndonos un favor. Y la verdad es que lo era. Me había convertido en una carga pesada incluso para mí mismo; ya no me miraba al espejo tanto como solía, y la imagen que me regalaba no era para observarla por mucho tiempo. Me esmeré pese al fastidio que nos da vestirnos para una ocasión a la que no queremos dejar de ir sin ir, claro. Pero hice mis esfuerzos. Me costaron mucho; la pesadez de los brazos, ya algo caídos por falta de tactos; el pelo un tanto desaliñado que me daba un aire de niño pícaro que quedó hace mucho tiempo atrás; la chaqueta negra como mis pensamientos; una corbata sin atar, como queriendo liberar mi voz de una ronquera invisible. Pero estuve listo a la hora acordada y casi ni me acordaba de quien yo era cuando me remiré en el ascensor.

Me gustó. Quiero decir, que me gusté. Por una vez. Y eso de por sí ya era sorprendente. Desde que me quedé solo, por muchas razones todas perfectas, mi presente pretérito se abrió ante mí como un paréntesis sordo, y me arrojé a él porque no tenía más salida. La soledad no es un estado que se escoja; nadie desea comer solo, ver la tele solo o dormir solo. Nadie que yo conozca, claro. Y yo me quedé solo porque así es la historia de la vida, que va y viene, que desdibuja las fronteras de los seres hasta hacerlas barro blando sin principio ni fin. Aquella compañía deseada durante tanto tiempo sólo me había traído decepciones, dolores sordos y sólida soledad. Soledad inacabada, porque aquel ser que ya no era el que había conocido en una playa remota, tan remota como nuestros sentimientos, ocupaba un espacio vital en mi cuarto, en mi cocina y en mi vida; soledad inacabada porque su mera presencia me recordaba lo lejos que estábamos uno del otro y las pocas ganas que ya teníamos de acercarnos un poco, ni un poquito…¿Para qué? Cuando la indiferencia se instala en la frontera del Otro, cuando lo único evocable es una interrogante profunda como una garganta, brava como una tormenta sin fin, la vida se transforma en un hiato indefinible, que se estira con tiempo de goma hasta que se rompe por un lado, por el centro, o por el otro. No fuimos ninguno de los dos; quizá nos fallamos mutuamente. No lo dudo. Ahora. Pero no importa. Porque en ese paréntesis de eternidad incalculada me debatía desde antes de su marcha, y su marcha sólo acentuó ese estado de inconstancia, de rebote de la nada, en la que navegaba desde hacía mucho tiempo.

El amor en un mal chiste a veces. A veces. Y mata al orgullo. Al mío al menos. Cuando se fue se llevó todo el amor que le tenía e hirió todo el orgullo que me quedaba. Que no era poco. Y eso me destrozó la vida como quien daña una escultura querida, y la resonancia de esa herida permanece mucho tiempo en el cuerpo antes de que nos acostumbremos a aceptar esa mutilación sin sentido.

Así estaba yo. Tiempo, mucho tiempo había pasado desde nuestro último adiós, si es que alguna vez lo fue, y habitaba sin vivir en mí. Era un autómata que se alimentaba porque le rugían las tripas, que no saben de asuntos del alma y mucho menos de melancolías; me levantaba a las tantas porque a las tantas me acostaba, y no dormía, porque los ojos sólo saben de tristezas e ignoran las necesidades del cuerpo que iluminan; me duchaba para sentir en mi piel la calidez del agua, porque frialdad ya me llegaba con el día a día; sacaba al perro, porque a la postre el pobre culpa no tenía de mi estado de medio muerto. Y sonreía a la gente al pasar como foto congelada; los dientes hacia afuera en una mueca graciosa que a mí me parecía en realidad grotesca como una gárgola mal hecha. Empecé a llevar un sombrero ridículo porque no me cortaba el pelo y parecía una pelea de gallos descontrolados; el teléfono dejó de sonar porque olvidé borrar aquel número de su memoria de titanio eterno, y cada vez que me entretenía ruleteando los nombres, tropezaba con el suyo, que se repetía hasta el infinito sin cansarse. Y el mismo abrigo oscuro, oscuro como el reflejo de mi mirada, que me asombra aún ahora a mí mismo, con lo negro que se ponían los días en los que llovía hasta reventar los desagües llenos de hierbajos del verano pasado… Negro sobre negro; melancolía sobre apatía; cansancio sobre cansancio, lloviendo sobre mojado.

Y así estaba yo, medio congelado, con los ojos llenos de miedo como llorando melancolía, y la boca llena de regaliz y el pecho cansado repleto de pelo de perro y de hojas muertas ya, cuando recibí esa invitación tardía en la noche que llegaba y que tironeaba de mí. Algo, no sé qué, hizo que reaccionara a esa advertencia de la vida; sentí un aguijón que me pinchaba o un garfio que tiraba de mí con una fuerza a medias estúpida y a medias pálida; pero con la energía suficiente para mover la espesa mole en la que la soledad, la decepción y mis constantes frustraciones habían convertido a mi cuerpo. Reaccioné tras un espasmo que duró una duda instantánea; súbitamente me dije que no tenía qué ponerme. Vaya tontería. Porque primero tenía que arreglar aquella cara, cuya expresión adusta parecía una Medusa recién guillotinada; y aquel cabello, cuya revolución haría palidecer el parto de un planeta. Casi me di por vencido al reflejarme en el baño. Pero no lo hice. No sé por qué.

Aquella noche no era más especial que ninguna otra; el cielo se cargaba de nubes grisáceas, apenas visibles en el escaso intervalo del atardecer fugitivo. Si había estrellas, estaban escondidas como mi espíritu. Si brillaba la luna, iluminaba sin duda corazones más desnudos que el mío. Sin embargo me aferré a mi instinto, a un ánimo fugaz que hizo que dijera que sí; que me aseara hasta quedar pulido como la calva de mi abuelo, que reflejaba el sol del medidodía cuando escarbaba los surcos de su finca perdida; y que bajase al perro, le diese la cena, y lo acostase viendo al tele para que no me extrañara. En media hora. Un récord, creo. Porque hasta ladró desde su cómoda estancia mi pequeño peludo, tan lleno de razón como yo de dudas. Creo que le sonreí al perro, al perro, y él volvió a ladrarme, queriendo de seguro que lo dejara en paz con su programa favorito. Y así salí corriendo casi sin darme cuenta sobre mis zapatos lustrosos, que se llenaron de lluvia nada más pisar la acera de enfrente, en la que la fiesta parecía estallar en pleno apogeo.

Fiesta. Una más. Reunión. Una más. ¿No son todas iguales? ¿Acaso en todas no se sonríe con risa de revista y se añade sal a los mismos comentarios para que no parezcan tan sosos como ya lo son en realidad? ¿Y no se saluda hasta al que no queremos ver, porque nos evoca otras épocas, otras vidas tan aniquiladas como todos aquellos fantasmas que surgían por doquier de los cuartos abiertos al barullo? Eso es una fiesta. Ronroneaba de aquí para allá, sosteniendo una copa caliente ya que no tocaban mis labios sedientos. Un chiste aquí, un comentario subido de tono allá. Una crítica; una pregunta; un asombro. Todo. Todo lo que los hombres llenamos de miseria y de maquillaje; todo lo que sujetamos con retoques, rellenos y sudor de gimnasio navegaba delante de mis ojos. Expresiones absurdas; felicitaciones por un trabajo que no era mío; condolencias por un pasado que deseaba dejar atrás; cuchicheos vacuos y risas vacías y sentimientos ajenos perdidos en alcohol, vanidad y tontería… Yo era como ellos, o podía haberlo sido, y me asombraba y me agobiaba. Y sudé rumores de mar, porque cuando me agobio se me da por transpirar charcos de agua salada. Dejé la copa caliente de no sé qué en algún rincón entre otras tantas vacías y me dirigí con paso vacilante a uno de los balcones abiertos a la noche herrumbrosa.

Una vez allí, pude descansar un rato. El frío del invierno apenas se notaba allí arriba de tanto calor de cuerpos que había. Mi mente evocó entonces el recuerdo de un roce. Y sonreí. Y sonreí a la noche abierta y a mí mismo, dejando que la melancolía saliese de mis poros con el sudor y de mis ojos con el rocío que caía. Y fue entonces cuando nuestros ojos tropezaron, cuando nos vimos. Y todo cambió.

Sonrió desde la cercanía de dos cuerpos, haciendo caso omiso de aquella voz que parecía no darse cuenta de su falta de atención. Cabeceó y brindó con su copa de champán. Y guiñó un ojo y volvió  a sonreír, dejando a la vista una maravillosa hilera de dientes blancos y brillantes, salidos seguramente del mejor dentista del barrio. A mí. Que le reía como un tonto parejo; que sabía de su fastidio, de su aburrimiento. Que entendía.

Con paso ágil, se separó de aquella compañía pegajosa; con un giro gracioso, se presentó ante mí con dos copas de champán recién servido y me guiñó el ojo de nuevo. Y aquella sonrisa blanqueada. Y aquellos ojos abiertos a la noche. Y aquella voz. Y aquel brindis. Y todo cambió para mí.

Por una vez, por una vez en la vida, he conseguido mi corazón sin proponérmelo; he conseguido una cura lenta, pero preciosa, a la muerte de mi espíritu, a la avidez de mi cuerpo, cuyas protestas dejaron de atacarme nada más sentir su cercanía. Y el cielo se desvistió de nubes y las estrellas se asomaron al balcón de mis ojos, y la luna graciosa se desnudaba al arrullo de nuestras risas. Porque me hizo reír, y reímos juntos, en medio de aquella fiesta insalubre, llenándonos de recuerdos nuevos porque nunca antes nos habíamos visto. Por una vez en mucho tiempo, su calor hizo que mi corazón latiera lleno de vida, de una vida insuflada de nueva energía.

Y bailamos cien canciones que en nuestro mundo eran preciosas. El arrullo de las ramas traviesas; el cálido llamear de las velas; la suavidad de dos pieles que se asombran de su tacto y su coincidencia. Y el tiempo que pasaba ingrávido por sobre nuestras cabezas; lamiendo nuestras mejillas, alborotando nuestros sueños. Por una vez no hubo nerviosidad, ni apuros, ni conjeturas. Ni expectativas, ni deseos súbitos, ni pulsiones avasalladoras. Por una vez, sólo dos cuerpos ajenos que se reconocen en la penumbra, dos experiencias que se asemejan, dos bocas que se acercan, lentas, hasta acariciarse y saciarse y separarse y juntarse y buscarse y saberse y reírse y llenarse y…

La ternura de sus ojos, la suavidad de su voz. El terciopelo de su chaqueta azul, la sapiencia de su presencia. El constante tintinear de su risa de blanco nuclear… Por una vez en mucho tiempo me sentí pleno junto a alguien que me entendía sin palabras, que me aceptaba sin condiciones. Por una vez me hallaba ante un cuerpo que no pedía nada, que era dueño de todo, y que sólo anhelaba luchar, compartir y vivir. Por una vez encontré a alguien que me necesitaba sin desearlo, que me anhelaba sin buscarme, que me quería sólo por conocerme.

Y bailamos hasta la caída de la noche en el parquet recién pulido, en la acera recién lavada, en el rellano de las escaleras. Y nos abrazamos caminando por el parque como quien no quiere la cosa; de la mano como niños que se descubren por primera vez. Y estuvimos juntos, hablando y besándonos, conociéndonos y reconociéndonos; las estrellas en sus ojos y en el calor de sus manos, suaves y firmes al mismo tiempo.

Y estuvimos juntos hasta la llegada del día. Y más allá. Por una vez, por una sola vez, el mundo se detuvo sin dejar de girar. Por una vez los lamentos, la añoranza, la melancolía se deshicieron con una mirada, con una palabra, con un beso, y me sentí cómodo de nuevo en mi piel. Y el pelo ideal, y la mirada de ángel diluido, y el calor adecuado y las formas perfectas y el cielo en el cielo y la tierra firme navegando bajo mis pies…

Y pudo con mi cansancio y con mi tristeza. Y liberó la vida que alteraba las fronteras de mi vida. E hizo que tejiera sueños oxidados mucho tiempo atrás.

Por una vez hallé la calma, hallé el ánimo presto, una guía, una razón para seguir. Y, por una vez, no me pedía nada. Salvo estar a su lado. Y aquí estoy, sin moverme hecho una revolución. Sin pensarme, florecido otra vez, lleno de savia. La savia que emana de su presencia, de su falta de exigencias, de su amor.

Por una vez, en mucho, mucho tiempo, vuelvo a ser feliz.

more about “Por una vez/ For Once.“, posted with vodpod
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 41 seguidores