Maquetaci—n 1El invitado amargo es un relato escrito a cuatro manos entre Vicente Molina Foix y Luis Cremades. Ni juntos ni separados, ambos autores lían y deslían sus encuentros a lo largo de ese camino llamado vida vivida en un libro luminoso, lleno de un lenguaje como el de antes (el de ayer, no el de antes de ayer, aunque a veces nos llegan ecos que bien pudieran parecerlo), ya en desuso y por tanto ignorado, cuajado de inflexiones que son reflexiones y de evocaciones que son puñaladas y puñaladas que son recuerdos cuyo peso ha sido aligerado por el paso del tiempo.

   Es un libro que comienza a trompicones, como casi toda obra literaria. Pocas veces, incluso en las consideradas joyas maestras, un autor escribe con fluidez desde el inicio: toda obra nace entre balbuceos y crece y tropieza hasta que consigue alcanzar un ritmo, una fluidez casi perfecta. En El invitado amargo, hasta a Vicente Molina Foix parece atragantársele el recuerdo, porque no es nada fácil dibujarse, ni retratar al Otro, con trazos reales. Pero poco a poco ambos autores se acomodan, se dejan llevar por ese río que les ha unido y separado, y comienzan las imágenes, las memorias, las razones razonadas y las incomprendidas también, y el relato crece hasta alcanzar lo inconmensurable.

   En un libro sobre el amor. Y sobre el desamor. Y la amargura, el encuentro y la pérdida. Y quizá por encima de todo, sobre la decepción, el orgullo y el individualismo, y de resultas, sobre la falta de caridad ya no sólo con el amado, si no con nosotros mismos. Es un libro lleno de corazón.

   Oímos claramente las dos voces del relato: Luis Cremades y Vicente Molina Foix se entremezclan, se aclaran uno al otro y también se justifican con un lenguaje riquísimo que casi raya en la pedantería, lleno de referencias culturales que no sólo retratan la España de estos últimos cuarenta años, si no la Francia, la Inglaterra, los Estados Unidos, la Cuba, la Italia: paisajes arrebatados en constante ebullición que los empapan, entre celuloide, vinilos y literatura, y los inflaman de sueños y veleidades. Estamos, pues, ante dos hombres vividos, que se sopesan, se saborean y se conocen muy bien, y que plantean un ejercicio de individualismo y de maridaje asombroso por infrecuente y arrebatador por su resultado.53_fichero_1

   El invitado amargo es el autorretrato de cada autor, es la fotografía de una época de la que sólo quedan rescoldos, por no decir cenizas: la España posfranquista y recién democrática; la España pre-Movida y posmoderna; el Madrid subterráneo donde el deseo pierde a veces el buen gusto; el encuentro de un hombre ya formado pero apenas enamorado y un jovenzuelo aturdido pero valiente que todo lo quiere probar. Es la fotografía de vidas demasiado teñidas de literatura, de preocupaciones profundas y reflexiones reverberantes, cosmopolitas, un tanto rurales, un tanto salvajes, hedonistas, casi perfectas y llenas de claroscuros. Y sedientas de amor.

   El enamorado no sabe qué es el Amor, sólo puede sentirlo. En la vida, apenas un encuentro vale para definir el trazado de una existencia. No importan la edad o la experiencia, la aptitud o la ignorancia: cuando el Amor llega todo se ilumina y todo se apaga, y el mundo es una revolución además de un revolcón y se magnifica, erupciona, enloquece y hiere. Entre Molina Foix y Cremades ese encuentro es un maridaje y una lucha, una laceración profunda, una amarga desdicha, una interrupción constante, un descubrimiento y una pérdida: el amor que brota en ellos, más que la pasión también y más que el acíbar de lo que no acaba nunca, los transforma para siempre y les deja una huella indeleble que sólo ahora, en la distancia, pueden no ya apreciar, si no aceptar.

   El invitado amargo está escrito en papel cebolla. Es una historia transparente, que no clara, sólo iluminada al contraluz y por tanto llena de descubrimientos, los que encontramos al leerlos y los que ellos mismos hallaron al escribirla. Hay mucha melancolía contenida en sus páginas, una tristeza sagazmente escondida y una sabiduría alejada de la culturalidad que ambos poseen: el mundo del Arte puede llegar a ser tan agobiante como el de la Ciencia o la Tecnología: todo ambiente cerrado acaba siendo un estorbo para la evolución; un lastre para remontar el vuelo de la libertad y a veces una angustia para el alma.

   foto_luis_cremades1_1_grandeYo era así con veinte años. O pude llegar a serlo. Como ellos, leía libros rimbombantes, poesías cargadas de simbolismo; adoraba a autores que me enamorasen con su prosa y me hiciesen pensar; asociaba al lenguaje un poder de seducción quizá más poderoso que el de una mirada o un roce. Asistir a la intoxicación de cultura y pasión, de amor mal entendido (ahora lo sabemos) y orgullo oculto; de individualismo acérrimo e inmovilismo personal que encierra El invitado amargo, hace que piense en cómo era yo a la edad de Luis Cremades y cómo hubiera reaccionado de haber tropezado con alguien como Vicente Molina Foix. Almas atormentadas que la literatura no hacía más que ahondar en su tortura; hombres cuyo sino se hallaba anclado en el día a día, en las pieles y los olores y la creación, perfumes que iban desde Aleixandre hasta Benet, de Warhol a Cabrera Infante; de la sensualidad insaciable al miedo a ser contagiable, de la facilidad del enamoramiento al infierno del abandono… Yo pude haber sido como ellos, reaccionado igual, equivocarme igual, sentirme igual de herido… Y aún añorarlo.

   Cuando pasa el tiempo y se posa el tiempo y la vida nos pone en muchos sitios y nos agita como en un acceso y nos premia o nos regaña, somos capaces de valorar y de encontrar el tesoro que se nos ha regalado: el valor de lo perdido recobrado es tan inmenso y nos da tanta paz… Y también nos llena de melancolía del deseo, de lo que pudo ser y nunca será… De todo esto hay en El invitado amargo. Notamos, sabemos, que ambos autores, pese a que quizá no cambiarían ni una coma de lo que ocurrió en los años transcurridos, fantasean con lo que pudo haber sido: si se hubiesen tenido más paciencia, o escuchado más, o hubieran sido más flexibles, o hubiesen destruido al orgullo insaciable y amado mejor… La vida soñada pasa sobre sus páginas como un espejismo y sin embargo está presente en cada línea, en cada inflexión del lenguaje, en cada justificación (oh sí, hay muchas) y en cada explicación negada. Es un libro cuya reflexión llega quizá algo tarde, pero llega, y puede que con ella, algo de la paz que los autores necesitan para volver a ser, entre ambos, ellos mismos.

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   50df83483e4b11e28f4222000a1fb75e_7Estaba como dormido. Mi corazón de piedra.

   Creo que hacía que vivía.

   Dormía (mal) sin sueños. Comía (mal) sin ganas. Lloraba a veces y a veces me quedaba callado. Y hablaba para llenar el espacio vacío con ruido.

   No tenía pulso. Y respiraba sin consciencia.

   Día a día. Semana a semana. Mes a mes. Corazón de piedra.

   Hasta que te encontré.

   Y empecé a estar vivo.

   Alguien que me despertó del sueño gris de sobrevivir. Alguien que me enseñó la luz de la mirada, la untuosidad de la caricia y ese sabor tranquilo del beso y del placer.

   Mi corazón despertó de su letargo de acero. El cincel de un cariño inmenso lo liberó de ese hielo que lo protegía y lo hizo latir pum, pum, pum, otra vez.

   Gracias a ti sé lo que es estar vivo. Reír, llorar, cantar, soñar, extrañar y besar.

   Alguien que me ha hecho correr por el parque en su busca; que hace que hiperventile por puro nervios al verle; que me despierta por la noche, que me abraza por el día, que me quiere una hora y otra, haciendo mis días un conjunto de sensaciones y de sabores vibrantes.

   Alguien que me agobia y me hace enojar. Alguien que me dice qué hacer y qué no ponerme. Y que discute conmigo y se deja querer y se deja abrazar y se deja acariciar y que me dice y me desdecir y sigue allí.

   Estoy vivo: siento el latido de mis arterias, siento el aire llegar a mi corazón. El futuro vive en mí, y el pasado se deshace en el olvido.

   Porque te encontré. Y el mundo es inmenso y gira, gira en derredor nuestro lleno de vida, ahíto de alegría.

   Poco y mucho: extremos de estar vivo.

   Estoy vivo.

   Desde que te encontré.

   Y esto es felicidad.

   Si hay algo que me deslumbra es la inteligencia sabia. Esa que logra sobrevolar al ego, al anisa de reconocimiento sin dejar de necesitarlo (algo, para mí, dificilísimo) y retratarse a sí misma con una intensidad única y un desapasionamiento feroz. Stephen Sondheim es un hombre que posee esa cualidad, y en sus dos libros de memorias artísticas (no, no es un libro de recuerdos, si no de análisis de su labor como letrista de teatro musical de Broadway) brilla sereno y, por lo mismo, atrapa.

   En Finishing the Hat y en Look, I Made a Hat, las letras de todas sus composiciones artísticas están presentes. Todas. En orden cronológico de estreno, dejando hacia el final aquellas que no han visto la luz por cualquier motivo, no siendo su propio criterio uno de los más débiles. Para alguien como yo, que desconozco profundamente el universo del teatro musical anglosajón (confieso que mis lagunas culturales son realmente sonrojantes), encontrarlo ha tenido ese efecto de descubrimiento de un mundo nuevo, o al menos de comprensión de un mundo ajeno del que apenas conocía aspectos superficiales. He oído muchas veces canciones que ha compuesto sin saberlo y, por supuesto, sin ser capaz de asociarlo a los musicales a los que pertenecen. De la película Dick Tracy, Madonna cantaba sus canciones, e incluso la hermosa y tenue canción de amor de Reds lleva su sello. ¿Cómo ignorarlo?

   Todo esto se encuentra en sus dos libros. Que no son de memorias. O al menos no memorias al uso. Es decir, son como sus musicales. Un compendio de inteligencia llevada al máximo, de brillantez interpretativa y lleno de secretos encantadores. A medida que leía, intentaba encontrar las canciones que los componían para apreciarlas mejor. En general, con los actores primigenios de los elencos originales. Simplemente para disfrutar de aquello que espectadores más afortunados pudieron gozar una vez en vivo…

   Saber que él fue el letrista de West Side Story o de Gipsy, y el compositor de  canciones maravillosas como I’m Still Here o Send in the Clowns, me ha dejado maravillado. Y el acercamiento hacia su propio trabajo, es decir hacia sí mismo en estos libros, no ha hecho si no afianzar mi admiración por su talento.

   Stephen Sondheim sabe que la edad nos hace venerables, para el público en general, para los premios y para los reconocimientos (don Camilo José Cela decía, por ejemplo, que el premio Nobel no es más que un reconocimiento a la supervivencia de un autor, y no le faltaba razón al cascarrabias de Iria Flavia). Revelándose más tímido de lo que se pudiese pensar a primera vista, conoce el relativo valor de ese aprecio (aunque lo agradece) puesto que ha vivido toda su vida navegando en aguas tempestuosas, entre acusaciones de frialdad cuando en realidad sólo es inteligencia aplicada a la música, observación detallada del ser humano y perfección obsesiva de música, letra, intención y, sobre todo, del retrato de unos personajes con los que intenta pintar  al ciudadano de a pie, lleno de matices, desnudo de juicios y cargado de ironía.

   Sondheim es irónico; juega con ese matiz tan apreciado por los ingleses (quizá por eso es idolatrado en el Reino Unido) y que es un arma de doble filo como todo lo que nos puede llevar a extremos (el humor muy irónico se hace cargante así como el humor muy absurdo, ridículo) de los cuales ha sabido salir, quizá por intuición o quizá por simple casualidad, bastante indemne en su largo periplo profesional. Esta cualidad hace que la revisión de su trabajo se parezca más a una disección minuciosa que a un conjunto de justificaciones (de hecho, no hay ninguna en los dos tomos que nos ocupan). Y su lenguaje, muy rico, nos permite sin embargo a los neófitos musicales entender el origen de una canción y de saborear su composición y sus retoques.

   Resulta curioso saber que, por ejemplo, su sinceridad es proverbial; no juega esa baza de la edad que muchos esgrimen. Si bien lo hace con un respeto que nos permite vislumbrar la persona que hay detrás del artista, o, mejor dicho, la persona de la que está hecha el artista. Es obsesivo, detallista, constante, cabezota, a veces ácido y a veces tierno y encantador: creo que hubiese sido un profesor maravilloso, de esos que de tan auténticos, los recordamos de por vida.

   Aunque su música, sus letras, lo hacen ya por él.

   Finishing the Hat y Look, I made a Hat están llenos de maravillas, pero no por las letras en sí mismas ni sus explicaciones, si no por los entresijos entre los que Stephen Sondheim va zurciendo el eco de su vida, colándose por el entramado como la luz vespertina por una celosía. Es un hombre puente, es un hombre constructor; un adelantado a su tiempo; un observador nato y, en la actualidad, un crítico veraz (porque es capaz de hacerlo consigo mismo sin ambages) y un hombre interesado por todo aquello que vale la pena en la vida.

   Y aunque la ironía, la inteligencia y la brillantez parece que coronan su labor artística, si la estudiamos bien (y ambos libros nos lo permiten gracias a él mismo) descubrimos en Stephen Sondheim un hombre melancólico, romántico, interesado y amoroso, que consigue ver, y que implica a su audiencia a encontrar, verdadera belleza en todo lo que nos rodea: desde un vodevil intrascendente hasta la historia de un carnicero demente que llora en cada asesinato la pérdida de su hija… Para eso se necesita talento y mucho arte.

   Sondheim, Sondheim. Dos veces y para siempre.

   Muchas gracias, maestro.

   ¿No es irónico? ¿Cuánta gracia puede tener?

   Quizá mucha, no lo sé. Y sin embargo es lo que hay.

Durante unos segundos miré hacia los lados a la espera de que saliesen payasos, de que comenzase el circo. Pero no apareció nadie, no se movió ni una hoja.

¿No es maravilloso? Saber por fin que eres para mí, tener esa certeza que corta las venas y correr con el ánimo en la boca para decírtelo. Y después de tanto tiempo…

Y llegar y no encontrarte.

¿No es para reír? ¿No es para llorar saber que me he embelesado en mis propios sueños y he llegado tarde?

Tarde para ti.

Que pasen los payasos. Que se rían de mí.

Parece una farsa, una comedia sin sentido. Pero en realidad todo lo tiene.

Me quisiste una vez y yo creí quererte; me distraje con el mundo que brillaba más que tú y tú huiste y nos olvidamos y nos reencontramos de nuevo.

Años pasados y sentimientos escondidos. Y cuando los descubro, corro a buscarte, corro a besarte, corro a amarte. Pero ya no me quieres.

O me quieres pero no me amas.

¿No es absurdo? Pero es cierto.

Que pasen los payasos a reírse de mí. Que yazgo algo inestable, creyendo una cosa, sabiendo otra, amando en soledad.

¿Cómo es posible, después de todo lo que he vivido, que me haya pasado esto?

Lo ignoro…

¿No es para reírse?

Ahora que parezco centrarme, eres tú el que sale volando con unas alas novedosas, preciosas y pequeñas, que te llevarán lejos. Todo lo lejos de mí.

Y yo me quedo aquí. Sin nadie a mi lado. En soledad.

¿No es una comedia? Seguro que sí. Sólo yo creí que me amabas y cuando te lo digo con atropello y balbuciendo tu nombre, me miras y te callas, y dices un nombre que no es el mío y vuelve el silencio.

Que pasen los payasos, que la farsa avanza.

Excusas, cambios de humor, excepciones, vaguedades. A estas alturas de mi vida caer en ese error, pensar en no pensar, creer en el corazón, callar la razón, guiarse por un impulso, cegarse a la realidad, es para reírse.

Que pasen los payasos, que la fiesta ha empezado.

Sin mí.

¿No es irónico? ¿Qué gracia puede tener?

No le encuentro ninguna. Y debe tenerla toda porque ya no tengo quince años y la experiencia que me ha traído hasta aquí parece estar equivocada. Al menos contigo.

Te amo. No puedo negármelo. No puedo negártelo. Y no lo he hecho. Y así estoy, en silencio y soledad.

Y tengo que amarte para dejarte ir. Para que tú seas feliz no debo serlo yo. Y no es tu culpa. Pero tampoco es mía.

¿No es irónico?

Que pasen los payasos, que la farsa acaba de empezar.

Amo. Por fin. Y porque amo, sólo me queda la soledad.

Is not ironic? How fun could it be?

Maybe it has a lot, I do not know. But it is what it is.

For an instant I looked around to watch to come in the Clowns, to the Circus to start. But nothing happened, nothing moved: one heart or one leaf.

Is not wonderful? To know for sure you are the right one for me, having this statement at heart and to run to tell you with my lips in my sleeves. And you waited for so long…

And came and found you were gone.

Isn’t it rich? Is it not to cry out knowing I was lost in my dreams and because of it I was late?

I was late for you.

Send in the Clowns. Let them laugh at me.

It is a Farse, a Comedy, a Tramp. But it has sense, the sense of mistaken.

You loved me once and once I thought I loved you; I get lost in a world that glistened more than yourself, and we forgot ourselves, and we found out ourselves again in the walk of Time.

Years, and hidden feelings, gone by. And when I found out them I ran into you, I ran to kiss you, I ran to love you. But you don’t love me anymore.

Well, you do love me, but not in the way true hearts love each other.

Is not it absurd? But it is crystal clear.

Send in the Clowns to laugh at me. Now that I am instable, believing one thing but knowing another one, loving in Solitude.

How is it possible, after my whole life, to get lost in love again?

I ignore it.

Is it not to laugh at?

Now that I grounded, it’s your turn to fly away with these new, glistening, precious and tiny wings. And you fly away far from me. Far away.

And I stay here. With no one around me. In Solitude. Again.

Is it not a Comedy? It is indeed. Me alone believing in your love, nervous and anxious, telling to you this wonderful news about it and you looking at me, in silence, telling me with your eyes, with your lips, another name that was not mine, and all became Silence again, and my heart stopped.

Please, send in the Clowns. The Farse goes by.

Excuses; changes of heart; little things, vague thoughts. At this time in my career make these mistakes, thinking without thinking, believing in the matters of the heart, blinded the Mind, guided by impulses, to say no to Reality… It is to laugh at indeed.

Send in the Clowns, the party has started.

Without me.

Is it not ironic? How fun could it be?

I don’t find out any reason to laugh, actually. But it must have one reason I can’t find out because I am not fifteen anymore and my experience is telling me I was flawless, at least with you.

I do love you. I can not deny it anymore. Not to me. Not to you. So, I have not. And because of that I am like I am right now, in silence and in solitude.

And I do have to love you to leave you. To leave you to have all the Happiness I am denied to have together. It is not you fault, I know. But neither it is mine.

Is it not ironic?

Send in the Clowns, the Farse is just started.

I do love. At last. I do love. And because I love, now I am surrounded by Solitude and Silence. Again.

   En sus ojos soy feliz.

   Seré por siempre el mismo. No envejeceré jamás.

   En sus ojos nada malo ocurre. Porque sólo amor reflejan.

   Seré por siempre hermoso. Seré siempre un premio, una alegría.

   En sus ojos todo es bello. Porque me ama.

   Entre sus brazos soy mejor de lo que siempre he soñado que sería. Y apoyando mi cabeza en su hombro, consigo una fuerza que va más allá de este mundo. Porque está en él.

   En sus ojos todo será por siempre, su brillo, sus sueños, sus anhelos. Y mi reflejo.

   Seré siempre suyo a través del tiempo, cada minuto que me mire, cada momento que estemos juntos y me acaricie el rostro y me bese en los labios.

   En sus ojos soy feliz. Muy feliz. Y me siento único.

   Porque me ama.

 

In his eyes I am happy.

I will be forever myself. I will never grow old.

Nothing bad happen in his eyes. Because their filled with love.

I’ll be forever young and beautiful. I will be a prize, a joy, forever.

In his eyes the World is just a beauty. Because he loves me.

In his arms I am better than I ever dreamt I’ll be. And leaning my head in his shoulder I find out a force that will defeat any terror. Because he is strong and he is beautiful. And because he loves me.

In his eyes everything will be forever: his dreams, his love. And my reflection.

Beyond Time I will be forever his: every minute he looks at me, every moment we stay together, every time he touches my face and kisses my lips.

In his eyes I am happy. True happy. And I feel chosen, unique.

Because he loves me.

In his eyes.

   Hubo un instante, hace nada, en que pensé que mi amor podría ser suficiente.

   El amor, amor, que rompe barreras y cree en imposibles y hace lo imposible y logra lo imposible. Menos tú.

   Al menos no el mío, no el mío por ti.

   Sé que me quieres. Como a un cachorro. Con ese cariño absurdo que nace de la inconsciencia, que no significa nada.

   Yo no te quiero así. To te amo con los ojos abiertos y el corazón en la mano. Con el mundo girando sobre tu eje, el orto en tu mirada y el ocaso en tu sonrisa.

   Te amo con esa sensación que hace la vida posible, y los sueños carne y deseos también. Yo siento por ti esa farsa callada que llamamos amor.

   Tú permaneces mientras yo evoluciono. Del sobresalto a la ansiedad, de la ansiedad al sueño, del sueño a la necesidad, de la necesidad a la obsesión por tocarte, por olerte, por abrazarte, por hablarte, por besarte, por llenarte y por vaciarte. Y tú permaneces mientras yo me enciendo y me apago, pasando de la luz a la oscuridad, de la chispa a la ceniza.

   Una farsa es el amor. El amor no correspondido. El amor que sólo es usado y dejado de lado.

   Y ya me ves, a mi edad, enredándome en esta red de quimeras. Mientras tú pareces llevar otro camino, embarcado en otros sueños de los que te despertarás, como yo, de un mazazo.

   Pero eso será cosa tuya. Y esto es cosa mía.

   Menuda farsa el amor, amor, que rompe barreras y cree en imposibles y hace lo imposible y logra lo imposible. Menos tú.

   Y ya me ves a mi edad, enredándome en esta red de quimeras, humo y vacío. Y dolor.

   ¿Y no es una ironía? ¿Dónde están los payasos para amenizar este desastre? ¿Dónde están con sus bromas heridas y festejar así mi corazón desamparado?

   Hubo un instante, hace nada, en que pensé que mi amor podría ser suficiente…

   Pero no ha sido así.

   Y ahora no hay nadie aquí. Nadie. Ni siquiera tú, que eras la razón de mi vida.

   De la farsa de mi vida.

   ¿Dónde está el amor, amor, que tanta maravillas traía?

   No lo sé. Sólo sé que es una farsa. Una farsa que, aún a mis años, engaña.

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