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   Me gusta ser Gallego. Con sus cosas buenas, sus cosas menos agradables. Esta hermosa tierra enclavada como un mirador entre la península y el mar, abocada al Atlántico, dueña del mundo, tierra de emigrantes, de agricultura, de ganadería, de pesca, de montes, verde y azul, que por donde miremos la vista lo abarca todo: la solidez del granito, lo etéreo del viento y el cielo, ha dado grandes hombres, no pocos reyes, no pocos artistas, no pocos políticos (sí, hasta en eso) y sobre todo, incansables trabajadores y soñadores , que no dudan en desgarrar sus raíces, pero en cuidarlas, allende los Pirineos, allende los mares.

   En cualquier parte del mundo hay un gallego próspero, hay un español próspero, que jamás olvida costumbres ni de dónde ha venido: soy hijo de la Diáspora; me enorgullezco de ello. Pertenezco a esa raza que no tiene raíces fijas, pero sí un faro que lo guía, un conjunto de humores que lo caracterizan, y una carga genética que lo conforma: soy gallego, sí. Y me enorgullezco de serlo. Porque eso me hace aún más español; y ser de la Diáspora me hace aún más encantador: pertenezco al mundo, que es el objetivo de las personas (no de los políticos, todavía) del siglo XXI.

   Hoy, 25 de Julio, es el día de Santiago Apóstol. Antiguo día festivo nacional, yo lo recuperaría para que el resto de España recuerde siempre que de la unión nace de la fuerza, y que del centro emana todo: los radios que nos diferencian, los rasgos que nos hacen únicos. Puede que la economía nos fuerce a hacer algo que la ceguera política y advenediza todavía niega; no importa, es un empuje más a la clarividencia de un federalismo que no renuncia a ser céntrico, que no renuncia a sus diferencias siendo un mismo país, un mismo continente, un mismo planeta.

   Hoy es el día de Galicia… ¡Viva Galicia! Y ¡Viva España!

   Si no sabemos ver lo que nos rodea, aparte de la vergüenza que sintamos ahora por todo lo que hemos hecho en estos últimos veinte años, no nos merecemos un futuro que seguimos teniendo delante. Todo requiere esfuerzo: un cuerpo atlético, estudiar, encontrar pareja, tener un hijo, enfermar, curar, vivir. Es el tiempo que nos ha tocado vivir. Pues adelante.

   Y venid, venid sin miedo a una tierra sin miedos. Conoced la belleza de lo natural, la comida primigenia, los restos de un mundo que aún perduran y que en otras partes ya no existen: acantilados desbordantes, mar azul único y profundo, hermosas playas de arenas rubias,vino generoso, alimentos naturales, sin salsas ni escondrijos; Arte magno, perdurable en granito perenne; una fe que mueve montañas y acerca continentes, y una verdad desnuda, vislumbrada a través de velos que la adornan. Eso es Galicia, eso es una parte de España.

   Bienvenidos.

El Arte en el arte visual de Daniel Almeida y Gustavo Martínez-Schmidt.

   Hace unos días, en una tarde en la que hacía más fresco que calor, más sol que nubes, pero en la que se podía percibir ese cambio de tiempo tan característico de Santiago de Compostela, con viento revuelto, el sol jugando al escondite con las nubes, y un ligero tinte grisáceo sobre el rosa del atardecer, me encontré con Anita Tef y Cris Montes.

   En una cafetería que ya tiene solera (sí, fui testigo de la apertura…, mejor dejemos el tiempo como está) quedamos para encontrarnos, en el viejo Santiago, aquel en el que aún hoy me emociona descubrir rincones ocultos, sorpresas de una arquitectura que estuvo hecha para acoger, apabullar, homenajear y disfrutar, y que ya no sabemos realizar.

   Como tengo costumbre, llegué un poco antes. Sufro de una rara obsesión con la puntualidad, y en un país como España eso es una incomodidad. La admiro tanto como las buenas maneras; de hecho, creo que es una expresión de modales adecuados, y nada me soprende más que una persona educada. Y, sí, cada vez hay menos. Quizá por eso mi admiración se acrecentó cuando ambas llegaron en punto, con sonrisas incrustadas en la cara.

   Qué maravilla. Para ser tres personas que se conocen y cuyo intercambio (salvo una excepción, que nos llevó a conocernos en la red) es virtual, aquel encuentro me resultó agradable y encantador. Dos mujeres inteligentes, de personalidad muy determinada y caracteres complementarios, que enriquecen la vida de aquellos que tienen la fortuna de disfrutarlas a su lado, y yo, comenzamos un vals de acercamiento y reconocimiento que, para mí, fue una delicia.

   De naturaleza reservada, Cris analiza con su mirada todo lo que ocurre; tiene temperamento de ardilla intelectual: todo le llama la atención y todo lo capta, con una memoria asombrosa. Ana, más expresiva e inquisidora, quiere saberlo todo de forma directa y sin adornos. Ojos chispeantes, sonrisas francas, curiosidades mutuas.

   Frente a unas bebidas que no fueron completamente de nuestro agrado (salvo Anita), confirmación de que nada es como una vez fue, la conversación fluyó de manera animada. Tanto, que nos fuimos de paseo por las calles de la ciudad entre comentarios y bromas. Recorrimos aquellas calles de piedra eterna, y parte de las renovadas de asfalto, sintiéndome muy bien acompañado, sin duda, pero a la vez como atraído por un filtro del pasado que me dejó de muy buen humor.

   Caminando con ellas, hablando de nuestros problemas de hoy, de trabajo, relaciones y sentimientos, me embargó la sensación de estar bailando un vals fluido, lleno de notas reconocidas y encantadoras. Quizá es lo que sentimos cuando nos embarcamos en relaciones con personas interesantes, de rango vital similar, de vivencias en común y que se encuentran, asombradas, de que algo así pueda ocurrir. Cansado a veces de cierta mediocridad (de la que formo parte, como todo en nuestro día a día), encontrarme con personas estimulantes, de verbo fácil y pensar profundo, en una tarde para mí maravillosa, fue un regalo del que estaré eternamente agradecido a Cris Montes y a Anita Tef por habérmelo obsequiado.

   Viví sin querer los veinte años que llevo en la ciudad entre el viento, el sol, las nubes y la compañía estupenda de estas dos mujeres que obraron para mí ese milagro del reencuentro y del encuentro entre lo que fue y lo nuevo, entre lo que fui una vez y lo que hoy soy.

   Una tarde maravillosa, con la mejor compañía, en una de las ciudades más bonitas de Europa…

   ¡Qué felicidad!

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Catedral de Santiago., posted with vodpod
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