Caso (1890)

A un cruzado caballero,

garrido y noble garzón,

en el palenque guerrero

le clavaron un acero

tan cerca del corazón,

que el físico al contemplarle,

tras verle y examinarle,

dijo: “Quedará sin vida

si se pretende sacarle

el venablo de la herida.”

Por el dolor congojado,

triste, débil, desangrado,

después que tanto sufrió

con el acero clavado

el caballero murió.

Pues el físico decía

que en el dicho caso, quien

una herida tal tenía

con el venablo moría,

sin el venablo también.

¿No comprendes, sin razón,

la historia que te he contado,

la del garrido garzón

con el acero clavado

muy cerca del corazón?

Pues el caso es verdadero;

yo soy el herido, malhaya,

y tu amor es el acero:

¡si me lo quitas, me muero;

si me lo dejas, me mata!

Rubén Darío, El Canto Errante.

Rubén Darío (1867-1916):

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Era un aire suave…

Era un aire suave, de pausados giros;

el hada Harmonía ritmaba sus vuelos,

e iban frases vagas y tenues suspiros

entre los sollozos de los violoncelos.

Sobre la terraza, junto a los ramajes,

diríase un témolo de liras eolias

cuando acariciaban los sedosos trajes,

sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.

La marquesa Eulalia risas y desvíos

daba a un tiempo mismo para dos rivales:

el vizconde rubio de los desafíos

y el abate joven de los madrigales.

Cerca, coronado con hojas de viña,

reía en su máscara Término barbudo,

y, como un efebo que fuese una niña,

mostraba una Diana su mármol desnudo.

Y bajo un boscaje del amor palestra,

sobre rico zócalo al modo de Jonia,

con un candelabro prendido a la diestra

volaba el Mercurio de Juan de Bolonia.

La orquesta perlaba sus mágicas notas;

un coro de sones alados se oía;

galantes pavanas, fugaces gavotas

cantaban los dulces violines de Hungría.

Al oír las quejas de sus caballeros,

ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,

pues son su tesoro las flechas de Eros

el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!

¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!

Con sus ojos lindos y su boca roja,

la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.

Tiene azules ojos, es maligna y bella;

cuando mira, vierte viva luz extraña;

se asoma a sus húmedas pupilas de estrella

el alma del rubio cristal de Champaña.

Es noche de fiesta, y el baile de trajes

ostenta su gloria de triunfos mundanos.

La divina Eulalia, vestida de encajes,

una flor destroza con sus tersas manos.

El teclado armónico de su risa fina

a la alegre música de un pájaro iguala,

con los stacatti de una bailarina

y las locas fugas de una colegiala.

¡Amoroso pájaro que trinos exhala

bajo el ala a veces ocultando el pico;

que desdenes rudos lanza bajo el ala,

bajo el ala aleve del leve abanico!

Cuando a medianoche sus notas arranque

y en arpegios áureos gima Filomela,

y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque,

como blanca góndola imprima su estela,

la marquesa alegre llegará al boscaje,

boscaje que cubre la amable glorieta

donde han de estrecharla los brazos de un paje

que, siendo su paje, será su poeta.

Al compás de un canto de artista de Italia

que en la brisa errante la orquesta deslíe,

junto a los rivales, la divina Eulalia,

la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.

¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia,

sol con corte de astros, en campos de azur,

cuando los alcázares llenó de fragancia

la regia y pomposa rosa Pompadour?

¿Fue cuando la bella su falda cogía

con dedos de ninfa bailando el minué,

y de los compases el ritmo seguía,

sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie?

¿O cuando pastoras de floridos valles

ornaban con cintas sus albos corderos

y oían, divinas Tirsis de Versalles,

las declaraciones de los caballeros?

¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores,

de amantes princesas y tiernos galanes,

cuando entre sonrisas y perlas y flores

iban las casacas de los chambelanes?

¿Fue acaso en el Norte o en n el Mediodía?

Yo el tiempo y el día y el país ignoro;

pero sé que Eulalia ríe todavía,

¡y es cruel y eterna su risa de oro!

DSC02381.JPGThe Air Was Gentle…

The air was gentle, circulating clamly;

the fairy Harmnoy  made rhythmical flights,

and vague phrases and soft sighs mingled

with the sobs of the violoncellos.

On the terrace, besides the tree branches,

it was like a tremolo of Aeolian lyres,

when the silken dresses were caressed

by the white magnolias tall of their stalks.

The marquise Eulalia was uttering laughter and cold remarks

at one and the same time to two rivals:

the blond viscount fond of issuing challenges

and the young abbé who composed madrigals.

Nearby, garlanded with vineleaves,

the bearded statue of the god Terminus laughed into his mask.

and like an ephebe who porved to be a girl,

a Diana was displaying her marble nudity.

And in a grove that was an exercise ground of love,

on a rich pedestal of the Ionan order,

with a candleholder grasped in his right hand

Giambologna’s Mercury was flying.

The orchestra poured out its magic notes like pearls,

a chorus of winged sounds could be heard;

gallant pavanas, fleeting gavottes

were sung by the sweet Hungarian violins.

On hearing the laments of her suitors,

divine Eulalia laughs, laughs, laughs,

becasue in her own treasury she possesses the arrows of Eros,

the girdle of Cyprus, the spinning of Omphale.

Woe is the man who gathers the honey of her speech!

Woe is the man who truts her song of love!

With her pretty eyes and red lips,

divine Eulalia laughs, laughs, laughs.

She has blue eyes, she is malicious and beautiful;

when she gazes she sheds a strange vibrant light;

from her moist, starlike pupils there peers out

the soul of the yellow glass of Champagne.

It is festive night, and the fancy-dress ball

blazons forth its glory of social triumphs.

Divine Eulalia, dressed in lace,

picks apart a flower with her smooth hands.

The harmony keyboard of her elegant laughter

is equal to the merry music of a bird,

combined with a ballerina’s stacatti

and the madcap pranks of a schoolgirl.

Amorous bird that utters its warbling,

sometimes hiding its beak under its wing!

It hurls rough words of disdain from under its wing,

under the perfidious wing of its light fan!

When Philomel heaves forth her song at midnight,

moaning in golden arpeggios,

and the ivory swan imprints its wake

on the still pool, like a white gondola

the merry marquise will come to the coppice,

the coppice awninged by the charming arbor,

where the arms of a page will hold her close;

only her page, but he will be her poet.

To the beat of a sung by an Italian performer,

which orchestra diffuses into the wandering breeze,

besides the rivlas divine Eulalia,

divine Eulalia laughs, laughs, laughs.

Was it perchance in the days of King Louis of France,

a sun with a court od stars, in asure field?

When palaces were filled with fragance

by the royal, pompous Pompadour rose?

Was it when the beauty gathered up her skirts

with nymphlike fingers, dancing the minuet,

and followed the rhythm of the musicians’ beat

on her high red heels, lovely and light of foot?

Or when shepherdesses in blossoming valleys

adorned their white lambs and ribbons,

and, like divine Thyrsies of Versailles, listened

to their suitor’s declarations of love?

Was it in the good old days of ducal shepherds,

amorous princesses and tender wooers,

when the dress coats of the chamberlains walked

amid smiles and pearls and flowers?

Was it perchance in the North or the South?

I don’t know the time or day or country,

but I know that Eulalia is still laughing

and is cruel and eternal her laughter of gold!

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