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For All We Know. Rod Stewart.   

Por lo que sabemos, quizá no volveremos a encontrarnos otra vez. Quizá todo esto no haya sido más que una casualidad, Piernas de Alambre. Tal vez llegar a abrazarte haya sido un pequeño regalo que nos debía el Destino. No lo sé.

Por lo que sabemos, mañana puede que no llegue nunca y este encuentro, este reencuentro, quede grabado en la memoria de los días con la intensidad de una cicatriz o de un sueño. Quién lo sabe.

Verte a mi lado es para no creerlo. Mi corazón corre a una velocidad untuosa, como si supiera algo que nosotros ignoramos; como si supiera que el mañana, que llegará muy pronto, no esté hecho para nosotros si no para otros, que vienen detrás, y que merecen vivir su historia.

Una historia mejor que la nuestra.

Tienes una nena. Preciosa y morena como tú. Y qué despierta es. Y qué dulce. En eso no se te parece.

Verte a su lado ha sido una sorpresa. Decirte buenas tardes y ver esa sonrisa de pocos dientes casi me deja sin aire. Esas piernitas corriendo, esos bracitos regordetes que te abrazaban el cuello con ardor y ansia, egoístamente como sólo los niños nos abrazan, llena de la intensidad que nace de la suprema seguridad, ésa que una vez sentí a tu lado.

Y tú sonreías al verme llegar por la calle atestada. Y reconocerme en medio de la gente a pesar de haber cambiado, de no ser el mismo. Y saludarme con un abrazo enorme, con un silencio cómplice y tuyo.

Sin preguntas. Sin explicaciones.

Tú no quisiste darlas. Y yo ya no las necesito. No de ti.

Piernas de Alambre… Por lo que sabemos, nuestro amor es real en un vericueto de la vida, en un pasado que llega sólo en deseos hasta mí. En un espacio en el que esa personita, todo sonrisas, no está; ni el recuerdo de un dolor único y mío, ni la marcha callada de tu abandono, ni una cama fría, ni una casa vacía.

Por lo que sabemos, quizá no nos encontremos de nuevo. El silencio entre los dos forma parte de nuestra esencia, y las palabras no dichas hablan por sí mismas, y se dicen muchos secretos que nuestras bocas callan. Y sin embargo, qué bien se está a tu lado, Piernas de Alambre, como si el tiempo no pasase ni tuviese un final.

Por lo que sabemos, el amor todavía late en nuestras arterias, todavía inunda de sangre al pobre corazón. Qué suerte la suya que late y late pese a las ausencias, que se inflama por tu compañía.

Así que, antes de que te vayas y te lleves tu vida contigo, y a esa joyita preciosa, que podría haber sido nuestra, acércate a mí y dime con esa voz de terciopelo oscuro lo feliz que eres, la calma que habita en tu vida, el ritmo pausado de un hombre apolíneo que cría una barriguita en un cuerpo de atleta y que ha hecho nacer una maravilla de sonrisas y palabras inconexas.

Por lo que puedo saber, tal vez no la vea más, ni a su padre tampoco. Por lo que sé, podría abrazarte hasta quedarnos sin aire entre los cuerpos, y podría arrullar tu boca sabrosa hasta un pasado anterior a todo esto, en un tiempo en el que sólo yo, perdido en mis sueños, era feliz.

Pero descuida, por lo que sabemos, eso nunca pasó ni podrá ocurrir; no importa lo que traiga el mañana, ni con quién esté mañana.

Porque habrá un mañana, aunque no estemos juntos. Aunque este instante bendito se extienda hasta la eternidad.

Qué risas, qué charla tan animada, cómo resumimos dos vidas en diez minutos, cómo retrasamos decirnos adiós.

Y  mi corazón late entre tus manos y tú las miras y aún sigues sorprendiéndote de eso.

No sé qué pasará mañana, el futuro es tan impredecible… Encontrarnos ha sido una prueba de ello, y seguirnos queriendo, a tu manera y a la mía, es casi un milagro.

Nunca te diría hasta mañana, nunca dejaría que el tiempo pasase… Pero, por lo que sabemos, ese momento llegará y volverás a tu vida perfecta de hombre perfecto, y yo me quedaré donde siempre, caminando en la distancia, sabiendo que el mañana puede que no sea para mí en esta soledad sonora, en este siglo de mi vida del que has vuelto a formar parte.

Te pediría que me amases; te pediría que me arrullases por última vez. Pero, por lo que sabemos, puede que nos encontremos de nuevo y puede, incluso, que vea crecer a esa belleza paticorta que te sigue adonde vas, con una fe ciega y un corazón hambriento.

Te pediría que te quedases conmigo, que vivieses conmigo, que volvieses a mí. Pero ambos sabemos que tú no lo harías y que yo ya no lo necesito.

Por lo que sabemos, todo puede pasar. Así que este instante bendito lo alargamos hasta la oscuridad de la tarde y hasta el arrullo de las estrellas. Es un sueño, un deseo y una alegría. Y una liberación.

Te quiero, Piernas de Alambre. El mañana está hecho para los amantes y para los niños que nacen a veces del amor y a veces del error. Por lo que sabemos, la vida es así.

Al menos la tuya.

Y la mía.

Gracias por haber estado en mi vida; pese a todo, después de todo. Por lo que sabemos, has sido lo mejor de mi vida y yo, para ti, alguien más que dejó una huella, una huella que, quizá, llegue hasta la mañana…. ¿Pero quién sabe lo que vendrá mañana?

Mientras tanto, quedémonos juntos un ratito más, charlando desenfadados, callando, riendo con el corazón, hasta que salgan las estrellas. O hasta el nuevo día. O hasta la eternidad.

Juntos y separados, Piernas de Alambre, tú y yo, para siempre.

Ain’t Misbehavin’. Rod Stewart.

   Me preguntan qué me pasa.

   Que me escondo en casa, que no salgo como antes, que hasta me notan distinto.

   Me dicen si estoy malo. Si me duele algo, si me siento mal.

   Se acercan con sigilo, como si temiesen molestarme. Y me abrazan en silencio mostrándome un apoyo que me sorprende.

   Sólo porque quiero quedarme en casa, no salir hasta las tantas, no hablar con gente nueva, no jugar al gato y al ratón, esas reglas cansinas de la atracción y el gusto.

   Me preguntan si estoy cansado, si no tengo apetito o si me falta algo. Porque me ven como raro, caminando sin pisar el suelo, con la mente en las nubes y el corazón encerrado en un puño de cristal.

   Voy a mi aire, no quiero hablar con nadie, no quiero reír por reír ni charlar por charlar. La vanidad la dejo tras la puerta cerrada; el amor, tras labios sellados; el calor, tras los muros de mi corazón.

   Intentan que conozca gente maja, que será maja, pero no me apetece.

   Pretenden que los acompañe, que los escuche, que los aconseje. Me aconsejan que me deje aconsejar. Y yo sólo sonrío y parezco un loco desconcertado.

   Qué maravilla.

   Sin embargo, no digo lo que ocurre en mi corazón. No muestro que me arrulla por las noches, y que esta soledad impuesta no es tal.

   No saben que tras mi negativa a vivir vivo más que nunca, porque tu amor me espera todas las noches en casa; todas las noches en mi cuarto, escondiéndote de la vida de los demás para compartir la mía al completo.

   No me equivoco tomándome la vida con calma, saliendo menos, bebiendo poco, yendo a correr, peinándome el pelo, perfumándome y sintiéndome guapo. Porque tu amor se halla en mi corazón y me guía, día a día, hacia la felicidad.

   Me preguntan qué me ocurre. Y yo quiero decirles lo que parece obvio: que estoy enamorado de ti. De ti que eres mi hogar, mi soledad sonora y mi compañía.

   Me dicen si estoy malo. Y lo que estoy es enfermo de amor. De amor por ti. Y nada parece más maravilloso ni resulta más fácil que salir en tu busca cada noche y quedarme dormido en el abrazo de tu nombre.

   He adelgazado. Visto mejor. Me preocupo por ser educado, por ayudar a los demás, por ser amistoso y amable. Y mis amigos me miran raro y me toman la tensión y piensan que tengo fiebre.

   Pero lo que tengo es el virus de tu amor por todo mi cuerpo, que brota en mi sudor y en mi sonrisa, en cada gesto y en cada palabra.

   Y no me equivoco cuando me digo que el amor obra milagros, milagros como el tuyo en mí. Y que la vida puede ser así, una autopista sin curvas ni peajes, un océano de espejos y reflejos.

   Me preguntan qué me pasa. Y se extrañan verme sonreír.

   ¿No es maravilloso?

   ¿Qué me va a pasar?

   Que estoy enamorado. Muy enamorado. De ti.

   Y no, no me equivoco.

   Qué felicidad.

Sunny Side of the Street. Rod Stewart.

Coge el abrigo, anda. Y ponte el sombrero. ¿Nunca te he dicho que me encanta como te queda?

El sombrero…

¿Listo ya?

Vamos a la calle… Sí, dicen que va a llover. ¿Y qué? Vamos a la calle, anda. Que nos hace falta salir un rato.

Ya sé que estás cansado. Y yo. Pero nos viene bien. Vamos, anda. Coge las llaves, allá están. Espera que me pongo mi abrigo… Quédate quieto, vamos a salir…

¡Oh, sí! ¿Qué miedo ni qué nada? Si llueve yo te tengo a ti y tú a mí. Si hace frío, nos abrazamos. Si hace calor, nos besamos. Y si nos cansamos, ya nos sentaremos.

Vamos a la calle… Que te hace falta, que nos hace falta. Tanto tiempo encerrados en nuestras vidas que casi no nos vemos. Tantas preocupaciones, amor, amor de compañía. Vamos corriendo por la calle abajo, buscando un rabo de nube. Olvidando por un momento esas preocupaciones que no nos dejan vivir. Dejemos de lado, en el portal aparcado, cada una de nuestras frustraciones, y marchemos allá, por la calle abajo, donde brilla el sol, de camino al parque de árboles y hierba, de juego de niños y de señoras con sombreo y abrigo gris…

¿Te he dicho que me encanta cómo te queda el sombrero? ¿Y que extrañaba tu risa envuelta en la luz de la mañana?

Vamos calle abajo al encuentro de la alegría, al encuentro de los sueños, por el lado donde brilla el sol, cercano a la acera de nuestra vida en común.

Dejemos atrás las sombras… Y déjame verte a pleno sol. Tu pelo sedoso, tus ojos suaves, esa sonrisa de planeta…

Así, así, amor, amor de compañía. Dejemos que la vida se torne dulce juntos y abrazados, por la calle abajo, siguiendo el sendero donde brilla el sol.

¿Ves? No llueve. Nunca llueve cuando estamos juntos, cuando caminamos juntos hacia el parque de los sueños, hacia el rincón donde nos conocimos y amamos una vez… ¿Te acuerdas?

La vida es tan dulce junto a ti, con ese abrigo y ese sombrero…

Ríe, ríe amor, amor de compañía. Qué hermoso te ves lleno de risa, calle abajo, junto a mí.

¡Oh, sí! ¿Quién dijo miedo? Si llueve yo te tengo a ti y tú a mí. Si hace frío, nos abrazamos. Si hace calor, nos besamos. Y si nos cansamos, ya nos sentaremos allí, donde brilla el sol, donde una vez nos encontramos y nos amamos y nos llenamos de planes y nos besamos.

Bésame, anda… Aquí, claro. En medio de la calle, en el parque, cerca del lago… Bésame así juntos, poco a poco, así…

Qué felicidad.

 

My Foolish Heart. Rod Stewart.

Sí, tonto corazón. Es amor, esta vez es amor.

Lo sé. Porque lates demasiado deprisa. Parece que te quieres escapar de mi pecho, tum,tum,tum. Cómo lates, tonto corazón.

Hay una frontera muy fina entre el amor y la locura, entre el arrebato y la pasión. Y sé que tú, tonto corazón, apenas la reconoces, y haces que me pierda entre dudas, y entre dudas me lanzo y caigo siempre en el error, en la mentira.

Pero esta vez es amor, tonto corazón, esta vez lo sé. Lo sé porque cierro los ojos y allí está. Siento el aroma de su piel y el roce tenue de su mejilla y el sabor agridulce de sus labios… Y dibujo la línea de sus ojos y la caída de su pelo y la línea suave de sus hombros y el sendero oscuro de su espalda… Y bailamos a la luz de las velas hasta hacerse mediodía y un beso largo, largo y profundo…

Sí, estamos demasiado cerca, tonto corazón, y cuando todo comienza nos separamos y nos unimos en una danza maravillosa que hace que tiembles en mi pecho y que quieras huir hasta el suyo para perderte en él… ¡Oh! Sí, lo sé, lo sé, corazón loco, corazón tonto, corazón mío.

Y esta noche cuando aparezca, deja que mi cabeza piense un poco, no la ahogues con tu tañer. Quiero que nos vea juntos, que se imagine una vida juntos y que sienta, como tú sientes tonto corazón, que esta vez no es un espejismo, no es un sueño que se desvanece con la niebla de la mañana. Quiero que se dé cuenta que esta vez sí, tonto corazón, que esta vez sí es amor.

Oigo cómo llega; sus pasos en la gravilla del jardín… Y me miro en el espejo y arreglo unos detalles: ese mechón en la frente independiente, el pañuelo, un recuerdo de perfume… Y noto tu retumbar, tonto corazón, que se quiere salir del pecho tum,tum, tum…

Esta vez sí, tonto corazón. Esta vez es amor.

Qué felicidad.

Hace poco más de un año que te vi por última vez. No sé porqué llevo la cuenta, como si fuese un duelo absurdo. Quizá, si lo hubiese sabido, hubiese bebido tu imagen hasta quedarme saciado. Si lo hubiera sabido, las horas que pasamos juntos las hubiese extendido por todo el planeta como un chicle gigante, y lo hubiera saboreado hasta arrancarle todo el arco iris de sabores. Quizá, si me lo hubieras dicho, hubiese tenido el valor de preguntarte por qué me dejabas.

Pero tu cobardía y tu comodidad pudieron más que el cariño que me tenías, o que me hubieras tenido si yo no hubiese sido el que era. Que cometí muchos errores debo confesarlo aunque me amargue reconocerlo; no por orgullo, o no sólo por orgullo; lamento aún todo el daño que pude hacerte. Intento reflejarme en el espejo que tenía hace más de un año y no consigo verme, ya que todo mi espacio eras tú, y quizá ahí resida mi mayor error: en creerte el centro de mi universo, el origen de mi sol, la única razón real que me impulsaba a seguir. Y cuando te lo dije algo se activó en ti, no sé qué alarma, no sé qué miedos, y te fuiste corriendo sin despedirte, sin mirar atrás, dejándome tan solo y abandonado, que aún hoy, cuando lo recuerdo, en mi corazón algo se rompe, aquello que no se ha roto todavía por tu desamor.

Y tenía miedo de encontrarte algún día por la calle y que hicieras que no me vieses, o aún peor, que yo hiciese que no te viese. Porque en el juego tonto del orgullo todo puede pasar… Pero yo no tengo orgullo, o no el que una vez tuve: tú todo lo drenaste de mí, con tu cariño y tu rudeza, con tu aspereza y tu abandono. Tu abandono…

Pero hete aquí que te encontré. Cuando había dejado de pensar en ti (de hacerlo constantemente), y no supe cómo reaccionar. Tropezamos uno frente al otro sin pretenderlo (eso desde luego) y nos sonreímos como tontos, porque tonta la situación era un poco: tú sobre mí y yo apoyándote, como una caricatura de otros tiempos ya aniquilados.

Recobraste la compostura mucho antes que yo, que no salía de mi mudez al verte, tan bello como siempre y tan irreal. No sé qué esperaba del tiempo transcurrido: que echaras barriga, que tuvieras más canas, que esas arruguillas de los ojos se hiciesen más pronunciadas y oscuras, qué se yo. Y sin embargo allí estabas, más bello que nunca, porque incluso la rudeza, la aspereza y el dolor pueden ser tan bellos que duelan. Y tú dueles. Aún.

Me saludaste como si no hubiese transcurrido un año y ningún cataclismo estallase en mi vida. Un estás igual sin exclamación alguna; un poco más fondón desde que no vas al gimnasio. Menuda gracia me hizo. Recordé de repente esa facilidad de ser cruel de natural en ti, como la risa o el llanto. Y yo mudo. Mudo de asombro; mudo de verte; mudo por tu belleza; callado por tu dejadez. Y esa camiseta ajustada, y esos brazos morenos y esa sonrisa pícara, y esas piernas de alambre que se clavan en la tierra con cabezonería…Pensé que me daba un vahído, pero me contuve; sentí que mi corazón se volcaba y casi me da náuseas sentirlo latir en mi pecho. Y sonreíste a la tarde y comentaste qué casualidad encontrarnos así, sin darnos cuenta, casi cayéndonos… Y yo callado, mudo como una estatua mutilada; porque me arrancaste las sensaciones de cuajo, dejando en mi corazón un hueco negro y vacío. Pero si tú no fuiste capaz de darte cuenta hace un año, ahora seguramente menos.

Y me invitaste a un café, y sostuvimos un monólogo de naderías, absurdeces y tonterías. Te oía hablar seguido, como si estuvieses recitando una lección muy repetida; como una escena que, de tanto esperada, sólo se pretende que salga bien para que acabe la expectativa. Y yo no decía nada. Y tú no te diste cuenta hasta un buen rato después, cuando el silencio se hizo tan pesado como una sombra, tan molesto como una piedra en un zapato. Cuando se acabaron los hechos, los pormenores vacuos, los cambios y las fruslerías; las aventuras y los riesgos; y la salud y la enfermedad, y tus padres o los míos, y tus hermanos y los míos; el silencio cayó entre nosotros como una sorpresa, aunque yo no hubiese abandonado nunca sus fronteras.

Carraspeaste, por primera vez algo molesto. No esperabas este encuentro; me habías evitado todo este tiempo. Ya lo había notado. Yo no. Todo lo contrario: sólo salía a la calle para buscarte desesperadamente; para encontrarte y rogarte y pedirte una explicación y una despedida. No te hubiese pedido que volvieses conmigo porque nunca hemos estado realmente juntos; ya soy muy mayor para correr detrás de nadie. Y, de todas maneras, tú no lo mereces, pero eso es otra cosa. Y, cuando desistí, cansado y decepcionado, llegaste y tropezamos y casi nos caemos tú encima de mí, ese cuerpo caliente, moreno, enorme, único, y una sonrisa de circunstancias y una conversación hueca, y volvíamos a estar juntos, juntos pero no juntos: una mesa, un silencio y un año nos separaban.

Y te escuchaba hablar y hablar de lo que nunca fue nuestro; te veía buscar explicaciones o justificaciones o nada, y sólo se dibujaba un vacío entre tú y yo en el que no quería entrar. Durante esa hora, porque sólo fue una hora, mi corazón latió tan deprisa que me lastimaba los oídos; mi mente viajó una y otra vez hacia la nada y volvió cargada de sueños rotos y de los pedazos de un corazón destrozado. Tu voz llegaba hasta mi y rebotaba en mi silencio, afónico que estaba del asombro y del dolor. Porque aún me dolió verte tan completo, tan tú de nuevo, tan bien sin mi compañía; comparado conmigo, gordo, apiltrafado, perdido y sin puerto donde atracar. Y sin amor, sin nada…

Y me di cuenta que todo era falso. Tus justificaciones, tus vanas intenciones de dibujar una disculpa. A pesar de todas esas palabras que salían sin freno de tu boca, dichas con una expresión dura y poco sincera; a pesar de la cercanía de tu compañía, llena de calor y estrecheces; tus ojos no revelaban emoción alguna, ni siquiera desinterés. Y supe de repente que, aunque me quedase un poco más junto a ti, como me pedías, tú nunca serías capaz de darte cuenta de todo el daño que me hiciste, de toda la indefensión a la que me arrojaste, de todo el lastre con el que me cargaste cuando te fuiste, cuando te fuiste corriendo cobardemente; cuando, cobardemente, me dejaste en aquella calle solitaria y lluviosa sin decir si quiera adiós.

Antes de irme me reprochaste mi silencio, que caía como una losa sobre nuestro reencuentro. Y yo seguí callado. Te veía y era rodearme de innumerables recuerdos, vivencias pasadas que ya no tenían brillo, o no el que tuvieron una vez. Y, en medio de esos reproches vacuos, supe que no necesitaba hablarte, que no quería decirte lo mucho que había sufrido tu ausencia; el dolor inmenso al que me había arrojado tu abandono; al abandono de mí mismo al que me había arrojado cuando me di cuenta que nuca sería digno de ti. Y me di cuenta que no quería hablarte de lo que duele el corazón abandonado, vestido de azul y negro; no quería que supieses la locura en la que me había inmolado por tu ausencia y la querencia de paz que me acompaña desde aquel día.

Porque tú sigues tan encerrado en ti mismo que decirte lo mucho que me había costado acostumbrarme a tu ausencia hubiese resultado un halago y para mí una nueva pérdida. Porque sé que no estás solo, que nunca lo has estado, y que te espera alguien con la sonrisa abierta al final del día, entre sábanas tibias y aromas de comida recién hecha… Y haberte dicho que aún te amaba sólo hubiese conllevado más dolor a mi corazón cansado y más combustible a tu orgullo, del que había olvidado lo mucho que ocupa.

Y callaste por fin, contagiado por mi mudez. Tus ojos de miel y desierto, tu boca de seda roja, esas espaldas de mapamundi encerradas mal que bien en esa camiseta demasiado ajustada; esas piernas poderosas, retorcidas como malos pensamientos, que una vez atajaron mi cuerpo y destrozaron mi corazón…

Tengo que irme… Pero quédate un poco más… Si me quedo un poco más…¿Sí?….

Me puse la chaqueta, que oculta como puede mi sobrepeso y mi abandono, y me fui de allí, de aquel café y de ti, sin despedirme siquiera. Sabiendo que no quería volver a verte, saber más de ti, tenerte cerca.

Ojalá la vida te trate bien; te dé salud, sexo, amor, calor y compañía; y que conserve esa belleza de cuento que siempre te ha brindado… Si sólo me hubieras amado un poco, si tan sólo hubieras escuchado a mi corazón… Pero ahora es tarde, ya es muy tarde. Y me he quedado sin palabras con las que hablarte, como me quedé sin corazón cuando me abandonaste. Y puede que sea lo mejor. Ahora ya lo acepto: no quise hablarte de lo mucho que había sufrido, de lo que aún sufro por ti, porque hubiera sido inútil: hubieras seguido sin escucharme, y ahora comprensión es lo único que busco… Y eso es algo que nunca encontraré en ti.

Por eso me fui, sin volver a verte, sin querer saber más de ti. Ya es hora de dejar todo el dolor atrás.

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