En el Día de la Mujer, que no necesita ni ella como símbolo ni nadie como persona algo semejante, un pequeño recordatorio de lo grande que son, lo trabajadoras que son, la fuerza que tienen, la valentía que poseen, la resistencia innata que las caracteriza y también lo muy difíciles que son a veces. Admirándolas, quizá la única forma que exista de entender a una mujer es la de manejar a todo lo que nos rodea: con verdadero cariño.

*a Chus, que cree en la infalibilidad de las palabras.

Till There Was You. Kristin Chenoweth & Mattew Broderick (The Music Man).   


   Las estrellas brillaban en el cielo y la luna plateaba su camino hacia el alba.

   La luz se derramaba frente al mar, y lo teñía de púrpura y oro.

   El fuego besaba a la leña, y del encuentro entre piel y llama nacía un calor discreto y una cálida caricia.

   Nada de esto veía, pese a que mi vida se llenaba de toda belleza, hasta que te encontré.

   Y las rosas se abrieron a mi paso, y su perfume elevaba mis pasos desnudos en la hierba. Y los gorriones gorjeaban y el cuco, tras la lluvia, hendía el silencio de septiembre con su canto lánguido y lejano.

   Los perros correteando cerca de mí espantaban a los cuervos y a las palomas hambrientas. Y el agua del estanque, cristal transparente, me dibujaba tu rostro cerca del mío.

   Nada me parecía bello hasta que te encontré a mi lado. Y de la sorpresa brotaron emociones como flores y un sentimientos desbordante como las esquinas del mar, que vacían la playa hasta el fin del universo.

   Nada de eso soñaba, nada veía, hasta que te encontré.

   Y el mundo se plasmó a mis pies y la belleza de la vida se retrató en tu mirada. Y el amor que cantaba a mi lado llegó a mis oídos, puro y vital, desde que te encontré.

   Y hasta que te encontré, todo me parecía oscuro y carente de sentido. Pues el único sentido eres tú.

   Y aunque hubiese campanas sonando en el horizonte, no las oía, y aunque las bocas soñasen con ser besadas, sedientas quedaban, hasta que te encontré.

   Y desde entonces hay música en el riachuelo, y las peonías gigantes florecen como soles y escancian su perfume embriagador, y tus ojos, verdes y profundos, me sugieren muchos sueños, y tus labios, un puerto donde atracar mis sueños liberados y preciosos.

   Había amor en el aire, en todo lo que me rodeaba, pero jamás lo hube apreciado antes, hasta que te encontré, y me regalaste el don de la vida, de la vida contigo. Y todo lo cambió para mí.

   Hasta que te encontré estaba dormido, y ahora que estás aquí, sólo sueño despierto.

   Contigo.

   Junto a ti.

   Agotado, me dejo caer sobre la arena. No me preocupa que se meta entre los zapatos, que se haga cosquillas a través de los calcetines. De hecho, me saco los zapatos y desnudos mis pies, disfrutan hundidos ese gracioso granulado, ese caliente beso de tierra al sol.

   La marea comienza a ascender. El sol aún se refleja entre las nubes. El mar, teñido de rosa y oro, manso besa la orilla a la que abandona como los labios de unos amantes se separan para coger aliento.

   Cansado, no quiero hablar. De todas maneras, si pudiera, preferiría el silencio. El silencio que llega del mar en murmullo de espuma y el que se escapa de tu pecho, lento y suave con cada respiración.

   Cuando el largo día parece que me puede, pienso en ti, y en nuestro encuentro frente al mar insomne, y se me alegra la cara. Me lleno de una energía nueva, y lo que queda del día se transforma en deseo y en una secreta alegría: la de nuestro reencuentro entre el arrullo del mar, el beso de la arena y el refresco de la orilla por siempre húmeda.

   Y llego a tu lado, desplomado y cansado. Y siento la caricia de tu mano al saludarme, y el aroma de la salitre, y la suave brisa del océano, brillante y azul. Y descanso mi rostro en el hueco de tu palma y todo parece desaparecer: los problemas diarios, la angustia de llegar a fin de mes, las hipotecas y las responsabilidades y todo parece brillar: nuestro amor, el reflejo dorado del sol en el agua, la espuma juguetona en la orilla  pizpireta, la arena que rápidamente se hunde entre mis pies.

   Cuando llego a casa, lo que queda de mí se llena de ti y de la belleza del mar y hace que todo valga la pena.

   Cuando llego a casa, lo que queda del día sólo es felicidad.

 Lullaby. Brahms.


   La luna apenas se ve por la ventana.

   Mayo llega a su fin y los días largos, lánguidos, se pierden en el horizonte vestido de azul.

   Qué bella es la primavera de mayo, cuando lenta cambia hacia el verano, con sus días de calor soporífero, con esa sensación de lo que no termina nunca. Pero el último atardecer de mayo, que da la bienvenida a los días de junio, suele llegar con sigilo, encumbrándose con tranquilidad sobre el sol llameante; tan tranquilo, que apenas con los ojos podemos ver un tenue rayo, el planeo sutil de un día que acaba para no volver jamás.

   Estás dormido. Lo sé. Resoplas cuando duermes. Esos labios carnosos se resecan a veces y a veces los humedeces de inconsciencia.

   Me gusta verte dormir. Así eres todo mío. En el sueño somos uno, y el mismo corazón late, los mismos pulmones se llenan de aire y los mismos párpados cierran unas pupilas cansadas y en paz.

   Duermes boca abajo. Con la cabeza ladeada. No la veo, escondida entre almohadas, pero no hace falta. Me sé de memoria la sombra que las pestañas dejan en tus mejillas, la discreta impresión que tu barba dibuja sobre las sábanas, y esa boca carnosa apenas cerrada por la que exhalas el aire que yo respiro.

   Tu cuerpo está relajado. Lleno de vigor del dormido, lánguido se desploma cuan largo eres. No hay músculo que conserve ese tono a la defensiva, son todo piel y tacto, suave y placentero a la vez.

   Nada hay más dulce que verte dormir. Como una vela encendida o la lluvia que comienza a caer tras los cristales, iluminas mi vida, humedeces mis ojos y reblandeces mi corazón. No puedo ser severo contigo; no paro de reír a tu lado. Tal es el efecto de tu vida en la mía. Y sin embargo no cambio por nada estos momentos en los que, juntos, viajamos por caminos separados y yo me quedo en el puerto del despierto mientras tú te alejas en la barca del olvido.

   Qué bello eres. Libre de toda necesidad de gustar, desprendido todo interés humano, yaces volcado sobre ti mismo, a veces sobre mí, navegando con el vaivén de las horas, con total despreocupación y sin ninguna necesidad más que de silencio…

   ¿Oyes? Comienza una tormenta. Lejana. Un relámpago inunda la noche de cristal. Intenta quebrar la paz que entra por la ventana, y sólo es agua que nos regala, en un refresco momentáneo, una excusa para acercarme más a ti, buscando tu calor.

   Recuerdo que la primera vez que estuvimos juntos, dormido tú después de un amor que no se agotaba nunca, me acerqué hasta tu oreja pequeña y te susurré si estabas despierto. Me lanzaste un manotazo y me gruñiste que ésa era tu intención. Yo me eché a reír. Levantaste la cabeza y me miraste con cara rara. Pero sonreíste un segundo, lo que duraron tus ojos abiertos, y te volviste a plegar sobre ti mismo como una interrogante que aún hoy me intriga.

   Querido mío… Me gusta verte dormir. Que me hagas hueco entre tu cuerpo, encajando con una precisión que todavía hoy me asombra.

   ¿Oyes? Llueve. La última lluvia de mayo. El último suspiro de nube de esta primavera.

   Me acurruco poco a poco junto a ti. Siento la blandura de tu piel, el firme tacto de tu cuerpo a mi lado. La lluvia cae sobre los cristales, el viento levanta el encaje de la noche, y algún rayo parece dibujarse a lo lejos.

   Yo qué sé… Mis párpados pesan cada vez más, y giro imperceptiblemente mi cabeza para verte por última vez en esta noche de mayo.

   Cuánto te quiero…

   Salgo de guardia. Una expresión que se ha hecho familiar, cotidiana. La vida se altera saliente de guardia, o más bien se reajusta a la normalidad. Lo anormal es estar de guardia, intentar mantenerse alerta más de 24 horas a veces es realmente complicado y termina afectando al humor (nos volvemos más ácidos, más oscuros y mucho más irascibles), al amor, a las relaciones sociales, al cuerpo y a la vida en general.

   Somos un equipo. Y como tal nos apoyamos, a veces nos soportamos, a veces nos peleamos y a veces encontramos zancadillas en el camino. Así es la vida del ser humano incluso en el ejercicio de la Salud. Y como equipo, afrontamos nuestros miedos y frustraciones en conjunto, con una carencia de privacidad a veces asombrosa. Sin embargo, siendo el médico de guardia, hay una parte de ese miedo, hay una parte de esa responsabilidad del conjunto que depende por completo de nosotros, de nosotros deriva y a nosotros es devuelta en forma de confianza, de respeto y, a veces también, de verdadero cariño. La labor en Medicina está muy estructurada, la responsabilidad también. Es, como en la mayoría de los asuntos mundanos, una pirámide. Si bien habitar en la cúspide de esa estructura garantiza una serie de comodidades (lejos, muy lejos de lo que los no iniciados en Medicina en España piensan), ese confort a veces no es suficiente ante el tamaño de la responsabilidad, del bagaje y de las decisiones que se deben tomar en puestos semejantes. La labor se estructura, pero el médico siempre es el capitán de la nave: al que llegan todas las quejas, el que debe resolver los problemas que exceden los límites de las responsabilidades del resto del equipo, y el que genera la energía necesaria para trabajar, para producir aquello para lo que estamos de guardia: cuidados y restauración de la Salud.

   No es fácil. Nadie dijo que lo fuese. Sin embargo no deja de ser un choque brusco con la realidad el primer día de guardia. Hay miedo, se pasa demasiado miedo; a pesar de que, como residentes, estamos cubiertos (en la realidad no siempre es así) con adjuntos, nuestros inmediatos superiores. Desde aquella primera guardia, cada vez que entro en una, siento la misma extrañeza y el mismo magma de sensaciones entrecortadas y polarizadas. No creo que nadie en su sano juicio entre de guardia sin esa sensación de alerta, sin enfrentarse con sus miedos más íntimos, que se van mezclando, a medida que pasan los años, con cansancio, frustraciones y, muchas veces, hasta aburrimiento.

   El esfuerzo físico de hacer una guardia, si queremos trabajar, claro, es enorme. A ese desgaste se suma la actividad mental y el torbellino emocional al que nos vemos abocados. Nos convertimos sin querer en personas picajosas, en parte egoístas, muchas veces quejosas sin motivo alguno, y muchas veces irascibles: hay que lidiar con innumerables circunstancias externas además de con nosotros mismos: el miedo de los otros, la falta de responsabilidad de los otros, el deseo de ser útil y, también, las ganas de aprender.

   Una guardia es algo más que esa definición eufemística creada para que no se nos paguen horas extras: expectativa de trabajo. Una guardia es trabajo. El cuidado del Enfermo no se limita a una visita mañanera, a una toma de decisiones determinadas. Las líneas maestras de un tratamiento se dibujan así, mas la aplicación del mismo y las consecuencias a las que aboca requieren una asistencia continuada, una constante vigilancia. Siempre hay problemas que resolver, siempre hay situaciones críticas que afrontar, decisiones que tomar. Y eso no es estar expectante de trabajo: eso es pasar una a una las horas del reloj despierto o en duermevela, con dos o tres móviles (incluido el personal) que suenan constantemente, e ignorar, una tras otra, la existencia de días festivos, fines de semana o puentes y acueductos. Todo trabajo tiene su lado oscuro, la Medicina tiene demasiados que no se conocen pero a los que hacemos frente primero con mucha ilusión, posteriormente con más resignación y frustración que otra cosa, y cuya única compensación es la interacción con un equipo igual o más diligente, y con la satisfacción de una labor nunca perfecta, pero al menos más cercana a aquello que soñamos alguna vez.

   Hay guardias y guardias. Así como hay médicos y médicos, enfermeros y auxiliares y celadores. Hay días en el que los astros se alinean y todo va sobre ruedas: el trabajo parece una fiesta, todo se resuelve con el esfuerzo adecuado, hay risas y preocupaciones. Sin embargo hay otros momentos en los que deseamos salir corriendo desesperados, cansados y hartos de estar entre aquellas paredes con olor a alcohol, humores y frustraciones; hay días en el que la Salud importa quizá menos que la necesidad de sacar la labor hacia adelante, y la magia se pierde en la burocracia cada día más abundante y en la lucha por restablecer cierto aire de normalidad a unas vidas alteradas por la presencia de la Enfermedad y de la Angustia.

   En mi primera guardia tenía miedo. Uno sordo, constante, palpable para mí y seguro que para los demás, y sin embargo ante el paciente la actitud era de serenidad, de cierta desazón y rigidez… Algo de todo ello perdura en mí once años después. Acostumbrado a quedarme callado, a pensar en voz alta, mis titubeos se confunden ahora con experiencia vivida, y mis defectos (que veo mejor que nadie) en pugna por salir a a superficie y que el Destino está empeñado en que enfrente cada día, mezclados con mis virtudes, se entretejen con un aplomo cada vez más real y con una inseguridad cada vez más acotada. Sé de lo que no soy capaz y sé que debo enfrentarme en cada guardia a ello. Es una lucha que agota, pero que da como fruto la mirada comprensiva de una enfermera, el aliento de una auxiliar diligente, la sonrisa resignada de un paciente cuyo único deseo es el de sanar y que se entrega a nosotros para ese fin. A veces un residente nos acompaña y su miedo se suma al nuestro, y es una espiral de emociones que sólo con el tiempo se aprende a depurar y controlar. A veces nuestros problemas personales nos afectan; a veces una guardia nos sirve de escape y de catarsis. Así es la vida.

   Hay guardias y guardias. En todas ellas el sentimiento de encarcelamiento se hace evidente en la algarabía que sentimos salientes de guardia, confundido con el cansancio y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Estar de guardia es cargar con el pesado fardo de nuestra vida y la de los otros, de nuestros miedos y talentos, y los de los demás, y hacerlo con el mejor de los espíritus y, a veces, con la más estóica de las cabezonerías; es una labor de desgaste y de temple al mismo tiempo, es un choque continuo de deseos y responsabilidades, y que se refleja en nuestro mundo por doquier: en nuestro rostro, cada vez más cansado y lleno de ojeras; en nuestro hogar, al que llegamos tan cansados y hastiados que todo nos molesta, cambiando el sentido de la vida y llegando a amargar a veces a aquellos que amamos; y en nuestros amigos, envueltos en los líos de la vida que se vive entre las orillas de la Salud y la Enfermedad.

   No sé porqué hago guardias. No he pensado que exista una razón. Porque sí, creo. Porque así está pautado. Porque así se nos explota en España. Quizá no sea la mejor de las maneras de enfrentarse al mundo. Pero siempre he pensado que para ser un buen jefe primero hay que ser buen subalterno, y para poder cambiar una realidad, primero hay que conocerla de antemano y saber qué puede dar de sí y qué no. Reestructuraría sin duda el ritmo y la forma de ser de las guardias. En otros países este sistema que tenemos está obsoleto, y no hay que mirar muy lejos para saberlo. Y, sin embargo, estar de guardia es parte de mi trabajo (a veces es todo lo que tenemos como trabajo), y a una parte de mí le gusta trabajar, aunque encerrado y deseando huir, porque una parte de mí, quizá muy pequeñita, quizá afónica, sigue mostrando satisfacción y miedo, dolor a veces y gran paz, cuando una larga jornada como la de hoy culmina y se me abre la boca enorme para suspirar, en medio del aire puro del mediodía: ¡Salgo de guardia!

    Debajo del ciruelo dormitas una siesta tardía.

   Con la compañía de un mayo templado, bajo el ciruelo estamos echados juntos; una manta como olvidada sobre nosotros; los gorriones vienen y van; los verdejos con su andar saltarín y su vuelo raudo; los grillos asustados rasgan su melodía adelantada. Un viento sencillo, que refresca y no molesta, intenta levantar las esquinas de nuestra manta como agita las ramas cargadas de pequeños proyectos de ciruelas. Muchas caen a nuestros pies, alfrombrando la hierba quizá algo reseca para estas fechas.

   Y tu respiración acompasada; un resoplido gracioso; el discreto movimiento de un brazo; un beso pequeño en tus labios un poco resecos. Y una risa bajita pero clara que se escapa de mi boca antes de taparla con mi mano y una mirada de felicidad que tiñe todo lo que nos rodea.

   Por una vez me siento pleno. Amado. Deseado. Aceptado. Sin luchas que ganar, sin urgencias que reparar ni necesidades que llenar. Por una vez me siento único, completo, gozoso, en paz. En paz.

   Este prado que se abre a nuestro alrededor, por donde corretean insectos y perros; este jardín que nos acoge, en donde florecen enormes rosas con olor a terciopelo y maravilladas manzanilas; este cielo azul grisáceo, lleno de nubes viajeras y deseos cumplidos, resume cómo me siento; refleja lo que ha conseguido ser mi vida, mi vida desde que estoy contigo.

   Por una vez el amor que guardaba encerrado ha hallado cobijo; por una vez en la vida mis ansias descansan dormidas y cansadas, enroscadas a tus pies. Por una vez, una caricia atrae una sonrisa y el placer, el arrullo de la compañía, de la caricia y el abrazo.

   Por una vez mi fuerza tiene un cauce; por una vez sé adónde voy. Por una vez todo parece nuevo y sin embargo cómodo; todo deseo se hace realidad y la sonrisa en tu rostro, los ojos claritos de sabana verde y ese pelo cortito de seda salvaje, reflejan una y otra vez mi vida y mis intenciones.

   Alguien tierno, alguien cuya serenidad no sólo se halla en la superficie; alguien que ama sin barreras y cuya pasión se divide en múltiples caricias, y en cientos de risas y cosquillas, ha sido capaz de derramar todo lo que llevaba escondido dentro y que nadie veía. Alguien cuya belleza se extiende más allá de su mirada, se desparrama por sus manos y  se llena en sus ojos y en sus labios, ha sido capaz de encontrar lo que hasta yo mismo ignoraba, regalándome un amor que es más que pasión y más que espera. Y ése eres tú.

   Tú: todo lo que yo ignoraba, todo lo que necesitaba, todo lo que deseaba. Tú: por una vez en la vida mi voz se llena de significado al decir un pronombre, y me vuelvo fuerte y sé adónde dirigirme: a ti.

    Ya no estoy solo. Ya no estoy desterrado. Ya no soy el otro. Sólo soy yo. Por una vez en la vida soy yo mismo, lleno de la seguridad del presente; soy un ser que es capaz de saber qué es lo que quiere; que le han regalado la posibilidad de amar y de desear, y que sabe a quién acaricia, a quién desea y porqué.

   Por una vez en la vida la soledad se ha disuelto, y la tristeza y la desdicha. No me siento perdido ni inmerecido ni despreciado ni olvidado. Por una vez he encontrado a alguien que me necesita y que me protege, y que desea mis abrazos, que tiene sed de mis besos y hambre de mis caricias y que me lleva de la mano vigilando mis pasos, cuidándome y arropándome.

   Por una vez no tengo miedo. Por una vez soy amado. Y, por una vez en la vida, soy feliz.

   Te giras un poco y tropiezas con mi cuerpo. En vez de apartarme, te acercas más a mí. Tu nariz en mi hombro; el aliento de tu boca acaricia mi piel. Te acercas más a mí y abres los ojos. Me sonríes desde el sueño. Y te estiras como un gato ocioso. Y me sonríes desde el despertar. Y llenas de luz mis días.

   – Por una vez…

   Pero me callas con un beso y me ahogas con un abrazo. Y dejas que hablen por nosotros los pájaros del jardín, las flores de mayo, el viento alegre y las ciruelas llenas de verdor.

   Qué felicidad.

 Reflection (Mulan). Vanessa Mae.


   A veces es necesario ese hiato entre los acontecimientos que nos pasan y nuestra propia vida para detenernos a pensar. El silogismo que se construye en la mente de una persona acostumbrada a actuar es rápido, casi instintivo, aparentemente superficial y se erige como una respuesta inmediata a la acción que lo origina. El tiempo que fluye impide, en esos instantes indescriptibles y fugaces, un razonamiento justo sobre la pirueta más adecuada o la mejor salida para lo que está sucediendo; el tiempo que fluye sólo es presente en la vida que se vive, y por eso no deja espacio para la duda, pero sí para el error y los destrozos que nos rodean. El hombre que titubea mientras vive, yerra; el hombre que vive su presente, yerra; a la postre, vivimos rodeados de ruinas que nos enseñan una lección que se disfraza inútil pero imperecedera. Habitualmente la vida nos niega una segunda oportunidad una vez aprendidas las lecciones que nos enseña; sólo el ser más inteligente o el más sensible logran extraer las enseñanzas correctas y consiguen erigir un edificio vital hermoso y acorde con el río de la vida. No me he jactado nunca de haber conseguido una proeza semejante.

   En todo esto veo derroche. Allí donde los seres humanos nos afanaríamos en retocar, rehacer, perfilar, la vida simplemente lo desecha todo y vuelve a empezar desde cero; quizá esa sensualidad de las cosas perdidas encierre un valor propio que somos incapaces de descifrar todavía. Tal vez nuestro propio empeño en ser superiores a la vida nos impida extraer las lecciones adecuadas a tan caudalosa costumbre natural. Aún no lo sé.

   Respondemos por instinto, o con lo que puede pasar por instinto. Entre capas y capas de querencias, aquí y allá podemos llegar a vislumbrar alguna chispa de verdadera intuición, libre de toda pulsión, sana y única, y que nos recuerda el posible origen divino que nos atribuimos. Por lo demás, me cuesta mucho despegar mis anhelos de mis acciones, mis errores de mis virtudes, para poder analizarlos con el peso suficiente y la serenidad adecuada; por lo que he cometido tantos errores a lo largo de mi vida, que aún hoy me asombro de haber llegado adonde estoy y poder contarlo, por añadidura.

   A través del tiempo que ha pasado, tras cuarenta años de un silencio rumiado con continuos titubeos, con constantes salidas de tono, sólo ahora consigo vislumbrar una explicación coherente, cierto orden en las cosas, que logran justificarme (sí, lo admito) o cuando menos atenúan quién era yo por aquellos años en los que veía desfilar mi vida sin un objetivo claro y sin esperanzas de ningún tipo.  Escribir en el libro de contar la vida no me trae más paz de la que ya gozo, pero al menos me deja un sosiego contemplativo que me gustaría aprovechar para abocar por fin esos momentos que prefiguran un destino y que no logramos vislumbrar, ni por asomo, mientras estamos envueltos en el frenesí de los días que se viven.

   No en vano intento extraer de los días de Uxía algo que valga la pena: el aprendizaje más correcto, la lección eterna. Mi propia experiencia me indica que sólo para mí esa explicación (de serlo) es válida; cada quien debe bucear en sus propios océanos las razones que nos llevan a ser quienes somos y a actuar de la manera en que lo hacemos. La tragedia de la vida, si lo es, consiste en ese barroquismo, en esa constante pérdida. La vida es un ciclo en continuo movimiento; una función eterna, siempre la misma, con las mismas líneas, los mismos desencuentros, las mismas dudas, pero con decorados y actores tan variados, que consigue vendernos su cualidad de única, de exclusiva novedad. No me molesto hoy como seguro hubiera hecho antaño: veo en ese disfraz el mejor arma de defensa, quizá la única excusa que me sirve para definir mi propia existencia. A fin y al cabo todos vivimos para nosotros mismos: nacemos solos, solos morimos; las comparsas que nos acompañan encarnan un ruido de fondo de intercambiable fluidez: todos ocupamos, a su debido tiempo, esos mismos puestos y todos desaparecemos, cuando dejamos de ser útiles, haciendo mutis por el foro, de ese teatro que es la vida de los Otros. Mientras tanto, nuestro monólogo es lo único que nos ocupa y nos absorbe de tal forma que llegamos a olvidar todo lo que nos rodea, o dado el caso, llegamos a usar todo cuanto nos rodea con el único fin de alcanzar nuestro objetivo: el de seguir con vida.

   Dicho de esta manera la vida parece atroz. Lo es en lo que respecta a nuestras necesidades, o a lo que pensamos que son nuestras necesidades. Una de las pocas ventajas que tiene la vejez es esa desnudez de lo superfluo, esa falta de toda necesidad de imperecedero, ese nihilismo de lo inútil que nos facilita el renunciamiento, ese puro fantasma tan atractivo para la juventud pero que involucra tantas abdicaciones de nuestra razón, tantos desdenes, que rápidamente se deja de lado como un pasatiempo que ya no está de moda. Nada es más difícil que desisitir cuando algo nos atrae encarecidamente; antes bien lo contrario, gastamos toda nuestra energía en alcanzar primero, y en devorar después, ese objeto anhelado y quizá querido. Querer: palabra que encierra en esas pocas letras nuestra noción de amor y de deseo, de posesión y sed, de ansia, consumo y abandono. Querer, que no amar…

El Puente de las Urracas.

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