bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

   _DSC2778fgCallado. Los ojos risueños. Pupilas verdes.

   Labios plegados. Aliento suave. Ademanes discretos.

   Él es uno más. Pero es alguien más.

   No es una vida cualquiera. Es él.

   De repente una sonrisa. Y el cuello que nace en el pecho al descubierto.

   Y mi mirada se turba.

  Podría ser él. Podría ser un sueño de piel y sentidos. Podría ser todo lo que yo hube esperado.

   Pero yo no.

   Soy invisible. Soy imposible. Balbuceo y callo. Y se me caen las cosas de la mano. Y un manojo de nervios en el estómago. Y sonrisa tonta cuando me llama.

   Yo soy una cara más en su mundo singular. Un momento pasajero en su tiempo sin igual.

   De repente se acerca. Y hasta me sonríe. Y extiende su brazo fuerte y, en ademán, aprieta mi mano.

  Siento que me deshago con su contacto cálido, con su firmeza de madera y y rosas.

   Él huele a rosas. Y mi corazón late desbocado sin que nadie lo detenga. Ni siquiera yo.

   No me importa soñar mientras esté así de cerca. E imaginarlo a pocos centímetros de mí, con el calor de los cuerpos que se encuentran y el rumor de unos labios en la piel y el baile de los dedos por la espalda.

   Y cierro los ojos…

   Me habla. O no. O lo imagino. O me deja a un lado.

   Y abro los ojos.

   Y allí está él, con una sonrisa única en su rostro perfecto. La camisa entreabierta, y el cuello partiendo de la nívea clavícula, y el brazo alado que nace del cuerpo de paloma…

   Y se va. A saludar a alguien más. A esa persona que sí le ama, o que él cree que ama.

   Que no soy yo.

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Esta tarde/ Today.

29/12/2013

   Botellas bajasHay ruido. Platos que van y vienen, conversaciones innecesarias, silencios enormes como agujeros negros. Y el piano.

   La gente gesticula a veces con pasión. Y en la terraza con calefacción, alguien se lleva a la boca un cigarrillo casi terminado. Como si fuese una noche de amor.

   El tintineo del cristal al ser llevado a la boca; los que sorben el café caliente; aquellos que, delicadamente, posan la cucharita sobre la taza, como si ésta fuera a romperse.

   Un té, por favor.

   Un menta-poleo.

   Un roibós con caña de azúcar, cola de caballo y anís estrellado.

   (Siempre hay un excéntrico en el local.)

   Y el piano desgranando canciones de amor que nadie escucha.

   O quizá no.

   Él se ríe. Y de sus ojos se desprende escarcha. Hace frío y coge las manos de su amante, que parece algo distraído ante el brillo de esa mirada.

   ¡Qué ilusión de amor!

   Un camarero espera algo impaciente, como que tiene más que hacer. Pero los amantes pasan de él y de todos en realidad, salvo del piano, que parece mecer con sus notas el inicio de su relación.

   ¡Oh! Los descubrimientos magníficos, los primeros roces que se resuelven entre sonrisas; los remordimientos que se diluyen en un beso y se almacenan luego, cuando la magia termina.

   Y también los recuerdos que comienzan a acumularse al enamorarse y olisquearse y saborearse y mecerse entre arrullos. Como el suave arpegio del piano, que simula un corazón al galope.

   Cómo se sonríen esa tarde mientras afuera parece que quiere llover. Los amantes no se dan cuenta, ni pretenden hacerlo, que el camarero se ha ido con aire de desespero: en la felicidad no entran problemas ajenos, ni los propios, que se diluyen en esas miradas calladas, en esos labios que se mueven sin decirse nada y se pliegan para darse un beso.

   Que hay gente, parece decirse uno, algo azorado. Pero a su amante poco le preocupa el ruido de fondo, el crepitar de la chimenea, el lento planeo de esa tarde. Porque está enamorado. Y eso es lo único que le interesa.

   Esta tarde es lo único que importa.

   Y el local atestado, como ruido de fondo que nadie escucha. Y las gotas de lluvia que comienzan a caer. Y el piano que sigue, con sus notas pegajosas, envolviendo una historia que comenzó una noche atrás y que continuará, quién sabe, quizá por siempre.

   ArkansasTiene fama de raro. Incluso de pervertido.

   En el fondo es hasta gracioso que piensen eso de él allí. En aquel lupanar, el placer se paga como a veces pagamos el día a día; en él todos buscan descargar las tensiones, un instante de placer; el placer de ser observados y hasta gozados, y el más sordo del dejarse llevar. Menos él.

   Por eso era raro.

   Ya no era un chaval; ya no era más que un anciano en realidad. Ninguna de las maravillas de la ciencia hacían más efecto en él: ni cosméticas ni plásticas. Parecía que ya no había palmo de piel que tensar ni centímetro de arrugas que planchar. No había química que consiguiese mantener el tesón de su ajada musculatura, ni siquiera llenar de sangre aquellos secretos que lo habían hecho sentirse único, deseado y especial.

   Lo aceptaba: así era la vida. La vida que le ha tocado vivir. Ha aprendido que llega un momento en que la existencia deja de producir ruido y se conforma con un murmullo de fondo que apenas estorba. Él ya era así: un fondo oscuro que apenas molesta. Por eso seguía acudiendo a aquel lugar en el que una vez se hizo célebre y ahora no era más que la sombra de un recuerdo que ya nadie recordaba.

   Llega un momento en la vida en que sabemos que hay que parar. Y lo hacemos, más por obligación que por ganas. Y él lo sabe. Le ha ocurrido, aunque ya no repara cuándo y ni le importa.La sociedad nos relega, la biología nos aliena.

   Así es la vida, se dice, mientras evita verse en el espejo con los ojos de hoy y sale a la calle más para distraerse con la vida ajena que por necesidad u otra cosa.

   Cada mañana se acicala siguiendo el ritual de años sin memoria; antes le llenaba de satisfacción la atracción que provocaba, como el revuelo de las hojas caídas al contacto con el viento. Se levanta, se da una larga ducha, se perfuma, se peina, se viste con su mejor ropa interior, casi siempre nueva, y con la ropa más ajustada que encuentra. Se siente guapo cada mañana al salir de la habitación donde duerme a solas; cada mañana, al salir a la calle, despierta de su sueño y se da cuenta que el tiempo ido no se detiene ni en la retina de la memoria.

   Así es la vida.

   Ya no recuerda, quizá no quiera hacerlo por lo demás, cuándo perdió el último de sus amigos, cuándo el mundo del que era centro y parte dejó de existir como lo hacía. La mutación del tiempo a veces es tan cruel, que deja a la mente muy por detrás: creemos que somos aún latido cuando en realidad nos hemos quedado ya sin pilas. Eso es un golpe bajo. Porque es duro asumirlo; pueden pasar años (y de hecho pasan) antes de que la certeza nos venza y caigamos de bruces sobre la evidencia, sin poder responder a la llamada del placer que antes nos era tan delicioso y tan fácil y tan caro. La decadencia, se dice, se mide así, por la ausencia de placer activo, por la continua reducción del mundo que nos rodea. Y su mundo no era más que una habitación, por lo demás no muy grande, y por la casa de baños a la que acudía diariamente para rescatar algo de lo que una vez fue y que ya acepta (sí, lo acepta, no le queda otro remedio), no será jamás.

   Por eso tiene fama de raro en la sauna a la que acude puntualmente a la una de la tarde. Porque no hace nada, porque paga por un placer tan exquisito que no exige el mínimo esfuerzo de su acompañante, salvo el silencio.

   Alguno de los fijos del local se lo rifan: contadas veces con tan poco fingimiento consiguen lo que se proponen: unos euros para seguir alimentando un ego furibundo que terminará reduciéndolos a cenizas. De hecho, son incapaces de verse en su espejo. Él lo sabe, pero calla. No le escucharán, no le creerán. Él tampoco lo hizo. El mundo a una edad sin medida es una tabla rasa que se mide por placer buscado y consumido: una mirada entornada, una sonrisa, una caricia más profunda y un roce brutal: así es la vida. Hasta que deja de hacer ruido y de encenderse y de frotarse y se llena de silencio y soledad.

   No busca gran cosa con la compañía de esos hombres alquilados. Salvo conseguir esa pequeña parcela de placer que aún le resta de la vida. Cuando se pierde lo que nunca pensamos que se disolverá en el tiempo, sólo nos quedan los sentidos primarios: la oleada del olfato, el dulce latido del tacto. Y es lo que él usa, lo que le colma. Antes no había suficiente tiempo para saciar el placer; ahora, sólo con el roce de la piel de otro, sólo con el aroma cercano y esa tibieza tersa y todavía hermosa, alcanza un goce único, tan excelso en su silencio, que le hace olvidar las miserias de su presente, cada hora de un día a día que ya no reconoce.

   La piel de otro, con su tierna calidez, su dulce aroma a veces pegajoso y otras veces ácido y  chispeante; recorrer con la yema de sus dedos cada valle, cada altiplanicie de esos hombres que se abandonan inconscientes del gran placer que le regalan; sentir el ritmo de una respiración que se aquieta hasta casi quedarse dormida; liberar la sed de besos, el fuego de la posesión y el abandono, por ese supremo viaje hacia el pasado y el olvido, es lo que lo mantiene con vida. Con algo más de vida.

   Y quiere silencio, porque eso es de lo que está hecha su existencia. Y paga por sentir el roce de una piel que ya no es suya; y paga por el tacto que ya nadie busca en él; y le llaman raro y pervertido por saciar con la vista de sus dedos una belleza comprada, y por admirar con su olfato cada uno de los poros de la piel de otro, que le es ajena y que nunca gozará como una vez hizo.

   Cada mañana, a la una de la tarde, llega el raro, el pervertido, a buscar parte de su vida ida y recobrarla. Sin decir una palabra, sin buscar mayor solaz que la quietud del silencio tranquilo de un corazón que late a su demanda, hasta que se acaba el tiempo que el dinero aún puede comprar.

Hogar/ Home.

04/09/2013

Botellas bajasEl eco de tu piel.

   El sonido de tu voz. El arrullo de tu mirada.

   Tus manos, tus pestañas.

   El arrullo de tu respiración dormida; el lejano jadeo de tu boca al yacer.

   Todo me lleva a ti.

   El abrigo de tu abrazo; el ansia de tu aliento.

   La chimenea encendida, la cama tendida. La mesa puesta, la sonrisa en el umbral.

   Tu boca, tu espalda firme.

   Todo me lleva a ti.

   Y el mundo puede ser un lío, puede ser un caos sin sentido hasta que te oigo y te sé cerca y te siento.

   Hallo la paz.

   Y llego al hogar.

Madeleine Peyroux. Gentle On My Mind. 

 Captura-de-pantalla-2012-10-28-a-las-00.53.17El mundo Instagram regala muchas sorpresas. Saca de nosotros, artistas no desarrollados, el impulso creativo y el hedonismo de ser vistos que de otra manera mitigaríamos sin dudar.

   Pero dentro de esa miríada de amateurs, es decir amantes de la fotografía, esta aplicación de telefonía móvil nos permite descubrir el trabajo y el talento y la belleza de artistas que, de otro modo, pasaríamos por alto, al no reconocerlos.

   A partir de hoy iré citando y nombrando aquellos que han captado no sólo mi atención, si no que me han enamorado con su talento magnífico y, por encima de todo, su sencillez y saber estar.

   No es un secreto que adoro la Fotografía. Por este modesto blog he intentado mostrar el trabajo de personas que me tocan de cerca, que me hablan en imágenes y también en sensaciones y sentimientos. Enrique Toribio, Izak Amancio, Ralf Pascual o Valero Rioja me son muy queridos. Martín Gallego, Daniel Almeida o Arkaitz Morales no les van a la zaga. Creo con sinceridad que es la forma actual de Arte, nos acerca a la realidad de la que otras manifestaciones plásticas se alejan cada vez más, quizá en busca de una abstracción que se regodea de la comprensión (o de la supuesta aceptación) de unos pocos entendidos. Y nos regala verdaderos hallazgos técnicos y delicadezas a la mirada.

   Carlos Puig Padilla es un descubrimiento. Es un portento de talento. Puede con todo y con todos. Con estilo propio, con una personalidad acusada y un mucho de buen gusto, su obra tiene la inmensidad de lo delicado, el toque sedoso y acariciante del terciopelo. Sus imágenes pletóricas de vida están, sin embargo, llenas de ternura, y arranca de lo cotidiano una poesía que se nos esconde a los demás. Es un mago de la luz y de la sensualidad, como Enrique Toribio. Pero mientras en Toribio las imágenes son carne pura, un movimiento congelado que escapa de la bidemensionlidad, en Carlos Puig Padilla son pura caricia, piel que invita al bocado, sensualidad sedosa, alma de terciopelo.

   Admiro todo aquello que soy incapaz de ser. Me gusta saber cómo lo hacen no para imitarlos, si no para comprenderlos mejor. Así hice con la Medicina, y así me gusta acercarme a la Vida. Me gusta rendirla de homenajes porque ella me regala Belleza todos los días. Y en Carlos Puig Padilla encuentro una fuente divertida, irónica, menos despreocupada de lo que parece, más trabajada que ociosa, sensual y maravillosa, llena de luz y de poesía.

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