Hace casi dos años, estábamos Abel Arana y yo sentados en el Mamá Inés conversando sobre la vida, las relaciones, las despedidas y lo que nos hace únicos y diferentes. En el fondo sonaba una canción que nos gusta mucho y de la que tengo el mejor de los recuerdos: Baby, I’m a Fool de Melody Gardot. El amor y el desamor, las diferencias en la percepción del mismo, la vanidad, el desespero, la entrega, la decepción y la aceptación sobrevuelan esa melodía sugerente y elegante.

Desayunábamos. Yo tomaba agua y él, lo recuerdo bien, una napolitana con queso fundido y un tazón de café con leche, a los que atacaba con verdadera fruición. Me gusta su compañía: es estimulante, a veces quizá demasiado, porque su personalidad es un río a borbotones; pero su sentido de la familia, de lo adecuado, es asombroso y, más que todo, su desarmante sentido común siempre me deja sin palabras. Dueño de una inteligencia superlativa, le pueden las pasiones, a las que se entrega con una confianza que me asombra y me admira a la vez, por lo que sus conversaciones son fascinantes y nunca, por más banales que sean, caen en saco roto.

Durante nuestro encuentro se quedó callado mirándome. Como no soy de los que esquivo la mirada en las distancias cortas, le imité en silencio, esperando oír lo que se veía quería decirme. Por el ventanal del Mamá Inés iba y venía todo tipo de gente en variopinta procesión. Más uniformados de lo que ellos mismos se daban cuenta, por la calle Hortaleza desfilaban hombres y mujeres, cada uno enfrascado en sus propias vidas, queriendo gustar, deseando hacerse notar, ansiosos a veces, otros despreocupados y otros perdidos. La calle en otoño comenzaba a clarear a la luz del mediodía y el fluir de ida y de venida comenzaba a hacerse notar cada minuto que pasaba.

Mientras Abel se mantenía en silencio, se me dio por ver a través de los ventanales todo ese trajín matutino, poco diferente del que posee a cualquier otra hora del día, salvo por la delicada neblina de una mañana de finales de octubre. No sé qué expresión tenía yo en aquel momento, pero debía ser muy reveladora. Me tocó la mano para atraer de nuevo hacia él toda su atención.

- No vivirías aquí, ¿verdad?

La pregunta tenía muchas lecturas. Soy, literalmente, un chico de campo con una pizca de urbanita (cada vez más pequeña); desconozco en profundidad el ritmo de una vida que parece ser llevada al extremo y abandonada de repente: el trabajo dura lo mismo que el amor eterno que se olvida a la mañana siguiente, y una mirada entre hambrienta y juguetona parece contemplarlo todo con cierta sorna y desapego. El ambiente del barrio de Chueca (Madrid) pasa por ser el más tolerante y diverso del país, con sus casas de placer, con sus fiestas interminables, su gran facilidad para encontrar de todo: desde un orgasmo rápido hasta un kilo de cebollas, y su carencia total de piedad y cariño por los demás. Sin embargo, lo bello se separa de lo feo con asco; lo atractivo de lo repugnante; lo serio de lo fútil; la ausencia de sutilidad no está reñida con el sarcasmo, y la tan mentada tolerancia sólo se mide en centímetros y en unidades, no en personas o intereses mutuos.

En aquel momento la imagen que yo tenía delante de mí era la de un lugar donde las diferencias coexistían con cierta armonía, pero los propios miembros de esa sociedad diferente no se alejaban de los prejuicios de los ambientes más clásicos, antes bien los alentaban con la creación de etiquetas, locales determinados y gustos determinados, chistes beligerantes e hirientes y, muchas veces, un desenfado cruel. Nada en él hacía atractiva mi idea de mudarme; la idea de que, para ser aceptado en esa estructura de poder, deba ser colocado en un compartimiento estanco del que me estaba prohibido salir si no cumplía los requisitos adecuados, lastrándome a una casta dentro de las miles que cohabitan en ese mundo, y que me impedía, con leyes no dichas pero poderosísimas sobre el ego, el respeto y la sensibilidad de cada persona, a acercarme a otro que desease si no encajaba en los límites adecuados de la raza a la que pertenecía, me dejaba helado.

El sitio de la libertad y la aceptación se me revelaba, como cualquier otro ambiente inhumano, lleno de prejuicios, repleto de sueños rotos y tan cruel como la sociedad de la que se jactaba ser diferente.

- No. No viviría en Chueca. Me atrae durante unos días, es maravilloso vivir este ambiente de libertad, esta sobrada locura… Pero no, hay algo que no me gusta y quizá sea lo rígida que es, lo poco tolerante que es y lo poco diversa que, en el fondo, es.

Él me respondió ladeando al cabeza. La trilogía Historias de Chueca (de aquella estaba a punto de salir publicado Más), dentro de su humor escatológico y divertido, lleva velada una crítica semejante, intenta ser una llamada sobre lo que se ha hecho con un sueño de libertades y se ha transformado, gracias a las normas sociales, en una caja llena de compartimentos estancos en donde la vida pasa sin pasar; en la cual la exactitud del tiempo se mide en belleza y en logros físicos o económicos y no en compresión, apertura, aceptación y mezcla. Y no está mal que así sea: a fin y al cabo todos somos sociedad, todos somos seres humanos. Las cantadas diferencias por ser gais no son tales, puesto que el desenvolvimiento de la colmena social reproduce palmo a palmo el esquema de toda estructura conocida, llena de imperfecciones, de envidias y a veces odio, de actitudes segregacionistas (sí, los gais también son machistas, xenófobos y astutos negociantes del temperamento humano) y, a veces, de verdadero cariño, de lealtades puras y de generoso amor.

- Además, apenas tiene árboles. No soy de asfalto, si no de parques.

Ambos reímos. La napolitana ya no estaba y el cuenco de café estaba semivacío. Llevaba fumados un par de cigarrillos.

- Sabía que no. Chueca no es para ti. Y menos mal. Hay que huir de ella antes de que se meta en la piel… Después es tarde.

Puede que tuviese razón. No me gusta ser distinto, pero reconozco que aún en Chueca lo soy. Me aterra a veces la idea de ser un verdadero Outsider, alguien que no consigue conectar con lo que le rodea. Una especie de isla en medio de un mar encabritado a veces y a veces en calma. Y eso tampoco es bueno.

Nadie puede alzarse en dueño de la Moralidad. Y mucho menos los partidos políticos o instituciones supuestamente divinas: todas estas formaciones siempre persiguen algo. Tampoco nadie puede alzarse con el derecho de dividir a la humanidad en normales e invertidos, en heteros y gais, en negros y blancos: el mundo escapa siempre, siempre a la clasificación única e irrepetible, puestos que su constante cambio es la base misma de esa insabilidad y de ese desvarío.

No: Chueca no es el paraíso de lo diferente. Es el paraíso de una libertad contracturada, que es mucho mejor que no tener ninguna, pero cuyo fin aún no está del todo conseguido. Mientras veamos al vecino por el rabillo del ojo, mientras no nos aguantemos las ganas de cotillear y de definir y de valorar a los demás por logros o aptitudes físicas o meras conveniencias sociales, aunque estos convencionalismos parezcan novedosos, Chueca no será más que un gueto, variopinto y divertido eso sí, pero cruel y duro al mismo tiempo, en el que la sociedad a la que pretende superar está tan anclada, tan sembrada en su uniformidad, que aún me asombra que nadie se dé cuenta de ello antes de acabar  atrapado en la vorágine de su existencia diaria y sin fin.

Y no es algo malo: Chueca es nuestra sociedad actual, nuestra forma de vida de hoy; nada hay en él, por debajo de una superficie fuera de lo común, que lo aleje de lo común, que lo identifique por encima de cualquier estructura creada por el ser humano. Chueca, crisol de variedades, quizá aún no tiene sitio para un outsider como yo. Y no me molesta ni me preocupa, antes bien, me maravilla. Y cada vez que visito el barrio me lleno de su energía, disfruto de su notoria belleza, y de su evidente desparpajo. Nadie ríe más que en Chueca, y nadie hace más lo que le apetece en los perímetros de este barrio de Madrid. Pero, desengañémonos, Chueca no es el Paraíso, aunque se parezca, muy mucho, al este del Edén.

Cuando salimos del Mamá Inés, yo con mi maleta en la mano y Abel con un cigarrillo en la suya, nos despedimos con un par de besos y un abrazo. La canción de Melody Gardot (que tanto me recuerda a Philippe Servais) ya había terminado y Chueca despertaba con todo su esplendor. Subimos por la calle de Las Infantas hasta la calle Fuencarral, alborotado bulevard de tiendas, gentes y peticionarios, y nos separamos de nuevo con un abrazo. Él se encaminó hacia Gran Vía. Yo, hacia Tribunal. El ruido de las ruedas de mi maleta salpicaba una y otra vez mis pensamientos…

No, no me gustaría vivir encerrado aún más en compartimentos estancos, en celdas en las cuales yo no haya elegido estar. Pero Chueca es un proyecto vivo, una idea maravillosa, que debe evolucionar y cambiar, como todo invento humano, en busca de su perfección. Mientras tanto, me dejo atrapar por su embrujo gitano de vez en cuando, por el hechizo de su maltrecha libertad y encontrar allí un mundo de personas maravillosas de las que aprender siempre y por las que ser siempre feliz, a trozos puros y reales.

Melody Gardot. Baby, I’m A Fool.


Tuve y tengo la inmensa suerte de conocer a Philippe Servais hace ahora un año. Personalmente, quiero decir. Antes ya se había establecido entre nosotros una conexión calurosa, de mutua admiración y respeto, a través de ese mundo en constante expansión que es Internet.

Recuerdo cuando lo vi. Sentado y esperando con cara de aburrido, cuan largo es (porque es muy alto), a que su equipaje apareciese por algún lugar de la T4 en Barajas (Madrid.) Lo vi, con mis ojos de miope redomado, y lo reconocí casi al instante. Rubio y con pinta de guiry, es tan atractivo que casi quita el aliento. Y cuando mira con esos ojos preciosos y la sonrisa más encantadora que había visto en mucho tiempo, pude darme cuenta que la conexión que habíamos experimentado no había sido una ilusión. Una casualidad nos llevó a conocernos, y esa casualidad se mantiene pese a las distancias y al tiempo transcurrido.

Me gustan sus manos largas y expresivas, y la cara de malicia que se le pone cuando dice algo inapropiadamente divertido. Y su mirada. Y su gusto exquisito. Pero por encima de todo, su sonrisa. Y, sí, a veces, cierta tendencia al exhibicionismo que me hace reír.

Él me presentó a Melody Gardot. Me dijo que la escuchase, que me iba a gustar. Y tenía razón. Desde entonces, esta canción se ha convertido de una forma peculiar en nuestra canción. Siempre que la oigo, mis recuerdos se llenan de Philippe Servais; y la oigo muy a menudo, porque es una forma de tenerle cerca de mi corazón.

Y Philippe está de cumpleaños en estos días, y quisiera que esta fuera, si bien poca cosa, una demostración del afecto que le tengo y de lo mucho que lo extraño.

Feliz Cumpleaños, Philippin.


Philippe Servais, posted with vodpod

For Good. Idina Menzel & Kristin Chenoweth. Wicked.


1st collector for For Good Lyrics.
Follow my videos on vodpod

A P.S.

Después de mucho tiempo pensándolo, quisiera decirte algo.

No, no te preocupes. No tienes por qué; bueno, o eso creo.

Estoy bien, sí… Me late el corazón, y ni se me ocurre dejar de respirar (creo que no pudiera aunque quisiera) y sí, aún tengo dos brazos y dos piernas y un montón de dedos, y dos tetillas inútiles. Con mis ojos veo todavía la belleza de tus ojos y oigo el latir de tu risa de ala mientras te abates sobre mí besándome al amanecer. Puedo sentir tu presencia aún cuando estés a cien kilómetros de aquí; y mi soledad aún se mitiga con un solo pensamiento sobre ti, con un sueño despierto entre tus brazos.

He estado pensando mucho sobre esto, y eso que no, no es nada malo. O eso creo… ¿Quieres dejar que te explique? Bueno, no es que necesite una excusa, porque desde que te conozco todo ha quedado explicado, desnudo de ciencia y de razón. Nunca me había pasado antes, con sólo pasar a mi lado adherir el universo entero a través de tu aroma y del sonido de tu voz, tan suave y oscura al mismo tiempo. Cuando llegaste a mí el mundo se detuvo y cobraste toda la importancia que hasta es momento sólo gastaba conmigo mismo. Desde que nos encontramos me he vuelto generoso con la vida, porque quiero que la vida esté llena de belleza y de alegría, y quiero que todos compartan conmigo, por el módico precio de la felicidad simple, la felicidad que me has regalado, que me has descubierto y que me lleva a cavilar, ya ves, durante mucho tiempo, algo que me cuesta decirte, porque no me dejas.

¿Ahora qué ocurre? ¿Acaso no confías en mí? ¿Te acuerdas nuestro primer fin de semana juntos? ¡Qué miedo! Compartir la misma cama, el mismo baño (sí, te creo, creo que tener baños separados extiende la tranquilidad unos cuantos años más), el desayuno y las mañanas, y las comidas y las tardes y las noches guarecidas y encandiladas de estrellas… Angustia inútil, lo sé. Lo supe antes que tú, cuando tus ojos se despertaron en los míos, que ya estaban somnolientos de tanto que te soñaron; lo supe al acariciarme en el umbral del hotel, cuando no encontraba las llaves del coche porque las habías escondido en tu pantalón; lo supe porque me reí al enterarme en vez de decirte de todo por la travesura, que es lo que merecías…  Y es que tú me dabas más de lo que yo merecía, y por eso supe que valías el universo que se extendía en ese fin de semana, y que ya nada sería igual en mi vida, porque habías aniquilado cualquier deseo de que eso fuese posible.

Pues yo sí me acuerdo de los detalles, mira por dónde; recuerdo el calor de tu piel pegada a la mía, y de la sonrisa entretelada a mediodía, y me acuerdo que apenas vimos el puerto abierto al mar… Y cómo buscabas alargar el tiempo en la ducha, con el agua tibia rebotando en nuestras espaldas, entremetidas en los rincones desahogados de nuestros abrazos; y las lentas sobremesas, mientras callados nos acariciábamos las manos suaves y aún tersas de conocimiento…

Sí, quiero decirte algo. Más bien proponerte algo… Que no, no empieces otra vez, con lo bien que estabas en silencio… Lo sé: me gusta tanto tu voz que hasta tus silencios me parecen llenos de maravillas. Por eso, me gustaría que me dejases decirte… Sí, yo también te quiero… Vale ya, ¿no?

Si es muy simple lo que quiero decirte… ¿Quieres un poco de té? Sí, conmigo. Té para dos… ¿Te he dicho alguna vez la tortura que siento cuando te alejas de mí? ¿Te he mencionado si quiera de pasada, lo mal que duermo cuando te vas a tu casa, y lo lenta que es la noche, lo oscura, lo incierta, cuando tu cuerpo no se apoya en el mío? ¿No te has dado cuenta lo bella que es mi vida cuando estamos juntos, cómo me sonríe la mirada y la boca abierta de gozo que se me queda en la cara? Estemos donde estemos, todo vale la pena porque tú estás en mi vida; de la mañana a la noche, la madrugada fría, el ocaso febril teñido de naranja y azul, la sábanas mojadas y el desayuno con zumo vencido y leche cortada como yogurt… Todo vale la pena cuando estamos juntos, porque somos felices juntos, somos uno solo siendo dos, y aunque me caiga y me levante, tu sonrisa me atrapa y aunque tú te vayas de viaje una y otra vez, lejos de mí, saberte en mi pensamiento, en mi corazón, lo hace apetecible, llevadero, tierno y único, único porque lo compartimos, porque es de los dos.

Quisiera fundar un hogar contigo, crear una intimidad eterna. Quisiera ver la evolución del mundo, sentir la rotación terrestre, y pintar los húmedos otoños y las tormentosas primaveras con el color de tus ojos; quisiera conquistar los mares de los años que corren, y en la singladura extender como un hechizo una vida en común como un tapiz impermeable y único, tejido con tu piel y la mía, embebido por el sudor de nuestras pieles y por el sueño de nuestras mentes; desearía andar los caminos trillados del día a día, descubriendo a tu lado la maravilla de lo simple, la sutileza de lo que siempre está ahí, y sentirte aquí, junto a mí, bailando la sinfonía de los años que pasan y de las flores que se abren y se cierran entre el orto y el ocaso. Quisiera quedarme en tu regazo hasta que se vuelva mullido como una almohada cómoda; y sentir las arrugas de la piel y la sedosa plata de tu cabello enredado con el mío, y saber que seguirá atrayéndome como el primer día, porque la felicidad hará que sea siempre ese primer día, cuando nos sonreímos sin saber de qué iba la cosa y sin esperar nada de lo que hemos llegado a conseguir.

Quisiera tenerte a mi lado y compartir sueños, temores y alegrías; tener un hijo, quizá, o quizá tres perros, y una playa secreta, y sí, un cielo en común…

¿Y qué me dices? ¿Te apetece? ¿Te apetece tomar té conmigo, dos personas para un té, de cualquier sabor, de cualquier color? ¿Te apetece ser feliz, feliz de verdad, junto a mí?

En este mundo en perpetua expansión que llamamos Internet (es decir, el universo entero) la vida está llena de sorpresas. Unas mejores que otras, desde luego; y las hay también cegadoras y fascinantes. Conocer a dos personas deslumbrantes en todo el sentido del término ha sido uno de los mejores regalos que ha tenido mi vida. Seres vitales, apasionados y fríos al mismo tiempo, con tanto en común y tan distintos; tan separados y tan unidos, que aún no salgo de mi asombro y de mi agradecimiento por esa red de casualidades que han acabado enlazando mi vida con la de estos dos seres maravillosos.

El mundo gira, y nosotros con él. Las casualidades, a veces buscadas; las oportunidades del presente, qué sé yo. Todo juega un papel en el azar humano, casi el destino, que nos lleva a pensar que, pese a todas las circunstancias vitales que nos rodean, el momento en el que cruzamos miradas, nos saludamos con un apretón de manos y tomamos un café, estaban determinados y eran los únicos, los mejores, los adecuados. Eso me ha pasado con Abel y con Philippe.

De habitual, intento ser cuanto más personal más elíptico; cuanto más cercano, más intrincado. Todo tiene un límite, y el pudor y la decencia aún más. Y, sin embargo, esta vez intentaré hacer una pequeña excepción. El lazo (si es un lazo) que nos une tiene mucho de inhabitual, de poco corriente, de extraño. Y sin embargo se ha gestado con las fuerzas telúricas del corazón, templado a fuego por las circunstancias, y sembrado con ciertas dosis de locura pasajera que, vista de lejos, sólo me arranca sonrisas.

De habitual, intentaría disfrazar mis pensamientos con imágenes más o menos recargadas, llenas de una hermética poesía que puede que sólo yo entienda; no quiero decir con esto que intente jugar con el lector o no quiera decir lo que pienso: todo lo contrario, porque no hay una entrada en este blog que no haya sido escrita con cariño y porque no hay nada que no haya querido decir en esas líneas. Si hablar de nosotros nos ruboriza y, a veces, hasta nos da pereza; hablar de los demás, y aún más, de los amigos, puede incluso inhibirnos hasta límites insospechados. O al menos a mí. Por eso intentaré, en esta entrada, ser un poquito más lanzado y dedicarles, con fervor casi religioso, unas líneas a dos personas a las que admiro y tengo en alta estima; que me enseñan pasión, locura y desprendimiento cada vez que me acerco a ellas, y que se abren a la vida sin miedos y sin cortapisas, abrazando lo bueno y lo malo con la misma pasión y la misma locura.

Ambos han nacido en noviembre: uno a principios, otro a finales. Uno es rubio y el otro moreno. Uno más alto que el otro. Y los dos son personas atractivas de verdad, sin caricaturas ni dobleces; están llenos de miedos y de cariño, y reparten frío y calor a partes iguales. Cada uno entró a mi vida (y yo a las suyas) por distinta puerta, pero a través del mismo pasillo. Y conocerlos personalmente sólo ha refrendado ese sentimiento de coincidencia y de amistad que la red nos ofrecía desde su virtualidad presente.

Philippe, un hombre de elevada densidad, lleno de sutilezas centroeuropeas; es dueño de una de esas sonrisas desarmantes y de unas manos delgadas con dedos ligeros y dóciles, que simulan a veces porcelana y a veces garras afiladas. De voz suave e interesante; lleno de una vida de cristal, de una límpida belleza y de una resistencia férrea y de estructura marmórea. Un ave de paso, un alma que lucha por ser mejor de lo que ha sido, por encontrarse en medio del ruido del día a día, y por superarse a trompicones respondiendo, como sólo los seres humanos podemos hacer, a las sorpresas de la vida. Philippe es poseedor de una inteligencia vibrante y de una cultura profunda que prefiere, sin embargo, quedar agazapada, pasar inadvertida. Busca, se agita y encuentra, sorprendiéndose en el proceso y deleitándose con sus hallazgos; a veces maravillado, a veces ácido, a veces mordaz; su conversación es amena, profunda y locuaz una vez que supera una timidez inicial más escudo que arma de defensa. Nos conocimos y nos reconocimos uno en el otro con una sonrisa, y ese momento de extrañeza, que puede durar siglos, se evaporó a los pocos minutos de entablar conversación: no era un extraño con el que nos tropezamos en la calle sino el amigo cuyos pensamientos, puede que inconexos, hemos llegado a compartir antes de tiempo. La extraña magia de Internet. Y aún recuerdo sus andares, de rara seguridad; el pelo rubio muy corto, la barba recortada, los ojos azules brillantes y serenos, y la sonrisa más invitadora que haya visto en mucho tiempo. Fue como llegar a un lugar muy conocido, donde todo es nuevo pero que sabemos donde está; fue como aterrizar en lugar seguro y, aún así, vivir sin brújula y sin mapas, atento a las novedades y enamorado de ellas. Philippe es un hombre maravilloso en muchos sentidos, y que enriquece la vida de todo aquél al que se acerca; y es dueño de una personalidad desarmante, tierna y juguetona en su aparente seriedad, que se despliega en la sonrisa más atractiva imaginable. Cuando ríe se oyen las alas de los ángeles, y sus ojos desaparecen en medio del deleite… Philippe, Philippin, un hombre encantador, un ser humano brillante, excepcional. Una de las maravillas de mi vida.

Abel es un terremoto: de sentimientos, de verborrea, de gestos y de extremos. Es un huracán, el mar embravecido que lo ha visto nacer, la lluvia que cae y los relámpagos enceguecedores. No hay nadie que no haya sido tocado por la magia de este hombre de maravillas. Atractivo a rabiar; de una voz de catacumba, sensual y estentórea; imprime tal pasión a lo que dice y a lo que hace, tanta energía, que es un generador, una bujía eterna. Todo en Abel es inflamable: los gestos, las miradas, los sentimientos. Todo en Abel está hecho para ser vivido de adentro hacia afuera. Y todo en Abel son extremos: signos y síntomas de una vida admirable. Dueño de una inteligencia extraordinaria a la que sólo le gana un tesón que mueve mundos y renueva universos, tiene una creatividad desbordante, un espíritu juguetón y un ánima de artista que lo hace peculiar, es decir único. Hay personas que nacen para ser vistas allá donde van, porque desprenden un aura especial: Abel, con su espíritu dispuesto, su candidez de siglo y medio, su disposición abierta y educada, su condescendencia, su simpatía sin igual y su enorme capacidad de dar, es un imán, una guía. Es uno de esos hombres adorables; enorme, de grandes manos y fuertes brazos de grúa; lleno de energía y de deseos por cumplir. Su voz ronca, profunda, en la que retumban ecos del Mar del Norte; su mirada quizá algo cansada, que esconde un alma delicada, amante, tierna y dulce; y su constante lucha, su completo abandono a todo aquello que no sea su orgullo, su determinación y su lucha. Abel, siendo el más fuerte, con sus rasgos recios y viriles, con su andar rápido de Mercurio, es sin embargo el que más inspira cuidados; nadie puede resistir que un hombre tan grande tenga tal corazón de oro sin que le invada una enorme necesidad de protegerlo, de adoptarlo. Y de admirarlo. Todo en Abel es un exceso, porque el exceso es Vida. Hace de la creación una cruzada y de su talento una cruz. Estar cinco minutos a su lado y no sentirse atrapado por esa corriente de energía, por esa palanca eterna, es muy difícil. Y no dejarse atrapar por esa ternura sin igual, por esa mirada enternecida, y por esa inteligencia brillante, es casi una labor imposible. Abel es un seductor nato; un luchador único, y un gran artista del disfraz. Pero no seré yo quien le reproche eso. Un corazón que late a tal velocidad sufre siempre un riesgo; él lo sabe y lo asume, y esa sumisión a las cosas que deben ser, y esa falta de miedo, lo engrandecen y lo hacen ser aún mejor persona de lo que ya es. Y eso es algo muy difícil de igualar.

Ambos han nacido en noviembre. Ambos han estado y estarán de cumpleaños. Vaya manera más extraña de desearles la paz que buscan, el éxito que atesoran, la locura calmada del corazón y la realización de sus sueños. Dos hombres con los pies en el suelo, llenos de una integridad diáfana y de un corazón de cristal. Dos hombres que me inspiran a ser lo mejor de mí mismo, exactamente igual que ellos. Y aquí queda.

¡Feliz Cumpleaños, Philippe!

¡Feliz Cumpleaños, Abel!

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 33 seguidores