- Tengo que decirte algo…

   Pongo la mesa. Los platos, los cubiertos, un pequeño arreglo de flores; un par de copas.

- ¿Qué será?

Arreglo un poco el mantel, algo arrugado en una esquina.

- ¿Has traído la leña?

- Sí.

- ¿Y la tarta…?

- Sí.

Me distraigo un momento. Me acerco al candelabro y enciendo las velas.

- ¿Qué te parece?

Le pregunto mientras tengo una copa vacía entre las manos.

- Que ya no te quiero…

Algo se rompe. Bajo la mirada.

Mi corazón hecho trizas sobre el suelo.

Y silencio.

   No pensé que llegaría este momento. Sentados uno frente al otro, en este café lleno de gente que va y viene, cada uno con sus vidas y sus preocupaciones. Y con las tuyas y las mías.

   Cuando llegué ya me estabas esperando. No es costumbre y me sorprendí, debo admitirlo. Estabas ansioso y al verme se te pasó todo. Me sonreíste como sólo tú sabes, el mundo me dio una vuelta y volvió a dejarme aquí, de pie, a tu lado. Me dijiste tonto, anda, siéntate. Y yo me senté, claro. Recordando.

   Recordando las veces que hemos estado así los dos muy juntos, embarullando confidencias, a veces diciendo naderías. Durmiendo espalda contra espalda; despertándonos con legañas en los ojos, con las señales del sueño en nuestras caras… ¿Cuántos años llevamos juntos? No lo sé, y no quiero contarlos. Son muchos, muchos, creo, y será mejor dejar el tiempo con sus cifras tal como están, es decir, en el olvido.

   Y sin embargo, cada día que nos vemos en nuevo para mí. Tus ojos brillantes, tu pelo castaño un poco grisáceo por las sienes, y esa sonrisa de mundo y medio, que hace girar mi corazón y lo vuelve a su sitio como si recibiera una descarga eléctrica. Ni siquiera ese período que dejamos de vernos, tú allá y yo aquí, cambió en lo absoluto el cariño que nos tenemos; antes bien: hizo que el mío criase unas raíces muy profundas, quizá demasiado, porque me han llegado al alma, y desde aquélla, hasta que volviste, los días se me hicieron de chicle y se estiraban sin fin ni conciencia, en una constante extrañeza que casi cae en melancolía, y a punto estuve de ir a rescatarte y colocarte de nuevo a mi lado, que es donde has debido de estar desde el principio y de donde espero que nunca más vuelvas a salir.

   Me tomaste de la mano y me hiciste sentar. Ya habías pedido por mí, lo mismo siempre: cortado doble tibio con leche desnatada y sacarina, la leche a un lado para regularla, el café humeante, una cucharilla de acero y la sacarina de a dos, con ese sabor metálico que de tan desagradable ya hasta lo extraño. Tú bebías una infusión, cualquier mezcla de hierbas te iba bien, y sin edulcorante alguno. Nunca me ha extrañado: eres todo dulzura, sobre todo cuando estás de buen humor. Como esta tarde cuando me llamaste. Y hasta ansioso parecías. Y yo.

   No nos besamos. Porque te comería a besos. Y tenías mucho que contarme. Y yo quería decirte algo que tenía encerrado entre el corazón y la lengua desde hace mucho tiempo, desde antes de que te fueses y volvieses y todo empezase otra vez. Pero nos abrazamos, o más bien me abrazaste, y yo me derretí entre esos brazos preciosos, tras sentir el calor que irradiaba tu pecho abierto, los latidos de un corazón que era todo energía.

   Y con tu energía hablaste y hablase sin parar. Tus manos también lo hacían, con una elocuencia casi divina. Y me mirabas y me sonreías, y a mí se me caían los ojos y el mundo giraba al revés cada vez que me tocabas y me hacías un guiño, y acercabas tu boca a la mía casi sellando un beso. Durante un segundo olvidaba qué responderte, absorto como estaba en la contemplación de tu rostro precioso, arrullado entre las notas de tu voz de cadencia oscura y suave.

   Me dijiste muchas cosas, muchas. Tus ojos brillaban y sonreían, y alguna lágrima resbaló por los párpados y llegó a tu boca de fresa, húmeda por la infusión y seca por la excitación de las buenas noticas. Y yo que me moría de ganas de decirte mi mayor secreto, mi único secreto. El impulso que me llevaba a abrazarte en la noche, el aliento que hacía acercarme a tu rostro buscando tu mejilla y tu barbilla y tus labios. Pero no quería incomodarte pues estabas demasiado ansioso para que me tomaras en serio, y yo debía replegar mis ganas hasta que la efervescencia de tu temperamento me dejase sitio para respirar.

   – Lo amo.

   Me dijiste. Y el flujo de mis pensamientos se detuvo de repente. Sentí caer en un vacío y volver de la nada. Casi se me cae el café. Mi corazón se detuvo. Y las palabras anheladas se secaron en mi lengua. Se me nubló la vista y palidecí.

   – ¿No te alegras por mí?

   ¿Cuántas veces habré oído esa pregunta? ¿Cuántas veces habrás llegado a decirme que amas a alguien que no sea yo?

   Intenté reponerme lo más rápido que pude. Dejé el café, que estaba horrible de todas maneras, y tomé tus manos entre las mías. Tus ojos brillaban mas no bailaban como hacía un segundo. Tu rostro enmarcaba una ansiedad distinta, un deseo de ser gustado. Y esa expresión hizo que me tragase mi corazón en trozos gigantes, y cada una de las palabras que deseaba decirte, que quemaban mis arterias queriendo emerger por fin tras años de espera, dejaron su rastro en mis brazos y se agolparon en el fondo de mi mente, haciendo que me doliese la cabeza y cada uno de los músculos del cuerpo.

   – Sabes que te quiero… Que te quiero bien. Y nada es más importante que tu felicidad.

   Conseguí no mentirte y serte fiel. Te llevaste mis manos a tu boca y depositaste en ellas un beso cálido, lleno de ternura. La misma con la que yo te besaría la boca, y con mayor ansia y pasión…. Dejé que siguiese hablando mi mente mientras intentaba acallar mi corazón, que lloraba lágrimas de sangre, que aullaba con gritos de taquicardia. Pero no quería hacerte sentir incómodo con lo alegre que estabas, con lo esperanzado que te sentías, con lo atractivo que el amor nos hace sentir siempre.

   Después de aquello recuerdo poca cosa más. Me enseñaste una foto. Hablaste de presentarnos, de las ilusiones que tenías, de lo bello que todo te parecía. Reparaste en el café, que estaba a medio beber.

   – Es malo, ¿no?

   Y tanto.

   Yo asentí. Y seguiste envuelto en tu vida.

   – Esta vez es en serio. Esta vez es de verdad.

   Me dijiste al despedirnos. El frío en la cara pareció despejarme un poco. Asentí. Otra vez para siempre. Para siempre el amor callado que tengo, el sabor de un corazón que no halla descanso, el rumor del oleaje de un amor que rompe una y otra vez en la orilla de tu vida y del que pareces no enterarte para no sentirte incómodo.

   Nos alejamos tú hacia arriba y yo hacia abajo, de vuelta al trabajo, a la vida diaria. Ni siquiera tuve oportunidad de decirte lo que siento por ti, de decírtelo desde el alma, con todo mi corazón… Quizá en otro momento, en otro lugar, en otra circunstancia. Quizá en otra vida, ¿quién sabe?

   Pero al menos no te mentí. Y fui fiel a mí mismo. Porque sí, es cierto: te quiero, amor amor, te quiero bien.

Rest Your Love On Me., posted with vodpod

 

No hay diferencias./ There are no differences.

I Honestly Love You., posted with vodpod
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 41 seguidores