¿Crees que te quiero lo bastante?

   ¿Me quieres tú?

   ¿Y qué es bastante?

   ¿Y cómo es quererse?

   A mí me late el corazón bum, bum, bum cada vez que te veo. Y me sube hasta la boca y me lleno de besos para ti.

   Cuando pienso en ti se me alborotan las ideas, me salen por los oídos. No oigo nada porque están llenos de tu nombre y la lengua se me traba contando las letras, y ver, sólo veo tu perfil asomado a la ventana, tu sonrisa de planeta y medio y tu mirada de manzana.

   Y siento mariposas en el estómago revoloteando y haciéndome cosquillas, así que tengo una sonrisa enganchada a los labios hasta que me duele la boca.

   Y mientras duermo sueño que me acaricias y me abrazas hasta faltarme el aliento. Y me despierto pensando en ti muy adentro, enrollado en mi cabeza, latiendo en mis sienes sin control alguno.

   ¿Crees que te quiero lo bastante?

   Pues no me mientas. No me digas que sí cuando es no. No vayas allá cuando quieres ir aquí. No me digas que deseas tumbarte cuando quieres bailar y cuando quieras dormir no me salgas conque no importa ya lo harás más tarde.

   ¿Me quieres tú?

   Pues no juegues con mi corazón, que no es de goma. Rebota cuando te tengo cerca, y en tus manos es de cristal. Y aunque se llene de mariposas revueltas, tú eres el único que parece darle sentido a esta locura de quererte. Así que no juegues con mi confianza, que aún es más frágil que mi corazón.

   Porque sin confianza no puedo vivir.

   ¿Qué es quererse?

   Es aceptarse. Es comprenderse. Es olvidarse para luego y tenerse siempre en la mente. Y sonreír entre lágrimas y abrazarse sin sentido y besarse en la oscuridad y a pleno sol. Y gritar el nombre deseado hasta quedarse sin palabras.

   Así te quiero. Como un cariño de vidente, evidente y decidido.

   Y eso eres para mí. Todo.

   ¿Me quieres tú?

   Y si me quieres entonces, ¿qué soy para ti?

   En la penumbra nos acercamos lentamente.

   Siento tu aliento acariciando mis labios. Y el estallido de mi piel al contacto de tus manos.

   En la penumbra sólo estamos tú y yo.

   No hay un sonido salvo el vaho de tu respiración y la mía. Y el rocío de tu boca en mis pestañas.

   En la penumbra bailamos una canción que brota de nuestros corazones. Bum, bum, bum.

   Tu pecho y el mío juntos hasta fundirse en uno solo. Tu mejilla en la mía y el cuello extendido y un cosquilleo de perfume en mi nariz. Y los dedos como ríos diez y veinte y cuarenta entrelazados. Y el calor del roce y el frotar de la caricia.

   En la penumbra, en la que todo pasa, se detiene el tiempo y navegamos por ríos separados hasta encontrarnos en el romance de un beso.

   Y otro más.

   En la penumbra perdemos el sentido llegados al punto de no retorno. Y quemamos los puentes de la ternura alcanzando la pasión.

   Y sólo hay gemidos que se transmutan en silencio. Y el silencio que cae entre los dos, unidos como un garabato sin principio ni fin.

   En la penumbra brillan las sábanas cansadas.

   Y las espaldas hechas un lío y un mar de besos.

   En la penumbra todo se aquieta. Menos el amor.

   A veces es un dolor punzante, que atraviesa el pecho de parte a parte, del este al oeste. Otras veces es sordo, callado, constante y enloquecedor.

   El dolor nos transforma. Dejamos de ser quienes somos y barre nuestra historia con escoba de hierro. Lo destroza todo: pasado que se olvida, presente que es todo dolor, y un futuro que nunca llega.

   El dolor no tiene fin. Hasta que éste llega. Y es un alivio. Una hermosa tranquilidad. El norte toma su lugar y el sur, detrás, lleno de sol y alegría.

   Tengo dolor.

   Tengo dolor.

   Y recuerdo lo que pude ser y no he sido. Y evoco aquel que fui y se ha perdido.

   Nada permanece inalterable. Nada, hasta el final.

   Todo se transforma: es energía. Hasta el final.

   No siento ni padezco. Estoy suspendido en una burbuja que parece aire. Parece. Pero es muy pesada. Puede que sea de plomo.

   Plomo. Plúmbeo. Como mi corazón.

   Y duele.

   Hasta que pasa. Porque todo pasa. Y estás tú.

   Al final estás tú curándome las heridas, calmando el dolor, haciéndome ligero como la espuma.

   Eres mi premio, mi meta.

   Pero, mientras llegas, debo esperar con dolor y soledad, hasta el final.

   Hasta el final: tú.

Arrastro los pies. Un paso me cuesta un mundo y, el otro, más de un pensamiento encadenado. No logro desenredar mi mente de lo que ha pasado y sigo dando vueltas con la peonza de mi cerebro como si fuese un juego sin fin. Cada paso es como un abismo y duro, pesado y eterno. Pero los doy, uno  a uno, sin equivocarme demasiado, sin siquiera darme cuenta, salvo del ruido del agua bajo mis pies, chapoteando como niño pequeño sin descanso.

Hay días en los que es mejor no salir de casa. Todo sale al revés, o el mundo nos trata del revés, que viene a ser lo mismo. Y el cansancio sólo mina la rutina, que desaparece y se esconde, y desgasta al corazón, cuyo latir se pierde en innumerables intentos por hacer lo correcto. Por eso hay días en que es mejor acurrucarse en el sillón, con la chimenea encendida, y la tele haciendo ruido bajito mientras cabeceamos sobre un buen libro, y una copa o una taza o una caricia al lado.

Y sin embargo, la vida nos arroja en este mar insomne que ruge sin cesar, haciendo de nuestra travesía una montaña rusa de sentidos, sentimientos, escarceos, fallos, intentos, errores y justificaciones, cuando no de misterios sin respuesta, sin redes ni salvavidas; nadamos al alcance de nuestros miembros, rugiendo bajo las fuerzas de la Naturaleza, manteniéndonos a flote sin remedio y a veces sin ganas, como luchando contra nosotros mismos además de contra la vida. Porque la vida es una lucha continua, que parece no tener fin, al menos no por ahora. Y todo es un abismo que escalar de paredes lisas y pulidas; riscos elevados desde donde caer; lagos inundados por gotas de duda, engaños, insalubre negatividad y desilusiones. Y lidiamos como podemos, como nos dejan o como sabemos. Y da igual cómo sean, dónde se encuentren ni adónde nos lleven. La vida se entremezcla, se lía y se deslía usándonos de tejido, de puntadas y de guías, y nos dejamos llevar a pesar de la resistencia, o más bien debido a esa fuerza antagónica, lustrosa y única que nos conforma.

Arrastro los pies. Uno detrás del otro. Y el agua me moja los dedos, enchumbando los calcetines de lana. No debí haberlos puesto, porque los pies además de fríos, me estarán húmedos. Debí haberte hecho caso ayer, pero es que tenía frío. Y vaya si hizo frío. Me gustaría contarte todos los dolores, las vanas esperanzas, la fragilidad del cuerpo, la dureza del espíritu, la firme confianza, las soluciones borrosas y los parches que acabamos poniendo en esa tela que es el cuerpo y que a veces no queda más remedio que desechar. Pero no puedo, porque no me entenderías. No sabrías porqué a veces me quedo callado como una tumba, con los ojos semicerrados y ausentes; no estoy perdido, todo lo contrario, quizá nunca esté más presente, más contigo. Me gustaría compartir contigo mis miedos, que son tantos; mis dudas, que siembran más dudas y dan a luz más dudas en medio de un terremoto de sensaciones a la vez valiosas y equivocadas; lo mucho que me pregunto una y otra vez porqué, porqué y qué hacer; y lo que hago, casi sin pensar, tras el instinto como tras el amor, con ciega confianza y muda razón, porque no tengo ninguna o se me escapan todas, que es lo mismo. Me gustaría que sintieras la miríada de sentimientos que me aturden cada vez que entro a trabajar, esas veinticuatro horas encerrado con el dolor, la esperanza, la desolación, la fragilidad; y la risa, y la sonrisa, y la alegría y el llanto desconsolado y la envidia, la riqueza, la bajeza y el azar. Pero no puedo, porque sé que no me entenderías.

Y no me quejo: es mejor así. Cuando llego, como hoy, con los pies arrastro, y me regañas por lo bajito y corriges mi postura cansada y me sonríes con esa boca de fresa y en los ojos un brillo de estrellas, nada tiene importancia, salvo tú. No me quejo, porque tú eres la mejor de las medicinas, la única en realidad que logra desatar esa parte de mí que queda encerrada en el hospital y a la que vuelvo día a día casi sin echarla de menos; tú eres lo que me mantiene erguido aún en medio de un océano de cansancio, de frustraciones y de dolor ajeno, que llega sin embargo a ser tan mío como las entrañas que me forman. Por ti, mi paso de procesión con los pies húmedos y fríos vale la pena, y me olvido de la incomodidad y de la insensatez cuando me acerco poco a poco a nuestra casa, al hogar en el que el hogar refulge con leña recién puesta, en el que el silencio se llena con tu voz de arrullo y la cama de pluma de cisne, y la ducha de agua cálida y con olor a rosas y el eterno lamento de una fuente de patio. Por ti, mi mundo de patas arriba tiene sentido y es más mundo porque tú lo enderezas y le das movimiento, fuerza y núcleo, magnetismo y tierra.

Así pasan las horas y llego a ti. El sol hundido en medio de la lluvia, el viento enloquecido rodeándolo todo; las ramas de los árboles humildes debajo del agua que cae, y los hombres empapados que van y vienen por las arterias de la vida. Y llego con el paso cansado, cansado y aturdido, hasta encontrarte, y el mundo se llena de luz, y la tibia manta de tu sonrisa me arropa y me seca y me da de nuevo vida. Y me cuidas como a un niño pequeño; me alimentas y me imitas; me mimas y te ríes de mí. Y yo me río y sonrío en este largo y duro día en que todo era un sin sentido hasta llegar a ti. Y saber que la vida tiene una meta, y esa meta eres tú, me ennoblece, me enaltece y me desborda, afortunado y único en el mundo, por tenerte a mi lado, oyéndome, lamentándote, asumiéndome y regañándome. Adoro cada palabra que me dices, cada gesto, cada sonrisa. Para mí vale el giro de un planeta, el brillo de la luna en el otoño. Y la leña encendida y la ducha tibiecita y el arrullo de tu abrazo esponjoso, y el calor de tu cercanía, gravedad que me ata más y más a ti.

En esos momentos mágicos, en los que el largo día acaba, me siento un hombre más cabal, más humano y más pobre, porque tengo salud y un hogar cálido y una sonrisa de bienvenida y una caricia que me lleva, en esos instantes en los que el largo día llega a su fin, a la alegría más pura y sentimental, que es la de sentirse amado. Contigo en mi mundo el mundo cobra sentido, un sentido único que resiste las embestidas del espacio exterior, y que consigue, a pesar de las desidias del largo día que acaba, que llegue a ti con el amor suficiente y las suficientes ganas de darte las gracias, de merecerte y de quererte al menos con la misma fuerza, la misma entereza y la misma pasión que tú  a mí.

Y a ti te dedico estas pocas líneas, mientras el atardecer inunda nuestra casa de ocaso, y la leña crepita en el hogar, y mis pies ya están secos, y tu mano acaricia la mía, con esa delicadeza y esa complacencia que tienen todas las cosas pequeñas, que se sostienen gracias a ti.

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Sueño contigo y, por un momento, esos instantes juntos son de maravilla. El tiempo se detiene. Se detiene. Y miles de cosas suceden a nuestro alrededor sin que seamos conscientes de ellas.

Posas tu cabeza sobre mis hombros; me abrazas, tú, cuyas muestras de afecto son tan escasas como las de un ídolo de piedra; y el mundo giras patas arriba, nada es lo que debe ser, y se me nubla la mente, se me alegra el corazón y dejo de ser yo porque estoy siendo la totalidad de mi yo en esos instantes divinos.

*****

Pero no soporto el desprecio, el abandono, la usura.

Ni contigo ni sin ti.

Miento: siempre contigo.

Pero no te das cuenta. O haces que no te enteras y miras hacia otro lado. Como si hiciera falta la vista para saber que te quiero.

Miento: que te amo.

Pero eso no te interesa.

*****

Eres cruel conmigo, que te lo daría todo.

Pero no te importa que te dé. No te interesa lo que recibes de mí.

Para eso están las cosas hermosas: para ser dadivosas en su gracia, en su dejarse querer.

Y tú eres hermoso.

*****

Hermoso y cruel, como las rosas.

*****

Tú eres mi jardín, mi bosque, mi selva, mi pulmón.

Y mi desgracia.

Pues no dejo de pensar en ti.

******

Te sorprendes: sí, quiero toda una vida contigo. Una buena vida, una vida buena.

Me asombra que te sorprendas; como un juego de tontos en el que ambos intentan hablar sin escucharse.

Pero has estado cerca de mí; me has tocado; has dejado que yo te toque. Te he venerado; has dejado que te adore. Me has hablado; abres las puertas y cierras las ventanas.

Juegas conmigo como un gato con su pelota de estambre. Me enamoras a gusto para dejarme después, lamiéndome las heridas de tu abandono.

Me dices que sí pero me dices que no.

Me sigue sorprendiendo que, conociéndote, no consiga olvidarte. Y que mantenga encendida, muy dentro de mí, esa llamita absurda, ese sueño inútil: sí, quiero una vida, una buena vida, contigo.

*****

¿Qué es ficción?

¿Y qué es realidad?

Tú. Imbricado en mi ser hasta el centro del universo de mí mismo, mi entera persona, mi todo.

Y mi nada. Porque nada eres ya y yo soy vacío.

Un vacío lleno de ti.

*****

¿Por qué el amor, si es amor, es tan doloroso?

*****

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿POR QUÉ?

¿Por qué soy incapaz de olvidarte?

*****

Vivo con la tristeza como otros con la esperanza o la riqueza.

*****

El día que ni parches, ni muletas, ni brujerías puedan contener un dolor hiriente; una herida despegada; un alma rota; el amor se apagará de repente, como si nunca hubiera existido. O, aún peor, vivirá rodeado de las quemaduras del dolor.

*****

He luchado denodadamente por mantener un amor destructivo, por tenerte cerca, en mi cuerpo y en mi mente, para nunca olvidarme de ti.

Pero no mereces este esfuerzo titánico. Si te lo preguntase, nunca te interesaría saber el precio de esa batalla ni el resultado.

He luchado, rompiéndome en el proceso, destrozando en esa guerra contra lo imposible mi propia estabilidad, mi sentido común, mi integridad y mi alegría.

*****

Pero tuve un sueño, un sueño de ti, contigo.

Para crear me, mi, conmigo

Tuve una vez un sueño, en el tiempo en que soñar parecía no costar nada, y todo parecía posible.

Todo: hasta tú.

*****

Pero tuve. Y ya no tengo.

No tengo sueños. No sueño nada. Pues intento estar despierto, viviendo esta realidad vacía.

Para no soñar contigo.

Una recurrente pesadilla.

*****

Porque soy incapaz de olvidarte.

*****

Despertar tras un largo período de insomnio, de inerte ingravidez.

Los pasos se hacen grávidos; el corazón se detiene y la razón se erige en juez y parte, en demandante y sufriente; en castigador y pena.

El amor muere el día que nos damos cuenta de su fragilidad, de su tontería o su inutilidad.

*****

Pero yo aún no despierto de ti.

A Pleno Sol

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