076c37e063be11e2a52022000a1f9e5e_7Si me amas, dímelo.

   Si me amas, bésame.

   Si me amas, tómame de la mano.

   No me dejes así, pendiente de ti. No me hables como a las sombras, como a una pared.

   Si me amas, susúrralo.

   Si me amas, abrázame.

   Si me amas, toma mi vida.

   No hagas lo que no desees, no me dejes de lado, no me ignores.

   Llámame. Háblame. No te escondas en el silencio ni detrás de la luna. Quédate conmigo y vivamos juntos este amor.

   Amor grande porque nos envuelve a los dos. Cariño enorme que va de allá hacia aquí y sigue hacia arriba, hasta más allá del horizonte.

   Si me amas, seamos amantes. Si me amas, seamos quienes somos, sin vergüenzas.

   Bésame suave como el vuelo de un pájaro, bajito y tierno. Y cántame y dibuja un corazón latiendo: el tuyo y el mío.

   Si me amas, ven aquí. Cerca de mí. Y déjame decirte, así muy bajito, cerca de tu oído, que te amo.

   A ti.

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Ido/ Gone.

19/07/2011

Gone. Melody Gardot.  

   Entré en la habitación. Tanto tiempo que nadie lo hacía, que me encontré con cientos de telarañas que se pegaron a mi pelo y a mis brazos, escondiéndose entre mis codos y mi labios. Y me encontré con cientos de recuerdos que estaban olvidados, como ese cuarto, en el tiempo ido.

   Me sorprendieron las lámparas a medio cubrir, ese pequeño sofá lleno de polvo de horas muertas, y la cama vacía, con su esqueleto a flor de piel, exactamente como mis recuerdos.

   No sé porqué entré allí. Una especie de ansiedad desde que me levanté esta mañana, una angustia que no es desespero pero tampoco tranquilidad encaminó mis pasos, uno a uno como los latidos de mi corazón, hacia allí, para encontrarme de nuevo con tus recuerdos y los míos, con la falta de palabras y la boca seca de polvo acumulado y sábanas sin planchar. La cortina medio caída parecía mi propia memoria, y una revista en el suelo, mi alma caída a tus pies cuando te fuiste, ido de todo pero sobre todo ido de mí. Hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo.

   Me reprocharon que no te buscase, que no te rogase, que no me conformase con una limosna de tu cariño. Antes, al comienzo, cuando eras mi vida entera, pensar en vivir sin ti me dejaba sin aire y me sentía paralizado por el miedo. Decir que me equivoqué no tiene sentido, porque así es para todos: tú también cometiste errores conmigo, también creíste en una imagen que no era cierta, o no del todo. ¿Puedo ser yo más que tú? Quizá no, ya ves, pues nos parecemos demasiado. O quizá sí, ya ves, porque tú te has ido y yo me quedé aquí.

   O no aquí, en esta habitación.

   Yo me quedé conmigo y contigo. Y tú, ido, lo dejaste todo atrás.

   No miro hacia atrás. El pasado está demasiado lejos para verlo si quiera con una perspectiva razonable. Lo único que recuerdo es esta habitación llena de vida, limpia y reluciente, con las cortinas descorridas dejando entrar un sol y una lluvia y un frío y un calor que nunca nos estorbaron; las repisas llenas de libros y de discos, vinilos y películas; ropa descartada en un desorden de flor, y nuestros cuerpos unidos y separados, dormidos y calcinados por una pasión que se agota siempre y que lucha pírrica e inútil frente al tedio del día a día, frente a la memez de las horas incontables que se llenan de nuestra vida común. Ahora hay telarañas que se pegan a mis ojos y mi pelo, y que lucho en retirar, como si agitando los brazos en el aire removiese también mis recuerdos e intentase agitar una pasión muerta y una historia de mutuas decepciones. Y parece que lo logro a veces, pues una oleada más parecida al cariño que al resentimiento me llena al sentarme en el sillón con su nube de polvo, al contemplar una cama vacía que antes tenía tatuado el peso de tu cuerpo, e intento buscar el brillo de tu mirada o el sonido de tu risa entre el desorden del abandono y el devenir de mi memoria.

   Me acusaron de no quererte. Me señalaron mi laxitud, mi abandono. Hablaron de mi sangre aguada, de mi bajeza por dejarte ir, cansado como estabas, en busca de una vida que no fuera la tuya lejos de la mía. Cuando te fuiste ido, el tiempo llegó y me encontró quieto, como congelado, con el corazón en un puño cerrado y los labios sellados, por eso nadie veía nada y pensaron que no tenía alma.

   Pero el alma que calla llora a escondidas, y se despierta por la noche soñando en el sonido lento de unos pasos por el pasillo como los latidos de un corazón, y le hace un inmenso espacio con el cuerpo a la inmensidad del peso que comparte, y no mira atrás sabiendo que lo ido nunca vuelve de nuevo. Una vez ido, los días se diluyeron y parecieron ser siempre los mismos, sin voz ni peso, sin lágrimas también, con una sequía que duró años y que cambió la orografía sentimental de mi vida para siempre…

   Todos pensaron que no tenía corazón, que era insensato, que no te quería. Puede ser. Porque ahora no quiero a nadie, no espero nada de los demás, salvo que se vayan cuando acabamos encuentros cada vez más espaciados; y mi habitación no es la que era, llena de luz y de líneas sin escribir, y se parece cada vez más a ese pasillo sin fin en el que las pisadas lentas se pierden sin ser escuchadas, como un corazón cansado que lentamente deja de latir…. Todos pensaron que no tenía palabras para atraerte de nuevo, que no te quería lo suficiente. Y puede ser… Pero yo sabía que, para cuando te hubieses ido, no habría razones que pudieran detenerte, ni lágrimas que derramar ni gritos y acusaciones que verter, pues para cuando hubiese sido capaz de hacer todo eso, tus pisadas ya no se oirían en el corredor, la puerta se hubiera cerrado para siempre y nunca más mirarías hacia atrás.

   Te fuiste. Pero yo ya me había ido antes. Eso no lo supo nadie. Sólo tú. Y por eso te fuiste. Mi corazón dejó de latir por ti mucho antes, cuando la decepción me llegó en oleadas constantes, cuando todo lo que soñé se reveló imposible, por ser incapaz de asumir mi realidad y, por tanto, la tuya. Nadie supo que te esperaba hasta tarde y, al sentir tus pasos en el pasillo como los latidos de mi corazón, fingía dormir y te espiaba. Paso a paso, lento como mi corazón, agitabas tu cabello y te desnudabas bajo la sombra de los focos de la calle, te asomabas a la noche y suspirabas lleno de otros aromas, de otros sueños. Para cuando yo me fui tú ya te habías ido. Y no te lo reprocho. Y no me lo reprocho tampoco. Así son las cosas. A veces son así.

   Aquella habitación, nuestro hogar, ya no es nada: es un montón de escombros lleno de polvo y olvido. Podría revivir cada una de las noches que pasamos juntos. Podría dibujar con los ojos cerrados nuestras rutinas diarias, nuestros encuentros y desencuentros, nuestras luchas y decepciones. Pero ya no tengo ganas. Ya no me importa mucho. Entré llevado por la casualidad y encontré un montón de recuerdos enterrados bajo un tiempo ido. Ido. Como tú y yo. Y está bien que así sea.

   Es una cara más de la felicidad.

Hace casi dos años, estábamos Abel Arana y yo sentados en el Mamá Inés conversando sobre la vida, las relaciones, las despedidas y lo que nos hace únicos y diferentes. En el fondo sonaba una canción que nos gusta mucho y de la que tengo el mejor de los recuerdos: Baby, I’m a Fool de Melody Gardot. El amor y el desamor, las diferencias en la percepción del mismo, la vanidad, el desespero, la entrega, la decepción y la aceptación sobrevuelan esa melodía sugerente y elegante.

Desayunábamos. Yo tomaba agua y él, lo recuerdo bien, una napolitana con queso fundido y un tazón de café con leche, a los que atacaba con verdadera fruición. Me gusta su compañía: es estimulante, a veces quizá demasiado, porque su personalidad es un río a borbotones; pero su sentido de la familia, de lo adecuado, es asombroso y, más que todo, su desarmante sentido común siempre me deja sin palabras. Dueño de una inteligencia superlativa, le pueden las pasiones, a las que se entrega con una confianza que me asombra y me admira a la vez, por lo que sus conversaciones son fascinantes y nunca, por más banales que sean, caen en saco roto.

Durante nuestro encuentro se quedó callado mirándome. Como no soy de los que esquivo la mirada en las distancias cortas, le imité en silencio, esperando oír lo que se veía quería decirme. Por el ventanal del Mamá Inés iba y venía todo tipo de gente en variopinta procesión. Más uniformados de lo que ellos mismos se daban cuenta, por la calle Hortaleza desfilaban hombres y mujeres, cada uno enfrascado en sus propias vidas, queriendo gustar, deseando hacerse notar, ansiosos a veces, otros despreocupados y otros perdidos. La calle en otoño comenzaba a clarear a la luz del mediodía y el fluir de ida y de venida comenzaba a hacerse notar cada minuto que pasaba.

Mientras Abel se mantenía en silencio, se me dio por ver a través de los ventanales todo ese trajín matutino, poco diferente del que posee a cualquier otra hora del día, salvo por la delicada neblina de una mañana de finales de octubre. No sé qué expresión tenía yo en aquel momento, pero debía ser muy reveladora. Me tocó la mano para atraer de nuevo hacia él toda su atención.

- No vivirías aquí, ¿verdad?

La pregunta tenía muchas lecturas. Soy, literalmente, un chico de campo con una pizca de urbanita (cada vez más pequeña); desconozco en profundidad el ritmo de una vida que parece ser llevada al extremo y abandonada de repente: el trabajo dura lo mismo que el amor eterno que se olvida a la mañana siguiente, y una mirada entre hambrienta y juguetona parece contemplarlo todo con cierta sorna y desapego. El ambiente del barrio de Chueca (Madrid) pasa por ser el más tolerante y diverso del país, con sus casas de placer, con sus fiestas interminables, su gran facilidad para encontrar de todo: desde un orgasmo rápido hasta un kilo de cebollas, y su carencia total de piedad y cariño por los demás. Sin embargo, lo bello se separa de lo feo con asco; lo atractivo de lo repugnante; lo serio de lo fútil; la ausencia de sutilidad no está reñida con el sarcasmo, y la tan mentada tolerancia sólo se mide en centímetros y en unidades, no en personas o intereses mutuos.

En aquel momento la imagen que yo tenía delante de mí era la de un lugar donde las diferencias coexistían con cierta armonía, pero los propios miembros de esa sociedad diferente no se alejaban de los prejuicios de los ambientes más clásicos, antes bien los alentaban con la creación de etiquetas, locales determinados y gustos determinados, chistes beligerantes e hirientes y, muchas veces, un desenfado cruel. Nada en él hacía atractiva mi idea de mudarme; la idea de que, para ser aceptado en esa estructura de poder, deba ser colocado en un compartimiento estanco del que me estaba prohibido salir si no cumplía los requisitos adecuados, lastrándome a una casta dentro de las miles que cohabitan en ese mundo, y que me impedía, con leyes no dichas pero poderosísimas sobre el ego, el respeto y la sensibilidad de cada persona, a acercarme a otro que desease si no encajaba en los límites adecuados de la raza a la que pertenecía, me dejaba helado.

El sitio de la libertad y la aceptación se me revelaba, como cualquier otro ambiente inhumano, lleno de prejuicios, repleto de sueños rotos y tan cruel como la sociedad de la que se jactaba ser diferente.

- No. No viviría en Chueca. Me atrae durante unos días, es maravilloso vivir este ambiente de libertad, esta sobrada locura… Pero no, hay algo que no me gusta y quizá sea lo rígida que es, lo poco tolerante que es y lo poco diversa que, en el fondo, es.

Él me respondió ladeando al cabeza. La trilogía Historias de Chueca (de aquella estaba a punto de salir publicado Más), dentro de su humor escatológico y divertido, lleva velada una crítica semejante, intenta ser una llamada sobre lo que se ha hecho con un sueño de libertades y se ha transformado, gracias a las normas sociales, en una caja llena de compartimentos estancos en donde la vida pasa sin pasar; en la cual la exactitud del tiempo se mide en belleza y en logros físicos o económicos y no en compresión, apertura, aceptación y mezcla. Y no está mal que así sea: a fin y al cabo todos somos sociedad, todos somos seres humanos. Las cantadas diferencias por ser gais no son tales, puesto que el desenvolvimiento de la colmena social reproduce palmo a palmo el esquema de toda estructura conocida, llena de imperfecciones, de envidias y a veces odio, de actitudes segregacionistas (sí, los gais también son machistas, xenófobos y astutos negociantes del temperamento humano) y, a veces, de verdadero cariño, de lealtades puras y de generoso amor.

- Además, apenas tiene árboles. No soy de asfalto, si no de parques.

Ambos reímos. La napolitana ya no estaba y el cuenco de café estaba semivacío. Llevaba fumados un par de cigarrillos.

- Sabía que no. Chueca no es para ti. Y menos mal. Hay que huir de ella antes de que se meta en la piel… Después es tarde.

Puede que tuviese razón. No me gusta ser distinto, pero reconozco que aún en Chueca lo soy. Me aterra a veces la idea de ser un verdadero Outsider, alguien que no consigue conectar con lo que le rodea. Una especie de isla en medio de un mar encabritado a veces y a veces en calma. Y eso tampoco es bueno.

Nadie puede alzarse en dueño de la Moralidad. Y mucho menos los partidos políticos o instituciones supuestamente divinas: todas estas formaciones siempre persiguen algo. Tampoco nadie puede alzarse con el derecho de dividir a la humanidad en normales e invertidos, en heteros y gais, en negros y blancos: el mundo escapa siempre, siempre a la clasificación única e irrepetible, puestos que su constante cambio es la base misma de esa insabilidad y de ese desvarío.

No: Chueca no es el paraíso de lo diferente. Es el paraíso de una libertad contracturada, que es mucho mejor que no tener ninguna, pero cuyo fin aún no está del todo conseguido. Mientras veamos al vecino por el rabillo del ojo, mientras no nos aguantemos las ganas de cotillear y de definir y de valorar a los demás por logros o aptitudes físicas o meras conveniencias sociales, aunque estos convencionalismos parezcan novedosos, Chueca no será más que un gueto, variopinto y divertido eso sí, pero cruel y duro al mismo tiempo, en el que la sociedad a la que pretende superar está tan anclada, tan sembrada en su uniformidad, que aún me asombra que nadie se dé cuenta de ello antes de acabar  atrapado en la vorágine de su existencia diaria y sin fin.

Y no es algo malo: Chueca es nuestra sociedad actual, nuestra forma de vida de hoy; nada hay en él, por debajo de una superficie fuera de lo común, que lo aleje de lo común, que lo identifique por encima de cualquier estructura creada por el ser humano. Chueca, crisol de variedades, quizá aún no tiene sitio para un outsider como yo. Y no me molesta ni me preocupa, antes bien, me maravilla. Y cada vez que visito el barrio me lleno de su energía, disfruto de su notoria belleza, y de su evidente desparpajo. Nadie ríe más que en Chueca, y nadie hace más lo que le apetece en los perímetros de este barrio de Madrid. Pero, desengañémonos, Chueca no es el Paraíso, aunque se parezca, muy mucho, al este del Edén.

Cuando salimos del Mamá Inés, yo con mi maleta en la mano y Abel con un cigarrillo en la suya, nos despedimos con un par de besos y un abrazo. La canción de Melody Gardot (que tanto me recuerda a Philippe Servais) ya había terminado y Chueca despertaba con todo su esplendor. Subimos por la calle de Las Infantas hasta la calle Fuencarral, alborotado bulevard de tiendas, gentes y peticionarios, y nos separamos de nuevo con un abrazo. Él se encaminó hacia Gran Vía. Yo, hacia Tribunal. El ruido de las ruedas de mi maleta salpicaba una y otra vez mis pensamientos…

No, no me gustaría vivir encerrado aún más en compartimentos estancos, en celdas en las cuales yo no haya elegido estar. Pero Chueca es un proyecto vivo, una idea maravillosa, que debe evolucionar y cambiar, como todo invento humano, en busca de su perfección. Mientras tanto, me dejo atrapar por su embrujo gitano de vez en cuando, por el hechizo de su maltrecha libertad y encontrar allí un mundo de personas maravillosas de las que aprender siempre y por las que ser siempre feliz, a trozos puros y reales.

Melody Gardot. Baby, I’m A Fool.

Tuve y tengo la inmensa suerte de conocer a Philippe Servais hace ahora un año. Personalmente, quiero decir. Antes ya se había establecido entre nosotros una conexión calurosa, de mutua admiración y respeto, a través de ese mundo en constante expansión que es Internet.

Recuerdo cuando lo vi. Sentado y esperando con cara de aburrido, cuan largo es (porque es muy alto), a que su equipaje apareciese por algún lugar de la T4 en Barajas (Madrid.) Lo vi, con mis ojos de miope redomado, y lo reconocí casi al instante. Rubio y con pinta de guiry, es tan atractivo que casi quita el aliento. Y cuando mira con esos ojos preciosos y la sonrisa más encantadora que había visto en mucho tiempo, pude darme cuenta que la conexión que habíamos experimentado no había sido una ilusión. Una casualidad nos llevó a conocernos, y esa casualidad se mantiene pese a las distancias y al tiempo transcurrido.

Me gustan sus manos largas y expresivas, y la cara de malicia que se le pone cuando dice algo inapropiadamente divertido. Y su mirada. Y su gusto exquisito. Pero por encima de todo, su sonrisa. Y, sí, a veces, cierta tendencia al exhibicionismo que me hace reír.

Él me presentó a Melody Gardot. Me dijo que la escuchase, que me iba a gustar. Y tenía razón. Desde entonces, esta canción se ha convertido de una forma peculiar en nuestra canción. Siempre que la oigo, mis recuerdos se llenan de Philippe Servais; y la oigo muy a menudo, porque es una forma de tenerle cerca de mi corazón.

Y Philippe está de cumpleaños en estos días, y quisiera que esta fuera, si bien poca cosa, una demostración del afecto que le tengo y de lo mucho que lo extraño.

Feliz Cumpleaños, Philippin.


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Melody Gardot. Some Lessons.

Fotos de/ Pictures from: Javier Mantrana del Valle

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