a Cris Montes, que me pidió una historia. Y a Anita Tef.

 

Aún seguía sentada en la esquina del bar. Su esquina favorita, un rinconcito sólo suyo, en donde había reído y llorado, gozado del amor rápido de lo novedoso y de aquel otro más sobrecogedor que dura eternamente.

En esa esquina, casi escondida, podía ver y sentir el ambiente del bar: cuando estaba atestado aquello sólo olía a humo de cigarrillos y se oía el chin-chin de las copas y las botellas ir y venir; algunas risas y algunos besos y algunas caricias escondidas tras la espalda, tras las sombras chinescas de una iluminación quizá algo escasa. Eso le gustaba.

No recordaba cómo había llegado hasta aquel bar aquella noche, embriagada como estaba en los vapores del amor. Oh, sí. El amor que todo lo altera, el amor nuevo y ya conocido, que llega al pecho y lo inunda de locuras, de nerviosismo y de risillas tontas. Vagamente recordaba que habían entrado juntas entre risas, ya algo alteradas de juerga y sudores, y se sentaron, una en las piernas de la otra, sin importarles nada del ruido atronador que las rodeaba, ni de la escasa luz que las protegía. No les preocupaba ser vistas, estaban demasiado ensimismadas como para notarlo. Ella lo sabía. Sí, lo sabía: ya no era una niña tímida que intenta coger la mano de su compañera por detrás como quien no quiere la cosa. Oh, ella sí quería. Lo quería todo: aquel pelo en cascada, aquellos labios carnosos, esa mirada que parecía retener el secreto del universo. Cómo sabían sus labios…

Era capaz de revivir una a una las sensaciones que le invadieron aquella noche en esa esquina del bar. El batir de unas pestañas, el pecho traslúcido, una caricia que se perdía en la penumbra…Por eso le gustaba tanto aquel bar y esa esquina: porque veía y no podía ser vista, y porque aquel recuerdo, que a veces pesaba como una losa y otras era la única razón de vivir, estaba allí esculpido a fuego y a recuerdos.

Sobre la mesa, una botella de cerveza a medio beber, unos vasos vacíos con restos de alcohol en sus paredes y tres cigarrillos casi acabados; del suyo, con restos de pintura de labios (sí, le gustaba ponerse mona; era muy coqueta), mezclaba aquel humo zigzagueante con el ambiente enrarecido del bar, demasiado denso como para poder retratar sus sentimientos a flor de piel, el latir de un corazón que debería haberse parado mucho tiempo atrás.

Agradecía que hubiesen quedado en ese bar. Porque en él era capaz de ocultar sus sentimientos. O eso creía. Entre el humo de su cigarrillo, el de alguna de sus amigas, y la densidad de aquel aire, no se notaba casi que el corazón le salía por la boca cada vez que pronunciaba su nombre, el de ella, que llegó del brazo de su ancla, de su sostén. Aquella preciosa criatura, ninfa que vagaba de estanque en estanque, había estado en su vida, en su vida de cama, apenas cuatro noches: las más maravillosas de su vida. Pero era demasiado libre para ella, lo sabía bien mientras se abrazaban tras las cortinas, a plena luz del día. Aquella mujer, hecha para ser libre, jamás hubiese accedido a estar atada a su vida monótona, a su continuo ir y venir de naderías. Pero esta vez, con aquella chica (tenía nombre, sí, pero mientras no la nombrara, no existiría para ella, y sería sólo suya como lo fue una vez) que tenía algo distinto, algo que la embrujó hasta la ceguera, parecía ser tan feliz…

Suspira. Otra vez. No sentía celos, porque ella era feliz. No en sus brazos, eso estaba claro, si no en los de ella. Sus ojos sonreían y hasta parecía que había madurado. Cumplía cuarenta ese día y era un sueño estar a su lado, verla abrirse lentamente como una flor en un ambiente caldeado, arrullado por la música de fondo, flanqueado por el gris hálito de los cigarrillos, que jugaban a consumirse en el cenicero entre conversaciones banales y sorbos, uno y otro más. No sentía celos porque su amor era feliz, libre y saciada, colmada quizá y completa tal vez, algo que entre sus brazos (siempre lo supo) nunca conseguiría.

La amaba en secreto. Ahora podía decirlo. Entre el ruido ensordecedor del bar y el ambiente cargado de humo y de olores, todos mezclados y todos distintos, no se permitía mentirse. De nada servía, lo sabía. Y eso la entristecía y la enorgullecía a la vez. Porque ella era, ahora lo sabía, la mejor persona con la que había estado; mucho más que sí misma, afirmaba tranquila, incluso en aquel tiempo, cuando compartían días de lecho, vino y peonías.

Lo que sentía era claramente distinto de su otra buena amiga, demasiado seria, demasiado cansada de su vida de casada, demasiado harta de ese amor, amor que la llenó un día y que ahora la deja vacía. Su amiga la miraba demasiado. Ella se dio cuenta entre la niebla. Fumaba con cierto ansia, una y otra calada en el cigarrillo que no descansaba en el cenicero. A veces desviaba la mirada, a veces reía sin sentido y (ella sí lo sabía) sin esperanzas. Porque ante aquel amor, amor que había descubierto, que la había hecho abrirse como una flor, ampliarse como una ría, no había oportunidades, ni falsos momentos, ni deslices. Ambas lo sabían; ambas lo supieron esta noche. Una sabía asumir la derrota, pero la otra, mucho más amarga, no sabía lo qué hacer.

Su amiga, perdida quizá ante la evidencia de un amor colmado al que no podía hacer frente, se despidió pronto dejando un nuevo cigarrillo consumiéndose en el cenicero. Miró la hora en  su móvil, envió un mensaje, frunció la boca sin gracia y se puso la chaqueta: la necesitaban. Su pareja (porque no era amor, amor, era sólo pareja) estaba algo mal, una gastroenteritis quizá o un catarro, para el caso lo mismo. Se levantó con aire decidido y la mirada perdida hasta que recaló en aquella figura ansiada como la vida, en aquella lava que ardía en otros lechos. La sonrió y cabeceó un poco. Se ajustó la chaqueta. La besó tres veces en la mejilla, y la última vez estuvo más tiempo de lo necesario, aunque nadie pareció darse cuenta. O casi nadie. Se despidió de las demás con un ligero movimiento de manos, haciendo remolinos con el humo de los cigarrillos y lanzó más besos a la galería. Pidió permiso a una pareja que le estorbaba el paso y desapareció en la niebla espesa de la noche.

Suspira, reviviendo esa escena de celos que pasó desapercibida para todas menos para ella. No la culpaba: sabía por lo que estaba pasando. Ese infierno de deseos incumplidos llega a enturbiar el pensamiento; esa sed de besos no recibidos congela el corazón que late despacio hasta pararse un día, tan discretamente, que no deja pulso en las arterias; esas ansias, que son sueños, y como tales, inalcanzables, y que llevan a la soledad más absoluta o al más oscuro de los rencores. Pero no se preocupaba por su amiga: tenía a alguien que, al menos, la esperaba. Enferma o no, cansada o no, ambas tenían un plan vital, quizá no tan hermoso, quizá nada excitante, pero aún les quedaba el recurso de la resignación en sus vidas. Sin embargo, a ella…

Ella no estaba ni preocupada. El amor de su vida vivía el amor en otros brazos, despertaba en otros lechos, acariciaba la luz de la mañana, planeaba un futuro, cumplía años y era feliz, feliz, como nunca lo había sido. Ella le había dado serenidad, una estabilidad  sin aburrimiento y una seguridad que la embellecía, que la hacía insuperable. Porque mira que estaba bella esta noche, con su melena libre, con sus labios de carne prieta apenas pintados y los ojos enormes, enormes, repletos de amor, de felicidad.

Sentada en el bar, mira al cenicero, en el que reposan tres cigarrillos casi acabados y un montón de cenizas. La vida podía ser así, amontonada y gris, consumida en un segundo que casi no se nota, perdida entre el humo de un bar atestado y caliente. O podía ser de otra manera. O de ninguna forma. O de la única que sabía: aquella que la había llevado hasta aquel bar, esa noche, en su esquina favorita en el mundo, y a su soledad.

Apagó su cigarrillo, aún encendido. Cogió la botella de cerveza y la agitó para medir cuánto quedaba. Después de verla un rato, decide dejarla a medio beber. A medio vivir. Como su vida. Abrió el bolso y sacó un espejito y la barra de labios. Un ligero retoque, un batir de pestañas y una lágrima escondida entre el rímel.

Qué se le va a hacer.

Se levanta, paga lo que debe. Deja algo de propina. Sin volver la vista atrás, se enfrenta al frío de la noche subiéndose el cuello del abrigo. Y suspira. Suspira otra vez.

Qué se le va a hacer. Ama, y no tiene vuelta atrás.

Y qué bien que aún ame.

Sonríe y camina despacio, despacito. Sus pasos resuenan en la calle desierta hasta que se pierden en la penumbra de la noche.

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