Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.

La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.

O quizá no.

Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.

Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.

¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.

Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.

Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.

Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.

La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.

Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.

Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.

Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.

En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.

Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.

Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.

Ladies in Lavender. Joshua Bell.

Otto Más 2, posted with vodpod

 

Vida/ Life.

24/03/2011

Song To The Moon. Rusalka. Joshua Bell.

Celebrando el Día de la Vida, la magia de un fotógrafo que colorea la existencia, que retrata el día a día y arranca belleza de lo más pequeño y regala vida de lo más grande: la sonrisa, la niñez, la vejez, el trabajo. Desde la lejana Indonesia, Rarinda Prakarsa, nos recuerda que la Vida es, no importa nuestra querencia por manejarla, por modificarla y adaptarla a nuestras conveniencias. Nada puede con la Vida, pues todo evoluciona en su seno, dentro de ella. Nacer, Morir, estaciones de ese largo trayecto que nos ve ir y venir, soñar, aprehender, sufrir, caer y levantarnos. Todo es bello en la Vida, y lo es todo: lo que nos rodea, cómo nos rodea, lo que opinamos de ella y lo que en realidad es.

Es importante saber que la Vida existe, que merece respeto, porque nada hay por encima ni por debajo: la Vida es ella misma, inmutable al paso del tiempo, a nuestro paso del tiempo y a lo que hagamos con ella. Pero nos acoge con generosidad, con belleza y con humor, incluso en la situación más ímproba, en la más aguda tristeza o en el momento de mayor destrucción: guerras, terremotos, maremotos, hambrunas, epidemias y soledad. Interrumpirla por gusto es un error; atraerla hacia nosotros de forma incontrolada también. Es un poder que nos posee y que transmitimos, pero que nunca va a ser nuestro. En la más alegre y perfecta o en aquella en la que anida la Enfermedad o la Melancolía, mientras sea Vida, será perfecta y única. Y así debemos vivirla: con respeto, con dignidad, con ceremonia, con vivacidad y con ironía, con claroscuros y colores, con trabajo y descanso, con respeto y sapiencia.

El Día de la Vida, que es todos los días de nuestra vida.


Tiempo/ Time.

08/10/2010

Eclesiastés 3: 1-8
Hay un tiempo para cada cosa
y todo lo que hacemos bajo el sol tiene su tiempo.
Hay un tiempo para nacer y otro para morir;
uno para plantar y otro para recoger.
Hay un tiempo para herir y otro para curar;
uno para destruir y otro para edificar.
Hay un tiempo para llorar y otro para reír;
uno para gemir y otro para bailar.
Hay un tiempo para lanzar piedras y otro para recogerlas;
uno para abrazarse y otro para separarse.
Hay un tiempo para ganar y otro para perder;
uno para retener y otro para desechar.
Hay un tiempo para rasgar y otro para coser;
uno para callar y otro para hablar;
hay un tiempo para amar y otro para olvidar;
uno para no comprenderse y otro para hacer la paz.

 

Eclesiastes 3: 1-8

1 For everything there is a season, and a time for every matter under heaven: 2 a time to be born, and a time to die; a time to plant, and a time to pluck up what is planted; 3 a time to wound, and a time to heal; a time to break down, and a time to build up; 4 a time to weep, and a time to laugh; a time to mourn, and a time to dance; 5 a time to cast away stones, and a time to gather stones together; a time to embrace, and a time to refrain from embracing; 6 a time to seek, and a time to lose; a time to keep, and a time to cast away; 7 a time to rend, and a time to sew; a time to keep silence, and a time to speak; 8 a time to love, and a time to forget; a time for misunderstanding, and a time for peace…

 

El sol, cayendo de lado, alarga las sombras hasta hacerlas frondosas, transformándolas en hojas secas, reflejos verdes y castaños, una misma cosa entre el cielo y la tierra.

Al arrullo del viento, que mece la alta hierba todavía seca, ahíta de verano, sedienta de agua, debajo del castaño la vida discurre tranquila, con las ansias justas, el tiempo exacto.

La luz se filtra por entre las ramas frondosas, aún llenas de la clorofila que se desgasta con los rayos del último verano, jugando con las sombras alargadas y sinuosas, como besos eternos.

Y bajo el castaño lleno de frutos, medito sobra la fugacidad de la vida, de la mía al menos; de lo que transcurre sin final aprente y de lo que llega a su fin, como el verano. E intento que bajo el castaño su sabiduría penetre en un corazón atribulado, que se siente seco como las hojas, terroso como el verano que termina, y cuyo fin parece contemplar inexorable.

Rodeo el árbol que crece exhultante hacia el cielo, buscando en sus ramas lanceadas el cobijo de las estrellas y el amparo de Dios. Nace árbol y vive árbol, sin pensar en qué puede hacer mal, si lo hace bien, y en lo que obtendrá por ello.

El sol se cuela por entre las ramas, haciendo brillar las hojas y los ojos que lo contemplan. El sol vive para sí mismo, como el árbol en su totalidad, como la Belleza que nos persigue y obsesiona. Y hace de su existencia a veces un arrullo, a veces una tormenta; a veces una lucha y a veces un sereno latir. El sol se entreteje por entre las ramas del castaño latiendo como un corazón cansado. El otoño llega, y el tiempo del descanso también.

Y el viento corre por entre las ramas abiertas como un paraguas, por entre mis piernas y mis brazos, erizando el vello que los cubre… Llega el otoño con su sereno caminar, cambiando la percepción de las cosas que nos pasan, bailando el sereno vals del perpetuo retorno.

Y, aunque la oscuridad a veces todo lo cubra con su manto de intranquilo peregrinar, como todo lo que nos rodea, incluso nosotros mismos, pronto se irá y retornará de nuevo, encontrándonos más heridos, más cínicos quizá, pero más sensibles al dolor, al abandono y, por ende, en ese juego absurdo del que se compone la vida, más sensibles al amor.

Al arrullo del viento la vida sigue, impasible, imposible, y única.

Existen hombres cuya sensibilidad y afán de belleza se refleja en todo lo que tocan: en su talento, en su cuerpo, en lo que ven y en lo que transforman. Otto Más es una de esas personas que intenta, y consiguen, expresar la Belleza que aprecian en todo lo que viven y experimentan.

1st collector for Otto Más-Una mirada diferente.
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