De mi amiga y colega Sonia Fernández Conde la belleza y melancolía de Pontemaceira, como ejemplo de lo maravillosa que Galicia es.

Hayley  Westerna. O mio babbino caro.

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   Me siento cansado. Todos los días. Es más fácil encerrarnos en cuatro paredes que salir a enfrentarnos a nosotros mismos. Cuando anhelamos la Perfección, ser conscientes de no poder alcanzarla nunca, ni siquiera en la forma más sencilla posible, hace de nuestra vida un callejón sin salida o un mundo monocolor.

   Empezando por mí mismo y terminando por mi incompetencia en muchos aspectos del día a día. Sabedor de no ser lo suficiente guapo o simpático o flexible o inteligente o atractivo o hasta vulgar, no sobresalir en nada y quedarse atrás en todo, a veces me desespera y otras veces me entristece sin compasión, llevándome a la soledad.

   Echar la vista atrás y encontrar decenas de errores, posibilidades perdidas, anhelos olvidados, vericuetos poco iluminados vencidos por la dejadez, clavados a la realidad por la incapacidad de dar más o de alcanzar lo mejor, es desesperante. Y a veces miro por detrás de mí y mi camino parece el de otro, mis ideas el fruto de una frustración tras otra, y encontrarme arrastrado por el destino y por la dejadez me paraliza y me encorajina, y saber que no hay forma de escapar al remolino de los días que se viven, escogidos tal cual son y aceptados tras bregar tozudamente con lo imposible, me agota y me apaga poco a poco.

   Empezando por mí mismo, cuya imagen está lejos de ser considerada atractiva, pasando por una personalidad avasalladora y poco interesante, plegada de dudas y de lagunas inabordables, y siguiendo por le edad que se evapora a cada instante, la matidez de los años que pasan, el brillo perdido de una mirada miope, la eterna lucha de dar lo mejor y construir lo peor sin denuedo y casi sin conciencia…

   Qué duro es anhelar la Perfección y ser consciente de su insabilidad. Todos los intentos, todas las labores, por más cuidado con la que las realice, si son analizadas con un ojo avizor, muestran aquí y allá los bocetos de errores pasados, las manchas de intenciones cambiadas de repente; una herida infligida a alguien amado, y sobre todo esa enfermedad que es la de no admirarnos a nosotros mismos. No destacar en nada, quedarse a medio camino en todo, anunciar mil esperanzas y cosechar magros frutos; energía baldía que se evapora con cada oportunidad desaprovechada o perdida y que sin embargo, una a una, terminan por construir mi vida, acaban configurando mi estructura de pensamiento, mi tejido de sentimientos y la velocidad de mi corazón que late herido en lo más profundo.

   Y sin embargo todo lo que no soy me define; todo lo que quise ser ha muerto en alguna parte para resucitar cerca de mí, en los años perdidos y en la angustia del tiempo ajado por venir. A veces me acerco a ese precipicio que está cada vez más cerca y aún encuentro ciertas esperanzas, esta vez basadas en realidades y no en ideas, sueños soñados con los pies en la tierra y anclados al suelo por la realidad. Puede que aún haya algo qué hacer.

   Sé que nada de lo que haga será Perfecto. Aunque lo anhele. Aunque gaste cada una de mis energías en ello. Nada de lo que imagine alcanzará la altura de los sueños ni llegará a ser exacto, bello y armonioso como una obra de arte magnífica, como un cuerpo que es maravilla, como una sonrisa de plata. Y ser consciente de mi imperfección hace que mi frustración se diluya y que mis sueños, ahora soñados en dimensiones más humanas, se adapten a mis capacidades, todas menores; no habrá grandes obras que la gente admire, pensamientos profundos que otros estudien, diagnósticos veraces con tratamientos adecuados, ni un amor que me acepte tal cual soy, sin pedirme nada a cambio. Así es mi vida.

   No sé si la Perfección está dada a los seres humanos. Desde luego, no a mí. Ahora ya no me irrita saberlo. Antes bien, sólo me entristece un poco y hace que siga lentamente hacia adelante. Sin embargo hay algo que sé que hago bien, y es ser Imperfecto. Por más que mire hacia atrás y vea todo lo que he conseguido (que nada es, pues no destaca sobre la labor de nadie más) sé, que no es bastante, que nuca lo ha sido ni lo será, y que casi no vale la pena, pues se pierde en un recodo del pasado y poco importa en el futuro que se extiende a mis pies… Pero es lo que he hecho con mi vida y lo que me hace ser lo que hoy soy.

   Puede que la Perfección en mí no exista. Pero lo que sí existe, y mucho, es un anhelo enorme por hacer algo bien, por conseguir un mérito, por ayudar a quien lo necesita y por regalar vida, vida buena, a todo aquel que me rodea… Anhelada Imperfección, abrázame por favor, pues ya no lucho contra ti…

Ayer, durante la guardia, una paciente yacía moribunda. Se le había apoyado para que ese tránsito fuese lo más confortable posible. Sedación y analgesia. Alrededor de su cama se podía respirar el respeto inmaterial de la muerte. Si nadie ha experimentado de cerca el óbito de un ser querido puede que no sepa discernir exactamente ese momento de intensa quietud, de palpitante vida. Es una partida, y como todos los viajes, llena de ansias, emociones contrapuestas y respuestas desiguales. Sin embargo, si queremos darnos cuenta, algo transmite la persona moribunda en el momento casi de cumplir ese último tránsito, el último resuello, y es una sensación de paz más cercana que nunca a la divinidad, una sensación de discreta alegría que nos toca muy de cerca, tanto que lo desconocemos y pasa desapercibido, pero que ahí está. Algo muy similar a lo que ocurre en el Nacimiento: en medio de todo el lío de la llegada a este mundo, hay un instante mágico en donde todo concuerda, y una paz leve e intensa a la vez nos transporta, en ese milisegundo, a lo que es nuestra verdadera Vida, allá donde todo parece perfecto y sin duda lo es.

   A pesar de ocurrir en el hospital, y en nuestra UCI, a pesar de la batalla constante a favor de la Salud y de la vida como la conocemos, aún se pueden experimentar instantes mágicos como éste, momentos en los que la Muerte toca la Vida y lo deja todo atrás. Una mujer joven, alcoholizada, cedía su cansado cuerpo a la Nada y se despedía de este mundo tras una enfermedad que no fue amable y que no le brindó (quizá por nuestra intervención, o quizá no) la oportunidad de reencontrarse consigo misma de la forma en la que, por lo demás, yo la imagino. Ahora mismo me doy cuenta que quizá el instante de la muerte signifique para todos nosotros el momento correcto, ese minuto en el que nos reconciliamos con nosotros mismos y la vida se alinea, a través de la Muerte, para alcanzar la Vida al completo. Tal vez nuestros enfermos, cuando mueren, deben hacerlo así, o quizá no: el mundo es una escala de grises que termina bañada de una luz tan intensa que nos deslumbra y nos baña en la ignorancia y en el que todo es posible.

   Cuando entré a la guardia pude sentirlo en su caso. Esa serena paz me llegaba a la piel, y como siempre que lo noto, me quedo un rato a los pies de la cama y contemplo ese proceso con mucho respeto y los sentidos muy abiertos. A veces sólo me preocupa que el paciente se halle confortable y que no sufra; pero ayer ese sentido de lo eterno era muy fuerte, era muy dulce y sabio. Y por eso me despreocupé de todo y estuve a sus pies durante unos minutos. Hasta que tuve que salir corriendo para socorrer a otro enfermo que empezaría a vivir un proceso similar mucho más adelante. Pero allí quedó ella hasta que decidió irse, a eso de las cuatro de la tarde.

   Poco después me llamaron de casa para decirme que una de nuestras perras, la pizpireta e inteligente Niebla, acababa de morir, sola, a los pies del camelio, sobre una alfombra de flores. Una muerte repentina en un cuerpecito lleno de vida de perro, despreocupada, leal y única. Esa almita que nos iluminó la vida durante su breve existencia miraba con esos ojos líquidos de pura castaña madura, desesperaba por comer, corría de un lado para otro del jardín, hacía huecos profundos e inverosímiles persiguiendo a los topos, y le ladraba de forma escandalosa a cuanto congénere se acercaba a la reja verde que nos separa de la calle. Ese pedazo de cielo blanco, con una personalidad tan serena y decidida, tan pequeña y fuerte al mismo tiempo, se fue sin estorbar, como solía ser ella, durmiendo algo cansada ayer, y sin más nos abandonó segura de lo que hacía, cansada a saber porqué, sobre una alfombra de flores caídas.

   Cuando me lo dijeron, desvié mi mirada hacia la cama 4. Aquella mujer, como Niebla nuestra perrita, exhalaba también su último suspiro, su corazón latía por última vez en esos momentos. No la acompañaba, como a Niebla, el cielo abierto, el dulce viento de julio; ni su lecho era una confortable manta de flores, todo lo contrario; pero la misma paz, la misma serenidad y el mismo fin que de seguro mi perrita tuvo, ella lo estaba viviendo, lo estaba transmutando y nos lo regalaba a cuantos la rodeábamos. Suspiré con el teléfono aún en la mano. Imaginaba la tristeza de mi hermano, a quien todos los animales y los niños quieren con locura, buscando el lugar idóneo para enterrarla en nuestro jardín, como de seguro estarían haciendo los familiares de la paciente de la cama 4.

   Al final se optó por enterrar a Niebla en el lugar en el que murió, de suerte que ahora se halla debajo del camelio y rodeada de flores, entre abiertas y marchitas, llenas de color y vida como ella fue; un lugar hermoso, a pesar de la propia resistencia de mi hermano a no ver cómo la tierra con la que él la cubría, llegaba a taparla por completo, terminó su labor sembrando de pétalos a aquel cuerpecito blanco y castaño que nos había regalado siempre lo mejor que tenía, con ese espíritu de lealtad que sólo un perro puede llegar a tener.

   Mientras mi hermano hacía esta labor entre hermosa e ímproba, yo llamaba a los familiares de la paciente para avisarles que todo se había consumado. Hay muchas técnicas para dar malas noticias, todas útiles. Como ya he comentado en entradas anteriores, la mía ha terminado por ser la más simple y directa. Delante de mí tres mujeres, la más joven la hija de la paciente, aún crédula y esperanzada, con esa lucha a veces fraticida en la que nos lanzamos pese a todas las evidencias, recibiendo la noticia con la peor de las reacciones. Las otras dos, de más experiencia y edad y, por tanto, algo más bregadas en el asunto de vivir y morir, en la compleja situación de ver la vida por sus dos caras, intentaron consolar a la chica y, algo perdidas, al mismo tiempo intentan conservar algo de serenidad. Eso que a mí me sobra a veces. Les dije que no se preocuparan de nada, sólo debían llamar a la empresa funeraria; de lo demás nos encargaríamos nosotros. A veces me tienta la idea de ofrecerles algo caliente, café o alguna infusión, además de unas palabras de condolencia llenas de respeto y a la vez de rígida norma social, pero después de once años de trabajo, a veces dudo en dónde está la línea de la profesionalidad y del decoro. Al final, opté por la forma habitual, que es dejar que pasen el primer tramo del duelo (esa carrera hacia ninguna parte tan llena de vericuetos y de trampas sin salida que es el Dolor) solas en una salita tranquila y seguir dedicándome al resto de enfermos que son los que ahora más nos necesitan.

   Durante toda la guardia en mi mente se construyeron esos paralelismos, muy diferentes en apariencia pero demasiados similares en esencia y estructura. Hay una pérdida y un dolor, un hueco vacío, y una labor de continuidad, de seguir adelante. Obviamente una mascota no es un familiar ni un amigo, pero es un trocito de corazón que late dentro, muy dentro de nosotros; es una alegría y es una compañía, un saludo matinal y una pesadez de juegos vespertinos; ladridos nocturnos y búsqueda de cariño y reciprocidad. Sin llegar al extremo de considerarlos más que una persona, las mascotas, esos perritos que nos adoran y nos iluminan, forman parte de nosotros, y con su pérdida, un trocito de nosotros también muere y queda enterrado junto a ellos, en un rincón de ese jardín interior que es nuestra memoria.

   La guardia siguió de mal en peor. La cama 12 se deshizo. Contuvimos como pudimos una primera crisis de gran gravedad. Al estabilizarlo de forma momentánea, mis ánimos no me hacían sentir seguro. Aquello no tenía buena pinta. A las tres de la mañana una nueva crisis lo llevó a los bordes mismos de la muerte. Y si embargo esa tranquilidad, esa serena belleza de la Muerte no estaba aún presente, y nuestros esfuerzos por intentar frenar algo ya irreversible parecían reventar en el malecón de lo imposible. A las cinco de la mañana, tiré la toalla. Llegué al punto del no retorno en el que hay que decidir si seguir hasta el final o esperar el final de la manera más decorosa posible, con el máximo de amabilidad y de confort para el paciente. El equipo de enfermería, magnífico ese turno, lo entendió perfectamente: un grupo que trabaja en sintonía. En mi mente estaba la señora de la cama 4, y en mi corazón, ese reflejo divino y mi perrita Niebla, yaciente en un rincón del jardín. Por un momento deseé que todos aquellos que debían morir en nuestra UCI mereciesen un lugar tan bello para reposar, donde el aire y la luz y las flores los visitasen diariamente; durante un instante que cerré los ojos y el cansancio me pudo mucho más, deseé que todos pudiésemos morir, morir todavía, con la dignidad intacta, con el respeto merecido y la decencia, la hermosa decencia de haber sido seres humanos.

   Un poco más allá, un chavalote de 19 añitos salía adelante de una meningitis. Su sonrisa al hablar con él era un bálsamo en un día de sentimientos contrapuestos. Él sabía que uno de sus vecinos estaba malo y aún así parecía no enterarse, o quizá la energía de sus pocos años lo aislaban de todo ello. Bastante había tenido con lo suyo también. Antes de irme me paré en su cama y lo saludé.

   – ¿No duermes? (Como si alguien consciente pudiese hacerlo cómodamente en una UCI.)

   – Con las movidas que tienen aquí, para cerrar los ojos, doctor.

   Eran las cinco de la mañana. Le pedí a la enfermera que le diese algo de corta duración para dormir. Lo agradeció de inmediato. Mientras se le administraba la mediación sedante, durante una milésima de segundo, fantaseé con ponérmela yo también y poder cerrar los ojos, libres de tantas imágenes del día, y dormir un ratito. Cuando cerró los ojos y respiró cómodamente le sonreí a la enfermera de turno, una veterana de mil batallas, y ella me guiñó un ojo.

   – Vete a descansar un poco, anda.

   Me dijo y yo asentí. Antes de salir, dirigí mi mirada por toda la unidad. La calma de la noche, la locura de la Enfermedad, la paz de la Muerte, la lucha por la vida, el tenue lazo de unión con la Vida, y ese pasaje eterno y siempre diferente que nos lleva a una nueva dimensión, como el Nacimiento, como la llegada a la vida. Las dos caras de la existencia me sonreían de frente, y también me guiñaban un ojo cómplice.

   -Morir, todavía…

   Le dije a la enfermera. Ella me sonrió.

   Tres horas después, el chaval estaba ya despierto y reconfortado. En la cama 12, el ritual del pasaje a la Vida estaba comenzando. El ciclo del perpetuo retorno… Suspirando, pensé en nuestra Niebla, que ya no me recibiría con su pachorra habitual y sus colores blancos y castaños. Y en la paciente de la cama 4, y en el paciente de la cama 12… Y me despedí de ellos.

   Al pasar por la cama del chiquillo, éste me llamó.

   – ¿Pero aún está aquí? ¿Es el único pringado de todo esto?

   Eso me hizo reír. Y le saludé con una palmada en su pierna.

   – Hoy subes a planta, ¿sabías?

   Sus ojos se iluminaron.

   – ¿De verdad?

   Asentí sonriendo. Todo parecía quedar atrás, pero nunca iba a quedar libre de la pérdida ni del recuerdo.

   – ¡¡Qué guay es usted!!

   Cerrando la puerta de la UCI, le sonreí incrédulo.

   – Sí, qué guay.

   Cuando llegué a casa, fui al rincón bajo el camelio y vi el montoncito de pétalos sobre la tierra dulce y removida y planté sobre ella una semilla de melocotón. Quién sabe, si prende, qué nos recordará de ella cada hoja y cada flor, el roce de cada rama al viento y la peculiar sombra de estos árboles independientes. Tal como ella era.

   Morir, todavía cuesta. Todavía. Pero es, en el fondo, la última bendición y el ultimo viaje. Morir, todavía, nos enseña las dos caras del mundo, y nos recuerda nuestro verdadero lugar en él y que todo, todo, está relacionado.

Cuando estaba en mi último año de residencia médica, que comúnmente abreviamos en R5, en vísperas de pasar una temporada fuera rotando en Estados Unidos, estaba de guardia. Por la tarde, nos comentan un caso terminal desde quirófano. Un caso típico de problemas abdominales por una cirugía previa años ha.

Lo que hacía curioso este caso es que el enfermo era SIDA terminal. No sólo VIH positivo, sino SIDA y moribundo. La operación no añadía gran cosa a su condición, salvo el estado de aguda gravedad en el que se encontraba previo a la cirugía. Cuando llegó, ya despierto y extubado, aún algo dormido, me llamó la atención lo joven que parecía (apenas pasaba de los cuarenta años) y la belleza que mantenía, esa hermosura de las cosas perdidas.

Debido a su estado, y para mejorarle, hacía falta adminsitración de medicamentos por vía intravenosa, lo bastante potentes para dañarle las venas periféricas, por lo que hacía falta canalizar una vía central, en una de las venas más grandes del cuerpo a las que tenemos acceso. No sabía nada de su historia previa, salvo que padecía en esos momentos, entre otros males asociados a su enfermedad, coriorretinitis por citomegalovirus, una entidad nosológica de marcada gravedad dentro del VIH: es decir, tenía un enfermo de SIDA entre mis manos.

Cuando estábamos mi adjunto y yo decidiendo qué sería lo mejor, el enfermo despertó y preguntó con la mirada qué tal se encontraba. Se lo dijimos. Asintió con esa tristeza y cansancio tan habituales. Inmediatamente preguntó por su pareja, que seguro lo estaba esperando.

Mientras el adjunto perfilaba el tratamiento, fui a hablar con él. Sí: era homosexual. Sí: su estatus fue adquirido por contacto sexual. Una historia como muchas, pero con ciertos matices: en España, y en Galicia, el porcentaje de enfermos VIH positivos se caracteriza por ser de mayoría heterosexual, adictos a drogas parenterales (ADVP), en vías o no de desintoxiación. Asimismo, son pluriserológicos: habitualmente la infección por el VIH coincide con hepatitis por virus C y virus B (VHC, VHB) con una morbimortaidad muy superior.

Le pregunté a su pareja si él también era portador del virus. La normativa médica nos impide realizar sin consentimiento (salvo causas de fuerza mayor) las pruebas serológicas de VIH y, por supuesto, si no es paciente, la persona preguntada tiene todo el derecho a no decirlo. Yo lo sabía. Pero había algo en aquel enfermo y en aquel hombre que tenía delante de mí que hizo que me saltase las normas a la torera. Mirándome fijamente respondió que no, que eso había sido en una relación anterior a la suya (llevaban cerca de veinte años juntos.) Él era consciente de su estatus de VIH desde que lo conoció y aún así no le importó seguir con él. Lucharon contra todos: la familia del enfermo, que aún sabiéndolo con un pie en la tumba no vinieron a verle; la suya propia por unirse a alguien seropositivo, la Enfermedad, y los avateres de una vida en común tan prolongada.

Aquel hombre de aspecto sano, rotundo, de esos de largas tandas de gimnasio y jogging, me sonrió tímidamente entonces. No sé qué reconoció cuando nuestras miradas se encontraron. Yo estaba muy delgado en aquel tiempo de trabajo agotador, cansado y lleno de ojeras; al día siguiente me esperaba una maratón de quince horas de viaje; llevaba casi veinte trabajando sin parar, y no sé porqué me sonrió en aquel momento tan duro para él. Le cogí de la mano y le mostré como pude mi pesar por la situación que vivían: veinte años de entrega y de fidelidad terminaban en una cama de UCI y en la soledad más absoluta para ambos. Y lo comprendía. Y me sonreía a mí, al portador de las malas noticias.

- Hemos estado siempre juntos desde que nos conocimos. Luchamos juntos, reímos juntos, amamos juntos… Me gustaría…

No hizo falta que me dijese más. Le interrumpí con una discreta inclinación de cabeza.

En ese instante llegaron sus familiares con gran ruido y alboroto, abrazándolo con una pasión que me llamó la atención. Discretamente me escurrí como pude de aquel cuarto y los dejé solos. Aunque él no estaba solo.

Al llegar a la cabecera del enfermo, el adjunto ya tenía el tratamiento decidido. Me preguntó mi opinión. Como residente, aún como R5 que era en aquel momento, la decisión última es siempre del adjunto clínico. No tuve nada que objetar: aquello era también lo que yo tenía en mente. Sólo le transmití el favor que su pareja me había pedido sin decírmelo. Había esperado su confirmación y no me equivoqué: su pareja se quedaría a su lado hasta el último suspiro.

Como el tratamiento de mantenimiento requería a fin y al cabo la colocación de una vía central (labor del residente), empecé a explorar al enfermo y a explicarle lo que íbamos a hacer. El hombre estaba entregado entre la medicación y el cansancio.

Cuando iba a disponer todo lo necesario, el adjunto me detuvo.

- ¿Quieres que lo haga yo?

Yo le miré con una expresión interrogante en la mirada.

- Juan, a ti te queda aún mucho tiempo por delante… Si pasase algo… Déjame a mí: ya he vivido bastante y si me infecto, poco problema habría…

Pocas veces tengo miedo una vez que tomo una decisión. Los momentos previos a ella estoy nervioso (al menos internamente), porque sopeso lo bueno y lo malo de cada situación. Pero una vez que tomo una decisión cargo con todas las consecuencias y esa decisión es, en la mayoría de las ocasiones, irrevocable.

Pensé en aquel hombre que esperaba en el Pasillo de la Salud Perdida para poder vivir junto a su amado el último de los viajes, el último suspiro de cordura, de risa, de llanto. Esa fidelidad única e insondable, en el que cabían todas las lágrimas, todas las risas y todos los besos, hablaron por mí.

- No. Ya lo hago yo. Es mi trabajo, ¿verdad? Pues así será.

Fue en un otoño, hace ya seis años, y aún estoy aquí. Sigo interpretando casos, cometiendo errores; a veces maldiciendo mi suerte; a veces sonriendo plenamente. Deseando un abrazo y un beso; rodeado de intrigas y de sonrisas, de mala suerte e incomprensión. He pasado por valles y por altiplanicies; he sentido mucho miedo y me he dejado llevar. Pero aquella entrega de un millón de besos sigue grabada en mi memoria, y cuando decaigo, me sirve como combustible para seguir adelante.

La fealdad existe, la envidia genera conflictos; la maldad campa a sus anchas por el mundo; la destrucción y la avaricia; la incomprensión y la desigualdad siembran brumas en el horizonte. Pero el mundo continúa girando, y el amor llena el planeta; el amanecer ilumina los espíritus y la noche irradia al alma. Y un millón de besos se atesoran en la memoria y en el corazón…, porque aún hay esperanza.

Hayley Westenra- All With You, posted with vodpod

Al irte dejaste algo más que un vacío en mi cama. Dejaste atrás un amor que se deshace en mis manos, que se pulveriza al salir de mi boca y no recibir la saliva de tu lengua, y se desmaya sin fuerzas porque no llega a ti.

Al irte dejaste un vacío en mi alma, que no puedo llenar con los días que pasan. Y aunque sé que no me amas, que quizá nunca me hayas querido, yo, amor, con amor para los dos, me empeño en recordar lo contrario, y aunque solo, sólo suspiro soñando con tu vuelta.

El vacío oscuro que dejaste al irte lo llena todo. Cada caricia que dibujo en el aire, cada recuerdo que me llega de repente tras el vuelo de una cortina, tras el ruido de la fuente o tras el sonido del silencio, resuena pesada a mi alrededor como una tumba abierta.

Has enterrado el amor que sentías por mí y te has ido sin volverte atrás. Pero me has dejado con el recuerdo de tu savia, con el arrullo de tu nombre, y ese recuerdo me tiñe el sueño y me saca el sueño, y llega hasta mi mente comiéndose a pedazos mi corazón.

Mi corazón que late sin fuerzas por un fantasma que ya no está, por un cuerpo cuyo calor desaparece en la distancia, y cuyo encuentro es un desencuentro y cuyo principio no es más que un final venido a menos, sin fervor, favor ni conveniencia, sin más rescoldos que una llama perdida en el fondo de mi corazón solitario.

Lejos de ti no hay nada, oscuridad que deshilacha la fibra de mi alma y me relega al abandono y al olvido, como si nunca haberte amado hubiese sido posible.

Y, aunque intento hacerme a la idea, no puedo parar de pensar en ti. Y sé que, si consiguiese atravesar el océano de tu razón, si pudiese conquistar la altura de tu orgullo, llegaría al balcón de tu boca, besaría esos labios con una ternura y una pasión desconocida, y tu corazón se abriría por fin a una nueva idea, a un nuevo sentido y a una nueva vida, vida que no se agotaría al nacer en mí.

Pero ya no es posible… Lo posible es la soledad que rodea mi camino, y la lluvia en mi corazón cerrado, y la imposibilidad de mi mente para comprender tu abandono, tu huida y tu desamor.

Porque yo te amo, te sigo amando, aún cuando no puedas entender el motivo. Y lo creo, créeme que lo creo, porque ni yo mismo puedo hacerlo.

Te amé cuando estabas cerca, y la risa y la piel y la desnudez formaban un conjunto con mi cuerpo. Te sigo amando, aún en la distancia, cuando no hay entre nosotros ni pensamientos, ni palabras, ni caricias. Lejos de ti no soy nada; lejos de ti dejo de serlo todo…

Y así ha de ser hasta que consiga olvidarte, si algo así puede ser posible.  Mientras tanto, contigo en la distancia, qué solo me encuentro y qué solo me has dejado, pensando siempre en ti.

Hayley Westenra – Pokarekare Ana (English Subti…, posted with vodpod

La Noche de San Juan, donde todo se junta: lo pasado, lo misterioso, los deseos por cumplir, los recuerdos que olvidar, emerge entre las llamas divinas para ser devorado una y otra vez por el girar de la Tierra y reencontrarse, como un Fénix irreverente, frente a los sueños por cumplir, las expectativas casi siempre falsas y las luchas sordas que libramos en nuestro interior, para cauterizar las heridas y templar el acero de nuestro ser, purificado, destruido y construido de nuevo en el brillo de las llamas, en el calor de una Esperanza que abarca toda la Historia en un abanico eterno.

La costumbre de incinerar los restos de nuestra vida para conjurar un nuevo comienzo es tan antigua como el hombre y ha llegado hasta nosotros sufriendo mil transformaciones, cientos de bautismos, tan intacta y tan mágica como la primera vez que la Humanidad se rodeó de fuego y lo adoró como una fuerza viva y purificadora.

El fuego eterno, el fuego divino que todo lo devora y lo transforma, crisol de almas y de carreras, en la que mezclamos alianzas, fusionamos aleaciones y templamos sueños irreversibles a veces y que nos transforman por completo.

Saltar las fogatas de San Juan es un acto liberador aunque fatuo, y pese a nuestro empecinamiento en llenar nuestra sociedad de herejías, malquerencias y vicisitudes sin sentido, se mantiene como un símbolo del cambio y del perpetuo retorno. Pura energía: nada se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y en esos Fuegos Mágicos intentamos, año tras año, transmutar lo que somos, descubrir lo que somos y vivirlo.

Bienvenidos a una noche mágica, noche de sol sin fin, en donde todo es posible, porque todo es posible en nuestro interior.

Benedictus. Hayley Westerna.

Benedictus Dominus Deus Israel;
quia visitavit et fecit redemptionem plebis suæ:
Et erexit cornu salutis nobis,
in domo David pueri sui.
Sicut locutus est per os sanctorum,
qui a sæculo sunt, prophetarum eius:
Salutem ex inimicis nostris,
et de manu omnium, qui oderunt nos:
Ad faciendam misericordiam cum patribus nostris,
et memorari testamenti sui sancti.
Iusiurandum, quod iuravit ad Abraham patrem nostrum,
daturum se nobis:
Ut sine timore, de manu inimicorum nostrorum liberati, serviamus illi.
In sanctitate et iustitia coram ipso,
omnibus diebus nostris.
Et tu, puer, propheta Altissimi vocaberis,
præibis enim ante faciem Domini parare vias eius:
Ad dandam scientiam salutis plebi eius:
in remissionem peccatorum eorum:
Per viscera misericordiæ Dei nostri:
in quibus visitavit nos, oriens ex alto:
Illuminare his qui in tenebris et in umbra mortis sedent:
ad dirigendos pedes nostros in viam pacis.
(«Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo, y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor, como lo había anunciado mucho tiempo antes por boca de sus santos profetas, para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian. Así tuvo misericordia de nuestros padres y se acordó de su santa Alianza, del juramento que hizo a nuestro padre Abraham de concedernos que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, lo sirvamos en santidad y justicia bajo su mirada, durante toda nuestra vida. Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados; gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».)

O mio babbino caro, Hayley Westerna.

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