We Need a Little Chistmas. Glee.

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   50df83483e4b11e28f4222000a1fb75e_7Estaba como dormido. Mi corazón de piedra.

   Creo que hacía que vivía.

   Dormía (mal) sin sueños. Comía (mal) sin ganas. Lloraba a veces y a veces me quedaba callado. Y hablaba para llenar el espacio vacío con ruido.

   No tenía pulso. Y respiraba sin consciencia.

   Día a día. Semana a semana. Mes a mes. Corazón de piedra.

   Hasta que te encontré.

   Y empecé a estar vivo.

   Alguien que me despertó del sueño gris de sobrevivir. Alguien que me enseñó la luz de la mirada, la untuosidad de la caricia y ese sabor tranquilo del beso y del placer.

   Mi corazón despertó de su letargo de acero. El cincel de un cariño inmenso lo liberó de ese hielo que lo protegía y lo hizo latir pum, pum, pum, otra vez.

   Gracias a ti sé lo que es estar vivo. Reír, llorar, cantar, soñar, extrañar y besar.

   Alguien que me ha hecho correr por el parque en su busca; que hace que hiperventile por puro nervios al verle; que me despierta por la noche, que me abraza por el día, que me quiere una hora y otra, haciendo mis días un conjunto de sensaciones y de sabores vibrantes.

   Alguien que me agobia y me hace enojar. Alguien que me dice qué hacer y qué no ponerme. Y que discute conmigo y se deja querer y se deja abrazar y se deja acariciar y que me dice y me desdecir y sigue allí.

   Estoy vivo: siento el latido de mis arterias, siento el aire llegar a mi corazón. El futuro vive en mí, y el pasado se deshace en el olvido.

   Porque te encontré. Y el mundo es inmenso y gira, gira en derredor nuestro lleno de vida, ahíto de alegría.

   Poco y mucho: extremos de estar vivo.

   Estoy vivo.

   Desde que te encontré.

   Y esto es felicidad.

One hand, one heart -Glee., posted with vodpod

Defying Gravity. Glee. 

   No sé desde cuándo nos conocemos. ¿Un año? ¿Diez?

   Recuerdo el primer día. El sol entraba a raudales por la ventana. Casi mediodía. Sonreíste algo tímidamente cuando nuestros ojos se encontraron. Yo te sonreí de vuelta, como reflejo, pero también por gusto. Qué ojos, que nariz, qué boca. Pero nada más.

   Después nos fuimos encontrando aquí y allí. En una fiesta común, en alguna calle, en algún turno. Y la sonrisa de nuevo, y esa cara de ángel y esas manos. Y cierta timidez. Y comodidad.

   Qué raro, ¿verdad?

   Oí tu voz. Preciosa. Me transportó a un campo tranquilo, donde soplaba el viento y el día era azul. Eso: azul. Tu voz es azul. Preciosa. Y tu pelo negro y esa boca de fresa. Roja. Preciosa. Y tus ojos de miel y desierto, dulces. Como tu voz preciosa: dulce, calma.

   Comenzamos a hablar. Primero de trabajo, de profesional a profesional. Y con cuidado de no verte demasiado a los ojos, o a tu boca, o a tu pecho. Así que miraba al vacío. Sonriendo. Pero al vacío. Te hacía gracia.

   A mí también. Porque esperaba que te pasara lo mismo que a mí.

   Tu voz azul, tus ojos de miel y desierto, tus brazos y tu pecho infinito. Qué agradable estar cerca de ti. Las horas se hacían menos pesadas y el trabajo fluía con una facilidad divina. Y el tiempo se escapaba de las manos. Qué maravilla.

   Y te espiaba. Bueno, sólo a veces. Te veía trabajar con tanta concentración que apenas recordaba hacer el mío. A tu lado me reía más, me sentía hasta más importante. Esto es una tontería, pero la digo porque es verdad. A veces miraba los turnos para ver si coincidíamos. Y qué bien la ocurrencia. Nos sentábamos a hablar horas enteras y la labor ininterrumpida no se veía estorbada por tu voz azul y mis sentidos entregados a ti. Todo lo contrario: nada quedaba mejor hecho, los sentidos más agudos, el equilibrio perfecto.

   Sentía que volaba. Desafiando la gravedad, a tu lado el tiempo no era nada, ni los riesgos del error, ni los latidos de mi corazón. Sentía que no me pertenecía, que escapa de mí y ascendía más allá, fuera de mí, tocando el Infinito y volviendo al lecho de tu mirada de prado, a tu voz de océano azul.

   ¿Cuándo me di cuenta que te amaba? Cuando salí dando un portazo tras quedarme mudo ante ti. Qué belleza hablándome, invitándome a tomar cualquier cosa después, como si eso fuese algo extraño, vamos. Pero para mí no era trivial. No te respondí. Me entró un calor que salió de mis entrañas y subió como la espuma, desafiando la gravedad, desde el centro de la tierra hasta mi corazón. Enrojecí. Sentía calor ardiente en mis mejillas y en las manos. Abrí la boca y la volví a cerrar. Y no se me ocurrió cosa mejor que agitar la cabeza y salir corriendo, con la primera excusa muda que encontré para irme de allí. Creo que te reíste y agitaste también la cabeza. No lo sé. Yo me dirigí a la puerta, y tras el portazo, mi cuerpo se desmayó sobre ella, como si pudiese soportar un peso semejante, y atrapé con mis manos el corazón que se quería salir por la boca.

   ¡Dios mío!

   Sí. En aquel preciso momento supe que te quería. Que todas esas miradas, que todos esos planes y coincidencias me habían llevado por un camino inconsciente pero preciso hasta las puertas de mis labios, hasta los pies de tu corazón.

   ¿Cómo era posible? No lo sé. Quizá no lo sepa nunca. Con el pecho bamboleando como un tambor, intenté calmarme pensando en esa riada de sentimientos físicos que me mareaban, viajando con la rapidez del rayo, volando con un poder que no era de este mundo. Flotaba, desafiando la gravedad, y soñaba todo a la vez.

   Soplé. Una y otra vez. Y resoplé. E intenté frenar el galope veloz de mi cabeza, e intenté atajar el vuelo rasante de mi corazón como si fuese un globo, atrayéndolo al centro de mi cuerpo, de donde no debería haber salido pitando. Pero ya era tarde. Ya no había más salida. Lo supe en ese momento: me había enamorado de ti.

   Todo me llegó entonces: inconvenientes, diferencias, inhibiciones. Hasta lo posible: que no fuese correspondido… ¿Pero podía ser todo cierto? ¿Podía ser que me equivocase? ¿Por qué esa boca de fresa, llena de una belleza sobrehumana, dueña de una voz azul profunda, se fijaría en mí? Me eché un vistazo: me sobraba algo de peso, estaba sin peinar, apenas había dormido, tenía voz de pito. Ni yo saldría conmigo….Bueno, puede que a tanto no, pero quién sabe…

   Me separé de la puerta bruscamente. Todo era posible, sí. Mis propios límites me lo decían, mis alarmas estallaban. Pero allí estabas tú. Una belleza que quitaba el aliento, una profesionalidad intachable, una sencillez arrebatadora. Y estaba yo. Y sólo era ir a tomar algo. Eso: un café, un helado, una cena, un baile, qué sé yo. A mí.

   Cerré los ojos y suspiré profundamente. Acallé todas las severas propuestas, los raciocinios más estilizados. Cada inspiración me servía de tea inflamada, de energía divina. Y algo cambió dentro de mí. Volví a abrir los ojos y resoplé un mechón de pelo que me caía sobre los ojos. Intenté peinarme de memoria. Me atusé el pijama, algo arrugado por la noche que pasaba. La oscuridad me podía ayudar. Y la belleza de esos ojos de pradera africana y el susurro azul de esa voz maravillosa. Y me decidí.

   Entré de nuevo. Me acerqué poco a poco. Me interrumpieron un par de veces. Pero nada hizo flaquear mi voluntad. Era el momento de desafiar la gravedad. Podría no atraerte, podías haberme invitado por quedar bien o, aún peor, por compasión. ¡Oh, bien lo sabía! Pero lo asumí todo al acercarme a ti: lo bueno y lo malo. Y cada paso estaba lleno de una nueva energía. Y cada paso me abría más la boca, sonriendo con todos los dientes. Así como estoy riendo ahora. Y agitaba la llama de mi corazón, que ardía en mi pecho como un faro eterno. Alzaste tu mirada al sentirme cerca y sonreíste a la vez. Y salí volando, volando hacia las estrellas, desafiando la gravedad, hasta caer rendido a tus pies.

   Te quiero. Te sigo queriendo como el primer día que me di cuenta que te amaba.

   Como hoy.

   Desafiando la gravedad, juntos muy juntos año tras año, hasta alcanzar el porvenir.

   Cuando te conocí se erizaron todos mis cabellos. Había algo en ti que hacía que me sintiera especial y deseara estar a tu lado a todas horas.

   No sé si era tu mirada, intensa y fija como un planeta; o sólo tu presencia cercana, que me hicieras caso y esas cosas: una sonrisa, un guiño cómplice, un pequeño golpecito en el hombro. Pero era cierto: todo dentro de mí cambiaba y sé que mi piel brillaba y mi risa sonora traspasaba el universo llegando de vuelta a mi corazón multiplicada y llena de energía; mis sentidos se agudizaban y todo lo que sentía estaba preñado de inmensidad, lo que me trastornaba un poco.

   No sabía a qué se debía tanta ansiedad por verte, no imaginaba que me sentía único, diferente, tocado por una marea de sentimientos que me llenaban de raíz porque tú estabas cerca. Eras un catalizador de todo aquello que más anhelaba; me hacías partícipe de lo que hasta aquel momento pensaba que no me pertenecía.

   Tu belleza me hacía a mí más bello; tu cercanía más cálido, y me creía el sueño de valor, repleto de una vanidad un poco tonta e irreal. Hacías de mí un hombre nuevo, transmutado en aquellas cualidades, en aquellas metas que siempre había anhelado y que desconocía.

   Pero todo era un espejismo. Al final del día, cuando te despedías de mí con cierto alivio y me quedaba solo, el reflejo del espejo me revelaba la cruda verdad. Nada había en mí que mereciese no ya tu compañía, si no la de cualquiera. Me veía y no me gustaba lo que veía. Nada de esa perfección que sentía a tu lado estaba presente cuando no estabas cerca, o al menos estaba yo demasiado enamorado de ti para sentirme bello, valioso o afortunado cuando te alejabas de mí con un beso casto en la frente o un abrazo que apenas duraba unos segundos.

   Estaba lleno de sentimientos opuestos. Aquellos que habitaban en mí cuando tu cercanía los sacaba a la luz, cuando creía que el amor todo lo transforma; y aquellos otros, más oscuros y menos reales, en los que me decía a mí mismo que no merecía tanta suerte o tantos mimos de la vida. Contigo y sin ti emergían de mi interior todas las contradicciones, las medias tintas, las vueltas de una vida desteñida que no era atractiva para nadie, y mucho menos para mí.

   Quizá debía adelgazar; o coger más forma aquí y allí tras un comentario tuyo dicho al azar. Cuando hablabas al viento de cómo sería mi mirada sin gafas, corría al espejo a ver de cerca, con la vista de miope intensa, cómo eran mis ojos. Y los examinaba tan de cerca que se empañaba el espejo y mis propios ojos. Cuando quería que me abrazaras y no lo hacías, girabas la cabeza hacia un grupo que pasaba y me reclamabas más comportamiento o menos fruslerías. Y aquellos grupos eran hermosos, de risa tintineante, de bellas formas y facies atractivas; eran delgados y bien proporcionados, vestían de forma encantadora y estaban llenos de virtudes. De virtudes de lejanía, claro. Eso me angustiaba. Y me espiaba en un reflejo cualquiera: un coche, un cristal; buscaba ansioso una respuesta a ese comportamiento tan errático y que, dándomelo todo, lo que más me regalabas era ese dolor extraño que me llegaba de raíz y me trastornaba.

   Tu voz, tus gestos, tu propio corazón. No lo sé. Me sentía bello y divertido, brillante y feliz cuando cedías a mis peticiones y juntos caminábamos por la alameda, o cuando de la nada llegabas con el regalo de un abrazo, el arrullo de un beso espontáneo y discreto. Bebía de esos regalos escasos con una sed enloquecida. Tu corazón, tus gestos, tu voz de ultratumba. Deseaba atisbar tu interior, deseaba poder descubrir qué hacía que me sintiera, a la vez, feo, poco apreciado y hasta triste; porqué aquella presencia ambigua hacía nacer en mí tantas preguntas, tantas inseguridades y tan opuestos sentidos y realidades.

   Casi todo se puede modificar: una cicatriz, una caída de párpados, una cintura o un perfil. Pero la imagen que nos devuelve el espejo, a pesar de la superficie pulida de la que procede, nada la puede alterar a no ser un amor demasiado puro, demasiado ajeno al querer, al deseo, a la pasión. Porque yo sentía todo eso por ti y mi propia imagen se empequeñecía al compararme contigo o tus amigos; con cada comentario hiriente que recibía del aire que respirábamos, ante cada desaire que tu compañía me daba, mi mundo se aplanaba, se estrechaba y me hacía caminar por un sendero estrecho. Y sin embargo… Yo te seguía como un loco enfebrecido, como un enamorado. Y hacías de mí un juguete amargo, un pelele roto, un mundo de dudas y de sentimientos opuestos.

   Se puede teñir el pelo y llevar lentillas de colores; nunca se es demasiado delgado o demasiado cincelado; siempre hay tiempo para la dieta o el ejercicio extenuante o para que alguien, cualquiera, se fije en nosotros y nos haga sonreír… Y sin embargo, me sentía triste y poco querido, por ti sin duda, y más por mí. Y, sin embargo, teniéndote sin tener, no era feliz; a tu lado compré un ticket vacío hacia la felicidad y me lo creí.

   Qué pequeño se vuelve el mundo cuando dependemos de un solo ser para destacar, para vernos diferentes, para sentir que nadie es mejor que nosotros o que, al menos, estamos a la altura de las circunstancias que nos rodean… Qué imagen tan distorsionada de la vida, de nosotros mismos, podemos llegar a tener por anhelar sueños erróneos, por considerar un amor de puñados como un amor de plenitud, por tener miedo al abandono, al fracaso o a la soledad.

   Cuando te conocí se erizaron todos mis cabellos. Había algo en ti que hacía que me sintiera especial y deseara estar a tu lado a todas horas. Ese algo era mi miedo y mis anhelos soñados preñados en ti. Y mi miedo hacía que nacieran sentimientos opuestos en mí, de dudas e inseguridades, de placidez y hueca plenitud, cuando buscaba anhelante tu compañía, cuando creía que tu cercanía me hacía más bello, más perfecto, más yo… Y estaba equivocado. Pero ya es tarde para eso, y para muchas cosas más.

   Bello y feo; cálido y frío; gordo y delgado; fibroso o blando; rubio o moreno; alto o bajo: sentimientos opuestos que buscan darme la libertad. Y el primer paso es dármela a mí mismo y, después quizá, a tu amor de puñado que nunca me dará la felicidad.

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