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   La primera vez que te vi no he podido olvidarla. Tropezamos, creo, y te sonreí todo torpe y tú ni me miraste, pensando que era otro más.

   La primera vez que vi tus ojos quedé prendado de su brillo. Entre azul y castaños por la sombra o la lluvia, y tus pupilas fijas. Llovía, y las gotas caían por tu pelo y por tu frente y se quedaban prendadas en tus pestañas como cristales maduros. Y cuando pestañeaste, rodaron hasta el suelo tintineando. Apartaste tu mirada de mí y seguiste tu camino.

   La primera vez que te vi la tierra tembló bajo mis pies y un escalofrío me recorrió por entero. Llovía, y bajo la capa de agua que caía, me atreví a tocarte como quien acaricia a una estatua. Y al pasar a mi lado detuviste tu marcha y volviste tu rostro intrigado. Tus ojos descendieron hacia los míos y yo quedé petrificado, sonriendo todo torpe y mudo.

   – Hola.

   Dijiste. Y la voz más profunda salió de esa boca perfecta de un color rosa pálido, por el frío quizá, y quisquillosa por la lluvia.

   La primera vez que oí tu voz quedé paralizado. Porque era oscura como un secreto, envolvente como una ola, fresca como la lluvia que caía sobre nosotros y hacía ríos de mis mejillas y de mis pies.

   Y sonreíste. Y la sonrisa maravillosa salió de tu cara como el sol tras de las nubes. Y dejó de llover, o yo dejé de sentir la lluvia que caía, prendado como estaba del brillo de tu sonrisa, del fulgor de tu rostro, de la mirada acuática que salía de tus ojos. Y sonreí.

   La primera vez que nos besamos fue en aquella esquina, bajo la lluvia. Yo estaba mudo y calado hasta el corazón. Pero fue sentir la carnosidad de esa boca de rosa y convertirme en un ser líquido, moldeable, maleable, acuático. Un cosquilleo divertido sembró desde mi boca hasta el corazón un recorrido de lirios en flor, y la caricia de tus labios en los míos y de los míos en tu cuello de alabastro me llevó lejos de allí, más allá de las estrellas, hasta donde nace el sol.

   Y fue interminable aquel beso de tu boca y la mía. Y de mucho más.

   La primera vez que yacimos juntos, el mundo sufrió una revolución. Los planetas no fueron los mismos, la gravedad perdió su  significado mientras nos abrazábamos, y la lluvia se detenía en nuestra piel, evaporándose y condensándose en nuestro interior. Los nervios y las cosquillas, las expectativas y los desmanes, el amor recién nacido y la pasión que todo lo devora, la piel que gime y el ansia que busca y descubre. La primera vez que yacimos juntos, tú encima de mí y yo a tu lado, el tiempo se detuvo y se hizo una bolita de estambre que escondimos bajo las almohadas. Y las sonrisas eran nuestra música y el repiqueteo del cabecero, como las gotas de lluvia en la ventana, arrullaron nuestro sueño agotado y las ganas de más, mucho más.

   La primera vez que besé tu piel saldada, y que tus piernas me abrazaron; la primera vez que me tocaste y conseguiste arrancar un gemido de placer; la primera vez que escuchamos juntos una canción de moda; la primera vez que, tumbados y agotados respiramos juntos y acompasados, unidos por algo más que los cuerpos, en una comunión casi divina, supe que había llegado a mi playa, a mi puerto. Y que era feliz.

   La primera vez que vi tu rostro supe que había llegado a mi hogar. Y que tu cuerpo era mi costumbre, y tus labios mi copa, tu corazón mi fuente y tus ojos, mi canción. La primera vez que te vi, supe quién eras y supe a quién pertenecía. Y ese sentido se ha hecho eterno, y ese sentimiento, como un huracán, me ha llenado hasta rebosarme y ha sembrado de amor mi vida, hasta ahora vacía sin ti.

   La primera vez que te vi me enamoré. Y de eso hace ya casi veinte años. Como el primer día.

   Esta mañana no quise despertarte. Dormías plácidamente enroscado sobre ti mismo como en una interrogación perpetua. El sol entraba suavecito, con esa dulzura que tiene en diciembre, dejando escapar un calor leve que apenas nos toca la piel.

   Apenas llegaba ruido de afuera. La calle parecía vacía, aunque ya no era tan temprano. El cielo estaba escarchado, como el borde de las ventanas, y el frío leve jugueteaba con el pelo de mi pecho. Me hacía cosquillas, como me hacía cosquillas tu espalda junto a la mía, y mi pecho junto a a tu espalda. Ese extenso mar de piel en donde verter cien millones de besos y en los que podría ver cien películas sin cansarme de su orografía.

   Era la primera vez que te veía dormir. Era la primera vez que tu rostro descansaba sobre mi almohada, tan cerca de mi corazón; la primera vez que tu pelo se mezclaba con el mío y sudábamos juntos y pasaban las horas juntos, en un desprendimiento físico y un agotamiento de próxima vez.

   Por primera vez veía tu rostro, las cejas tan bien dibujadas, esos párpados cerrados y la nariz recta y los labios bellamente cincelados en un rumor de oleaje. Nada me pareció más bello que tu presencia allí, en mi cama, en esta mañana de ensueño, en el que aún se veía la luna hecha un pincel en el horizonte, y las estrellas brillando en el sudor de tu piel y la mía.

   Respirabas lento, suave. Tan distinto de la noche, lleno de pasión y de ansia, y casi de melancolía.

   Por primera vez besé esos labios interrogantes y sentí que el mundo se diluía bajo mis pies y que tus brazos me sujetaban para no caer de rodillas dentro de tu corazón. En ese momento, en el que más fuimos uno, cogiste mi corazón tembloroso entre las manos  y lo mordiste con fruición, sin pedirme ningún permiso, y sin necesitarlo si quiera.

   Y la noche pasaba entre el océano blanco de mis sábanas…Por primera vez yacíamos juntos, y tu corazón latía tan cerca del mío que casi lloro de gozo, y tus manos rodeando el eje de mi cuerpo, haciéndome tierra y mar y aire y cielo a la vez… Por primera vez el amor duraba un ensueño más allá del tiempo. Lento entre tus brazos; rápido entre tus piernas; eterno en tu rostro…

   Por primera vez vi tu rostro lleno de gozo y la luna resplandecía en él, tras la blancura de las cortinas, tras el estallido de nuestras pieles… Y pensé reventar de amor allí mismo, entrelazados, y gozado de plena alegría con cada beso que me dabas, con cada abrazo, con cada arrullo.

   El cielo caído en la noche amanecía contigo dormido, rodeado de almohadas en un sueño níveo, con la boca discretamente abierta esperando un beso y las pestañas cerradas al sol suave de la mañana.

   Y  no quise despertarte porque era la primera vez que dormías entre mis brazos, porque era la primera vez que, yaciendo juntos, mi corazón temblaba de gozo por tenerte conmigo, y porque nunca me has parecido más dulce que esta mañana de cuento, ni más apasionado que esta tarde de arrullo, ni más feliz que esta noche en la que, de nuevo, bordeamos el ansia de un amor.

   Y jamás olvidaré esta mañana cuando vi por primera vez tu rostro lleno de sueño y lleno de mí, entre mis almohadas, entre el leve ruido de los cuerpos que se despiertan; ni cuando me encontré con la más luminosa de las sonrisas después de estirarte y de mirarme lleno de paz y con ganas de más…

   Por primera vez lleno de ti…

   Para no olvidarlo nunca.

 

Confíe en ti. Eras una referencia en mi día a día, en mis esperanzas. Podía acabarse el mundo y allí estarías, sereno, oteando el horizonte de un futuro que compartiríamos. Creí que me respetabas, o cuando menos que me tenías más en cuenta, pero me equivoqué. Y no es tu culpa: yo acepto mi carga, mi responsabilidad y mi dejadez.

Desde que te conocí confíe tanto en ti que dejé de creer en mí; tú eras el único que podía detener mi llanto y eso me asombraba; tú eras el único que me hacía sentirme protegido y, extrañamente, querido y mimado. Y eso que nunca alzaste tu mano para tocarme, que nunca me veías a los ojos y esquivabas mis sonrisas. Pero lo hacías. Y no me di cuenta, no quise darme cuenta. Y esto que ha pasado no es más que un reflejo de un abandono que nunca debió ocurrir.

En esta esquina en la que me encuentro, tan distinta de aquella en la que el sol brillaba en tu pelo, te veo pasar de mí como un apestado. No hay más risas en tu boca ni más luz en tus ojos, ojos que no se dirigen a mí ni para pronunciar mi nombre. De hecho, me he quedado sin nombre, tú te lo has llevado todo…

Y estoy asustado porque no sé qué hacer. No sé hacia dónde dirigirme. Clavado en esta esquina, en medio de personas que nada saben y que saben de sí mismas, juro que soy incapaz de descifrar ni una línea de mi Destino, si es que mi destino existe, y no puedo encender ni la llamita de un amor propio que yace enterrado en medio de unas cenizas que pesan como el plomo.

Tu amor corta afilado y certero, como un bisturí nuevo y cruel, pues ni brota sangre de la herida. Me veo el pecho surcado de cicatrices y ni siquiera me asombra verlo así, despojado de forma humana, de latido y de corazón. Ahora mi corazón late en mi boca, se desborda en mis ojos y se calla para siempre, mudo al verte pasar por esa calle que antes era nuestra, que ambos frecuentábamos.

Pero ahora, desde esta esquina diferente en la que veo la vida pasar, escondo mi propia existencia como si fuese un error, y callo y lloro y suspiro e intento dilucidar el brillo de las estrellas entre las nubes, y seguir a la luna tímida que se escapa por las esquinas con intenciones desbordadas y ácidas.

Puedo decir que te amo; puedo decir que me has abandonado; puedo decir que confié en ti y que me has engañado. Todo eso es cierto, pero de nada de vale, viendo la vida pasar desde esta otra esquina, como si fuese un muerto sin vida. Porque sólo yo soy responsable de haberte creído, de haberte dejado manipular mi vida y de haberte querido. Nadie más. Y qué dolor me da saberlo, y qué orgullo herido, y qué soledad tan grande. Pero es la verdad, y ya no puedo mentirme. Nunca más podré, gracias a ti.

My Baby Just Cares For Me, George Michael.

El maravilloso talento de un joven artista español en el arte del dibujo, la fotografía, la luz, la sombra y el color: Pablo Álvarez González.

The wonderful talent of a Sapnish young artist blossomed into drawings, light, shades, colors and Art: Pablo Álvarez González.

Pablo Álvarez González. Retratos., posted with vodpod

En el Día Mundial del SIDA.


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Foto by Javier Mantrana del Valle.

To AA and PS, my boys. I love them deeply, though they’re struggling and dreamless. Not for too long, not forever.

But, forever yours.

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