Madeleine Peyroux. Gentle On My Mind. 

 Captura-de-pantalla-2012-10-28-a-las-00.53.17El mundo Instagram regala muchas sorpresas. Saca de nosotros, artistas no desarrollados, el impulso creativo y el hedonismo de ser vistos que de otra manera mitigaríamos sin dudar.

   Pero dentro de esa miríada de amateurs, es decir amantes de la fotografía, esta aplicación de telefonía móvil nos permite descubrir el trabajo y el talento y la belleza de artistas que, de otro modo, pasaríamos por alto, al no reconocerlos.

   A partir de hoy iré citando y nombrando aquellos que han captado no sólo mi atención, si no que me han enamorado con su talento magnífico y, por encima de todo, su sencillez y saber estar.

   No es un secreto que adoro la Fotografía. Por este modesto blog he intentado mostrar el trabajo de personas que me tocan de cerca, que me hablan en imágenes y también en sensaciones y sentimientos. Enrique Toribio, Izak Amancio, Ralf Pascual o Valero Rioja me son muy queridos. Martín Gallego, Daniel Almeida o Arkaitz Morales no les van a la zaga. Creo con sinceridad que es la forma actual de Arte, nos acerca a la realidad de la que otras manifestaciones plásticas se alejan cada vez más, quizá en busca de una abstracción que se regodea de la comprensión (o de la supuesta aceptación) de unos pocos entendidos. Y nos regala verdaderos hallazgos técnicos y delicadezas a la mirada.

   Carlos Puig Padilla es un descubrimiento. Es un portento de talento. Puede con todo y con todos. Con estilo propio, con una personalidad acusada y un mucho de buen gusto, su obra tiene la inmensidad de lo delicado, el toque sedoso y acariciante del terciopelo. Sus imágenes pletóricas de vida están, sin embargo, llenas de ternura, y arranca de lo cotidiano una poesía que se nos esconde a los demás. Es un mago de la luz y de la sensualidad, como Enrique Toribio. Pero mientras en Toribio las imágenes son carne pura, un movimiento congelado que escapa de la bidemensionlidad, en Carlos Puig Padilla son pura caricia, piel que invita al bocado, sensualidad sedosa, alma de terciopelo.

   Admiro todo aquello que soy incapaz de ser. Me gusta saber cómo lo hacen no para imitarlos, si no para comprenderlos mejor. Así hice con la Medicina, y así me gusta acercarme a la Vida. Me gusta rendirla de homenajes porque ella me regala Belleza todos los días. Y en Carlos Puig Padilla encuentro una fuente divertida, irónica, menos despreocupada de lo que parece, más trabajada que ociosa, sensual y maravillosa, llena de luz y de poesía.

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   Desde hace unos años llevo arrastrando, por así decirlo, una pregunta conmigo. O más que una pregunta, es un estado de insatisfacción y de falta de motivación que veo reflejado en mucha gente y ahora en amigos cercanos.

   No es la inestabilidad laboral, que puede que contribuya a ello. Es algo más. Cuando carecemos de metas claras que nos impulsan a ir hacia adelante, evolucionar es difícil e identificarnos con lo que hacemos y vivimos se hace cada día más complicado.

   Se me dirá que sólo una persona que tiene sus necesidades básicas bastante cubiertas puede preocuparse de algo así. Sin duda. Pero muchos, yo el primero, necesitamos trabajar para poder mantener ese estado de cosas: todos tenemos cuentas que pagar e hipotecas que saldar a principios de mes. Y en muchos aspectos me siento tremendamente agradecido y he encontrado muchas veces ayuda en el momento en que más lo necesitaba.

   Todo eso es cierto, pero es algo más. En cuanto a mí, que he vivido la vida con una especie de orejeras, con la mirada puesta en un horizonte que la vida no hizo más que dilatar; he perdido de vivir muchas cosas simplemente porque no me daba cuenta que estaban allí. Pero ni siquiera es eso: no es melancolía del deseo de lo que quiero hablar hoy, si no todo lo contrario: melancolía de la meta, de no saber hacia dónde ir, salvo hacia adelante. Yo tenía un objetivo; mi interés era conseguirlo y seguir hacia adelante con lo que tenía proyectado. Pero la vida no es así, al menos la mía; que juega al escondite y no me lo pone tan fácil. Ese objetivo lo conseguí en más tiempo del que deseaba; cuando lo obtuve, estaba tan vacío que no me importó para nada haberlo hecho. Es más importante la carrera en sí que la meta; a veces creo que sólo triunfan unos pocos porque disfrutan de ello; en mi caso, poseer aquello por lo que luchaba sólo me ha regalado un sentimiento de alivio que aún hoy me maravilla.

   Una vez llegado a ese punto, el que yo era hace unos años, que no veía más allá, que no tenía mentalidad de funcionario, no sabía cómo vivir en ese mundo y ni siquiera tenía la facultad de otear el terreno más allá de sus narices y de vislumbrar nuevas oportunidades de cambio. En eso estoy. Me pregunto muchas veces si lo que hago es correcto, y si cómo lo hago lo es. Hace mucho tiempo que la opinión ajena me ha dejado de importar en mi trabajo; todos cometemos errores, no somos infalibles, sólo que algunos tienen más desarrollada la capacidad de detectar el error ajeno que el propio; por lo demás, no es ninguna novedad en la historia humana. Me admiran los deportistas, o esos artistas, o esos personajillos que luchan por llegar a la meta, por alcanzar el triunfo, por ser admirados o deseados o simplemente conocidos… Yo no sé adónde dirigirme o qué querer; la lucha por la supervivencia diaria parece aniquilar mi capacidad de soñar; no tengo objetivos claros de futuro o un deseo más importante que el resto para seguir adelante.

   Un gran amigo mío, cuando fue padre por primera vez, me dijo al respecto que los hijos significaban una nueva fuerza para ir hacia adelante. Me pareció lógico mientras acariciaba con torpeza la cabecita de su niño recién nacido. Intenté imaginarme con un churumbel de pelo pincho con poco éxito. Y no es que no quiera a los niños, todo lo contrario, me llevo muy bien con ellos y creo que se dan cuenta, porque se me pegan como chicles y les gusta mi compañía; los trato como personitas adultas y no como seres sin cerebro. Aunque ninguno de sus padres me ha pedido jamás ser padrino de alguno de sus hijos, y eso es algo que me parece preocupante. Aunque no estoy hoy aquí para exponer las serias dudas que mis amigos parecen tener sobre mis capacidades para criar un niño.

   Intenté imaginar lo que significaba ser dependiente de un ser, porque un niño nos ata por vida; mis padres continúan encima como si tuviese dos años, y muchas veces con razón. Intenté sentir la fuerza que me impelería para lograr todo lo mejor para mi hijo. Y me di cuenta que sería la misma que me ha llevado a mí y a los míos adonde estamos, porque sólo por ellos se podrían soportar el acoso laboral, el desequilibrio laboral, el fracaso laboral y la desfachatez con la que se nos trata desde las administraciones como ocurre en estos momentos conmigo.

   Así que debe haber algo más. Algo que se me escapa. Sólo cuando estoy solo haciendo mi trabajo, rodeado de personas que quieren hacer bien el suyo, consigo cierta alegría; cuando un paciente sonríe o un familiar se siente agradecido sin que a mí me cueste trabajo, es cuando paladeo algo de esa culminación, de ese ímpetu que nos hace ir hacia adelante… Pero esos momentos son espaciados y, a veces, muy breves; manchados por el día a día, por los cuchicheos y esquemas hipócritas, y por una inestabilidad que es eterna.

   Y puede que en eso esté la clave de todo. El miedo al cambio, las responsabilidades que tenemos y que con gusto dejaríamos atrás para probar nuevos caminos; el sentimiento de que nuestro corazón pertenece a otra parte y que no es feliz allí donde está.

   No: nada me hace feliz. O no me hace tan feliz como una vez hizo: hay demasiado agua bajo el puente. Nada en mi vida es lo que una vez pudo ser: todo parece variar pero sigue siendo lo mismo. Defiendo la estabilidad de mi familia con uñas y dientes, pero eso no parece tener un eco en el universo. Cuando se abren nuevos caminos, estos se horadan por problemas inexplicables y muchas veces por falta de interés… Y sin embargo esa es la mano de cartas que me ha tocado, e intento hacerlo lo mejor que puedo. Pero ya sin pasión ni visión ni armonía. Y cada día me recuerdo que siempre he sido un pésimo jugador y que la Fortuna no me sonríe jamás como quiero que lo haga.

   Pero no deja de sonreírme día a día. Y eso hace que siga hacia adelante. En busca de lo que me haga realmente feliz.

a Lili, que quería un poema sobre el baile de las olas del mar.

   Antes de llegar a la playa, era capaz de oír el rumor del oleaje.

   A seda frotada, a caricia; como un lecho de hojas secas a veces, a veces atronador y siniestro.

   El mar en la orilla llena de espuma. El mar en el malecón de grandes piedras que recorría con los pies descalzos, aprendiendo a caminar entre guijarros y salitre.

   Y el olor.

   Antes de llegar a la playa el olor a sal y a rocío lo inunda todo. Los ojos, la nariz, la garganta que se licúa y los pulmones que se llenan de rumores.

   Y el mar.

   Inmenso, sereno, desgarrado. Todo era bello en aquella inmensidad de color azul. La orilla de arena plateada, los árboles tartamudos que se retorcían sobre sí mismos con las raíces abiertas a flor de tierra. Y las palmeras esbeltas, alanceando al viento sus barbas verdes y sus cocos color de ámbar tostado. Y el agua transparente, por donde los cangrejos caminaban hacia atrás, como si quisieran darle vuelta al tiempo, escapando de los hombres como de las blancas gaviotas que les seguían.

   Mar adentro, entre los mechones blanquecinos de las olas marinas, los pelícanos parecían dormir un sueño eterno, mientras con sus ojos caídos vigilaban los cardúmenes de sardinas que se acercaban imprudentes a la orilla.

   Antes de llegar a la playa ya se vislumbraba su forma de concha; sus brazos abiertos protegiendo una costa pequeña en la que darse a los bañistas, en los que adormecer a los enamorados y a algunos despistados a los que la noche deja sin techo y a veces sin corazón.

   La playa enorme de arena color de luna llena. Qué hermosa la oblea de plata tatuándose en el mar. La brisa blandiendo blandito acompañándola en un baile que parecía no tener fin. Y la enorme luna apoyada en la nada, besando el mar que la acariciaba sirviéndole de lecho.

   El amanecer sin colores, el ocaso lleno de azules y naranjas y rosas fosforescentes. Y las estrellas prendiéndose una a una en el horizonte clarito, despejado de nubes.

   Antes de llegar a la playa era capaz de oír el rumor del oleaje, con su eterna sinfonía de arrastre, dejando restos de espuma entre las piedras y las conchas, un grito aislado, alguna barca cansada, y algún corredor preocupado por sus marcas, por su cuerpo, y despreocupado por el paisaje que lo abrazaba.

   El mar inmenso donde me crié, que se teñía de morado a las seis de la tarde; que plateaba el camino de la luna en las madrugadas cálidas, cuando me acercaba a la playa para coger el autobús y esperaba embelesado viéndola navegar hasta la orilla, oyendo su sinfonía de cantos rodados, olas y arena mojada. Y la sensación de plenitud y de una eternidad jamás acordada a los hombres.

   El oleaje cambiante, el océano color de mercurio y petróleo, con su aroma de sal y de pescado recién colectado, con sus barcos enormes en la lejanía, y los veleros tenues que surcaban las orillas buscando dónde descansar. La belleza de la lluvia en esas aguas tibias y el sonido del sol al tocar la piel.

   Antes de llegar a la playa ya era capaz de oír el rumor del oleaje, invitador y eterno…

   Y si cierro los ojos, aún está aquí.

   Antes de ayer, a primera hora de la tarde, me llamaron para valorar un paciente con urgencia en la planta de Neurología.

   Ochenta años, cáncer de próstata en estadio terminal pero con muy buena calidad de vida previa a este episodio, actualmente con un problema neurológico (lo más probable causado por el tumor o, como lo llamamos, paraneoplásico) que puede corregirse pero con respuesta pobre al tratamiento inicial. No me pueden asegurar que se corrija este problema neurológico con la nueva terapia acabada de iniciar, pero estaba tan bien hasta ahora que…

   Dejo que la voz del neurólogo y lo que me parece su actuación hasta el momento desaparezcan como un zumbido en mi cabeza. Mi vista no se aparta del paciente, un hombretón desesperado por buscar aire, nervioso y sobrecogido en su incapacidad. La enfermedad neurológica que padece le impide tener fuerza suficiente en los músculos, por lo que a pesar de lo que se esfuerza, respirar para él es casi imposible. La imagen que da es desesperante. Como un pez que sacamos fuera del agua, boquea e intenta alcanzar un impulso de aire casi sin éxito; como un pez fuera del agua, sin la ayuda necesaria morirá asfixiado. Una de las peores formas de morir.

   Con este cuadro ante mis ojos intento reflexionar con el neurólogo, cuya buena fe choca frontalmente con mi practicidad y cierta indignación, ya que había dejado que el paciente llegase a aquella hora de esa manera. Parte de mi ego lucha conmigo mismo porque se siente burlado, ya que sabe perfectamente que nunca deberíamos llegar a esa situación con cualquier paciente sin prestarles ninguna ayuda; parte de mi sentido del deber arroja alarmas sobre las posibilidades de un ingreso semejante, y lo que me queda de humanidad, clama por dejar a ese paciente a su evolución natural y ayudarle a que el tránsito sea lo más cómodo posible.

   La reflexión queda sólo en un intento. Ofuscado por mi negativa, el neurólogo argumenta una y otra vez con fórmulas simples y muy manidas que no me convencen. Sé que es un error ingresarlo; sé que es un error dejarle así, buscando aire de forma enloquecida, desesperado y perdido. Le expongo mis puntos de vista y la posibilidad de ayudarle desde allí, encargándome yo mismo de eso. El médico sigue en sus trece, empeñado en hacer todo lo posible sin importar las consecuencias. Yo no estoy de acuerdo. Sí importan las consecuencias. Y mucho. Pero los minutos pasan y el paciente está cada vez más desesperado. Son sus ojos cuando me miran los que hacen que me decida.

   Maldiciendo en alta voz, accedo a ingresarlo. El neurólogo respira aliviado y yo resoplo enojadísimo. Llamo inmediatamente a la unidad para que el equipo de UCI prepare un ingreso urgente y salgo como en una estampida de la habitación. Mi colega intenta seguirme argumentando posibilidades de tratamiento.

   – Podrías probar con una ventilación no invasiva…

   Me detengo en seco y casi tropieza conmigo. No sé quién es. Ignoro cómo se llama. Es nuevo (al menos para mí).

   – ¿Pero no ves que está para intubar inmediatamente? ¿No te das cuenta que es incapaz de respirar? ¡Sólo te he pedido que me digas qué venenos neurológicos tengo que seguir poniéndole y no me has respondido aún! Del resto ya me encargo yo.

   Y bajo corriendo las escaleras, dejándole con la palabra en la boca.

   No sé qué nos pasa. De verdad ignoro porqué somos tan diferentes en nuestras actividades profesionales. Qué nos lleva a tener miedo y zafarnos de la responsabilidad, o qué nos hace creer a pies juntillas en algo que claramente se ve que no tendrá efecto (aunque a veces ocurre el milagro y es digno de admirar); qué nos mueve a entrometernos en la labor ajena unas veces por buena voluntad y otras simplemente por egocentrismo; por qué tenemos tanto miedo a la muerte y que nuestros pacientes fallezcan… No lo sé. Todo eso y más estaba envuelto en el problema que se me presentaba y que había finalmente aceptado. Estaba furioso y furibundo bajé las escalares sin prestarle la más mínima atención a la voz que me hablaba por detrás.

   No me comporté con educación. La perdí en el proceso de discusión. Eso no está bien. Puedo alegar que la situación era surrealista (y lo era). Pero también puedo decir que no es la primera vez. Puedo argumentar que mi colega me había llevado a ese estado basándose en su inamovilidad y en su pequeño sentido común. Es cierto. Pero eso es algo con lo que debemos lidiar día a día. También puedo añadir que su humanidad me pareció inhumana, pues anteponía una posibilidad a la realidad de su enfermo, y una fe en la ciencia a la comodidad de su paciente. Todo es válido, pero mi actitud no fue la correcta. O al menos no del todo. Aunque me despedí y me urgía llegar a la UCI porque el paciente necesitaba de una actitud inmediata que se había pospuesto a lo largo de toda la mañana, debí hacerle ver lo que yo consideraba un error y que mi decisión de ingresarlo no se basaba en lo que él me dijera sobre la enfermedad que padecía el abuelo, si no en el propio enfermo, que enloquecía por falta de aire y cuyo próximo fin, abrazado a esos estertores a los que ninguno del equipo prestó la mínima ayuda, necesitaba que alguien se ocupase y de forma inmediata. Debí decirle que primero es el enfermo y después las cavilaciones teóricas, y que la voz de un especialista sobre su especialidad vale más que sus propias ideas sobre el particular.

   En fin. Ingresamos al paciente, lo intubamos inmediatamente y casi de inmediato todos los problemas que había previsto y que expuse en la habitación del enfermo aparecieron como por arte de magia. Mi humor, a pesar de todo ello,  o quizá porque había asumido todo aquello, se atemperó a medida que el paciente se estabilizaba; cuatro horas después, con cierto tono conciliador pero todavía resentido, llamé al neurólogo para pedirle que bajase a exponer el tratamiento neurológico que necesitaba. El pobre hombre hacía aguas por todas partes, y sin embargo fue darle la primera dosis de mórficos y verle una sonrisa ligera; fue sedarlo e intubarlo y ver que el respirador hacía su trabajo y él descansaba tranquilo, y recuperar mi calma todo uno. Sabía que se iba a morir, sé que se va a morir, pero al menos lo haría en paz y con la mayor comodidad posible.

   Cuando el neurólogo llegó a valorarlo de nuevo, supongo que se dio cuenta que había que haber actuado antes y que parte de mi enfado se debía a eso. Se acercó a los pies de la cama del enfermo y me saludó. En aquel momento el corazón del abuelo empezó a dar problemas: arritmias de todo tipo, un síndrome taquicardia-bradicardia, una taquicardia ventricular, yo qué sé. Aquel baile de arritmias y su consecuente descalabro hemodinámico sólo eran una mancha más en aquella situación desesperada. Una vez estabilizado (o más estable, porque nunca conseguí frenarla del todo), pude hablar con él. Me explicó el tratamiento que desde su punto de vista debía seguir (ninguno) y que lo mejor era esperar a ver la evolución. Yo me apoyé en una pared y me eché a reír resignado. Era justamente lo que me temía que iba a suceder.

   Al despedirse de mí, se acercó.

   – ¿Cómo estás tan seguro que va a morir? Hay que darle una oportunidad, o eso creo yo.

   Le miré sobrepasado por su ingenuidad o por su exceso de confianza, no sabría decir muy bien. El enfermo ya no era responsabilidad suya y podía permitirse frases ingeniosas como ésa.

   – Bueno… Además de lo que ya has visto, porque tiene 80 años, una enfermedad terminal y una enfermedad neurológica de respuesta errática. Vamos, no hay que ser un lince para ver que tiene muy pocas posibilidades.

   Asintió.

   – Sí, pero todavía puede salir…

   – Todavía.

   Le dije conciliador, y le mostré la puerta de salida.

   Aquel abuelo estuvo inestable toda la noche. Las arritmias arreciaron; despertó; durante unos instantes estuvo asustado, pero una vez que la diligente enfermera le explicó lo que pasaba y le hizo sentir a salvo, cerró los ojos entregado y se dejó llevar. Con un poco de sedación y un poquito de analgesia, pudo dormir bien por primera vez en cuatro interminables días. Su resistencia física era asombrosa y su dejarse hacer mucho más.

   Todos nos equivocamos. Ya el tomar una decisión acarrea esa posibilidad que debe ser asumida. Equivocarse no nos gusta, pero es algo inherente a nuestro quehacer. Intentar tener razón siempre es una utopía, pero aferrarse a ideas peregrinas en nuestro día a día lo es mucho más. Que en la vida todo es posible es una certeza; que en Medicina todo se basa en probabilidades también, y por ende hay excepciones. Sin duda. El arte de equivocarnos está en saber domeñar nuestros miedos, en casar nuestra experiencia con nuestro saber y con nuestra humanidad, encontrando el punto en el que la voluntad de hacer lo correcto se marida con el bienestar y se relaciona con la Salud, que es la falta de Enfermedad, sí, pero también la consecución de la dignidad individual y la ausencia del malgasto.

   Puedo equivocarme con este paciente. Puede que su fortaleza sea mayor que sus 80 años y que su cáncer y salga adelante. Cómo saldrá de sobrevivir es algo que prefiero no imaginar. Ahí radica mis limitaciones y en ellas asiento mi responsabilidad. Es mi deber sopesarlos y decidir en consecuencia, guiándome siempre, siempre, por el bienestar de los enfermos.

   Y sin embargo sé que va a morir. Porque así es el flujo de la Vida. Y está bien que eso ocurra.

   Por la mañana, el abuelo seguía inestable. Durante un momento abrió los ojos y me miró fijamente. Aquella tarde lo hizo para expresar su desazón por la asfixia, esa angustia que agarrota todo acto de voluntad, y que hizo que me decidiera. Los ojos que me miraron ayer por la mañana estaban cansados pero también agradecidos. Ya no estaba poseído por esa angustia, por ese vértigo de la Muerte. De venir, ésta lo hará con calma, sin dolor y con dignidad, que es lo que más me preocupa en estas situaciones.

   Su mirada era de agradecimiento y de algo de temor. Lo supe, era fácil de adivinar.

   Le tomé de la mano y se la apreté.

   – Todo irá bien. Ahora sí.

   Y cerró los ojos, quedándose dormido. Yo dejé su mano sobre la cama.

   Sé que me entendió: no le hablaba de curar, si no de Vivir, que quizá sea la mejor forma de Curar. Y eso es lo que él quería oír. Saliendo de ésta vivo o muerto, ahora sabía que estaría cuidado y que nada tenía que preocuparse.

   Esto es lo que quería decirle a mi colega de Neurología; lo que me gustaría transmitirle a todos los residentes que se forman con nosotros; lo que he aprendido en casi doce años de práctica médica. No me importa equivocarme (y eso que me molesta muchísimo) siempre y cuando el paciente obtenga lo que necesite y se encuentre cómodo y en paz. Tanto en la vida como en la muerte. Eso es lo que para mí significa habitar en el Tiempo de Curar.

   Pero aún me queda mucho por aprender y mucho por equivocarme… Es lo que tiene el Arte de la Medicina: que es eterno, y en su eternidad, pasan los días como pasan los años, y no deja de renovarse nunca.

   Mira que lo he intentado.

   He estado callado, he estado lejos de ti, sin tocarte si quiera, sin sentir el tacto loco de tu piel húmeda, ni conocer el sabor de unos labios carnosos que se juntan a veces para darme un beso y otras para hacer mohínes graciosos.

   He pasado noches en vela dibujándote, soñándote. Cada palabra que dirías, cada sí que me regalarías, y el abrazo enorme donde esconder mi cabeza y el arrullo de tu espalda en donde sembrar un millón de besos, un millón de quimeras que saldrían volando como mariposas hasta el cielo oscuro y sin nubes.

   Has sido la mejor compañía, aquella que calla cuando debe, que reconforta, que acerca su hombro, su mano y el calor que perdemos cuando la fe en nosotros mismos es más que polvo y menos que nada.

   Y aunque sé que no me amas como yo te adoro, he intentado negar que ese sentido llena mi corazón, y mi cabeza ha luchado tanto por mantener siempre ese límite infranqueable entre el amor y la amistad…

   Eres intransigente, eres especial. Nada parece hacer mella en ti, salvo el amor no correspondido, el mío sin duda, porque a veces te me quedas mirando cuando lo que siento no me cabe en los ojos y se me desparrama en lágrimas por la cara y preguntas curioseando, intentando bucear en un corazón que se cierra rígido, que se le escapa el sentimiento por la puerta de atrás. Hay días que no tengo sangre en las venas, sino una caligrafía entera con tu nombre grabado en ellas.

   Cuando lo supe creí morir de alegría… ¿Qué otro nombre podía tener ese nerviosismo de colegial, esa ilusión de verte llegar, de sentarnos juntos, de hablar hasta el amanecer? No miraba el reloj que fluía libre entre nuestros pensamientos; no había frenos al tiempo cuando estábamos juntos; no había filosofía ajena, sueños intermitentes, pensamientos arriesgados que no tejiéramos juntos, y algunas confidencias y el secreto encerrado que parecía olvidárseme a veces y que me recordabas de repente con un mohín, una caricia o una palabra sencilla, como el sonido de mi nombre entre tus labios…

   Sé que está mal. Sé que sólo quieres amistad. Porque buscas solaz en aquellos que no son como yo; que te dan una pasión que no encuentras en mí, o una morbosidad lejana y distinta de la cristalina serenidad que encuentras conmigo. Y aunque sé que me quieres, igualmente sé que no me deseas. Y para amar hace falta el deseo de amar y el saberse amado: yo no soy más que un reo prisionero de una ilusión a la que a veces le das alas y a veces sólo cera derretida que lo clava a la tierra.

   Y sin embargo no puedo luchar más. Cada palabra tuya es para mí un poema; cada pestañeo una noche sin luna; cada silencio, la antesala de una revelación que puede ser la deseada. No puedo luchar más contra esta marea que me hincha como un globo y hunde mis intenciones todas buenas, y ahoga mi conciencia que sólo me estorba, y deja flotando mi corazón latiendo por tu nombre y mis labios sedientos del agua de tus besos.

   Y aunque sigo preguntándome qué tienes dentro, si un corazón o un reloj de piedra, poco a poco me acerco a ti con los sentidos cambiados, la brújula revuelta, el estómago retorcido y la boca seca, porque no puedo luchar más contra esto que siento, que puede ser el fin del mundo, el comienzo del universo o sólo la muerte de nuestra amistad.

   Y tu amistad es lo que más valoro, porque te amo tanto que prefiero este papel ingrato de segundón tardío al mero corista de un olvido que te sería tan fácil como despedirme.

   Pero no puedo más con esto que llevo dentro; no puedo detener por más tiempo una cascada que fluye desde mis ojos, y ese océano rojo de sangre que va del corazón a mi boca y retorna desde mis manos al corazón. Mis manos que te rozan de lejos y que tiemblan, una y otra vez, una y otra vez tiemblan al senirte cerca…

   Y debo arriesgarme, debo armarme de valor y decirte lo mucho que te amo, lo que te idolatro a pesar de tus defectos; de lo mucho que te deseo a pesar de tus deseos, y de lo bien que te haría porque eres el bien de mi vida.

   No puedo luchar más en contra de lo que siento… Y lo que siento es, y seguirá siendo por siempre, tú.

Caído el puente,

queda el frío

tras el sauce.

  Shiki.

***

A través de la ciudad

corre un riachuelo

¡y los sauces!

 Shiki.

***

Crece inclinándose

al cielo inmenso

árbol de invierno.

Kyoshi

***

Viento otoñal:

¡cuántos montes, cuántos ríos,

en lo más íntimo de mí!

Kyoshi

***

En la niebla,

fundidos en la tristeza y el corazón

caminan los dos juntos.

Issoo

***

La voz del remo batiendo la ola,

y la noche que hiela las entrañas;

lágrimas.

Bashoo

***

De la red recién izada,

¡gotas de luna…!

 Mokkoku

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