Me decían que sí, me decían que no. Que el amor existe, que el amor se acaba. Que el amor es un disfraz o una moda.

Y es cierto.

El amor es todo eso. Pero además es nerviosidad y tonterías; es profundidad y dificultad; es el todo y la nada.

Pero sobre todo es felicidad.

Y la felicidad lleva tu nombre.

No hay nada que se acerque a ese estado asombroso en el que entro cuando te tengo cerca. Esa energía es la que hace que las plantas crezcan y que las mareas lleguen puntuales a la orilla. Es lo que hace a la luna maravillosa y al sol, un corazón que late.

La felicidad hace que abra los ojos cada mañana y busque el arrullo de tu sonrisa. Y que de tus ojos sean mi cara lo primero que vean.

La felicidad lleva tu nombre.

Y el amor muda, y el amor cambia. Y es muchas cosas, y deja de serlas.

Pero también es felicidad.

Y lo será por siempre, mientras lleve tu nombre.

Anduriña.

20/05/2012

   El aire huele a humedad, salitre y cerrazón. Parecía que no habían abierto aquella puerta en años. Pero no era así. Los postigos se abrían cada mañana y se cerraban al caer la tarde, encerrando en su interior el último rayo de luz y la última bocanada de aire del mar.

   La lareira está encendida. Fuego lento, como la vida que pasa sin que nos demos cuenta. Hay una mesa recién puesta; flores secas; y un par de copas esperan incitadoras a ser bebidas por la soledad.

   Y está ella.

   Como la recordaba. O casi. Con sus mismos ojos de cielo líquido y las misma pestañas transparentes.

   No me reconoce, entre atareada y celosa. O porque no quiere. O porque no puede.

    A saber.

   He venido tantas veces buscándola, entre intrigado y ansioso. Y preocupado. Soñador.

   Imaginaba una y mil veces ese pelo liso y largo, revuelto por las algas y las conchas vacías. Y su voz de oleaje y susurro. Bella y libre, como las gaviotas.

   Y con mal carácter. Encendido y chispeante, divertido. Como las gaviotas.

   La llamaban Anduriña, joven y pizpireta, llena de vida; esa vida brillante que encerramos todos a los quince años. Llena de ensueños, loca por aventuras. Repleta de mar largo y horizonte sin fin.

   Yo me fui de allí antes que ella; a estudiar; a formarme; a hacer algo de mi vida. Ella se quedó aquí hasta que no pudo más y le salieron alas en los pies, aletas en la espalda. Y cogió una nasa y se fugó una noche, entre lágrimas saladas y rabia contenida, envuelta en algas y en mal humor; cansada, supongo, de esa vida suspendida y del maltrato y de la largueza de unos días iguales como noches sin luna y sin objetivos.

   Todos murieron. Todos los que conocieron alguna vez a Anduriña. Menos yo y alguno más que ya no viene por aquí; el pueblo parece perdido en ese espacio del tiempo de bocadillos de chocolate, salto a la comba y risas sin sentido. Poca gente desea volver a un lugar que le recuerda lo que fueron una vez, o lo que son realmente: seres frágiles.

   Pero yo quería a Anduriña, a mi manera callada, como si debiera pedirle permiso. Cada año me acordaba de ella; cada año la dibujaba con su pelo de paja y sus ojos de agua líquida hasta que me olvidé de ella y de mí.

   No sé si la lejanía me formó o fui yo que me empeñé en seguir un sueño que no era el mío. Ya no lo sé. Pero cuando me reencontré la encontré de nuevo a ella, en un hueco anclada cerca de mi corazón. Y la busqué, vaya si la busqué, debajo de la tierra, surcando el cielo azul y amarillo de nuestra infancia, olvidando que la vida nos cambia a todos, nos moldea y nos maltrata tanto o más que la niñez. Y que quizá la Anduriña que buscaba sólo existiera en mi memoria de cera derretida.

   Ya no cuento las veces que he vuelto al pueblo. El puerto parece dormido y sin embargo sigue rico en pescado y en mariscos frescos. La playa de arena mojada sigue siendo plateada y gris, llena de agua y de berberechos. Y las casas desconchadas como a veces están los recuerdos.

   Pensé rehabilitar la casa de mi infancia como quien construye un pasado que ya ha ocurrido. Y lo hubiese hecho si ella estuviese allí, caldeando el ambiente con su sonrisa de sirena y su carácter de gaviota rabiosa. Era tan joven…

   Y yo también.

   Hasta hoy. De la chimenea se escapaba una especie de humo blanco, como si fuese un hechizo. Y los goznes de aquellas puertas recuperadas parecían ser usados día a día. Y la mesa puesta como esperando a alguien. Y ella de espaldas, con el pelo color de plata revuelto de conchas y algas; delgada y enjuta; hacendosa y distraída, como a los quince años.

   - Anduriña…

   Y mi voz, que no era mi voz, sale de mí sin haber pedido permiso. Oigo una risa cascada como el tiempo frágil que ha pasado entre los dos.

   - He vuelto, sí.

   Y se gira y veo una sonrisa luminosa y triste, y unos labios pálidos y cansados, y una mirada de cielo líquido algo opacos pero igual de hermosos. Como eran a los cinco años y a los dieciséis.

   El aire huele a humedad y a secretos callados que no importan. Y ha vida pasada. La de ella y la mía. Y a mar que entra a raudales por la puerta, y a sol y a salitre. Se acerca a mí y me toma de la mano. Y me sienta a la mesa y me da de beber. Y se sienta conmigo. Y no dice nada más.

   Y a mí me basta ese silencio. Y su vida de gaviota. Y mi vida ya ida y vuelta a empezar.

Ya.

19/05/2012

   Ruidos de alarmas que se apagan.

   Monitor con sus registros de colores que se aplanan y se ponen a 0.

   Otro encuentro más con la muerte, así en minúsculas.  Con respeto, con dignidad, sin sufrimiento. Con la tecnología actual el límite está en saber cuándo sostener una vida que vale la pena y cuándo administra el confort necesario para que la muerte sea lo que debe de ser: un paso sin molestias hacia la Vida.

   En mayúsculas.

   - ¿No tienes miedo a morir?

   Me pregunta un residente muy serio. Yo me lo quedo mirando.

   - No. El cómo es lo que me preocupa. ¿Morir? Para nada.

   Suspiramos. Y una sonrisa se dibuja en sus labios.

   - ¡Qué raro eres, tío!

   - Ya.

   Bailemos.

   Dejemos que el día oscuro, las nubes de lluvia y el cansancio se diluyan entre nuestros brazos.

Cierra los ojos y piensa en una noche de luna, llena de estrellas, con el rumor del oleaje al fondo y el suelo de mármol esperando nuestros pasos.

Y miles de velas encendidas y ramos de hortensias y gardenias a nuestro alrededor.

Y tu risa y la mía.

Y el peso de tu cuerpo entre mis brazos. Y tu mano apoyada en mi espalda.

Bailemos con los ojos abiertos.

Y tu sonrisa y la mía reflejadas en la mirada.

Y tus pasos volátiles y los míos. La tierra hecha mar y el cielo uno con nuestros movimientos.

Bailemos hoy que todo parece acabar.

Para empezar de nuevo. Juntos muy juntos.

Tú y yo.

   a Loli Galicia Asturias, que quería un cuento de algo que pudo ser y no fue.

   Tengo una casa en las afueras. Grande, espaciosa. He recuperado un hórreo y el palomar está lleno de palomas de todas las razas que vienen a mí con solo un silbido.

Voy de caza y tengo jaurías de perros que me siguen al mínimo paso. Y una granja en la que no se posa el sol; y cientos de cabezas de ganado y ovejas para la lana y gallinas para el sustento.

Puedo, si quiero, vivir sin trabajar. Pero me gusta lo que hago; ayudo a los demás sin cobrarles, pues por suerte puedo permitirme los lujos de una vida sin ataduras.

Puedo ir de aquí para allá sin problemas ni preocupaciones. Pues vivo solo sin que nadie me acompañe y sin que parezca merecer más compañía.

Hasta que te conocí a ti.

Y por primera vez me acerqué al espejo, del que he huido desde que era infante. Y el reflejo de mi espejo me dejó espantado y sin esperanzas.

Reflejaba mi poco atractivo, mis ojos cansados pero aún con brillo, mi sonrisa desigual, los labios carnosos, el cielo abierto de la frente y la amplitud de una vida trufada de excesos culinarios y de la holgazanería.

Y lo entendí.

Supe que tu vida y la mía eran muy distintas, como las dos caras de mi espejo. Y que nuca podrías mezclar tus brazos de pulpo en mi cuerpo amplio, ni mi aliento de sal lograría besar tus labios cerrados.

El amor que te tengo, el cariño que parece nacer en ti, queda dividido por el reflejo de mi espejo, que me recuerda que no merezco ser amado por más que ofrezca las raíces de mi vida, el amparo de mi riqueza y la sabiduría de mi corazón.

El tiempo pasó y nos entendimos como se quieren los amigos: a trompicones y metiendo la pata. Largas conversaciones hasta el amanecer; lentos paseos en coche de lujo, cenas arrebatas bajo al sombra de la luna de escarcha.

Y nada.  Ni un además, ni un te quiero. Salvo los lamentos que, solo, parecía recitar mirando a mi espejo.

No merezco tu amor porque soy feo; no merezco tu amor aunque viva rodeado de las mejores riquezas. No quieres nada de lo que puedo darte, que es mucho ya ves; mas sólo quieres mi amistad, como si eso fuese suficiente a un corazón enamorado.

Pero te entiendo, créeme que lo hago. Lo que veo en mi espejo no es atractivo, no tiene gracias, no es fácil de sobrellevar. Pero es lo único que tengo que no puedo controlar y, ya ves, puedo ser infeliz…

Hasta que el recuerdo de tu cariño llega a mi corazón y lo sosiega, y me recuerda que, a pesar de lo que en el reflejo vea, aún me queda una esperanza, por pequeña que sea, en la felicidad: el día que aprenda a quererme a mí mismo por lo que soy y no por lo que pueda dar.

   Silencio.

   Tu respiración y la mía.

   La leña crepita en la chimenea. La lluvia golpea las ventanas.

   El viento azota los árboles, que se inclinan a su paso.

   Me acerco a ti.

   Callado, mirando hacia ninguna parte. Con las manos tamborileando sobre la tableta.

   Me sientes. Y sonríes.

   Sin decirme nada, me coges de la mano.

   Eso es lo que encontré en ti: compañía, sosiego, pasión, comprensión y silencio.

   Amor.

   Tú y yo. Y el resto queda afuera. Y el mundo en nuestro abrazo.

   El vapor denso desdibuja las siluetas.

   Los azulejos resbaladizos y brillantes con ríos de agua que simulan lágrimas de las cañerías.

   En la ducha repiquetea un chorrito de agua. La llave, apenas cerrada, exhala todavía esa delicia tibia, que acaricia la piel y la libera.

   Después del baño todo carece de importancia. La piel enrojecida, el pelo húmedo y apelmazado simulan una caricia. Y son los labios y no es agua que corre; son los dedos y no vapor que acaricia. Sonrisa de plenilunio; recuerdos que no son vagos.

   Una mano limpia el espejo empañado. Y la palma roza el reflejo. Y brilla un recuerdo entre las sombras del vapor.

   Sonrisa. Caricia. Beso.

   Olor a agua que ha caído. El firme roce de la toalla que seca la húmeda altivez de lo limpio.

   Después del baño sólo hay liberación y silencio. Y una rara plenitud, efímera y quebradiza.

   Beso. Caricia. Sonrisa.

   Desnudez frágil.

   Amor renacido.

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