Otoño/ Autumn.

21/09/2012

¿Qué clase de hombre soy? Que no sabe del amor, que le cuesta decidirse, decir que sí, decir que no; lamentarse; angustiarse; relajarse; amar.

¿Qué juego juego conmigo y con los demás? ¿Qué sé yo del amor? Si viajo con una máscara que cubre mis defectos y mi inapetencia, que le importa un sentido lo mismo que un papel vacío y que besa unos labios con inapetencia y desgana.

¿Qué clase de tonto soy? Que no se ha enamorado nunca.

¿Seré el único al que le ocurre algo así? ¿Qué tipo de hombre soy, una concha vacía, un corazón que no late ni se integra ni se entrega ni se defiende ni se abandona?

Soy un payaso que nada sabe del amor. Que nada sabe de la vida, porque la vida es amor y todo está relacionado.

¿Por qué no puedo amar como cualquier otro hombre? ¿Por qué lo racionalizo todo, la sensualidad también y el abandono?

No lo sé…

Sólo sé que soy así. Me asomo al espejo y veo unos ojos que brillan sin sentido y una sonrisa que parece una mueca. Una máscara de arcilla que juega al juego de la evasiva y un corazón que, de tanto que no late, parece un juguete roto esperando a ser reparado.

¿Por qué no puedo ser un tonto al que le da lo mismo, amar hasta el tuétano, ser querido, ser mordido, ser abrazado, ser deseado y ser olvidado?

No lo sé.

¿Qué clase de hombre soy? Un tonto incapaz de enamorares, de abandonarse a otro corazón, de ser herido y curado, de ser soñado y abrazado. Frigidez de sentimientos, carencia absoluta de tactos.

¿Qué clase de tonto soy?

No lo sé…

Sólo sé que desde que te fuiste el mundo se ha detenido para mí. El tiempo pasa sobre todos y sobre mí. Y, como cualquier otro hombre, me despierto y me levanto, me aseo e ingiero mis alimentos, me acuesto e intento dormir sin soñar.

Estos labios que ya no quieren besar. Estos brazos que se han olvidado de abrazar. Esta vida que se ha olvidado de vivir y que se sabe incapaz, inmóvil e insensible a una caricia, a un beso, a un amor.

¿Qué clase de hombre soy?

No lo sé…

Sólo sé que tonto soy. Y que nada queda atrás.

   a Christian Bendek, por su cumpleaños.

   Miro el reloj. Sus esquinas son cuadradas. Y sin embargo las agujas las pasan una y otra vez con una facilidad casi mágica.

   Mi vida tiene los bordes agudos.

   Dicen que la paciencia todo lo logra. Que la dedicación es necesaria para conseguir lo que deseamos. Eso se me olvida. Porque, como mi vida, mi memoria está llena de aristas, y recordar me hace daño.

   Hubo un día en el calendario en el que estabas tú. Y el mundo era una elipsis, una curvatura sensual. Estaba tu espalda, que era un monumento, y tus labios, que sabían a sal.

   Hubo un mes en el que estabas tú. Y las noches eran maravillosas, abrazados y enredados como garabatos sin final. Estaban tu pelo de ceniza y tus ojos ansiosos, las manos de espuma, y las sábanas de cristal.

   Hubo un año en el que estabas tú. Y estaba yo. Y el mundo era un pañuelo que llevábamos al cuello, tú y yo, lleno de besos y de caricias, y de amor. De un amor especial, mío y tuyo o algo así.

   O algo así que éramos yo y tú.

   No recuerdo cuándo tu amor comenzó a dolerme; cuándo noté el paso del tiempo. Y me abandonaste. Te fuiste una tarde sin decir adiós y el reloj se detuvo en su esquina cuadrada y los días dejaron de fluir lo mismo que tu amor.

   Y sé que el tiempo sigue corriendo. Las horas pasan y los días mueren y los meses caen del calendario como las hojas de los árboles y como las rosas marchitas. Y sé que el tiempo todo lo cura, desde la cordura hasta la sinrazón. Que la dedicación tiene sus frutos y la paciencia todo lo logra. Y que todo llega a su fin

   Yo eso lo sé. Pero quién se lo dice a mi corazón, lleno de espinas, en las que tu olor está enganchado, y el recuerdo de tu voz y el calor de tus dedos… ¿Qué día, qué mes, qué año será aquel en el que no te recuerde, aquel en el que no evoque el sonido de tus pisadas al llegar, el peso de tu cuerpo al levantarte de la cama, la mirada delicada de cada despedida?

   No lo sé.

   Dicen que el tiempo todo lo cura. Todo. Menos el amor que aún siento por ti.

Ella/ She.

22/06/2012

   Está allí. A la misma hora, sentada en la misma mesa, junto a la vitrina.

   Mira la gente pasar. Sobre la mesa, un libro que apenas hojea. Un café a medio tomar y la marca de sus labios en el borde.

   Es bella. Melena larga, suelta, limpia. Piel tersa, pero ya no es una niña. Labios rojos, verdes ojos, triste otear.

   Debe esperar a alguien o a algo. Quizá a que pase el tiempo. O a que el tiempo pase sobre las cosas.

   Siempre elegante, siempre arreglada.

   Sentada, sin molestar a nadie y sin ser molestada. Ni un ruido parece alterarla. Ni siquiera pide lo que desea tomar; nadie se lo ofrece; sólo se lo sirven.

   Lo sé, porque desde hace tiempo llego antes que ella al café y la espero. Entra silenciosa con su bolso y su libro en la mano, un mohín apreciativo hacia la mesa en la que acostumbra sentarse; apenas si cambia la silla de sitio y ya está, el café servido, los labios rojos, la marca del labial en el borde.

   Y un morsdisco en mi corazón.

   No sé nada de ella. Ni su nombre. Todo es un misterio; todo menos sus ojos, verdes y callados, que parecen mirar pero no ven, apenas maquillados, y que brillan con el sonido de la tristeza y el susurro de la soledad.

   Ella tiene las manos delicadas, con las uñas muy bien arregladas. Y ni una joya, ni un aderezo.

   Se sienta en su misterio y permanece callada las dos horas que está en el café. Viendo la vida pasar.

   Qué sencillo fue enamorarme de ella. La tengo dibujada en mi corazón junto a la huella de sus labios. Una vez me vio e hizo como si me sonriese. La tarde no fue más brillante, el día más claro.

   Fue un momento, un pequeño instante. Fuimos uno en ese segundo que dura una sonrisa de salida. Pero se ha instalado para siempre en mi corazón.

   Ella y su silencio. Y sus ojos tristes. Y su pelo largo.

   Y yo. Cada tarde, en un café.

She is there. Sitting at the same table, always at the same time.

She looks people go by. On the table a book she barely reads. One sip to a coffee cup, and she left her lips mark in the edge.

She is beautiful. Long, free hair. Bare skin, though she is not young anymore. Red lips; green eyes; looks melancholic and a little sad.

She must be waiting for someone or for something. Maybe just waits to Time go by. Or maybe she expects Time goes by things and people, she included.

Always elegant, always perfect.

Sitting there, disturbing no one, and by no one either. A noise no bothers her. She doesn’t make her order; no one asks for it; they just serve it and then go.

I know it because from some time I arrived at the café before she does and I wait for her coming. Her entrance is silent, with her handbag and her book on hands, she looks towards the empty room looking for her table, barely touches her chair and she sits there, looking outside looking for nothing, and sips her coffee, living her lips marks on the edge of the cup.

And a bite in my poor heart.

I know nothing about her. Even her name. All is a mystery, except her quite green eyes, that sees but don’t look for anything, with almost no make-up, and ring with the sounds of solitude and sadness.

She has the most delicate hands, polished nails, soft fingertips. And no jewels, even a ring, even a sign.

She sits in her mystery and she stays at the café almost two hours in silence. Looking Life goes by.

How easy was to fall in love with her. I have her drawn in my heart near her bite mark. Once she glanced at me and almost smiled at me. That afternoon the sun shined so, that the day never was so brighter.

It was a moment in Time. We belonged together in that brief moment, the moment that a smile fading last forever.

She and her silence. And her sad eyes. And her long hair.

And I. Every afternoon, at a café.

   Susurros.

   Párpados caídos. Brazos abandonados, piernas descansadas.

   Silencio.

   El pecho se llena de aire. Y se vacía. Y vuelve a empezar.

   Labios sellados por los que escapa el aliento.

   La tele encendida y muda. Figuras van y vienen en technicolor o en blanco y negro. Una película antigua brota de su pantalla.

   La chimenea crepita. La leña parece adormecerse.

   – Quisiera decirte algo…

   – Mmmm… ¿Ahora?

   – Sí… Sólo llevará un momento.

   – … Está bien. ¿Qué será?

   – Te quiero.

   Silencio.

   Ojos abiertos. Pupilas dilatadas. Labios húmedos. Brazos que recobran su fuerza. Piernas que abrazan otras piernas.

   Y un beso.

   ¡Qué felicidad!

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 34 seguidores