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When I Look at You. Linda Eder.  

   33210512569f11e39f760a8f4e0ede20_8Sentados así casi no te reconozco.

   No has cambiado nada. Tu aspecto es más o menos el mismo: la cara aniñada, la nariz discretamente aguileña, cierta sombra en la sonrisa. Pero no, ya no eres tú.

   Cuando te miro no hallo  aquel del que me enamoré. Que hacía pájaros de papel, que hacía sonar una melodía con el arrullo de su sonrisa. Que me decía que me quería así más o menos de aquí a las estrellas.

   ¿Dónde se ha ido? No lo sé. Pero cuando te miro, aquel niño que fuiste parece perdido en el fondo de tus ojos y yace moribundo en el techo de tu corazón.

   Eso es lo que siento cuando te miro.

   Y de noche, a solas mientras duermes, me pregunto dónde te has ido. Qué ha sido del hombre que me despertaba cada mañana con un beso y me abría la puerta antes de pasar, con los modales más antiguos posibles y sin embargo, más encantadores. Con los brazos enormes abiertos en abrazos de eternidad y la tranquila seguridad de vivir por siempre.

   Cuando te miro mientras duermes, me pregunto quién eres, quién sonríe con esa risa de antes, quién habla con la voz oscura de los años que han pasado entre los dos; adónde se ha marchado ese chico que corría todas las tardes por la orilla del mar y llegaba hasta mí lleno de sonrisas para abrazarme y dejarme empapado de sudor y de amor. Porque ya no te encuentro.

   A veces cierro los ojos cuando hablas y el tiempo se empequeñece hasta hacerse una nada, y logro tocar los dedos de ése que eras y que se ha perdido, que me convenció de amor y me llevó hasta su lecho y hasta su vida, y del que me enamoré sin preguntas ni condiciones, como sólo los niños, y quizá los tontos, lo hacen.

   Pero no, no eres tú aquel de quien me enamoré. Ni el que me hizo amar. Tu mirada es fría, tu risa es falsa; esos dedos que pretenden acariciar mi cara pasean automáticos por mi rostro cansado. Ya no eres el que fuiste. Te has perdido delante de mí y no, no sé dónde estás.

   ¿Por qué el tiempo nos hace esto? ¿Por qué, pudiendo amar por siempre, perdemos el camino, olvidamos la luz que nos ilumina?

   ¡Oh! Si por un momento quisieras ser aquel que fuiste, si pudiera escuchar el sonido de esa voz de mediodía, cuánto amor me queda para darte, para regalártelo todo así, sin llevar cuentas, sin contar días, sin esconder abrazos…

   Pero no. Cuando te miro todo parece cambiado. Ni un eco de tu antiguo ser, ni un latido que lleve mi nombre… ¿Lo imaginé? ¿Te soñé con tanta fuerza que me creí mi propia fantasía…?

   No…

   Pero, cuando te miro, no eres tú siendo tú. No eres tú siendo yo. Cuando te miro ya no hay amor, si no indiferencia o algo más que no deseo descubrir.

   Cuando te miro aún te quiero… Aunque en ti sólo haya olvido.

   1459184_10152021550392836_617473699_nCon sólo oírte, saltaron las cuerdas de mi corazón con gozo.

   No te había conocido antes, pero te he querido por siempre. ¿Cómo lo sé? Porque las cuerdas de mi corazón resuenan cada vez que pienso en ti.

   Recuerdo incluso cuando posaste tu mirada sobre la mía, el temblor que me entró que hasta los dedos se me enredaban unos con los otros y no podía separarlos, y la sonrisa se me salía de la boca enrollada con las cuerdas de mi corazón, que resonaba y resonaba sin que te dieras cuenta.

   Pero me sonreíste y menudo lío en mi pecho. Respiraba, transpiraba, pensaba. Y del barullo de la cabeza al ronroneo de mi voz, que parecía decir palabras inconexas pero con todo sentido para mí.

   Y recuerdo que reías, y lo hacías de mí, y me parecía lo mejor del mundo. Así de loco vibraba mi corazón.

   Tocaste las cuerdas adecuadas y una melodía parecida al amor de improviso emergió de mí.

   El cielo se hizo azul y sin nubes, y el viento fresco y lleno de caricias.Y cuando dijiste mi nombre el mundo se detuvo y supe, supe que te amaba así, pum, pum, pum, con todas las cuerdas de mi corazón.

   Soy tuyo, quise decirte. Aunque sé que casi me desmayé del gusto.

   Y te reíste. Y desde ese día hasta hoy, estás junto a mí. Enredado en las cuerdas de mi corazón.

   Qué felicidad.

As simple as that. Michael Feinstein.

ece65b3622f211e390a322000a9f1438_7 Este es mi sitio. Porque es el tuyo.

No me importa dónde estar, mientras estemos juntos.

No me importa saberte lejos, mientras vuelvas a mí.

No me importa estar lejos si tú estás aquí.

Somos un hogar pequeño; somos un hogar nuestro. Tan simple como eso.

Lleno de abrazos me ves besarte. Y yo cierro los ojos porque te imagino mejor, labios y pieles en ese encuentro delicado entre dos, que siempre termina en un furor de sábanas y risas.

Te pertenezco, tan simple como eso. Porque te amo. Tan maravilloso como todo esto.

Y ahora despiertas. Juro que he intentado no hacer ruido. El domingo se cuela por las cortinas transparentes. Qué bello el otoño en tu mirada. Y se me hincha el corazón llenándome de sangre la cara. Me tocas y se me revuelve el pecho. Y me sonríes, acunando mi alma.

Todo es así junto a ti. Tan simple como eso. Porque nos amamos.

Buenos días…

¡Qué felicidad!

   © Asperillad9b0627ef6eb11e2b39e22000a9d0df1_7

   ¿Cómo decir adiós?

   Cuando el mundo era nuestro (porque lo era) parecía una bienvenida continua. Luz, viento, sonrisas y caricias con los ojos abiertos.

   Cuando lo perdimos empezamos a cerrar los ojos a la melancolía y el abandono nos comió las entrañas. Apenas hablábamos y quizá hasta nos saludábamos sin vernos. Como el mar en la orilla, apenas nos besábamos y fluíamos uno en la piel del otro temerosos de decir las palabras amargas, tragando la hiel de un orgullo vacío, y dejando pasar tras nuestra los días uno y otro, uno tras otro…

   Pero confieso que aún te amo por las mañanas, cuando todo parece nuevo. En ese instante mágico en el que el sol ni calienta ni hace daño, ese espacio que habitas a mi lado se llena de alegrías e intento rozar con el dedo (sí, sólo con un dedo) cada uno de los recuerdos de tu espalda. Te dibujo y me dibujo, haciendo autorretrato de un amor que nos ha abandonado o que no nos deja marchar.

   Aún te amo cuando llegas con cansancio y algo de ajetreo. Tus ojos y esa boca de corazón. Y el pecho latiendo y cierto abandono que ya no es nuestro, si no tuyo, como el adiós.

   Y sé que sabemos que ya nada nos une. Pero sé que sabemos que, en realidad, la vida sigue pegándonos por la cabeza y el corazón. Ese cortocircuito que a veces sentimos a veces echa chispas y me descubro viéndote y a ti sonriéndome y un ademán pasa a ser lo que antes era una pasión desbocada, y las amarras de ese puerto que llamamos nuestra casa sigue tejiendo para nosotros una red que nos protege.

   Aún me buscas por la noche cuando no puedes dormir. Y puedo ver tus ojos enormes brillar como faros en la distancia; alcanzas tus brazos y quieres apretarte a mí; y mi tranquilidad parece descansar en tu pecho y lentamente tu boca se va plegando hasta quedarse dormida… Mientras el corazón late.

   Diciendo adiós descubro que aún te quiero. A mi manera, a la tuya. Extraño ya el sonido de tus pisadas, el eco sereno de tu respiración jadeante cuando subes por las escaleras, taimando tu espíritu alborotado con esas imposiciones absurdas en otra persona que no seas tú, y el aroma que aún perdura en tu piel muy de tarde, cuando todo parece entrar en una quietud tan lejana…

   Diciendo adiós descubro que todo es difícil: quererte, vivir contigo, enojarte, olvidarte. Y renuncio a ello hasta la mañana siguiente, como esperando que el nuevo día me llene de una fuerza más titánica o más tiránica o más plácida o más amorosa, para hacerme navegar hasta el pomo de la puerta sin volver la vista atrás y poder cerrar este capítulo que lleva tu nombre, lleno de sol y de verano, y que sí, lo sé (y tú también) ha llegado a su fin.

   Diciendo adiós aún te amo más… Y el mundo sigue girando, y en él, tú y yo.

   2c05fe50e65f11e2a52422000aaa0a0f_7Quiero pedirte que nada me pidas.

   No esperes de mí lo que no espero de ti. Todo amor cuando nace es fatuo e impetuoso, y el nuestro no será diferente. Por eso no quiero que me sueñes para no soñar yo contigo. Y así juguemos a la verdad desde su inicio.

   Quiero pedirte que seas libre. Para todo. Para decirme lo que deseas y lo que no te gusta, para no darme la razón porque sí, para abrazarme siempre que te apetezca. Quiero que compartas si así lo desees cada parcela de tu ser, cada átomo de tu mirada y que no te sientas abocado a pagarme con la misma moneda mi aparente generosidad, mi entrega absoluta.

   Quiero que seamos iguales en la batalla del amor que es un puro tira y afloja. Te pido que no me regales con desgana ni esperes de mí la luna.

   Que te amo pero sólo soy un hombre. Nada más puedo hacer por ello.

   Y así podré verte como a un igual: no deseo idolatrarte, porque los ídolos siempre pierden sus bases de arena; ni sentirte pedigüeño, que mi amor no es más puro que el tuyo ni se equivoca menos.

   Todo lo que pido es un amor tranquilo que enloquezca en la pasión sin exigencias y que respire, junto a mí, cuando las cosas se calmen, los abrazos se apaguen y las noches se diluyan en meses baldíos.

   Porque el amor está lleno de momentos vacíos que también lo definen. Y todo lo que pido es que lo comprendas conmigo y que, juntos, vivamos los ires y venires con sonrisa de encanto.

   Todo lo que pido es una confianza plena, que no ciega, y una sinceridad cristalina, que no aplaste. Porque hasta la verdad pura puede llegar a hacer daño.

   Y yo lo que pido es un amor de pura libertad, sin deseos ocultos, sin dobles fascies. Quiero quererte a ti, tal cual te tengo delante, y que a ti te ocurra lo mismo, sin lazos, sin pesares.

   Todo lo que pido eres tú. Por siempre tú. Tú. Tal cual. Sin dobleces donde esconderme y sin defectos donde chincharte, ni pasados que graviten ni futuros soñados.

   Todo lo que pido es vivir el presente, sin pesares, junto a ti.

Gentle On My Mind. Madeleine Peyroux.

5e8bf0e2caed11e2b5c422000a1f9a53_7Paseando por mi mente te encontré. Un detalle, un olor. Eso fue lo que hizo falta para traerte de nuevo a mi vida.

Eras fácil, suave y sorprendente. Eras de sonrisas, lo recuerdo bien. Y de manos ávidas y aspavientos. Y tu voz de locomotora llenaba todo de palabras desbocadas, desbordadas, cargadas de intenciones.

Qué dulce me es recordarte.

Tus ojos de luna llena y esa nariz algo sobresaliente. Y la espesura de tus cejas y ese parpadeo rápido, ávido.

Nuestras conversaciones, nuestras tardes de amor. Contigo todo era más, hasta demasiado. Y eso estaba bien. No sé porqué llegué a pensar que no te quería más.

Porque te quise. Créeme. A mi manera mareada. Y ahora descubro que aún te quiero.

En el recuerdo me doy cuenta de cuánto.

Tu boca, tus manos. Y las rodillas donde reposaba mi cabeza a veces y donde dejaba escondidos besos para después.

Cuando me esperabas detrás del sofá y me sorprendías día sí y día también, entre la bruma de la tarde y el cansancio de las horas que parecían no tener fin. Yo te veía en el reflejo del espejo, pero nunca te dije nada para no desairarte.

Sonrío al recordarte.

No sé cuándo todo se rompió. Por mi parte, claro. Perdóname, era el temor. El miedo al riesgo, porque eso es lo que eras para mí: una aventura enorme, una apuesta insegura. Y te dejé ir. Y me equivoqué.

Y ahora te vuelvo a encontrar en los vericuetos de la mente, en el paraíso absurdo del recuerdo.

¿Me querrás volver a ver?

Te he buscado en Google. Todos salimos. Y he intentado saber si estás con alguien o si la soledad que te infligí sigue tan empeñada en tu vida como en la mía.

¿Desearás saber de mí otra vez?

En el recuerdo sigues sonriéndome y siendo suave y volátil, con la facilidad de lo que debe ser y la suavidad de lo esperado. Y una esperanza anida en mi corazón.

¿Aún podrás quererme como te quiero a ti?

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