1601438_10205805767320321_3575506498305963299_n  Sobre cincuenta años, alto y de complexión obesa. Dueño de un bar. Si bien nunca ha estado borracho, consume alcohol con frecuencia. Diariamente. No fuma. Hipertensión arterial. Sin alergias. No tiene otros problemas de salud destacables. Hasta ahora.

Está ingresado en la cama 7 de la UCI por fracaso hepático. La ingesta alcohólica continuada ha dañado su hígado hasta que ha desarrollado cirrosis; nunca había tenido problemas (ni estaba diagnosticado) hasta este ingreso. Se le hincha la barriga, se acumula líquido en las piernas; su piel tiene un tinte amarillento; casi no tiene vello corporal a pesar de haber sido muy hirsuto previamente, y sangra por cualquier cosa.

Lleva una semana de tratamiento y si bien ingresó con cierto grado de coma, con el tratamiento mejoró hasta recuperar por completo el nivel de conciencia. Y con eso el sentido de la realidad.

No había estado enfermo nunca, para él todo esto es una novedad. Me lo dice una larga tarde en la que estamos intentando salvar los riñones, que han dejado de funcionar correctamente. A pesar de que cada órgano en el cuerpo, cada sistema, parece un mundo aparte; en nuestro organismo todo proviene de una misma célula, todo está unido, lo que afecta a las partes termina por evocar ecos en el resto. Si el hígado está mal, termina afectando al resto de órganos, sobre todo a los riñones, a la piel, a las arterias, al cerebro y a los pulmones.

Se da cuenta. Me lo pregunta en esa guardia que empieza para él algo desigual. Sangra, porque su hígado no sintetiza las proteínas necesarias para la coagulación. Y sus riñones no producen nada de orina. El líquido acumulado le está impidiendo respirar. Todo está empezando a ser un pequeño lío. Y lo intuye. No: lo sabe. Todo enfermo sabe cuándo las cosas no van bien.

Le explico. Intentaremos poner una máquina de diálisis continua para hacer que sus riñones descansen y puedan tener oportunidad de recuperarse. Antes de empezar a colocarle el catéter para acceder a sus venas me detiene. Y me mira. Y me pregunta de nuevo.

– Esto no va bien, ¿verdad?

No respondo esperando a ver qué más hay. Porque sé que hay algo más.

– Sea franco, doctor. Olvídese. He llegado hasta aquí, ¿qué más puede pasar? Quiero saber si esto tiene salida. Necesito saberlo.

Respiro. Y le explico lo que vamos a hacer, lo que intentamos conseguir: ganar tiempo.

– Y si no resulta… Moriré, ¿verdad?

Sus ojos intensos, su mirada penetrante, su extraña serenidad. Muchas personas prefieren ser engañadas; a veces sus familiares prefieren evitar a los enfermos un dolor al que tienen derecho, haciéndoles perder las riendas de sus vidas. Y a veces somos nosotros, con nuestros propios miedos o nuestra soberbia, los que impedimos que conozcan su destino y participen de él.

Su mirada penetrante, su solicitud verídica. Su situación crítica. Le dije la verdad.

– Intentamos recuperar la función de los riñones. Si no podemos… Ya no habrá nada que hacer.

– Quiero morir en paz. No quiero medidas extraordinarias, no quiero que mi mujer me vea así. No quiero verme así, doctor… ¿Me entiende?

Claro que lo entiendo. Lo entendía por mí mismo, por mi propio padre que sin embargo deseaba vivir a toda costa (quizá hasta las últimas dos semanas). Lo comprendía después de quince años en la encrucijada de la Vida y la Muerte, en el largo pasillo de la Salud Perdida.

Raramente encontramos franqueza semejante en lo concerniente a la Muerte. Cierto es que en las situaciones más extremas es cuando llegamos a conocer mejor a los hombres.

– Bien. Lo intentaremos. Y si no va bien… Se hará tal como tiene que hacerse, ¿le parece?

Durante unos segundos meditó mis palabras. Y sin emitir ningún sonido, cabeceó. Tardamos mucho en poder colocar el catéter, pero finalmente el procedimiento se lleva a cabo.

Dos días después, está sedado, intubado, conectado a un respirador: ya no se entera de nada. A pesar de nuestros esfuerzos, el hígado no da para más, y por lo tanto el resto de órganos falla irremediablemente. En la información, se lo comunico a su mujer:

– Ha llegado el momento de dejarlo ir, ¿verdad, doctor?

– Sí.

– Hablamos de esto, ¿sabe? Hace dos días. Y estaba esperando poder decírselo a usted. Él me dijo que usted entendía, y le hizo sentir mejor.

– Yo…

Sonríe.

– Usted entendió. Y se lo agradezco. Sus otros compañeros también. Me lo han dicho. Sólo quiero que no sufra… ¿Es mucho pedir?

Claro que no lo era. Ni siquiera hacía falta que lo hiciera.

– Así es la vida, doctor. Estuvimos juntos todo este tiempo, fuimos felices a nuestra manera, y ya está. Así es la vida. Y así hay que aceptarla. Aunque cueste.

Aunque cueste. Así es la vida. Y así es la grandeza de los seres humanos: pura franqueza, pura valentía. En la vida y en la muerte.

   Sin_t_tulo_1La primera vez no sabemos qué hacer. Se nos revuelve el estómago y en las ideas nos llueve un tornado insuperable.

   Pensamos que merecemos cada mimo que nos dan y que nunca es suficiente. Que el amor es un juego cuyas reglas manejamos bien y que no hay escondrijo que no sepamos ya. De repente, cuando nos llega el amor por vez primera todo parece sencillo y nos abandonamos (porque nos dejamos llevar por ese sentimiento que es como la Naturaleza, revoltosa y eterna) a ese dejarse hacer por el Otro, a ese abandono que es en sí mismo una querencia y una esperanza quebradiza.

   Hasta que todo se acaba. Llega el día en que no amamos más, o nos dejan de querer, y el lío que nace en el corazón nos destroza las entrañas y nos hace temerosos y nos llega tan adentro, que parte el alma por la mitad, congelándola y dejándola a escondidas de cualquier otra oportunidad, de un nuevo futuro.

   No hay futuro en el amor porque, la primera vez, todo es diferente. Y no pensamos y sólo nos llevamos por las tretas del corazón. Y porque no es quien creemos ser, ni el Otro ni nosotros.

   ¿Qué nos hace ser lo que somos? No lo sé. Sólo sé que haberte encontrado en esta segunda vez ha sido un milagro que deseo dure toda la vida.

   Nada me parece más puro que tus ojos acuosos, nada me atrae tanto que la tranquilidad del lecho y el suspiro de tu pecho cuando susurras mi nombre.

   Todo es tan distinto la segunda vez. Derribadas las barreras, con ambos pies firmes en el suelo, cada anhelo es sensato, cada espera tiene un razón de ser que se encuentra dentro de nosotros y no en el Otro que nos acompaña.

   Eso Otro que eres tú.

   La segunda vez llegamos al Hogar. La ilusión es real, grabada a fuego en los anhelos de un corazón que comienza a quererse a sí mismo, a conocerse.

   Y la alegría es pura como el cristal y callada y parlanchina la segunda vez que nos enamoramos.

   Y la búsqueda se enlentece, como las caricias y se llena de razones sin peticiones y de generosidad sin olvidos. Nada parece fácil y todo es sencillo la segunda vez que nos enamoramos.

   Y la dicha brilla sin cegar y la brisa de la esperanza agita nuestro pensamiento con gusto sabido y gozado.

   Desde que te encontré supe que eras para mí. Sin disfraces, sin mentiras. Sin deseos tontos y sin chiquillerías.

  La segunda, mejor que la primera vez, que el amor llama a mi puerta y eres tú, y nadie más, quien ocupa ese lugar.

   El lugar del amor perfecto y que dura por siempre.

Contigo/ With You.

14/04/2013

  2f19c43c961911e2bcaf22000a1fbcb3_7 Contigo el mundo se detiene un instante y sale despedido. Como mi corazón.

   La vida comienza día a día, partiendo de cero y creándolo todo de nuevo.

   Contigo me enfrentaría a todo. No habría presea que se escapara ni premio que no consiguiera porque tu abrazo me esperaría al final de cada jornada y eso es el mejor trofeo de esta vida. Tu aliento y tus brazos.

   Cada vez que me ves, el cielo se abre y caen las estrellas llenas a nuestros pies. Y cojo una entre las manos y te la ofrezco como si fuese mi corazón, y te la comes a bocados como haces con mis labios abiertos por ti.

   Contigo el día se funde con la noche y se confunden las horas, que no saben qué hacer en el reloj. Y el calendario cuenta al revés, de suerte que cada hora es un nuevo encuentro y cada instante ese momento en el que nos miramos a los ojos y supimos que seríamos para siempre uno.

   Tú y yo.

   Contigo no hay aburrimiento posible. Esa boca llena de risa y esos brazos de pasión. Me gusta que tus piernas me sujeten fuerte y me impidan moverme, salvo acercarme a tu rostro y dejar en él, como si tal cosa, miles de besos aparcados en el deseo enorme que me posee cada vez que estoy en tu compañía.

   Tu dulzura, tu solo placer. Todo hace de mí un corazón cálido y un suspiro que espera y un ser entregado a la compañía, alejado de cualquier soledad.

   Contigo no hay pasado que pese. El dolor (¿qué dolor?) está olvidado en el patio de atrás. Tú traes a mi vida un placer arrebatador y una caricia tibia y una voz dulce y un día claro y una noche a pleno pulmón.

   Contigo el mundo es siempre nuevo. Y el amor, un invento maravilloso, que se renueva constantemente en tu corazón y el mío.

   Contigo hay universo y ese universo es la felicidad.

   c397042c9bc711e29caa22000a1f96f6_7Creo que nos sorprendió a los dos.

   Sí, en medio del lío del día a día no supimos darnos cuenta o quizá no podíamos ver que lo nuestro llegaba a su fin.

   Suena profundo. Suena importante. Y definitivo.

   Si es lo que debe ser, no me opongo. Ya no.

   Luchamos por lo nuestro. Doy fe. Tú a tu estilo. Yo a mi modo. Así como nos encontrábamos en el lecho nos veíamos en la vida: a trompicones y con ganas y a veces hasta con hastío e incluso por comodidad. Pero hasta lo cotidiano cansa.

   No te culpo de nada. ¿Hay a quién culpar? Una vez cae la noche estamos espalda con espalda, nos tocamos aquí y allá y ni siquiera somos lo bastante educados como para decirnos dos palabras, despedirnos con la caída de los párpados o saludarnos con la llegada del alba.

   A veces me detengo para pensar en ti. Y sonrío. Porque mira que hay cosas pequeñas que celebrar. Y alguna más callada que prefiero obviar, pues el dolor sería casi tan grande como la melancolía. Y de ésas tenemos demasiado.

   Y sin embargo te sigo queriendo. A mi manera, ya ves. En medio del fin, puedo decírtelo sin que se me caiga el corazón de la boca. Si es lo que debe ser, este adiós nunca será un hasta luego. No por ahora.

   Te quiero. Y cada sílaba de tu voz y cada centímetro de tu piel y cada uno de tus actos me hablan de lo que tuvimos y se apagó, de lo que vivimos y murió.

   Hoy, si es lo que debe ser, prefiero ser yo quien diga adiós. Hasta otra. Hasta siempre. Si es lo que debe ser, la vida nos ha traído hasta aquí, nos ha vomitado por separado tal como empezamos, pero cargados de recuerdos, gordos de un tiempo que ya ha quedado atrás.

   Lo que debe ser será, amor. Lo que debe ser, será, amor.

   Amor.

   Amor que un día fue. Y que ya no más es. Ni será.

   Adiós.

   dcc18cb89bbf11e2968922000a9f38c5_7Puedes encontrarme con los ojos cerrados. Oliéndome en la noche sabrás dónde hallarme.

   Yo puedo oír tu respiración. Y sentir el latido de tu corazón en ese cuello que quisiera besar una y otra vez.

   En mi vida no ha habido nadie como tú. Y sé que nuestro amor está prohibido. Que tienes quien te abrace durante el día, quien te ame a pleno sol. Y aún así las sombras son mías y en ellas tú te diluyes para yacer juntos, cansados y llenos de sudor mágico, olvidándonos del mundo que gira.

   Escondiéndonos de todos, vivimos nuestro amor. Una pasión que se deshace entre los dedos y que cuesta mantener a raya, al menos a mí, cada vez que te veo.

   Y te veo con la frecuencia de un suicida. Porque estás acompañado a todas horas, deseado y ansiado. Y yo, sin emitir ni una palabra, te veo ir y venir sin que me devuelvas una mirada.

   Hasta que, escondiéndonos en la noche, cambiamos la historia y tú me buscas y me deseas y yo me dejo atrapar y me dejo acariciar y dejo que me llenes de ti, magia y deseo, carne y sentidos abiertos.

   Escondiéndonos soy más yo. La noche y la luna, amigas de escondite, visitan nuestro escondrijo y bautizan nuestro amor callado llenándolo de voces. La tuya, la mía, gemidos y lascivia, sensaciones y esperas que quedan atrás.

   Tú tienes una vida y yo otra, a la luz del día. Pero las noches son nuestras. En ellas escapamos de lo que nos agobia y encontramos una paz que es todo corazón, como tus labios en los míos.

   Puedes conmigo, me derrotas cada vez que nos encontramos lejos de la mirada ajena. Sé que me amas. Me lo gritas una y otra vez y me lo demuestras. Y aunque pudiésemos huir para cambiar la historia, el relato de mi piel ya es otro, y sólo tiene tatuado tu nombre, que brilla en la lumbrera del anochecer.

   Te amo, te deseo, te sueño, te mendigo, te poseo. Siendo de alguien más y no sólo de mí. Y siendo sólo mío cada noche, escondiéndonos de todos, menos de lo que sentimos y de lo que somos, amantes fugitivos que sueñan, escondidos, un anhelo que apenas es posible.

   Y con el amanecer te vas dejándome atrás… Y sueño que todo es fácil y que podemos caminar bajo el sol, bajo la lluvia, juntos, delante de todos.

   Mientras ese día llegue, escondiéndonos vivo nuestro amor, y por ahora me es suficiente.

   f104f60a89a511e299a722000a9d0ee0_7Nadie me escribe poemas. Ni en la noche estrellada me muestra el camino de sus caricias.

   Nadie me susurra al oído pequeñeces sin importancia. Y nadie se ríe conmigo ni de mí.

   Ningún amor parece contenerme esta noche. Ni una nota escapada, ni un gemido oído ni un dedo curioso por mi espalda.

   Ningún corazón me pertenece esta noche. Ni una mano que me llene de suspiros ni una boca preciosa que musite mi nombre.

   Nadie me ama esta noche. Ni ayer ni mañana. Nadie me quiere a su lado, nadie desea un amor callado que abrace, ni un pañuelo que, atado al cuello, simule millones de besos apasionados.

   Nadie me dedica una canción. Ni una nota secreta.

   Nadie me abraza esta noche. A nadie le pertenezco, a nadie le importo.

   La luna repleta no tiene otro nombre: ni el mío ni el de nadie más. Esta noche. Ni nunca.

   Ningún corazón me pertenece esta noche. Ni el mío, desde que te vi.

Salud.

26/03/2013

  06c2257a90c311e2979d22000aaa0925_7Hace ya tanto tiempo. Me duelen los ojos al verlo. Los dedos pasan por las páginas amarillentas y los sueños parece que vuelven a tener sentido.

   Qué gracia. Los años han pasado, y este bar está casi igual. El pianista parece el mismo, sólo que ahora tiene nieve en el pelo y cierta rigidez que sólo un oído experto podría identificar, alguna nota disonante, el eco de la voz grave cascada por los años.

   Salud.

   Jugueteo con el hielo de mi bebida. Antes, la última vez que estuve sentado aquí, pensaba en la suerte que tenía, en lo maravilloso que era todo, en las posibilidades del futuro…

   Ahora ya no.

   Salud.

   Y otro trago esperando por ti. El tiempo ya no va ni viene. Aquí estamos casi por casualidad. Nos tropezamos por la calle tras el último adiós, en las puertas de este bar ya muy cerrada la noche. Y otro trago mientras espero por ti.

   La vida es un círculo amargo, como esta bebida y mis recuerdos.

   Los lugares se superponen, como las sensaciones y los recuerdos. Todo parece lo mismo pero no lo ha sido. Ni vivimos juntos ni tuvimos recuerdos en común, no más allá de aquella noche en la que me citaste para decirme adiós.

   Así que no hay síes que recordar, ni siquiera noes, qué más da. Ni risas, ni vida, ni adioses.

   Y sin embargo aquí estoy… ¡Salud! Por la vida que no fue y por el amor que pudo ser y por los recuerdos que pudo haber habido y que no hay.

   Va por ti, que llegas tarde. Y por mí, que ya no me interesa casi nada de tu vida. Lo bueno se hace mejor y lo peor se olvida. Para otros. Pero no para mí. Que olvidé lo que era amar cuando me dejaste aquí, noche cerrada y el bar cerrado, sin apenas respiro.

   Salud por ti. Y por mí. Y por la vida que no tuvimos.

   Llegas tarde. Como siempre.

   Pido otra. Y sigo brindando por las sombras de lo que nunca fue.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 54 seguidores