tumblr_m35g7oU2s81rspq2do1_500

 

Blake Edwars.

17/12/2010

Breakfast at Tiffany’s.

Victor Victoria

Days of Wine and Roses.

Arthur.


Breakfast at Tiffany’s Finale., posted with vodpod

Después de lo que había ocurrido, me dije a mí mismo que lo mejor era quedarse tranquilo y dedicarse al trabajo, puesto que mucho había y necesitaba toda mi atención para asimilar las novedades que tenía.

Así que me dispuse a cumplir ese trato conmigo mismo desde el primer día, y lo que ocurre es que iba bastante bien. Estaba demasiado absorto en todo lo que me sucedía, intentaba aprender lo más rápido posible y cometer el mínimo de errores, a pesar de que eran muy sonados, al menos para mí; siempre he tenido la mala fortuna de llamar mucho la atención.

Las noches pasaban y los días se diluían. No sentía más necesidades que las de dormir, y tenía de hecho el cuerpo y el alma dormidos. Saciado del deber cumplido, diariamente me entretenía en ese estado de recuperación continuo, que de todas maneras necesitaba. Siempre he sido un poco torpe en cuanto a mis sentimientos (y no querría contar con respecto a los de los otros), por lo que dedicaba lo que me quedaba para mí a disfrutar de mis amigos y lo que nos ofrecía a todos el escaso tiempo repleto de libertad. Risas y bailes, cenas y encuentros. No esperaba nada más de la vida, puesto que la vivía al día, absorbido como estaba en los quehaceres diarios; cuando empezamos a trabajar desde cero, parece que nada puede con ello y, al menos en mí, me llevaba toda la atención.

Y sin embargo, en medio de todo aquello, en las brumas de la noche, en el sopor de los seres que cabecean, entre ruidos de alarmas y semisombras, vi aquella sonrisa sonriéndome y perdí el norte de lo que estaba haciendo por unos segundos.

Me miraba interrogándome con la mirada, pero sonriéndome como si tal cosa. Todo le era nuevo, excepto su habilidad, demasiado experimentada como para asombrarse por la novedad. Es decir, todo lo contrario a lo que a mí me pasaba. Sin embargo era su superior en rango, y esperaba que le dijese qué tenía que hacer. Y, aunque hacía ya algunas semanas que rondaba por allí, aquella noche fue la primera vez que me di cuenta de su presencia sonriente y atrevida.

Sonreía. Siempre recordaré su sonrisa invitadora y confiada, para nada tímida. Y ese mentón y esa voz de ave en vuelo. Y me enseñaba la ampolla ya vacía. ¿Vamos allá? Y yo podría haberme deshecho en aquel momento y hubiera sido lo mismo. Todo lo que me había prometido, todo lo que quería evitar, pareció deshacerse en el infinito cuando aquella voz me preguntó, y aquellos ojos me miraron y esa sonrisa de planeta llenó mi horizonte.

Me quedé atontado y volvió a sonreír. Y preguntó de nuevo y pude recomponerme, apoyándome sobre una superficie de acero resbaladiza y húmeda. Me mojé toda la espalda sin querer, y como no quería que se diese cuenta, seguí sus andares con paso mareado. Una vez que hubo terminado, siempre sin dejar de sonreírme, me preguntó si quería cambiarme, que al parecer estaba algo mojado. Y yo me quedé mirando al monitor con cara de tranquilidad al ver los cambios que habíamos producido y, muy digno, empapado y frío, le dije que lo haría, ya que estaba todo bien. Se ofreció a acompañarme pero le dije que no hacía falta. Le di las gracias y me fui como pude.

No sé qué me pasó ni porqué. ¿Qué había en él que tanto me alteraba? No lo sabía… Pero fue verlo, verlo de cerca, y todo dejó de tener sentido para mí. Todo. Hasta lo que me había prometido…¿Y qué había sido? Ya no lo sabía…

Tenerlo cerca era intoxicante. El perfume de su piel; sus ojos de miel y desierto; su sonrisa desarmante. Su comportamiento siempre correcto; sus comentarios justos pero risueños. Siempre sonriendo. Y esas espaldas en las que esconder universos, y esas piernas retorcidas que escapaban a la gravedad del mundo con paso firme y preciso.

No podía permitirme esa ansiedad, esa distracción que me llevaba lejos de allí hasta mezclarme con el cielo. No podía dejar que mi corazón brotase a mi boca cada vez que le pedía algo; no podía dejarme perturbar por su cercanía, cuyo calor parecía percibir en la distancia.

Pero de repente me lo encontraba a todas horas, en cada rincón, en cada esquina. Y la misma sonrisa y la misma mirada y la misma soledad. Y el mismo saludo y el mismo caminar…

Intenté acallar las alarmas, traté de cerrar todos los caminos que de repente se abrían a mis pies… Labor imposible. Cerraba mis ojos y sus ojos me miraban; dormía, y su voz me despertaba tiernamente; me duchaba, y sus manos limpiaban mi piel… ¿Desde cuándo me sentía así? No lo sabía… Pero no podía luchar contra aquella marea que todo lo contenía: mi pasado, mi presente, mi corazón encabritado… No podía…

¿Podía confiar en ese sentimiento que de pronto me abrasaba? ¿Por qué esa necesidad repentina de gustarle, de sonreírle a la menor tontería, de verlo a la menor oportunidad? ¿Era sensata la insensatez que me corroía las defensas? ¿A qué luchar, entonces? No sabía nada de él, salvo que parecía tan solo como yo lo estaba, y sin embargo…

¿Cómo era posible encontrarlo allí, en medio de aquella locura del día a día? Todo lo que había deseado, todo lo que calladamente me negaba a ver, en él estaba retratado: aquella cabeza bien hecha, aquellos ojos melosos, aquella boca cincelada y perfecta, aquellos brazos… Me ahogaba pensando en él, y cuando lograba arrancarlo de mi pensamiento, lo añoraba llamándolo por su nombre…

Y sin embargo, todo era bello cuando estaba a su lado; nada era suficiente y todo era posible. Todo… Me sentía metafísico, imparable, imposible, inconmensurable. Consigo a mi lado el mundo se detenía y congelaba su sonrisa en mi corazón, hambriento de tantas cosas…. Y todo era fácil, todo se hacía, y el descanso era un regalo y encontrarlo por casualidad en un pub, de noche cerrada, la mejor de las sorpresas; y por la mañana o la tarde; y en la alameda, y en el interior de mi corazón…

¿Desde cuándo me sentía así? Una nerviosidad me invadía los brazos y la risa de tonto me salía por la boca indetenible y ridícula. Podía estar horas de pie, como si hubiese dormido sobre miles de plumas apiñadas; podía estar encerrado noches enteras y ver el sol nacer y morir cien veces; podía nadar y volver y reflejarme en sus orillas y caminar el mundo y regresar a su lado y todo me parecería perfecto y hasta natural, porque él estaba cerca, a mi lado.

Y, aunque nada había cambiado, todo era distinto. Todo. Porque él estaba allí. Mi mundo pequeñito se había expandido, y mis necesidades, despertado. Y, aunque lo hubiese querido (y lo quería), no podía dar marcha atrás. Ahora no… Sabía que estaba mal, sabía que era un error, pero nada podía hacer, nada ya… Aquella atracción, aquella alegría súbita, aquella indefensión…

Así que, desde la cumbre más alta, salté. Sin paracaídas, sin red. Sólo para aterrizar en sus brazos que me esperaban, y en su corazón, que me daba la bienvenida… Aquella locura que me sacaba el sueño, aquellas leyes que gobiernan la mente en calma y que ya no me eran válidas; todo lo que tiene la sensatez de cuerdo…, nada importaba. Sólo sentir su caricia, oír el timbre de su voz, contemplar el cielo de su sonrisa y perderme en aquel pecho infinito y en aquellas espaldas morenas…

¿Desde cuándo me siento así? No lo sé, pero ya no me importa…

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 39 seguidores