41S4Nf8vMdL._Callejeando por Madrid suelo entrar en tiendas de todo tipo, de gustos eclécticos que parezco ser, pero sobre todo en las librerías. Me fascinan. Me atraen. En ellas pocas veces soy infeliz. Al contrario, me siento protegido rodeado de libros que me susurran y me invitan a la fantasía; puedo decir, sin lugar a dudas, que son esos espacios especiales, como las iglesias, en los que soy plenamente feliz.

   Haciendo pasar mis dedos por volúmenes variados, evitando en lo posible toda clase de clasificación genérica de las obras que me interesan, tropecé con un pequeño poemario de Iñaki Echarte Vidarte: Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco. Y sonreí.

   Mi conocimiento poético cojea un poco, siendo más de narrativa (cada vez menos densa) y de ensayo, algo de obra teatral; el espacio para la poesía, aunque agradable, raramente lo lleno con obra contemporánea. Más por fastidio que otra cosa.

   Tropezar desde muy joven con Anacreonte, Safo o Catulo; crecer arropado por la selvática belleza de Aquiles Nazoa o la dulzura caribeña de Andrés Eloy Blanco; la reverberancia inmensa de Rubén Darío y la placidez intensa de Pablo Neruda; poetisas más lejanas a mi corazón como Gabriela Mistral o Alfonsina Storni (que llegaron a mi vida mucho más tarde, junto con Kavafis, tras pasar por mis venas la algarabía de Whitman, la escondida sabiduría de Blake, la firmeza de Yeats, la dureza voluntaria y buscada de Rimbaud) enlazaron la profundidad de sus versos con la grandiosa amabilidad de Khalil Gibrán, la sabiduría inmensa de Rabindranath Tagore; el ritmo, la musicalidad, la belleza del los poetas españoles más representativos del siglo de Oro y otros menos conocidos pero igual de importantes para mí. Rosalía y Bécquer y Machado, tan caros a mi sentir con su ardorosa pasión, más cerebral que mística, hermosa por humana, más deudora o, mejor, más elaborada y alambicada en el abanico de poetas del S. XX, cuya aliteralidad, su frescura en las formas, ganaban poso con lo profundo de sus cantares, con el revolcón egóico y primordial de los sueños, los pesares, las represiones, los deseos y los sentires que s han empeñado en retratar una y otra vez hasta nuestros días.

   En la poesía busco ritmo, vibración, musicalidad. El fluir del océano, el arrullo del riachuelo. De la rigidez de las normas a la revolución sintáctica, para mí la poesía debe encerrar sentido y sentimiento, sensación y reflexión, pero sobre todo música, ritmo, alma. Y no es fácil de encontrar en el panorama actual. Y no es que lo lamente. Es lo que hay.

   De la poesía japonesa, de la que soy un admirador rendido y entregado, y que ha iluminado mis pasos literarios desde hace tiempo, pueda que hable en otra entrada: su brevedad es un canto a lo síntesis pero también un arma arrojadiza al centro del alma; su frescura, a pesar de los siglos que nos separan, sólo me demuestra que el ritmo, la intención y el corazón que se dibuja es lo único que merece de la poesía y, admitámoslo, de toda obra escrita (y sí, de toda obra artística)._atl3197_jpg_20110402133520_1

   Dentro de este supuesto escenario desolador a veces descubrimos joyas brillantes, que quizá merecieran un espacio más amplio, un escenario abierto lleno de ecos y de reflejos. Iñaki Echarte Vidarte, con su estilo único y su ritmo de corazón tibio, a veces caliente como el infierno, a veces frío como el mayor de los dolores, tiene la capacidad de dibujar cada latido, cada sensación, cada desolación como un retrato único, irrepetible y, por ende, eternamente doloso, perpetuamente presente.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco sigue la estela de Blues y otros cuentos y sirve de escaparate para Optimístico, ambos volúmenes a los que tengo gran aprecio. Su estilo en él es hopperiano, casi desolador, desgarrado y sin embargo lúcido, o quizá por ser tan clarividente es más doloroso y arrebatador. Sus juegos continuos con lo que quiere decir y lo que podría sugerir, que dan ritmo y musicalidad (ajá, aquello que busco en la poesía) a la búsqueda del Otro, al amor del Otro, al reconocimiento del Otro, a la entrega al Otro y finalmente al abandono del Otro, nos deja siempre con un sabor agridulce y encantador.

   No es difícil adivinar que el autor escribe con el corazón sobre su corazón, sobre sus decepciones, sobre sus obsesiones también y su búsqueda constante (siempre, siempre) del amor en otros, porque no lo encuentra en sí mismo. Sus poemarios ganan en profundidad, y por tanto en desnudez hasta palidecer y desaparecer, conforme los poemas pasan y las rimas blancas se llenan de movimiento y de arrullo, y se hacen más él y más nosotros.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco habla de todo lo que somos cuando el amor nos ilumina y lo que somos cuando deja de guiar nuestra vida; de la pulsión por encontrarlo y del hastío por perderlo; de esa constante sed por lo que está fuera de nosotros y de la continua ceguera que nos acoge (y quizá a veces la desesperación) cuando no lo hallamos en las fibras de nuestro propio ser, en el tejido sutil de nuestro corazón.

   En esto, como en una conversación lúcida, en una mirada pura e intensa y en una sonrisa inigualable, Iñaki Echarte Vidarte se está convirtiendo, paso a paso, en un maestro.

034641   Bajo la misma estrella es la adaptación de una novela homónima de John Green, catalogada como literatura juvenil, de éxito, como ocurre casi siempre en Estados Unidos, enorme y por lo tanto, mundial.

   Puedo decir que la última vez que me vi inmerso en esta categoría de literatura (odio las etiquetas, como ya lo he descrito en otras entradas) fue con la saga de Harry Potter. No lo he leído. Pero, a tenor de la película, éste debe ser como aquéllos, escritos para un tipo de público más maduro que lo que su envoltorio hace pensar.

   Es una historia de amor adolescente. Es decir, una historia vieja como el Tiempo. Lo que la hace especial, lo que hace a esta película preciosa, no es la historia de amor, tierna y maravillosa por lo demás, si no la historia de sus personajes, no sólo los centrales sino también los secundarios (aunque estos, que se adivinan más poderosos en el mundo impreso, aquí están un poco desdibujados a mayor gloria de sus protagonistas, que merecen cada uno de los minutos que aparecen en escena).

   Es una historia de Enfermedad, de pérdida de Salud, de ajuste con la realidad, de sinceridad, egocentrismo, desnudez sentimental (que no sentimentaloide) y entrega al momento presente. Es una historia dividida en múltiples historias con un nexo común: la revolución brutal de la Enfermedad, de la Muerte; la ruptura de la normalidad, de la tranquilidad, de lo que debe ser. Narrada con una gran delicadeza, con un punto de manipulación, llena de profundidad (no hay escena intensa que no guarde una lección de vida) y de sinceridad que hacen saltar las lágrimas apenas sin esfuerzo.

   No es un melodrama al uso; no es una película para adolescentes palomitera y hueca. Es eso y mucho más. Es un trozo de vida real, es un retrato de lucha, de entrega, de esfuerzo, de reconocimiento, de resignación y de aprendizaje. Nada en la vida pasa desapercibido, y el amor, el verdadero amor que llega al extremo único de la redención, brilla por encima de cualquier circunstancia, incluso sobre la Enfermedad y la Muerte.

   A poco que se haya experimentado a flor de piel la Enfermedad, sea como protagonista o como acompañante, cada uno de los pasos de esta historia entre Hazel Grace y Augustus no dejará indiferente, siempre tocará el corazón callado que todos llevamos dentro.

   Padece de un mal común en nuestros días: un metraje quizá algo excesivo, aunque en este caso me temo que se deberá más a la fidelidad con la obra impresa. Pero eso es un detalle que casi no estorba mientras se está sorbiendo las lágrimas y sintiendo ese vacío único en el alma al darnos cuenta que, en el fondo, todos tenemos los días contados y que esos personajes, que lo saben a ciencia cierta, lo exprimen hasta encontrar, en su desconcierto y desazón y dolor y realidad, la máxima felicidad y la verdadera paz.

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   Enamorarse.

   Sueños. Ilusiones. Ideas preconcebidas, deseos anhelados y alcanzados.

   Perfección.

   ¿Y si llega el día en que él vea que no soy lo que piensa de mí?

   Enamorarse. Perder de vista a la persona que amamos.

   Y encontrarla de nuevo con el tiempo ido, y los anhelos rotos.

   ¿Y si llega el día en que, de tanto que me conozca, se canse de mí?

   No sabría qué hacer…

   Porque yo amo sus costumbres, su latido tranquilo, su pensar sereno. Y sus brazos alrededor de mi torso, y sus labios plegados dándome placer.

   Enamorarse. Soñar dormido. Y despertar.

   ¿Y si llega el día en que sepa que no soy perfecto, que mi piel no brilla como antaño, que mis secretos se han secado?

   No sabría qué hacer…

   Porque yo adoro sus rutinas, reconozco cada frontera de su piel, y sigo sediento de sus besos salados.

   ¿No sería mejor guardar todos los secretos, jugar con los misterios, abandonar el placer de cada búsqueda y de cada descubrimiento?

   ¿Qué ocurrirá el día que se canse de mi sonrisa y del peso de mi cuerpo? ¿Qué pasará si algún día se da cuenta que ya no me ama como yo a él?

   No lo sé…

   El tiempo que nos arrulla no es en verdad nuestro aliado; come las orillas de la novedad y alimenta la costumbre y la holgazanería y el aburrimiento también y el cariño que se entibia…

   ¿Y si llega el día en que deje de verme como me mira, en que deje de llamarme como lo hace, en que termine por sentarse a mi lado sin hablarme?

   No lo sé…

   Quizá se a mejor enamorarse todos los días, descubrir una nueva fuente de besos, un manantial virgen de sensaciones…

   Puede ser…

   Pero yo adoro el brillo de sus ojos y me quedo dormido bajo el arrullo de su voz, y su piel me da calor y su peso, compañía…

   No sabría qué hacer si deja de quererme… Salvo seguir amándolo hasta el fin de mis días.


Chess, The Musical.

02/07/2014

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RAINBOW-FLAG

   thenormalheart_posterAyer vi la película The Normal Heart, la versión cinematográfica rodada por la HBO por Ryan Murphy de una obra teatral que en su día tuvo mucho éxito y produjo ruido en Estados Unidos.

   Esta es la película que, de haberse rodado en la década de los noventa, hubiese llegado más allá que Philadelphia. Es más veraz y rabiosa, a veces prepotente e intensa, inmensamente triste y hermosa, pero quizá demasiado reivindicativa, o muestra un lado del radicalismo que sólo es bueno en determinadas circunstancias como removedor de conciencias, y las diferencias que, frente a un mismo problema, personas que se consideran iguales no lo son.

   The Normal Heart es una película que retrata la vida de los oscuros principios del VIH en los Estados Unidos. Recuerdo la primera vez que oí hablar de la epidemia gay. Era muy joven (o creo que lo era) cuando llegaron a los periódicos (de la misma forma que se retrata en la película) ese extraño fenómeno que parecía restringido a un colectivo sexual. Y lo que parecía ser un murmullo callado, subterráneo, se reveló de forma repentina como una fuerza de la naturaleza, destructiva y desestabilizante.

   En esos años transcurre The Normal Heart. Pero no se queda sólo en eso: es una película de personajes, y cada uno de ellos está retratado como un arquetipo, o lo que pudiera ser tomado como tal, lleno de furia, a veces demostrada de forma desaforada, a veces mantenida en secreto, callada como una tormenta escondida tras un cristal; de rabia, de frustración contra la vida, el gobierno, el odio sin sentido, la necesidad de ser considerados iguales, los derechos alcanzados (¿es realmente un derecho amar a otra persona sin considerar orientación o raza, belleza o mezquindad?), los derechos adquiridos (el amor libre, sin compromiso, sin ataduras, por puro placer es un derecho gay por el que suspira la mitad heterosexual del gremio masculino), y finalmente algo parecido al amor fraterno y al amor filial y al amor sexual y al amor de libertad.

   Es una película que atrapa, supongo por una labor brillante de todo su equipo, porque su guión, que se siente, se palpa y se saborea (es una obra de teatro), es un puro gozo de recitación, pese a su reiterada obsesión por el enfrentamiento y la reivindicación (todos tienen algo que temer y por lo que protestar), y finalmente, tras un regusto muy amargo, también de  redención. Quizá los mejores momentos no sean los de la lucha sin sentido (todo era tan oscuro que nada parecía tener sentido, como ocurre con los hechos del presente cuando se ven con los ojos del futuro), la confrontación entre la excepción (lo homosexual) y la norma (lo heterosexual), y entre los propios integrantes de esa excepción (cómo poder reivindicar Igualdad si no la hay dentro de un mismo colectivo, cabría preguntarse); los mejores, los más brillantes y por los que la película se queda grabada en la retina, son los momentos de amor luminoso y sutil que se reparten por todo el metraje como joyas, como regalos inigualables.

   Mark Ruffalo y Albert Molina, hermanos unidos y enfrentados a la vez; Julia Roberts, la médico encolerizada con la vida y con su vida; la fraternidad gay, con sus grupos de apoyo tan yanquis (en Europa preferimos que el gobierno, paternalista, nos ofrezca lo que, por lo demás, pagamos con nuestros cada vez más gravosos impuestos), su búsqueda de héroes, su necesidad historicista y sus pequeñas historias de éxito y pérdidas; y sobre todo, por encima de todo y sorprendentemente, por la inusitada belleza de la relación entre Mark Ruffalo y Matt Bomer, verdadero corazón de la película.

   Que Matt Bomer es un hombre de belleza sin parangón no es ninguna novedad, lo que sí es asombroso es su personaje, hermoso, elusivo, dueño de una belleza que se trasluce en su desnudez (nexo de unión en toda la película) en su mirada y en su voz. Quizá las escenas más bellas, más contenidas, más difíciles sean las suyas. El encuentro entre ellos, la cena donde recuerdan, asombrados, una historia en común; la hermosa declaración de amor en la bahía de Nueva York en un amanecer azul que aleja la sombra a la que se están enfrentando; el reconocimiento de que aquello que los une es realmente amor; aquella otra donde una confesión da pie al miedo que todos tenemos por ser abandonados; el apoyo inconmensurable y, finalmente, la redención única a la que nos lleva el final.

   Lleno de un plantel de actores estupendos, la película brilla en esos momentos de intimidad más que en los de reivindicación. Quizá porque ya hemos visto antes escenas similares; quizá porque, al menos a mí, cada vez me gusta más la emoción contenida que los aspavientos; la caricia, a la lucha sin cuartel; la búsqueda de la normalidad más que la excepción del heroísmo. Y por dejarnos, algo muy de su director, un regusto algo amargo, porque la realidad de los ochenta sigue tan vigente hoy, en nuestro ya avanzado nuevo siglo.

   Esta película sería una bomba en los años noventa. Pero no había gente tan valiente que quisiera haberla producido. Además, quizá nadie habría ido a verla. Apenas un millón y pico de personas la vieron en el año 2014, por lo demás quizá todas ellas uranistas. Y eso es una pena: no hemos cambiado, por más que las formas, eso llamado visibilidad, sea cada día más patente. Y es que siempre seremos diferentes, siempre, aunque nos pese, aunque nos produzca orgullo, aunque nos genere desazón. Quizá mientras existan diferencias irreconciliables entre el mismo grupo las habrá entre los divergentes… No lo sé.

   Lo único que sé es que nunca será igual. Ni lo era antes de los tiempos del sida, ni lo será mientras existan desigualdades que nos separen más que bisectrices que nos unan. Aunque el corazón sea el mismo, las reivindicaciones las mismas y el amor, ay el amor, sin igual.

Unica/o.

21/05/2014

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