Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

1743743_10205718141489730_4088342156394204969_n Después de dos jornadas de trabajo en Dublín, llegó el momento de ir al aeropuerto. Pedí un taxi en la dirección del hotel. A las cuatro de la mañana estaba ya en la puerta. El taxista me saludó con un movimiento de cabeza y me señaló la puerta. Subí (esta vez por le lado correcto del coche) y arrancamos.

No suelo dar conversaciones. Mi timidez me frena, pero también mi falta de descanso. A esa hora, menos. Y sin embargo, el caballero que me llevaba estaba dispuesto a una buena charla, o al menos a un largo monólogo.

Mi inglés, algo oxidado, necesita de un par de días para engrasarse y empezar a fluir con algo más de entendimiento, así que al menos estaba preparado para seguir, con frases cortas, la animada cháchara del taxista. Esto le dio alas, y me hizo sonreír.

Un hombre afable, pelirrojo, cerca de los sesenta años, taxista de toda la vida, comenzó su interrogatorio con las consabidas preguntas sobre destino, nacionalidad y, debido a mis respuestas, sobre el estado económico del país y sus paralelismos con Irlanda. Me comentó que sus hijos se habían tenido que ir uno a Estados Unidos y otro a Australia para escapar de la crisis de la que el país ya se estaba recuperando (y bien). Después entró en el tópico de la causa de mi visita a Dublín: trabajo. ¿Qué tipo de trabajo? Médico.

– ¡Oh!

La expresión, por lo demás muy popular en el mundo anglosajón, fue dicha con un deje de admiración que me alertó. No es que me parezca que ser médico sea algo fuera de lo común (conozco a muchos que lo son), pero aquí en España ni es algo importante ni desde luego, pese a la responsabilidad que tenemos, se nos valora de forma acorde a ella. Por eso llamó mi atención su reacción al saber a qué me dedico la vida.

Después de una perorata donde mezclaba sus teorías sobre la Medicina, su experiencia sanitaria y familiar al respecto, me dijo que admiraba mucho la labor que hacíamos, que no era  fácil llegar hasta donde yo había llegado y esas cosas. Yo sonreía. Hasta que mencionó a mis padres.

– Sus padres deben estar muy orgullosos de usted.

Durante unos segundos no supe responder. La urbanidad salió en mi defensa, sonreí y cabeceé afirmativamente. Le dije que sí y una sonrisa amplia surcó su rostro, con esa condescendencia que nos llena cuando sabemos que tenemos razón y se nos ratifica.

Al poco tiempo me dejó en el aeropuerto.

– Vaya por allá, que están los mostradores de British Airways. Y que tenga muy buen viaje.

Nos despedimos dándole las gracias y desapareció de mi vida para siempre dejándome, sin embargo, algo en lo que pensar a esas horas intolerables para el pensamiento razonado y razonable.

Mientras hacía la interminable cola para ser registrado y acceder a las puertas de embarque, me puse a pensar en lo que me había dicho el taxista.

¿Mis padres orgullosos de mí?

Nunca se me había ocurrido pensarlo.

¿Había trabajado tanto (para lograr tan poco) pensando en ello? ¿Todos esos años de esfuerzos, en los que sin duda me apoyaron quizá demasiado, significaban algo más que llegar a un fin (que nunca se alcanza por completo)?

No lo sé. No sé si he estado demasiado embebido en conseguir llegar al final de una carrera tan larga (que se ha llevado mi vida en ella), o a que ni se me había pasado por la cabeza valorar el impacto que mis esfuerzos pudiesen tener en otros, sobre todo en mis padres.

¿Estoy orgulloso de mí? No. ¿Deberían estar ellos a su vez de mí? ¿Y por qué?

Estando ya instalado en el avión de vuelta a casa, esa idea seguía instalada en mi cabeza.

¿Era para estar orgullosos? Por descontado he intentado que mi vida significase un mínimo impacto en las suyas, desde que tengo memoria he intentado adaptarme a las exigencias de sus vidas antes que de la mía, he intentado ofrecerles todo lo bueno que ha llegado a mi vida porque la mía es fruto de la suyas; he procurado darles los menores dolores de cabeza, las mínimas preocupaciones…

¿Eso era ser un buen hijo? Alcanzar una carrera, trabajar buenamente en ella, ¿era para estar orgullosos de mí? Ser médico, que para mí es algo tan banal que ni pienso en ello, ¿es causa suficiente para que mis padres se sintieran felices de una labor bien hecha?

No se me había ocurrido… Y sin embargo recordaba a mi padre, ingresado en la UCI, cuando hablaba con todos mis compañeros, tan resuelto y lenguaraz como era, sobre su via, su amor por nosotros, la emoción con la que empeñaba cada palabra, y mi madre sentada a su lado, interviniendo con emoción similar y asintiendo…

Estaban orgullosos de mí. Podría ser más alto o más guapo o ganar más dinero o ser más amable o más simpático o más empático o más discreto. Podría ser mucho mejor en todos los aspectos de mi vida. Pero así como era estaba más que bien, y era motivo de alegría y de un sereno orgullo que llenaba de alegría esas vidas que siempre he deseado fuesen tranquilas, bellas y perfectas.

El avión levantó sus alas y Dublín se fue haciendo cada vez más pequeña conforme surcaba el cielo.

Nunca me había parado a pensar en algo tan sencillo como eso. Jamás lo había esperado, y conscientemente nunca hice nada por alcanzarlo. He intentado ser la mejor persona que he podido, aprender de mis errores, darme cuenta de mis defectos e intentar mejorarlos, adaptarme a lo que la vida me ha ofrecido, y estar agradecido cada día de la hermosa familia que me ha sido dada y que cambia, como cambiamos todos, con el vaivén de los años.

No sé si es importante. No sé si buscamos en el fondo ese reconocimiento que no es más que hacer las cosas bien hechas, o lo mejor que podamos. Pero el señor taxista me dio una lección esa madrugada que yo no había pedido y en la que nunca había reparado.

Mi calidad laboral es terrible, mi propia vida es un pequeño caos. Eso es para preocuparse. Pero en realidad su importancia es mínima: son circunstanciales, destinas a cambiar, a desaparecer, a mutar. Pero recordar esas sonrisas, esas miradas, ese sutil sentimiento de labor bien hecha, de bien alcanzado y pleno…

He hecho siempre todo lo que he podido por devolver al menos una mínima parte de lo que la vida, tan generosa, me ha regalado. Y ellos eran el mayor motivo, y siguen siéndolo.

Creo que están orgullosos de mí. Yo lo estoy de ellos. Y eso es lo que, al final, cuenta.

Prólogo/ Prologue.

11/03/2015

IMG_4421 Las horas pasan con lentitud. Pegadas unas a las otras, simulan un solo bloque visto en perspectiva, cuando la guardia termina y los problemas puntuales y los riesgos adquiridos quedan por fin atrás.

Lo mejor de una guardia es que salimos de ella. No hay mayor sensación en la vida (de eso puedo estar casi absolutamente seguro) que la renovada libertad y el arrebato de alegría que nos embarga cuando conseguimos salir del hospital una vez finalizados los períodos de diecisiete o de veinticuatro horas de trabajo. Nos sentimos invencibles aunque vulnerables; cansados pero aliviados, y nada, ni siquiera el error más nimio (aquel que rondará por la cabeza una vez haya reposado unas horas) puede corroer la completa epifanía de ese instante, que es un momento sagrado. Sentir los rayos del sol, la frescura de la lluvia o un arrebato de viento en la cara no tiene precio. Yo suelo elevar mi rostro al cielo, agradecer ese final épico que secretamente espero desde el comienzo de mi turno de trabajo, y me dejo acariciar por la Naturaleza, arrullar por el juego del viento entre las ramas de los sauces de mi jardín; y cierro los ojos, guardando silencio en honor de esa comunión más pura que ninguna, y dejando que el cansancio lave mis energías gastadas dando tumbos mientras camino en dirección a mi hogar.

Nada de eso se dice en las facultades de Medicina. No se comenta la lucha diaria contra las adversidades no ya de la Enfermedad, sino de las causadas por los propios seres humanos; el miedo ante situaciones difíciles; la amarga responsabilidad, representada por todo un equipo que espera las órdenes precisas para cumplirlas de inmediato, y sus resultados evidentes al poco tiempo; los roces cotidianos, que llevan a amistades cómplices o a equívocos enconados; el sacrificio que significa Servir, en su concepto más amplio y casi místico. No se enseña las realidades del mundo, ni que las enfermedades no siempre son como se reflejan en los libros. La Naturaleza no es lineal porque no es perfecta (aunque su inclinación propia sea al puro equilibrio); la Medicina de las aulas no es más que un compendio de signos y síntomas comunes, generalizados, medidos con el peso de la frecuencia. Pero las excepciones son muchas, tantas que no cabrían en los extensos tratados que manejamos diariamente; por eso se escriben artículos, se describen nuevas variantes, presentaciones novedosas, nuevos descubrimientos que llevan a sintetizar lo que, por lo demás de una forma un tanto ufana, llamamos Literatura. Médica, se entiende; aunque muchas veces, en conversaciones con otros colegas, parece ser la única que existe. Eso y el fútbol, claro, y la política (hospitalaria y general) y los chismorreos de turno. La vida hospitalaria no es como la vemos en las series de televisión: es más aburrida y, a la vez, más apasionante. Pero casi se le parece.

Creo que eso es lo que se debería enseñar en las facultades. A enfrentarse con los problemas básicos, que ignoramos al empezar la residencia después de aprobar el muy famoso examen MIR; a saber identificarlos y resolverlos y también a sobrellevarlos; en fin, no sólo deberían ser clases para oír a alguien balbucear palabras ya escritas y descritas tiempo atrás por otros más avezados o con mayor suerte de preocuparse, reaccionar, describir y luchar contra una enfermedad que adivinan nueva y que toman como causa vital; sino para saber cómo encarar y actuar ante un paciente sin parecer lo que, con claridad, salta al ojo más ciego: que somos novatos en todo.

De esto se puede deducir la pobre opinión que tengo de las escuelas de Medicina españolas; y es cierto. Alguien me dijo una vez (médico, claro), que estudiar esta carrera en España es bastante fácil: se echa a rodar un melón desde el primer año y llegará rodando al último casi sin ningún tropiezo a poco que ponga de su parte.

La educación universitaria en Medicina es pobre, aburrida, caduca y carece de conexión con la realidad. ¿Raíces del problema? Probablemente formas de enseñanza heredadas del pasado, junto con ciertas plazas de profesorado; y ese sentimiento de exclusión que se respira entre las gruesas paredes de los claustros universitarios.

Generalizo porque es lo común. Las excepciones, de haberlas, destacan por sí mismas, y no hace falta señalarlas. Lo que sí es cierto en el batiburrillo de la Medicina de pre-grado es que exige tiempo, mucho tiempo a veinteañeros con poca paciencia y muchas ganas de vivir los primeros sorbos de libertad; y una claridad de ideas que tantos apuntes y nombres y folios y exámenes no permiten tamizar con cuidado. Pero lo mismo se puede decir de las Ingenierías, del Derecho, de Historia o de Farmacia. El que crea que todo se resuelve con poco esfuerzo es un candidato al lastre universitario; y en España existe una cierta y vergonzosa tradición, y es que la gran mayoría de las carreras no se acaban en el período establecido; se dilatan en el tiempo. Eso no existe como regla en otros países; y puede que en esto, como en otras tantas cosas, el viejo tópico de que España es diferente se cimente sobre fondos reales.

Pero, de todas maneras, no creo ser el mejor de los ejemplos para alzar mi dedo crítico, pues me llevó (por distintas circunstancias de la vida) el doble de tiempo terminar con mis seis años de formación pre-grado. Y mis calificaciones nunca fueron estupendas; seguramente por culpa mía, pues no se puede esperar mucho de un examen que sólo se lleva preparando una semana. Ésa era mi media. Cuando conseguía sobrellevar la apatía del estudio, y alcanzaba el más que suficiente período de dos semanas (o incluso tres) de preparación, las notas mejoraban apreciablemente. Pero un vistazo a mis calificaciones arroja como resultado que esos arrebatos de responsabilidad fueron bastante escasos, si no casi excepcionales, y que estudiaba obligado más por las circunstancias prácticas y por una conciencia pesada como el plomo, que por placer.

Lo mismo se puede decir del período de preparación del MIR. Si hubiera sabido lo que me esperaba en el pos-grado, hubiera puesto más empeño y hubiese sufrido menos en ese duro período de prueba que es inhumano y que tensa los nervios hasta el paroxismo. Existe mucha mitología con respecto al examen MIR, como en toda oposición que se precie. Múltiples rumores; recetas mágicas; datos y estadísticas que manejan diligentemente las academias preparadoras: verdaderas rémoras del bolsillo de la ciudadanía. La preparación de cualquier oposición, tenga el nombre que tenga, aunque difícil y autoexigente, debería estar exenta de tanto fariseísmo que sólo busca beneficios a costa de sembrar el miedo y la desesperanza. Estoy en contra de todo sistema alienante. Y la mayoría de estas academias lo son. Se inventan métodos; emplean conexiones en la cosa pública; manejan informaciones tamizadas y reformadas: por una módica suma, casi garantizan un éxito que, en realidad, sólo está supeditado al individuo que realiza la prueba opositora.

Tuve yo dos oportunidades de vivir esa experiencia. La primera vez que presenté dicho examen no tenía la cabeza en su sitio. Estaba descentrado, cansado; recién liberado de los grilletes de la facultad, la sola idea de encadenarme a esa nueva forma de tortura rebelaba ira en mi interior y me complicaba la existencia. Parte de mí sabía que, si deseaba ejercer, era la única vía que tenía de hacerlo (merced a una famosa ley que se construyó para reformar el poco carácter práctico de una carrera eminentemente práctica); otra parte de mí sospechaba que sería demasiado desastroso como médico en activo. Y otra parcela, mucho más pequeña pero no por eso menos ruidosa, estaba harta de tanto lío y sólo quería que la dejasen en paz. Ésa llevaba la voz cantante. Pero ni así. La primera vez que me presenté tuve suerte en el MIR de Familia, como habitualmente llamábamos a aquel examen que aseguraba 3.000 plazas para desarrollarse como Médico de Familia (o de Atención Primaria) y que ahora ya no existe; pero renuncié a esa posibilidad porque me veía incapaz de enfrentarme al paisano de a pie casi con las únicas armas de mi conocimiento (que a la sazón, juzgaba demasiado endeble); así como a otras razones de índole familiar, que han seguido marcando mi destino desde hace ya algún tiempo. Así que renunciar a esa plaza me pareció lo adecuado; claro que no pensé que a otras diez mil personas se les ocurriera lo mismo. Cuando llegó el turno del MIR de Especialidades, con sus 3.000 plazas propias, tuve a bien quedarme fuera por cuatrocientos puestos, cosa que no estuvo mal visto el desastre de preparación que hice, pero que me dejaba en jaque por un año, sin posibilidad de trabajar y sin otra cosa que hacer que dedicarme de nuevo al estudio.

Los miembros de la academia en donde malamente preparé dichos exámenes nada me dijeron de bueno al respecto (tampoco merecía una palmada en la espalda); más bien todo lo contrario. Me parecieron unos ineptos y juré no volver a pisar sus instalaciones virtuales nunca más (la sede oficial de la susodicha academia estaba ubicada en Madrid, y lo que hacía era mandar a sus profesores una vez a la semana a los distintos puntos del país en donde dichas sedes virtuales estaban establecidas.) Más me valdría haber cerrado la boca.

Entre medias, opté por asistir a una entrevista de trabajo que organizaba una conocida industria farmacéutica. Fui a regañadientes, acuciado por la necesidad de trabajar y de aportar ayuda económica en mi casa. De hecho, la cita fue pedida por mi padre, un antiguo y exitoso profesional de las ventas del sector agroalimentario.

La reunión se llevó a cabo en el mismo local que servía de sede a la desalmada academia preparatoria. Aquello no podía deparar nada bueno. Nos reunieron a aquel grupo variopinto de personas disfrazadas con trajes de chaqueta de entretiempo otoñal, en uno de esos salones con forma de mesa redonda, presidida por una ejecutiva disfrazada de hombre, o como una mujer mal informada piensa que debe vestir un hombre si un hombre ocupara su puesto de seleccionadora de personal. Yo ignoraba lo que hacía aquella mujer allí, salvo lo que le oía explicar en un tono de voz monocorde, acorde con el horario de la entrevista (justo después del mediodía.) Hacía bastante calor en aquella sala, o al menos eso creía yo; no estaba muy nervioso puesto que no me jugaba nada. O eso creía.

La entrevista en sí misma no era personal, o al menos no en aquella primera etapa. La idea de aquella reunión era medir nuestros conocimientos de un fármaco determinado y calibrar nuestras distintas ideas y formas de expresarlas. Por norma general, soy excesivamente tímido. Lo que muchas veces pasa por distanciamiento no es tal; mi timidez casi enfermiza se alía con mi enfermiza miopía, y esto hace que prefiera pasar desapercibido. Aunque pocas veces lo consigo porque, por el contrario, soy bastante alto y desesperadamente torpe: una mezcla explosiva que termina atrayendo la atención sobre mí sin pretenderlo en lo más mínimo. Una especie de broma cósmica, creo.

Pero ese día mi timidez estaba bajo mínimos. En aquel grupo de personas (no más de veinte) había muchos profesionales de farmacia, biología y hasta de veterinaria, pero el único médico era yo. Y además, uno con el conocimiento fresquito después de sacar el 3.400 en el inmediatamente anterior MIR. Eso me envalentonó, porque conocía el fármaco, sus mecanismos de acción, sus posología e indicaciones. Para qué fue aquello.

El chiste de la reunión era calibrar nuestra capacidad de conocimiento y de venta de la susodicha medicina, un antiagregante plaquetario de alto coste. Y allí me lancé al ruedo con el desparpajo habitual que me embarga cuando me siento cómodo en un ambiente antes desconocido. Quizá fui un poco excesivo en cuanto a llamativo. La mujer que vestía como ella creía que un hombre creía que debía vestir una mujer en un puesto semejante, me miraba de arriba abajo, con cierta expresión de sorpresa, aunque muy discreta eso sí, en aquella cara de esfinge.

La entrevista parecía estar diseñada para desarrollarse en tres fases: se escogía a los que pasaban de fase y se despedía al resto. No vi que a nadie se le dijese la razón de su rechazo. Pero conmigo hizo una excepción la susodicha. Se acercó a mí y me recomendó, en voz baja que casi parecía un susurro, que saliese por donde había venido, que no necesitaban personas de mi talla intelectual ni de mi capacidad expresiva, rallante casi en el manierismo más rosa. Yo la miré de hito en hito sin creer lo que estaba oyendo. Es uno de esos momentos que se quisieran volver a vivir para poder decir todo aquello que el orgullo herido se molesta en argumentar una vez ha pasado la ofensa. Pero sólo llegué a decirle que intentaría en lo posible no recetar su fármaco cuando tuviese oportunidad de hacerlo, porque, aparte de muchas cosas, tengo una memoria de viejo elefante africano. Ella se limitó a sonreír y dijo que dudaba que yo llegase algún día a ejercer esa parcela de poder mientras me enseñaba la puerta. Pobre mujer. Se equivocó. Y ese fármaco nunca entró en el arsenal terapéutico de mi práctica habitual hasta que esa compañía pasó a ser absorbida por una multinacional aún mayor. Nunca receté un fármaco de esa casa comercial, y no me arrepiento de ello. Puede que haya en mí mucho de reconcomio y testarudez, pero no soy de los que juzgo por la pasión, el ardor ni las ganas de trabajar por más rosa y plumas que adornen la fachada de las personas. Aquella mujer me dio una gran lección de sabiduría humana y de sapiencia. Puede que sólo estuviese cumpliendo con su deber; haciéndonos sentir durante un instante como aspirantes a estrellas del espectáculo. Pero su actitud homófoba no dejaba de estar clara y sus ganas de deshacerse del exceso eran más que evidentes.

E incluso ahora, después de tantos años, puedo reconocer que además me hizo un favor. Pues si apenas yo me veía a mí mismo con capacidad para ejercer; las posibilidades que tenía como visitador médico eran inexistentes. Ahora que los conozco, y que mantengo cierta amistad con la mayoría de ellos, sé que hay que tener mucho aguante, mucha paciencia y mucha mano izquierda, cualidades de las que yo no ando muy sobrado. No hubiese durado un día en ninguna empresa de ese estilo, porque mi umbral para tolerar a los idiotas es muy bajo. Y en este mundo hay demasiados para mi gusto. Así que no me quedó más remedio que volver al redil del estudio, que nunca había abandonado por completo, y al estrés añadido de encontrar trabajo lo más pronto posible porque ya estaba en edad para ello.

A nadie se le escapa que una oposición lleva su tiempo. Absorbe la vida del opositor, la moldea y casi la destruye. Un opositor no es feliz. Olvídense de lo contrario; y quien sostenga que es falsa esta aseveración, o no sabe lo que dice, o miente, que es lo más seguro. Vive en una constante lucha mental (falta de trabajo, falta de dinero, falta de tiempo; qué preguntarán; cuáles temas serán los adecuados; duda si podrá con todo) que se extiende al plano físico: malos humos, mal descanso y cierta tendencia al desenfreno como válvula de escape de una miseria que le rodea día a día.

Mi cuñada, con esa templanza que sólo tienen las mujeres, suele decir que es por eso que la mitad de la población española vive amargada y es tan competitiva con sus coetáneos: todos desean trabajar para el Estado, inmensa mole que intenta retroalimentarse como puede. En un país que prima la estabilidad laboral perpetua, aunque quien ocupe ese puesto sea un inepto de cabo a rabo, no es fácil vislumbrar otra salida. Así que el ciclo se cierra y se eterniza. Qué tristeza. Pero así queremos que sea.

El MIR no es más que una oposición nacional que garantiza la formación pos-grado de todo aquel que alcance la nota suficiente para alzarse con una plaza en uno de los innumerables hospitales formadores de especialistas del país. Es el pasaporte y el pasaje al mercado laboral oficial, y al futuro de miles de licenciados forrados con un título que es papel mojado sin este certificado posterior.

Decir que es un buen método, pero que es muy cruel e injusto también, es llover sobre mojado. Vamos, yo lo aprobé, no debe ser tan difícil (aunque lo sea.) A la segunda oportunidad (lo que tampoco está tan mal.) Pero no deseo volver a hacerlo, y vive Dios que no seré de nuevo residente en esta vida. Ya me bastó con serlo una vez como para querer repetir la experiencia. Aunque mi naturaleza me dicte a pasar y repasar más de una vez por los diversos terrenos de mi vida, esta aseveración está llamada a ser la excepción que cumple la regla. Menos mal.

Muchos de mis amigos y compañeros de facultad consiguieron plaza a la primera (eso es poca ayuda para el ego, puedo confirmarlo.) Muchos otros, yo en el paquete, no. Pero lo hicimos a la segunda. Y otros tantos a la tercera y a la cuarta. Y está bien que así sea. Actualmente en el hospital donde trabajo ya de Adjunto Clínico, he coincidido con un compañero de la facultad que es residente de primer año (de ahora en adelante R1) y ha sido un placer el encuentro. Por ambas partes: siempre es agradable encontrar gente conocida en cualquier lugar, ya que se crea una corriente de simpatía al mínimo contacto sin necesidad de que naden muchas palabras de por medio. Una vez atravesada esa barrera invisible que es el MIR, todos volvemos a ser iguales. O casi. Pero ésa es otra historia.

La apatía, el desasosiego y la falta de seguridad que un examen así siembra en el espíritu humano son muy poderosos. Como una superstición, no me corté el pelo hasta saber que había probado el examen. Allá estuve, mes tras mes con las greñas en los ojos, estudiando y estudiando, o forzándome a estudiar más bien, mientras el pelo crecía salvaje y desordenado. También me dejé la barba, oscura y tupida como la de un eremita dubitativo. Nadie me reconocía, ni siquiera yo mismo. En la ducha diaria apenas me miraba al espejo; soy incapaz de acordarme de cómo era yo durante ese período. Como persona no existía. Apenas comía (pero no adelgazaba), apenas dormía. No hablaba con nadie; no leía nada ajeno a temas médicos; no iba al cine ni apenas oía música. Y algo todavía peor: no repasaba lo estudiado. Me esforzaba tanto preparando cada tema durante una semana, que apenas tenía fuerzas, a la semana siguiente, de repasar lo ya visto. Con cada examen de control me repetía a mí mismo que debería releer lo aprendido, buscar el momento para desandar lo andado; pero aquí la apatía me ganaba la partida, y las buenas intenciones morían tan rápidamente como eran formuladas. Con esas vistas, estaba como para albergar un nido de esperanzas.

Soy un hombre de palabra: volví a la academia que había dejado el año anterior a petición de mis padres, que no confiaban mucho en mi espartano método de estudio propio. Deberían haber tenido más confianza en él. Y yo. Pero al menos volví sólo en la segunda vuelta, así que apenas nos sacaron cuarenta mil pesetas mensuales durante unos cuatro meses, y no los nueve habituales del contrato completo (el sistema académico se basaba en tres vueltas del temario: la primera, una especie de toma de contacto, la segunda de estudio pormenorizado, y la tercera de repaso; huelga decir que me salté los dos extremos sin ningún tipo de pudor.) En detrimento de la academia debo decir aquí que llegué a esa segunda vuelta mejor preparado de lo que ellos jamás hubieran conseguido conmigo si hubiese repetido todo el curso según sus métodos, y que viví de esos réditos hasta la llegada del examen.

Aprobé el MIR en el segundo intento pensando que lo suspendería sin remedio; a tales cosas nos lleva la mente insegura. Lo he dicho: no se puede ir a un examen de estas características, en donde nos jugamos el todo por doscientas cincuenta preguntas, sin repasar ni siquiera una coma. Porque lo que se consigue es una especie de ataque de pánico en medio del ejercicio. Pensando lo peor y absolutamente desconcentrado, me imaginé a mí mismo tirando de un carrito lleno de mis greñas sin cortar, de un blanco cenizo por los años pasados, haciendo la cola para entrar por enésima vez al examen… Tal frustración me llegó a la garganta que, dueña de sí misma, aulló con voz más que elevada por el callejón sin salida en el que me encontraba:

–       ¿Pero podré aprobar esta mierda alguna vez?

Cuando me di cuenta de lo que había dicho, y cómo, enrojecí de vergüenza, me cubrí con la melena castaña y musité bajo mi barba una disculpa: siempre hay quien nos mira con cara de irritación para reprochar una molestia inútil.

Y pude. Y lo hice en el año 2.000, cuando el mundo estrenaba un nuevo milenio y yo una nueva década de mi vida, apenas confiando en mis propias facultades. Desde aquella fecha, muchos estudiantes que rondan por el hospital me piden consejo para enfrentarse al MIR. Si bien es cierto que en la actualidad no reviste la competitividad de antaño (pues ahora hay tantos licenciados como plazas formadoras); no ha rebajado un ápice su carácter perturbador del alma. Yo siempre les digo que soy malo dando consejos, y que después de todo no valen para nada, pues hacemos caso omiso de ellos. Pero lo que sí les encargo muy mucho es que repasen, una y otra vez, para asegurar que esos conocimientos (la mayoría puro baladí) estén claramente presentes en el momento de responder las preguntas. La imagen de mis greñas tiradas por un carrito no me ha abandonado nunca, ni la idea de dejarme melena ha vuelto a pasárseme por la cabeza desde que el peluquero me preguntó, desconcertado, el día que fui a cortármelo (había salido el resultado esa misma mañana, el día de mi cumpleaños):

– ¿Estás seguro? Con el pelo tan bonito que tienes.

Pocas veces lo había estado tanto. La barba siguió al cabello y parecí que retornaba a la vida. Cuando miré el suelo de la peluquería, esos mechones abandonados se me antojaron retazos de mi vieja vida; una piel que, aunque conservaba cierta forma recordatoria, no era ya mía nunca más. Fue como salir de un estado inducido de anestesia; como una larga resaca tras una corta borrachera; en cierto sentido, había abandonado una crisálida y me maravillaba de lo que veía.

Jamás cumplir treinta años llenó de tanta dicha a alguien. Me sentí completamente despierto, lleno de primavera, y vivo de nuevo. El sol brillaba, la lluvia caía, las flores se abrían cada hora con más fuerza, y mis pasos ganaban en firmeza. No sabía a qué me arrojaba ese resultado, adónde ni cómo; sólo me sentía ligero, completo y, sobre todo, libre: había cumplido con mi trabajo y podía ser yo mismo de nuevo. Exactamente la misma sensación que tengo cada vez que salgo de guardia. Ese estado, próximo al paroxismo, mezcla de ensueño y de cansancio, es un puro renacer, un milagro que se sucede cada semana. Y del que me maravillo sin saciarme; como me asombra cada día ver, cuando me encamino con paso a veces reluctante al hospital, que ejerzo como médico activo, con más o menos acierto y con más o menos pasión, y que no soy tan malo como creía.

¡Oh, las vueltas que damos en la vida!

   No soy muy dado a la literatura contemporánea. Bueno, a la publicación contemporánea. No me gusta, me siento en general muy desconectado de los gustos (al parecer) del gran público. Adoro pasear por las librerías; me gusta coger un libro cuyo título evoca en mí miles de pequeñas cosas que se aúnan en atracción y curiosidad; abrir sus tapas; oler ese aroma único a páginas recién estrenadas, y revisar en una hojeada, que es más bien un tornado, palabras, frases inconexas que terminen de embrujarme hasta comprarlo. Pero lo que encuentro en general en sus estanterías (y no me refiero aquí a los pequeños tronos en los que las editoriales potentes colocan al autor de moda) no me atrae; en realidad, hace años que mis visitas semanales no finalizan con un, dos o más libros en mi bolso (y muchos euros menos en mi billetera).

   portada-49goles-altaresolucion49 goles espectaculares, de Davide Martini, me llegó a través de un librero amigo cuyo gusto y sabiduría respeto. Decir que Iñaki Echarte Vidarte es un poeta único es menos obviedad de lo que pudiese parecer (todos lo son, pero unos pueden recordar a otros, y en su caso, no me evoca a ninguno, siendo él mismo siempre) y También esto pasará, de Milena Busquets, por dos reseñas publicitarias en sendas revistas de moda. Sí: de moda, que también tienen secciones literarias, o lo que puede pasar por eso.

   Una historia de iniciación veinteañera contada con un estilo directo, franco, sencillo, encantador; la otra, una historia de iniciación a la cuarta década, llena de reflexiones a medias, de lenguaje sencillo, franco, directo y agridulce. En suma, ambas historias, tremendamente distintas entre sí, son reflejos especulares de la vida y, reconozcámoslo, de la realidad editorial actual.

   Ambas tienen en común, además, cierto aire contestatario, cierto cariz de rabia interna que también las hermana: hablamos de una adolescencia eterna (existente hoy en día) que refleja mundos interiores intensos que pugnan por emerger, desgarros, desconexiones, miedos y certezas absolutas que se tambalean y que hacen avanzar tramas discretas (¿la vida no es realmente así?) en, de agradecer, narrativas justas en cuanto a extensión y veracidad.

   49 goles espectaculares nos lleva a la Italia adolescente con cierto aroma a Federico Moccia, pero mucho mejor, sin duda. Davide Martini tiene en común con Moccia no sólo su origen, si no también cierta magia a la hora de evocar la juventud, esa frontera borrosa en donde todo es posible menos muchas veces lo que deseamos; pero supera a éste no sólo en la forma, en el lenguaje preciso, sino en la hondura de los personajes, en la búsqueda de razones que apenas se peciben pero que preocupan y que llevarán a sus protagonistas, Lorenzo y Riccardo (pero también a Giulia y al resto de chicos que vibran en la novela) a aceptar un mundo nuevo que se abre a sus pies, a curar sus heridas y a dejarlo todo finalmente atrás. Es una novela editada en la Italia natal de su autor en el año 2007, pero que aún en 2015 sigue vigente: los adolescentes no cambian tanto como creemos. Si hubiese sido escrita en 1980 sería igual de evocadora y actual, sólo que quizá su prosa hubiese sido más profusa, más profunda y dejaría mayor huella.

   Lo mismo le pasa a También esto pasará. En la prosa de Milena Busquets encontramos reflejos de una profundidad asombrosa que no termina de emerger en un relato que, de haberlo hecho, sería una obra magna. En sus páginas hay amargura, auto-compasión, ternura y tristeza a un mismo tiempo: todos los sentimientos que se nos prenden de las faldas durante el duelo por una madre que se ha ido. Es muy actual, es muy potente, sin miedos, sin vergüenzas; Blanca se nos descubre desnuda, portentosa, sedienta, cansada, hambrienta, deseosa, y frustrada. Como la generación que vivimos. Por un lado desilusionada, por otro esperando el cambio postrero, el definitivo. Retrata, ciertamente, el estrato social de cuarenta años: consciente de su edad, demasiado embebido en sus propios problemas y sensaciones que casi olvida lo que le rodea, y que encima carga con los remordimientos que esto le produce una vez se percata de ello: una adolescencia perpetua.Maquetación 1

   También esto pasará es un retrato femenino lleno de ferocidad, alejado de los límites habituales, y nos muestra una mujer poderosa e ínfima, ubicua y cansada, temerosa y valiente, dueña de su propio cuerpo mas no de su propia vida, madre y mujer al mismo tiempo: una Carrie del siglo XXI con las botas puestas, media vida a sus espaldas, llena de amargura pero no por ello desencantada, y que aún cree en un cierto final feliz que la aleje del cansancio, le alegre la vida y la deje por fin en paz.

   No es una novela generacional, quizá porque se queda un poco en la superficie de lo que realmente pudiera ser. Cuando pasamos sus páginas nos damos cuenta que una mujer de cuarenta años es todo esto pero es más, o mejor, que es todo esto por una serie de razones que se nos escapan, o que apenas se dibujan, y nos deja que con ganas de más. Al menos a mí… Quiero saber más de Blanca, de su relación con los padres de sus hijos, con sus hijos y sus amigas, con ese desconocido que no acaba de cuajar, con aquellos fantasmas que deja atrás, y sobre todo con su madre, cuya pérdida es el eje central, o la causa fundamental, del relato. Me gustaría saber porqué es un libro cargado de rabia, la razón de que toda una generación sienta ese desazón y ese devenir tan característico sin embargo de la adolescencia, y su total descaro a la hora de declararlo y de retratarlo, aún a medias.

   Esto hace de dos libros tan diferentes imágenes especulares: la adolescencia precoz y tardía (llamémoslas así) se dan la mano y se reconocen en un mundo editorial tan distinto como es la temática homosexual y el gran mercado heterosexual.

   Y esto me hace pensar en las razones de las que me alejo del mundo editorial actual: También esto pasará podría haber sido una gran novela (para mí), si tuviera la hondura suficiente de aquellas con las que la compara su propia editorial. No es Sagan ni mucho menos Duras, mujeres escritoras y valientes (hay muchas más, pero empleo la referencia directa de la empresa editorial). ¿Por qué? Porque no excava lo suficiente, no se anima lo suficiente, no tiene la hondura suficiente (y no me refiero aquí a sesudos discursos hedonistas ni psicoanalíticos que pudieran enfangar una narración sin embargo sedosa como el Mediterráneo, donde está ambientada) ni el calado suficiente para que este retrato supuestamente generacional (y sí que lo es) me atraiga por completo. Se queda en lo cotidiano, en las explicaciones simples, en pinceladas certeras pero no completas, de lo que somos hoy en día como sociedad y en lo que seremos en un futuro no muy lejano. Y, sin embargo, creo entender que es por esto por lo que esta novela es un éxito. Y por eso no suelo leer literatura actual, o lo que hoy pasa por eso, que quizá sea muy diferente.

  MV5BMjIzNzAxNjY1Nl5BMl5BanBnXkFtZTgwMDg4ODQxMzE@._V1_SX214_AL_ Still Alice es una película sobre la Demencia. Sobre los efectos personales y familiares; sobre los afectos personales y familiares; sobre las consecuencias de la Enfermedad, el abismo y la soledad.

Es una película de Julianne Moore. Y los creadores de la misma lo saben. Así que la seguimos en todo el metraje (como siempre, quizá un poco excesivo), conocemos cuándo comienzan los primeros síntomas, sentimos cuándo la preocupación la atenaza, cuándo la llena de ira y de impotencia y asistimos, asintiendo, a ese mensaje que le deja a la Alice futura: las instrucciones que debe seguir en un momento determinado.

Alice es una mujer triunfadora, esposa y madre. En realidad, es toda la película. Ella lo llena todo, lo absorbe todo, tanto, que consigue que seamos ella misma con el paso de los minutos. Hay una familia: un marido que no soporta la decrepitud; unos hijos que no saben qué hacer; el enfrentamiento generacional que consigue superar las barreras artificiales que creamos, y en esa regresión, asistimos a una forma ausente de libertad, la única posible y la última también, en el que la madre se convierte en hijo, y en algo más.

Still Alice es una película sobre la Enfermedad. Sobre lo que nos altera, sobre lo que nos obliga, sobre lo que nos afecta en primera y en tercera persona: laboral, familiar, personal, todo se vive primero como una lucha, después como una resignación y finalmente como una pérdida. Ese momento en que nos damos cuenta que ya no hay vuelta atrás y que lo único que nos queda es aceptar la realidad.

Alice lo vive, lo vivimos en los ojos, en la actitud, en el miedo, en la rabia, en la resignación de Julianne Moore, que no necesita más que su mirada, su voz quebrada, su actitud para transmitir ese torrente de sensaciones únicas: asombro, rechazo, duelo, comprensión (ese momento brillante en el que nos habla desde un estrado, sabiendo que será la última vez que lo hará nunca) y finalmente abandono.

Porque llega un momento en que la Enfermedad lo es todo, y sólo desea de nosotros aceptación y abandono.

No es una película de enfermedades, ni siquiera de los ecos familiares o laborales que nos depara. Es la historia de una mujer diagnosticada de Demencia, a la que seguimos en el proceso de pérdida de facultades hasta ese instante en el que, incluso emitir sonidos, le cuesta un mundo, porque lo ha olvidado.

Y deja huella. Alice es una parte de nosotros, que vivimos en las mareas continuas del Recuerdo… Qué duro es perder lo que somos: la identidad, la integridad, la independencia. Pero Alice siempre será Alice, como nosotros siempre seremos nosotros. Mientras exista alguien que nos recuerde, mientras siga vibrando la nota de la vida en nuestras arterias, mientras haya algo más allá de la muerte y nos garantice un pedacito de Eternidad.

tumblr_n4esiz06Hs1qcyxeuo1_500Guapo. Eso es lo que pensé cuando entraste en la habitación llena de gente.

Se fumaba. En aquel tiempo fumábamos en los locales, los pisos, en las aceras. Y era normal. Pero ver tu cara entre la bruma gris, pegado yo al balcón abierto para respirar y quedar sin aliento. Una revolución que calló todo el ruido alrededor cuando nos encontramos con la mirada.

Guapo. Todo el mundo lo pensó. Y más de uno intentó alcanzarte con algo más que una intención. Pero tú sellaste tu mirada con la mía, y mi piel de arena casi se deshace cuando me diste la mano y pronunciaste tu nombre. Que nunca he olvidado.

Siempre tú. Desde esa noche, cuando bailamos casi sin palabras. El tacto de tu piel, el lento roce de ese calor que emanaba de tu pecho; el color blanco de la camisa un poco ajustada, ese susurro juguetón de pecho y pezones y brazos. Y esa sonrisa que borraba todo pensamiento racional de mi cabeza loca.

Me pareció estar en una noria. Tu voz lenta, tu caricia sin fin. Ese pelo rizado y esos ojos de miel. Y ese cuello único, que emergía de un tronco de mármol. Deseé labrar con mis besos cada uno de los surcos de tu cuerpo. Me pegaba a ti, hasta intercambiar el sudor suave de un piso cerrado y lleno de cigarrillos.

A veces una copa, a veces el roce de un dedo en la mejilla. Y enrojecía y decía una sarta de tonterías. Y tú reías como si nada, y me tocabas el cuello y el brazo y la pierna al bailar. Y me susurrabas cuentos asombrosos, frases incitadoras, un futuro de tan increíble que ha durado veinte años.

Guapo.

Siempre tú.

Veinte años después la luz de la mañana ilumina tu rostro. El pelo revuelto y lleno de reflejos plateados, la sonrisa de niño pequeño, esa pequeña barba que me hace gracia. Y ese cuello hermoso que nace de tu pecho de alabastro, más blanco por la luz de la mañana. Y una desnudez divina que sigue, como aquella noche, sonrojándome, asombrándome, liberándome y haciéndome único. Porque estás aquí, junto a mí.

Ya no somos los mismos. Pero, guapo mío, yo te sigo viendo como la primera vez. El abrazo firme, el beso perfecto: los labios refrescados por la saliva y el deseo, y la búsqueda tranquila que une más que separa, que fortalece más que desgasta.

Guapo.

Siempre tú. Y siempre juntos.

Siempre tú. Y siempre conmigo. A mi lado.

¡Qué felicidad!

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   a Graciano Fernández García.

   10520411_999623860063353_1015158019_nTengo un amigo, un colega psiquiatra, brillante en si mismo, y por ende en su profesión, que nos mostraba alborozado y lleno de gratitud, una carta de agradecimiento que un paciente le enviaba.

   Esa carta, maravillosamente escrita, lo era más por los sentimientos desnudos que mostraba, por la simpleza de su causa, por la sencillez con la que daba las gracias hacia la labor médica de mi amigo.

   Yo estoy plenamente de acuerdo con cada línea de esa dedicatoria, que él tan orgulloso y con la misma sencillez que le caracteriza cuando sobre de sí mismo habla, mostraba a todo el mundo. Y se lo dije. Y sé que le gustó, aunque sintió la necesidad de justificar su acto (como nos ocurre a todos). Lo entendí, lo entiendo, pero en realidad no tenía razón alguna de hacerlo, porque mi comprensión iba mucho más allá de lo que en un primer momento parecía mostrar: su alegría por verse reconocido en donde más nos importa (los pacientes), el sentimiento del paciente que lo lleva a un gesto de tanta dulzura y desnudez y que no es más que mero agradecimiento, la generosidad reverberada que nace en el corazón de alguien que ha recibido más de lo que cree merecer, que tiene su raíz en el acto de Curar, de volver a ser quien una vez se fue.

   Qué difícil, en nuestro tiempo, nos resuelta dar las gracias. Algo que debería brotar espontáneo, lo acallamos como un defecto, como una falta. Y no. Dar las gracias es el acto más generoso, más hermoso que podemos entregar a los demás y a nosotros mismos. Porque reconocer la necesidad de ayuda, la necesidad de curación, la necesidad de cambiar implica una revolución de todas las leyes internas que nos gobiernan, un renacimiento nada fácil pero liberador, que nos hincha el pecho y nos llega a la boca llenos de alegría. Dar las gracias debería ser un acto simple, fácil, real. Y más en Medicina, porque nada es más importante que la Salud; y más al personal sanitario, que vive en una mezcla continua de sentimientos propios y ajenos, y en el que prevalece, por encima de las necesidades diarias, la prioridad de ayudar, de Curar.

   Porque nos curamos a nosotros mismos ayudando a los demás. Porque somos más nosotros cuando brindamos nuestra comprensión y nuestras manos, nuestro tiempo y nuestra sensibilidad a quien necesita un hombro en el que apoyarse, un refugio donde cobijarse, un arma para salir de la encrucijada donde la vida nos pone mil veces sin cansancio por su parte.

   En contra de lo que pudiera parecer, dar las gracias, agradecer la ayuda prestada, me cuesta mucho menos que aceptar las gracias de los demás. Hay en esta incapacidad más timidez que otra cosa, y un sentimiento de asombro ante lo que a mí me parece obvio: estoy haciendo lo que quiero hacer, estoy haciendo lo que puedo hacer, que es ayudar. Y se me escapa, en la vorágine del día a día, que eso es un milagro, y como convivo con él, le pierdo su peso, olvido su importancia, lo hago normal, lo transformo en diario y, por lo mismo, en poco evidente.

   La lección enorme que el Dr. Graciano Fernández García, psiquiatra de alto nivel y de límites personales casi inalcanzables dentro de su gran humanidad, ha conseguido con ese gesto ha sido reveladora. Es bonito, es bonito sentirnos reconocidos, pero es aún más hermoso recibir ese gesto con el asombro de un niño pequeño y la alegría infinita de saber que nuestro trabajo tiene un eco en el universo, y que perdurará en la vida de las personas que se han sentido desbordadas por la gratitud y la alegría y quieren compartirla, como el sentimiento real que es, con todos aquellos que lo deseen.

   Yo también tengo mucho que agradecer. La vida me ha puesto en muchas posiciones distintas, ninguna fácil, que me han regalado infinidad de lecciones, que me han hecho crecer. Y se lo debo a todas y a cada una de las personas que me han ayudado, desde el desinterés más generoso, a alcanzar cada día como un milagro, a veces más alegre que otro, pero siempre un regalo, siempre una lección.

   Graciano Fernández García es una de esas personas que llenan de luz mi vida diaria. Desde la distancia y desde ese pensamiento claro y sencillo, directo y libre de egos inútiles, consigue que nos encontremos en posiciones comunes, en estados de plena desnudez emocional que me permiten crecer y creer y esperar siempre lo mejor de los hombres y de la sociedad a veces absurda en la que vivimos.

   El arte de agradecer nos engrandece. El arte de ser agradecido nos libera. Me gusta pensar que él es, dentro de las limitaciones humanas, un hombre que está en la senda correcta, que siente cada día que pasa el batir de las alas de la libertad. Y el revuelo que forma con ellas me hace ascender poco a poco hacia mi propia alegría, hacia mi única libertad.

   El mundo necesita hombres como él. Que aprenden de la vida y que saben agradecer cada uno de los pequeños milagros de los que consta. Que reflejan la grandeza de lo posible y la alegre sencillez de su descubrimiento.

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