ElaineStritchWEB

Arabella.

18/07/2014

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   Si hay algo en Carlos Puig Padilla es que es inesperado. Con su sonrisa al viento, con su sabia mirada y su lengua acerada, despliega encanto y allure allí por donde pasa. Es encantador y tierno, irónico y directo. Su arte sigue su estilo, delicado pero impactante, llamativo pero discreto, lleno de sorpresas escondidas; es elegante y suave, como el terciopelo. Su querencia por los tonos dorados, por los hermosos azules y verdes hacen de su trabajo fotográfico una oda a la sensualidad y al despertar y al sosiego.

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   Hasta que su inventiva ha llenado Barcelona de una psicodelia adictiva, lujosa y tremendamente atractiva que ha nacido desde el universo de Instagram.

   Barcelona Psicodelic es el nuevo trabajo de Carlos Puig Padilla como fotógrafo, y su exposición en el Gran Hotel Central de Barcelona, es todo un éxito. Pocas veces, es cierto, podemos ver un maridaje tan atractivo entre ciudad, sentimiento y calculada espontaneidad, dándole la vuelta a la vida, a los edificios y a los colores mediterráneos de una ciudad única.

   Barcelona Psicodelic de la mano de Carlos Puig Padilla: no imagino mejor forma de crear un nuevo mundo y de disfrutar en él lleno de alegría.

   bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

   41S4Nf8vMdL._Callejeando por Madrid suelo entrar en tiendas de todo tipo, de gustos eclécticos que parezco ser, pero sobre todo en las librerías. Me fascinan. Me atraen. En ellas pocas veces soy infeliz. Al contrario, me siento protegido rodeado de libros que me susurran y me invitan a la fantasía; puedo decir, sin lugar a dudas, que son esos espacios especiales, como las iglesias, en los que soy plenamente feliz.

   Haciendo pasar mis dedos por volúmenes variados, evitando en lo posible toda clase de clasificación genérica de las obras que me interesan, tropecé con un pequeño poemario de Iñaki Echarte Vidarte: Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco. Y sonreí.

   Mi conocimiento poético cojea un poco, siendo más de narrativa (cada vez menos densa) y de ensayo, algo de obra teatral; el espacio para la poesía, aunque agradable, raramente lo lleno con obra contemporánea. Más por fastidio que otra cosa.

   Tropezar desde muy joven con Anacreonte, Safo o Catulo; crecer arropado por la selvática belleza de Aquiles Nazoa o la dulzura caribeña de Andrés Eloy Blanco; la reverberancia inmensa de Rubén Darío y la placidez intensa de Pablo Neruda; poetisas más lejanas a mi corazón como Gabriela Mistral o Alfonsina Storni (que llegaron a mi vida mucho más tarde, junto con Kavafis, tras pasar por mis venas la algarabía de Whitman, la escondida sabiduría de Blake, la firmeza de Yeats, la dureza voluntaria y buscada de Rimbaud) enlazaron la profundidad de sus versos con la grandiosa amabilidad de Khalil Gibrán, la sabiduría inmensa de Rabindranath Tagore; el ritmo, la musicalidad, la belleza del los poetas españoles más representativos del siglo de Oro y otros menos conocidos pero igual de importantes para mí. Rosalía y Bécquer y Machado, tan caros a mi sentir con su ardorosa pasión, más cerebral que mística, hermosa por humana, más deudora o, mejor, más elaborada y alambicada en el abanico de poetas del S. XX, cuya aliteralidad, su frescura en las formas, ganaban poso con lo profundo de sus cantares, con el revolcón egóico y primordial de los sueños, los pesares, las represiones, los deseos y los sentires que s han empeñado en retratar una y otra vez hasta nuestros días.

   En la poesía busco ritmo, vibración, musicalidad. El fluir del océano, el arrullo del riachuelo. De la rigidez de las normas a la revolución sintáctica, para mí la poesía debe encerrar sentido y sentimiento, sensación y reflexión, pero sobre todo música, ritmo, alma. Y no es fácil de encontrar en el panorama actual. Y no es que lo lamente. Es lo que hay.

   De la poesía japonesa, de la que soy un admirador rendido y entregado, y que ha iluminado mis pasos literarios desde hace tiempo, pueda que hable en otra entrada: su brevedad es un canto a lo síntesis pero también un arma arrojadiza al centro del alma; su frescura, a pesar de los siglos que nos separan, sólo me demuestra que el ritmo, la intención y el corazón que se dibuja es lo único que merece de la poesía y, admitámoslo, de toda obra escrita (y sí, de toda obra artística)._atl3197_jpg_20110402133520_1

   Dentro de este supuesto escenario desolador a veces descubrimos joyas brillantes, que quizá merecieran un espacio más amplio, un escenario abierto lleno de ecos y de reflejos. Iñaki Echarte Vidarte, con su estilo único y su ritmo de corazón tibio, a veces caliente como el infierno, a veces frío como el mayor de los dolores, tiene la capacidad de dibujar cada latido, cada sensación, cada desolación como un retrato único, irrepetible y, por ende, eternamente doloso, perpetuamente presente.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco sigue la estela de Blues y otros cuentos y sirve de escaparate para Optimístico, ambos volúmenes a los que tengo gran aprecio. Su estilo en él es hopperiano, casi desolador, desgarrado y sin embargo lúcido, o quizá por ser tan clarividente es más doloroso y arrebatador. Sus juegos continuos con lo que quiere decir y lo que podría sugerir, que dan ritmo y musicalidad (ajá, aquello que busco en la poesía) a la búsqueda del Otro, al amor del Otro, al reconocimiento del Otro, a la entrega al Otro y finalmente al abandono del Otro, nos deja siempre con un sabor agridulce y encantador.

   No es difícil adivinar que el autor escribe con el corazón sobre su corazón, sobre sus decepciones, sobre sus obsesiones también y su búsqueda constante (siempre, siempre) del amor en otros, porque no lo encuentra en sí mismo. Sus poemarios ganan en profundidad, y por tanto en desnudez hasta palidecer y desaparecer, conforme los poemas pasan y las rimas blancas se llenan de movimiento y de arrullo, y se hacen más él y más nosotros.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco habla de todo lo que somos cuando el amor nos ilumina y lo que somos cuando deja de guiar nuestra vida; de la pulsión por encontrarlo y del hastío por perderlo; de esa constante sed por lo que está fuera de nosotros y de la continua ceguera que nos acoge (y quizá a veces la desesperación) cuando no lo hallamos en las fibras de nuestro propio ser, en el tejido sutil de nuestro corazón.

   En esto, como en una conversación lúcida, en una mirada pura e intensa y en una sonrisa inigualable, Iñaki Echarte Vidarte se está convirtiendo, paso a paso, en un maestro.

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