Estar vivo/ Living.

07/09/2014

   10611229_335623413272954_118661708_nLlevo un tiempo replanteándome lo que hago. Pensar que no soy buen profesional me lleva a ello. Saber que no entrego lo mejor de mí es una de las causas que me llevan a sentir lo que siento, sin duda. También el tiempo que ha pasado, el desgaste del día a día; el enfrentamiento constante entre mis miedos y mis potencialidades, los logros y los fracasos, demasiados incluso para mí.

   En este maremoto constante, las peticiones de ayuda, la responsabilidad de llevar sobre los hombros la confianza de los demás, conocidos o no; fuerzas opuestas que desdibujan mis fronteras, que me han llevado a estados de inapetencia y, muchas veces, de negación, que generan más errores y daño a los demás.

   Todo esto hace que desee terminar con mi carrera. Desde hace unos años. Pero continúo aquí. ¿Razones? Muchas, incluso el miedo a afrontar la vida desde otra perspectiva; las responsabilidades familiares son una excusa y un escondrijo, mis errores, sencillas justificaciones; el aprecio o menosprecio de los demás, un acicate para el abandono o la dejadez, que viene a ser lo mismo. Y sin embargo sigo aquí.

   Estos largos meses con mi padre en la UCI, tomando responsabilidades, intentado zafarme de otras; siendo un eje además de un radio de las cosas que pasan; punto de referencia además de actor de reparto, no han ayudado mucho. Y las eternas peticiones de ayuda, porque todos necesitamos consejo y ayuda, sólo sembraron en mí el deseo irrefrenable de salir corriendo y olvidarme de todo, encontrar ese sueño que quizá haga latir a mi corazón, y dejar todo atrás.

   Pero no puedo. No, por ahora. Al fallecer mi padre supe que todo ese tiempo, todos esos años habían tenido esa posibilidad: su muerte señalaba el final de una larga etapa dedicada a sus cuidados, a sus necesidades, a su atención (algo mutuo, pues como padre jamás cesó de, a su manera, proveer mi seguridad). Y es cierto. Pero no del todo. Al menos no por ahora.

   Soy médico. Soy algo más que médico; quiero ser algo más que médico; sé que mis pasos deben ir en otra dirección, pero no puedo por ahora. Por ahora sólo me toca vivir este camino, hasta que el Destino decida cuál es el punto de inflexión, cuándo dejará de ser un abandono y transformase en la máxima expresión de mi vida.

   Vivir es un lío. Intentar hacer lo correcto también. Aún hay personas que me buscan, que me piden ayuda, que están asustadas y buscan en mí una boya a la que sujetarse, un puerto en el que atracar para llenarse de energía y dedicarse a ese camino brutal que es la pérdida de la Salud. Vuelvo a estar en el pasillo de la Salud Perdida, otra vez como portero de entrada y quizá como guía, a pesar de que mis pasos aún resuenan entre la cacofonía de los demás.

   Vivir es un equilibrio delicado. La pérdida de la Salud, el mayor bien del hombre, sigue angustiando, y todos los que me rodean buscan en mí un puente entre la Ignorancia y el Saber, entre la Aventura y la Esperanza.

   Me piden ayuda; intento zafarme; de un bien para mí deriva un mal para otros aún mayor por la tardanza; ese hiato de tiempo perdido está en mi cuenta pendiente, y lastra mi vida normal con pesadillas a veces y  a veces con remordimientos.

   Sigo siendo médico para los ojos ajenos. Sigo representando una artillería de ayuda, una esperanza pírrica, pero la única que creen tener. Y yo no puedo hacer nada para evitarlo.

   Vivir a veces es dejarse llevar por el río de los acontecimientos, adaptarse a la corriente de lo cotidiano hasta que aparece el signo adecuado, el momento correcto. Los pescadores saben tanto de esto como los monjes budistas, y mira que son distintos entre sí. No seré yo quien discrepe de un hecho semejante que se repite hasta el fin del mundo.

   Quizá lo importante es liberarse de las expectativas, o derivar el camino de esos sueños a la realidad más inmediata y plegarse al día a día.

   Ayudaré a todos aquellos que aún ahora piden mi ayuda. La necesitan para encontrar un camino adecuado dentro de la Enfermedad, para conocer cuál es la vía que deben recorrer, para servirles de guía en el Pasillo de la Salud Perdida. Ya he perdido demasiado tiempo corriendo en sentido contrario a mi presente. Lo merecen, porque nadie debe sentirse desamparado ante la Enfermedad.

   Y mientras tanto estaré alerta a las señales del camino, hasta encontrar ese momento en el que el Destino me haga saltar sin red, me indique que es el momento, que es mi oportunidad.

   Así que a volver a poner un poco de pasión, un poco de humildad y un mucho de generosidad… A fin y al cabo, también es una forma de estar vivo.

   10598746_332342670267950_2045040382_nDurante ocho meses mi padre estuvo ingresado en la UCI donde trabajo de médico. Previamente había estado casi otro mes en la planta de hospitalización. Y previamente había superado dos cánceres de distinta localización, dos tromboembolismos pulmonares, varios episodios de trombosis venosa profunda, una pleuresía, varias discrasias sanguíneas, un hiperespelnismo, y tres cirugías previas secundarias todas una enfermedad autoinmune llamada Lupus Eritematoso Sistémico (LES): cuarenta y ocho años de su vida enfermo.

   Decir que mi padre fue un enfermo ejemplar sería reducirlo a poco: nunca perdió la sonrisa, creó una familia, levantó una empresa y se retiró obligado por la enfermedad, más que por otra cosa. Era una fuerza de la Naturaleza. Cantaba con una voz melodiosa y potente, era gracioso hasta la lágrima, le gustaba ser el centro de atención y jamás era aburrido. Formaba con mi madre un equipo extraordinario: pocos he visto, tras cincuenta años de vida en común, quererse como el primer día a pesar de las idas y venidas del Destino.

   Ellos estaban hechos el uno para el otro. Cómo se les iluminaban los ojos cada vez que se veían por las tardes mientras estuvo ingresado en la UCI: de hecho, el mayor tiempo que estuvieron separados en ese medio siglo de vida en común fueron estos últimos ocho meses. Y ni aún así pudimos separamos más tiempo, ni siquiera en su final.

   Cuando estamos acostumbrados a la presencia continua de la Enfermedad, hay cierta indulgencia y cierta desazón que se hermanan de forma extraña. Por un lado temerosos de una nueva embestida, que quizá sea la postrera (como ha ocurrido esta vez) por otro, cierta minimización de los síntomas que hacen que a veces no nos demos cuenta, o dejemos un poco de lado, lo que ocurre.

   Mi padre era una de esas personas que no se quejaba. No tuvo casi nunca dolor, su cuerpo a pesar de la eterna Enfermedad, era una obra de la bioquímica: sanaba en pocos días, tenía un umbral del dolor altísimo (no necesitó casi nunca analgésicos) y una capacidad de recuperación asombrosa. Durante su estancia en la UCI superó, amén la infección respiratoria que lo llevó a a ingresarlo, cuatro episodios de Shock Séptico y dos episodios de bloqueo cardíaco. A las pocas horas de su recuperación ya estaba preguntando, con hambre, qué le dábamos de comer.

  Y sin embargo pasó ocho largos meses ingresado en la UCI, al cuidado maravilloso de un equipo que se desvivió por atenderlo, y del que yo fui motivo y causa de preocupación constante. Ser parte del equipo médico que debía atenderlo, aunque yo sólo me ocupaba de él en la guardias, me causaba cierto desasosiego: cada uno de los integrantes de la UCI, desde la limpieza, pasando por la celaduría, la auxiliería, enfermería y médicos, también se sentían en parte responsables por ser yo parte del equipo en un principio, y porque mis padres se los metieron en el bolsillo (siendo simplemente lo que han sido siempre), después.

   Cualquier enfermo grave crea desazón en su familia; cualquier enfermo grave que está a nuestro cargo nos causa preocupación. Pero en estos meses esa inquietud se multiplicó exponencialmente, pues cada decisión era sopesada muchas veces; cada paso siendo muy analizad; cada respuesta a sus problemas, un acto de raciocinio aún mayor que en otros casos, donde la opinión de un neófito se pondera en la confianza al galeno; como yo era uno de los médicos, capaz de prever sus problemas y sus posibles salidas, cualquier decisión que no supondría una lucha traía consigo una carga mayor de estrés. Y desde aquí quiero pedir disculpas a todo el inmenso equipo de la UCI de Santiago de Compostela por ello. Y mi eterno y profundo agradecimiento.

   Hace ocho meses empezó un extraño viaje. Vi a mi padre casi todos los días, mañana y tarde, y durante las guardias por la noche y la madrugada. Intentaba estar para lo que necesitase; intentaba hacer entender a mi familia que, una vez pasado el momento de gran esperanza, la posibilidad de que no saliese vivo de allí era mucho mayor.

   Con la ayuda de todos, sí, pero bajo mi responsabilidad, una a una de las decisiones médicas fueron contando con mi permiso; una a una de las decisiones de cuidado de enfermería me eran consultadas; en general, procuré dar mi opinión pensado en mi padre y en mi madre y hermano más que en mí mismo, y lamento las veces que crucé el umbral del intrusismo: me pudieron la emoción y los nervios.

   No ha sido un período fácil. No imaginé nunca que pasara. Ni tampoco, una vez ocurrido, que lo fuese. Y sin embargo mis padres, perfectos emigrantes en su día, supieron plegarse a esa realidad, tanto, que transformaron la UCI en una especie de extensión de su sala de estar: todos venían a saludar, todos se quedaban para charlar un buen rato; chistes, ocurrencias, anécdotas, fotografías, descubrimientos, lágrimas y risas se sucedieron como los bizcochos, las rosquillas, los fiambres que mi madre pacientemente (y con gran cariño) iba haciendo cada tarde para compartir esas horas todos juntos. La rehabilitación, cuyo fisioterapeuta fue un regalo del cielo, los vaivenes, la desesperación también y la esperanza: en más de doscientos días todas las emociones humanas hicieron su particular parada de sentimientos y dejaron en mí honda huella.

Todo vivimos una muerte desde nuestra propia perspectiva. Ese viaje es más extraño siendo médico, siendo responsable a su vez de las decisiones que se toman en cada dirección hacia la recuperación de la Salud, y llegado el caso, en las decisiones que se toman una vez cesan todas las esperanzas por encontrarla. Me llevó ocho meses llegar a ese punto, y aún así, fue una decisión tomada en familia, pues no cabía nada más que dejarlo ir en paz.

Tras una gran lección como fue su vida, el momento de su partida fue dulce y triste. No sufrió, y la vivimos los tres: mi madre, mi hermano y yo junto a él, hasta el último suspiro. La muerte de mi padre pudo ser lo que siempre he deseado que fuese la de cualquiera: tranquila, sin estorbos ni ruidos ni alarmas, rodeados por aquellos a los que más se quiere, sin sufrimiento añadido, con sentido y sensibilidad, y con calma.

Y aún así, ese extraño viaje no ha hecho más que seguir en mi interior. Sé dónde cometí errores y el porqué. Y sé que pudiera haberlo hecho mejor, y sé que hubiese sido posible cometer más errores. No habrá ningún día que pase en que no me dé cuenta de algún tropiezo, de algún desliz. Y que ya nada puedo hacer para remediarlo.

Sobre todo para no volverlos a cometer con nadie, paciente o amigo, allegado o familiar, que confíe tan ciegamente como mis padres y hermanos hicieron conmigo.

Gracias a todos los que una vez trataron a mi padre. Gracias a todo el inmenso personal de la UCI que puso todo su cariño en cuidarlos, en mimarlos, en hacerlos sentir queridos: nunca sabrán cuánto afecto les profesan mis padres por ello. Ni sabrán nunca los grandes maestros que han sido para mí en estos largos meses juntos. Este extraño viaje no sería lo mismo sin ellos, y menos mal que he contado con ellos para seguir adelante.

Ni un día pasará sin que este extraño viaje termine. Y espero que, como todo en la vida, sea para bien.

Muchas gracias.

   bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

   b77e1390892611e3a6700a6ec22b36e0_8Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Cama 15. Domingo, seis de la mañana.

   Ingreso. Insuficiencia respiratoria aguda.

   Probable neumonía.

   Al paciente le falta el aire. Intenta buscarlo como puede moviendo el tórax, moviendo el abdomen, agitando los brazos, tensando los músculos del cuello.

   Fiebre.

   La barahúnda de un ingreso. El equipo siempre presto. casi perfecto.

   Lunes por la mañana. Sigue respirando con dificultad. Sigue usando los músculos del cuello, los músculos del pecho, el abdomen ya cansado. Suda; perlas de agua caen sobre su frente y llegan hasta los ojos, que también lloran, no lo va a negar.

   Anegan su garganta, llena de sequedad sin que le entre una gota de aire.

   Pasa su mujer. Celebrarán 49 años de casados en menos de dos meses. Amor sin decir palabras. Sólo en la mirada. Se entienden aunque no entienden lo que ocurre. Esa frágil delicadeza de la Salud, de la que nunca han podido gozar mucho. Y que se rompe con tal facilidad. Cosa que sí saben bien.

   Amor. Que llora y no habla, que se toma de la mano y se acaricia. Muchos años de historia juntos, muchos años sin dejar de verse, dejar de hablarse, dejar de sentirse. Y ahora esto.

   Se despiden como pueden llenos de cansancio: uno por la salud perdida, la otra por la ignorancia, la duda, el miedo. Y ambos por el abandono.

   Y tubos. Por la garganta, por la nariz, por el cuello, por las muñecas. Y máquinas: que dan oxígeno, que mejoran la tensión arterial, que dan alimento, que mantienen vidas. Vidas que se van desgastando y dejan de ser lo que eran para transformarse en algo más, que no saben aún qué es.

   En la cama 15 todo es una preocupación. Y una dedicación única. Una entrega completa.

   Y ella fuera. Y él dentro, sedado, conectado a máquinas que respiran por él, que sueñan por él, que sostienen un aliento que ya le falta.

   Y ella afuera. Sin saber nada. Llena de la delicada fragilidad del amor, que parece durar por siempre y que tan fácil se rompe. Como la Salud. Y también a veces la vida.

   Siempre hay vida. Porque hay amor. Sé que se lo dice. Sé que lo piensa. Sé que no duerme pensando en eso. Sé que cree en un mañana diferente, cuando todo pase y el trabajo de mil hombres haya cesado ya y estén de nuevo juntos, para llegar a medio siglo de vida en común,  y continuar hablando ente ellos, entendiéndose con la mirada y tocándose las palmas de las manos, los latidos del corazón.

   Pero el tiempo fluye con un ritmo suyo, que le es tan propio: tan rápido para unos, tan tormentosamente lento para otros.

   En el Pasillo de la Salud Perdida, ella piensa en la vida que se escapa y en lo que ha sido hasta ahora. Y llora. En silencio. Y se sorbe las lágrimas. Y calla. Y respira lo que él no puede inspirar, y espera a que despierte de nuevo y vuelva a ella.

   Él, con esa frágil delicadeza que es la Salud perdida, duerme tranquilo. No sabe que le espera una recuperación lenta, muy lenta, en la que no tendrá ánimos y que le exigirá lo que queda de su exigua anatomía. No sabe que una neumonía puede matarlo, como pudo haber muerto en cualquier sitio a cualquier hora. Menos allí.

   En la cama 15 se oyen alarmas. Y el vaho del respirador. Y los números del monitor parecen descansar.

   Él es mi padre, que espera a mejorar. Ella, mi madre, que espera a que todo pase, para volver a empezar.

  Y yo, entre ellos y todo lo demás, pensando y sintiendo sufrir, en un puente que entiende pero que no puede hacer ver lo que ocurre; que sabe pero que no puede decir lo que piensa. Callando. Y esperando, como ellos, lleno de suspiros.

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Pero no sólo el VIH. También el virus de la Hepatitis C (VHC), el virus de la Hepatitis B, y el resto de enfermedades transmitidas por contacto sexual o por drogas por vía intravenosa. Todas las acciones con riesgo disminuyen nuestra capacidad como seres humanos, por más excitantes y adrenalínicas que nos parezcan.

   Ser responsable con la vida, no sólo con el aborto. Ser responsable de la vida de los otros, pues cada vez que nos acercamos a alguien lo hacemos acompañados de todos aquellos con los que hemos convivido íntimamente, aunque fuese sólo un fogonazo de placer.

   Y con la investigación, y con la falta de Salud.

   DSC00223Llevo viviendo en España más de 20 años. Y he visto de todo varias veces repetido. El dolor de la incomprensión terrorista; cientos de vidas segadas por el ansia de lo diferente; el dolor de un país por el asesinato de un joven concejal; las lágrimas de un terremoto; la marea negra del progreso; el infierno de Atocha. Y he visto cómo de la oscuridad nace la luz, lenta y misericordiosamente.

   Y es algo que siempre les pasaba a otros. A capitales importantes, a centros de poder, a lejanas zonas.

   Pero no.

   El descarrilamiento del tren de alta velocidad a las puertas de la ciudad en la que vivo, por los motivos varios que sean (porque nunca se debe a un solo error, si no a una concatenación de ellos), me enseñó que, por más pequeña y empeñados en que la veamos insignificante ciudad, la tragedia también llega a Santiago de Compostela pare recordarnos, como ya cantaba Rosalía hace dos siglos, que la Negra sombra se acecha con Galicia y que siempre le hará sombra.

   Yo estaba aquí sentado ayer a esta misma hora. Comencé a oír sirenas y el murmullo del helicóptero. Qué raro. Inmediatamente pensé en mi compañera de guardia en la UCI del hospital. Menudo día para estar de guardia: una fiesta que se ha hecho mundialmente conocida, muy visitada, y por encima un accidente temprano, antes de los festejos. Menuda noche.

   Menuda noche, sí señor.

   Poco después vi la noticia en la red: un tren había descarrilado y se contaban cuatro muertos. Y ya me puse en alerta. Aunque puede que no fuese a más. Cuando las noticas, raudas, aumentaban el volumen de lo acaecido, mi madre me dijo si no debería ir al hospital. Yo dudaba. Pero me aferré al sentido común: salvo ser llamado, estorbaría si no era necesario.

   Pero esa duda no cuajó mucho en mí. Sonó el móvil y ya no tuvimos parada. Había llegado un momento único que casi nunca se vive.

   – ¿Puedes venir al hospital?

   Por supuesto, no hubo duda.

   – Voy.

   Diez minutos y entraba corriendo por Urgencias. Y fue como toparse con un trocito del horror. Enfermos que entraba y salían, personal sanitario afanado, sangre por todas partes y cierto caos. Suponíamos que era grave, pero aquello era más de lo que creíamos. De hecho, aquel montón de traumatizados era la punta del iceberg.

   Inmediatamente pregunté dónde era útil. Mi jefe me indicó que subiese a supervisar la UCI siendo que la médico de guardia estaba allí en Urgencias. Allá me llegué: comprobé que mis compañeros de refuerzo no necesitaban más ayuda y volví a chequear aquellos enfermos que podían ser llevados a habitaciones normales donde el resto de compañeros médicos y enfermeras estaban dispuestos a recibirlos.

   Pero yo no me podía quedar encerrado en la UCI a la espera de lo que iba a llegar. Así que bajé a Urgencias y me uní al grupo de mis colegas Intensivistas. Estaban con un enfermo: Desconocido 2. A su lado estaba una de nuestras enfermeras, que se había quedado como el resto de sus compañeras para apoyar al turno de noche: el mismo ejemplo lo siguieron los auxilaires clínicos y los celadores. De lo más pequeño a lo más grande todos, todos estábamos allí.

   Gritos, desesperación, sufrimiento, sangre derramada, pérdida de conciencia, estremecimiento y miedo: así era Urgencias. Nos dividimos el trabajo: grupos de médicos y cirujanos para cada enfermo. Como eran traumatizados, era necesario hacer pruebas radiológicas. Todo el equipo de rayos estaba preparado en la planta siguiente de la que estábamos para hacerlo. Y gracias a mis compañeros, Desconocido 2 y yo éramos los primeros listos para ir hacia allí. Así que nuestra enfermera intensivista y yo lo acompañamos.

   Una vez en la planta tuvimos que esperar. Un enfermo más grave bajó en el otro ascensor. El médico de Urgencias que lo llevaba me pidió ayuda. Y así, sin saber cómo y sin comprenderlo, me di de bruces con la realidad de estas situaciones de apremio y certeza: la propia vida, la propia situación, nos pone en nuestro sitio.

   Los enfermos comenzaron a bajar y en un pestañeo ella y yo estábamos a cargo de diez. Debíamos clasificar quiénes deberían ir primero a hacerse las pruebas y terminar, o bien ingresados en UCI y Reanimación, o bien ir directamente a Quirófano.

   Y había que atenderlos, porque necesitaban de nuestros servicios especializados.

   Todo funcionó maravillosamente. Nada estaba planeado, pero el sentido del deber y de Servicio, eso que nos ha llevado secretamente hasta allí y que siempre está escondido en la mediocridad del día a día, afloró y nos guió en aquel instante de locura.

   Los radiólogos informaban al instante, los auxiliares y técnicos se portaban a las mil maravillas, las supervisiones de enfermería me ofrecieron toda la ayuda, y la enfermera intensivista, de esas mujeres estupendas que valen para unas buenas risas y para el trabajo más arduo, me facilitaron una labor que no pedí, que no busqué, pero que me salió al paso.

   Allí conocí a Lluis, con un gran tajo en el tórax, respirando con dificultad. Y a José María y a Aurora, que temblaba como una hoja por perder tanta sangre. Y a Iago, que lloraba por dolor y la falta de vida. Y a Markus, de apellido impronunciable, en un español simple que le bastaba para comunicarse más o menos claro, con un gran hematoma en el abdomen y sangrando a chorro por él.

   – ¿Hablas inglés?

   Le pregunté. Él asintió. Fui incapaz de pronunciar su apellido en alemán. Le dije que si no le molestaba, sería Markus para todos y casi sonrió.

   Llegó el jefe de Cirugía apremiando porque había que cortarle la hemorragia y el resto de su equipo. Les enseñé aquellos que ya tenían las pruebas. Los anestesiólogos que empezaron a  bajar con sus pacientes asignados tomaban también nota de esa pequeña fila de enfermos que teníamos en los pasillos de Rayos. Y le tocó el turno a Markus.

   Lo llevamos hasta la camilla del TAC. Recuerdo que le apreté la mano y le guiñé un ojo. Y le dije que ahora le íbamos a hacer un escáner y después iría al quirófano y que el dolor pronto pasaría. Me miró a los ojos y asintió. Creo que me creyó. Eso espero. Me llamaron para que atendiera a otra urgencia y nunca más supe de él.IMG_6044

   Cirujanos, Traumatólogos, Anestesiólogos, Internistas, Vascualres, Torácicos, Neurocirujanos Intensivistas, Urgenciólogos: todos estábamos allí. Todos teníamos algo que hacer. Y Enfermería y Auxiliería y Celaduría se multiplicaban como por ensueño. Y las Asistentas de limpieza, que bregaron con la escasez de personal para que todo estuviese lo más limpio y aséptico posible.

   Todos, todos teníamos quehacer. Y ni una queja, ni una palabra más alta que la otra. Trabajamos al unísono, como un mismo cuerpo, un mismo brazo, un mismo corazón. Los auxiliares administrativos intentando verificar los nombres de los enfermos, y dibujando estructuras de ayuda para los familiares desesperados y perdidos. No fue perfecto, pero fue único.

   Ni un suspiro de cansancio: no teníamos tiempo ni para respirar. Aquí y allí estábamos todos al quite. Y Desconocido 2 ya en su cama de UCI esperando el bautizo de su nombre.

   Sin embargo, en medio de la refriega yo lo observaba todo y me observaba a mí: mis miedos, que quedaban atrás, mis tristes torpezas, y ese impulso, porque es lo que tironeaba de mí y de todos, de Servir, de Aliviar, de Sustentar… En la Negra Sombra surge lo mejor de cada uno y qué pena que necesitemos de esas sombrías horas para que salga todo a la Luz.

   Pero allí estábamos.

   No todo estaba arreglado. Pero los cientos de heridos estaba ya ubicados y tratados. La treintena de heridos graves iban y venían de Quirófano; los muertos también tenían su sitio, y las esperanzas y los sufrimientos familiares también.

   A las cuatro de la mañana volví a casa. No podía con las ganas de llorar. Y aún hoy no puedo y no sé la razón. No soy de llanto fácil y sin embargo no puedo hablar de esto sin emocionarme.

   Pensamos que sólo le pasa a otros, a ciudades grandes, a grandes momentos de la historia. Pero la Historia que se teje de pequeños instantes, a veces nos lanza una ráfaga semejante para que todo cobre una nueva perspectiva: de la Negra Sombra emerge la Brillante Luz. Y aquella era una hora oscura.

   Afuera se había levantado el viento. No hacía calor pero tampoco frío. Y empezaba a caer el tan famoso orballo galaico. Y recordé lo mucho que esta mi tierra sufre, la indiferencia de todos los gobernantes que en España ha habido, y la resistencia pétrea de mis paisanos. Yo soy como ellos, aunque mezclado con aires caribeños; yo soy como ellos en el aguante, en la sabiduría de ceder a la fuerza del viento y en la resistencia granítica al paso del tiempo.

   Me preguntan a veces porqué los gallegos son tan desconfiados: siglos de historia lo avalan. Y sin embargo, en compensación, son los más entregados y, siendo diferentes, saben ver en esas diferencias la igualdad que nos une.

   Temblaba. Pero no era de cansancio, ni de miedo, ni de frío. Era de tristeza y de alegría, de esa extraña saudade tan propia de estas tierras, y de dolor también.

   No sé si lo he hecho bien; ignoro si mi actuación fue la correcta o la que se esperaba de mí. Sé que pude hacer más. También sé que podía haberme quedado en casa, pero quién puede engañar al corazón.

   Soy médico, a veces contra mí mismo. Y sé que aunque no ejerza más, mi corazón late por la vía de ese servicio y siempre saltará la vena sanitaria cuando alguien necesite ayuda. Y eso me entristece, no lo voy a negar, porque nunca estaré a la altura de otros mis colegas. Y, sin embargo, también me reconforta y me hace reír: de la Negra Sombra emerge, sin yo quererlo si quiera, la Brillante Luz. Y ya no lucho contra ello.

   Espero que Markus haya salido indemne, y que ahora Desconocido 2, ya con nombre, vaya adelante. Y muchos de los cientos que pudieron sobrevivir a nuestra experiencia de humanos. Y mientras eso ocurre, me arrebujaré en mi rincón, viendo a las estrellas, para llorar un poco, niño llorón, por todos los que han sufrido y los que sufrirán por nuestros devaneos y nuestros errores.

   Por ellos, y por la generosidad de los ciudadanos de Santiago de Compostela, y por ese inmenso grupo de sanitarios venidos de cualquier parte, contratados, con plaza fija, en paro o de vacaciones, en cuyo corazón late, como en el mío, la sangre del Servicio y del buen hacer, dedico estas pocas líneas sin sentido alguno, pero llenas de corazón.

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