1743743_10205718141489730_4088342156394204969_n Después de dos jornadas de trabajo en Dublín, llegó el momento de ir al aeropuerto. Pedí un taxi en la dirección del hotel. A las cuatro de la mañana estaba ya en la puerta. El taxista me saludó con un movimiento de cabeza y me señaló la puerta. Subí (esta vez por le lado correcto del coche) y arrancamos.

No suelo dar conversaciones. Mi timidez me frena, pero también mi falta de descanso. A esa hora, menos. Y sin embargo, el caballero que me llevaba estaba dispuesto a una buena charla, o al menos a un largo monólogo.

Mi inglés, algo oxidado, necesita de un par de días para engrasarse y empezar a fluir con algo más de entendimiento, así que al menos estaba preparado para seguir, con frases cortas, la animada cháchara del taxista. Esto le dio alas, y me hizo sonreír.

Un hombre afable, pelirrojo, cerca de los sesenta años, taxista de toda la vida, comenzó su interrogatorio con las consabidas preguntas sobre destino, nacionalidad y, debido a mis respuestas, sobre el estado económico del país y sus paralelismos con Irlanda. Me comentó que sus hijos se habían tenido que ir uno a Estados Unidos y otro a Australia para escapar de la crisis de la que el país ya se estaba recuperando (y bien). Después entró en el tópico de la causa de mi visita a Dublín: trabajo. ¿Qué tipo de trabajo? Médico.

– ¡Oh!

La expresión, por lo demás muy popular en el mundo anglosajón, fue dicha con un deje de admiración que me alertó. No es que me parezca que ser médico sea algo fuera de lo común (conozco a muchos que lo son), pero aquí en España ni es algo importante ni desde luego, pese a la responsabilidad que tenemos, se nos valora de forma acorde a ella. Por eso llamó mi atención su reacción al saber a qué me dedico la vida.

Después de una perorata donde mezclaba sus teorías sobre la Medicina, su experiencia sanitaria y familiar al respecto, me dijo que admiraba mucho la labor que hacíamos, que no era  fácil llegar hasta donde yo había llegado y esas cosas. Yo sonreía. Hasta que mencionó a mis padres.

– Sus padres deben estar muy orgullosos de usted.

Durante unos segundos no supe responder. La urbanidad salió en mi defensa, sonreí y cabeceé afirmativamente. Le dije que sí y una sonrisa amplia surcó su rostro, con esa condescendencia que nos llena cuando sabemos que tenemos razón y se nos ratifica.

Al poco tiempo me dejó en el aeropuerto.

– Vaya por allá, que están los mostradores de British Airways. Y que tenga muy buen viaje.

Nos despedimos dándole las gracias y desapareció de mi vida para siempre dejándome, sin embargo, algo en lo que pensar a esas horas intolerables para el pensamiento razonado y razonable.

Mientras hacía la interminable cola para ser registrado y acceder a las puertas de embarque, me puse a pensar en lo que me había dicho el taxista.

¿Mis padres orgullosos de mí?

Nunca se me había ocurrido pensarlo.

¿Había trabajado tanto (para lograr tan poco) pensando en ello? ¿Todos esos años de esfuerzos, en los que sin duda me apoyaron quizá demasiado, significaban algo más que llegar a un fin (que nunca se alcanza por completo)?

No lo sé. No sé si he estado demasiado embebido en conseguir llegar al final de una carrera tan larga (que se ha llevado mi vida en ella), o a que ni se me había pasado por la cabeza valorar el impacto que mis esfuerzos pudiesen tener en otros, sobre todo en mis padres.

¿Estoy orgulloso de mí? No. ¿Deberían estar ellos a su vez de mí? ¿Y por qué?

Estando ya instalado en el avión de vuelta a casa, esa idea seguía instalada en mi cabeza.

¿Era para estar orgullosos? Por descontado he intentado que mi vida significase un mínimo impacto en las suyas, desde que tengo memoria he intentado adaptarme a las exigencias de sus vidas antes que de la mía, he intentado ofrecerles todo lo bueno que ha llegado a mi vida porque la mía es fruto de la suyas; he procurado darles los menores dolores de cabeza, las mínimas preocupaciones…

¿Eso era ser un buen hijo? Alcanzar una carrera, trabajar buenamente en ella, ¿era para estar orgullosos de mí? Ser médico, que para mí es algo tan banal que ni pienso en ello, ¿es causa suficiente para que mis padres se sintieran felices de una labor bien hecha?

No se me había ocurrido… Y sin embargo recordaba a mi padre, ingresado en la UCI, cuando hablaba con todos mis compañeros, tan resuelto y lenguaraz como era, sobre su via, su amor por nosotros, la emoción con la que empeñaba cada palabra, y mi madre sentada a su lado, interviniendo con emoción similar y asintiendo…

Estaban orgullosos de mí. Podría ser más alto o más guapo o ganar más dinero o ser más amable o más simpático o más empático o más discreto. Podría ser mucho mejor en todos los aspectos de mi vida. Pero así como era estaba más que bien, y era motivo de alegría y de un sereno orgullo que llenaba de alegría esas vidas que siempre he deseado fuesen tranquilas, bellas y perfectas.

El avión levantó sus alas y Dublín se fue haciendo cada vez más pequeña conforme surcaba el cielo.

Nunca me había parado a pensar en algo tan sencillo como eso. Jamás lo había esperado, y conscientemente nunca hice nada por alcanzarlo. He intentado ser la mejor persona que he podido, aprender de mis errores, darme cuenta de mis defectos e intentar mejorarlos, adaptarme a lo que la vida me ha ofrecido, y estar agradecido cada día de la hermosa familia que me ha sido dada y que cambia, como cambiamos todos, con el vaivén de los años.

No sé si es importante. No sé si buscamos en el fondo ese reconocimiento que no es más que hacer las cosas bien hechas, o lo mejor que podamos. Pero el señor taxista me dio una lección esa madrugada que yo no había pedido y en la que nunca había reparado.

Mi calidad laboral es terrible, mi propia vida es un pequeño caos. Eso es para preocuparse. Pero en realidad su importancia es mínima: son circunstanciales, destinas a cambiar, a desaparecer, a mutar. Pero recordar esas sonrisas, esas miradas, ese sutil sentimiento de labor bien hecha, de bien alcanzado y pleno…

He hecho siempre todo lo que he podido por devolver al menos una mínima parte de lo que la vida, tan generosa, me ha regalado. Y ellos eran el mayor motivo, y siguen siéndolo.

Creo que están orgullosos de mí. Yo lo estoy de ellos. Y eso es lo que, al final, cuenta.

Prólogo/ Prologue.

11/03/2015

IMG_4421 Las horas pasan con lentitud. Pegadas unas a las otras, simulan un solo bloque visto en perspectiva, cuando la guardia termina y los problemas puntuales y los riesgos adquiridos quedan por fin atrás.

Lo mejor de una guardia es que salimos de ella. No hay mayor sensación en la vida (de eso puedo estar casi absolutamente seguro) que la renovada libertad y el arrebato de alegría que nos embarga cuando conseguimos salir del hospital una vez finalizados los períodos de diecisiete o de veinticuatro horas de trabajo. Nos sentimos invencibles aunque vulnerables; cansados pero aliviados, y nada, ni siquiera el error más nimio (aquel que rondará por la cabeza una vez haya reposado unas horas) puede corroer la completa epifanía de ese instante, que es un momento sagrado. Sentir los rayos del sol, la frescura de la lluvia o un arrebato de viento en la cara no tiene precio. Yo suelo elevar mi rostro al cielo, agradecer ese final épico que secretamente espero desde el comienzo de mi turno de trabajo, y me dejo acariciar por la Naturaleza, arrullar por el juego del viento entre las ramas de los sauces de mi jardín; y cierro los ojos, guardando silencio en honor de esa comunión más pura que ninguna, y dejando que el cansancio lave mis energías gastadas dando tumbos mientras camino en dirección a mi hogar.

Nada de eso se dice en las facultades de Medicina. No se comenta la lucha diaria contra las adversidades no ya de la Enfermedad, sino de las causadas por los propios seres humanos; el miedo ante situaciones difíciles; la amarga responsabilidad, representada por todo un equipo que espera las órdenes precisas para cumplirlas de inmediato, y sus resultados evidentes al poco tiempo; los roces cotidianos, que llevan a amistades cómplices o a equívocos enconados; el sacrificio que significa Servir, en su concepto más amplio y casi místico. No se enseña las realidades del mundo, ni que las enfermedades no siempre son como se reflejan en los libros. La Naturaleza no es lineal porque no es perfecta (aunque su inclinación propia sea al puro equilibrio); la Medicina de las aulas no es más que un compendio de signos y síntomas comunes, generalizados, medidos con el peso de la frecuencia. Pero las excepciones son muchas, tantas que no cabrían en los extensos tratados que manejamos diariamente; por eso se escriben artículos, se describen nuevas variantes, presentaciones novedosas, nuevos descubrimientos que llevan a sintetizar lo que, por lo demás de una forma un tanto ufana, llamamos Literatura. Médica, se entiende; aunque muchas veces, en conversaciones con otros colegas, parece ser la única que existe. Eso y el fútbol, claro, y la política (hospitalaria y general) y los chismorreos de turno. La vida hospitalaria no es como la vemos en las series de televisión: es más aburrida y, a la vez, más apasionante. Pero casi se le parece.

Creo que eso es lo que se debería enseñar en las facultades. A enfrentarse con los problemas básicos, que ignoramos al empezar la residencia después de aprobar el muy famoso examen MIR; a saber identificarlos y resolverlos y también a sobrellevarlos; en fin, no sólo deberían ser clases para oír a alguien balbucear palabras ya escritas y descritas tiempo atrás por otros más avezados o con mayor suerte de preocuparse, reaccionar, describir y luchar contra una enfermedad que adivinan nueva y que toman como causa vital; sino para saber cómo encarar y actuar ante un paciente sin parecer lo que, con claridad, salta al ojo más ciego: que somos novatos en todo.

De esto se puede deducir la pobre opinión que tengo de las escuelas de Medicina españolas; y es cierto. Alguien me dijo una vez (médico, claro), que estudiar esta carrera en España es bastante fácil: se echa a rodar un melón desde el primer año y llegará rodando al último casi sin ningún tropiezo a poco que ponga de su parte.

La educación universitaria en Medicina es pobre, aburrida, caduca y carece de conexión con la realidad. ¿Raíces del problema? Probablemente formas de enseñanza heredadas del pasado, junto con ciertas plazas de profesorado; y ese sentimiento de exclusión que se respira entre las gruesas paredes de los claustros universitarios.

Generalizo porque es lo común. Las excepciones, de haberlas, destacan por sí mismas, y no hace falta señalarlas. Lo que sí es cierto en el batiburrillo de la Medicina de pre-grado es que exige tiempo, mucho tiempo a veinteañeros con poca paciencia y muchas ganas de vivir los primeros sorbos de libertad; y una claridad de ideas que tantos apuntes y nombres y folios y exámenes no permiten tamizar con cuidado. Pero lo mismo se puede decir de las Ingenierías, del Derecho, de Historia o de Farmacia. El que crea que todo se resuelve con poco esfuerzo es un candidato al lastre universitario; y en España existe una cierta y vergonzosa tradición, y es que la gran mayoría de las carreras no se acaban en el período establecido; se dilatan en el tiempo. Eso no existe como regla en otros países; y puede que en esto, como en otras tantas cosas, el viejo tópico de que España es diferente se cimente sobre fondos reales.

Pero, de todas maneras, no creo ser el mejor de los ejemplos para alzar mi dedo crítico, pues me llevó (por distintas circunstancias de la vida) el doble de tiempo terminar con mis seis años de formación pre-grado. Y mis calificaciones nunca fueron estupendas; seguramente por culpa mía, pues no se puede esperar mucho de un examen que sólo se lleva preparando una semana. Ésa era mi media. Cuando conseguía sobrellevar la apatía del estudio, y alcanzaba el más que suficiente período de dos semanas (o incluso tres) de preparación, las notas mejoraban apreciablemente. Pero un vistazo a mis calificaciones arroja como resultado que esos arrebatos de responsabilidad fueron bastante escasos, si no casi excepcionales, y que estudiaba obligado más por las circunstancias prácticas y por una conciencia pesada como el plomo, que por placer.

Lo mismo se puede decir del período de preparación del MIR. Si hubiera sabido lo que me esperaba en el pos-grado, hubiera puesto más empeño y hubiese sufrido menos en ese duro período de prueba que es inhumano y que tensa los nervios hasta el paroxismo. Existe mucha mitología con respecto al examen MIR, como en toda oposición que se precie. Múltiples rumores; recetas mágicas; datos y estadísticas que manejan diligentemente las academias preparadoras: verdaderas rémoras del bolsillo de la ciudadanía. La preparación de cualquier oposición, tenga el nombre que tenga, aunque difícil y autoexigente, debería estar exenta de tanto fariseísmo que sólo busca beneficios a costa de sembrar el miedo y la desesperanza. Estoy en contra de todo sistema alienante. Y la mayoría de estas academias lo son. Se inventan métodos; emplean conexiones en la cosa pública; manejan informaciones tamizadas y reformadas: por una módica suma, casi garantizan un éxito que, en realidad, sólo está supeditado al individuo que realiza la prueba opositora.

Tuve yo dos oportunidades de vivir esa experiencia. La primera vez que presenté dicho examen no tenía la cabeza en su sitio. Estaba descentrado, cansado; recién liberado de los grilletes de la facultad, la sola idea de encadenarme a esa nueva forma de tortura rebelaba ira en mi interior y me complicaba la existencia. Parte de mí sabía que, si deseaba ejercer, era la única vía que tenía de hacerlo (merced a una famosa ley que se construyó para reformar el poco carácter práctico de una carrera eminentemente práctica); otra parte de mí sospechaba que sería demasiado desastroso como médico en activo. Y otra parcela, mucho más pequeña pero no por eso menos ruidosa, estaba harta de tanto lío y sólo quería que la dejasen en paz. Ésa llevaba la voz cantante. Pero ni así. La primera vez que me presenté tuve suerte en el MIR de Familia, como habitualmente llamábamos a aquel examen que aseguraba 3.000 plazas para desarrollarse como Médico de Familia (o de Atención Primaria) y que ahora ya no existe; pero renuncié a esa posibilidad porque me veía incapaz de enfrentarme al paisano de a pie casi con las únicas armas de mi conocimiento (que a la sazón, juzgaba demasiado endeble); así como a otras razones de índole familiar, que han seguido marcando mi destino desde hace ya algún tiempo. Así que renunciar a esa plaza me pareció lo adecuado; claro que no pensé que a otras diez mil personas se les ocurriera lo mismo. Cuando llegó el turno del MIR de Especialidades, con sus 3.000 plazas propias, tuve a bien quedarme fuera por cuatrocientos puestos, cosa que no estuvo mal visto el desastre de preparación que hice, pero que me dejaba en jaque por un año, sin posibilidad de trabajar y sin otra cosa que hacer que dedicarme de nuevo al estudio.

Los miembros de la academia en donde malamente preparé dichos exámenes nada me dijeron de bueno al respecto (tampoco merecía una palmada en la espalda); más bien todo lo contrario. Me parecieron unos ineptos y juré no volver a pisar sus instalaciones virtuales nunca más (la sede oficial de la susodicha academia estaba ubicada en Madrid, y lo que hacía era mandar a sus profesores una vez a la semana a los distintos puntos del país en donde dichas sedes virtuales estaban establecidas.) Más me valdría haber cerrado la boca.

Entre medias, opté por asistir a una entrevista de trabajo que organizaba una conocida industria farmacéutica. Fui a regañadientes, acuciado por la necesidad de trabajar y de aportar ayuda económica en mi casa. De hecho, la cita fue pedida por mi padre, un antiguo y exitoso profesional de las ventas del sector agroalimentario.

La reunión se llevó a cabo en el mismo local que servía de sede a la desalmada academia preparatoria. Aquello no podía deparar nada bueno. Nos reunieron a aquel grupo variopinto de personas disfrazadas con trajes de chaqueta de entretiempo otoñal, en uno de esos salones con forma de mesa redonda, presidida por una ejecutiva disfrazada de hombre, o como una mujer mal informada piensa que debe vestir un hombre si un hombre ocupara su puesto de seleccionadora de personal. Yo ignoraba lo que hacía aquella mujer allí, salvo lo que le oía explicar en un tono de voz monocorde, acorde con el horario de la entrevista (justo después del mediodía.) Hacía bastante calor en aquella sala, o al menos eso creía yo; no estaba muy nervioso puesto que no me jugaba nada. O eso creía.

La entrevista en sí misma no era personal, o al menos no en aquella primera etapa. La idea de aquella reunión era medir nuestros conocimientos de un fármaco determinado y calibrar nuestras distintas ideas y formas de expresarlas. Por norma general, soy excesivamente tímido. Lo que muchas veces pasa por distanciamiento no es tal; mi timidez casi enfermiza se alía con mi enfermiza miopía, y esto hace que prefiera pasar desapercibido. Aunque pocas veces lo consigo porque, por el contrario, soy bastante alto y desesperadamente torpe: una mezcla explosiva que termina atrayendo la atención sobre mí sin pretenderlo en lo más mínimo. Una especie de broma cósmica, creo.

Pero ese día mi timidez estaba bajo mínimos. En aquel grupo de personas (no más de veinte) había muchos profesionales de farmacia, biología y hasta de veterinaria, pero el único médico era yo. Y además, uno con el conocimiento fresquito después de sacar el 3.400 en el inmediatamente anterior MIR. Eso me envalentonó, porque conocía el fármaco, sus mecanismos de acción, sus posología e indicaciones. Para qué fue aquello.

El chiste de la reunión era calibrar nuestra capacidad de conocimiento y de venta de la susodicha medicina, un antiagregante plaquetario de alto coste. Y allí me lancé al ruedo con el desparpajo habitual que me embarga cuando me siento cómodo en un ambiente antes desconocido. Quizá fui un poco excesivo en cuanto a llamativo. La mujer que vestía como ella creía que un hombre creía que debía vestir una mujer en un puesto semejante, me miraba de arriba abajo, con cierta expresión de sorpresa, aunque muy discreta eso sí, en aquella cara de esfinge.

La entrevista parecía estar diseñada para desarrollarse en tres fases: se escogía a los que pasaban de fase y se despedía al resto. No vi que a nadie se le dijese la razón de su rechazo. Pero conmigo hizo una excepción la susodicha. Se acercó a mí y me recomendó, en voz baja que casi parecía un susurro, que saliese por donde había venido, que no necesitaban personas de mi talla intelectual ni de mi capacidad expresiva, rallante casi en el manierismo más rosa. Yo la miré de hito en hito sin creer lo que estaba oyendo. Es uno de esos momentos que se quisieran volver a vivir para poder decir todo aquello que el orgullo herido se molesta en argumentar una vez ha pasado la ofensa. Pero sólo llegué a decirle que intentaría en lo posible no recetar su fármaco cuando tuviese oportunidad de hacerlo, porque, aparte de muchas cosas, tengo una memoria de viejo elefante africano. Ella se limitó a sonreír y dijo que dudaba que yo llegase algún día a ejercer esa parcela de poder mientras me enseñaba la puerta. Pobre mujer. Se equivocó. Y ese fármaco nunca entró en el arsenal terapéutico de mi práctica habitual hasta que esa compañía pasó a ser absorbida por una multinacional aún mayor. Nunca receté un fármaco de esa casa comercial, y no me arrepiento de ello. Puede que haya en mí mucho de reconcomio y testarudez, pero no soy de los que juzgo por la pasión, el ardor ni las ganas de trabajar por más rosa y plumas que adornen la fachada de las personas. Aquella mujer me dio una gran lección de sabiduría humana y de sapiencia. Puede que sólo estuviese cumpliendo con su deber; haciéndonos sentir durante un instante como aspirantes a estrellas del espectáculo. Pero su actitud homófoba no dejaba de estar clara y sus ganas de deshacerse del exceso eran más que evidentes.

E incluso ahora, después de tantos años, puedo reconocer que además me hizo un favor. Pues si apenas yo me veía a mí mismo con capacidad para ejercer; las posibilidades que tenía como visitador médico eran inexistentes. Ahora que los conozco, y que mantengo cierta amistad con la mayoría de ellos, sé que hay que tener mucho aguante, mucha paciencia y mucha mano izquierda, cualidades de las que yo no ando muy sobrado. No hubiese durado un día en ninguna empresa de ese estilo, porque mi umbral para tolerar a los idiotas es muy bajo. Y en este mundo hay demasiados para mi gusto. Así que no me quedó más remedio que volver al redil del estudio, que nunca había abandonado por completo, y al estrés añadido de encontrar trabajo lo más pronto posible porque ya estaba en edad para ello.

A nadie se le escapa que una oposición lleva su tiempo. Absorbe la vida del opositor, la moldea y casi la destruye. Un opositor no es feliz. Olvídense de lo contrario; y quien sostenga que es falsa esta aseveración, o no sabe lo que dice, o miente, que es lo más seguro. Vive en una constante lucha mental (falta de trabajo, falta de dinero, falta de tiempo; qué preguntarán; cuáles temas serán los adecuados; duda si podrá con todo) que se extiende al plano físico: malos humos, mal descanso y cierta tendencia al desenfreno como válvula de escape de una miseria que le rodea día a día.

Mi cuñada, con esa templanza que sólo tienen las mujeres, suele decir que es por eso que la mitad de la población española vive amargada y es tan competitiva con sus coetáneos: todos desean trabajar para el Estado, inmensa mole que intenta retroalimentarse como puede. En un país que prima la estabilidad laboral perpetua, aunque quien ocupe ese puesto sea un inepto de cabo a rabo, no es fácil vislumbrar otra salida. Así que el ciclo se cierra y se eterniza. Qué tristeza. Pero así queremos que sea.

El MIR no es más que una oposición nacional que garantiza la formación pos-grado de todo aquel que alcance la nota suficiente para alzarse con una plaza en uno de los innumerables hospitales formadores de especialistas del país. Es el pasaporte y el pasaje al mercado laboral oficial, y al futuro de miles de licenciados forrados con un título que es papel mojado sin este certificado posterior.

Decir que es un buen método, pero que es muy cruel e injusto también, es llover sobre mojado. Vamos, yo lo aprobé, no debe ser tan difícil (aunque lo sea.) A la segunda oportunidad (lo que tampoco está tan mal.) Pero no deseo volver a hacerlo, y vive Dios que no seré de nuevo residente en esta vida. Ya me bastó con serlo una vez como para querer repetir la experiencia. Aunque mi naturaleza me dicte a pasar y repasar más de una vez por los diversos terrenos de mi vida, esta aseveración está llamada a ser la excepción que cumple la regla. Menos mal.

Muchos de mis amigos y compañeros de facultad consiguieron plaza a la primera (eso es poca ayuda para el ego, puedo confirmarlo.) Muchos otros, yo en el paquete, no. Pero lo hicimos a la segunda. Y otros tantos a la tercera y a la cuarta. Y está bien que así sea. Actualmente en el hospital donde trabajo ya de Adjunto Clínico, he coincidido con un compañero de la facultad que es residente de primer año (de ahora en adelante R1) y ha sido un placer el encuentro. Por ambas partes: siempre es agradable encontrar gente conocida en cualquier lugar, ya que se crea una corriente de simpatía al mínimo contacto sin necesidad de que naden muchas palabras de por medio. Una vez atravesada esa barrera invisible que es el MIR, todos volvemos a ser iguales. O casi. Pero ésa es otra historia.

La apatía, el desasosiego y la falta de seguridad que un examen así siembra en el espíritu humano son muy poderosos. Como una superstición, no me corté el pelo hasta saber que había probado el examen. Allá estuve, mes tras mes con las greñas en los ojos, estudiando y estudiando, o forzándome a estudiar más bien, mientras el pelo crecía salvaje y desordenado. También me dejé la barba, oscura y tupida como la de un eremita dubitativo. Nadie me reconocía, ni siquiera yo mismo. En la ducha diaria apenas me miraba al espejo; soy incapaz de acordarme de cómo era yo durante ese período. Como persona no existía. Apenas comía (pero no adelgazaba), apenas dormía. No hablaba con nadie; no leía nada ajeno a temas médicos; no iba al cine ni apenas oía música. Y algo todavía peor: no repasaba lo estudiado. Me esforzaba tanto preparando cada tema durante una semana, que apenas tenía fuerzas, a la semana siguiente, de repasar lo ya visto. Con cada examen de control me repetía a mí mismo que debería releer lo aprendido, buscar el momento para desandar lo andado; pero aquí la apatía me ganaba la partida, y las buenas intenciones morían tan rápidamente como eran formuladas. Con esas vistas, estaba como para albergar un nido de esperanzas.

Soy un hombre de palabra: volví a la academia que había dejado el año anterior a petición de mis padres, que no confiaban mucho en mi espartano método de estudio propio. Deberían haber tenido más confianza en él. Y yo. Pero al menos volví sólo en la segunda vuelta, así que apenas nos sacaron cuarenta mil pesetas mensuales durante unos cuatro meses, y no los nueve habituales del contrato completo (el sistema académico se basaba en tres vueltas del temario: la primera, una especie de toma de contacto, la segunda de estudio pormenorizado, y la tercera de repaso; huelga decir que me salté los dos extremos sin ningún tipo de pudor.) En detrimento de la academia debo decir aquí que llegué a esa segunda vuelta mejor preparado de lo que ellos jamás hubieran conseguido conmigo si hubiese repetido todo el curso según sus métodos, y que viví de esos réditos hasta la llegada del examen.

Aprobé el MIR en el segundo intento pensando que lo suspendería sin remedio; a tales cosas nos lleva la mente insegura. Lo he dicho: no se puede ir a un examen de estas características, en donde nos jugamos el todo por doscientas cincuenta preguntas, sin repasar ni siquiera una coma. Porque lo que se consigue es una especie de ataque de pánico en medio del ejercicio. Pensando lo peor y absolutamente desconcentrado, me imaginé a mí mismo tirando de un carrito lleno de mis greñas sin cortar, de un blanco cenizo por los años pasados, haciendo la cola para entrar por enésima vez al examen… Tal frustración me llegó a la garganta que, dueña de sí misma, aulló con voz más que elevada por el callejón sin salida en el que me encontraba:

–       ¿Pero podré aprobar esta mierda alguna vez?

Cuando me di cuenta de lo que había dicho, y cómo, enrojecí de vergüenza, me cubrí con la melena castaña y musité bajo mi barba una disculpa: siempre hay quien nos mira con cara de irritación para reprochar una molestia inútil.

Y pude. Y lo hice en el año 2.000, cuando el mundo estrenaba un nuevo milenio y yo una nueva década de mi vida, apenas confiando en mis propias facultades. Desde aquella fecha, muchos estudiantes que rondan por el hospital me piden consejo para enfrentarse al MIR. Si bien es cierto que en la actualidad no reviste la competitividad de antaño (pues ahora hay tantos licenciados como plazas formadoras); no ha rebajado un ápice su carácter perturbador del alma. Yo siempre les digo que soy malo dando consejos, y que después de todo no valen para nada, pues hacemos caso omiso de ellos. Pero lo que sí les encargo muy mucho es que repasen, una y otra vez, para asegurar que esos conocimientos (la mayoría puro baladí) estén claramente presentes en el momento de responder las preguntas. La imagen de mis greñas tiradas por un carrito no me ha abandonado nunca, ni la idea de dejarme melena ha vuelto a pasárseme por la cabeza desde que el peluquero me preguntó, desconcertado, el día que fui a cortármelo (había salido el resultado esa misma mañana, el día de mi cumpleaños):

– ¿Estás seguro? Con el pelo tan bonito que tienes.

Pocas veces lo había estado tanto. La barba siguió al cabello y parecí que retornaba a la vida. Cuando miré el suelo de la peluquería, esos mechones abandonados se me antojaron retazos de mi vieja vida; una piel que, aunque conservaba cierta forma recordatoria, no era ya mía nunca más. Fue como salir de un estado inducido de anestesia; como una larga resaca tras una corta borrachera; en cierto sentido, había abandonado una crisálida y me maravillaba de lo que veía.

Jamás cumplir treinta años llenó de tanta dicha a alguien. Me sentí completamente despierto, lleno de primavera, y vivo de nuevo. El sol brillaba, la lluvia caía, las flores se abrían cada hora con más fuerza, y mis pasos ganaban en firmeza. No sabía a qué me arrojaba ese resultado, adónde ni cómo; sólo me sentía ligero, completo y, sobre todo, libre: había cumplido con mi trabajo y podía ser yo mismo de nuevo. Exactamente la misma sensación que tengo cada vez que salgo de guardia. Ese estado, próximo al paroxismo, mezcla de ensueño y de cansancio, es un puro renacer, un milagro que se sucede cada semana. Y del que me maravillo sin saciarme; como me asombra cada día ver, cuando me encamino con paso a veces reluctante al hospital, que ejerzo como médico activo, con más o menos acierto y con más o menos pasión, y que no soy tan malo como creía.

¡Oh, las vueltas que damos en la vida!

   a Graciano Fernández García.

   10520411_999623860063353_1015158019_nTengo un amigo, un colega psiquiatra, brillante en si mismo, y por ende en su profesión, que nos mostraba alborozado y lleno de gratitud, una carta de agradecimiento que un paciente le enviaba.

   Esa carta, maravillosamente escrita, lo era más por los sentimientos desnudos que mostraba, por la simpleza de su causa, por la sencillez con la que daba las gracias hacia la labor médica de mi amigo.

   Yo estoy plenamente de acuerdo con cada línea de esa dedicatoria, que él tan orgulloso y con la misma sencillez que le caracteriza cuando sobre de sí mismo habla, mostraba a todo el mundo. Y se lo dije. Y sé que le gustó, aunque sintió la necesidad de justificar su acto (como nos ocurre a todos). Lo entendí, lo entiendo, pero en realidad no tenía razón alguna de hacerlo, porque mi comprensión iba mucho más allá de lo que en un primer momento parecía mostrar: su alegría por verse reconocido en donde más nos importa (los pacientes), el sentimiento del paciente que lo lleva a un gesto de tanta dulzura y desnudez y que no es más que mero agradecimiento, la generosidad reverberada que nace en el corazón de alguien que ha recibido más de lo que cree merecer, que tiene su raíz en el acto de Curar, de volver a ser quien una vez se fue.

   Qué difícil, en nuestro tiempo, nos resuelta dar las gracias. Algo que debería brotar espontáneo, lo acallamos como un defecto, como una falta. Y no. Dar las gracias es el acto más generoso, más hermoso que podemos entregar a los demás y a nosotros mismos. Porque reconocer la necesidad de ayuda, la necesidad de curación, la necesidad de cambiar implica una revolución de todas las leyes internas que nos gobiernan, un renacimiento nada fácil pero liberador, que nos hincha el pecho y nos llega a la boca llenos de alegría. Dar las gracias debería ser un acto simple, fácil, real. Y más en Medicina, porque nada es más importante que la Salud; y más al personal sanitario, que vive en una mezcla continua de sentimientos propios y ajenos, y en el que prevalece, por encima de las necesidades diarias, la prioridad de ayudar, de Curar.

   Porque nos curamos a nosotros mismos ayudando a los demás. Porque somos más nosotros cuando brindamos nuestra comprensión y nuestras manos, nuestro tiempo y nuestra sensibilidad a quien necesita un hombro en el que apoyarse, un refugio donde cobijarse, un arma para salir de la encrucijada donde la vida nos pone mil veces sin cansancio por su parte.

   En contra de lo que pudiera parecer, dar las gracias, agradecer la ayuda prestada, me cuesta mucho menos que aceptar las gracias de los demás. Hay en esta incapacidad más timidez que otra cosa, y un sentimiento de asombro ante lo que a mí me parece obvio: estoy haciendo lo que quiero hacer, estoy haciendo lo que puedo hacer, que es ayudar. Y se me escapa, en la vorágine del día a día, que eso es un milagro, y como convivo con él, le pierdo su peso, olvido su importancia, lo hago normal, lo transformo en diario y, por lo mismo, en poco evidente.

   La lección enorme que el Dr. Graciano Fernández García, psiquiatra de alto nivel y de límites personales casi inalcanzables dentro de su gran humanidad, ha conseguido con ese gesto ha sido reveladora. Es bonito, es bonito sentirnos reconocidos, pero es aún más hermoso recibir ese gesto con el asombro de un niño pequeño y la alegría infinita de saber que nuestro trabajo tiene un eco en el universo, y que perdurará en la vida de las personas que se han sentido desbordadas por la gratitud y la alegría y quieren compartirla, como el sentimiento real que es, con todos aquellos que lo deseen.

   Yo también tengo mucho que agradecer. La vida me ha puesto en muchas posiciones distintas, ninguna fácil, que me han regalado infinidad de lecciones, que me han hecho crecer. Y se lo debo a todas y a cada una de las personas que me han ayudado, desde el desinterés más generoso, a alcanzar cada día como un milagro, a veces más alegre que otro, pero siempre un regalo, siempre una lección.

   Graciano Fernández García es una de esas personas que llenan de luz mi vida diaria. Desde la distancia y desde ese pensamiento claro y sencillo, directo y libre de egos inútiles, consigue que nos encontremos en posiciones comunes, en estados de plena desnudez emocional que me permiten crecer y creer y esperar siempre lo mejor de los hombres y de la sociedad a veces absurda en la que vivimos.

   El arte de agradecer nos engrandece. El arte de ser agradecido nos libera. Me gusta pensar que él es, dentro de las limitaciones humanas, un hombre que está en la senda correcta, que siente cada día que pasa el batir de las alas de la libertad. Y el revuelo que forma con ellas me hace ascender poco a poco hacia mi propia alegría, hacia mi única libertad.

   El mundo necesita hombres como él. Que aprenden de la vida y que saben agradecer cada uno de los pequeños milagros de los que consta. Que reflejan la grandeza de lo posible y la alegre sencillez de su descubrimiento.

IMG_3060   Hay muchas historias detrás de una enfermedad. Ninguna es más importante que otra. El impacto social no debería ser medidor de la relevancia de una sobre otra. Pero el S. XX vivió una revolución interna (que continúa en todos los ámbitos a día de hoy) que ha terminado por dinamitar las supuestas diferencias entre las personas. Como toda explosión, las primeras víctimas, las primeras noticias, fueron inexactas, confundidas, se prestaron a la estigmatización, al escándalo. Hoy ya no es así.

El S. XX no fue un buen siglo para la Humanidad, pero fue un buen siglo para despertar conciencias. Sigue habiendo sectores de la sociedad establecidos en que su pensar es el correcto, que sus actitudes son las válidas. Que el extremo es la norma. Cada una de esas porciones piensa que sus derechos son las virtudes por las que se deberían guiar todos los demás; cada sector que piensa de esta forma se equivoca. Ni son más virtuosos los que sufren una enfermedad ni son más quienes luchan por derechos civiles ni son menos quienes tiene el poder y sustentan, desesperados, otra forma de pensar.
Puede que las posturas extremas hayan sido necesarias para llevarnos a una forma de ver el mundo más ética, más equilibrada. La revolución del VIH nos ha permitido encontrar un punto de equilibrio que todavía está por llegar. Ni es un cáncer de homosexuales, ni sólo afecta a gentes de conducta provecta, ni es la única de las plagas que azotan al mundo actual. Es una llamada para despertar, es un camino que se ha recorrido para darnos cuenta de que todos somos iguales, de que todos estamos en riesgo, de que todos padecemos y luchamos dentro de la sociedad para ser lo mejor que podemos.
No hay dos personas iguales. No hay mejores ni peores. Pero las lecciones son siempre las mismas, y los maestros siempre impecables e implacables.
Sea en Ciudad del Cabo o en Arizona, en Villanueva de Arosa o en Curupita, en Berlín o en Sidney, las historias tejidas por una enfermedad son profundas, duras, tiernas y clarificadoras.  El VIH, cuyo día se celebra hoy, es la que ha llamado más la atención, es la que ha removido esas conciencias, la que nos ha recordado no nuestra fragilidad, si no nuestra igualdad. No es la única, aunque muchos piensen que sí, pero ha día de hoy, en los albores del S. XXI, es un símbolo, es una señal que debería recodarnos que todos somos frágiles, que todos estamos en riesgo, que todos somos iguales.
Hay Enfermedades raras (me gusta llamarlas poco frecuentes), hay enfermedades protagónicas, mediáticas, llenas de ruido. El VIH es una de estas últimas. Por eso la sociedad la considera importante. Y lo es. Pero no lo es. O no lo es porque todos los enfermos de todas las enfermedades que nos aquejan como seres humanos lo son. Y por lo tanto, todos merecen el mismo trato, la misma preocupación, el mismo afán social por ser considerados normales y no diferenciados.
La batalla social de un sector por alcanzar las cotas de conocimiento, de investigación, de lucha, debería llevarnos a pedir, a pelear por el mismo comportamiento hacia todas las enfermedades que padecemos. Todas. Aunque no salgan en los medios audiovisuales; aunque la sociedad, que las sufre, las ignore.
Eso es el día del VIH para mí. Nada más. Un cúmulo de historias importantes, pero no una reivindicación, no una cruzada de la que estar orgullosos. El día del VIH es un símbolo para mí, pues representa la unión frente a un agente que desestabiliza la vida, la sociedad, y que puede, con conciencia y querer, ser detectado, estudiado, tratado y ser conocido.
El conocimiento es poder. Y comprensión. Y modestia. No hay ser humano que, siendo consciente de lo que sabe y viviendo lo que sabe, no sea modesto, no desee compartir su sabiduría, sus experiencias, no desee vivir en un mundo mejor.
Esto es el VIH para mí. Esto es lo que celebro un día como hoy. Yo. Y es una forma de dar un paso más allá. Hacia la globalización de la conciencia. No sólo en el recuerdo de días aciagos, no solo en el espíritu de millones de muertos y cientos infectados; no sólo por gays, drogadictos, transfundidos, confundidos e iluminados. Por todos, como profesional de la Salud, pero también como persona, como parte de una sociedad que tiene mucho todavía que aprender, pero que ha evolucionado, en treinta, más de lo que lo ha hecho en miles de años. Y eso también toca celebrarlo. Hoy.

914746_821277674590639_1486761854_nEl sábado estuve de guardia. Una más, una menos para la lejana jubilación. A veces pensamos así salientes del turno; entre la marabunta del día a día, que nos llega por todos los lados y cada vez de forma más íntima, la dificultad de filtrar, de limpiar las sensaciones que nos provoca tal avalancha de información no siempre correcta y no siempre servida de forma limpia y aséptica (vale, nunca servidas de esa forma en la que debería ser para que tengamos la capacidad de depurar por nosotros mismos lo que debe ser real y lo que es una burda manipulación mediática), estar de servicio 24 horas seguidas no deja de ser una montaña rusa de instantes y sensaciones que llegan a embotar los sentidos y, a veces, relajar la sensibilidad a todo aquello que nos sea por completo ajeno.

Todo trabajo tiene su claridad y sus sombras, por lo demás causadas siempre por la interacción entre las personas y sazonada por las distintas energías que se mezclan en esas relaciones intensas y breves,  y que cambian conforme las horas pasan. No es fácil mantener cierto grado de desafección o de implicación o de actividad o de pasotismo a lo largo de una jornada en la que nos enfrentamos a las miserias humanas, a los miedos humanos y también a las alegrías, al agradecimiento y, quizá menos veces de lo que sería justo, a la compasión y al entendimiento humano.

El sábado tenía un caso grave. Un chavalillo, un hombre de veinte años, con un cuadro clínico muy raro, no poco frecuente si no raro, de origen oscuro porque lo ignoramos todavía. Ojos grandes y castaños, brillantes a pesar de la fiebre y el cansancio; lleno de miedo y de esperanza, que sonreía cada vez que aparecía para revisar su estado. Aquejado de dolor aunque más bien molestias en una pierna, y siempre acompañado por su madre. Por su edad, por lo difícil de su estado, y por sencilla humanidad, decidimos dejarlo acompañado en todo momento por miembros de su familia. Creo que las reglas están para ser adaptadas a la realidad de cada caso más que para definir todos los casos que requieren ingreso en UCI. La excepción a la regla, digamos. Y ésta era una de esas excepciones.

Casi con toda seguridad, vista la evolución rápida de su enfermedad y su ingrato final, mi compañero que salía de guardia y yo estábamos de acuerdo en qué tipo de dolencia le aquejaba: una enfermedad genética, a veces heredada (no era el caso) que desemboca irremediablemente en la muerte. Aquel niño de veinte años moriría en poco tiempo. Y había que explicarles a la familia esta posibilidad que asemejaba ser la única tras todos los estudios a los cuales se había sometido su caso.

Yo resoplé. Me tocaba a mí ser portador de esa noticia, de esa más que posible fatalidad. Ese niño, con la sonrisa entregada, era una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento. Podía ser durante mi guardia o la siguiente, o en unos días más… Y me tocaba a mí ser el portador de esas novedades, el que tenía que explicar a unos padres (¿eso se puede explicar?) que su hijo único moriría en poco tiempo, que no tenía cura una enfermedad que aún no teníamos claro que tuviese (que seguramente tiene, la verdad) y que es una jugada del Destino, de la Genética, de los pequeños errores de la Naturaleza que nos hace ser diferentes uno de los otros.

Y resoplé otra vez.

Durante la información adopté un aire más serio de lo habitual. Intentando encontrarme a mí mismo, alteré el orden de información para que su caso fuese el último al que informaría. No quería estar allí, no deseaba ser quién les dijese las malas nuevas; no sabía qué decirles ni cómo decírselo, el tono a emplear, el grado de cordialidad que necesitaría y el de seriedad sin ser plúmbeo…

Los familiares fueron pasando y los minutos fluyendo hasta que me tocó llamarlos. Sin saber todavía qué hacer, me dejé llevar por el instinto y los hice pasar a la habitación de la información. Entraron cabizbajos aunque esperanzados; un apretón de manos sólido por parte del padre y una sonrisa algo retraída de quien supuse era la tía del chico. Y comencé.

Serio y científico. Comencé a contar la perorata genética, la mutación de la que quizá era portador y que hacía que su cuerpo empezase a comportarse de la forma que lo estaba haciendo y que lo llevará, irremediablemente, a la muerte. Serio y científico me detuve en medio de la explicación aséptica que estaba dando… Me entendían, no lo dudo, pero me di cuenta que nadie les había hablado de esa posibilidad. Mis otros colegas se habían amparado en otra hipótesis diagnóstica a la hora de intentar dar explicación a la rareza de aquel chico (ya de por sí harto difícil de entender) y que ninguno le había no ya ofrecido, si no ni siquiera mencionado, la posibilidad de una alteración genética que no tenía cura alguna, ni parche para seguir viviendo.

Sentí que había cometido un error. El padre me miraba fijamente, quizá buscando una explicación coherente a ese galimatías del cual lo único claro era que su hijo estaba tan enfermo que había acabado en la UCI. Y yo estaba allí soltándole una perorata de alteraciones genéticas y fines oscuros.

La tía del chaval miraba al suelo y suspiraba. Y yo cargado de una seriedad muy necesaria pero inútil.

Es uno de esos momentos de la vida en la que deseamos desvanecernos en el éter o, algo más fácil, no haber escogido semejante trabajo.

Pero allí estábamos los tres y yo debía hacer algo para salir de esa encrucijada en la que estábamos.

Empecé desde el principio. Cambié mis palabras por otras más amables pero igual de firmes. No despegué mi mirada de sus ojos. Les hice ver que, fuese correcta una hipótesis u otra, no había cura posible y que el desenlace final sería el mismo, que su cuerpo podía dejar de luchar en cualquier momento y que intentaríamos que fuese lo más tarde posible, lo mejor posible, lo menos duro posible, lo más cómodo posible.

Amplié mis sentidos todo lo que pude para poder abarcar la sensibilidad de aquel hombre que me veía con lágrimas en los ojos. Intenté sentir en mi interior el miedo, la impotencia, la tristeza y la desazón que debía sentir ese corazón cansado que me estaba oyendo. E intenté sonreír con la mirada, e intenté que mi voz sonara dulce aunque firme, e intenté que supiera que su miedo era comprendido, que su dolor era asumido, que su cansancio era asimilado, y que su niño, hijo único además, estaría en todo momento más que mimado, querido.

No sé si fui demasiado firme. No sé si pude transmitirles algo de mi propia paz, que se tambalea a veces más de lo que deseo. Cuando terminé sólo les sonreí y la tía del chico me miró con los ojos límpidos y el padre volvió a darme la mano con una intensidad diferente, con un punto de agradecimiento y otro poco de tristeza. Les enseñé la puerta y los acompañé (como hago siempre) a la sala de espera.

Al cerrar la puerta oí un sollozo ahogado y suspiré. Temblando, me apoyé en la puerta cerrada y volví a suspirar tratando de revisar en la memoria los errores que pude haber cometido con ellos y si la mala idea de la Realidad había quedada lo suficientemente clara para cuando la Muerte tocase a la puerta de aquel niño de ojos grandes.

No lo sé.

Durante el resto de la guardia fui de aquí para allá y de vez en cuando asomaba la cara para saludarlo. El chico con su sonrisa. La madre absorta. La tía callada. Y el padre, con los mismos ojos enormes, asintiendo con la cabeza.

Durante la noche, el chico no dormía y la enfermera me pidió que pasase a verlo. El chaval estaba con su padre, hablando de sus cosas. Revisé la hoja de evolución y hablé un poco con él. El chico me interrogó con la mirada. Sin decirme nada, sabía que quería saber qué tal iba. Había tenido algo de fiebre y algo de dolor en las horas previas.

– ¿Qué tal la pierna?

Le pregunté. Él sonrió.

– De maravilla. Ya no me duele… ¿Y la fiebre?

Me lo quedé mirando.

– ¿Qué crees?

– Que estoy mejor.

– Pues eso.

Y le sonreía señalando con el pulgar. El chico se echó a reír y le comentó al padre lo raro que le parecía. El padre intentó sonreír a su vez y cabeceó en señal afirmativa.

– Parece un buen tío.

Le dijo a su niño. Y todos reímos.

La noche pasó y a la mañana siguiente sólo se quejaba de que tenia hambre. Lo cual no está nada mal. Nada mal. Y me despedí de él con la certeza de que nunca más lo volvería a ver… Pero cierro los ojos y puedo dibujar esa mirada brillante y grande y oír el eco de esa sonrisa callada… Morirá, pero no para mí. No por ahora.

No sé qué nos hace ser lo que somos. Ignoro qué papel parecemos jugar unos con otros en este teatro que es el mundo. Hace dos meses tuve que tomar una decisión personal, detener los esfuerzos de alguien que me era muy querido porque ya no había más salida, y decírselo a una mujer que era una esposa y a un hijo que lo idolatraba. Eso no fue fácil, NO es fácil, como tampoco ha sido esto.

No sé si es necesario tener siempre abiertos los sentidos y la sensibilidad a flor de piel para poder vivir. Ni siquiera sé si eso es sano. Pero a veces hace falta echar un paso atrás, bajar un escalón, afrontar las realidades, adecuar el tono de voz, la longitud de la sonrisa y el roce de la piel. A veces sólo hace falta que tengamos un poco de consideración, un poco de serenidad y un mucho de respeto para poder hacer lo que hacemos. En cualquier profesión, en cualquier relación, en cualquier instante de la vida.

E ignoro si estoy en el buen camino. Por eso a veces me hago estas preguntas y me quedo esperando, aceptándolo, una respuesta que nunca obtendré.

Estar vivo/ Living.

07/09/2014

   10611229_335623413272954_118661708_nLlevo un tiempo replanteándome lo que hago. Pensar que no soy buen profesional me lleva a ello. Saber que no entrego lo mejor de mí es una de las causas que me llevan a sentir lo que siento, sin duda. También el tiempo que ha pasado, el desgaste del día a día; el enfrentamiento constante entre mis miedos y mis potencialidades, los logros y los fracasos, demasiados incluso para mí.

   En este maremoto constante, las peticiones de ayuda, la responsabilidad de llevar sobre los hombros la confianza de los demás, conocidos o no; fuerzas opuestas que desdibujan mis fronteras, que me han llevado a estados de inapetencia y, muchas veces, de negación, que generan más errores y daño a los demás.

   Todo esto hace que desee terminar con mi carrera. Desde hace unos años. Pero continúo aquí. ¿Razones? Muchas, incluso el miedo a afrontar la vida desde otra perspectiva; las responsabilidades familiares son una excusa y un escondrijo, mis errores, sencillas justificaciones; el aprecio o menosprecio de los demás, un acicate para el abandono o la dejadez, que viene a ser lo mismo. Y sin embargo sigo aquí.

   Estos largos meses con mi padre en la UCI, tomando responsabilidades, intentado zafarme de otras; siendo un eje además de un radio de las cosas que pasan; punto de referencia además de actor de reparto, no han ayudado mucho. Y las eternas peticiones de ayuda, porque todos necesitamos consejo y ayuda, sólo sembraron en mí el deseo irrefrenable de salir corriendo y olvidarme de todo, encontrar ese sueño que quizá haga latir a mi corazón, y dejar todo atrás.

   Pero no puedo. No, por ahora. Al fallecer mi padre supe que todo ese tiempo, todos esos años habían tenido esa posibilidad: su muerte señalaba el final de una larga etapa dedicada a sus cuidados, a sus necesidades, a su atención (algo mutuo, pues como padre jamás cesó de, a su manera, proveer mi seguridad). Y es cierto. Pero no del todo. Al menos no por ahora.

   Soy médico. Soy algo más que médico; quiero ser algo más que médico; sé que mis pasos deben ir en otra dirección, pero no puedo por ahora. Por ahora sólo me toca vivir este camino, hasta que el Destino decida cuál es el punto de inflexión, cuándo dejará de ser un abandono y transformase en la máxima expresión de mi vida.

   Vivir es un lío. Intentar hacer lo correcto también. Aún hay personas que me buscan, que me piden ayuda, que están asustadas y buscan en mí una boya a la que sujetarse, un puerto en el que atracar para llenarse de energía y dedicarse a ese camino brutal que es la pérdida de la Salud. Vuelvo a estar en el pasillo de la Salud Perdida, otra vez como portero de entrada y quizá como guía, a pesar de que mis pasos aún resuenan entre la cacofonía de los demás.

   Vivir es un equilibrio delicado. La pérdida de la Salud, el mayor bien del hombre, sigue angustiando, y todos los que me rodean buscan en mí un puente entre la Ignorancia y el Saber, entre la Aventura y la Esperanza.

   Me piden ayuda; intento zafarme; de un bien para mí deriva un mal para otros aún mayor por la tardanza; ese hiato de tiempo perdido está en mi cuenta pendiente, y lastra mi vida normal con pesadillas a veces y  a veces con remordimientos.

   Sigo siendo médico para los ojos ajenos. Sigo representando una artillería de ayuda, una esperanza pírrica, pero la única que creen tener. Y yo no puedo hacer nada para evitarlo.

   Vivir a veces es dejarse llevar por el río de los acontecimientos, adaptarse a la corriente de lo cotidiano hasta que aparece el signo adecuado, el momento correcto. Los pescadores saben tanto de esto como los monjes budistas, y mira que son distintos entre sí. No seré yo quien discrepe de un hecho semejante que se repite hasta el fin del mundo.

   Quizá lo importante es liberarse de las expectativas, o derivar el camino de esos sueños a la realidad más inmediata y plegarse al día a día.

   Ayudaré a todos aquellos que aún ahora piden mi ayuda. La necesitan para encontrar un camino adecuado dentro de la Enfermedad, para conocer cuál es la vía que deben recorrer, para servirles de guía en el Pasillo de la Salud Perdida. Ya he perdido demasiado tiempo corriendo en sentido contrario a mi presente. Lo merecen, porque nadie debe sentirse desamparado ante la Enfermedad.

   Y mientras tanto estaré alerta a las señales del camino, hasta encontrar ese momento en el que el Destino me haga saltar sin red, me indique que es el momento, que es mi oportunidad.

   Así que a volver a poner un poco de pasión, un poco de humildad y un mucho de generosidad… A fin y al cabo, también es una forma de estar vivo.

   10598746_332342670267950_2045040382_nDurante ocho meses mi padre estuvo ingresado en la UCI donde trabajo de médico. Previamente había estado casi otro mes en la planta de hospitalización. Y previamente había superado dos cánceres de distinta localización, dos tromboembolismos pulmonares, varios episodios de trombosis venosa profunda, una pleuresía, varias discrasias sanguíneas, un hiperespelnismo, y tres cirugías previas secundarias todas una enfermedad autoinmune llamada Lupus Eritematoso Sistémico (LES): cuarenta y ocho años de su vida enfermo.

   Decir que mi padre fue un enfermo ejemplar sería reducirlo a poco: nunca perdió la sonrisa, creó una familia, levantó una empresa y se retiró obligado por la enfermedad, más que por otra cosa. Era una fuerza de la Naturaleza. Cantaba con una voz melodiosa y potente, era gracioso hasta la lágrima, le gustaba ser el centro de atención y jamás era aburrido. Formaba con mi madre un equipo extraordinario: pocos he visto, tras cincuenta años de vida en común, quererse como el primer día a pesar de las idas y venidas del Destino.

   Ellos estaban hechos el uno para el otro. Cómo se les iluminaban los ojos cada vez que se veían por las tardes mientras estuvo ingresado en la UCI: de hecho, el mayor tiempo que estuvieron separados en ese medio siglo de vida en común fueron estos últimos ocho meses. Y ni aún así pudimos separamos más tiempo, ni siquiera en su final.

   Cuando estamos acostumbrados a la presencia continua de la Enfermedad, hay cierta indulgencia y cierta desazón que se hermanan de forma extraña. Por un lado temerosos de una nueva embestida, que quizá sea la postrera (como ha ocurrido esta vez) por otro, cierta minimización de los síntomas que hacen que a veces no nos demos cuenta, o dejemos un poco de lado, lo que ocurre.

   Mi padre era una de esas personas que no se quejaba. No tuvo casi nunca dolor, su cuerpo a pesar de la eterna Enfermedad, era una obra de la bioquímica: sanaba en pocos días, tenía un umbral del dolor altísimo (no necesitó casi nunca analgésicos) y una capacidad de recuperación asombrosa. Durante su estancia en la UCI superó, amén la infección respiratoria que lo llevó a a ingresarlo, cuatro episodios de Shock Séptico y dos episodios de bloqueo cardíaco. A las pocas horas de su recuperación ya estaba preguntando, con hambre, qué le dábamos de comer.

  Y sin embargo pasó ocho largos meses ingresado en la UCI, al cuidado maravilloso de un equipo que se desvivió por atenderlo, y del que yo fui motivo y causa de preocupación constante. Ser parte del equipo médico que debía atenderlo, aunque yo sólo me ocupaba de él en la guardias, me causaba cierto desasosiego: cada uno de los integrantes de la UCI, desde la limpieza, pasando por la celaduría, la auxiliería, enfermería y médicos, también se sentían en parte responsables por ser yo parte del equipo en un principio, y porque mis padres se los metieron en el bolsillo (siendo simplemente lo que han sido siempre), después.

   Cualquier enfermo grave crea desazón en su familia; cualquier enfermo grave que está a nuestro cargo nos causa preocupación. Pero en estos meses esa inquietud se multiplicó exponencialmente, pues cada decisión era sopesada muchas veces; cada paso siendo muy analizad; cada respuesta a sus problemas, un acto de raciocinio aún mayor que en otros casos, donde la opinión de un neófito se pondera en la confianza al galeno; como yo era uno de los médicos, capaz de prever sus problemas y sus posibles salidas, cualquier decisión que no supondría una lucha traía consigo una carga mayor de estrés. Y desde aquí quiero pedir disculpas a todo el inmenso equipo de la UCI de Santiago de Compostela por ello. Y mi eterno y profundo agradecimiento.

   Hace ocho meses empezó un extraño viaje. Vi a mi padre casi todos los días, mañana y tarde, y durante las guardias por la noche y la madrugada. Intentaba estar para lo que necesitase; intentaba hacer entender a mi familia que, una vez pasado el momento de gran esperanza, la posibilidad de que no saliese vivo de allí era mucho mayor.

   Con la ayuda de todos, sí, pero bajo mi responsabilidad, una a una de las decisiones médicas fueron contando con mi permiso; una a una de las decisiones de cuidado de enfermería me eran consultadas; en general, procuré dar mi opinión pensado en mi padre y en mi madre y hermano más que en mí mismo, y lamento las veces que crucé el umbral del intrusismo: me pudieron la emoción y los nervios.

   No ha sido un período fácil. No imaginé nunca que pasara. Ni tampoco, una vez ocurrido, que lo fuese. Y sin embargo mis padres, perfectos emigrantes en su día, supieron plegarse a esa realidad, tanto, que transformaron la UCI en una especie de extensión de su sala de estar: todos venían a saludar, todos se quedaban para charlar un buen rato; chistes, ocurrencias, anécdotas, fotografías, descubrimientos, lágrimas y risas se sucedieron como los bizcochos, las rosquillas, los fiambres que mi madre pacientemente (y con gran cariño) iba haciendo cada tarde para compartir esas horas todos juntos. La rehabilitación, cuyo fisioterapeuta fue un regalo del cielo, los vaivenes, la desesperación también y la esperanza: en más de doscientos días todas las emociones humanas hicieron su particular parada de sentimientos y dejaron en mí honda huella.

Todo vivimos una muerte desde nuestra propia perspectiva. Ese viaje es más extraño siendo médico, siendo responsable a su vez de las decisiones que se toman en cada dirección hacia la recuperación de la Salud, y llegado el caso, en las decisiones que se toman una vez cesan todas las esperanzas por encontrarla. Me llevó ocho meses llegar a ese punto, y aún así, fue una decisión tomada en familia, pues no cabía nada más que dejarlo ir en paz.

Tras una gran lección como fue su vida, el momento de su partida fue dulce y triste. No sufrió, y la vivimos los tres: mi madre, mi hermano y yo junto a él, hasta el último suspiro. La muerte de mi padre pudo ser lo que siempre he deseado que fuese la de cualquiera: tranquila, sin estorbos ni ruidos ni alarmas, rodeados por aquellos a los que más se quiere, sin sufrimiento añadido, con sentido y sensibilidad, y con calma.

Y aún así, ese extraño viaje no ha hecho más que seguir en mi interior. Sé dónde cometí errores y el porqué. Y sé que pudiera haberlo hecho mejor, y sé que hubiese sido posible cometer más errores. No habrá ningún día que pase en que no me dé cuenta de algún tropiezo, de algún desliz. Y que ya nada puedo hacer para remediarlo.

Sobre todo para no volverlos a cometer con nadie, paciente o amigo, allegado o familiar, que confíe tan ciegamente como mis padres y hermanos hicieron conmigo.

Gracias a todos los que una vez trataron a mi padre. Gracias a todo el inmenso personal de la UCI que puso todo su cariño en cuidarlos, en mimarlos, en hacerlos sentir queridos: nunca sabrán cuánto afecto les profesan mis padres por ello. Ni sabrán nunca los grandes maestros que han sido para mí en estos largos meses juntos. Este extraño viaje no sería lo mismo sin ellos, y menos mal que he contado con ellos para seguir adelante.

Ni un día pasará sin que este extraño viaje termine. Y espero que, como todo en la vida, sea para bien.

Muchas gracias.

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