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Hoy se ha ido de nuestro lado el gran compositor venezolano Simón Diaz, creador de una pequeña obra maestra: Caballo viejo.

Cuando la obra de un autor alcanza dimensiones que ni siquiera éste ha soñado, lo transmuta y lo hace imperecedero: las canciones de Simón Díaz, llenas del folclore venezolano, han deshilachado las fronteras propias de Venezuela para hacerse parte del acervo cultural del habla hispana y del mundo.

Era el Tío Simón. Tan sereno y tan sencillo como su eterno liquiliqui y su gran canción, que habla de la verdad del tiempo ido, del amor ingrato y del abandono.

Hasta pronto, Caballo viejo: que el mundo siga cantando tus versos y siga retratándose, llegado el tiempo justo, que todos, todos somos un poco como tu caballo viejo: impetuoso, achacoso y siempre esperanzado.

Open Your Eyes. Snow Patrol

   6849aebc61215c593d6f6f3dfda02822Otro de los descubrimientos en Instagram ha sido, para mí, Sergio De Luz. Sus formas desnudas, su estilo rudo sin apenas retoques, esconden sin embargo una técnica depurada y la sutileza más delicada en las imágenes que quedan prendidas en la retina una vez nos obliga a abrir los ojos ante sus creaciones.

   Su trabajo como fotógrafo profesional es independiente de su labor en Instagram, más personal, en el que se nota una huida hacia lo sencillo (que no básico), un juego constante entre las sombras y, como su propio apellido indica, la luz.

   Apenas hay cabida para el color. El mundo de Sergio De Luz es un constante claroscuro en el que las formas se desnudan, o se ofrecen en vaivén, llevadas y traídas por las mareas de la mirada.

   Porque Sergio De Luz nos obliga a abrir los ojos ante la vida sugerida y retratada, descarnada pero juguetona, directa y sutil, sin afeites; a veces cargada de una cierta rabia contenida, y otras, de un dejarse ir sedoso y revelador.

   Nada en Sergio De Luz nos deja indiferente: ni su pasión, ni su delicadeza, y mucho menos esas imágenes con las que retrata una vida en blanco y negro que, sólo a veces, por suerte o por casualidad, se puede llenar de color.

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I ♥ NY.

11/09/2012

En el aniversario del ataque terrorista a Nueva York (vísperas de lo que sería el peor ataque terrorista en Europa, en Madrid) un pequeño homenaje de la serie Sexo en Nueva York a la ciudad, uno de los episodios más bellos y de más corazón de la misma.

Ningún intento de copyright. No poseo ninguno de los derechos de la serie.

De mi amiga y colega Sonia Fernández Conde la belleza y melancolía de Pontemaceira, como ejemplo de lo maravillosa que Galicia es.

Hayley  Westerna. O mio babbino caro.

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Mirando al mar. Mocedades.

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   Ser adolescente en los ochenta fue maravilloso. Lo mismo dirían aquellos que lo fueron en los noventa o en los dos mil. Ni qué decir tiene los setenteros o los sesenteros. No lo dudo. Pero los ochenta tuvieron más relación con los setenta y los sesenta que con sus décadas sucesoras y quizá sea eso lo que los hicieron únicos.

   Entiendo poco de música. Sólo oigo lo que me gusta. Supongo que más o menos como todo el mundo. Crecí en el trópico. Mi madre, una gran radiófila, sintonizaba todas las tardes la estación Radio Ideal, por la que desfilaban sin apenas interrupciones la música romántica más importante desde los años cincuenta; de suerte que crecí mecido en las notas de los boleros, las bachatas, la música melódica, los cantantes españoles e italianos de aquellas décadas prodigiosas, y la música pop anglosajona. Tengo una memoria de pez para recordar nombres de grupos o de canciones, pero no olvido una melodía o una canción. Así, esas sesiones de radio vespertinas sembraron en mí una necesidad de música de fondo: he estudiado con música, he dibujado con música; con música limpio mi casa y con música escribo. Y estoy más que dispuesto a implantar, cuando pueda, música en el ambiente laboral: todo es mucho más fácil y nos llena de una energía fascinante que lo hace más llevadero, casi mágico.

   Por eso guardo con especial cariño mi primer recuerdo consciente de enganche musical. He sido un niño que creció alrededor de personas mayores que él. Dos, tres, cuatro, cinco años y a veces más. A los once años oía Supertramp y Aute y Silvio Rodríguez  (aparte de lo mencionado antes) y los Bee Gees y ABBA, claro, y Air Supply.  Pero la primera vez que me dije a mí mismo que quería un disco, un LP como se llamaban entonces, fue con quince años, y fue Whitney Houston la cantante elegida. Recuerdo haber visto un vídeo en la tele (aunque en Caracas ya había televisión por satélite, con la MTV como abanderada, en mi casa eso no se estilaba), en un programa de vídeos musicales que conducía Musiuíto, una mujer guapísima y muy joven, vestida de blanco, delgada y esbelta como una palmera, cantando sobre el amor más grande de todos:

   Y me dije a mí mismo que quería su disco. Quién me lo iba a decir, pero Whitney Houston pasó a formar parte de la banda sonora de mi vida. Aquel disco lo devoré por completo. En Europa se estilaba que los LP trajeran consigo las letras de las canciones, pero en América eso no era tan frecuente. Y éste no fue la excepción. Pero por aquel entonces, con quince años tenía el convencimiento de que podía hacer de todo, y me dispuse a aprender inglés. Y aunque tuve que esperar un año más para ponerme con lo del idioma nuevo, en ese período de tiempo tuve a bien graduarme de bachiller, aprobar los exámenes de ingreso en la universidad y perfilar mis estudios de medicina. Todo a la vez:

   Y mientras a mí me pasaban estas cosas normales en un chico de esa edad, Whitney Houston subió como la espuma. Era una belleza elegante y espigada, y poseía una voz poderosa y dulce, cosa que no es fácil de encontrar. Arropada por grandes profesionales y por ese regalo divino de su voz, prepararon rápidamente su segundo disco con Arista, que sería una de las discográficas de mi adolescencia, y se anotaron, para mí, quizá el mayor éxito de su carrera (exceptuando El Guardaespaldas, que es otra cosa), y en el que la cantante quería bailar, bailar como fuese con alguien que la quisiese:

   Fue un gran triunfo. Casi todos los sencillos de aquel extraordinario disco fueron un éxito. Para ese momento yo esperaba con grandes ansias a que saliese. Cuando oí la primera canción en Radio Ideal supe que tenía que comprar ese segundo LP. Tenía dieciséis años, estaba en la universidad, y por las noches iba tres veces a la semana a la academia de idiomas Berlitz School, para aprender inglés. Y aunque no tenía mesada o cosa parecida pues recibía el dinero que necesitaba de mis padres diariamente, estos accedieron a que comprara el segundo disco de Whitney Houston, titulado simplemente Whitney. A mi madre la fascinaba con su belleza y elegancia y a mi padre, cantante de voz aterciopelada él mismo, con el poder de su voz.

   Aquel disco de maravillas traía una grata sorpresa en su interior: ¡las letras! Y aquello no pudo ser mejor regalo. Avanzaba con el inglés y podía practicar con mi cantante favorita y sus canciones; quizá por primera vez era capaz de seguir una melodía anglosajona sin equivocarme y entendiéndolo completamente. Casi creí tenerlo todo por aquellos años:

   En el año 1988 llegó a nuestra casa el Betamax. Y no era uno cualquiera: el primero con sonido estéreo, con su barra de sonidos en la cabecera de su traje plateado; gracias a eso, perimitía verter las imágenes en sonidos en un cassette de música normal, que de aquella los había de 60 y de 90 minutos, si se lo conectaba a un equipo estereofónico, que recibí como regalo por haber terminado el colegio y entrado en la universidad. Aunque por aquella época a todos mis amigos se les había regalado un coche para poder desplazarse a través de los cientos de kilómetros que debíamos recorrer para asistir a clases, yo no tenía ni de lejos edad para sacarme el carnet de conducir, así que tuve que conformarme (y yo encantado) con un equipo de música extraordinario (al que al año siguiente se le añadió ¡un compact disc!)  y el Betamax estéreo y un viaje de verano a Madrid y Barcelona, aparte de Santiago de Compostela, claro. Qué decir tiene que no extrañaba el coche para nada, aunque tuviese (como hacía) que levantarme a las 4:30 de la mañana para coger el autobús que me llevase a clases cada día.

   Pues gracias a ese Betamax, pude grabar la entrega de premios Grammy de 1988. Y la recuerdo vívidamente: Whitney Houston abrió la ceremonia llena de energía, y desfilaron por ella Michael Jackson con su Man in the mirror, Belinda Carlyle, Suzanne Vega y su Luka, Liza Minelli y Celia Cruz, entre muchos otros artistas extraordinarios. Aquel año fue fabuloso, y tuve grabada esa cinta en un cassette de 90 minutos muchos años después, hasta hace poco realmente, ya demasiado vieja y gastada como para que fuese útil.

   Con el transcurrir del tiempo, perdí esa ansia de seguidor que tenía en mis primeros años de adolescente. No necesitaba oírlo todo ni leerlo todo de los artistas que me gustaban. Y, con el tiempo y el desarrollo de estructuras de comunicación como la red, se me hizo innecesario. Aún así y todo, Whitney Houston siguió cosechando éxitos, siguió deslumbrándonos. Pareció tenerlo todo y puede que lo tuviese, y fue feliz a ratos, como en el fondo todos lo somos.

   Con motivo de su reaparición, minada esa voz de ángeles por los hábitos que vamos adquiriendo con los años, la casualidad hizo que estuviese unos días en San Francisco cuando Oprah Winfrey la entrevistó en exclusiva. La entrevista, larga, estuvo dividida en dos programas. No salí de mi hotel en las horas en que la emitieron. Y aunque estaba guapa y con ganas de relucir y de resurgir, había perdido aquel don fascinante, había descuidado ese regalo del cielo. Y sin embargo seguía siendo ella, la bella Whitney Houston que había conquistado mi corazón a los quince años. En esa entrevista habló de todo sin tapujos; contó su historia. Todo el que se confiesa defiende su punto de vista sobre la vida, eso está claro. Y sin embargo no importaba. Lo verdaderamente importante es que allí estaba ella, dispuesta no ya a cantar (no podía, pero había llegado a un estatus en que aquello era irrelevante) si no a seguir con vida. Pero sólo fue la última chispa de luz en un horizonte en tinieblas. Y es una pena. Otra más.

   Hoy ha muerto Whitney Houston, sin duda la voz de la música norteamericana de este tiempo. Ignoro si tuvo una vida fácil, si se rodeó de todo lo que quería; no sabría decir si fue feliz. Exactamente como nos ocurre a todos. Y sin embargo, sé que hoy como ayer, ella como yo y todos los seres humanos que habitamos en este planeta, se seguirá preguntando, cada día que pase, si podrá alguna vez saber, y cómo será saber, lo que la Vida nos depara:

   Ayer paseaba por la calle. Atravesaba un jardincillo lleno de verdor y con árboles lanceolados y desnudos por el invierno. Hacía frío y un viento molesto soplaba testarudo.

   Me arrebujé en el abrigo. La enorme bufanda cubría mi cuello y parte de la cara. Sentía la piel tensa por el frío. Pero, a pesar del tiempo, se estaba bien por aquella calle verde, abrazado por el susurro de las ramas al chocar unas con otras y lleno del eterno baile de las hojas secas.

   Pensando en mis cosas, imbuido en mi propio mundo, algo anestesiado por problemas que no lo eran y preocupaciones inmerecidas, casi tropiezo con una pareja que, riendo, llevaba de la mano a un crío pequeñito. Sus zancadas de enano, todavía algo inestables, eran el motivo de las risas. La pareja se acercaba al pequeño, que lleno de razón seguía empeñado en caminar. Tan cabezota como el viento que arreciaba, el chiquillo iba de aquí para allá con un desequilibrio controladísimo, riéndose de sí mismo y de la felicidad que generaba en sus dos acompañantes.

   Los tres me sacaron de mi abstracción. Los estuve observando unos minutos, ralentizando el paso para no dejarlos atrás. La pareja reía desenfada con esa sonrisa que llena la boca y el corazón. En cuanto al niño, todo él era una sonrisa y parecía brillar siendo el centro de atracción. De la pareja, vistos desde atrás, poco podía decir. Uno era más alto y el otro decididamente bajo. Uno llevaba el pelo largo sujeto a una cola y el otro el cabello muy corto, a cepillo. Sus formas redondeadas, más suaves de lo esperado y cierto ademán llamaron mi atención. La pareja iba de la mano. Una manita dentro de otra. Una piel sonrosada por el frío protegida por la otra, más grande y enguatada. Dos abrigos negros anodinos, dos pares de botas con borreguito. Y risas, muchas risas. Y una voz.

   La pareja que paseaba con el chavalín hablaba de sus cosas cuando el niño no monopolizaba su atención. Y en todo el rato que estuve por esa calle antes de virar hacia la derecha, no pararon de demostrarse cariño. Se acercaban y se tocaban los hombros y las cinturas, con un fru-frú de material sintético y oscuro. Y las manos juntas, sin separarse nunca. A veces parecían mirarse y se sonreían. A veces parecía que se daban calor. A veces se separaban porque el niño se entrometía, con las manos unidas por sobre su cabecita peluda. Y caminaban sin descanso a través del jardín verde y susurrante, de ramas desnudas y hojas caídas.

   Finalmente los adelanté cuando el pequeño se entretuvo con una piedra del camino. Aprovechando el momento y aún de la mano, se acercaron y durante un segundo eterno, se dieron un beso lleno de cariño, con una cierta reminiscencia de pasión, pero delicado y fugaz, como novios nuevos. Y en ese momento me di cuenta que eran dos chicas que caminaban de la mano esa tarde por el parque, que eran pareja y que, decididamente, el chiquitín se parecía mucho a la bajita sin guantes. Al pasar a su altura volvieron a darse un beso y pude ver el brillo de una mirada, el ligero rubor de la alegría y cierto tono de costumbre y de misterio que sólo se teje entre dos personas que se aman, se comprenden y se aceptan.

   Cuántos recuerdos renacieron…

   Unos metros más adelante, cuando ya no se oían sus risas ni mi mirada miope podía apreciar más detalles de aquella escena privada, mi corazón comenzó a recordar. Mis pisadas eran las únicas que se oían en aquella calle desierta. Yo no tenía sonrisas que compartir ni misterios que descubrir; el sonido de mis pasos no traían consigo el reverbero de otros a su lado; nadie disfrutó conmigo el verdor del parquecillo, ni encaró conmigo el viento frío ni disfrutó conmigo la vida que latía en aquella familia que había dejado atrás.

   Suspiré. Sacando una mano del abrigo, extendí el brazo y la abrí buscando un peso, un contacto, un calor humano… Pero no había nadie.

   De la mano la vida parece mejor. De la mano parece que todo y a todos se puede hacer frente.

   Quizá.

   Pero yo no pude pasear ayer de la mano con nadie. Ni tampoco hoy. Y quién sabe si mañana.

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