bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

Chess, The Musical.

02/07/2014

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Gabriel_Garcia_Marquez

   Pocas veces tenemos la oportunidad de convivir día a día con grandes maestros de las Artes.

   En nuestro presente hay muy pocos; devorados por las ventas y lo efímero, están escondidos del ojo público, y por ende, lejos de ser disfrutados por aquellos que de seguro serían más felices con sus obras.

   El Arte late aún en el siglo XX. Y poco a poco, como una vela consumiéndose, va llegando a su fin.

   Que Gabriel García Márquez fue un revolucionario, el pionero, el primer escribidor que se atrevió con las letras (gracias al bagaje de otros grandes, más formales, como Rómulo Gallegos) lo que en el arte pictórico, escultórico y musical ya se había aceptado como normal: la frondosidad, la poesía, la abundancia, la imaginación que desborda Latinoamérica son el ritmo que aviva el mundo artístico mundial, no lo duda nadie. Desde la loca imaginación de sus cuentos, hasta el universo onírico, pero muy real, de sus novelas más laureadas, su talento brilla y se alza eterno desde Los Andes hasta los Himalayas.

   Como ya referí en una entrada muy anterior de este blog, para mí Gabriel García Márquez significó la pasión, el batir de alas, la revolución del amor, la posibilidad de vivir en la Literatura como si fuese el centro de mi propio corazón.

   Ya era premio Nobel, ya era Gabo para muchos; estaba embebido en el Comunismo, con el desafuero equivocado de la pasión latinoamericana, que todo lo lleva al extremo; Crónica de una muerte anunciada había sido editada hacía poco cuando, muy pequeño en el colegio, sobre los nueve años, (conté la historia de haber empezado en las letras a una edad muy temprana hace mucho) ya leíamos su producción. Sin embargo, yo guardaba un secreto en esa clase que nos obligaba a analizar esa novelita potente sobre la violencia y el sentir revolcado de la Latinoamérica profunda: había devorado ya todos sus cuentos, y latía todavía en mí (aún lo hace hoy) el relato: El rastro de tu sangre en la nieve, con una emoción que me hacía temblar y la impresión de un descubrimiento que nos devora y nos cambia los sentires para siempre.

   Eso era para mí García Márquez: revolución apasionada y la noción de que el amor todo lo puede, desde flotar sobre la luna hasta esperar el fin del mundo por conseguir la felicidad que  se nos niega de continuo. Él era Literatura para mí, como otros antes y después, pero hacía que lo cotidiano fuese mágico y que las tortuosas conclusiones a las que nos aboca la vida al vivirla se mostrasen amigables, comprensibles y aceptables.

   En medio del fragor de la selva, del fulgor de una prosa verborréica pero siempre precisa, la sabiduría de un gran escritor se esconde y refulge, en mágica redundancia. Macondo y sus líos de Buendías en Cien años de soledad, guarda en su interior el mismo nudo secreto que se muestra en Crónica de una muerte anunciada, y el mismo amor inmortal, la misma pasión icónica y el romanticismo más exacerbado (pero llevados a un grado de maestría sin igual que no alcanzaría ya jamás) en El amor en los tiempos del cólera. Eso es Escribir. Eso es Literatura en toda su pureza.

   Gabriel García Márquez me abrió las puertas, a los quince años, a la creencia de que todo era posible. Me permitió, a través de esa obra maestra que es El amor en los tiempos del cólera, comprender y disfrutar del pensamiento europeo, más intelectual pero menos apasionado, no aséptico pero casi, bajo cuyo foco se han escrito páginas y páginas de sabiduría, sentimientos, sentido y secretos humanos y que han configurado mi yo más creativo, mi pensar más auténtico. Él hizo que floreciera en mí la botánica amazónica, hizo que se grabase en mi interior el ritmo de las olas del Mar Caribe, hizo que los amaneceres rápidos y la luna de plata flotasen para siempre en el río de mis recuerdos.

   ¿Qué es lo bueno del Arte? Que siempre está vivo. Que siempre es primavera. Cada vez que abrimos las tapas de un libro, oímos una canción o vemos una fotografía o un retrato, la magia revive. Hasta siempre, señor García Márquez. Nos veremos, cuando queramos, en cada página escrita y en cada sentimiento reflejado en ellas. Y con placer.

   Muchas gracias por todo.

ADOLFOSUAREZ

Entre la Libertad y la Concordia. Entre le Servicio y el Honor. Entre la Inteligencia y la Ambición. Entre la Sencillez y el Donaire. Entre el Silencio y el Ruido atronador. En la Memoria siempre estará él.

Querido, odiado, admirado, deseado, por siempre incomprendido, tenaz y voluntarioso, Adolfo Suárez, quizá el mejor político que hubo en España, quizá el único hombre de Estado con poder que lo ha ejercido con seriedad, dedicación y, lo más raro de todo: Servicio.

No: ya no hacen hombres así. Y por eso España, y el mundo, están desnudos. Los políticos no tienen esa talla, no le llegan a la altura de la mirada. No son lo que él siempre fue.

No necesitó nunca emplear un arma, sólo con la fijeza de su ambición, de su claridad de ideas, de su corazón. Y su entera dedicación a ser lo mejor que pudo haber sido.

Hasta otra, presidente. Usted sí merece una gloria bendita. Y más.

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Hoy se ha ido de nuestro lado el gran compositor venezolano Simón Diaz, creador de una pequeña obra maestra: Caballo viejo.

Cuando la obra de un autor alcanza dimensiones que ni siquiera éste ha soñado, lo transmuta y lo hace imperecedero: las canciones de Simón Díaz, llenas del folclore venezolano, han deshilachado las fronteras propias de Venezuela para hacerse parte del acervo cultural del habla hispana y del mundo.

Era el Tío Simón. Tan sereno y tan sencillo como su eterno liquiliqui y su gran canción, que habla de la verdad del tiempo ido, del amor ingrato y del abandono.

Hasta pronto, Caballo viejo: que el mundo siga cantando tus versos y siga retratándose, llegado el tiempo justo, que todos, todos somos un poco como tu caballo viejo: impetuoso, achacoso y siempre esperanzado.

juliepretty

   1459184_10152021550392836_617473699_nCon sólo oírte, saltaron las cuerdas de mi corazón con gozo.

   No te había conocido antes, pero te he querido por siempre. ¿Cómo lo sé? Porque las cuerdas de mi corazón resuenan cada vez que pienso en ti.

   Recuerdo incluso cuando posaste tu mirada sobre la mía, el temblor que me entró que hasta los dedos se me enredaban unos con los otros y no podía separarlos, y la sonrisa se me salía de la boca enrollada con las cuerdas de mi corazón, que resonaba y resonaba sin que te dieras cuenta.

   Pero me sonreíste y menudo lío en mi pecho. Respiraba, transpiraba, pensaba. Y del barullo de la cabeza al ronroneo de mi voz, que parecía decir palabras inconexas pero con todo sentido para mí.

   Y recuerdo que reías, y lo hacías de mí, y me parecía lo mejor del mundo. Así de loco vibraba mi corazón.

   Tocaste las cuerdas adecuadas y una melodía parecida al amor de improviso emergió de mí.

   El cielo se hizo azul y sin nubes, y el viento fresco y lleno de caricias.Y cuando dijiste mi nombre el mundo se detuvo y supe, supe que te amaba así, pum, pum, pum, con todas las cuerdas de mi corazón.

   Soy tuyo, quise decirte. Aunque sé que casi me desmayé del gusto.

   Y te reíste. Y desde ese día hasta hoy, estás junto a mí. Enredado en las cuerdas de mi corazón.

   Qué felicidad.

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