ADOLFOSUAREZ

Entre la Libertad y la Concordia. Entre le Servicio y el Honor. Entre la Inteligencia y la Ambición. Entre la Sencillez y el Donaire. Entre el Silencio y el Ruido atronador. En la Memoria siempre estará él.

Querido, odiado, admirado, deseado, por siempre incomprendido, tenaz y voluntarioso, Adolfo Suárez, quizá el mejor político que hubo en España, quizá el único hombre de Estado con poder que lo ha ejercido con seriedad, dedicación y, lo más raro de todo: Servicio.

No: ya no hacen hombres así. Y por eso España, y el mundo, están desnudos. Los políticos no tienen esa talla, no le llegan a la altura de la mirada. No son lo que él siempre fue.

No necesitó nunca emplear un arma, sólo con la fijeza de su ambición, de su claridad de ideas, de su corazón. Y su entera dedicación a ser lo mejor que pudo haber sido.

Hasta otra, presidente. Usted sí merece una gloria bendita. Y más.

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Hoy se ha ido de nuestro lado el gran compositor venezolano Simón Diaz, creador de una pequeña obra maestra: Caballo viejo.

Cuando la obra de un autor alcanza dimensiones que ni siquiera éste ha soñado, lo transmuta y lo hace imperecedero: las canciones de Simón Díaz, llenas del folclore venezolano, han deshilachado las fronteras propias de Venezuela para hacerse parte del acervo cultural del habla hispana y del mundo.

Era el Tío Simón. Tan sereno y tan sencillo como su eterno liquiliqui y su gran canción, que habla de la verdad del tiempo ido, del amor ingrato y del abandono.

Hasta pronto, Caballo viejo: que el mundo siga cantando tus versos y siga retratándose, llegado el tiempo justo, que todos, todos somos un poco como tu caballo viejo: impetuoso, achacoso y siempre esperanzado.

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   1459184_10152021550392836_617473699_nCon sólo oírte, saltaron las cuerdas de mi corazón con gozo.

   No te había conocido antes, pero te he querido por siempre. ¿Cómo lo sé? Porque las cuerdas de mi corazón resuenan cada vez que pienso en ti.

   Recuerdo incluso cuando posaste tu mirada sobre la mía, el temblor que me entró que hasta los dedos se me enredaban unos con los otros y no podía separarlos, y la sonrisa se me salía de la boca enrollada con las cuerdas de mi corazón, que resonaba y resonaba sin que te dieras cuenta.

   Pero me sonreíste y menudo lío en mi pecho. Respiraba, transpiraba, pensaba. Y del barullo de la cabeza al ronroneo de mi voz, que parecía decir palabras inconexas pero con todo sentido para mí.

   Y recuerdo que reías, y lo hacías de mí, y me parecía lo mejor del mundo. Así de loco vibraba mi corazón.

   Tocaste las cuerdas adecuadas y una melodía parecida al amor de improviso emergió de mí.

   El cielo se hizo azul y sin nubes, y el viento fresco y lleno de caricias.Y cuando dijiste mi nombre el mundo se detuvo y supe, supe que te amaba así, pum, pum, pum, con todas las cuerdas de mi corazón.

   Soy tuyo, quise decirte. Aunque sé que casi me desmayé del gusto.

   Y te reíste. Y desde ese día hasta hoy, estás junto a mí. Enredado en las cuerdas de mi corazón.

   Qué felicidad.

Samaín/ Samhain.

31/10/2013

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De la serie de TV La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast), el capítulo correspondiente a Halloween, o Samhain como se dice en el mismo: Masques (1987). En la tradición celta, de la que esta tierra gallega está embebida y a la que pertenecemos en gran parte, Samaín tiene el mismo significado, el mismo rito, la misma esencia: el momento único en que la  pche y el día se envuelven en un abrazo aterro y hace aparecer lo que queda y lo que se fue.

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   visitantes-lectoresEsta tarde estuve comentando con una amiga 2.0 sobre las posibilidades que una trama pudiera tener. Ella está en el proceso de elaboración creativa, un lío amoroso y cruel a partes iguales, y quería saber mi opinión.

   Como lector puedo darlo. Como aspirante a escribiente (eso de escritor está demasiado lejos como para tomarlo en consideración) me aventuro un poco más. Pero es en lo primero en donde me encuentro seguro. Y como tal intenté ayudarla.

   Nada hay mejor para escribir que leer. Nada hay mejor para comprender nuestro mundo que entre las páginas idealizadas de un libro. No conozco mayor placer desde pequeños que las tapas abiertas de un libro, con sus grandes fotos y los pie de página ilustrativos, y las historias entrelazadas entre sus hojas.

   Sé que en la sociedad actual (una redundancia, pues toda sociedad es actual en el constante presente en el que navegamos) prima más la información visual y auditiva, tendemos a la pereza y yo me incluyo. Pero sólo la comprensión de lo que vemos y escuchamos viene tamizado por lo que leemos: entendemos mejor lo que nos ocurre a nosotros y a los demás a través del lenguaje. No en vano nuestro primer impulso ha sido siempre coger un papel y empezar a garabatear nuestros sentimientos o las ideas confusas que buscan una explicación coherente. Incluso con la facilidad que tenemos ahora de grabar un vídeo, sin base en papel las ideas son inconexas y pierden su valor de transmisión y, más todavía, su fuerza catártica y aseverativa en nuestro interior.

   Sin querer esta tarde me vi creando historias de ideas que ella me sugería y, a la vez, intentaba resolver los posibles problemas dramáticos a los que la historia la estaba llevando. Que es más fácil resolver problemas ajenos nos es algo que se me escapa. Pero había magia en ese intercambio de ideas, pues me sentía lector y escritor a partes iguales: podía verme escribiendo la trama y juzgándola; encontraba salidas versátiles a posibles baches argumentases; llevaba mi imaginación una velocidad sólo parecida a la de la luz.

   Y ese proceso creativo sólo se debe al leer. Soy lector. Como soy médico. Como soy ser humano. No podría ser de otro modo. Y, como lector, sé que el mundo es más vasto de lo que nunca podré imaginar y que lo puedo comprender porque hallo razones a los vericuetos de mi vida, a veces justificaciones y las más, mi propio retrato en las líneas leídas en ocasiones con ansia, y otras, con cierto desdén.

   Hoy es el Día del Lector. Yo lo ignoraba. Pero quizá sí haga falta recordarlo a veces. No hay paraíso que quede oculto fuera de las tapas de un libro. Ni una película sería lo que es, ni una canción lo que es, sin el soporte de una trama escrita, sin los sentimientos anotados, palabra por palabra, en una hoja de papel.

   Mi primer amor está oculto entre las tapas de un libro. Y mi vida también.

   a7dee7f4f2e311e2b7a722000a9e5154_7Aún me acuerdo cuándo nos dijimos adiós.

   El verano llegaba a su fin y era una melodía de colores dulces, llenos de azafrán. Con sabor a tu boca y aroma a tus caricias.

   París era más París aquel verano. Sy luz más dorada, la arena más suave y el arrullo de los árboles embriagador. Todo era verde paseando de la mano por las calles; sorbiendo nuestros labios como helados derretidos, y pegados muy juntos, con ese calor suave y nada pegajoso de París en verano.

   Todo parecía ser eterno, como el rumor del Sena y sus casas flotantes. Fantaseábamos yendo a vivir en una de ellas, bailar el amor con la marea líquida y acompasar cada deseo al ritmo de las eternas ondas oscuras.

   Todo parecía brillar. Eso es lo que pasa cuando anida el amor. El desayuno, el almuerzo, la cena: respirábamos amor y amor bebíamos y merendábamos. Se nos quedaban mirando asombrados, como si dos amantes en París fuese una noticia. Pero éramos nosotros, lo sé, y llamábamos la atención: no nos descubríamos,  nos sabíamos de memoria, y aún así nos escalábamos, nos escondíamos y nos descubríamos a cada minuto.

   Aún me acuerdo de ese último verano, en París, cuando nos dijimos adiós.

   Nada ha sido igual desde entonces. y mira que he vuelto una y otra vez para buscarte. Y para hallarme. Y nada.

   Me sonreíste. Te sonreí. Sin decir una palabra me tomaste de la mano y me basaste la palma. Y después buscaste mis labios y los dejaste tatuados con tu sabor. Y seguías sonriendo. Y yo sin pronunciar una sílaba.

   Cogiste tu maleta, ladeaste la cabeza y me lanzaste un beso en la distancia. Intenté atraparlo pero fallé. Con inquietud busqué tus ojos y ya no pude encontrarte.

   La habitación se obscureció de repente y nada fue igual.

   Todavía recuerdo el sabor de París ese verano. Y el sabor de tu sonrisa y la luz de tu mirada. Era dorada y verde, como los parques y las enormes avenidas llenas de tiendas desapercibidas. Aún recuerdo el eco de mi corazón y el tuyo, uno junto al otro, de la mano, por las calles llenas de turistas y vacía de amantes, amantes como nosotros.

   Y recuerdo cada uno de tus silencios desde ese día en que nos despedimos en París. Ni una carta, ni una llamada, ni un recuerdo. Y mi corazón roto a orillas del Sena, flotando como una barca sin ancla, varada en un puente que ya no brilló jamás como en aquel verano.

   El verano que pasamos tú y yo juntos, y que jamás volvió a repetirse.

   Lo que se llevó el verano, y París, eres tú.

   Y mi corazón destrozado.

Foto: © Màxim Huerta

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