10489711_10203549771618330_9218701623972587432_nHe tenido la alegría de descubrir a Paco Seoane. La fortuna y la suerte, además. Hombre lleno de Arte, asimismo es una persona de gran corazón, que abre su alma a través de sus trazos y dibuja la realidad que lo rodea, es decir su alma, con un trazo lleno de divinidad, repleto de corazón.

   Su Arte es muy realista. En una sociedad cansada quizá de un Abstraccionismo demasiado intrincado y centrado en sí mismo, demasiado incestuoso, los movimientos artísticos que intentan atrapar la belleza, la esencia y la propia realidad de las cosas se erigen como un canto a lo bello que nos rodea, a visualizar nuestro día a día a través del tamiz sensible de almas únicas que lo captan y lo reflejan. Más que una imitación de la realidad, intentan capturar las formas y traspasar las fronteras físicas de lo retratado y quien lo retrata, jugando con los sentidos y las sensaciones y los fenómenos telúricos que se fraguan dentro de cada uno de nosotros, arrojando, en forma de bosquejo y de dibujo, lo que escondemos, la intimidad más secreta y, por ende, la más bella.

   Paco Seoane trabaja fundamentalmente a lápiz y a carboncillo. Maravilla de técnica, su trabajo escapa en sus momentos más brillantes (y son tantos) a la bidimensionalidad del papel, se hacen carne y lágrimas, viento y deseos, alegrías y tristezas, sensaciones y tactos. Jugando con la luz y con las sombras del grafito, de la carbonilla, logra arrancar, desde el espacio en blanco del papel, un universo único, muy propio, con el que nos identificamos y aceptamos, y en el que nos encontramos abiertos a flor de piel.

   El talento de Paco Seoane se toca, se siente. Es tan orgánico como el polvo del carboncillo, como el trazo diligente con el que bosqueja corazones y miradas; de suerte que oímos el tintineo de una sonrisa, el sabor de unas lágrimas y el tacto afectuoso o apasionado o desesperado o sensual de un abrazo interminable.

   Lo que llega de su obra es el corazón; lo que revoluciona de su obra es la ebullición a la que lleva a nuestros sentidos, la sensualidad que se desprende del papel, la pureza siempre y la delicadeza en el trato. Su Arte es amable, plácido, sensual, tranquilo. Y por eso mismo conquista: porque nos endulza, nos engalana, nos arropa en un universo sensible como un corazón, suave como un útero. Y nos cambia de fuera adentro casi sin darnos cuenta, casi sin hacerse notar.

   Eso es el fin de cualquier artista: plasmar un cambio de mundo, arrancar de la cotidianidad una revolución interior, y reflejar las luchas, y los logros, con una desvergüenza encantadora, con un arrebato sencillo.

   El lápiz de Paco Seoane hace Dibujos de Realidad, traza Criaturas de Lápiz, y plasma su corazón en ellos. Y con el suyo, nuestras almas apoyadas en sus obras, nuestros sentidos abiertos por su magia.

   Qué bello es el Arte y qué bien nos hace. Y cuánto bien nos regala cuando alguien como Paco Seoane lo encarna.

Clint Eastwood. Changeling. End Titles.

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Fin/ The End.

10/08/2014

 

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  La lucha ha terminado. Y la alegría y las anécdotas, y la sonrisa y los regaños y la preocupación y la energía que mueve mundos y universos.

   La alegría perpetua, la ilusión de ganar la lotería, la sabiduría del tiempo ido, la obsesión por la recuperación de la Salud, el miedo por perder la precaria estabilidad de la vida. Y la fe en la Medicina, y la fe en un cuerpo de recuperación milagrosa que lo ha llevado hasta aquí.

   Le gustaba la música; tenía una voz de barítono que conseguía elevar notas a alturas de preciosidad. El fútbol, del que era jugador, entrenador, aficionado, apasionado y muy conocedor. Y el ciclismo. Y la política.

   Y soñaba con los ojos abiertos. Se ha terminado esa personalidad que hacía posible casi cualquier ensoñación, casi cualquier ilusión. Un negocio propio, una vida en común.

   Idolatraba a su familia, la pequeña que siempre mantuvo unida, y la mayor, de la que fue pilar fundamental, ayudando a unos y a otros, con esa ideación casi obsesiva con la que afrontaba cualquier proyecto.

   Y fe. Fe en sanar, fe en que harían lo mejor del mundo para él. Y confianza, Y dejarse hacer.

   Era un conquistador nato. Y conversador. De cualquier cosa, en cualquier momento y lugar. Coagulaba personalidades como tejía sueños. Y siempre el amor por su señora, por su compañera de medio siglo, a quien llamaba cariñosamente, Mamá.

   Era un besucón. Y un adulador. Y un pesado. Y un montón de cosas más, buenas y no tan malas. El mejor enfermo que se pudiera tener y, también, el más exigente que se pudiese encontrar. Lleno de honor y de historia vivida.

   Y era mi padre. Y era mi madre, porque los dos son uno. Y ahora hay soledad y silencio. Y la fiesta ha terminado, y la historia cambia, y ya no es lo que una vez fue.

   Y era mi padre. Y ya no está. Y por fin descansa tranquilo. Y el mundo sigue. Para bien.

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©HBO

   Documental sobre la vida y la obra de Stephen Sondheim basada en seis de sus mejores canciones, o al menos que resumen mejor su actividad como artista y su pensamiento académico y critico.

   El documental esta primero en Inglés y posteriormente en Español (sobre la mitad de la reproducción). Los derechos de autor obviamente son de James Lapine y de la cadena HBO y del Canal Plus España para su reproducción televisiva.

 

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   Si hay algo en Carlos Puig Padilla es que es inesperado. Con su sonrisa al viento, con su sabia mirada y su lengua acerada, despliega encanto y allure allí por donde pasa. Es encantador y tierno, irónico y directo. Su arte sigue su estilo, delicado pero impactante, llamativo pero discreto, lleno de sorpresas escondidas; es elegante y suave, como el terciopelo. Su querencia por los tonos dorados, por los hermosos azules y verdes hacen de su trabajo fotográfico una oda a la sensualidad y al despertar y al sosiego.

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   Hasta que su inventiva ha llenado Barcelona de una psicodelia adictiva, lujosa y tremendamente atractiva que ha nacido desde el universo de Instagram.

   Barcelona Psicodelic es el nuevo trabajo de Carlos Puig Padilla como fotógrafo, y su exposición en el Gran Hotel Central de Barcelona, es todo un éxito. Pocas veces, es cierto, podemos ver un maridaje tan atractivo entre ciudad, sentimiento y calculada espontaneidad, dándole la vuelta a la vida, a los edificios y a los colores mediterráneos de una ciudad única.

   Barcelona Psicodelic de la mano de Carlos Puig Padilla: no imagino mejor forma de crear un nuevo mundo y de disfrutar en él lleno de alegría.

Chess, The Musical.

02/07/2014

Chess The Musical Logo

   thenormalheart_posterAyer vi la película The Normal Heart, la versión cinematográfica rodada por la HBO por Ryan Murphy de una obra teatral que en su día tuvo mucho éxito y produjo ruido en Estados Unidos.

   Esta es la película que, de haberse rodado en la década de los noventa, hubiese llegado más allá que Philadelphia. Es más veraz y rabiosa, a veces prepotente e intensa, inmensamente triste y hermosa, pero quizá demasiado reivindicativa, o muestra un lado del radicalismo que sólo es bueno en determinadas circunstancias como removedor de conciencias, y las diferencias que, frente a un mismo problema, personas que se consideran iguales no lo son.

   The Normal Heart es una película que retrata la vida de los oscuros principios del VIH en los Estados Unidos. Recuerdo la primera vez que oí hablar de la epidemia gay. Era muy joven (o creo que lo era) cuando llegaron a los periódicos (de la misma forma que se retrata en la película) ese extraño fenómeno que parecía restringido a un colectivo sexual. Y lo que parecía ser un murmullo callado, subterráneo, se reveló de forma repentina como una fuerza de la naturaleza, destructiva y desestabilizante.

   En esos años transcurre The Normal Heart. Pero no se queda sólo en eso: es una película de personajes, y cada uno de ellos está retratado como un arquetipo, o lo que pudiera ser tomado como tal, lleno de furia, a veces demostrada de forma desaforada, a veces mantenida en secreto, callada como una tormenta escondida tras un cristal; de rabia, de frustración contra la vida, el gobierno, el odio sin sentido, la necesidad de ser considerados iguales, los derechos alcanzados (¿es realmente un derecho amar a otra persona sin considerar orientación o raza, belleza o mezquindad?), los derechos adquiridos (el amor libre, sin compromiso, sin ataduras, por puro placer es un derecho gay por el que suspira la mitad heterosexual del gremio masculino), y finalmente algo parecido al amor fraterno y al amor filial y al amor sexual y al amor de libertad.

   Es una película que atrapa, supongo por una labor brillante de todo su equipo, porque su guión, que se siente, se palpa y se saborea (es una obra de teatro), es un puro gozo de recitación, pese a su reiterada obsesión por el enfrentamiento y la reivindicación (todos tienen algo que temer y por lo que protestar), y finalmente, tras un regusto muy amargo, también de  redención. Quizá los mejores momentos no sean los de la lucha sin sentido (todo era tan oscuro que nada parecía tener sentido, como ocurre con los hechos del presente cuando se ven con los ojos del futuro), la confrontación entre la excepción (lo homosexual) y la norma (lo heterosexual), y entre los propios integrantes de esa excepción (cómo poder reivindicar Igualdad si no la hay dentro de un mismo colectivo, cabría preguntarse); los mejores, los más brillantes y por los que la película se queda grabada en la retina, son los momentos de amor luminoso y sutil que se reparten por todo el metraje como joyas, como regalos inigualables.

   Mark Ruffalo y Albert Molina, hermanos unidos y enfrentados a la vez; Julia Roberts, la médico encolerizada con la vida y con su vida; la fraternidad gay, con sus grupos de apoyo tan yanquis (en Europa preferimos que el gobierno, paternalista, nos ofrezca lo que, por lo demás, pagamos con nuestros cada vez más gravosos impuestos), su búsqueda de héroes, su necesidad historicista y sus pequeñas historias de éxito y pérdidas; y sobre todo, por encima de todo y sorprendentemente, por la inusitada belleza de la relación entre Mark Ruffalo y Matt Bomer, verdadero corazón de la película.

   Que Matt Bomer es un hombre de belleza sin parangón no es ninguna novedad, lo que sí es asombroso es su personaje, hermoso, elusivo, dueño de una belleza que se trasluce en su desnudez (nexo de unión en toda la película) en su mirada y en su voz. Quizá las escenas más bellas, más contenidas, más difíciles sean las suyas. El encuentro entre ellos, la cena donde recuerdan, asombrados, una historia en común; la hermosa declaración de amor en la bahía de Nueva York en un amanecer azul que aleja la sombra a la que se están enfrentando; el reconocimiento de que aquello que los une es realmente amor; aquella otra donde una confesión da pie al miedo que todos tenemos por ser abandonados; el apoyo inconmensurable y, finalmente, la redención única a la que nos lleva el final.

   Lleno de un plantel de actores estupendos, la película brilla en esos momentos de intimidad más que en los de reivindicación. Quizá porque ya hemos visto antes escenas similares; quizá porque, al menos a mí, cada vez me gusta más la emoción contenida que los aspavientos; la caricia, a la lucha sin cuartel; la búsqueda de la normalidad más que la excepción del heroísmo. Y por dejarnos, algo muy de su director, un regusto algo amargo, porque la realidad de los ochenta sigue tan vigente hoy, en nuestro ya avanzado nuevo siglo.

   Esta película sería una bomba en los años noventa. Pero no había gente tan valiente que quisiera haberla producido. Además, quizá nadie habría ido a verla. Apenas un millón y pico de personas la vieron en el año 2014, por lo demás quizá todas ellas uranistas. Y eso es una pena: no hemos cambiado, por más que las formas, eso llamado visibilidad, sea cada día más patente. Y es que siempre seremos diferentes, siempre, aunque nos pese, aunque nos produzca orgullo, aunque nos genere desazón. Quizá mientras existan diferencias irreconciliables entre el mismo grupo las habrá entre los divergentes… No lo sé.

   Lo único que sé es que nunca será igual. Ni lo era antes de los tiempos del sida, ni lo será mientras existan desigualdades que nos separen más que bisectrices que nos unan. Aunque el corazón sea el mismo, las reivindicaciones las mismas y el amor, ay el amor, sin igual.

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