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©HBO

   Documental sobre la vida y la obra de Stephen Sondheim basada en seis de sus mejores canciones, o al menos que resumen mejor su actividad como artista y su pensamiento académico y critico.

   El documental esta primero en Inglés y posteriormente en Español (sobre la mitad de la reproducción). Los derechos de autor obviamente son de James Lapine y de la cadena HBO y del Canal Plus España para su reproducción televisiva.

 

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   Si hay algo en Carlos Puig Padilla es que es inesperado. Con su sonrisa al viento, con su sabia mirada y su lengua acerada, despliega encanto y allure allí por donde pasa. Es encantador y tierno, irónico y directo. Su arte sigue su estilo, delicado pero impactante, llamativo pero discreto, lleno de sorpresas escondidas; es elegante y suave, como el terciopelo. Su querencia por los tonos dorados, por los hermosos azules y verdes hacen de su trabajo fotográfico una oda a la sensualidad y al despertar y al sosiego.

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   Hasta que su inventiva ha llenado Barcelona de una psicodelia adictiva, lujosa y tremendamente atractiva que ha nacido desde el universo de Instagram.

   Barcelona Psicodelic es el nuevo trabajo de Carlos Puig Padilla como fotógrafo, y su exposición en el Gran Hotel Central de Barcelona, es todo un éxito. Pocas veces, es cierto, podemos ver un maridaje tan atractivo entre ciudad, sentimiento y calculada espontaneidad, dándole la vuelta a la vida, a los edificios y a los colores mediterráneos de una ciudad única.

   Barcelona Psicodelic de la mano de Carlos Puig Padilla: no imagino mejor forma de crear un nuevo mundo y de disfrutar en él lleno de alegría.

Chess, The Musical.

02/07/2014

Chess The Musical Logo

   thenormalheart_posterAyer vi la película The Normal Heart, la versión cinematográfica rodada por la HBO por Ryan Murphy de una obra teatral que en su día tuvo mucho éxito y produjo ruido en Estados Unidos.

   Esta es la película que, de haberse rodado en la década de los noventa, hubiese llegado más allá que Philadelphia. Es más veraz y rabiosa, a veces prepotente e intensa, inmensamente triste y hermosa, pero quizá demasiado reivindicativa, o muestra un lado del radicalismo que sólo es bueno en determinadas circunstancias como removedor de conciencias, y las diferencias que, frente a un mismo problema, personas que se consideran iguales no lo son.

   The Normal Heart es una película que retrata la vida de los oscuros principios del VIH en los Estados Unidos. Recuerdo la primera vez que oí hablar de la epidemia gay. Era muy joven (o creo que lo era) cuando llegaron a los periódicos (de la misma forma que se retrata en la película) ese extraño fenómeno que parecía restringido a un colectivo sexual. Y lo que parecía ser un murmullo callado, subterráneo, se reveló de forma repentina como una fuerza de la naturaleza, destructiva y desestabilizante.

   En esos años transcurre The Normal Heart. Pero no se queda sólo en eso: es una película de personajes, y cada uno de ellos está retratado como un arquetipo, o lo que pudiera ser tomado como tal, lleno de furia, a veces demostrada de forma desaforada, a veces mantenida en secreto, callada como una tormenta escondida tras un cristal; de rabia, de frustración contra la vida, el gobierno, el odio sin sentido, la necesidad de ser considerados iguales, los derechos alcanzados (¿es realmente un derecho amar a otra persona sin considerar orientación o raza, belleza o mezquindad?), los derechos adquiridos (el amor libre, sin compromiso, sin ataduras, por puro placer es un derecho gay por el que suspira la mitad heterosexual del gremio masculino), y finalmente algo parecido al amor fraterno y al amor filial y al amor sexual y al amor de libertad.

   Es una película que atrapa, supongo por una labor brillante de todo su equipo, porque su guión, que se siente, se palpa y se saborea (es una obra de teatro), es un puro gozo de recitación, pese a su reiterada obsesión por el enfrentamiento y la reivindicación (todos tienen algo que temer y por lo que protestar), y finalmente, tras un regusto muy amargo, también de  redención. Quizá los mejores momentos no sean los de la lucha sin sentido (todo era tan oscuro que nada parecía tener sentido, como ocurre con los hechos del presente cuando se ven con los ojos del futuro), la confrontación entre la excepción (lo homosexual) y la norma (lo heterosexual), y entre los propios integrantes de esa excepción (cómo poder reivindicar Igualdad si no la hay dentro de un mismo colectivo, cabría preguntarse); los mejores, los más brillantes y por los que la película se queda grabada en la retina, son los momentos de amor luminoso y sutil que se reparten por todo el metraje como joyas, como regalos inigualables.

   Mark Ruffalo y Albert Molina, hermanos unidos y enfrentados a la vez; Julia Roberts, la médico encolerizada con la vida y con su vida; la fraternidad gay, con sus grupos de apoyo tan yanquis (en Europa preferimos que el gobierno, paternalista, nos ofrezca lo que, por lo demás, pagamos con nuestros cada vez más gravosos impuestos), su búsqueda de héroes, su necesidad historicista y sus pequeñas historias de éxito y pérdidas; y sobre todo, por encima de todo y sorprendentemente, por la inusitada belleza de la relación entre Mark Ruffalo y Matt Bomer, verdadero corazón de la película.

   Que Matt Bomer es un hombre de belleza sin parangón no es ninguna novedad, lo que sí es asombroso es su personaje, hermoso, elusivo, dueño de una belleza que se trasluce en su desnudez (nexo de unión en toda la película) en su mirada y en su voz. Quizá las escenas más bellas, más contenidas, más difíciles sean las suyas. El encuentro entre ellos, la cena donde recuerdan, asombrados, una historia en común; la hermosa declaración de amor en la bahía de Nueva York en un amanecer azul que aleja la sombra a la que se están enfrentando; el reconocimiento de que aquello que los une es realmente amor; aquella otra donde una confesión da pie al miedo que todos tenemos por ser abandonados; el apoyo inconmensurable y, finalmente, la redención única a la que nos lleva el final.

   Lleno de un plantel de actores estupendos, la película brilla en esos momentos de intimidad más que en los de reivindicación. Quizá porque ya hemos visto antes escenas similares; quizá porque, al menos a mí, cada vez me gusta más la emoción contenida que los aspavientos; la caricia, a la lucha sin cuartel; la búsqueda de la normalidad más que la excepción del heroísmo. Y por dejarnos, algo muy de su director, un regusto algo amargo, porque la realidad de los ochenta sigue tan vigente hoy, en nuestro ya avanzado nuevo siglo.

   Esta película sería una bomba en los años noventa. Pero no había gente tan valiente que quisiera haberla producido. Además, quizá nadie habría ido a verla. Apenas un millón y pico de personas la vieron en el año 2014, por lo demás quizá todas ellas uranistas. Y eso es una pena: no hemos cambiado, por más que las formas, eso llamado visibilidad, sea cada día más patente. Y es que siempre seremos diferentes, siempre, aunque nos pese, aunque nos produzca orgullo, aunque nos genere desazón. Quizá mientras existan diferencias irreconciliables entre el mismo grupo las habrá entre los divergentes… No lo sé.

   Lo único que sé es que nunca será igual. Ni lo era antes de los tiempos del sida, ni lo será mientras existan desigualdades que nos separen más que bisectrices que nos unan. Aunque el corazón sea el mismo, las reivindicaciones las mismas y el amor, ay el amor, sin igual.

Unica/o.

21/05/2014

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   Que sobra talento en España es innegable. Que éste tiene que emigrar para ser reconocido, desgraciadamente también.

   Decimos que el cine está en crisis, que las producciones teatrales también; que la Literatura agoniza; que las Artes Plásticas y la Danza sucumben por las faltas de ayudas.

   Sin embargo en España se producen películas, se hacen series de televisión, se editan muchos libros, se subsidian proyectos… ¿Qué ocurre, entonces? ¿Qué se hace mal?

   Puede que la mayoría de esas ayudas, de esos proyectos, sólo agraden a unos pocos; que tengan el beneplácito de ciertos amigos; que sólo consigan alcanzar la finalización de un proyecto un puñado de nombres que tuvieron suerte o que tienen buenas conexiones. Y nadie va a verlos, nadie consume cine, nadie compra un libro, qué pocos saben admirar producciones de nueva factura.

   El ámbito español carece de carácter, adolece de miedo, de falta de fuerza. Por eso el Talento debe emigrar hacia zonas que saben apreciar el brillo de la ganga en medio de los estratos de tierra a medio pulir, y que no temen arriesgar para generar obras de arte que puedan llegar a resonar en los corazones adecuados.

   No hay que tener miedo de apoyar el Arte, no hay que dejarse vencer sólo por una camarilla de amigos que reciben ayudas, denegándolas a otros. Si no queremos evitar que la factura, la marca, el “Hecho en…” no diga nunca España.

   Este es el caso de la cineasta Cristina Molino, que encontró apoyo en una televisión británica para financiar su corto Baila conmigo, ambientado como se le exigió, de una manera brillante, con la Danza. Una historia de una belleza visual sin igual, de una delicadeza única y llena de sentimientos a flor de piel.

   Sí: será mejor salir de España para pensar a lo grande y dejar los restos de lo que aquí se considera válido en las manos de quienes lo poseen en la actualidad, y seguir admirando lo foráneo. Esa quizá sea la única solución.

ADOLFOSUAREZ

Entre la Libertad y la Concordia. Entre le Servicio y el Honor. Entre la Inteligencia y la Ambición. Entre la Sencillez y el Donaire. Entre el Silencio y el Ruido atronador. En la Memoria siempre estará él.

Querido, odiado, admirado, deseado, por siempre incomprendido, tenaz y voluntarioso, Adolfo Suárez, quizá el mejor político que hubo en España, quizá el único hombre de Estado con poder que lo ha ejercido con seriedad, dedicación y, lo más raro de todo: Servicio.

No: ya no hacen hombres así. Y por eso España, y el mundo, están desnudos. Los políticos no tienen esa talla, no le llegan a la altura de la mirada. No son lo que él siempre fue.

No necesitó nunca emplear un arma, sólo con la fijeza de su ambición, de su claridad de ideas, de su corazón. Y su entera dedicación a ser lo mejor que pudo haber sido.

Hasta otra, presidente. Usted sí merece una gloria bendita. Y más.

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