Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

Prólogo/ Prologue.

11/03/2015

IMG_4421 Las horas pasan con lentitud. Pegadas unas a las otras, simulan un solo bloque visto en perspectiva, cuando la guardia termina y los problemas puntuales y los riesgos adquiridos quedan por fin atrás.

Lo mejor de una guardia es que salimos de ella. No hay mayor sensación en la vida (de eso puedo estar casi absolutamente seguro) que la renovada libertad y el arrebato de alegría que nos embarga cuando conseguimos salir del hospital una vez finalizados los períodos de diecisiete o de veinticuatro horas de trabajo. Nos sentimos invencibles aunque vulnerables; cansados pero aliviados, y nada, ni siquiera el error más nimio (aquel que rondará por la cabeza una vez haya reposado unas horas) puede corroer la completa epifanía de ese instante, que es un momento sagrado. Sentir los rayos del sol, la frescura de la lluvia o un arrebato de viento en la cara no tiene precio. Yo suelo elevar mi rostro al cielo, agradecer ese final épico que secretamente espero desde el comienzo de mi turno de trabajo, y me dejo acariciar por la Naturaleza, arrullar por el juego del viento entre las ramas de los sauces de mi jardín; y cierro los ojos, guardando silencio en honor de esa comunión más pura que ninguna, y dejando que el cansancio lave mis energías gastadas dando tumbos mientras camino en dirección a mi hogar.

Nada de eso se dice en las facultades de Medicina. No se comenta la lucha diaria contra las adversidades no ya de la Enfermedad, sino de las causadas por los propios seres humanos; el miedo ante situaciones difíciles; la amarga responsabilidad, representada por todo un equipo que espera las órdenes precisas para cumplirlas de inmediato, y sus resultados evidentes al poco tiempo; los roces cotidianos, que llevan a amistades cómplices o a equívocos enconados; el sacrificio que significa Servir, en su concepto más amplio y casi místico. No se enseña las realidades del mundo, ni que las enfermedades no siempre son como se reflejan en los libros. La Naturaleza no es lineal porque no es perfecta (aunque su inclinación propia sea al puro equilibrio); la Medicina de las aulas no es más que un compendio de signos y síntomas comunes, generalizados, medidos con el peso de la frecuencia. Pero las excepciones son muchas, tantas que no cabrían en los extensos tratados que manejamos diariamente; por eso se escriben artículos, se describen nuevas variantes, presentaciones novedosas, nuevos descubrimientos que llevan a sintetizar lo que, por lo demás de una forma un tanto ufana, llamamos Literatura. Médica, se entiende; aunque muchas veces, en conversaciones con otros colegas, parece ser la única que existe. Eso y el fútbol, claro, y la política (hospitalaria y general) y los chismorreos de turno. La vida hospitalaria no es como la vemos en las series de televisión: es más aburrida y, a la vez, más apasionante. Pero casi se le parece.

Creo que eso es lo que se debería enseñar en las facultades. A enfrentarse con los problemas básicos, que ignoramos al empezar la residencia después de aprobar el muy famoso examen MIR; a saber identificarlos y resolverlos y también a sobrellevarlos; en fin, no sólo deberían ser clases para oír a alguien balbucear palabras ya escritas y descritas tiempo atrás por otros más avezados o con mayor suerte de preocuparse, reaccionar, describir y luchar contra una enfermedad que adivinan nueva y que toman como causa vital; sino para saber cómo encarar y actuar ante un paciente sin parecer lo que, con claridad, salta al ojo más ciego: que somos novatos en todo.

De esto se puede deducir la pobre opinión que tengo de las escuelas de Medicina españolas; y es cierto. Alguien me dijo una vez (médico, claro), que estudiar esta carrera en España es bastante fácil: se echa a rodar un melón desde el primer año y llegará rodando al último casi sin ningún tropiezo a poco que ponga de su parte.

La educación universitaria en Medicina es pobre, aburrida, caduca y carece de conexión con la realidad. ¿Raíces del problema? Probablemente formas de enseñanza heredadas del pasado, junto con ciertas plazas de profesorado; y ese sentimiento de exclusión que se respira entre las gruesas paredes de los claustros universitarios.

Generalizo porque es lo común. Las excepciones, de haberlas, destacan por sí mismas, y no hace falta señalarlas. Lo que sí es cierto en el batiburrillo de la Medicina de pre-grado es que exige tiempo, mucho tiempo a veinteañeros con poca paciencia y muchas ganas de vivir los primeros sorbos de libertad; y una claridad de ideas que tantos apuntes y nombres y folios y exámenes no permiten tamizar con cuidado. Pero lo mismo se puede decir de las Ingenierías, del Derecho, de Historia o de Farmacia. El que crea que todo se resuelve con poco esfuerzo es un candidato al lastre universitario; y en España existe una cierta y vergonzosa tradición, y es que la gran mayoría de las carreras no se acaban en el período establecido; se dilatan en el tiempo. Eso no existe como regla en otros países; y puede que en esto, como en otras tantas cosas, el viejo tópico de que España es diferente se cimente sobre fondos reales.

Pero, de todas maneras, no creo ser el mejor de los ejemplos para alzar mi dedo crítico, pues me llevó (por distintas circunstancias de la vida) el doble de tiempo terminar con mis seis años de formación pre-grado. Y mis calificaciones nunca fueron estupendas; seguramente por culpa mía, pues no se puede esperar mucho de un examen que sólo se lleva preparando una semana. Ésa era mi media. Cuando conseguía sobrellevar la apatía del estudio, y alcanzaba el más que suficiente período de dos semanas (o incluso tres) de preparación, las notas mejoraban apreciablemente. Pero un vistazo a mis calificaciones arroja como resultado que esos arrebatos de responsabilidad fueron bastante escasos, si no casi excepcionales, y que estudiaba obligado más por las circunstancias prácticas y por una conciencia pesada como el plomo, que por placer.

Lo mismo se puede decir del período de preparación del MIR. Si hubiera sabido lo que me esperaba en el pos-grado, hubiera puesto más empeño y hubiese sufrido menos en ese duro período de prueba que es inhumano y que tensa los nervios hasta el paroxismo. Existe mucha mitología con respecto al examen MIR, como en toda oposición que se precie. Múltiples rumores; recetas mágicas; datos y estadísticas que manejan diligentemente las academias preparadoras: verdaderas rémoras del bolsillo de la ciudadanía. La preparación de cualquier oposición, tenga el nombre que tenga, aunque difícil y autoexigente, debería estar exenta de tanto fariseísmo que sólo busca beneficios a costa de sembrar el miedo y la desesperanza. Estoy en contra de todo sistema alienante. Y la mayoría de estas academias lo son. Se inventan métodos; emplean conexiones en la cosa pública; manejan informaciones tamizadas y reformadas: por una módica suma, casi garantizan un éxito que, en realidad, sólo está supeditado al individuo que realiza la prueba opositora.

Tuve yo dos oportunidades de vivir esa experiencia. La primera vez que presenté dicho examen no tenía la cabeza en su sitio. Estaba descentrado, cansado; recién liberado de los grilletes de la facultad, la sola idea de encadenarme a esa nueva forma de tortura rebelaba ira en mi interior y me complicaba la existencia. Parte de mí sabía que, si deseaba ejercer, era la única vía que tenía de hacerlo (merced a una famosa ley que se construyó para reformar el poco carácter práctico de una carrera eminentemente práctica); otra parte de mí sospechaba que sería demasiado desastroso como médico en activo. Y otra parcela, mucho más pequeña pero no por eso menos ruidosa, estaba harta de tanto lío y sólo quería que la dejasen en paz. Ésa llevaba la voz cantante. Pero ni así. La primera vez que me presenté tuve suerte en el MIR de Familia, como habitualmente llamábamos a aquel examen que aseguraba 3.000 plazas para desarrollarse como Médico de Familia (o de Atención Primaria) y que ahora ya no existe; pero renuncié a esa posibilidad porque me veía incapaz de enfrentarme al paisano de a pie casi con las únicas armas de mi conocimiento (que a la sazón, juzgaba demasiado endeble); así como a otras razones de índole familiar, que han seguido marcando mi destino desde hace ya algún tiempo. Así que renunciar a esa plaza me pareció lo adecuado; claro que no pensé que a otras diez mil personas se les ocurriera lo mismo. Cuando llegó el turno del MIR de Especialidades, con sus 3.000 plazas propias, tuve a bien quedarme fuera por cuatrocientos puestos, cosa que no estuvo mal visto el desastre de preparación que hice, pero que me dejaba en jaque por un año, sin posibilidad de trabajar y sin otra cosa que hacer que dedicarme de nuevo al estudio.

Los miembros de la academia en donde malamente preparé dichos exámenes nada me dijeron de bueno al respecto (tampoco merecía una palmada en la espalda); más bien todo lo contrario. Me parecieron unos ineptos y juré no volver a pisar sus instalaciones virtuales nunca más (la sede oficial de la susodicha academia estaba ubicada en Madrid, y lo que hacía era mandar a sus profesores una vez a la semana a los distintos puntos del país en donde dichas sedes virtuales estaban establecidas.) Más me valdría haber cerrado la boca.

Entre medias, opté por asistir a una entrevista de trabajo que organizaba una conocida industria farmacéutica. Fui a regañadientes, acuciado por la necesidad de trabajar y de aportar ayuda económica en mi casa. De hecho, la cita fue pedida por mi padre, un antiguo y exitoso profesional de las ventas del sector agroalimentario.

La reunión se llevó a cabo en el mismo local que servía de sede a la desalmada academia preparatoria. Aquello no podía deparar nada bueno. Nos reunieron a aquel grupo variopinto de personas disfrazadas con trajes de chaqueta de entretiempo otoñal, en uno de esos salones con forma de mesa redonda, presidida por una ejecutiva disfrazada de hombre, o como una mujer mal informada piensa que debe vestir un hombre si un hombre ocupara su puesto de seleccionadora de personal. Yo ignoraba lo que hacía aquella mujer allí, salvo lo que le oía explicar en un tono de voz monocorde, acorde con el horario de la entrevista (justo después del mediodía.) Hacía bastante calor en aquella sala, o al menos eso creía yo; no estaba muy nervioso puesto que no me jugaba nada. O eso creía.

La entrevista en sí misma no era personal, o al menos no en aquella primera etapa. La idea de aquella reunión era medir nuestros conocimientos de un fármaco determinado y calibrar nuestras distintas ideas y formas de expresarlas. Por norma general, soy excesivamente tímido. Lo que muchas veces pasa por distanciamiento no es tal; mi timidez casi enfermiza se alía con mi enfermiza miopía, y esto hace que prefiera pasar desapercibido. Aunque pocas veces lo consigo porque, por el contrario, soy bastante alto y desesperadamente torpe: una mezcla explosiva que termina atrayendo la atención sobre mí sin pretenderlo en lo más mínimo. Una especie de broma cósmica, creo.

Pero ese día mi timidez estaba bajo mínimos. En aquel grupo de personas (no más de veinte) había muchos profesionales de farmacia, biología y hasta de veterinaria, pero el único médico era yo. Y además, uno con el conocimiento fresquito después de sacar el 3.400 en el inmediatamente anterior MIR. Eso me envalentonó, porque conocía el fármaco, sus mecanismos de acción, sus posología e indicaciones. Para qué fue aquello.

El chiste de la reunión era calibrar nuestra capacidad de conocimiento y de venta de la susodicha medicina, un antiagregante plaquetario de alto coste. Y allí me lancé al ruedo con el desparpajo habitual que me embarga cuando me siento cómodo en un ambiente antes desconocido. Quizá fui un poco excesivo en cuanto a llamativo. La mujer que vestía como ella creía que un hombre creía que debía vestir una mujer en un puesto semejante, me miraba de arriba abajo, con cierta expresión de sorpresa, aunque muy discreta eso sí, en aquella cara de esfinge.

La entrevista parecía estar diseñada para desarrollarse en tres fases: se escogía a los que pasaban de fase y se despedía al resto. No vi que a nadie se le dijese la razón de su rechazo. Pero conmigo hizo una excepción la susodicha. Se acercó a mí y me recomendó, en voz baja que casi parecía un susurro, que saliese por donde había venido, que no necesitaban personas de mi talla intelectual ni de mi capacidad expresiva, rallante casi en el manierismo más rosa. Yo la miré de hito en hito sin creer lo que estaba oyendo. Es uno de esos momentos que se quisieran volver a vivir para poder decir todo aquello que el orgullo herido se molesta en argumentar una vez ha pasado la ofensa. Pero sólo llegué a decirle que intentaría en lo posible no recetar su fármaco cuando tuviese oportunidad de hacerlo, porque, aparte de muchas cosas, tengo una memoria de viejo elefante africano. Ella se limitó a sonreír y dijo que dudaba que yo llegase algún día a ejercer esa parcela de poder mientras me enseñaba la puerta. Pobre mujer. Se equivocó. Y ese fármaco nunca entró en el arsenal terapéutico de mi práctica habitual hasta que esa compañía pasó a ser absorbida por una multinacional aún mayor. Nunca receté un fármaco de esa casa comercial, y no me arrepiento de ello. Puede que haya en mí mucho de reconcomio y testarudez, pero no soy de los que juzgo por la pasión, el ardor ni las ganas de trabajar por más rosa y plumas que adornen la fachada de las personas. Aquella mujer me dio una gran lección de sabiduría humana y de sapiencia. Puede que sólo estuviese cumpliendo con su deber; haciéndonos sentir durante un instante como aspirantes a estrellas del espectáculo. Pero su actitud homófoba no dejaba de estar clara y sus ganas de deshacerse del exceso eran más que evidentes.

E incluso ahora, después de tantos años, puedo reconocer que además me hizo un favor. Pues si apenas yo me veía a mí mismo con capacidad para ejercer; las posibilidades que tenía como visitador médico eran inexistentes. Ahora que los conozco, y que mantengo cierta amistad con la mayoría de ellos, sé que hay que tener mucho aguante, mucha paciencia y mucha mano izquierda, cualidades de las que yo no ando muy sobrado. No hubiese durado un día en ninguna empresa de ese estilo, porque mi umbral para tolerar a los idiotas es muy bajo. Y en este mundo hay demasiados para mi gusto. Así que no me quedó más remedio que volver al redil del estudio, que nunca había abandonado por completo, y al estrés añadido de encontrar trabajo lo más pronto posible porque ya estaba en edad para ello.

A nadie se le escapa que una oposición lleva su tiempo. Absorbe la vida del opositor, la moldea y casi la destruye. Un opositor no es feliz. Olvídense de lo contrario; y quien sostenga que es falsa esta aseveración, o no sabe lo que dice, o miente, que es lo más seguro. Vive en una constante lucha mental (falta de trabajo, falta de dinero, falta de tiempo; qué preguntarán; cuáles temas serán los adecuados; duda si podrá con todo) que se extiende al plano físico: malos humos, mal descanso y cierta tendencia al desenfreno como válvula de escape de una miseria que le rodea día a día.

Mi cuñada, con esa templanza que sólo tienen las mujeres, suele decir que es por eso que la mitad de la población española vive amargada y es tan competitiva con sus coetáneos: todos desean trabajar para el Estado, inmensa mole que intenta retroalimentarse como puede. En un país que prima la estabilidad laboral perpetua, aunque quien ocupe ese puesto sea un inepto de cabo a rabo, no es fácil vislumbrar otra salida. Así que el ciclo se cierra y se eterniza. Qué tristeza. Pero así queremos que sea.

El MIR no es más que una oposición nacional que garantiza la formación pos-grado de todo aquel que alcance la nota suficiente para alzarse con una plaza en uno de los innumerables hospitales formadores de especialistas del país. Es el pasaporte y el pasaje al mercado laboral oficial, y al futuro de miles de licenciados forrados con un título que es papel mojado sin este certificado posterior.

Decir que es un buen método, pero que es muy cruel e injusto también, es llover sobre mojado. Vamos, yo lo aprobé, no debe ser tan difícil (aunque lo sea.) A la segunda oportunidad (lo que tampoco está tan mal.) Pero no deseo volver a hacerlo, y vive Dios que no seré de nuevo residente en esta vida. Ya me bastó con serlo una vez como para querer repetir la experiencia. Aunque mi naturaleza me dicte a pasar y repasar más de una vez por los diversos terrenos de mi vida, esta aseveración está llamada a ser la excepción que cumple la regla. Menos mal.

Muchos de mis amigos y compañeros de facultad consiguieron plaza a la primera (eso es poca ayuda para el ego, puedo confirmarlo.) Muchos otros, yo en el paquete, no. Pero lo hicimos a la segunda. Y otros tantos a la tercera y a la cuarta. Y está bien que así sea. Actualmente en el hospital donde trabajo ya de Adjunto Clínico, he coincidido con un compañero de la facultad que es residente de primer año (de ahora en adelante R1) y ha sido un placer el encuentro. Por ambas partes: siempre es agradable encontrar gente conocida en cualquier lugar, ya que se crea una corriente de simpatía al mínimo contacto sin necesidad de que naden muchas palabras de por medio. Una vez atravesada esa barrera invisible que es el MIR, todos volvemos a ser iguales. O casi. Pero ésa es otra historia.

La apatía, el desasosiego y la falta de seguridad que un examen así siembra en el espíritu humano son muy poderosos. Como una superstición, no me corté el pelo hasta saber que había probado el examen. Allá estuve, mes tras mes con las greñas en los ojos, estudiando y estudiando, o forzándome a estudiar más bien, mientras el pelo crecía salvaje y desordenado. También me dejé la barba, oscura y tupida como la de un eremita dubitativo. Nadie me reconocía, ni siquiera yo mismo. En la ducha diaria apenas me miraba al espejo; soy incapaz de acordarme de cómo era yo durante ese período. Como persona no existía. Apenas comía (pero no adelgazaba), apenas dormía. No hablaba con nadie; no leía nada ajeno a temas médicos; no iba al cine ni apenas oía música. Y algo todavía peor: no repasaba lo estudiado. Me esforzaba tanto preparando cada tema durante una semana, que apenas tenía fuerzas, a la semana siguiente, de repasar lo ya visto. Con cada examen de control me repetía a mí mismo que debería releer lo aprendido, buscar el momento para desandar lo andado; pero aquí la apatía me ganaba la partida, y las buenas intenciones morían tan rápidamente como eran formuladas. Con esas vistas, estaba como para albergar un nido de esperanzas.

Soy un hombre de palabra: volví a la academia que había dejado el año anterior a petición de mis padres, que no confiaban mucho en mi espartano método de estudio propio. Deberían haber tenido más confianza en él. Y yo. Pero al menos volví sólo en la segunda vuelta, así que apenas nos sacaron cuarenta mil pesetas mensuales durante unos cuatro meses, y no los nueve habituales del contrato completo (el sistema académico se basaba en tres vueltas del temario: la primera, una especie de toma de contacto, la segunda de estudio pormenorizado, y la tercera de repaso; huelga decir que me salté los dos extremos sin ningún tipo de pudor.) En detrimento de la academia debo decir aquí que llegué a esa segunda vuelta mejor preparado de lo que ellos jamás hubieran conseguido conmigo si hubiese repetido todo el curso según sus métodos, y que viví de esos réditos hasta la llegada del examen.

Aprobé el MIR en el segundo intento pensando que lo suspendería sin remedio; a tales cosas nos lleva la mente insegura. Lo he dicho: no se puede ir a un examen de estas características, en donde nos jugamos el todo por doscientas cincuenta preguntas, sin repasar ni siquiera una coma. Porque lo que se consigue es una especie de ataque de pánico en medio del ejercicio. Pensando lo peor y absolutamente desconcentrado, me imaginé a mí mismo tirando de un carrito lleno de mis greñas sin cortar, de un blanco cenizo por los años pasados, haciendo la cola para entrar por enésima vez al examen… Tal frustración me llegó a la garganta que, dueña de sí misma, aulló con voz más que elevada por el callejón sin salida en el que me encontraba:

–       ¿Pero podré aprobar esta mierda alguna vez?

Cuando me di cuenta de lo que había dicho, y cómo, enrojecí de vergüenza, me cubrí con la melena castaña y musité bajo mi barba una disculpa: siempre hay quien nos mira con cara de irritación para reprochar una molestia inútil.

Y pude. Y lo hice en el año 2.000, cuando el mundo estrenaba un nuevo milenio y yo una nueva década de mi vida, apenas confiando en mis propias facultades. Desde aquella fecha, muchos estudiantes que rondan por el hospital me piden consejo para enfrentarse al MIR. Si bien es cierto que en la actualidad no reviste la competitividad de antaño (pues ahora hay tantos licenciados como plazas formadoras); no ha rebajado un ápice su carácter perturbador del alma. Yo siempre les digo que soy malo dando consejos, y que después de todo no valen para nada, pues hacemos caso omiso de ellos. Pero lo que sí les encargo muy mucho es que repasen, una y otra vez, para asegurar que esos conocimientos (la mayoría puro baladí) estén claramente presentes en el momento de responder las preguntas. La imagen de mis greñas tiradas por un carrito no me ha abandonado nunca, ni la idea de dejarme melena ha vuelto a pasárseme por la cabeza desde que el peluquero me preguntó, desconcertado, el día que fui a cortármelo (había salido el resultado esa misma mañana, el día de mi cumpleaños):

– ¿Estás seguro? Con el pelo tan bonito que tienes.

Pocas veces lo había estado tanto. La barba siguió al cabello y parecí que retornaba a la vida. Cuando miré el suelo de la peluquería, esos mechones abandonados se me antojaron retazos de mi vieja vida; una piel que, aunque conservaba cierta forma recordatoria, no era ya mía nunca más. Fue como salir de un estado inducido de anestesia; como una larga resaca tras una corta borrachera; en cierto sentido, había abandonado una crisálida y me maravillaba de lo que veía.

Jamás cumplir treinta años llenó de tanta dicha a alguien. Me sentí completamente despierto, lleno de primavera, y vivo de nuevo. El sol brillaba, la lluvia caía, las flores se abrían cada hora con más fuerza, y mis pasos ganaban en firmeza. No sabía a qué me arrojaba ese resultado, adónde ni cómo; sólo me sentía ligero, completo y, sobre todo, libre: había cumplido con mi trabajo y podía ser yo mismo de nuevo. Exactamente la misma sensación que tengo cada vez que salgo de guardia. Ese estado, próximo al paroxismo, mezcla de ensueño y de cansancio, es un puro renacer, un milagro que se sucede cada semana. Y del que me maravillo sin saciarme; como me asombra cada día ver, cuando me encamino con paso a veces reluctante al hospital, que ejerzo como médico activo, con más o menos acierto y con más o menos pasión, y que no soy tan malo como creía.

¡Oh, las vueltas que damos en la vida!

   No soy muy dado a la literatura contemporánea. Bueno, a la publicación contemporánea. No me gusta, me siento en general muy desconectado de los gustos (al parecer) del gran público. Adoro pasear por las librerías; me gusta coger un libro cuyo título evoca en mí miles de pequeñas cosas que se aúnan en atracción y curiosidad; abrir sus tapas; oler ese aroma único a páginas recién estrenadas, y revisar en una hojeada, que es más bien un tornado, palabras, frases inconexas que terminen de embrujarme hasta comprarlo. Pero lo que encuentro en general en sus estanterías (y no me refiero aquí a los pequeños tronos en los que las editoriales potentes colocan al autor de moda) no me atrae; en realidad, hace años que mis visitas semanales no finalizan con un, dos o más libros en mi bolso (y muchos euros menos en mi billetera).

   portada-49goles-altaresolucion49 goles espectaculares, de Davide Martini, me llegó a través de un librero amigo cuyo gusto y sabiduría respeto. Decir que Iñaki Echarte Vidarte es un poeta único es menos obviedad de lo que pudiese parecer (todos lo son, pero unos pueden recordar a otros, y en su caso, no me evoca a ninguno, siendo él mismo siempre) y También esto pasará, de Milena Busquets, por dos reseñas publicitarias en sendas revistas de moda. Sí: de moda, que también tienen secciones literarias, o lo que puede pasar por eso.

   Una historia de iniciación veinteañera contada con un estilo directo, franco, sencillo, encantador; la otra, una historia de iniciación a la cuarta década, llena de reflexiones a medias, de lenguaje sencillo, franco, directo y agridulce. En suma, ambas historias, tremendamente distintas entre sí, son reflejos especulares de la vida y, reconozcámoslo, de la realidad editorial actual.

   Ambas tienen en común, además, cierto aire contestatario, cierto cariz de rabia interna que también las hermana: hablamos de una adolescencia eterna (existente hoy en día) que refleja mundos interiores intensos que pugnan por emerger, desgarros, desconexiones, miedos y certezas absolutas que se tambalean y que hacen avanzar tramas discretas (¿la vida no es realmente así?) en, de agradecer, narrativas justas en cuanto a extensión y veracidad.

   49 goles espectaculares nos lleva a la Italia adolescente con cierto aroma a Federico Moccia, pero mucho mejor, sin duda. Davide Martini tiene en común con Moccia no sólo su origen, si no también cierta magia a la hora de evocar la juventud, esa frontera borrosa en donde todo es posible menos muchas veces lo que deseamos; pero supera a éste no sólo en la forma, en el lenguaje preciso, sino en la hondura de los personajes, en la búsqueda de razones que apenas se peciben pero que preocupan y que llevarán a sus protagonistas, Lorenzo y Riccardo (pero también a Giulia y al resto de chicos que vibran en la novela) a aceptar un mundo nuevo que se abre a sus pies, a curar sus heridas y a dejarlo todo finalmente atrás. Es una novela editada en la Italia natal de su autor en el año 2007, pero que aún en 2015 sigue vigente: los adolescentes no cambian tanto como creemos. Si hubiese sido escrita en 1980 sería igual de evocadora y actual, sólo que quizá su prosa hubiese sido más profusa, más profunda y dejaría mayor huella.

   Lo mismo le pasa a También esto pasará. En la prosa de Milena Busquets encontramos reflejos de una profundidad asombrosa que no termina de emerger en un relato que, de haberlo hecho, sería una obra magna. En sus páginas hay amargura, auto-compasión, ternura y tristeza a un mismo tiempo: todos los sentimientos que se nos prenden de las faldas durante el duelo por una madre que se ha ido. Es muy actual, es muy potente, sin miedos, sin vergüenzas; Blanca se nos descubre desnuda, portentosa, sedienta, cansada, hambrienta, deseosa, y frustrada. Como la generación que vivimos. Por un lado desilusionada, por otro esperando el cambio postrero, el definitivo. Retrata, ciertamente, el estrato social de cuarenta años: consciente de su edad, demasiado embebido en sus propios problemas y sensaciones que casi olvida lo que le rodea, y que encima carga con los remordimientos que esto le produce una vez se percata de ello: una adolescencia perpetua.Maquetación 1

   También esto pasará es un retrato femenino lleno de ferocidad, alejado de los límites habituales, y nos muestra una mujer poderosa e ínfima, ubicua y cansada, temerosa y valiente, dueña de su propio cuerpo mas no de su propia vida, madre y mujer al mismo tiempo: una Carrie del siglo XXI con las botas puestas, media vida a sus espaldas, llena de amargura pero no por ello desencantada, y que aún cree en un cierto final feliz que la aleje del cansancio, le alegre la vida y la deje por fin en paz.

   No es una novela generacional, quizá porque se queda un poco en la superficie de lo que realmente pudiera ser. Cuando pasamos sus páginas nos damos cuenta que una mujer de cuarenta años es todo esto pero es más, o mejor, que es todo esto por una serie de razones que se nos escapan, o que apenas se dibujan, y nos deja que con ganas de más. Al menos a mí… Quiero saber más de Blanca, de su relación con los padres de sus hijos, con sus hijos y sus amigas, con ese desconocido que no acaba de cuajar, con aquellos fantasmas que deja atrás, y sobre todo con su madre, cuya pérdida es el eje central, o la causa fundamental, del relato. Me gustaría saber porqué es un libro cargado de rabia, la razón de que toda una generación sienta ese desazón y ese devenir tan característico sin embargo de la adolescencia, y su total descaro a la hora de declararlo y de retratarlo, aún a medias.

   Esto hace de dos libros tan diferentes imágenes especulares: la adolescencia precoz y tardía (llamémoslas así) se dan la mano y se reconocen en un mundo editorial tan distinto como es la temática homosexual y el gran mercado heterosexual.

   Y esto me hace pensar en las razones de las que me alejo del mundo editorial actual: También esto pasará podría haber sido una gran novela (para mí), si tuviera la hondura suficiente de aquellas con las que la compara su propia editorial. No es Sagan ni mucho menos Duras, mujeres escritoras y valientes (hay muchas más, pero empleo la referencia directa de la empresa editorial). ¿Por qué? Porque no excava lo suficiente, no se anima lo suficiente, no tiene la hondura suficiente (y no me refiero aquí a sesudos discursos hedonistas ni psicoanalíticos que pudieran enfangar una narración sin embargo sedosa como el Mediterráneo, donde está ambientada) ni el calado suficiente para que este retrato supuestamente generacional (y sí que lo es) me atraiga por completo. Se queda en lo cotidiano, en las explicaciones simples, en pinceladas certeras pero no completas, de lo que somos hoy en día como sociedad y en lo que seremos en un futuro no muy lejano. Y, sin embargo, creo entender que es por esto por lo que esta novela es un éxito. Y por eso no suelo leer literatura actual, o lo que hoy pasa por eso, que quizá sea muy diferente.

   41S4Nf8vMdL._Callejeando por Madrid suelo entrar en tiendas de todo tipo, de gustos eclécticos que parezco ser, pero sobre todo en las librerías. Me fascinan. Me atraen. En ellas pocas veces soy infeliz. Al contrario, me siento protegido rodeado de libros que me susurran y me invitan a la fantasía; puedo decir, sin lugar a dudas, que son esos espacios especiales, como las iglesias, en los que soy plenamente feliz.

   Haciendo pasar mis dedos por volúmenes variados, evitando en lo posible toda clase de clasificación genérica de las obras que me interesan, tropecé con un pequeño poemario de Iñaki Echarte Vidarte: Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco. Y sonreí.

   Mi conocimiento poético cojea un poco, siendo más de narrativa (cada vez menos densa) y de ensayo, algo de obra teatral; el espacio para la poesía, aunque agradable, raramente lo lleno con obra contemporánea. Más por fastidio que otra cosa.

   Tropezar desde muy joven con Anacreonte, Safo o Catulo; crecer arropado por la selvática belleza de Aquiles Nazoa o la dulzura caribeña de Andrés Eloy Blanco; la reverberancia inmensa de Rubén Darío y la placidez intensa de Pablo Neruda; poetisas más lejanas a mi corazón como Gabriela Mistral o Alfonsina Storni (que llegaron a mi vida mucho más tarde, junto con Kavafis, tras pasar por mis venas la algarabía de Whitman, la escondida sabiduría de Blake, la firmeza de Yeats, la dureza voluntaria y buscada de Rimbaud) enlazaron la profundidad de sus versos con la grandiosa amabilidad de Khalil Gibrán, la sabiduría inmensa de Rabindranath Tagore; el ritmo, la musicalidad, la belleza del los poetas españoles más representativos del siglo de Oro y otros menos conocidos pero igual de importantes para mí. Rosalía y Bécquer y Machado, tan caros a mi sentir con su ardorosa pasión, más cerebral que mística, hermosa por humana, más deudora o, mejor, más elaborada y alambicada en el abanico de poetas del S. XX, cuya aliteralidad, su frescura en las formas, ganaban poso con lo profundo de sus cantares, con el revolcón egóico y primordial de los sueños, los pesares, las represiones, los deseos y los sentires que s han empeñado en retratar una y otra vez hasta nuestros días.

   En la poesía busco ritmo, vibración, musicalidad. El fluir del océano, el arrullo del riachuelo. De la rigidez de las normas a la revolución sintáctica, para mí la poesía debe encerrar sentido y sentimiento, sensación y reflexión, pero sobre todo música, ritmo, alma. Y no es fácil de encontrar en el panorama actual. Y no es que lo lamente. Es lo que hay.

   De la poesía japonesa, de la que soy un admirador rendido y entregado, y que ha iluminado mis pasos literarios desde hace tiempo, pueda que hable en otra entrada: su brevedad es un canto a lo síntesis pero también un arma arrojadiza al centro del alma; su frescura, a pesar de los siglos que nos separan, sólo me demuestra que el ritmo, la intención y el corazón que se dibuja es lo único que merece de la poesía y, admitámoslo, de toda obra escrita (y sí, de toda obra artística)._atl3197_jpg_20110402133520_1

   Dentro de este supuesto escenario desolador a veces descubrimos joyas brillantes, que quizá merecieran un espacio más amplio, un escenario abierto lleno de ecos y de reflejos. Iñaki Echarte Vidarte, con su estilo único y su ritmo de corazón tibio, a veces caliente como el infierno, a veces frío como el mayor de los dolores, tiene la capacidad de dibujar cada latido, cada sensación, cada desolación como un retrato único, irrepetible y, por ende, eternamente doloso, perpetuamente presente.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco sigue la estela de Blues y otros cuentos y sirve de escaparate para Optimístico, ambos volúmenes a los que tengo gran aprecio. Su estilo en él es hopperiano, casi desolador, desgarrado y sin embargo lúcido, o quizá por ser tan clarividente es más doloroso y arrebatador. Sus juegos continuos con lo que quiere decir y lo que podría sugerir, que dan ritmo y musicalidad (ajá, aquello que busco en la poesía) a la búsqueda del Otro, al amor del Otro, al reconocimiento del Otro, a la entrega al Otro y finalmente al abandono del Otro, nos deja siempre con un sabor agridulce y encantador.

   No es difícil adivinar que el autor escribe con el corazón sobre su corazón, sobre sus decepciones, sobre sus obsesiones también y su búsqueda constante (siempre, siempre) del amor en otros, porque no lo encuentra en sí mismo. Sus poemarios ganan en profundidad, y por tanto en desnudez hasta palidecer y desaparecer, conforme los poemas pasan y las rimas blancas se llenan de movimiento y de arrullo, y se hacen más él y más nosotros.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco habla de todo lo que somos cuando el amor nos ilumina y lo que somos cuando deja de guiar nuestra vida; de la pulsión por encontrarlo y del hastío por perderlo; de esa constante sed por lo que está fuera de nosotros y de la continua ceguera que nos acoge (y quizá a veces la desesperación) cuando no lo hallamos en las fibras de nuestro propio ser, en el tejido sutil de nuestro corazón.

   En esto, como en una conversación lúcida, en una mirada pura e intensa y en una sonrisa inigualable, Iñaki Echarte Vidarte se está convirtiendo, paso a paso, en un maestro.

Unica/o.

21/05/2014

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Gabriel_Garcia_Marquez

   Pocas veces tenemos la oportunidad de convivir día a día con grandes maestros de las Artes.

   En nuestro presente hay muy pocos; devorados por las ventas y lo efímero, están escondidos del ojo público, y por ende, lejos de ser disfrutados por aquellos que de seguro serían más felices con sus obras.

   El Arte late aún en el siglo XX. Y poco a poco, como una vela consumiéndose, va llegando a su fin.

   Que Gabriel García Márquez fue un revolucionario, el pionero, el primer escribidor que se atrevió con las letras (gracias al bagaje de otros grandes, más formales, como Rómulo Gallegos) lo que en el arte pictórico, escultórico y musical ya se había aceptado como normal: la frondosidad, la poesía, la abundancia, la imaginación que desborda Latinoamérica son el ritmo que aviva el mundo artístico mundial, no lo duda nadie. Desde la loca imaginación de sus cuentos, hasta el universo onírico, pero muy real, de sus novelas más laureadas, su talento brilla y se alza eterno desde Los Andes hasta los Himalayas.

   Como ya referí en una entrada muy anterior de este blog, para mí Gabriel García Márquez significó la pasión, el batir de alas, la revolución del amor, la posibilidad de vivir en la Literatura como si fuese el centro de mi propio corazón.

   Ya era premio Nobel, ya era Gabo para muchos; estaba embebido en el Comunismo, con el desafuero equivocado de la pasión latinoamericana, que todo lo lleva al extremo; Crónica de una muerte anunciada había sido editada hacía poco cuando, muy pequeño en el colegio, sobre los nueve años, (conté la historia de haber empezado en las letras a una edad muy temprana hace mucho) ya leíamos su producción. Sin embargo, yo guardaba un secreto en esa clase que nos obligaba a analizar esa novelita potente sobre la violencia y el sentir revolcado de la Latinoamérica profunda: había devorado ya todos sus cuentos, y latía todavía en mí (aún lo hace hoy) el relato: El rastro de tu sangre en la nieve, con una emoción que me hacía temblar y la impresión de un descubrimiento que nos devora y nos cambia los sentires para siempre.

   Eso era para mí García Márquez: revolución apasionada y la noción de que el amor todo lo puede, desde flotar sobre la luna hasta esperar el fin del mundo por conseguir la felicidad que  se nos niega de continuo. Él era Literatura para mí, como otros antes y después, pero hacía que lo cotidiano fuese mágico y que las tortuosas conclusiones a las que nos aboca la vida al vivirla se mostrasen amigables, comprensibles y aceptables.

   En medio del fragor de la selva, del fulgor de una prosa verborréica pero siempre precisa, la sabiduría de un gran escritor se esconde y refulge, en mágica redundancia. Macondo y sus líos de Buendías en Cien años de soledad, guarda en su interior el mismo nudo secreto que se muestra en Crónica de una muerte anunciada, y el mismo amor inmortal, la misma pasión icónica y el romanticismo más exacerbado (pero llevados a un grado de maestría sin igual que no alcanzaría ya jamás) en El amor en los tiempos del cólera. Eso es Escribir. Eso es Literatura en toda su pureza.

   Gabriel García Márquez me abrió las puertas, a los quince años, a la creencia de que todo era posible. Me permitió, a través de esa obra maestra que es El amor en los tiempos del cólera, comprender y disfrutar del pensamiento europeo, más intelectual pero menos apasionado, no aséptico pero casi, bajo cuyo foco se han escrito páginas y páginas de sabiduría, sentimientos, sentido y secretos humanos y que han configurado mi yo más creativo, mi pensar más auténtico. Él hizo que floreciera en mí la botánica amazónica, hizo que se grabase en mi interior el ritmo de las olas del Mar Caribe, hizo que los amaneceres rápidos y la luna de plata flotasen para siempre en el río de mis recuerdos.

   ¿Qué es lo bueno del Arte? Que siempre está vivo. Que siempre es primavera. Cada vez que abrimos las tapas de un libro, oímos una canción o vemos una fotografía o un retrato, la magia revive. Hasta siempre, señor García Márquez. Nos veremos, cuando queramos, en cada página escrita y en cada sentimiento reflejado en ellas. Y con placer.

   Muchas gracias por todo.

   1517038_1466177073612484_183375538_nLa noche soñada, Premio Primavera de novela 2014, es la nueva aventura literaria de Màxim Huerta.

   Desde la preciosa edición, con una cubierta evocadora y dulce, llena de brío y libertad, La noche soñada es una novela de múltiples capas que absorbe el paso del tiempo y lo descompone en un mar enorme de sentimientos y sentidos y quereres que se pueden oler, sentir y tocar.

   Màxim Huerta no miente como escritor: todo lo que le ha llevado hasta aquí está presente. El amor por la gastronomía, que hiende en los sentimientos de los personajes y los retrata; el mar azul, con aires de Mediterráneo, que los define y los acuna; la música, donde el bolero nada rítmico con el batir de las olas; la oscura presencia de la violencia y sus consecuencias, y la pérdida y el encuentro del amor.

   La noche soñada no es la historia de Justo Brightman. Desde un cristal masculino, Màxim Huerta nos retrata un mundo femenino único, regalando un abanico de personajes encantadores, llenos de secretos y socarronería; que luchan incansablemente para dibujar la felicidad en cristales de vapor y en letras de canciones; que crean su propio universo escapando de la prisión de la realidad. Y la realidad siempre es más caleidoscópica, más poliédrica de lo que jamás pensamos.

   La noche soñada es una novela de mil capas y un solo corazón. Quizá es la historia que todos quisiéramos vivir. Aún con su lado amargo y pedregoso. O tal vez es la historia que todos hemos vivido pasado por el filtro de su pluma y de sus gafas. Es decir, un mundo único, una evocación irrefrenable, una melancolía dulce, una disección delicada, sentimientos profundos y cierta desazón nada escondida, que fluye sin casi decirnos nada.

   Lo dulce… Lo dulce esconde un lado amargo. Lo brutal, la delicadeza más pura. El miedo, las alas para vivir en libertad. Y siempre, siempre, la herida del dolor, la búsqueda de lo que llamamos a veces felicidad, que justifica cualquier acción, todos los actos, incluso los más oscuros y callados, que a veces llevamos con nosotros como una cruz imaginaria. Justo Brightman es más parecido a nosotros de lo que jamás imaginamos.

   La noche soñada es un sueño de amor filial, fraternal y vital. Un viaje nada fácil, un retorno y una constante huida hacia adelante. Es el Màxim Huerta de El susurro de la caracola más que de Una tienda en París, y sin embargo… El sonido envolvente del mar, las luces de colores, los barquitos de papel que penden como estrellas en el cielo, los tapices donde se dibujan viajes increíbles, las partituras trabucadas que calman su enredo con el beso del viento; el descubrimiento del amor, que trastoca mundos e inflama deseos… Es leer vida y saborear el baile de los años desde una sencillez nada simple y desde una lucidez nada aséptica.

   Es Màxim Huerta en estado puro. Y de felicidad.

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