La sonrisa plácida/ The Quiet Smile.
09/04/2013
José Luis Sampedro, autor de uno de los relatos más tiernos y lúcidos del S. XX en español, además de intelectual de alto vuelo y multifacético ser humano, nos ha dejado en estos días.
Pocos libros he leído, escrito por españoles, que estén tan llenos de poesía y de veracidad, de ternura sin pedantería ni dulzura sin mampostería como La sonrisa etrusca. Quizá Mujer de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes se le acerque en belleza, sencillez, enorme profundidad, amor y ternura sin renunciar jamás a la veracidad, al peso de las cosas humanas.
In memoriam.
Tres líneas: un cameo ilusionado.
03/04/2013
El experimento literario Tres Líneas abarca más que la composición de la existencia de tres hombres en un instante preciso de la Historia y de sus vidas a tres manos. Poco a poco se va convirtiendo en un conjunto de relatos que tejen la realidad de unos personajes que comienzan a respirar a través del intercambio epistolar con el que los tres autores, Carlos Hugo Asperilla, Elena Montesinos y Óscar Moreno, nos van atrapando semana a semana.
Carlos Hugo Asperilla me ha pedido que colabore en este proyecto interesantísimo con un cameo, encarnando a uno de los personajes secundarios de la trama que va desarrollándose entre estos tres hombres. Con honor acepté la invitación y mi intención era permanecer en secreto, como corresponde claro, pero él se ha empeñado no sólo en que firme la autoría de una carta cuya redacción me ha causado satisfacción y muchas sorpresas, si no que además la comparta en este blog. Cosa que he hecho.
Os animo a entrar en el universo de Tres Líneas y a descubrir, semana a semana, el destino de estos tres hombres, en su lucha por ser lo mejor que pueden ser, y además, dejar una huella en la historia de sus vidas y de los que los rodean.
Madrid 5 de octubre de 1940
Querido Emilio:
No sabes la alegría que me he llevado al saber de ti. Tus nuevas, dentro del ambiente árido y despoblado tras la gran guerra, son un rayo de esperanza. Un hijo siempre lo es, aun a pesar de las responsabilidades que conlleva. Nada hay más sagrado que ellos, si lo sabré yo bien, y a pesar de las dificultades que afrontas, sé que la dicha se ha instalado en el universo que llamas hogar.
Haces bien en ser precavido. No están los tiempos para cometer deslices. Mi querido Emilio, soñador empedernido, el mundo ha cambiado tanto desde los tiempos de paz, aún con los revolcones de la agitación y la inestabilidad política, que debemos plegarnos a ellos con la sabiduría de las serpientes y la docilidad, nunca mejor empleada, de las palomas. Tu corazón caliente ha hecho de ti siempre un hombre apasionado, pero los sinsabores de la guerra han atemperado un poco la razón y te han hecho más sabio, algo que siempre he sabido que existía en ti desde que te encomendaron bajo mi mando hace ya tanto tiempo que quizá haríamos bien en olvidar.
Pero el olvido no está en la naturaleza humana. Antes bien, el recuerdo constante, y los adornos que la memoria añade a los hechos que han pasado, inflaman la imaginación, y llegan a envenenar la vida propia y la que nos rodea. Confío que tengas la sutileza suficiente para sobrevivir a las cicatrices de la guerra, y a aquellas aún peores del orgullo herido, los sueños pisoteados y las facciones inútiles.
Sabes lo que pienso. Sabes que abrazo las ideas revolucionarias de mi amigo Marañón desde que nos conocimos, en la Alemania anterior a la Gran Guerra, cuando ambos fuimos a perfeccionar nuestra educación médica. Las ideas de Gregorio y las mías, en aquella época, no eran tan consistentes (éramos muy jóvenes) pero sí certeras. Nos reconocimos en nuestra ansia por servir, en hacer de la Medicina un servicio social y a la vez una Ciencia más exacta, adaptándola a lo humano más que obligando al hombre a amoldarse a nuestras costumbres. Verdad es que partíamos con un cierto aura romántico que la guerra casi ha destrozado, pero que se ha mantenido intacto, o más bien moldeado por las circunstancias externas, casi como un milagro. Un milagro como tu matrimonio y la llegada de tu hijo, algo siempre tan deseado por cualquier hombre de bien como tú lo has sido, al menos desde que te conozco.
Querido Emilio, te puede tu corazón. El siglo XX está lleno de ideologías. En mi alma creo firmemente que todas son falsas, pues parten de una premisa errónea: la mitad de la humanidad está equivocada. Eso no puede ser posible. Si algo me ha enseñado la Medicina es a relativizar las cosas, los signos y los síntomas, y los seres humanos que los padecen. Estamos muy lejos de comprender todos los caminos que nos hacen ser lo que somos, aunque gracias a la labor de Gregorio y de otros personajes insignes dentro de los cuales él tiene la delicadeza de contarme, luchamos día a día (ésta sí es la única batalla que tolero) por dilucidar y por comprender los milagros de lo que llamamos, a veces malamente, vida que se vive. Seguimos los pasos del insigne maestro Ramón y Cajal y de muchos otros, españoles y foráneos, contemporáneos o no, que nos han precedido y que nos seguirán, con el firme propósito de servir, a través de la Medicina, como hombres de bien.
Y nuestro querido país está tan necesitado de ello, Emilio. Las hondas heridas que han quedado no se cauterizarán con facilidad: los vencederos recordarán perpetuamente su triunfo, los humillados vivirán siempre con el estigma de la pérdida. La Reconciliación, de venir, yo aún la noto muy lejana, y me temo, con profundo dolor, que no la verán mis ojos. Pero espero que los tuyos, más jóvenes y con esperanzas renovadas, sí lo hagan, o al menos consigan acercar un poco más unas diferencias que no son reales, o que sólo lo son porque nuestra mente así lo desea.
No quiero entrar en ésta sobre lo mucho que hemos hablado, en las noches en vela del hospital de campaña, acerca de la naturaleza de la agresividad humana, la sed de sangre, el sueño inútil de la imposición y la diferencia. Hemos visto demasiadas muertes inútiles, demasiado sufrimiento gratuito para seguir discutiendo banalidades sin peso real en el mundo. Todo lo contrario: si de algo ha servido nuestro tiempo en común, querido Emilio, ha sido para enseñarnos la realidad de una vida cruel consigo misma, atolondrada e inútil, y que sólo regala sufrimiento y pérdida.
Nuestro hospital quedaba en un descampado. Y si pudieras ver el erial que dejó el ejército una vez acabó todo, te darías cuenta que los ideales no justifican el dolor ni la tortura y que el hombre, muy a mi pesar, todavía se encuentra lejos de esa perfección que mi admirado Gregorio le atribuye.
En contra de lo que parece, nunca me ha parecido mal que Marañón se fuese del país durante la guerra. No podemos perder un alma brillante en medio del ruido enceguecedor y del humo que nubla la razón. Todo lo contrario, en tiempos de desorden necesitamos como nunca de un faro en el horizonte que nos enseñe el camino y nos guíe. Desde París sus meditaciones me han servido de aliento y, ahora mismo, también de esperanzas.
Siéntete libre de comentar lo que quieras en este intercambio epistolar. La persona que te trae ésta es de mi entera confianza. Es un estudiante de corazón apasionado, como era el tuyo, y de sueños igual de atolondrados. No ha conocido la guerra, al menos no como tú y yo; todavía es muy joven. Pero enfrentará otras dificultades que veo venir: la censura, la reeducación, las necesidades de sobrevivencia que a veces nos engañan y a veces queremos que lo hagan. No importa: admira mucho a Marañón, casi tanto como yo, y más modestamente, también a mí. Sigo sin acostumbrarme a que me llamen Maestro. Y sin embargo eso soy, desde que volví a Madrid a ocupar la cátedra que dejé vacante con la guerra. Cuento los días para que vuelva Gregorio y poder desarrollar los planes que, gracias a él, tenemos en común, y en los que quiero que participes, si te viene bien y deseas dejar la tranquilidad de Toledo por el desorden de Madrid.
Has hecho bien en irte a la Provincia. Madrid ha sufrido mucho con la guerra. Todo está un poco deslavazado. La gente de campo, dentro de su miseria, tiene ciertas ventajas que los citadinos no poseen: la tierra, que tendemos a menospreciar, devuelve con frutos aún pírricos la dura labor de la labranza: en la ciudad sólo hay adoquines y árboles yermos. Madrid es un erial de palacios derrumbados y plazas destrozadas; ciertas calles, con el pavimento revuelto, enseñan las entrañas de una ciudad que fue hermosa y que espero pronto renazca de sus cenizas, no sin esfuerzos y sufrimiento ajeno, pero que se muere de hambre y se enferma de hacinamiento.
Si no te parece mal, deseo que formes parte del renacer de la ciudad, de esta nueva luz que deseamos llevar a nuestra Facultad. Quisiera que volvieses a Madrid a terminar tu doctorado y a preparar las oposiciones para la Cátedra: necesitamos médicos de corazón puro y deseos de mejorar, que traigan la energía de la juventud y la sabiduría de la experiencia para llevar a cabo el cambio que tanto deseamos.
Eres joven: tu idealismo te ha llevado a abrazar aquella causa que te parecía más justa. Sabes que no desprecio esa pasión, antes bien la admiro. Pero confío que la vida te haga ver que el Humanismo está por encima de ideologías creadas por el hombre, y por lo tanto falibles, y que nada es más importante que el respeto por la vida y la lucha por mejorarla.
Como te cansaste de recordarme, entre mi querido Marañón y yo hay una gran diferencia: él se exilió más allá de los Pirineos mientras yo me quedé a servir, sin importarme el bando, a nuestro país. Restos del Romanticismo que habita en mí. Pero no te lleves a error: él tenía una familia que proteger, y su valentía está fuera de toda duda; no se cansa de arengar, con esa sapiencia tan admirable, los grandes errores que nos han llevado a vivir esta barbarie. Yo sólo me lancé a lo que me parecía más correcto: sin familia ya, todos muertos, nada tenía que perder, salvo mi propia vida, y nunca me ha parecido ésta más importante que la del más simple de mis pacientes. Ambos servimos a España sin traicionar nuestros ideales y los de nuestro propio país unido, como siempre ha debido de ser.
Así llego al motivo de tu carta. Siendo difícil realizar diagnósticos desde la distancia, las afecciones de tus amigos parecen bien distintas. Confío en tu buen ojo y en la capacidad única que tienes de comprender la Enfermedad para que llegues a una conclusión certera.
Opino lo mismo que tú sobre el joven Luis Miguel. Por lo que describes, es claro que padece esa enfermedad humoral que daña los tejidos laxos del cuerpo y que nos termina anquilosando como estatuas de yeso. Me temo que no tengo buenas noticias al respecto. Ese pobre chico tiene los días contados. Puede buscar climas más serenos, aquellos que le permitan a sus pulmones disfrutar de la suavidad del aire ligero, pero su corazón acabará cerrando las válvulas que lo hacen funcionar y morirá pronto ahogado en su propio aliento. La muerte siempre es una pena, pero lo es más cuando visita almas apasionadas cuyo único error ha sido vivir en plenitud. Me gustaría ser menos categórico, Emilio, con respecto a este caso que te es tan caro, pero sabes casi tan bien como yo que la Fiebre Reumática no abandona nunca y que se lleva consigo la energía, la fuerza y finalmente el aliento. A veces funcionan las sangrías, pero estoy en total desacuerdo con ellas. Nos sacan voluntad y nos absorben energía. Hay ciertas investigaciones que la relacionan con un proceso infeccioso… Pero todo está en veremos. Lo lamento profundamente pues le tienes afecto, pero como la primavera, este chico tiene sus días contados.
Y en cuanto a Dalmacio, todo es aún más extraño. Me preocupan las alucinaciones y las angustias que relatas. Ha debido de sufrir mucho en el campo de batalla, dejándole el humor apagado; el hambre no parece que mejore su cuadro y el clima a veces tenebroso de Asturias, siéndome muy caro, no ayuda nada a recuperarse de las locuras vividas todos estos años. Yo le recomendaría que buscase tierras de sol y de viento despidiéndose de las sombras, y ocupar su tiempo en las labores del campo y en reintegrarse en la sociedad que le conoce. Y que se olvide de la política: sólo le traerá recuerdos dolorosos y situaciones inútiles; ha llegado el tiempo de sobrevivir a las ideologías. Y si no puede separar su corazón de su mente, quizá la emigración, a Méjico o a Argentina, países de libertad y de luz, podría serle de utilidad.
Lamento ser de poca ayuda, querido Emilio, desde la distancia. Pero tu carta, antes bien, me ha servido para calmar mis pesares y para llenarme, además, de esperanzas. Espero tu respuesta con ansia. Y recuerda que aquí, cerca de nosotros, siempre tendrás una oportunidad para desarrollarte y prosperar. A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de las diferencias que hay en nuestros corazones, necesitamos de médicos como tú, de corazón valiente y de Ciencia entregada, y de esa esperanza única que nos hará salir, al ritmo que debamos, de esta destrucción y de esta barbarie en la que nos hemos visto inmersos.
Deseando lo mejor con profundo afecto,
Álvaro Cervello de Guillerna.
La red nos permite literalmente vivenciar el nacimiento y el desarrollo de intentos artísticos que quizá, sin esa inmediatez, no sería posible llevarlos a cabo.
El escritor de novela histórica, Carlos Hugo Asperilla, muy dado a recobrar el tiempo perdido navegando en las raíces de la personalidad humana y de sus consecuencias, ha comenzado junto a sus compañeros Elena Montesinos y Óscar Moreno, la redacción a tres manos de un relato epistolar que desea retratar, más que la desgastada realidad española de la posguerra inmediata, el universo interior de tres hombres marcados por ella, sus miedos y sus deseos, frustrados o no, y cómo el miedo, el fracaso y las heridas abiertas afectan a su día a día y a su destino como seres perdidos en un universo desecho que intenta, mal que bien, volver a levantarse, volver a ser lo que era, o lo que debe ser a partir de ese momento.
De esta forma, en Tres Líneas las vidas de Dalmacio, Luis Miguel y Emilio desfilan ante nosotros haciéndonos partícipes de sus pensamientos más profundos, de sus miedos y de los errores y éxitos que los definen y los impulsan a seguir con vida. Más que un alegato político, como ha sido la gran mayoría de las manifestaciones artísticas ambientadas en esos tiempos convulsos, la tarea de estos tres escritores es más íntima, y por tanto más interesante: no es una defensa ideológica, más bien es un retrato de aquello que se ha perdido y de cómo las consecuencias de nuestros actos llegan a afectarnos hasta los cimientos.
A través de este viaje epistolar, muchas veces clandestino, vamos descubriendo, entrega a entrega, el universo profundo que afecta a estos tres hombres, y cómo cambian y se adaptan a la realidad que les rodea y que acaba afectándoles, de una manera u otra, como nos ocurre a todos, incluso en nuestros días, llenos de vacío cultural y de identificación con nuestra única humanidad.
A través de Facebook podemos vivir, literalmente, el nacimiento y el desarrollo de este experimento, de esta historia a tres líneas, como una nueva forma de hacer Literatura (epístolas y fotos son todos procedentes de sus autores), y de disfrutar en el proceso y de interiorizarlo y compartirlo.
Las vidas que inventamos es la última novela publicada por Fernando J. López y mi primer acercamiento a su mundo narrativo, que es variado, sin duda de vocación precoz, y activo, en pleno desarrollo.
Es la historia de una pareja, de un matrimonio con sus ires y venires, sus pequeñas desavenencias, sus puntos de encuentro y sus aspiraciones; es la historia entrecruzada de Gaby y de Leo: las decisiones que toman; las historias que arrastran desde pequeños, y las circunstancias del siempre elusivo presente, forman el tejido de esta novela nada amable, que fotografía con afilada pluma ciertas facetas del ser humano que a veces se mantienen ocultas o que no notamos de tan visibles, de tan manidas.
Las vidas que inventamos es la fotografía de la Mentira. Sus protagonistas, queriéndolo uno, no sabiendo qué hacer la otra, entrelazan su presente, y por ende el riesgo del huidizo futuro, con los hilos de la fantasía, de la falta a la verdad, hasta que logran hacerla pasar como real.
No es una historia de amor. Es más bien la historia de un desencuentro. Nacido de una pretensión, mantenido quizá por pereza o por costumbre, el matrimonio formado por ambos protagonistas navega sin querer entre las aguas de lo cotidiano hasta tropezar con la pared del fastidio y de lo fatídico. Cómo consiguen circunnavegar esas aguas turbulentas que ellos mismos remueven es la columna vertebral de esta novela cuyos protagonistas poseen el mérito, en Leo de forma consciente y en Gaby circunstancial hasta alcanzar la liberación, de jamás engañarse a sí mismos a pesar de que viven inmersos en una gran mentira, que es la vida que ambos comparten.
Fernando J. López no ceja en demostrarnos el fondo mismo de sus protagonistas, el tedio que les lleva a situaciones límite y el ingenio que necesitan para mantenerse a flote y aún para reinventarse una y otra vez. Gaby es quien despierta a la libertad, Leo es quien perpetúa un sistema de supervivencia que le permite salir siempre airoso, o al menos tener siempre a mano las cartas ganadoras.
Podría tratarse de una novela de perdedores, porque es la historia de un fracaso. Pero no lo es, porque, juego de espejos, tanto Gaby como Leo terminan consiguiendo lo que secretamente anhelan: una rompe con todo lo que parece falso; el otro se transforma una vez y otra más, dejando tras de sí cicatrices invisibles y heridas que nunca cierran. Ambos reflejan el egoísmo de nuestros días; ambos pueden ser juguetes rotos, como aquellos que les rodean, pero consiguen salir a flote, y el cómo es el corazón del relato.
La vida que inventamos refleja una parte de nosotros mismos y de nuestra sociedad muy actual, teñida de cierta ironía y al mismo tiempo de clara tristeza y a veces de cierta impotencia o más bien de desamparo. A Fernando J. López no le molesta mostrarnos personajes que pueden llegar a ser antipáticos, porque sabe que, en un estrato o en otro, más profundo o más superficial, en todos nosotros hay algo de Gaby, y sobre todo, algo de Leo, que lucha por perpetuarse y que a veces emerge aún aunque no lo deseemos.
Me gusta el concepto de novel gráfica. Es algo más que un cómic siendo un cómic. Y para los prejuiciosos los libre de caer en el mero hojeador de dibujos.
Llegué a Amores minúsculos gracias al estupendo blog Vivo en la era pop que lo recomendaba con viva insistencia. Y es cierto: Amores minúsculos es una pequeña maravilla. Pequeña por lo breve. Y sí, es un cómic. Y sí: es una relato gráfico.
Teniendo en cuenta que el único relato gráfico que he leído ha sido Maus, acercarme a Amores minúsculos no ha dejado de ser agradable y sorprendente. Bajo su aspecto sencillo esconde verdades como puños y una historia hilvanada y con poso; real como la vida misma, pequeña como todos esos amores pasajeros que se van pero que se quedan adheridos a la piel del recuerdo, al aroma de lo nunca olvidado y que, en realidad, suman una vida vivida.
Alfonso Casas consigue que el relato llegue muy adentro. Tres historias, tres personajes que fluyen y confluyen, que se llevan sorpresas y que son como nosotros, héroes de la mismidad, que caen y se levantan sin pretenderlo o apenas sin darse cuenta; lleno de silencios y de sentimientos como campanadas, y de encuentros y desencuentros que tiene el peso de la realidad.
En Amores minúsculos lo habitual es lo importante y nos enseña que, mientras buscamos esa relación, esa historia que nos marca la vida, es el presente y la aparente pequeñez de las horas que pasan lo que en realidad nos forma y nos hace ser lo que somos.
Fresco, tierno, implacable y candoroso, como la vida, Amores minúsculos fluye con la facilidad de lo bello y de lo extrañamente sencillo, siendo como es una labor de amor y de dedicación, y un soplo de aire fresco que se lee muy rápido, se saborea lentamente y nos deja con ganas de más, mucho más.
Todos conocemos a Màxim Huerta. Al menos la mayoría de los españoles sabemos quién es. Ambos nos hacíamos mutua compañía (él no tenía ni idea, por supuesto) cuando era el encargado de las noticias nocturnas de una cadena televisiva nacional. Mientras él narraba lo que ocurría en España y en el mundo con un estilo personal, yo, residente de guardia día sí y dos días no, encendía el televisor y lo veía, o al menos me servía de ruido de fondo, mientras estudiaba o me entretenía haciendo el papeleo burocrático propio de una profesión como la mía: historias clínicas, peticiones de pruebas, investigaciones varias.
Así lo conocí. Eventualmente él cambió de especialidad y pasó a trabajar por las mañanas, en un programa de mucha sintonía. Digamos que saboreó esa especie de premio extraño que se llama éxito: pasó de ser conocido a ser muy conocido, con todo lo que eso conlleva. Y le perdí un poco la pista. Hasta que llegó El susurro de la caracola, y volvió a engancharme el gusto por saber qué hacía Màxim Huerta.
Una tienda en París es su tercera novela. Después de un éxito como El susurro de la caracola debe dar algo de vértigo lanzarse a escribir algo nuevo, pues se corren ciertos riesgos. Porque tendemos a esperar de un escritor que nos entregue más de lo mismo, sobre todo cuando ha encontrado lo que parece ser una cierta fórmula de ventas. Al menos es lo que ocurre a muchos autores de la literatura contemporánea: entran en una especie de nido confortable en el que el creador se aposenta para no dar un traspiés. Bueno, Una tienda en París no tiene nada de ninguno de los dos libros anteriores, mas les debe el corazón que late y ese gusto por las historias agridulces llenas de sentimiento y de tiempo ido y rescatado, de justificaciones y hallazgos que parecen ser tan caros a su autor. Y nada más.
En Una tienda en París nos encontramos con una voz madurada, que nos sorprende porque siendo la misma, es a veces su contraria y a veces algo más. El ritmo de la novela es pausado y va en crescendo a medida que su protagonista, Teresa, evoluciona; la narración gana en profundidad y en sentimiento conforme Teresa crece; el estilo de Màxim Huerta se llena de complejidad, sin perder pulso, cuando la historia de Alice y de Teresa se encuentran y se dan la mano: dos almas destinadas a cruzarse en algún punto del tiempo se reconocen sin conocerse, se admiran sin saberlo y se heredan una a la otra sin pretenderlo porque así de sencilla es la vida de los seres humanos.
La novela habla de dos ciudades: Madrid y París, ambas debilidades del autor sin duda, ya conocidas desde Que sea la última vez… Pero aquí París cobra un protagonismo colorista, lleno de sensaciones: no es una postal turística, es más bien un retrato de un París interior, lleno de tiempo ido y recobrado, complejo pero asombrosamente simple, en el que se despliega un maremoto de emociones humanas variado y encantador.
Una tienda en París es la historia de dos mujeres: Teresa y Alice. Ambas en busca de sí mismas, ambas partiendo de un mundo en blanco y negro, lleno de esperanzas encontradas como por casualidad; dos mujeres fuertes que se construyen a sí mismas mientras lo pierden todo y lo recuperan todo, o lo comienzan todo de nuevo, en ese vals de las casualidades que es la vida. Teresa y Alice son espíritus viajeros, son almas que cambian, metamorfosis a la que nos aboca el mero hecho de estar vivos y que exige todo de nosotros, hasta el sacrificio más elevado, para alcanzar la cima o el éxito o, lo que llamamos con simpleza a veces, la felicidad.
Una tienda en París es un historia de amor. Pero no es una simple historia de amor: el mundo de Alice, bellamente retratado a puro sentimiento; el rumor de Teresa, que se hace río y finalmente mar; y el aroma de París, la comida de París, el ritmo de París, su constante fluir, su constante sístole y diástole, que cambia con sus protagonistas, que se transmuta siendo siempre, y por siempre, la ciudad que regala el amor, ese más profundo que nos alcanza a nosotros mismos, de ambas protagonistas.
La voz de Màxim Huerta se hace única. Hay ecos de Que sea la última vez… y de El susurro de la caracola. Pero estos son mínimos. No hay paralelismos entre las tres historias, a lo sumo alguna bisectriz propia de la creatividad del autor. Una tienda en París tiene una complejidad intrínseca, tiene un ritmo diferente, y tiene sobre todo un poder evocador que trasciende las dos obras anteriores. Es una historia de reconocimientos y de cambios, que parte de lo sencillo a lo más complejo; que enlaza tiempos, estados de ánimo, colores y sensaciones apenas sin notarse, con una sutileza que nos enseña la evolución de Màxim Huerta como escritor: una voz que se hace grave y se hace hermosa y se hace profunda y se hace sutil y sincera, y que nos deja sedientos de más. Y más.
Una voz inimitable/ An unique voice.
18/08/2012
Muerto de amor
A Margarita Manso
¿Qué es aquello que reluce
por los altos corredores?
Cierra la puerta, hijo mío;
acaban de dar las once.
En mis ojos, sin querer,
relumbraban cuatro faroles.
Será que la gente aquella
estará fraguando el cobre.
Ajo de agónica plata
la luna menguante, pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.
La noche llama temblando
al cristal de los balcones,
perseguida por los mil
perros que no la conocen,
y un olor de vino y ámbar
viene de los corredores.
Brisas de caña mojada
y rumor de viejas voces
resonaban por el arco
roto de la medianoche.
Bueyes y rosas dormían.
Sólo por los corredores
las cuatro luces clamaban
con el furor de San Jorge.
Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de hombre,
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.
Viejas mujeres del río
lloraban al pie del monte
un minuto intransitable
de cabelleras y nombres.
Fachadas de cal ponían
cuadrada y blanca la noche.
Serafines y gitanos
tocaban acordeones.
Madre, cuando yo me muera,
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.
Siete gritos, siete sangres,
siete adormideras dobles
quebraron opacas lunas
en los oscuros salones.
Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba no sé dónde.
Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las luces
en los altos corredores.
Variación.
El remanso del aire
bajo la rama del eco.
El remanso del agua
bajo fronda de luceros.
El remanso de tu boca
bajo espesura de besos.
Despedida
Si muero.
dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo.)
El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento.)
¡Si muero,
dejad el balcón abierto!
Cancioncilla
del primer beso
En la mañana verde,
quería ser corazón.
Corazón.
Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.
(Alma,
ponte color de naranja.
Alma,
ponte color de amor)
En la mañana viva,
yo quería ser yo.
Corazón.
Y en la tarde caída
quería ser mi voz.
Ruiseñor.
¡Alma,
ponte color naranja!
¡Alma,
ponte color de amor!
Madrigal á cibdá de Santiago
Chove en Santiago
meu doce amor.
Camelia branca do ar
brila entebrecida ô sol.
Chove en Santiago
na noite escrura.
Herbas de prata e de sono
cobren a valeira lúa.
Olla a choiva pola rúa,
laio de pedra e cristal.
Olla o vento esvaído
soma e cinza do teu mar.
Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol.
Agoa da mañán anterga
trema no meu corazón.
Danza da lúa en Santiago
¡Fita aquel branco galán,
olla seu transido corpo!
É a lúa que baila
na Quintana dos mortos.
Fita seu corpo transido
negro de somas e lobos.
Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.
¿Quén fire potro de pedra
na mesma porta do sono?
¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!
¿Quen fita meus grises vidros
cheos de nubens seus ollos?
¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!
Déixame morrer no leito
soñando con froles d’ouro.
Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.
Gacela del amor con cien años
Suben por la calle
los cuatro galanes,
ay, ay, ay, ay.
Por la calle abajo
van los tres galanes,
ay, ay, ay.
Se ciñen el talle
esos dos galanes,
ay, ay.
¡Cómo vuelve el rostro
un galán y el aire!
Ay.
Por los arrayanes
se pasea nadie.






