70050020150626103529CUANDO-ASEDIEN   Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos es el libro recopilatorio de los relatos hasta ahora publicados de Mary Ann Clark Bremer. Una mujer que se ha descubierto fascinante y que vivió intensamente los avatares de un convulso siglo XX desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín y el fin de la ridícula Guerra Fría.

Esta recopilación muestra en un solo volumen las novelas que de forma errática se habían publicado hasta el momento de su autora, toda suerte que escribió en diversos idiomas y siempre bajo seudónimos, y consiguen descubrirnos la pluma incandescente de una mujer teñida de Literatura, pero jamás abrumada por ella, y llena de vida, pero jamás sobrepasada por ella.

Mary Ann Clark Bremer escribe sobre su mundo interior con gran suspicacia y con inmensa delicadeza. Su exquisita educación, sus ganas de ser siempre mejor de lo que pudiera ser; el maravilloso jardín secreto de un alma cultivada y pura y que llega a una edad en la que no le da vergüenza perder todas las máscaras, mostrarse desnuda, sin adornos, completamente vulnerable.

El volumen está compuesto por los cuatro relatos ya publicados separadamente más uno (el que le da título a la antología) inédito hasta ahora. Una biblioteca de verano, Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo se nos muestran uniformes, hilvanados por el hilo invisible del tiempo, cuyo colofón, que no final, resuena en Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos, dejándonos la imagen de la flor Edelweiss como símbolo femenino de resistencia y eterno retorno.

El lenguaje es directo, rico en referencias literarias, casi anticuado en las formas, pero tan delicado, tan simple, tan desprovisto de metáforas inútiles (o tan lleno de metáforas incandescentes) que lo sentimos cercano; que la distancia física de más medio siglo que nos separa de su redacción y su edición no tiene peso en la cuenta final. Es la vida de una mujer con la capacidad de desnudar su vulnerabilidad sin perder la compostura; con el coraje de enfrentar sus miedos, sus deseos, sus necesidades y sus pérdidas con una determinación asombrosa y con una serena fidelidad a sí misma y a cuantos formaron parte de su vida. Su lectura  nos evoca en ciertos pasajes a otra mujer singular: Isak Dinesen, y en mucho, más que eco casi una bisectriz invisible, a Sei Shonagon y a Murasaki Shikibu, por esa capacidad de evocar el mundo femenino desde un estado de ligera crítica, de defensa acérrima y con una clarividencia que sigue asombrando a los lectores del siglo XXI a los que va dedicado su descubrimiento y publicación.

Su estilo es único, es suyo. Pese a los ecos antes mencionados, nadie escribe como Mary Ann Clark Bremen, ni siquiera mujeres contemporáneas con las que su trayectoria vital podría, si no parecerse, al menos correr paralela: Marguerite Duras, o Marguerite Yourcenar, por poner dos ejemplos franceses para una mujer que, si bien era un cuarto francesa y vivió en el París posocupación nazi, era norteamericana de nacimiento y mente y acabó prefiriendo ser suiza de hogar, mas no de alma.

Los dos primeros relatos son, para mí, obras maestras. Delicados, comprimidos, cargados de una melancólica tristeza, de una aguda clarividencia; lleno de ecos y de referencias, repletos de amor, de sentimientos, de afrentas y de victorias reales sobre las circunstancias y sobre si misma. Nadie ha escrito sobre la vulnerabilidad de la vida; nadie ha escrito con la firme delicadeza de un alma grande sobre la necesidad de reafirmarse como mujer, ese caleidoscopio frondoso que todo hombre cortó de raíz, o que no ha dejado desarrollarse, como lo ha hecho ella. Equidistante de las dos Marguerites (la franco-belga, con su bello lenguaje lleno de clasicismo y de clarividencia de rayo láser; la francesa, con esa desnuda entrega, con ese aguerrido frenesí, ambas muy hombre-mujer más que mujer-hombre, como la autora que nos ocupa) e Isak Dinesen (que pasó por todas las fases en un desarrollo imparable que la llevó de Escandinavia a África y de vuelta al hogar siendo más mujer y más hombre, es decir, más individuo que ninguno de sus contemporáneos), se separa diametralmente de las obras de las mencionadas por su tema, por su despliegue y desarrollo, y por ende, por su originalidad.

Mary Ann Clark Bermer nos deja claro que escribe sobre sí misma, sus miedos, sus sentimientos, sus secretos anhelos, sus equivocaciones, con la intimidad de un diario de recuerdos, con la certeza que nada es más sólido que la vulnerabilidad, nada más vistoso que la desnudez de un alma que se entrega consciente al relato, pero jamás sin adornos. Con un lenguaje conciso y precioso, cargado de chispas de humor y también de reinvindicaciones, que nos retrotraen a esos ejemplos del medioevo japonés (tan evolucionado entonces) con Sei Shonagon por un lado (a a que me evocó en la primera parte de Una biblioteca de verano) y Murasaki Shikibu por otro, (más en Cuando acabe el invierno y posteriormente en los otros tres relatos de la antología), en la que narra usando personajes (evocados en sí misma) de peripecias singulares y de una evolución interior más profundos que los que el príncipe Genji llega a alcanzar jamás, quizá porque es hombre o porque nunca se para a pensar en ello.

Qué gusto reencontrar de nuevo Literatura sabrosa, que se desliza llena de poesía, que se deleita en las buenas maneras sin ser gazmoña, que es intensa sin ser llamativa, profunda sin pedantería y valiente, llena de esa libertad de la que el siglo XX fue el último trozo de tiempo capaz de producirla.

Hay algo en Mary Ann Clark Bremer que nos recuerda, como Marguerite Yourcenar evoca en los cuadernos de notas a Memorias de Adriano, la suprema libertad del pie desnudo. La escritora franco-belga la tenía, y muchas otras escritoras (desde Virginia Wolf hasta Alfonsina Storni) la alcanzaron, pagando su propia muerte a veces, y a veces escandalizando con verdades como puños a una sociedad mojigata que se negaba a ver a las mujeres como simplemente son: mujeres. Mary Ann Clark Bremer lo fue a su manera y esa manera está dibujada, con un trazo más delicado pero firme, en cada uno de los relatos de Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos: directos al corazón, como una flecha de oro (Teresa de Ávila, Safo, Gertrude Stein), en los relatos Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno (los que más me gustan y me han enamorado) y camuflados en personajes que son, en muchos aspectos, ella misma (como Murasaki Shikibu, Marguerite Duras o Isak Dinesen) en El librero francés y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo.

Y encontramos lo que más nos ha gustado de Mary Ann Clark Bremer autora, lo que nos  atrae, lo que nos hechiza: su capacidad de retratar la vulnerabilidad de la manera más maravillosa posible y demostrar que puede ser el motor de una larga vida, de una vida llena, de una vida singular. Como su literatura.

victorEl segundo que cambió mi vida es el libro autobiográfico de Víctor Tasende. En esta pequeña joya de superación personal, el autor nos adentra en el mundo de la tetraplejia (que sufrió a los diecisiete años tras un accidente en una piscina), en la inmensa suerte (que la tuvo) de recuperar la oportunidad de su vida, y en la inmensa inteligencia emocional, labrada a golpe de esfuerzo diario, que ha desarrollado con ello.

Víctor Tasende es un chico genial. Y es un genio. Genio de la superación o, mejor, de la afirmación que lo mejor que los hombres tienen es ser ellos mismos. Todo está en nosotros, sólo que tenemos que trabajar, labrar para encontrarlo. Y para desarrollarlo. Y para disfrutar con ello y por ello.

El segundo que cambió mi vida podría estar mejor escrito, desde un punto enteramente literario. Pero eso no le resta mérito, antes bien, exacerba el tesoro que seduce y conmueve. Su vida es un ejemplo, sí, pero es su vida. Sus esfuerzos desde la operación, la larga rehabilitación, sus estructuras mentales, sus caídas y sus triunfos, no nos sabrían mejor si una pluma le ayudase a redactarlos. Porque la veracidad también es belleza, y belleza es lo que le sobra a este hombre de veintitantos años que sabe lo que es sufrir, caer y levantarse no una vez, si no mil veces.

Es desde luego un maestro continuo para mí.victor-63

Acostumbrado como estoy a manejarme en situaciones extremas para otros, Víctor lo es porque las ha padecido y las ha incluido en su ser y su espíritu y ha permitido que esa amalgama transmute en fuerza, en energía y en luz que todo lo rodea. Él hace capaz ese sueño que albergamos todos de ser la mejor versión de sí mismo y no asombrarse con ello o, aún mejor que mejor, alegrarse con ello y vivirlo como un hecho más.

Esa sencillez ante lo absoluto es lo que hace de Víctor Tasende un ejemplo. Como hombre, como individuo, como estructura social. Pero sobre todo como compañero, como atleta (en su caso) y como comunicador, que se enrolla sobre sí mismo brindado el mensaje más clarividente posible y el más sencillo: somos todos potencialmente mejores de lo que nos permitimos ser. Ha vencido el miedo (¿y cómo no hacerlo?, ha vencido las ganas brutales de decir: No. Su vida es una afirmación constante y una prueba, pero sobre todo el disfrute de un camino y una eterna sonrisa.

El segundo que cambió mi vida habla al corazón de cosas de la vida y de la vida de todos, de la que Víctor Tasende es uno de los espejos más relucientes y sencillos que podemos encontrar en nuestro día a día.

El nadador en el mar secreto William KotzwinkleWilliam Kotzwinkle escribió a principios de la década de 1970 un librito maravilloso. Un éxito fulgurante que cayó en el olvido y que ahora, tras reaparecer en el año 2012, lo ha encumbrado (aún) más, llevándolo al lugar que ha debido merecer desde su originaria publicación.

Es maravilloso cómo puede condensar una historia tan intensa, un plenario de sentimientos, en cien páginas. Para nuestros tiempos eso es milagroso. Y ninguna de ellas trata sobre robos, secuestros, persecuciones, misterios, drogas, maltrato u olvidos. Es maravilloso que cien páginas contengan el dolor del mundo, del vacío y la desilusión, y que lo hagan con tanta poesía y cercanía, con un lenguaje onírico pero tan vívido y con una delicadeza tan absorbente y cercana.

El nadador en el mar secreto no es más que el relato de un nacimiento. La espera, los nervios, los sentimientos encontrados, el dolor de la pérdida y la tenue esperanza de seguir con vida. Aplicada con imágenes del realismo mágico latinoamericano, la narración en tercera persona del trocito de vida de los Laski se nos presenta dulce, intensa, tierna, terrenal y triste a la vez. Somos ella y somos él y somos la nieve eterna de un invierno del Norte, el suave crujido del hielo al pisarse y las salas asépticas de un hospital, el habla seca de los profesionales de la vida y la muerte, y el enfrentamiento, individual y como pareja, de un naufragio único, la pérdida del nadador que nace en medio del mar secreto de un parto.

William Kotzwinkle nos regala un arte quizá ya perdido: el de la concisión, el de la belleza encerrada en las palabras justas, donde cada sentimiento tiene un peso comprensible envuelto en imágenes sencillas, directas y, por lo mismo, conmovedoras.7060_1

Presenciamos el inicio de un parto, su consecución, su final y los sentimientos entrecortados, rotos en la orilla de la realidad y asumidos (asumidos de la manera menos asumible posible) dentro de la dureza de la vida diaria, sin embargo dulce, sin embargo delicada y llena de amor.

No hay vida sin pérdidas, escribí una vez en un relato que algún día espero vea la luz. El nadador en el mar secreto parece opinar lo mismo, sin mucha palabrería pero con mucha sensibilidad; sin mucho artificio, salvo la desnudez de un corazón doloso que necesita expresar la pérdida y el duelo de la mejor forma que puede: escribiendo pura poesía.

Una divinidad.

luis cremadesEn estos días he leído mucho de la producción poética de Luis Cremades. No toda, pues creo que me falta todavía algún poemario (El animal favorito, en el que tengo puesto mucho interés.) Quise leerla de la forma más cronológica posible, siguiendo por lo demás las indicaciones que el propio autor hace sobre su vida en ese desnudo integral que es El invitado amargo, obra que me sigue pareciendo quizá lo mejor que se produjo en España desde el punto de vista literario el año pasado.

Es decir, casi jugué con trampa. La poesía intrínseca, secreta, a veces onírica y sobre todo física, táctil, ondulante de Luis Cremades se me dibujó así bajo otro prisma, que por lo demás se nota poco a poco, y siempre de manera muy velada, en sus poemas. Hay casi un antes y un después en la creación poética del autor una vez llegada la Enfermedad, una especie de despertar cruel, o cuando menos una pérdida de inocencia que ninguna de las experiencias previas le había arrebatado del todo.

Las páginas por donde la Enfermedad pasa están cargadas de un simbolismo más oscuro; dejan de jugar a esconderse a sí mismas, son más introspectivas cuanto más asépticas se vuelven, y también más melancólicas y dolorosas. En la vida del poeta hay pérdidas, hay errores, hay dolor (por lo demás, como en cualquiera) pero en su seno alcanzan cierto grado de intelectualidad, de frialdad y de calor, que no deja indiferente a nadie.419[1]

Los límites del cuerpo es un canto a la pasión del amor, a la búsqueda de un amor que se encarna en el Otro, en aquella figura que nos acaricia, nos abraza, nos dice que ama (y miente, o sólo miente cuando deja de ser cierto, que es casi lo mismo) y que finalmente nos abandona. No así el recuerdo, ni la evocación, ni el deseo de amar. En Los límites del cuerpo, que pueden ser los de la vida, subyace un ímpetu que se desgarra más adelante en poemarios posteriores y que aparece, recurrente como un tono frigio y obsesionante, tímidamente, o quizá disfrazado en su súmmum (el cuerpo humano), y es la búsqueda subterránea de Dios.

9788496079564Luis Cremades posee una inteligencia dilatada, única, que se expande y se concentra como un rayo láser. No es creyente, o cree quizá en aquello que más le importa: el ardor sensual, el encuentro último entre decisión y necesidad, la entrega consciente al Otro clavado en una piel que se marchita al día siguiente o al mes siguiente, y que desaparece en la nada. El colgado nos lleva por las aguas llenas de minas del amor buscado y muchas veces aceptado sin ser entendido, que desaparece tan pronto es poseído y se diluye sin más una vez llega la mañana. Es un poemario por donde la muerte está pasando, en donde notamos si no un cambio de tono al menos un ritmo peculiar, más oscuro y abstracto, que se burla de sí mismo y que se ensalza al mismo tiempo, que se siente bendito y mísero a la vez, que quizá sabe que él también pasará, pese a quien posea, pese a quien ame. Colgado de la vida, que también lo es de la muerte, abandonado y dejando, olvidando y reencontrando, y dándose cuenta de que ya nada es igual.

Y que nada permanece. Polvo eres es un libro de mayor madurez. Más en los temas que en las formas. El poeta sigue insistiendo en su estilo rompedor de escribir, que es lo mismo que de vivir. En él la Enfermedad ha dejado huella: las pérdidas se cuentan por decenas: amigos desaparecidos, cuerpos endebles, fragilidad a la vista. PolvoeresPero aún hay tiempo para saborear el incienso del mar Caribe, las sorpresas del recuerdo, el hallazgo, novedoso porque se había olvidado, de una parte de sí mismo infantil, casi intacta, que se vislumbra a través de los cambios geográficos imputados por el tiempo y por los hombres, pero que sobrevive en el recuerdo. Polvo eres es un canto a la desazón, no ya una búsqueda ni una sinrazón tanto más que una entrega a las circunstancias, a lo inevitable, al fin. Y sin embargo se despide con un consuelo, o un desconsuelo, que es la resignación.

Leer a Luis Cremades, después de El invitado amargo, es una labor hermosa. Porque entendemos su cantar abstracto, su intento de esconderse, su esfuerzo por mostrarse desnudo pero jamás sin adornos, de los que se despoja en esas memorias salvajes que llegan al corazón. Luis Cremades poeta se completa con el autor en prosa, de la misma manera que su prosa, es decir su vida, se contempla y se completa con su poesía. El autor ha construido de esta manera, quizá sin saberlo, un universo entero que lleva su nombre, sus obsesiones, sus miedos y sus afecciones. Nada hay escondido en las líneas escritas por Luis Cremades, y sin embargo, todo está por descubrir.

la-vida-equivocadaHay algo aterrador en La vida equivocada, nueva novela de Luisgé Martín, y es el miedo que late en todos nosotros de vivir una vida más oscura que nuestros sueños y también errónea.

A través de un relato que es a veces un largo soliloquio, la existencia de tres hombres se entrelaza y se desmigaja con la facilidad casi divina de lo que nos afecta de cerca y acabamos olvidando.

La vida equivocada no es una historia paterno-filial del bello Max y el ambicioso Elías; ni siquiera es la trayectoria vital de dos hombres, padre e hijo, que convergen y divergen para reencontrarse de nuevo, comprendiéndose y reconociéndose y aceptándose finalmente en los límites del olvido. La vida equivocada es el retrato de esa voz continua, muy presente e intensa en la primera mitad del libro, que justifica, desgrana, desnuda y condensa, en las antípodas de los dos protagonistas, la vida que todos deberíamos tener.

Luisgé Martín gusta de bucear en los aspectos más oscuros de los deseos humanos, en los miedos más iniciáticos, aquellos que nos definen a soto voce, que en realidad nos atenazan inconscientemente y nos hacen ser, o reaccionar, de esa manera única en la que lo hacemos cada vez que la vida nos lleva a un brete.

Hay mucho de un razonamiento filosófico sobre las entrañas de la vida en esta novela, que engancha mi gusto por las interpretaciones más libres del pensamiento y la reactividad humana; hay también mucho del patetismo del perdedor, o del optimista inveterado o del soñador empedernido; es un camino largo el que nos lleva a aceptar, en ese razonamiento desmigajado en decisiones vitales todas erróneas, que la vida que vivimos siempre es más pálida de lo que deseamos y que quizá en el fondo esa falta de brillantez, o esa suma de normalidad grisácea, es lo que debe ser si nos toca experienciarla en nuestra propia piel. Que está bien perder, o no alcanzar nunca los sueños que alguna vez albergamos, y que quizá por eso seamos al final más grandes de lo que nunca fuimos ante los ojos ajenos, y aún más, ante los nuestros.

En La vida equivocada no nos importa Max, al menos el Max más allá de los veinte años, pese a su detallado desarrollo novelístico; las justificaciones de Elías quizá nos llegan tarde, pese al concienzudo y muy detallado relato de sus peripecias vitales. En el bloque en el que el autor nos describe la vida real, el relato quizá pierde fuerza y un poco de interés, iluminado por esas rachas de sabiduría y de brillantez y de fina ironía con la que nos pinta el retrato de dos perdedores que sólo consiguen, con la muerte, una redención única.

En esta novela nos interesa él, el narrador anónimo, el pensador que se permite, tras la intimidad y tras la distancia, no ya desentrañar esos pequeños misterios que se tejen en las vidas anónimas, si no identificarse con cada una de ellas, diferenciarse, quizá aliviarse y, lleno de esa lealtad pura que nace del roce, del enamoramiento y de la deuda (una deuda de piel, de deseos colmados, de la necesidad de ser querido y considerado único), desprenderse de ellas, aliviado; de ser quién es y de la suerte que, bien hallada o bien labrada, le ha tocado vivir: en el reflejo de las vidas equivocadas de Max y de Elías, el narrador cae en la cuenta de su suerte o de su sino, y se alivia por ello y lo agradece, a modo de justificación, narrando la vida de esos seres que alguna vez definieron la suya, o la espolearon a abrirse y desarrollarse.

Un relato de miedos ocultos, que nos remueve las entrañas; mucho más brillante en su primera mitad, pues es más puro, menos novelesco, más cercano a lo que una vez fuimos (o pudimos ser) en interés y en descripción; bellamente evocado (es un ejercicio tierno y afilado de rememoración); un poco más envarado en el capítulo de Elías, más libertino en el de Max, pero sobre todo más íntimo y liberador en el del narrador, que atrapa y consigue que nos interesemos por el desenlace final, intuido pero no por ello menos afilado, que nos arroja al abismo misterioso que flota en cada una de nuestras existencias: el miedo a vivir una vida equivocada y darnos cuenta tarde de ello.217285-944-1416

Es un retrato de gente pequeña, de gente común, de gente que yerra sin darse cuenta, y que desdeña lo que consigue en aras de un siempre más allá que los acerque al sueño con que alimentan sus vidas. Las historias de Elías y Max pueden se la nuestra propia, en su totalidad o bien en parte; llena de altibajos, de sueños erróneos, de falsas esperanzas, pero también de aceptación y de redención final. O puede ser la del narrador que todo lo detalla, todo lo descubre o lo infiere o lo comprende, desde la atalaya del tiempo transcurrido, quizá de la suerte y del talento, como si fuera algo ajeno pero muy íntimo, pira donde destruye cada uno de los fantasmas de un pasado que ya no le afecta para nada.

La vida equivocada es siempre la vida de los Otros, pero puede ser también nuestra propia vida; al menos en parte; y tiene el mismo fin: hallar la libertad en la prisión de nuestros grilletes; en la aceptación de las reglas del juego (si las hay) y en entregarnos, tras infructuosos intentos, al ritmo que nos toca, al flujo del río que nos lleva, del vientre materno al vientre terráqueo donde descansaremos un día, olvidados sueños y veleidades, preocupaciones, pieles amadas y ofendidas, y sueños enormes que nunca, nunca, se harán realidad.

Cubiertas_De mar a Mar.indd  De mar a mar es un compendio de las epístolas que, entre 1965 y 1975, Ana María Foix y Rosa Chacel compartieron durante la adolescencia de la primera y el exilio americano de la segunda.

De profunda carga psicológica y personal, llena de coraje, de pasión por la literatura y la creación, de una sinceridad desarmante y de cierta monotonía del día a día, la historia de dos mujeres muy diferentes, pero unidas a través del océano y su amor por la creación literaria, se despliega viva y muy actual, después de medio siglo de haberse iniciado.

En esas cartas hay deseo y necesidad de conocerse, de entenderse, de quererse y de admirarse. Pudiendo ser su abuela, Rosa Chacel trata a la avispadísima adolescente como una igual. Ana María Moix descubre que una admiración profesional puede derivar (y deriva) en una amistad profunda, en un cariño escrito que no disimula su profundidad y que se extenderá hasta que la muerte diluya la historia de cada una.

De mar a mar, en la edición del 2015, contiene pequeñas erratas, pero le dan más autenticidad a un texto escrito muchas veces a bote pronto, con pausas desconcertantes y quizá con ciertos tachones. La habilidad epistolar que hemos perdido nos devuelve un mundo que en nada se parece al actual pero que está muy presente: allí donde haya sentimientos humanos, preocupaciones o deseos, siempre habrá lazos que unan experiencias distintas, mundos limitados por el perfil del tiempo que se deslizan, como fuerzas telúricas, en el presente, y nos da esa sensación extraña de estar repitiendo, sin querer, una y mil veces, el mismo guión.Chacel_big

Pero me gusta cómo está escrito, el lenguaje, la plasticidad, la belleza de la prosa, el ritmo poético de sus líneas. Cada exclamación o pequeño reproche, cada crítica y cada suspiro, cada depresión o aprehensión, cada tropiezo de Salud y su manejo (cincuenta años después, podríamos abordarlos y resolverlos de formas más simples), los abismos de la depresión, quizá unidos a la creación artística; esa vida auténtica de la adolescencia, cuyo cuerpo de creencias es tan sólido que ninguna duda lo corrompe, confrontado con la vida experienciada, que se enfrenta con armas diferentes, pero misma pasión, al día a día reconociéndose; todo conforma una sinfonía de palabras bien estructuradas, de significados (algunos con puntos suspensivos) tan bien escritos, que es per se una gozada para los sentidos.

Pondría en valor, como me dijo Màxim Huerta al recomendármelo, el retrato histórico de una época cercana en cuyos ecos y reverberaciones nacimos; destacaría a sí mismo la fortuna de compartir talento generacional de ambas, cada una en su momento de tiempo y de lugar; y el momento persona de cada una de las protagonistas. De todo eso trata De mar a mar. Pero no deja de ser un libro íntimo, un asomarse al mundo interior, a los miedos y razones y justificaciones y aprehensiones de dos seres que se reconocen y aprenden a quererse a través de lazos más profundos que el océano que los separa. 0000020192.jpg

Tiene en común con El invitado amargo de Luis Cremades y Vicente Molina Foix (cuyo nombre aparece formando parte de ese conjunto astral, generacional, de esos años convulsos), la recuperación de un tiempo ido y desproporcionado, la vivencia auténtica, a flor de piel. Lo que las diferencia es la evocación, el tiempo verbal del retrato. En De mar a mar es de una brutal inmediatez; en El invitado amargo, el poder taumaturgo de la evocación (el poso del tiempo pasado) retrata con trazos auténticos un presenta que ya ha quedado atrás.

De mar a mar nos muestra dos mujeres más parecidas de lo que pensamos en un primer momento y asistimos a ese descubrimiento entre ellas, a la mutua admiración, al coraje y al amor que habla muchos idiomas y que viste innumerables trajes, incluso los de la distancia. De Barcelona a Río de Janeiro y viceversa, el vals de una amistad se va oyendo y nos llega con sonido apagado, pero continuo, como el de la marea de la mar.

Y me recuerda el estilo, la literatura, las lecturas, el lenguaje que amo y que me ha llevado a escribir (torpemente) como lo hago. En sus páginas me encuentro adolescente (como me ocurrió con Luis Cremades, por ejemplo), esa necesidad y ese amor por las palabras primero, y posteriormente por las tramas, que leía e imaginaba en mi cabeza; época en la que el corazón y el cerebro son casi la misma cosa. El secreto es ser siempre aquello que somos o que deseamos, lejos de las modas aparentes (todas las épocas se parecen y padecen los mismos males) y del bullicio del éxito (interpretado aquí en la forma de que a alguien le gusta lo que hacemos), confiar en esa desconfianza débil de la creación, y en seguir adelante, con las armas y las desarmas que tenemos, en este vaivén continuo que es estar vivo. Y llegar a la eternidad deseada, como ambas escritoras desearon, por la vía más íntima y única encerrada en una epístola.

Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

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