El nadador en el mar secreto William KotzwinkleWilliam Kotzwinkle escribió a principios de la década de 1970 un librito maravilloso. Un éxito fulgurante que cayó en el olvido y que ahora, tras reaparecer en el año 2012, lo ha encumbrado (aún) más, llevándolo al lugar que ha debido merecer desde su originaria publicación.

Es maravilloso cómo puede condensar una historia tan intensa, un plenario de sentimientos, en cien páginas. Para nuestros tiempos eso es milagroso. Y ninguna de ellas trata sobre robos, secuestros, persecuciones, misterios, drogas, maltrato u olvidos. Es maravilloso que cien páginas contengan el dolor del mundo, del vacío y la desilusión, y que lo hagan con tanta poesía y cercanía, con un lenguaje onírico pero tan vívido y con una delicadeza tan absorbente y cercana.

El nadador en el mar secreto no es más que el relato de un nacimiento. La espera, los nervios, los sentimientos encontrados, el dolor de la pérdida y la tenue esperanza de seguir con vida. Aplicada con imágenes del realismo mágico latinoamericano, la narración en tercera persona del trocito de vida de los Laski se nos presenta dulce, intensa, tierna, terrenal y triste a la vez. Somos ella y somos él y somos la nieve eterna de un invierno del Norte, el suave crujido del hielo al pisarse y las salas asépticas de un hospital, el habla seca de los profesionales de la vida y la muerte, y el enfrentamiento, individual y como pareja, de un naufragio único, la pérdida del nadador que nace en medio del mar secreto de un parto.

William Kotzwinkle nos regala un arte quizá ya perdido: el de la concisión, el de la belleza encerrada en las palabras justas, donde cada sentimiento tiene un peso comprensible envuelto en imágenes sencillas, directas y, por lo mismo, conmovedoras.7060_1

Presenciamos el inicio de un parto, su consecución, su final y los sentimientos entrecortados, rotos en la orilla de la realidad y asumidos (asumidos de la manera menos asumible posible) dentro de la dureza de la vida diaria, sin embargo dulce, sin embargo delicada y llena de amor.

No hay vida sin pérdidas, escribí una vez en un relato que algún día espero vea la luz. El nadador en el mar secreto parece opinar lo mismo, sin mucha palabrería pero con mucha sensibilidad; sin mucho artificio, salvo la desnudez de un corazón doloso que necesita expresar la pérdida y el duelo de la mejor forma que puede: escribiendo pura poesía.

Una divinidad.

luis cremadesEn estos días he leído mucho de la producción poética de Luis Cremades. No toda, pues creo que me falta todavía algún poemario (El animal favorito, en el que tengo puesto mucho interés.) Quise leerla de la forma más cronológica posible, siguiendo por lo demás las indicaciones que el propio autor hace sobre su vida en ese desnudo integral que es El invitado amargo, obra que me sigue pareciendo quizá lo mejor que se produjo en España desde el punto de vista literario el año pasado.

Es decir, casi jugué con trampa. La poesía intrínseca, secreta, a veces onírica y sobre todo física, táctil, ondulante de Luis Cremades se me dibujó así bajo otro prisma, que por lo demás se nota poco a poco, y siempre de manera muy velada, en sus poemas. Hay casi un antes y un después en la creación poética del autor una vez llegada la Enfermedad, una especie de despertar cruel, o cuando menos una pérdida de inocencia que ninguna de las experiencias previas le había arrebatado del todo.

Las páginas por donde la Enfermedad pasa están cargadas de un simbolismo más oscuro; dejan de jugar a esconderse a sí mismas, son más introspectivas cuanto más asépticas se vuelven, y también más melancólicas y dolorosas. En la vida del poeta hay pérdidas, hay errores, hay dolor (por lo demás, como en cualquiera) pero en su seno alcanzan cierto grado de intelectualidad, de frialdad y de calor, que no deja indiferente a nadie.419[1]

Los límites del cuerpo es un canto a la pasión del amor, a la búsqueda de un amor que se encarna en el Otro, en aquella figura que nos acaricia, nos abraza, nos dice que ama (y miente, o sólo miente cuando deja de ser cierto, que es casi lo mismo) y que finalmente nos abandona. No así el recuerdo, ni la evocación, ni el deseo de amar. En Los límites del cuerpo, que pueden ser los de la vida, subyace un ímpetu que se desgarra más adelante en poemarios posteriores y que aparece, recurrente como un tono frigio y obsesionante, tímidamente, o quizá disfrazado en su súmmum (el cuerpo humano), y es la búsqueda subterránea de Dios.

9788496079564Luis Cremades posee una inteligencia dilatada, única, que se expande y se concentra como un rayo láser. No es creyente, o cree quizá en aquello que más le importa: el ardor sensual, el encuentro último entre decisión y necesidad, la entrega consciente al Otro clavado en una piel que se marchita al día siguiente o al mes siguiente, y que desaparece en la nada. El colgado nos lleva por las aguas llenas de minas del amor buscado y muchas veces aceptado sin ser entendido, que desaparece tan pronto es poseído y se diluye sin más una vez llega la mañana. Es un poemario por donde la muerte está pasando, en donde notamos si no un cambio de tono al menos un ritmo peculiar, más oscuro y abstracto, que se burla de sí mismo y que se ensalza al mismo tiempo, que se siente bendito y mísero a la vez, que quizá sabe que él también pasará, pese a quien posea, pese a quien ame. Colgado de la vida, que también lo es de la muerte, abandonado y dejando, olvidando y reencontrando, y dándose cuenta de que ya nada es igual.

Y que nada permanece. Polvo eres es un libro de mayor madurez. Más en los temas que en las formas. El poeta sigue insistiendo en su estilo rompedor de escribir, que es lo mismo que de vivir. En él la Enfermedad ha dejado huella: las pérdidas se cuentan por decenas: amigos desaparecidos, cuerpos endebles, fragilidad a la vista. PolvoeresPero aún hay tiempo para saborear el incienso del mar Caribe, las sorpresas del recuerdo, el hallazgo, novedoso porque se había olvidado, de una parte de sí mismo infantil, casi intacta, que se vislumbra a través de los cambios geográficos imputados por el tiempo y por los hombres, pero que sobrevive en el recuerdo. Polvo eres es un canto a la desazón, no ya una búsqueda ni una sinrazón tanto más que una entrega a las circunstancias, a lo inevitable, al fin. Y sin embargo se despide con un consuelo, o un desconsuelo, que es la resignación.

Leer a Luis Cremades, después de El invitado amargo, es una labor hermosa. Porque entendemos su cantar abstracto, su intento de esconderse, su esfuerzo por mostrarse desnudo pero jamás sin adornos, de los que se despoja en esas memorias salvajes que llegan al corazón. Luis Cremades poeta se completa con el autor en prosa, de la misma manera que su prosa, es decir su vida, se contempla y se completa con su poesía. El autor ha construido de esta manera, quizá sin saberlo, un universo entero que lleva su nombre, sus obsesiones, sus miedos y sus afecciones. Nada hay escondido en las líneas escritas por Luis Cremades, y sin embargo, todo está por descubrir.

la-vida-equivocadaHay algo aterrador en La vida equivocada, nueva novela de Luisgé Martín, y es el miedo que late en todos nosotros de vivir una vida más oscura que nuestros sueños y también errónea.

A través de un relato que es a veces un largo soliloquio, la existencia de tres hombres se entrelaza y se desmigaja con la facilidad casi divina de lo que nos afecta de cerca y acabamos olvidando.

La vida equivocada no es una historia paterno-filial del bello Max y el ambicioso Elías; ni siquiera es la trayectoria vital de dos hombres, padre e hijo, que convergen y divergen para reencontrarse de nuevo, comprendiéndose y reconociéndose y aceptándose finalmente en los límites del olvido. La vida equivocada es el retrato de esa voz continua, muy presente e intensa en la primera mitad del libro, que justifica, desgrana, desnuda y condensa, en las antípodas de los dos protagonistas, la vida que todos deberíamos tener.

Luisgé Martín gusta de bucear en los aspectos más oscuros de los deseos humanos, en los miedos más iniciáticos, aquellos que nos definen a soto voce, que en realidad nos atenazan inconscientemente y nos hacen ser, o reaccionar, de esa manera única en la que lo hacemos cada vez que la vida nos lleva a un brete.

Hay mucho de un razonamiento filosófico sobre las entrañas de la vida en esta novela, que engancha mi gusto por las interpretaciones más libres del pensamiento y la reactividad humana; hay también mucho del patetismo del perdedor, o del optimista inveterado o del soñador empedernido; es un camino largo el que nos lleva a aceptar, en ese razonamiento desmigajado en decisiones vitales todas erróneas, que la vida que vivimos siempre es más pálida de lo que deseamos y que quizá en el fondo esa falta de brillantez, o esa suma de normalidad grisácea, es lo que debe ser si nos toca experienciarla en nuestra propia piel. Que está bien perder, o no alcanzar nunca los sueños que alguna vez albergamos, y que quizá por eso seamos al final más grandes de lo que nunca fuimos ante los ojos ajenos, y aún más, ante los nuestros.

En La vida equivocada no nos importa Max, al menos el Max más allá de los veinte años, pese a su detallado desarrollo novelístico; las justificaciones de Elías quizá nos llegan tarde, pese al concienzudo y muy detallado relato de sus peripecias vitales. En el bloque en el que el autor nos describe la vida real, el relato quizá pierde fuerza y un poco de interés, iluminado por esas rachas de sabiduría y de brillantez y de fina ironía con la que nos pinta el retrato de dos perdedores que sólo consiguen, con la muerte, una redención única.

En esta novela nos interesa él, el narrador anónimo, el pensador que se permite, tras la intimidad y tras la distancia, no ya desentrañar esos pequeños misterios que se tejen en las vidas anónimas, si no identificarse con cada una de ellas, diferenciarse, quizá aliviarse y, lleno de esa lealtad pura que nace del roce, del enamoramiento y de la deuda (una deuda de piel, de deseos colmados, de la necesidad de ser querido y considerado único), desprenderse de ellas, aliviado; de ser quién es y de la suerte que, bien hallada o bien labrada, le ha tocado vivir: en el reflejo de las vidas equivocadas de Max y de Elías, el narrador cae en la cuenta de su suerte o de su sino, y se alivia por ello y lo agradece, a modo de justificación, narrando la vida de esos seres que alguna vez definieron la suya, o la espolearon a abrirse y desarrollarse.

Un relato de miedos ocultos, que nos remueve las entrañas; mucho más brillante en su primera mitad, pues es más puro, menos novelesco, más cercano a lo que una vez fuimos (o pudimos ser) en interés y en descripción; bellamente evocado (es un ejercicio tierno y afilado de rememoración); un poco más envarado en el capítulo de Elías, más libertino en el de Max, pero sobre todo más íntimo y liberador en el del narrador, que atrapa y consigue que nos interesemos por el desenlace final, intuido pero no por ello menos afilado, que nos arroja al abismo misterioso que flota en cada una de nuestras existencias: el miedo a vivir una vida equivocada y darnos cuenta tarde de ello.217285-944-1416

Es un retrato de gente pequeña, de gente común, de gente que yerra sin darse cuenta, y que desdeña lo que consigue en aras de un siempre más allá que los acerque al sueño con que alimentan sus vidas. Las historias de Elías y Max pueden se la nuestra propia, en su totalidad o bien en parte; llena de altibajos, de sueños erróneos, de falsas esperanzas, pero también de aceptación y de redención final. O puede ser la del narrador que todo lo detalla, todo lo descubre o lo infiere o lo comprende, desde la atalaya del tiempo transcurrido, quizá de la suerte y del talento, como si fuera algo ajeno pero muy íntimo, pira donde destruye cada uno de los fantasmas de un pasado que ya no le afecta para nada.

La vida equivocada es siempre la vida de los Otros, pero puede ser también nuestra propia vida; al menos en parte; y tiene el mismo fin: hallar la libertad en la prisión de nuestros grilletes; en la aceptación de las reglas del juego (si las hay) y en entregarnos, tras infructuosos intentos, al ritmo que nos toca, al flujo del río que nos lleva, del vientre materno al vientre terráqueo donde descansaremos un día, olvidados sueños y veleidades, preocupaciones, pieles amadas y ofendidas, y sueños enormes que nunca, nunca, se harán realidad.

Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

   No soy muy dado a la literatura contemporánea. Bueno, a la publicación contemporánea. No me gusta, me siento en general muy desconectado de los gustos (al parecer) del gran público. Adoro pasear por las librerías; me gusta coger un libro cuyo título evoca en mí miles de pequeñas cosas que se aúnan en atracción y curiosidad; abrir sus tapas; oler ese aroma único a páginas recién estrenadas, y revisar en una hojeada, que es más bien un tornado, palabras, frases inconexas que terminen de embrujarme hasta comprarlo. Pero lo que encuentro en general en sus estanterías (y no me refiero aquí a los pequeños tronos en los que las editoriales potentes colocan al autor de moda) no me atrae; en realidad, hace años que mis visitas semanales no finalizan con un, dos o más libros en mi bolso (y muchos euros menos en mi billetera).

   portada-49goles-altaresolucion49 goles espectaculares, de Davide Martini, me llegó a través de un librero amigo cuyo gusto y sabiduría respeto. Decir que Iñaki Echarte Vidarte es un poeta único es menos obviedad de lo que pudiese parecer (todos lo son, pero unos pueden recordar a otros, y en su caso, no me evoca a ninguno, siendo él mismo siempre) y También esto pasará, de Milena Busquets, por dos reseñas publicitarias en sendas revistas de moda. Sí: de moda, que también tienen secciones literarias, o lo que puede pasar por eso.

   Una historia de iniciación veinteañera contada con un estilo directo, franco, sencillo, encantador; la otra, una historia de iniciación a la cuarta década, llena de reflexiones a medias, de lenguaje sencillo, franco, directo y agridulce. En suma, ambas historias, tremendamente distintas entre sí, son reflejos especulares de la vida y, reconozcámoslo, de la realidad editorial actual.

   Ambas tienen en común, además, cierto aire contestatario, cierto cariz de rabia interna que también las hermana: hablamos de una adolescencia eterna (existente hoy en día) que refleja mundos interiores intensos que pugnan por emerger, desgarros, desconexiones, miedos y certezas absolutas que se tambalean y que hacen avanzar tramas discretas (¿la vida no es realmente así?) en, de agradecer, narrativas justas en cuanto a extensión y veracidad.

   49 goles espectaculares nos lleva a la Italia adolescente con cierto aroma a Federico Moccia, pero mucho mejor, sin duda. Davide Martini tiene en común con Moccia no sólo su origen, si no también cierta magia a la hora de evocar la juventud, esa frontera borrosa en donde todo es posible menos muchas veces lo que deseamos; pero supera a éste no sólo en la forma, en el lenguaje preciso, sino en la hondura de los personajes, en la búsqueda de razones que apenas se peciben pero que preocupan y que llevarán a sus protagonistas, Lorenzo y Riccardo (pero también a Giulia y al resto de chicos que vibran en la novela) a aceptar un mundo nuevo que se abre a sus pies, a curar sus heridas y a dejarlo todo finalmente atrás. Es una novela editada en la Italia natal de su autor en el año 2007, pero que aún en 2015 sigue vigente: los adolescentes no cambian tanto como creemos. Si hubiese sido escrita en 1980 sería igual de evocadora y actual, sólo que quizá su prosa hubiese sido más profusa, más profunda y dejaría mayor huella.

   Lo mismo le pasa a También esto pasará. En la prosa de Milena Busquets encontramos reflejos de una profundidad asombrosa que no termina de emerger en un relato que, de haberlo hecho, sería una obra magna. En sus páginas hay amargura, auto-compasión, ternura y tristeza a un mismo tiempo: todos los sentimientos que se nos prenden de las faldas durante el duelo por una madre que se ha ido. Es muy actual, es muy potente, sin miedos, sin vergüenzas; Blanca se nos descubre desnuda, portentosa, sedienta, cansada, hambrienta, deseosa, y frustrada. Como la generación que vivimos. Por un lado desilusionada, por otro esperando el cambio postrero, el definitivo. Retrata, ciertamente, el estrato social de cuarenta años: consciente de su edad, demasiado embebido en sus propios problemas y sensaciones que casi olvida lo que le rodea, y que encima carga con los remordimientos que esto le produce una vez se percata de ello: una adolescencia perpetua.Maquetación 1

   También esto pasará es un retrato femenino lleno de ferocidad, alejado de los límites habituales, y nos muestra una mujer poderosa e ínfima, ubicua y cansada, temerosa y valiente, dueña de su propio cuerpo mas no de su propia vida, madre y mujer al mismo tiempo: una Carrie del siglo XXI con las botas puestas, media vida a sus espaldas, llena de amargura pero no por ello desencantada, y que aún cree en un cierto final feliz que la aleje del cansancio, le alegre la vida y la deje por fin en paz.

   No es una novela generacional, quizá porque se queda un poco en la superficie de lo que realmente pudiera ser. Cuando pasamos sus páginas nos damos cuenta que una mujer de cuarenta años es todo esto pero es más, o mejor, que es todo esto por una serie de razones que se nos escapan, o que apenas se dibujan, y nos deja que con ganas de más. Al menos a mí… Quiero saber más de Blanca, de su relación con los padres de sus hijos, con sus hijos y sus amigas, con ese desconocido que no acaba de cuajar, con aquellos fantasmas que deja atrás, y sobre todo con su madre, cuya pérdida es el eje central, o la causa fundamental, del relato. Me gustaría saber porqué es un libro cargado de rabia, la razón de que toda una generación sienta ese desazón y ese devenir tan característico sin embargo de la adolescencia, y su total descaro a la hora de declararlo y de retratarlo, aún a medias.

   Esto hace de dos libros tan diferentes imágenes especulares: la adolescencia precoz y tardía (llamémoslas así) se dan la mano y se reconocen en un mundo editorial tan distinto como es la temática homosexual y el gran mercado heterosexual.

   Y esto me hace pensar en las razones de las que me alejo del mundo editorial actual: También esto pasará podría haber sido una gran novela (para mí), si tuviera la hondura suficiente de aquellas con las que la compara su propia editorial. No es Sagan ni mucho menos Duras, mujeres escritoras y valientes (hay muchas más, pero empleo la referencia directa de la empresa editorial). ¿Por qué? Porque no excava lo suficiente, no se anima lo suficiente, no tiene la hondura suficiente (y no me refiero aquí a sesudos discursos hedonistas ni psicoanalíticos que pudieran enfangar una narración sin embargo sedosa como el Mediterráneo, donde está ambientada) ni el calado suficiente para que este retrato supuestamente generacional (y sí que lo es) me atraiga por completo. Se queda en lo cotidiano, en las explicaciones simples, en pinceladas certeras pero no completas, de lo que somos hoy en día como sociedad y en lo que seremos en un futuro no muy lejano. Y, sin embargo, creo entender que es por esto por lo que esta novela es un éxito. Y por eso no suelo leer literatura actual, o lo que hoy pasa por eso, que quizá sea muy diferente.

   41S4Nf8vMdL._Callejeando por Madrid suelo entrar en tiendas de todo tipo, de gustos eclécticos que parezco ser, pero sobre todo en las librerías. Me fascinan. Me atraen. En ellas pocas veces soy infeliz. Al contrario, me siento protegido rodeado de libros que me susurran y me invitan a la fantasía; puedo decir, sin lugar a dudas, que son esos espacios especiales, como las iglesias, en los que soy plenamente feliz.

   Haciendo pasar mis dedos por volúmenes variados, evitando en lo posible toda clase de clasificación genérica de las obras que me interesan, tropecé con un pequeño poemario de Iñaki Echarte Vidarte: Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco. Y sonreí.

   Mi conocimiento poético cojea un poco, siendo más de narrativa (cada vez menos densa) y de ensayo, algo de obra teatral; el espacio para la poesía, aunque agradable, raramente lo lleno con obra contemporánea. Más por fastidio que otra cosa.

   Tropezar desde muy joven con Anacreonte, Safo o Catulo; crecer arropado por la selvática belleza de Aquiles Nazoa o la dulzura caribeña de Andrés Eloy Blanco; la reverberancia inmensa de Rubén Darío y la placidez intensa de Pablo Neruda; poetisas más lejanas a mi corazón como Gabriela Mistral o Alfonsina Storni (que llegaron a mi vida mucho más tarde, junto con Kavafis, tras pasar por mis venas la algarabía de Whitman, la escondida sabiduría de Blake, la firmeza de Yeats, la dureza voluntaria y buscada de Rimbaud) enlazaron la profundidad de sus versos con la grandiosa amabilidad de Khalil Gibrán, la sabiduría inmensa de Rabindranath Tagore; el ritmo, la musicalidad, la belleza del los poetas españoles más representativos del siglo de Oro y otros menos conocidos pero igual de importantes para mí. Rosalía y Bécquer y Machado, tan caros a mi sentir con su ardorosa pasión, más cerebral que mística, hermosa por humana, más deudora o, mejor, más elaborada y alambicada en el abanico de poetas del S. XX, cuya aliteralidad, su frescura en las formas, ganaban poso con lo profundo de sus cantares, con el revolcón egóico y primordial de los sueños, los pesares, las represiones, los deseos y los sentires que s han empeñado en retratar una y otra vez hasta nuestros días.

   En la poesía busco ritmo, vibración, musicalidad. El fluir del océano, el arrullo del riachuelo. De la rigidez de las normas a la revolución sintáctica, para mí la poesía debe encerrar sentido y sentimiento, sensación y reflexión, pero sobre todo música, ritmo, alma. Y no es fácil de encontrar en el panorama actual. Y no es que lo lamente. Es lo que hay.

   De la poesía japonesa, de la que soy un admirador rendido y entregado, y que ha iluminado mis pasos literarios desde hace tiempo, pueda que hable en otra entrada: su brevedad es un canto a lo síntesis pero también un arma arrojadiza al centro del alma; su frescura, a pesar de los siglos que nos separan, sólo me demuestra que el ritmo, la intención y el corazón que se dibuja es lo único que merece de la poesía y, admitámoslo, de toda obra escrita (y sí, de toda obra artística)._atl3197_jpg_20110402133520_1

   Dentro de este supuesto escenario desolador a veces descubrimos joyas brillantes, que quizá merecieran un espacio más amplio, un escenario abierto lleno de ecos y de reflejos. Iñaki Echarte Vidarte, con su estilo único y su ritmo de corazón tibio, a veces caliente como el infierno, a veces frío como el mayor de los dolores, tiene la capacidad de dibujar cada latido, cada sensación, cada desolación como un retrato único, irrepetible y, por ende, eternamente doloso, perpetuamente presente.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco sigue la estela de Blues y otros cuentos y sirve de escaparate para Optimístico, ambos volúmenes a los que tengo gran aprecio. Su estilo en él es hopperiano, casi desolador, desgarrado y sin embargo lúcido, o quizá por ser tan clarividente es más doloroso y arrebatador. Sus juegos continuos con lo que quiere decir y lo que podría sugerir, que dan ritmo y musicalidad (ajá, aquello que busco en la poesía) a la búsqueda del Otro, al amor del Otro, al reconocimiento del Otro, a la entrega al Otro y finalmente al abandono del Otro, nos deja siempre con un sabor agridulce y encantador.

   No es difícil adivinar que el autor escribe con el corazón sobre su corazón, sobre sus decepciones, sobre sus obsesiones también y su búsqueda constante (siempre, siempre) del amor en otros, porque no lo encuentra en sí mismo. Sus poemarios ganan en profundidad, y por tanto en desnudez hasta palidecer y desaparecer, conforme los poemas pasan y las rimas blancas se llenan de movimiento y de arrullo, y se hacen más él y más nosotros.

   Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco habla de todo lo que somos cuando el amor nos ilumina y lo que somos cuando deja de guiar nuestra vida; de la pulsión por encontrarlo y del hastío por perderlo; de esa constante sed por lo que está fuera de nosotros y de la continua ceguera que nos acoge (y quizá a veces la desesperación) cuando no lo hallamos en las fibras de nuestro propio ser, en el tejido sutil de nuestro corazón.

   En esto, como en una conversación lúcida, en una mirada pura e intensa y en una sonrisa inigualable, Iñaki Echarte Vidarte se está convirtiendo, paso a paso, en un maestro.

Gabriel_Garcia_Marquez

   Pocas veces tenemos la oportunidad de convivir día a día con grandes maestros de las Artes.

   En nuestro presente hay muy pocos; devorados por las ventas y lo efímero, están escondidos del ojo público, y por ende, lejos de ser disfrutados por aquellos que de seguro serían más felices con sus obras.

   El Arte late aún en el siglo XX. Y poco a poco, como una vela consumiéndose, va llegando a su fin.

   Que Gabriel García Márquez fue un revolucionario, el pionero, el primer escribidor que se atrevió con las letras (gracias al bagaje de otros grandes, más formales, como Rómulo Gallegos) lo que en el arte pictórico, escultórico y musical ya se había aceptado como normal: la frondosidad, la poesía, la abundancia, la imaginación que desborda Latinoamérica son el ritmo que aviva el mundo artístico mundial, no lo duda nadie. Desde la loca imaginación de sus cuentos, hasta el universo onírico, pero muy real, de sus novelas más laureadas, su talento brilla y se alza eterno desde Los Andes hasta los Himalayas.

   Como ya referí en una entrada muy anterior de este blog, para mí Gabriel García Márquez significó la pasión, el batir de alas, la revolución del amor, la posibilidad de vivir en la Literatura como si fuese el centro de mi propio corazón.

   Ya era premio Nobel, ya era Gabo para muchos; estaba embebido en el Comunismo, con el desafuero equivocado de la pasión latinoamericana, que todo lo lleva al extremo; Crónica de una muerte anunciada había sido editada hacía poco cuando, muy pequeño en el colegio, sobre los nueve años, (conté la historia de haber empezado en las letras a una edad muy temprana hace mucho) ya leíamos su producción. Sin embargo, yo guardaba un secreto en esa clase que nos obligaba a analizar esa novelita potente sobre la violencia y el sentir revolcado de la Latinoamérica profunda: había devorado ya todos sus cuentos, y latía todavía en mí (aún lo hace hoy) el relato: El rastro de tu sangre en la nieve, con una emoción que me hacía temblar y la impresión de un descubrimiento que nos devora y nos cambia los sentires para siempre.

   Eso era para mí García Márquez: revolución apasionada y la noción de que el amor todo lo puede, desde flotar sobre la luna hasta esperar el fin del mundo por conseguir la felicidad que  se nos niega de continuo. Él era Literatura para mí, como otros antes y después, pero hacía que lo cotidiano fuese mágico y que las tortuosas conclusiones a las que nos aboca la vida al vivirla se mostrasen amigables, comprensibles y aceptables.

   En medio del fragor de la selva, del fulgor de una prosa verborréica pero siempre precisa, la sabiduría de un gran escritor se esconde y refulge, en mágica redundancia. Macondo y sus líos de Buendías en Cien años de soledad, guarda en su interior el mismo nudo secreto que se muestra en Crónica de una muerte anunciada, y el mismo amor inmortal, la misma pasión icónica y el romanticismo más exacerbado (pero llevados a un grado de maestría sin igual que no alcanzaría ya jamás) en El amor en los tiempos del cólera. Eso es Escribir. Eso es Literatura en toda su pureza.

   Gabriel García Márquez me abrió las puertas, a los quince años, a la creencia de que todo era posible. Me permitió, a través de esa obra maestra que es El amor en los tiempos del cólera, comprender y disfrutar del pensamiento europeo, más intelectual pero menos apasionado, no aséptico pero casi, bajo cuyo foco se han escrito páginas y páginas de sabiduría, sentimientos, sentido y secretos humanos y que han configurado mi yo más creativo, mi pensar más auténtico. Él hizo que floreciera en mí la botánica amazónica, hizo que se grabase en mi interior el ritmo de las olas del Mar Caribe, hizo que los amaneceres rápidos y la luna de plata flotasen para siempre en el río de mis recuerdos.

   ¿Qué es lo bueno del Arte? Que siempre está vivo. Que siempre es primavera. Cada vez que abrimos las tapas de un libro, oímos una canción o vemos una fotografía o un retrato, la magia revive. Hasta siempre, señor García Márquez. Nos veremos, cuando queramos, en cada página escrita y en cada sentimiento reflejado en ellas. Y con placer.

   Muchas gracias por todo.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 53 seguidores