bbbEn el Pasillo de la Salud Perdida los días se miden uno a uno. Hora a hora. Y las pérdidas, damnificadas en años sin restauración.

   Cada paso adelante es una esperanza; cada cambio una ilusión; cada día una misión. La de ponerse bueno, la de restablecer la Salud.

   Pero no es así.

   En el Pasillo de la Salud Perdida cada día es una guerra; cada hora, una lucha que parece perderse continuamente; el tesón del corazón, el acero de la esperanza, se estrellan con noticias que son acero puro, con el afilado borde de la realidad.

   Cada día parece una batalla acabada, contada en pérdidas, en sangre derramada, en dinero desechado, en ilusiones rotas.

   Pero el corazón es un tirano y la mente una creadora de sueños. Un día más, decimos con un eco entre las paredes de ese pasillo de larga eternidad. E intentamos sonreír en nuestra ignorancia, e intentamos buscar razones a lo inexplicable, y a veces buscamos a Dios entre la bruma de las dudas y hasta a veces lo encontramos.

   El aliento se pierde, la esperanza se fractura, la sonrisa se congela, la angustia prevalece, el miedo agarrota, la duda crece, la confianza flaquea. Y nos llenamos de preguntas que no tienen respuesta, de pensamientos que parecen inmundos y de un cansancio de mundo.

   El enfermo que sufre; la familia que espera. El enfermo que espera a sanar; la familia que sufre sin límite de tiempo, sin frontera visible. Salvo un día más.

   Un día más para soñar que todo puede ser posible; un día más para esperar que la Salud llegue; un día más para poder continuar adelante con las fuerzas mermadas y el alma agotada.

   Un día más para seguir en el mismo punto muerto y en el largo pasillo que dibuja las sombras oscuras del corazón.

   Un día más. Y todos los días lo mismo.

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   Enamorarse.

   Sueños. Ilusiones. Ideas preconcebidas, deseos anhelados y alcanzados.

   Perfección.

   ¿Y si llega el día en que él vea que no soy lo que piensa de mí?

   Enamorarse. Perder de vista a la persona que amamos.

   Y encontrarla de nuevo con el tiempo ido, y los anhelos rotos.

   ¿Y si llega el día en que, de tanto que me conozca, se canse de mí?

   No sabría qué hacer…

   Porque yo amo sus costumbres, su latido tranquilo, su pensar sereno. Y sus brazos alrededor de mi torso, y sus labios plegados dándome placer.

   Enamorarse. Soñar dormido. Y despertar.

   ¿Y si llega el día en que sepa que no soy perfecto, que mi piel no brilla como antaño, que mis secretos se han secado?

   No sabría qué hacer…

   Porque yo adoro sus rutinas, reconozco cada frontera de su piel, y sigo sediento de sus besos salados.

   ¿No sería mejor guardar todos los secretos, jugar con los misterios, abandonar el placer de cada búsqueda y de cada descubrimiento?

   ¿Qué ocurrirá el día que se canse de mi sonrisa y del peso de mi cuerpo? ¿Qué pasará si algún día se da cuenta que ya no me ama como yo a él?

   No lo sé…

   El tiempo que nos arrulla no es en verdad nuestro aliado; come las orillas de la novedad y alimenta la costumbre y la holgazanería y el aburrimiento también y el cariño que se entibia…

   ¿Y si llega el día en que deje de verme como me mira, en que deje de llamarme como lo hace, en que termine por sentarse a mi lado sin hablarme?

   No lo sé…

   Quizá se a mejor enamorarse todos los días, descubrir una nueva fuente de besos, un manantial virgen de sensaciones…

   Puede ser…

   Pero yo adoro el brillo de sus ojos y me quedo dormido bajo el arrullo de su voz, y su piel me da calor y su peso, compañía…

   No sabría qué hacer si deja de quererme… Salvo seguir amándolo hasta el fin de mis días.


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   Si tú fueras el único hombre en el mundo

   no te diría cosas bonitas.

   Si fueras el último sobre la faz de la tierra,

   no me acercaría para tocarte y abrazarte y sentirte cerca.

   No te hablaría al oído para susurrarte besos perdidos,

   ni escalaría los mares oceánicos por alcanzarte.

   Distraería a la luna para que no nos espiase,

   y le diría al sol que no mojase sus dedos de luz sobre tu piel.

   Si fueras el único hombre en el mundo,

   no malgastaría el tiempo diciendo tu nombre,

   ni haría fundir tu corazón cerca del mío en una coraza sólida.

   Si fueras el único que quedase,

   no rescataría los años para que se fugasen con nosotros,

   ni heredaría la alegría de las flores ni el arrullo del viento.

   Si fueras el único hombre sobre la faz de la tierra,

   no estaría nunca lejos de ti,

   ni te sentiría, ni me importarías.

   Si sólo fueras tú, la tierra seguiría girando

   y nosotros con ella.

   No crearía un Edén sólo para nosotros dos,

   ni en una cama de hierba buscaría tus labios para besarte.

   Si fueras el único hombre en el mundo,

   no dilapidaría las horas restantes viéndote cambiar, y madurar y envejecer.

   Si fueras el único en el mundo, y yo estuviese junto a ti,

   no perdería más el tiempo en cosas sin sentido,

   y sólo me quedaría para amarte, mimarte y desearte.

   Y llenarte de felicidad.

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   Las alarmas no dejan de sonar. El respirador envía bocanadas de oxígeno que reciben los pulmones cansados. Una sonda unida a una bomba lleva alimento líquido hasta el estómago; del cuello parte un ramillete de vías encargada de repartir por las venas todas las medicaciones necesarias para reparar los restos de Salud dañada.

   En el Pasillo de la Salud Perdida las paredes se vuelven anchas, desaparecen, y hacen del reloj un mundo eterno. Nada es lo que parece, y minutos simulan horas y horas días, y sumándose, nervios, ansias y esperanzas se difuminan en meses que pasan sin apenas cambios, sin apenas alegrías.

   Cien días de UCI. Cien momentos de espera desesperada; cien instantes de riesgos, errores, retrasos, recaídas, aciertos, cuidados y maravillas.

   Traqueotomía, infecciones. Un episodio de shock séptico que casi termina con todo: los riñones que necesitan apoyo, las arterias que requieren ayuda, y los pulmones que se niegan a colaborar.

   Pérdida de peso, pérdida de fuerza, pérdida de esperanza, que viene y que va.

   Cien días de UCI y la vida sigue igual.

   El paciente lo siente todo junto; a veces se frustra y a veces olvida. Porque quizá sea mejor olvidar. Y los demás observan, entre cansados e impotentes, los días pasar.

   Cada hora regalada es un triunfo pírrico. Cada esperanza perdida, años de vida escapada.

   Y me pregunto cómo se viven cien días allí. Y me pregunto si harán falta cien más.

   El mundo camina con paso lento en el pasillo sin fin de la Salud Perdida. Pero pasa inmisericorde por el enfermo y su familia. Y nada les devolverá la alegría estancada, la esperanza oxidada, la ilusión perdida.

   Todo pasa. Nada queda. Pero a saber cómo pasa y cuál será el precio a pagar. A seguir pagando, hasta terminar.

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   Así te quise. Como un río inmenso. Como la oración de un niño.

   Te quise amplio, lleno de corazón. De corazón que no espera más que una caricia leve, un leve roce de los labios.

   Amor sin esperanzas, amor que espera sin ser nunca correspondido. O no como soñaba. Si es que lo hacía.

   Tus ojos de arena, Piernas de Alambre. Y tus brazos largos de sueño imposible. Y esa espalda donde escondía los besos que no te daba y se agotaban las caricias que morían en el aire.

   Los besos, Piernas de Alambre, y los sueños de una vida distinta, de una vida mejor.

   Así te quise, esperando a ser descubierto en el pasillo de los sueños esperados, en el balcón de los sueños rotos. Pero nunca me fuiste a buscar, nunca te interesó adentrarte en mí, hallarme sólo un poco, darme la oportunidad de un náufrago.

   Amor sin esperanzas, como nadar contracorriente. Y esperar llegar a la otra orilla y encontrar mil besos y una vida mejor.

   Así te amé. Lleno de celos, repleto de inseguridades, esperando, como quien sueña con la lotería del corazón, a que llegases a mis labios y los despertaras con pasión.

   Te amé sin esperanzas pero cargado de sueños. Te quise sin sentido con todos mis sentidos, que te sentían llegar y echarte en el sofá y beber un vaso de vino y tragar, lentamente, cada sorbo de mi propio cariño lleno de sangre.

   Amor sien esperanzas, como el lecho de un río vacío, y el sueño de un niño que nunca se hace realidad.

   No sé qué hice mal. O sí, sí que lo sé. ¿Pero qué importa ahora saber si estaba en lo cierto o si estaba errado? Ahora poco importa.

   Ya no estás junto a mí; ni siquiera te acercas a mi lado. Como una rosa deshojada, un lago seco y un sueño roto.

   Amor sin esperanzas como el que un día te tuve, Piernas de Alambre, con tu voz de terciopelo y tu pecho enorme, de planeta inhabitado. Y tu boca de fresa que jamás conoció mis besos ni bebió de mis ansias de amarte.

   Amor sin esperanzas, pero amor a fin de cuentas. Cariño que emergió de la nada y al vacío se fue, sin que te dieses cuenta; despreciando lo que se ignora; ignorando lo que se esconde; perdiendo lo que nunca se ha deseado.

   Así te quise: sin esperanzas.

   Y como un río que a pesar del tiempo sigue fluyendo, aún mi amor sin esperanzas bulle por ti y viene a rozar las puertas de mi mundo; viene a destrozar, con una fuerza inusitada, las barreras de mi corazón.

   Porque así te quise y así aún te recuerdo: con el latido mudo y el corazón sin esperanzas. Pero lleno de espera. Y de sueños vacíos. Y de amor no correspondido. Y de adiós que se resiste a ser dicho.

 

Gabriel_Garcia_Marquez

   Pocas veces tenemos la oportunidad de convivir día a día con grandes maestros de las Artes.

   En nuestro presente hay muy pocos; devorados por las ventas y lo efímero, están escondidos del ojo público, y por ende, lejos de ser disfrutados por aquellos que de seguro serían más felices con sus obras.

   El Arte late aún en el siglo XX. Y poco a poco, como una vela consumiéndose, va llegando a su fin.

   Que Gabriel García Márquez fue un revolucionario, el pionero, el primer escribidor que se atrevió con las letras (gracias al bagaje de otros grandes, más formales, como Rómulo Gallegos) lo que en el arte pictórico, escultórico y musical ya se había aceptado como normal: la frondosidad, la poesía, la abundancia, la imaginación que desborda Latinoamérica son el ritmo que aviva el mundo artístico mundial, no lo duda nadie. Desde la loca imaginación de sus cuentos, hasta el universo onírico, pero muy real, de sus novelas más laureadas, su talento brilla y se alza eterno desde Los Andes hasta los Himalayas.

   Como ya referí en una entrada muy anterior de este blog, para mí Gabriel García Márquez significó la pasión, el batir de alas, la revolución del amor, la posibilidad de vivir en la Literatura como si fuese el centro de mi propio corazón.

   Ya era premio Nobel, ya era Gabo para muchos; estaba embebido en el Comunismo, con el desafuero equivocado de la pasión latinoamericana, que todo lo lleva al extremo; Crónica de una muerte anunciada había sido editada hacía poco cuando, muy pequeño en el colegio, sobre los nueve años, (conté la historia de haber empezado en las letras a una edad muy temprana hace mucho) ya leíamos su producción. Sin embargo, yo guardaba un secreto en esa clase que nos obligaba a analizar esa novelita potente sobre la violencia y el sentir revolcado de la Latinoamérica profunda: había devorado ya todos sus cuentos, y latía todavía en mí (aún lo hace hoy) el relato: El rastro de tu sangre en la nieve, con una emoción que me hacía temblar y la impresión de un descubrimiento que nos devora y nos cambia los sentires para siempre.

   Eso era para mí García Márquez: revolución apasionada y la noción de que el amor todo lo puede, desde flotar sobre la luna hasta esperar el fin del mundo por conseguir la felicidad que  se nos niega de continuo. Él era Literatura para mí, como otros antes y después, pero hacía que lo cotidiano fuese mágico y que las tortuosas conclusiones a las que nos aboca la vida al vivirla se mostrasen amigables, comprensibles y aceptables.

   En medio del fragor de la selva, del fulgor de una prosa verborréica pero siempre precisa, la sabiduría de un gran escritor se esconde y refulge, en mágica redundancia. Macondo y sus líos de Buendías en Cien años de soledad, guarda en su interior el mismo nudo secreto que se muestra en Crónica de una muerte anunciada, y el mismo amor inmortal, la misma pasión icónica y el romanticismo más exacerbado (pero llevados a un grado de maestría sin igual que no alcanzaría ya jamás) en El amor en los tiempos del cólera. Eso es Escribir. Eso es Literatura en toda su pureza.

   Gabriel García Márquez me abrió las puertas, a los quince años, a la creencia de que todo era posible. Me permitió, a través de esa obra maestra que es El amor en los tiempos del cólera, comprender y disfrutar del pensamiento europeo, más intelectual pero menos apasionado, no aséptico pero casi, bajo cuyo foco se han escrito páginas y páginas de sabiduría, sentimientos, sentido y secretos humanos y que han configurado mi yo más creativo, mi pensar más auténtico. Él hizo que floreciera en mí la botánica amazónica, hizo que se grabase en mi interior el ritmo de las olas del Mar Caribe, hizo que los amaneceres rápidos y la luna de plata flotasen para siempre en el río de mis recuerdos.

   ¿Qué es lo bueno del Arte? Que siempre está vivo. Que siempre es primavera. Cada vez que abrimos las tapas de un libro, oímos una canción o vemos una fotografía o un retrato, la magia revive. Hasta siempre, señor García Márquez. Nos veremos, cuando queramos, en cada página escrita y en cada sentimiento reflejado en ellas. Y con placer.

   Muchas gracias por todo.

   842e6e36bcb111e3a245124b25c24b3c_8Recuerdo que cerré los ojos.

   Me lancé sin pensar, sintiéndolo mucho, sabiéndolo mucho.

   Estaba todo oscuro. Sólo podía sentir el latido de su corazón y oler el aroma de su pecho.

   Mi rostro se hundía con cada respiración suya y me mecía en un arrullo parecido al mar.

   Era el océano.

   Su piel suave, su pensar discreto.

   Entre sus brazos el mundo era otro en el que ni siquiera yo tenía nombre. Porque poseía el suyo.

   Entre sus brazos el tiempo transcurría lento, como un atardecer cansado. Y lleno de color, cielo atravesado por el sonido de su risa de cristal.

   Recuerdo que me dejé llevar. Así. Sin pensar. Sintiéndolo todo. La fuerza de su abrazo, el cosquilleo de su pelo, el sabor de sus labios.

   Me perdí entre sus brazos para saber quién era yo. Para saber que era yo. Para sentirme, para conocerme, para olvidarme y ser un sólo ser, escindidos por un juego del destino.

   Y su perfume en la piel clara, y su arrullo en la voz suave, y el constante rumor de su corazón, que era todo amor…

   Me perdí entre sus brazos para encontrarme con él. Para ser él. Y ser yo.

   Qué felicidad.

   

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