Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

1743743_10205718141489730_4088342156394204969_n Después de dos jornadas de trabajo en Dublín, llegó el momento de ir al aeropuerto. Pedí un taxi en la dirección del hotel. A las cuatro de la mañana estaba ya en la puerta. El taxista me saludó con un movimiento de cabeza y me señaló la puerta. Subí (esta vez por le lado correcto del coche) y arrancamos.

No suelo dar conversaciones. Mi timidez me frena, pero también mi falta de descanso. A esa hora, menos. Y sin embargo, el caballero que me llevaba estaba dispuesto a una buena charla, o al menos a un largo monólogo.

Mi inglés, algo oxidado, necesita de un par de días para engrasarse y empezar a fluir con algo más de entendimiento, así que al menos estaba preparado para seguir, con frases cortas, la animada cháchara del taxista. Esto le dio alas, y me hizo sonreír.

Un hombre afable, pelirrojo, cerca de los sesenta años, taxista de toda la vida, comenzó su interrogatorio con las consabidas preguntas sobre destino, nacionalidad y, debido a mis respuestas, sobre el estado económico del país y sus paralelismos con Irlanda. Me comentó que sus hijos se habían tenido que ir uno a Estados Unidos y otro a Australia para escapar de la crisis de la que el país ya se estaba recuperando (y bien). Después entró en el tópico de la causa de mi visita a Dublín: trabajo. ¿Qué tipo de trabajo? Médico.

– ¡Oh!

La expresión, por lo demás muy popular en el mundo anglosajón, fue dicha con un deje de admiración que me alertó. No es que me parezca que ser médico sea algo fuera de lo común (conozco a muchos que lo son), pero aquí en España ni es algo importante ni desde luego, pese a la responsabilidad que tenemos, se nos valora de forma acorde a ella. Por eso llamó mi atención su reacción al saber a qué me dedico la vida.

Después de una perorata donde mezclaba sus teorías sobre la Medicina, su experiencia sanitaria y familiar al respecto, me dijo que admiraba mucho la labor que hacíamos, que no era  fácil llegar hasta donde yo había llegado y esas cosas. Yo sonreía. Hasta que mencionó a mis padres.

– Sus padres deben estar muy orgullosos de usted.

Durante unos segundos no supe responder. La urbanidad salió en mi defensa, sonreí y cabeceé afirmativamente. Le dije que sí y una sonrisa amplia surcó su rostro, con esa condescendencia que nos llena cuando sabemos que tenemos razón y se nos ratifica.

Al poco tiempo me dejó en el aeropuerto.

– Vaya por allá, que están los mostradores de British Airways. Y que tenga muy buen viaje.

Nos despedimos dándole las gracias y desapareció de mi vida para siempre dejándome, sin embargo, algo en lo que pensar a esas horas intolerables para el pensamiento razonado y razonable.

Mientras hacía la interminable cola para ser registrado y acceder a las puertas de embarque, me puse a pensar en lo que me había dicho el taxista.

¿Mis padres orgullosos de mí?

Nunca se me había ocurrido pensarlo.

¿Había trabajado tanto (para lograr tan poco) pensando en ello? ¿Todos esos años de esfuerzos, en los que sin duda me apoyaron quizá demasiado, significaban algo más que llegar a un fin (que nunca se alcanza por completo)?

No lo sé. No sé si he estado demasiado embebido en conseguir llegar al final de una carrera tan larga (que se ha llevado mi vida en ella), o a que ni se me había pasado por la cabeza valorar el impacto que mis esfuerzos pudiesen tener en otros, sobre todo en mis padres.

¿Estoy orgulloso de mí? No. ¿Deberían estar ellos a su vez de mí? ¿Y por qué?

Estando ya instalado en el avión de vuelta a casa, esa idea seguía instalada en mi cabeza.

¿Era para estar orgullosos? Por descontado he intentado que mi vida significase un mínimo impacto en las suyas, desde que tengo memoria he intentado adaptarme a las exigencias de sus vidas antes que de la mía, he intentado ofrecerles todo lo bueno que ha llegado a mi vida porque la mía es fruto de la suyas; he procurado darles los menores dolores de cabeza, las mínimas preocupaciones…

¿Eso era ser un buen hijo? Alcanzar una carrera, trabajar buenamente en ella, ¿era para estar orgullosos de mí? Ser médico, que para mí es algo tan banal que ni pienso en ello, ¿es causa suficiente para que mis padres se sintieran felices de una labor bien hecha?

No se me había ocurrido… Y sin embargo recordaba a mi padre, ingresado en la UCI, cuando hablaba con todos mis compañeros, tan resuelto y lenguaraz como era, sobre su via, su amor por nosotros, la emoción con la que empeñaba cada palabra, y mi madre sentada a su lado, interviniendo con emoción similar y asintiendo…

Estaban orgullosos de mí. Podría ser más alto o más guapo o ganar más dinero o ser más amable o más simpático o más empático o más discreto. Podría ser mucho mejor en todos los aspectos de mi vida. Pero así como era estaba más que bien, y era motivo de alegría y de un sereno orgullo que llenaba de alegría esas vidas que siempre he deseado fuesen tranquilas, bellas y perfectas.

El avión levantó sus alas y Dublín se fue haciendo cada vez más pequeña conforme surcaba el cielo.

Nunca me había parado a pensar en algo tan sencillo como eso. Jamás lo había esperado, y conscientemente nunca hice nada por alcanzarlo. He intentado ser la mejor persona que he podido, aprender de mis errores, darme cuenta de mis defectos e intentar mejorarlos, adaptarme a lo que la vida me ha ofrecido, y estar agradecido cada día de la hermosa familia que me ha sido dada y que cambia, como cambiamos todos, con el vaivén de los años.

No sé si es importante. No sé si buscamos en el fondo ese reconocimiento que no es más que hacer las cosas bien hechas, o lo mejor que podamos. Pero el señor taxista me dio una lección esa madrugada que yo no había pedido y en la que nunca había reparado.

Mi calidad laboral es terrible, mi propia vida es un pequeño caos. Eso es para preocuparse. Pero en realidad su importancia es mínima: son circunstanciales, destinas a cambiar, a desaparecer, a mutar. Pero recordar esas sonrisas, esas miradas, ese sutil sentimiento de labor bien hecha, de bien alcanzado y pleno…

He hecho siempre todo lo que he podido por devolver al menos una mínima parte de lo que la vida, tan generosa, me ha regalado. Y ellos eran el mayor motivo, y siguen siéndolo.

Creo que están orgullosos de mí. Yo lo estoy de ellos. Y eso es lo que, al final, cuenta.

SONY DSCEl tiempo pasa y el silencio con él. Forma parte de cada día, de cada respiración, de cada latido del corazón. Y llega a absorbernos tanto, que pronto quedamos sin palabras.

Algo así me ha ocurrido. Mucho que pensar y mucho que sentir, pero todo queda aparcado para un segundo tiempo, un esperar a ver.

En la hora solitaria pienso en todo lo que ha ocurrido. En lo que pudo haber sido. En lo que fue. En lo pagado a golpe de sentimientos, de penalidades. Y en lo que significa una lucha y una pérdida.

Puede ser un amor o un compromiso moral, en la hora solitaria lo único que vale es el sabor de la vida pasada ante nuestros ojos y entre nuestros brazos; los instantes repletos de felicidad y también de dolor; en los sueños que chocan con la realidad, y en aquellos que se hacen verdad de puro afán y empeño.

Podemos llevar la vida a un lado, aparcarla durante un tiempo, por siempre breve: puede acabar con la muerte o puede empezar con ella. Lo estoy descubriendo. En la hora solitaria donde el mundo fluye, un recuerdo asciende, una meta aparece. Y sé que te necesito y que tú estarás siempre aquí, por ti y por mí, sin motivo alguno, de puro fiel y de sola cabezonería.

El silencio me rodea y me he acostumbrado a sus ecos. Embrujan y seducen, y se comen las palabras habladas y también las escritas, llenándolo todo de vacío. Y puede que eso sea bueno, o puede que no. En la hora solitaria me lo pregunto y me lo respondo.

Y siempre eres tú.

Te necesito para recuperar mi voz, para encontrar la inspiración y una nueva meta, como llegar a tu corazón o salir de él, o abrazarte o dejarte ir. Y así liberar este torrente que se arremolina en mi pecho y a veces no me deja ni respirar ni dormir ni vivir.

Te necesito. En la hora solitaria. Ahora lo sé. Y así la dejo pasar. Hasta encontrarte de nuevo.

10724647_773932232652467_2044493540_nTe miro.

Te sigo con la mirada arriba y abajo. A escondidas.

Quiero que me prestes atención, que tu voz oscura se acerque a mí y acaricie mi piel.

Como haces con los demás.

No: como yo sueño.

Pero no notas mi presencia. Parece que cuando sugiero algo, cuando se me ocurre alguna idea, se crea un vacío entre tú y yo.

Eres cruel. Conmigo.

Porque no me hablas. No notas mi presencia. Porque me ignoras.

Y yo sigo aquí, esperándote. Con el corazón en la boca, para que lo notes en cada palabra. Para que paladees el dulce calor de mi amor en cada rincón de estas habitaciones atiborradas de gente que nos separa.

Eres cruel. Conmigo.

Porque no me quieres como yo te adoro. Porque no me atiendes cuando yo te busco. Porque ignoras cada una de mis caricias lejanas, cada día que me preocupo por ti.

En casa, cada noche, te recuerdo todo. Pero todo. La ropa, la actitud, el perfume. Y sonrío. E imagino que me abrazas con esa pasión callada que derrite el hielo de la piel, que rompe las fronteras de la distancia. Y sonrío, porque imagino el sabor de tus labios y el color de esa piel escondida cuando te giras al llamarte, cuando me sonríes porque yo te sonrío.

Cuando me miras como yo te veo a ti.

Pero cada mañana mi ensoñación se parte en mil pedazos. Esos que ni siquiera sientes cuando los destrozas. Y esas esperanzas pequeñitas se juntan en el borde de mi corazón y hacen que te vea de forma extraña, hacen que la sed de ti se amortigüe un poco y me dicen, me sugieren, me aseguran que nunca me querrás.

Porque eres cruel conmigo.

Pero mi corazón todo lo ignora: ese susurro que le dice que te deje, esa orden que me dice que te deje en paz. Y no puedo, no puedo porque te quiero, te idolatro, te deseo. Aunque no sepas que existo, aunque pienses que no soy nada más que otro más que suspira por ti.

Eres cruel. Conmigo. Y sin embargo…

914746_821277674590639_1486761854_nEl sábado estuve de guardia. Una más, una menos para la lejana jubilación. A veces pensamos así salientes del turno; entre la marabunta del día a día, que nos llega por todos los lados y cada vez de forma más íntima, la dificultad de filtrar, de limpiar las sensaciones que nos provoca tal avalancha de información no siempre correcta y no siempre servida de forma limpia y aséptica (vale, nunca servidas de esa forma en la que debería ser para que tengamos la capacidad de depurar por nosotros mismos lo que debe ser real y lo que es una burda manipulación mediática), estar de servicio 24 horas seguidas no deja de ser una montaña rusa de instantes y sensaciones que llegan a embotar los sentidos y, a veces, relajar la sensibilidad a todo aquello que nos sea por completo ajeno.

Todo trabajo tiene su claridad y sus sombras, por lo demás causadas siempre por la interacción entre las personas y sazonada por las distintas energías que se mezclan en esas relaciones intensas y breves,  y que cambian conforme las horas pasan. No es fácil mantener cierto grado de desafección o de implicación o de actividad o de pasotismo a lo largo de una jornada en la que nos enfrentamos a las miserias humanas, a los miedos humanos y también a las alegrías, al agradecimiento y, quizá menos veces de lo que sería justo, a la compasión y al entendimiento humano.

El sábado tenía un caso grave. Un chavalillo, un hombre de veinte años, con un cuadro clínico muy raro, no poco frecuente si no raro, de origen oscuro porque lo ignoramos todavía. Ojos grandes y castaños, brillantes a pesar de la fiebre y el cansancio; lleno de miedo y de esperanza, que sonreía cada vez que aparecía para revisar su estado. Aquejado de dolor aunque más bien molestias en una pierna, y siempre acompañado por su madre. Por su edad, por lo difícil de su estado, y por sencilla humanidad, decidimos dejarlo acompañado en todo momento por miembros de su familia. Creo que las reglas están para ser adaptadas a la realidad de cada caso más que para definir todos los casos que requieren ingreso en UCI. La excepción a la regla, digamos. Y ésta era una de esas excepciones.

Casi con toda seguridad, vista la evolución rápida de su enfermedad y su ingrato final, mi compañero que salía de guardia y yo estábamos de acuerdo en qué tipo de dolencia le aquejaba: una enfermedad genética, a veces heredada (no era el caso) que desemboca irremediablemente en la muerte. Aquel niño de veinte años moriría en poco tiempo. Y había que explicarles a la familia esta posibilidad que asemejaba ser la única tras todos los estudios a los cuales se había sometido su caso.

Yo resoplé. Me tocaba a mí ser portador de esa noticia, de esa más que posible fatalidad. Ese niño, con la sonrisa entregada, era una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento. Podía ser durante mi guardia o la siguiente, o en unos días más… Y me tocaba a mí ser el portador de esas novedades, el que tenía que explicar a unos padres (¿eso se puede explicar?) que su hijo único moriría en poco tiempo, que no tenía cura una enfermedad que aún no teníamos claro que tuviese (que seguramente tiene, la verdad) y que es una jugada del Destino, de la Genética, de los pequeños errores de la Naturaleza que nos hace ser diferentes uno de los otros.

Y resoplé otra vez.

Durante la información adopté un aire más serio de lo habitual. Intentando encontrarme a mí mismo, alteré el orden de información para que su caso fuese el último al que informaría. No quería estar allí, no deseaba ser quién les dijese las malas nuevas; no sabía qué decirles ni cómo decírselo, el tono a emplear, el grado de cordialidad que necesitaría y el de seriedad sin ser plúmbeo…

Los familiares fueron pasando y los minutos fluyendo hasta que me tocó llamarlos. Sin saber todavía qué hacer, me dejé llevar por el instinto y los hice pasar a la habitación de la información. Entraron cabizbajos aunque esperanzados; un apretón de manos sólido por parte del padre y una sonrisa algo retraída de quien supuse era la tía del chico. Y comencé.

Serio y científico. Comencé a contar la perorata genética, la mutación de la que quizá era portador y que hacía que su cuerpo empezase a comportarse de la forma que lo estaba haciendo y que lo llevará, irremediablemente, a la muerte. Serio y científico me detuve en medio de la explicación aséptica que estaba dando… Me entendían, no lo dudo, pero me di cuenta que nadie les había hablado de esa posibilidad. Mis otros colegas se habían amparado en otra hipótesis diagnóstica a la hora de intentar dar explicación a la rareza de aquel chico (ya de por sí harto difícil de entender) y que ninguno le había no ya ofrecido, si no ni siquiera mencionado, la posibilidad de una alteración genética que no tenía cura alguna, ni parche para seguir viviendo.

Sentí que había cometido un error. El padre me miraba fijamente, quizá buscando una explicación coherente a ese galimatías del cual lo único claro era que su hijo estaba tan enfermo que había acabado en la UCI. Y yo estaba allí soltándole una perorata de alteraciones genéticas y fines oscuros.

La tía del chaval miraba al suelo y suspiraba. Y yo cargado de una seriedad muy necesaria pero inútil.

Es uno de esos momentos de la vida en la que deseamos desvanecernos en el éter o, algo más fácil, no haber escogido semejante trabajo.

Pero allí estábamos los tres y yo debía hacer algo para salir de esa encrucijada en la que estábamos.

Empecé desde el principio. Cambié mis palabras por otras más amables pero igual de firmes. No despegué mi mirada de sus ojos. Les hice ver que, fuese correcta una hipótesis u otra, no había cura posible y que el desenlace final sería el mismo, que su cuerpo podía dejar de luchar en cualquier momento y que intentaríamos que fuese lo más tarde posible, lo mejor posible, lo menos duro posible, lo más cómodo posible.

Amplié mis sentidos todo lo que pude para poder abarcar la sensibilidad de aquel hombre que me veía con lágrimas en los ojos. Intenté sentir en mi interior el miedo, la impotencia, la tristeza y la desazón que debía sentir ese corazón cansado que me estaba oyendo. E intenté sonreír con la mirada, e intenté que mi voz sonara dulce aunque firme, e intenté que supiera que su miedo era comprendido, que su dolor era asumido, que su cansancio era asimilado, y que su niño, hijo único además, estaría en todo momento más que mimado, querido.

No sé si fui demasiado firme. No sé si pude transmitirles algo de mi propia paz, que se tambalea a veces más de lo que deseo. Cuando terminé sólo les sonreí y la tía del chico me miró con los ojos límpidos y el padre volvió a darme la mano con una intensidad diferente, con un punto de agradecimiento y otro poco de tristeza. Les enseñé la puerta y los acompañé (como hago siempre) a la sala de espera.

Al cerrar la puerta oí un sollozo ahogado y suspiré. Temblando, me apoyé en la puerta cerrada y volví a suspirar tratando de revisar en la memoria los errores que pude haber cometido con ellos y si la mala idea de la Realidad había quedada lo suficientemente clara para cuando la Muerte tocase a la puerta de aquel niño de ojos grandes.

No lo sé.

Durante el resto de la guardia fui de aquí para allá y de vez en cuando asomaba la cara para saludarlo. El chico con su sonrisa. La madre absorta. La tía callada. Y el padre, con los mismos ojos enormes, asintiendo con la cabeza.

Durante la noche, el chico no dormía y la enfermera me pidió que pasase a verlo. El chaval estaba con su padre, hablando de sus cosas. Revisé la hoja de evolución y hablé un poco con él. El chico me interrogó con la mirada. Sin decirme nada, sabía que quería saber qué tal iba. Había tenido algo de fiebre y algo de dolor en las horas previas.

– ¿Qué tal la pierna?

Le pregunté. Él sonrió.

– De maravilla. Ya no me duele… ¿Y la fiebre?

Me lo quedé mirando.

– ¿Qué crees?

– Que estoy mejor.

– Pues eso.

Y le sonreía señalando con el pulgar. El chico se echó a reír y le comentó al padre lo raro que le parecía. El padre intentó sonreír a su vez y cabeceó en señal afirmativa.

– Parece un buen tío.

Le dijo a su niño. Y todos reímos.

La noche pasó y a la mañana siguiente sólo se quejaba de que tenia hambre. Lo cual no está nada mal. Nada mal. Y me despedí de él con la certeza de que nunca más lo volvería a ver… Pero cierro los ojos y puedo dibujar esa mirada brillante y grande y oír el eco de esa sonrisa callada… Morirá, pero no para mí. No por ahora.

No sé qué nos hace ser lo que somos. Ignoro qué papel parecemos jugar unos con otros en este teatro que es el mundo. Hace dos meses tuve que tomar una decisión personal, detener los esfuerzos de alguien que me era muy querido porque ya no había más salida, y decírselo a una mujer que era una esposa y a un hijo que lo idolatraba. Eso no fue fácil, NO es fácil, como tampoco ha sido esto.

No sé si es necesario tener siempre abiertos los sentidos y la sensibilidad a flor de piel para poder vivir. Ni siquiera sé si eso es sano. Pero a veces hace falta echar un paso atrás, bajar un escalón, afrontar las realidades, adecuar el tono de voz, la longitud de la sonrisa y el roce de la piel. A veces sólo hace falta que tengamos un poco de consideración, un poco de serenidad y un mucho de respeto para poder hacer lo que hacemos. En cualquier profesión, en cualquier relación, en cualquier instante de la vida.

E ignoro si estoy en el buen camino. Por eso a veces me hago estas preguntas y me quedo esperando, aceptándolo, una respuesta que nunca obtendré.

   10727693_365167573637727_733123754_nPensé que no. Que no iba a a saltar al saber de ti. Que mi corazón se estaría quieto, pastando dentro del pecho, impasible y sereno.

   Pensé que no. Que mis manos no temblarían si te tenía de nuevo cerca. Que mis dedos no lucharían por acercarse a tu espalda, ni se quejarían por no tocarte.

   Pensé que mi cabeza ya no pensaba en ti. Que mi mente sabía lo que quería y gobernaba al corazón, cansado y roto.

   Pensé que no te quería ya, como tú me olvidaste.

   Pero no.

   Todo se derrumbó: las intenciones (buenas), las ilusiones (buenas), el tiempo ido (un horror), el dolor y la pérdida. Y la soledad. Todo. Hasta que te oí (otra vez).

   Estaba de espaldas. Pero te sentí como en los tiempos en los que me abrazabas callado y susurrabas tonterías en voz baja. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, como hacía mucho no sentía: desde los tiempos en que estábamos juntos.

   Y cerré los ojos. No podía creerlo. No quería creer que eras tú.

   Esa voz oscura como un secreto y tierna a la vez, grave y serena, susurrando mi nombre como una caricia. Una caricia que me revolvió el corazón dormido (otra vez).

   Todos los años que han pasado, todo el dolor, todos los juramentos, toda la rabia se fueron por el desagüe de mi corazón abierto como un libro. Oírte y hechizarme fue uno, y el mundo detenido volvió a ponerse en marcha, y casi no quise ni mirarte para que el embrujo no se acabara nunca.

   Hasta que te oí estaba muerto. Y bien lo sabías pues habías sido tú el verdugo. El abandono, la pérdida, el dolor… Lo había superado todo junto, poco a poco y a bocados, y me sentía seguro, estable y concreto, hasta que te oí (otra vez) y el océano del amor me atrapó de nuevo por los pies, haciéndome caer.

   En tus brazos. En tu boca. En tu corazón.

   Y ahora no sé qué hacer. No sé si recriminarte o gritarte o besarte o amarte y olvidarlo. El arrullo de tu corazón late de nuevo cerca del mío, tu piel roza la mía otra vez, tu sonrisa me ríe, tus ojos me ven… ¿Para qué sirve el orgullo, el tiempo ido, el recuerdo?

   Para nada, porque me hacían morir día a día, y tú me resucitas cada vez que dices mi nombre.

   Y ahora no sé qué hacer. Si besarte, abrazarte, sujetarte entre mis piernas para no dejarte jamás ir. Y olvidar esta tortura que fue tu ausencia, este llanto de fénix que poco me importa.

   Estaba muerto, tú me me mataste, quiero que lo sepas. Pero me has despertado de nuevo. Ignoro porqué te fuiste, la razón que te llevó a abandonarme. Pero nunca has dejado de amarme, lo sé, me lo dice tu voz. Y nunca lo hubiera creído, hasta que te oí otra vez, y todo se aclaró para mí.

   Ay, ¿qué me quieres amor? ¿Que olvide el orgullo herido, las cicatrices de mi torpe corazón?

   ¡Vale! Hagámoslo. Empecemos de nuevo. Seamos una página en blanco, una canción nueva, la mitad de un sueño, la mitad de un presente, una realidad palpable, el arrullo de la noche, la pasión de la piel y el descanso de la mañana.

   Seamos lo que siempre hemos sido: amantes, amigos, guerreros y guerra, fuego y lecho, pasión y paz… Lo tenía olvidado, te tenía olvidado, hasta que te oí. Y otra vez me sentí vivo.

   Hasta que te oí otra vez el mundo se había detenido, y ahora no hace más que girar por ti.

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ENTREGA

 

                  El susurro del mar me despertó antes de que el alba se asomase por el horizonte. Me desperecé suavemente temiendo despertarte; no quiero que rompas esa paz de sueño que semejas paladear apenas sin darte cuenta. Continúas dormida a mi lado como si fueses una niña pequeña, con tu boquita cerrada, tus párpados caídos, esas cejas que se pierden… Verte dormir es casi como violar tu intimidad, casi como dejar de ser tú misma: siempre nos avergonzamos de nuestro rostro manchado de sueño. Y sin embargo tu belleza se me antoja serena ante esta pálida luz que crece, y un grito me inunda el cuerpo y casi me estalla en la garganta del puro gozo que siento al verte tendida a mi lado.

                   Sé que me amas. ¿Estarías aquí si así no fuera? Sabes que yo te amo…Tienes razón: el reposo es la mejor de las respuestas. Callas, mujer. A tu mudez me resigno. No importa; ahora descansa. Descansa hasta que el alba se haga día y podamos contemplarnos, y decirnos, y hacernos amar dulcemente como en los cuentos.

                   Llegamos como lluvia silenciosa al mar lento, mojado y azul, durante un atardecer que parecía durar una eternidad inmensa. Los colores rojizos y verdes nos guarecían de la brisa del Océano; nos hacían acercarnos el uno al otro con lentos vaivenes. Las gaviotas graznaban sobre las olas; los cangrejitos oscuros salían a besar la sal desprendida de la espuma del mar. Nos miramos de frente entonces, como si no lo hubiésemos hecho antes, sintiendo dentro, muy dentro, una especie de misterio sin conclusión. Te sentí muy nueva, tan queriendo ser yo, que apenas me pude controlar; tu mano se deslizaba por el pelo apartándolo de esos labios borrosos… Al verte un rugir, que era del agua y de mí mismo, ascendía por mi pecho y llegaba a mis ojos y los hacía estallar. Tu risa, enclavada en medio de esa boca de fresa, mojaba con palabras no dichas ese acercamiento que hacía tremolar a nuestras pieles. Nos reímos juntos y nos miramos juntos, y nuestras manos comenzaron a rodear los límites de nuestros seres.

                   El tiempo pasaba. La noche que surgió de repente de aquella vorágine del ocaso fue oscura e íntima, nos acariciaba como a dos viejos amigos. El mar, ese aliado plácido, apenas dormía. Su lento movimiento de adagio llegaba hasta nosotros disfrazado de encaje o de caricia; cubría de las miradas importunas las intenciones que no nos decíamos; desnudaba sin querer los deseos que iluminaban nuestros ojos. Te miré a los ojos, castaños y ansiosos, y la vida se agolpó en mi garganta. Mudo colmo estaba, sólo me quedaron los tactos. Poco a poco me fui acercando; tú no oponías resistencia. Me reíste y yo me reí. La marea subía y mojaba a la arena, feliz en medio de aquella resaca de espuma fresquita. Te reí y tú te reíste. Nos volvimos a mirar, y algo se abrió en nosotros.

                   Superadas todas las barreras, comencé a recorrer tu cuerpo con mis manos. Los dedos, que fluían por tu piel como las gotas de una fuente, descubrían emocionados rincones desconocidos y otros nuevos y otros aún sin explorar. Mis labios, atrapados aún en la cárcel de la vergüenza, se retorcían llenos de la ansiedad del exiliado. Tú te reías de mí y desesperabas a un mismo tiempo: tus manos intentaban encontrar mis formas y tus labios, lejanos, se mostraban pálidos y hambrientos, casi necesitados.

                   Sentados en el borde de una roca gris, jugueteabas con los pies en el mar mientras el cielo se cubría con la noche. Hacías subir el agua salada por ésas tus largas piernas de blanco papel secante: las gotas llegaban una por una a mi boca, que abierta intentaba beber esos líquidos que fluían del Océano y de ti. Te seguí, juguetón, junto con la brisa despertada de su sueño de horas; al soplar separaba la cascada invernal de tu vestido blanco; sentí de improviso el súbito temblor de esa piel cálida. Corrí hasta ti e intenté acercarme; tú no te negaste. Saboreé ese permiso sin pagar peaje. Nos reímos y nos abrazamos al borde del agua. El mundo (¿qué mundo que tú no formaras?) dejó de existir para mí.

                   Sentí que tu mano se deslizaba por mi pecho; jugando con él y abriéndolo en silencio. Me arrancaste la cotidianidad que lo cubría; descubriste un juego de músculos, de vasos, de deseos, que temblaban impávidos deseando tu poesía. Y como sin saber qué más hacer, escondiste el rostro entre esos relieves muertos e insensibles, y los llenaste de sensaciones, de aleteos y graznidos de aves; me hiciste cerrar los ojos, olvidarme del ser, y sólo sentir y disfrutar la caricia de tus labios, el pálido aroma de un corazón refugiado entre una lengua salivosa y una boca templada. Oh… Yo sólo me sentí digno; apenas comenzaba a saber lo que era sentirse amado.

                   Sin decirme nada, sólo con tus ademanes de diosa, te levantaste de la roca alejándote de mí y te dirigiste al mar. Allí, entre las olas que morían, sonriéndome con sonrisa de fruta, deslizaste tu disfraz de invierno por tu piel dejándolo caer en la arena húmeda. Esa piel, libre de cualquier atadura, arrancó destellos a las estrellas bajas y pálidas; tus hombros dibujaron sombras que se perdían en esa espalda sin forma, y tus caderas se movieron con el ir y venir de la marea. Sabiéndote plena, sonreíste de nuevo agitando tu cabellera a la brisa. Llamándome con los ojos, te zambulliste sin estrépito en medio de esa masa líquida, que quedó enmudecida al sentir en ella tu contacto. Emergiste de la espuma, como Venus de la olas, sin ningún ruido. El mar que quedó prendido a ti navegaba por aquel cuerpo desnudo que deseaba ser mío y que digavaba entre las fronteras borrosas de un océano todavía virgen de encuentros humanos. ¿Qué debo decir? Estabas preciosa. Me antojaste una Atenea nebulosa, furtiva entre unos claros de luna; Penélope, la eterna tejedora, quizá poseyera parte de tu encanto. En medio de aquella escena, te transformaste en una Musa, ligera bruma costera; aún más, te encarnaste en la Eva de mis sueños adánicos. Eras una diosa, un ala de cisne, un Eldorado. Yo era todo tuyo, y lo supiste allí mismo, cuando acudí a tu reclamo.

                   Los astros en la alta noche parecían tener frío, sus destellos temblorosos fueron toda la luz de nuestro encuentro. Hacía ya horas que tu boca recorría mi cuerpo liberado por ti y que tus brazos y piernas sujetaban en loco afán, como si temieran un deseo de fuga que jamás llegué a experimentar. Nuestras ropas, mezcladas con la arena, formaban más parte del mar que de nuestros propios cuerpos. Tu frío era mi frío; tu calor era nuestro abrigo. Tus manos sacudían mi ya despierto anhelo; las mías resucitaban tus olvidados deseos; las palabras corrían como ríos por nuestros ojos; el ¡Levántate! era poco para nuestra unión.

                   De pronto comenzó a caer una lluvia fina que apenas llegaba a la arena; llenó aquellos estremecimientos con un maravilloso brillo, pálida pátina de irrealidad. Viéndote gozar, entregada tranquila, me separé de ti. Abriendo los ojos, me viste llevarte hasta el balcón de rocas que la Naturaleza, hacía siglos, había dispuesto para nosotros. Allí extendí el lecho de hojas: tu cuerpo se amoldó a esos relieves con una plasticidad casi divina. Allí soñamos nuestra unión de sueños mientras la tímida lluvia se deshacía entre los dos. Con aquel temblor de estrellas aprecié tus rosas; en aquel rincón te hiciste terrena y yo un dios.

                   Mis pupilas te seguían, mis labios te sabían de memoria. Cada recodo de piel, cada pálpito, cada respiro tuyo dejó de ser desconocido; cada movimiento, hijo de una idea o de un deseo, engendraba a su vez una razón. El sabor de la sal avivó tu olor de mujer amada; mis manos, envueltas en un frenesí de placer, buscaron desesperadas a las tuyas, que tenías escondidas en mi espalda. El beso que nos dimos, largo y sabroso y dulce y gracioso, fue más que un beso: era una unión de bocas, sí, una unión de labios, pero también un lazo firme que resistió hasta el final los embates del mar. Ya sin temores te levanté en vilo y te mecí en mis brazos. Qué gusto encontrar que tus contornos encajaban con los míos; que ningún espacio sobraba; ni un verso, ni una canción. Juntos, abrazados hasta la madrugada, conseguimos acabar la oda de nuestro amor.

                   Tus ansias desesperadas fueron las mías; mis anhelos dieron fruto en tu cuerpo. Hasta el fin nuestras llamas ardieron por encima del agua como si fuesen ellas solas un refugio de moléculas, como si encarnaran por sí mismas un baile de átomos; el mar que iba y venía no hacía más que inflamar nuestra entrega: pasión destructora de las barreras de la carne, miedos que se funden en el crisol de los abrazos, fantasías dócilmente entregadas al calor de un beso, lazos que acaban siendo por sí solos la esencia de un amor.

                   Te amo… Una y otra vez te lo dije en el ir y venir de nuestros cuerpos. Me gritabas y yo te respondía: No, amor, no es sólo un encuentro nuestro contacto. El mar lo sabía, sí, estoy seguro, porque se sonrojó y se retiró para no estorbarnos. Entre aquellos vaivenes que me separaban y me unían a ti, te miré una vez con los ojos bien abiertos; tú, intuyéndolo quizás, abriste también los tuyos y nos encontramos en medio del placer mutuo por unos segundos… Vi en tu cara la felicidad de una Unión, de una Entrega. Y sé que viste en mi rostro el Éxtasis de ser tú, la fusión de mi mujerez, el complemento de tu hombría… Oh, plenitud del ser, objetivo de una vida…

                   Logré sentirme tú aquí, en este lecho de rocas; sentí de nuevo el latido que emergía de las cenizas de la nada. Tus brazos me rodearon sin agotamiento una y otra vez, como si el deseo no fuera humano, como si toda llama, una vez llegado su fin, no deba también retirarse y descansar. Pero yo te dejé hacer… Porque era a mí a quien moldeabas, porque era el calor del centro de tu ser lo que yo siempre había anhelado. Entonces supe que me habías poseído antes y que yo fui tuyo más de una vez. Porque como hombre tal vez deseaba aquel momento, oportunidad de que me llevaras dentro de ti y de mecerte entre mis brazos; pero como alma sólo acariciaba la oportunidad de integrar tus pliegues tan bien cortados, sólo deseaba tener la oportunidad de ser tu misma piel. Como Afrodita a Ares, como el Otro que es Uno, supe sin querer, en ese instante de paz que sigue al vaciamiento del cuerpo, que nuestra Entrega, como en un sueño ligero, había sido también una realidad palpable en esos otros mundos compuestos quizás, como el nuestro, de oscuridad, de fuego, de mar y de tierra, de estrellas brillantes.

                   Dicen que los que duermen descansan de nosotros, pero yo sé que no es así. Nuestro amor es tan fuerte que aun en sueños nos une, como un lazo más allá de lo físico que nunca se cansa.

                   Busco con mis besos esos senos rosados que, como deseos, emergen de ti. El observarte, callada y echada hacia un lado, llena toda mi vida. El contemplarte me aleja del mundo y trastoca mi mundo, que siempre has sido tú.

                   Duermes, callada y silenciosa, sublime maravilla. El alba intenta enamorarte, pero te mantienes fiel. Deseo tocarte… Está bien: me resigno. Esperaré a que despiertes de nuestra entrega de sueños; esperaré a que el sol entibie tu rostro y dé color a tus mejillas pálidas. Esperaré a que tu vida se deslice una vez más, como si fuera un secreto furtivo, por la mía, y esperaré hasta que el susurro de mi cuerpo, al verte reír, inflame nuestro amor.

                   El alba continúa su lento ascenso. Las gaviotas graznan felices, el mar regresa a la orilla y la moja, la espuma desaparece con un lento sonido… Tus ojos se van abriendo poco a poco… Estoy aquí…

                                                     Caraballeda, 1.988

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