11142348_662840753862684_1666556091_n Sabes que no me gusta repetir lo que digo. Soy de una pieza, es decir de una palabra. Cuando la esculpo la cumplo. Cuando la digo no la retiro. Y sin embargo, por ti hago una excepción que me llena de mundo y me hace enorme como un océano sin nombre.

Pregúntame otra vez. Toma mi mano y llévala al corazón y suspira cada palabra que hemos compartido esta noche callada. Toma mi corazón, abierto por ti, y, en tu boca, llena de besos cada una de sus fibras y hazle decir, otra vez, lo que le da vida, lo que le mantiene feliz.

Tú eres lo único que mueve mi mundo. Haces girar cada uno de mis latidos, y te siento en la yema de los dedos, en la cumbre de mi piel.

Tú eres lo único que me hace sentir vivo, lo único que me importa tras esta noche mágica, tras este día de amor.

Así que pregúntame otra vez si te amo. Si te lleno de besos, si te abrazo hasta que el cielo se apague. Pregúntame si podría estar contigo toda la vida, y más allá, o más acá, en la orilla de la playa y en la falda del bosque de tus ojos. Pregúntame si estaba vivo antes de conocerte y si necesito mil palabras para saber que te quiero.

Pregúntamelo aquí, al borde del abismo. Aquí, en medio de la plaza mayor. Llena de niños y de adultos, de abuelos y de madres, y de sobrinos y primos y amigos y enemigos sin nombre. Por favor, pregúntame otra vez si te amo.

Y yo lo gritaré con la ayuda de todos los vientos, con el arrullo de cada canción.

Pregúntame otra vez si te quiero y yo te responderé cada vez, una y otra vez, que te amo. Con el corazón y la cabeza y los dedos y los abrazos. Una y otra vez, cada vez que lo dudes hasta que no lo olvides, hasta que lo hayes seguro. Con la sonrisa dispuesta, con los brazos abiertos. Y siempre, siempre con el corazón lleno de verdad.

Así que pregúntame otra vez. Y mil veces más te contestaré con el corazón: Sí, amor, te quiero.

Cubiertas_De mar a Mar.indd  De mar a mar es un compendio de las epístolas que, entre 1965 y 1975, Ana María Foix y Rosa Chacel compartieron durante la adolescencia de la primera y el exilio americano de la segunda.

De profunda carga psicológica y personal, llena de coraje, de pasión por la literatura y la creación, de una sinceridad desarmante y de cierta monotonía del día a día, la historia de dos mujeres muy diferentes, pero unidas a través del océano y su amor por la creación literaria, se despliega viva y muy actual, después de medio siglo de haberse iniciado.

En esas cartas hay deseo y necesidad de conocerse, de entenderse, de quererse y de admirarse. Pudiendo ser su abuela, Rosa Chacel trata a la avispadísima adolescente como una igual. Ana María Moix descubre que una admiración profesional puede derivar (y deriva) en una amistad profunda, en un cariño escrito que no disimula su profundidad y que se extenderá hasta que la muerte diluya la historia de cada una.

De mar a mar, en la edición del 2015, contiene pequeñas erratas, pero le dan más autenticidad a un texto escrito muchas veces a bote pronto, con pausas desconcertantes y quizá con ciertos tachones. La habilidad epistolar que hemos perdido nos devuelve un mundo que en nada se parece al actual pero que está muy presente: allí donde haya sentimientos humanos, preocupaciones o deseos, siempre habrá lazos que unan experiencias distintas, mundos limitados por el perfil del tiempo que se deslizan, como fuerzas telúricas, en el presente, y nos da esa sensación extraña de estar repitiendo, sin querer, una y mil veces, el mismo guión.Chacel_big

Pero me gusta cómo está escrito, el lenguaje, la plasticidad, la belleza de la prosa, el ritmo poético de sus líneas. Cada exclamación o pequeño reproche, cada crítica y cada suspiro, cada depresión o aprehensión, cada tropiezo de Salud y su manejo (cincuenta años después, podríamos abordarlos y resolverlos de formas más simples), los abismos de la depresión, quizá unidos a la creación artística; esa vida auténtica de la adolescencia, cuyo cuerpo de creencias es tan sólido que ninguna duda lo corrompe, confrontado con la vida experienciada, que se enfrenta con armas diferentes, pero misma pasión, al día a día reconociéndose; todo conforma una sinfonía de palabras bien estructuradas, de significados (algunos con puntos suspensivos) tan bien escritos, que es per se una gozada para los sentidos.

Pondría en valor, como me dijo Màxim Huerta al recomendármelo, el retrato histórico de una época cercana en cuyos ecos y reverberaciones nacimos; destacaría a sí mismo la fortuna de compartir talento generacional de ambas, cada una en su momento de tiempo y de lugar; y el momento persona de cada una de las protagonistas. De todo eso trata De mar a mar. Pero no deja de ser un libro íntimo, un asomarse al mundo interior, a los miedos y razones y justificaciones y aprehensiones de dos seres que se reconocen y aprenden a quererse a través de lazos más profundos que el océano que los separa. 0000020192.jpg

Tiene en común con El invitado amargo de Luis Cremades y Vicente Molina Foix (cuyo nombre aparece formando parte de ese conjunto astral, generacional, de esos años convulsos), la recuperación de un tiempo ido y desproporcionado, la vivencia auténtica, a flor de piel. Lo que las diferencia es la evocación, el tiempo verbal del retrato. En De mar a mar es de una brutal inmediatez; en El invitado amargo, el poder taumaturgo de la evocación (el poso del tiempo pasado) retrata con trazos auténticos un presenta que ya ha quedado atrás.

De mar a mar nos muestra dos mujeres más parecidas de lo que pensamos en un primer momento y asistimos a ese descubrimiento entre ellas, a la mutua admiración, al coraje y al amor que habla muchos idiomas y que viste innumerables trajes, incluso los de la distancia. De Barcelona a Río de Janeiro y viceversa, el vals de una amistad se va oyendo y nos llega con sonido apagado, pero continuo, como el de la marea de la mar.

Y me recuerda el estilo, la literatura, las lecturas, el lenguaje que amo y que me ha llevado a escribir (torpemente) como lo hago. En sus páginas me encuentro adolescente (como me ocurrió con Luis Cremades, por ejemplo), esa necesidad y ese amor por las palabras primero, y posteriormente por las tramas, que leía e imaginaba en mi cabeza; época en la que el corazón y el cerebro son casi la misma cosa. El secreto es ser siempre aquello que somos o que deseamos, lejos de las modas aparentes (todas las épocas se parecen y padecen los mismos males) y del bullicio del éxito (interpretado aquí en la forma de que a alguien le gusta lo que hacemos), confiar en esa desconfianza débil de la creación, y en seguir adelante, con las armas y las desarmas que tenemos, en este vaivén continuo que es estar vivo. Y llegar a la eternidad deseada, como ambas escritoras desearon, por la vía más íntima y única encerrada en una epístola.

Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

1743743_10205718141489730_4088342156394204969_n Después de dos jornadas de trabajo en Dublín, llegó el momento de ir al aeropuerto. Pedí un taxi en la dirección del hotel. A las cuatro de la mañana estaba ya en la puerta. El taxista me saludó con un movimiento de cabeza y me señaló la puerta. Subí (esta vez por le lado correcto del coche) y arrancamos.

No suelo dar conversaciones. Mi timidez me frena, pero también mi falta de descanso. A esa hora, menos. Y sin embargo, el caballero que me llevaba estaba dispuesto a una buena charla, o al menos a un largo monólogo.

Mi inglés, algo oxidado, necesita de un par de días para engrasarse y empezar a fluir con algo más de entendimiento, así que al menos estaba preparado para seguir, con frases cortas, la animada cháchara del taxista. Esto le dio alas, y me hizo sonreír.

Un hombre afable, pelirrojo, cerca de los sesenta años, taxista de toda la vida, comenzó su interrogatorio con las consabidas preguntas sobre destino, nacionalidad y, debido a mis respuestas, sobre el estado económico del país y sus paralelismos con Irlanda. Me comentó que sus hijos se habían tenido que ir uno a Estados Unidos y otro a Australia para escapar de la crisis de la que el país ya se estaba recuperando (y bien). Después entró en el tópico de la causa de mi visita a Dublín: trabajo. ¿Qué tipo de trabajo? Médico.

– ¡Oh!

La expresión, por lo demás muy popular en el mundo anglosajón, fue dicha con un deje de admiración que me alertó. No es que me parezca que ser médico sea algo fuera de lo común (conozco a muchos que lo son), pero aquí en España ni es algo importante ni desde luego, pese a la responsabilidad que tenemos, se nos valora de forma acorde a ella. Por eso llamó mi atención su reacción al saber a qué me dedico la vida.

Después de una perorata donde mezclaba sus teorías sobre la Medicina, su experiencia sanitaria y familiar al respecto, me dijo que admiraba mucho la labor que hacíamos, que no era  fácil llegar hasta donde yo había llegado y esas cosas. Yo sonreía. Hasta que mencionó a mis padres.

– Sus padres deben estar muy orgullosos de usted.

Durante unos segundos no supe responder. La urbanidad salió en mi defensa, sonreí y cabeceé afirmativamente. Le dije que sí y una sonrisa amplia surcó su rostro, con esa condescendencia que nos llena cuando sabemos que tenemos razón y se nos ratifica.

Al poco tiempo me dejó en el aeropuerto.

– Vaya por allá, que están los mostradores de British Airways. Y que tenga muy buen viaje.

Nos despedimos dándole las gracias y desapareció de mi vida para siempre dejándome, sin embargo, algo en lo que pensar a esas horas intolerables para el pensamiento razonado y razonable.

Mientras hacía la interminable cola para ser registrado y acceder a las puertas de embarque, me puse a pensar en lo que me había dicho el taxista.

¿Mis padres orgullosos de mí?

Nunca se me había ocurrido pensarlo.

¿Había trabajado tanto (para lograr tan poco) pensando en ello? ¿Todos esos años de esfuerzos, en los que sin duda me apoyaron quizá demasiado, significaban algo más que llegar a un fin (que nunca se alcanza por completo)?

No lo sé. No sé si he estado demasiado embebido en conseguir llegar al final de una carrera tan larga (que se ha llevado mi vida en ella), o a que ni se me había pasado por la cabeza valorar el impacto que mis esfuerzos pudiesen tener en otros, sobre todo en mis padres.

¿Estoy orgulloso de mí? No. ¿Deberían estar ellos a su vez de mí? ¿Y por qué?

Estando ya instalado en el avión de vuelta a casa, esa idea seguía instalada en mi cabeza.

¿Era para estar orgullosos? Por descontado he intentado que mi vida significase un mínimo impacto en las suyas, desde que tengo memoria he intentado adaptarme a las exigencias de sus vidas antes que de la mía, he intentado ofrecerles todo lo bueno que ha llegado a mi vida porque la mía es fruto de la suyas; he procurado darles los menores dolores de cabeza, las mínimas preocupaciones…

¿Eso era ser un buen hijo? Alcanzar una carrera, trabajar buenamente en ella, ¿era para estar orgullosos de mí? Ser médico, que para mí es algo tan banal que ni pienso en ello, ¿es causa suficiente para que mis padres se sintieran felices de una labor bien hecha?

No se me había ocurrido… Y sin embargo recordaba a mi padre, ingresado en la UCI, cuando hablaba con todos mis compañeros, tan resuelto y lenguaraz como era, sobre su via, su amor por nosotros, la emoción con la que empeñaba cada palabra, y mi madre sentada a su lado, interviniendo con emoción similar y asintiendo…

Estaban orgullosos de mí. Podría ser más alto o más guapo o ganar más dinero o ser más amable o más simpático o más empático o más discreto. Podría ser mucho mejor en todos los aspectos de mi vida. Pero así como era estaba más que bien, y era motivo de alegría y de un sereno orgullo que llenaba de alegría esas vidas que siempre he deseado fuesen tranquilas, bellas y perfectas.

El avión levantó sus alas y Dublín se fue haciendo cada vez más pequeña conforme surcaba el cielo.

Nunca me había parado a pensar en algo tan sencillo como eso. Jamás lo había esperado, y conscientemente nunca hice nada por alcanzarlo. He intentado ser la mejor persona que he podido, aprender de mis errores, darme cuenta de mis defectos e intentar mejorarlos, adaptarme a lo que la vida me ha ofrecido, y estar agradecido cada día de la hermosa familia que me ha sido dada y que cambia, como cambiamos todos, con el vaivén de los años.

No sé si es importante. No sé si buscamos en el fondo ese reconocimiento que no es más que hacer las cosas bien hechas, o lo mejor que podamos. Pero el señor taxista me dio una lección esa madrugada que yo no había pedido y en la que nunca había reparado.

Mi calidad laboral es terrible, mi propia vida es un pequeño caos. Eso es para preocuparse. Pero en realidad su importancia es mínima: son circunstanciales, destinas a cambiar, a desaparecer, a mutar. Pero recordar esas sonrisas, esas miradas, ese sutil sentimiento de labor bien hecha, de bien alcanzado y pleno…

He hecho siempre todo lo que he podido por devolver al menos una mínima parte de lo que la vida, tan generosa, me ha regalado. Y ellos eran el mayor motivo, y siguen siéndolo.

Creo que están orgullosos de mí. Yo lo estoy de ellos. Y eso es lo que, al final, cuenta.

SONY DSCEl tiempo pasa y el silencio con él. Forma parte de cada día, de cada respiración, de cada latido del corazón. Y llega a absorbernos tanto, que pronto quedamos sin palabras.

Algo así me ha ocurrido. Mucho que pensar y mucho que sentir, pero todo queda aparcado para un segundo tiempo, un esperar a ver.

En la hora solitaria pienso en todo lo que ha ocurrido. En lo que pudo haber sido. En lo que fue. En lo pagado a golpe de sentimientos, de penalidades. Y en lo que significa una lucha y una pérdida.

Puede ser un amor o un compromiso moral, en la hora solitaria lo único que vale es el sabor de la vida pasada ante nuestros ojos y entre nuestros brazos; los instantes repletos de felicidad y también de dolor; en los sueños que chocan con la realidad, y en aquellos que se hacen verdad de puro afán y empeño.

Podemos llevar la vida a un lado, aparcarla durante un tiempo, por siempre breve: puede acabar con la muerte o puede empezar con ella. Lo estoy descubriendo. En la hora solitaria donde el mundo fluye, un recuerdo asciende, una meta aparece. Y sé que te necesito y que tú estarás siempre aquí, por ti y por mí, sin motivo alguno, de puro fiel y de sola cabezonería.

El silencio me rodea y me he acostumbrado a sus ecos. Embrujan y seducen, y se comen las palabras habladas y también las escritas, llenándolo todo de vacío. Y puede que eso sea bueno, o puede que no. En la hora solitaria me lo pregunto y me lo respondo.

Y siempre eres tú.

Te necesito para recuperar mi voz, para encontrar la inspiración y una nueva meta, como llegar a tu corazón o salir de él, o abrazarte o dejarte ir. Y así liberar este torrente que se arremolina en mi pecho y a veces no me deja ni respirar ni dormir ni vivir.

Te necesito. En la hora solitaria. Ahora lo sé. Y así la dejo pasar. Hasta encontrarte de nuevo.

10724647_773932232652467_2044493540_nTe miro.

Te sigo con la mirada arriba y abajo. A escondidas.

Quiero que me prestes atención, que tu voz oscura se acerque a mí y acaricie mi piel.

Como haces con los demás.

No: como yo sueño.

Pero no notas mi presencia. Parece que cuando sugiero algo, cuando se me ocurre alguna idea, se crea un vacío entre tú y yo.

Eres cruel. Conmigo.

Porque no me hablas. No notas mi presencia. Porque me ignoras.

Y yo sigo aquí, esperándote. Con el corazón en la boca, para que lo notes en cada palabra. Para que paladees el dulce calor de mi amor en cada rincón de estas habitaciones atiborradas de gente que nos separa.

Eres cruel. Conmigo.

Porque no me quieres como yo te adoro. Porque no me atiendes cuando yo te busco. Porque ignoras cada una de mis caricias lejanas, cada día que me preocupo por ti.

En casa, cada noche, te recuerdo todo. Pero todo. La ropa, la actitud, el perfume. Y sonrío. E imagino que me abrazas con esa pasión callada que derrite el hielo de la piel, que rompe las fronteras de la distancia. Y sonrío, porque imagino el sabor de tus labios y el color de esa piel escondida cuando te giras al llamarte, cuando me sonríes porque yo te sonrío.

Cuando me miras como yo te veo a ti.

Pero cada mañana mi ensoñación se parte en mil pedazos. Esos que ni siquiera sientes cuando los destrozas. Y esas esperanzas pequeñitas se juntan en el borde de mi corazón y hacen que te vea de forma extraña, hacen que la sed de ti se amortigüe un poco y me dicen, me sugieren, me aseguran que nunca me querrás.

Porque eres cruel conmigo.

Pero mi corazón todo lo ignora: ese susurro que le dice que te deje, esa orden que me dice que te deje en paz. Y no puedo, no puedo porque te quiero, te idolatro, te deseo. Aunque no sepas que existo, aunque pienses que no soy nada más que otro más que suspira por ti.

Eres cruel. Conmigo. Y sin embargo…

914746_821277674590639_1486761854_nEl sábado estuve de guardia. Una más, una menos para la lejana jubilación. A veces pensamos así salientes del turno; entre la marabunta del día a día, que nos llega por todos los lados y cada vez de forma más íntima, la dificultad de filtrar, de limpiar las sensaciones que nos provoca tal avalancha de información no siempre correcta y no siempre servida de forma limpia y aséptica (vale, nunca servidas de esa forma en la que debería ser para que tengamos la capacidad de depurar por nosotros mismos lo que debe ser real y lo que es una burda manipulación mediática), estar de servicio 24 horas seguidas no deja de ser una montaña rusa de instantes y sensaciones que llegan a embotar los sentidos y, a veces, relajar la sensibilidad a todo aquello que nos sea por completo ajeno.

Todo trabajo tiene su claridad y sus sombras, por lo demás causadas siempre por la interacción entre las personas y sazonada por las distintas energías que se mezclan en esas relaciones intensas y breves,  y que cambian conforme las horas pasan. No es fácil mantener cierto grado de desafección o de implicación o de actividad o de pasotismo a lo largo de una jornada en la que nos enfrentamos a las miserias humanas, a los miedos humanos y también a las alegrías, al agradecimiento y, quizá menos veces de lo que sería justo, a la compasión y al entendimiento humano.

El sábado tenía un caso grave. Un chavalillo, un hombre de veinte años, con un cuadro clínico muy raro, no poco frecuente si no raro, de origen oscuro porque lo ignoramos todavía. Ojos grandes y castaños, brillantes a pesar de la fiebre y el cansancio; lleno de miedo y de esperanza, que sonreía cada vez que aparecía para revisar su estado. Aquejado de dolor aunque más bien molestias en una pierna, y siempre acompañado por su madre. Por su edad, por lo difícil de su estado, y por sencilla humanidad, decidimos dejarlo acompañado en todo momento por miembros de su familia. Creo que las reglas están para ser adaptadas a la realidad de cada caso más que para definir todos los casos que requieren ingreso en UCI. La excepción a la regla, digamos. Y ésta era una de esas excepciones.

Casi con toda seguridad, vista la evolución rápida de su enfermedad y su ingrato final, mi compañero que salía de guardia y yo estábamos de acuerdo en qué tipo de dolencia le aquejaba: una enfermedad genética, a veces heredada (no era el caso) que desemboca irremediablemente en la muerte. Aquel niño de veinte años moriría en poco tiempo. Y había que explicarles a la familia esta posibilidad que asemejaba ser la única tras todos los estudios a los cuales se había sometido su caso.

Yo resoplé. Me tocaba a mí ser portador de esa noticia, de esa más que posible fatalidad. Ese niño, con la sonrisa entregada, era una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento. Podía ser durante mi guardia o la siguiente, o en unos días más… Y me tocaba a mí ser el portador de esas novedades, el que tenía que explicar a unos padres (¿eso se puede explicar?) que su hijo único moriría en poco tiempo, que no tenía cura una enfermedad que aún no teníamos claro que tuviese (que seguramente tiene, la verdad) y que es una jugada del Destino, de la Genética, de los pequeños errores de la Naturaleza que nos hace ser diferentes uno de los otros.

Y resoplé otra vez.

Durante la información adopté un aire más serio de lo habitual. Intentando encontrarme a mí mismo, alteré el orden de información para que su caso fuese el último al que informaría. No quería estar allí, no deseaba ser quién les dijese las malas nuevas; no sabía qué decirles ni cómo decírselo, el tono a emplear, el grado de cordialidad que necesitaría y el de seriedad sin ser plúmbeo…

Los familiares fueron pasando y los minutos fluyendo hasta que me tocó llamarlos. Sin saber todavía qué hacer, me dejé llevar por el instinto y los hice pasar a la habitación de la información. Entraron cabizbajos aunque esperanzados; un apretón de manos sólido por parte del padre y una sonrisa algo retraída de quien supuse era la tía del chico. Y comencé.

Serio y científico. Comencé a contar la perorata genética, la mutación de la que quizá era portador y que hacía que su cuerpo empezase a comportarse de la forma que lo estaba haciendo y que lo llevará, irremediablemente, a la muerte. Serio y científico me detuve en medio de la explicación aséptica que estaba dando… Me entendían, no lo dudo, pero me di cuenta que nadie les había hablado de esa posibilidad. Mis otros colegas se habían amparado en otra hipótesis diagnóstica a la hora de intentar dar explicación a la rareza de aquel chico (ya de por sí harto difícil de entender) y que ninguno le había no ya ofrecido, si no ni siquiera mencionado, la posibilidad de una alteración genética que no tenía cura alguna, ni parche para seguir viviendo.

Sentí que había cometido un error. El padre me miraba fijamente, quizá buscando una explicación coherente a ese galimatías del cual lo único claro era que su hijo estaba tan enfermo que había acabado en la UCI. Y yo estaba allí soltándole una perorata de alteraciones genéticas y fines oscuros.

La tía del chaval miraba al suelo y suspiraba. Y yo cargado de una seriedad muy necesaria pero inútil.

Es uno de esos momentos de la vida en la que deseamos desvanecernos en el éter o, algo más fácil, no haber escogido semejante trabajo.

Pero allí estábamos los tres y yo debía hacer algo para salir de esa encrucijada en la que estábamos.

Empecé desde el principio. Cambié mis palabras por otras más amables pero igual de firmes. No despegué mi mirada de sus ojos. Les hice ver que, fuese correcta una hipótesis u otra, no había cura posible y que el desenlace final sería el mismo, que su cuerpo podía dejar de luchar en cualquier momento y que intentaríamos que fuese lo más tarde posible, lo mejor posible, lo menos duro posible, lo más cómodo posible.

Amplié mis sentidos todo lo que pude para poder abarcar la sensibilidad de aquel hombre que me veía con lágrimas en los ojos. Intenté sentir en mi interior el miedo, la impotencia, la tristeza y la desazón que debía sentir ese corazón cansado que me estaba oyendo. E intenté sonreír con la mirada, e intenté que mi voz sonara dulce aunque firme, e intenté que supiera que su miedo era comprendido, que su dolor era asumido, que su cansancio era asimilado, y que su niño, hijo único además, estaría en todo momento más que mimado, querido.

No sé si fui demasiado firme. No sé si pude transmitirles algo de mi propia paz, que se tambalea a veces más de lo que deseo. Cuando terminé sólo les sonreí y la tía del chico me miró con los ojos límpidos y el padre volvió a darme la mano con una intensidad diferente, con un punto de agradecimiento y otro poco de tristeza. Les enseñé la puerta y los acompañé (como hago siempre) a la sala de espera.

Al cerrar la puerta oí un sollozo ahogado y suspiré. Temblando, me apoyé en la puerta cerrada y volví a suspirar tratando de revisar en la memoria los errores que pude haber cometido con ellos y si la mala idea de la Realidad había quedada lo suficientemente clara para cuando la Muerte tocase a la puerta de aquel niño de ojos grandes.

No lo sé.

Durante el resto de la guardia fui de aquí para allá y de vez en cuando asomaba la cara para saludarlo. El chico con su sonrisa. La madre absorta. La tía callada. Y el padre, con los mismos ojos enormes, asintiendo con la cabeza.

Durante la noche, el chico no dormía y la enfermera me pidió que pasase a verlo. El chaval estaba con su padre, hablando de sus cosas. Revisé la hoja de evolución y hablé un poco con él. El chico me interrogó con la mirada. Sin decirme nada, sabía que quería saber qué tal iba. Había tenido algo de fiebre y algo de dolor en las horas previas.

– ¿Qué tal la pierna?

Le pregunté. Él sonrió.

– De maravilla. Ya no me duele… ¿Y la fiebre?

Me lo quedé mirando.

– ¿Qué crees?

– Que estoy mejor.

– Pues eso.

Y le sonreía señalando con el pulgar. El chico se echó a reír y le comentó al padre lo raro que le parecía. El padre intentó sonreír a su vez y cabeceó en señal afirmativa.

– Parece un buen tío.

Le dijo a su niño. Y todos reímos.

La noche pasó y a la mañana siguiente sólo se quejaba de que tenia hambre. Lo cual no está nada mal. Nada mal. Y me despedí de él con la certeza de que nunca más lo volvería a ver… Pero cierro los ojos y puedo dibujar esa mirada brillante y grande y oír el eco de esa sonrisa callada… Morirá, pero no para mí. No por ahora.

No sé qué nos hace ser lo que somos. Ignoro qué papel parecemos jugar unos con otros en este teatro que es el mundo. Hace dos meses tuve que tomar una decisión personal, detener los esfuerzos de alguien que me era muy querido porque ya no había más salida, y decírselo a una mujer que era una esposa y a un hijo que lo idolatraba. Eso no fue fácil, NO es fácil, como tampoco ha sido esto.

No sé si es necesario tener siempre abiertos los sentidos y la sensibilidad a flor de piel para poder vivir. Ni siquiera sé si eso es sano. Pero a veces hace falta echar un paso atrás, bajar un escalón, afrontar las realidades, adecuar el tono de voz, la longitud de la sonrisa y el roce de la piel. A veces sólo hace falta que tengamos un poco de consideración, un poco de serenidad y un mucho de respeto para poder hacer lo que hacemos. En cualquier profesión, en cualquier relación, en cualquier instante de la vida.

E ignoro si estoy en el buen camino. Por eso a veces me hago estas preguntas y me quedo esperando, aceptándolo, una respuesta que nunca obtendré.

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