11402777_10153433259622235_6138408385937985802_oConocer a Graciano Fernández García, psiquiatra asturiano, ha sido una de las mejores sorpresas de mi vida. Es de esas personas que aparecen haber estado siempre allí, porque están siempre allí. La palabra justa, el gesto más adecuado, el apoyo más incondicional.

Es elegante, con ese estilo suave y fácil y único que pocas veces se ve. Es pura bonhomía. Su voz profunda, sus manos de gestos serenos, su gusto por el detalle y la puntualidad, y esa risa de quien viene de vuelta de muchas cosas, comprensiva sin embargo y acogedora. Es capaz, con una dulzura firme, hacer de simples instantes momentos especiales, y de sorprender con gestos grandiosos e inesperados, que nos quitan las palabras y nos llenan de asombro.

Graciano Fernández García forma parte de esa red que se hace real por pura magia. Es encantador, brillante, perfeccionista, flexible, a veces equilibrista, y siempre constante. Incondicional.

Tiene la cordura justa, y la locura adecuada, que lo llenan de equilibrio. Una familia maravillosa completa una ecuación repleta de esas imperfecciones y conjeturas que hacen la vida alegre, digna de vivirse.

Graciano es un hombre todo corazón y que se ríe, porque ahora sabe, porque ahora conoce de qué va esto que llamamos vida que se vive.

Y aunque la Vida nos pone en cientos de vericuetos que nos tensan los nervios, Graciano sortea las aguas turbulentas con la misma serenidad con la que disfruta de los momentos de alegría y de sol. Y esa sonrisa y ese sentido común, tan aplastante y firme, hacen que tenerlo cerca sea siempre una aventura de conocimiento, educación y de divertimento sin par.

Y hoy está de cumpleaños. Llega a una de esas edades redondas, rotundas, que nos ponen a prueba, que nos ayudan a alcanzar la grandeza inherente que cada uno de nosotros esconde en su interior. Él ya es dueño de esa grandeza, que se ve en su mirada, que se esconde en todos sus gestos, y sobre todo, en ese ansia oculta de ser siempre mejor, que lo hace único, especial. Lleno de bonhomía.

Feliz cumpleaños, querido y admirado Graciano. Que tengas una vida llena de paz y de salud, pero por sobre todo, de lo mejor de ti mismo.

victorEl segundo que cambió mi vida es el libro autobiográfico de Víctor Tasende. En esta pequeña joya de superación personal, el autor nos adentra en el mundo de la tetraplejia (que sufrió a los diecisiete años tras un accidente en una piscina), en la inmensa suerte (que la tuvo) de recuperar la oportunidad de su vida, y en la inmensa inteligencia emocional, labrada a golpe de esfuerzo diario, que ha desarrollado con ello.

Víctor Tasende es un chico genial. Y es un genio. Genio de la superación o, mejor, de la afirmación que lo mejor que los hombres tienen es ser ellos mismos. Todo está en nosotros, sólo que tenemos que trabajar, labrar para encontrarlo. Y para desarrollarlo. Y para disfrutar con ello y por ello.

El segundo que cambió mi vida podría estar mejor escrito, desde un punto enteramente literario. Pero eso no le resta mérito, antes bien, exacerba el tesoro que seduce y conmueve. Su vida es un ejemplo, sí, pero es su vida. Sus esfuerzos desde la operación, la larga rehabilitación, sus estructuras mentales, sus caídas y sus triunfos, no nos sabrían mejor si una pluma le ayudase a redactarlos. Porque la veracidad también es belleza, y belleza es lo que le sobra a este hombre de veintitantos años que sabe lo que es sufrir, caer y levantarse no una vez, si no mil veces.

Es desde luego un maestro continuo para mí.victor-63

Acostumbrado como estoy a manejarme en situaciones extremas para otros, Víctor lo es porque las ha padecido y las ha incluido en su ser y su espíritu y ha permitido que esa amalgama transmute en fuerza, en energía y en luz que todo lo rodea. Él hace capaz ese sueño que albergamos todos de ser la mejor versión de sí mismo y no asombrarse con ello o, aún mejor que mejor, alegrarse con ello y vivirlo como un hecho más.

Esa sencillez ante lo absoluto es lo que hace de Víctor Tasende un ejemplo. Como hombre, como individuo, como estructura social. Pero sobre todo como compañero, como atleta (en su caso) y como comunicador, que se enrolla sobre sí mismo brindado el mensaje más clarividente posible y el más sencillo: somos todos potencialmente mejores de lo que nos permitimos ser. Ha vencido el miedo (¿y cómo no hacerlo?, ha vencido las ganas brutales de decir: No. Su vida es una afirmación constante y una prueba, pero sobre todo el disfrute de un camino y una eterna sonrisa.

El segundo que cambió mi vida habla al corazón de cosas de la vida y de la vida de todos, de la que Víctor Tasende es uno de los espejos más relucientes y sencillos que podemos encontrar en nuestro día a día.

11850411_681805521954173_1438755291_nCuando aparece, el ideal llega. Todo es perfecto: la sonrisa de dientes apiñados, los ojos pequeños, el hoyuelo del mentón.

Cuando aparece el corazón se alegra. Baila y se detiene y es como un vértigo sabroso que hace cosquillas en el pecho. Y corre el sentido hacia el vacío y se lanza sensible hasta el centro de una emoción perfecta.

Cuando aparece el único, el mundo se detiene. Y cuando pasa, el mundo gira otra vez. Y le seguimos con una fe desbordada, y a veces, siendo más que nunca nosotros, nos olvidamos de los límites de nuestro ser para alcanzar todos los suyos, para dominar las riendas de un alma pasajera.

Cuando llega, el donaire acampa; y el pelo canoso brilla con los haces lunares y hasta el pecho enorme silba sones de libertad. Hay cadenas que caen a nuestros pies y lazos que atan nuestros destinos. Cuando llega el dueño de nuestro corazón, desaparecen las preguntas y el universo cobra un sentido que nace con cada uno de sus suspiros. Y de los nuestros.

No hay preguntas, no hay dudas. Es un abrazo que nos congela y un fuego que nos abrasa. Cuando aparece todo pasa y todo vuelve a nacer.

No hay corazones rotos, no hay mentiras ni dolor. Cuando aparece el que buscamos nos sentimos hallados y es como una sorpresa el brillo que emana, y es un sueño el peso de su cuerpo a nuestro lado, y hasta su leve ronquido es música que no estorba, y el perfume de su piel el aliento de la vida.

Cuando aparece él, todo es perfecto: la soledad no es más que un mal pasajero, la pobreza un escollo que dejar atrás, la belleza un bien que se posee, y el amor, un tesoro encerrado en el corazón.

Cuando aparece él me quedo callado, y lo veo acercarse lento y tranquilo, con la sonrisa de dientes apiñados y la cara de niño travieso y ese hoyuelo en el mentón que se hace grande con cada palabra que dice. Y el mundo es un teatro de maravillas, y su abrazo el puerto inmenso donde mi nave atraca protegida de cualquier tormenta.

Su mirada es una infinitud.

Y cuando aparece, yo me hago eterno y ligero, como la espuma del mar.

IMG_6824En algún lugar podré sentarme y echar la vista atrás y seguramente asombrarme del tiempo que ha pasado.

Quince años desde que empecé a trabajar, primero como residente y después com adjunto de distintos grados laborales, en Medicina. Nada ha sido como lo había imaginado; el presente desde luego, y esa extraña nebulosas que es para todos lo que está por venir.

En todo este tiempo he sido aprendiz, a veces referencia, siempre sorprendido, familiar de enfermo y compañero. No espero haber estado siempre a la altura; cuando menos espero haberme disculpado a tiempo y aprender de los errores. De esos que nunca se olvidan. Porque nunca se olvidan.

Algún día me gustaría ver lo que ha sido mi vida y sentirme libre de este sentimiento de vacío y de inapetencia. En algún lugar de mi vida me gustaría darme cuenta que lo que he hecho ha valido la pena; que las noches sin dormir, los afanes; los malos momentos; la incomprensión, el acoso laboral; la denigración personal (por siempre breve, o tanto fugaz pues apenas me le di importancia alguna); los miedos, que los hay muchos; las torpezas; las intuiciones; los aciertos; las risas y el compañerismo hayan calado hondo y dejen en mí el gusto de lo vivido, el aroma de lo perfecto, el suave recuerdo de lo ido y nunca más necesitado.

En algún lugar quizá me dé cuenta que quince años de profesión son lo bastante para sentirme cansado, a veces triste y desanimado. Que es mucho tiempo para alguien que jamás se imaginó ejerciendo Medicina y que jamás pensó, ni en lo más recóndito, llegar a ocuparse de los pacientes más malitos de todo el sistema sanitario. Esa persona de dieciséis años que empezó un carrera por el prurito de saber cómo funcionaba la vida, quince años después de ejercerla, se ha dado cuenta del peso de la Vida y de la importancia de la Muerte; del pesado fardo de unos familiares que no entienden lo que ocurre; del miedo atenzante de un enfermo que pierde su dignidad de persona frente a la actuación sanitaria; del orgullo insano a veces d ella profesión y de sus frustrantes olvidos, un trabajo en equipo bien estructurado y las olvidadas gracias que casi nunca se dan, y cuanto menos se reciben.

Puede que en algún lugar de la vida me tenga tiempo para detenerme a pensar en todos los errores con los que he pavimentado ese camino. Errores de relación con mis colegas, con el resto del equipo sanitario y sobre todo y por encima de todo, con los pacientes y familiares. Echando la vista atrás parece que pesan más los momentos oscuros que los luminosos, y la tristeza que acarreo tiñe además de una melancolía difícil de definir. A veces sin ganas de luchar y a veces cediendo casi involuntariamente para mantener un silencio que en ocasiones es un voto sordo de apoyo y otras un símbolo de dejadez. Y el miedo constante a no sobrevivir a la pena, a la situación laboral, al estado de precariedad económica y finalmente a las responsabilidades familiares que se suman a las laborales, impuestas en el flujo continuo de la vida.

Quizá algún día llegue el momento de recordar las risas de madrugadas, los colacaos hirviendo o los trozos de bizcochos; las pequeñas fiestas gastronómicas con empanadas y embutidos a las cuatro de la mañana; así como las prisas, las actividades frenéticas, la labor constante por alcanzar Vida allá donde la Enfermedad ha hecho mella. Las discusiones vacías de generaciones que temen adquirir la responsabilidad que a veces me sobrepasa; y al alegría siempre única de encontrar, en la niebla de la madrugada, el equipo siempre listo, la sonrisa de un amigo, la labor siempre bien hecha de todos los integrantes de la UCI.

EN algún lugar pueda que vea esto como una de las mejores experiencias de mi vida, única e irrepetible. Pero por ahora no es el momento. Y espero que no necesite otros quince más para liberarme de este maremoto de sentimientos encontrados, de este sinsabor continuo, y consiga depurar ese espíritu juguetón, permeable a todo lo que pudiese aprender, con los ojos bien abiertos para no perder detalle, y esa necesidad, casi sagrada, de entregarse al bien de los demás, incluso olvidando las fronteras de la propia individualidad.

En algún lugar encontraré una nueva forma de vivir dejando todo esto atrás, y con todo, la suma de un individuo en un universo tambaleante, que desea un mundo mejor que le esta vedado, al menos por ahora, y que sólo le queda seguir buscando la ganga del día a día, y la esperanza infinita de ser cada día un poquito mejor.

11011220_10206581107223334_5194833935309412900_o   Al menos una vez al día te recuerdo. Me asalta de repente, sorprendiéndome al principio, cuando era una novedad. Ahora espero a que llegue con algo de ansiedad: tal paz tu recuerdo da a mi vida.

   Quizá sólo haya algo que me reproche por siempre, y es haberme alejado de ti. Aún con los años que han pasado y todo lo que ha llovido y lo que ha girado el mundo en nuestras vidas, saber que pude haber sido más que feliz contigo, más yo que nunca, hace que reproche mi torpeza, o mi orgullo o mi ceguera, o todo a la vez.

   Al menos una vez al día dibujo en mi memoria tu rostro. Tan natural, tan sencillo, lleno de sonrisa, los ojos cerrados, la nariz algo prominente, los labios plegados, y esa sombra única de tu espalda sobre la cama. Al menos una vez al día puedo dibujar tu rostro con una precisión de rayo láser.

   Y en en esos momentos me pregunto qué habrá sido de ti. Si te habrás casado, si habrás conocido una felicidad parecida (nunca la misma) que ambos tuvimos. Me pregunto cómo te habrá tratado la vida, si se habrá llenado de nieve tu cabellera oscura, si habrá surcos de tristeza alrededor de esos ojos maravillosos donde brillaba el mundo de los veinte años. Y si tendrás a alguien a tu lado que haga olvidar lo que yo cada día recuerdo más: el sabor de tus besos, el peso exacto de tu cuerpo sobre el mío; esa compañía llena de silencio y de presencia. Y si llegas a pensar en mí…

   En esos momentos en los que me lleno de tus recuerdos, oigo tu voz. Esa cascada grave, esa risa tintineante, esos reclamos amargos. Todo llega a mí: lo que tuvimos de extraordinario y de ordinario; lo que hicimos de único y lo que finalmente nos perdió. Qué injusta ha sido la vida con nosotros. Habrás encontrado, como yo, un amor sustituto que no era nuestro amor, pero que nos ha llevado, mecidos y adormilados, a nuestro hoy.

   Me gustaría buscarte, me gustaría saber de ti. Y sé de ti cuando cierro los ojos y el pensamiento dibuja tu rostro, paso a paso: las pestañas cerradas, la boca entreabierta, y los brazos relajados sobre tu cuello, elegante y lleno de mis besos…

   Cuánto tiempo ha pasado, y en cada recodo de mi memoria aún puedo dibujar tu rostro, y mi amor por ti brota, único, como la primera vez…

   Y es cuando me atrapa la duda y el ansia de saberlo de inmediato… A ti, ¿te habría pasado alguna vez?

Y sueño contigo, y pienso contigo, y amo contigo, como una vez fue.

11142348_662840753862684_1666556091_n Sabes que no me gusta repetir lo que digo. Soy de una pieza, es decir de una palabra. Cuando la esculpo la cumplo. Cuando la digo no la retiro. Y sin embargo, por ti hago una excepción que me llena de mundo y me hace enorme como un océano sin nombre.

Pregúntame otra vez. Toma mi mano y llévala al corazón y suspira cada palabra que hemos compartido esta noche callada. Toma mi corazón, abierto por ti, y, en tu boca, llena de besos cada una de sus fibras y hazle decir, otra vez, lo que le da vida, lo que le mantiene feliz.

Tú eres lo único que mueve mi mundo. Haces girar cada uno de mis latidos, y te siento en la yema de los dedos, en la cumbre de mi piel.

Tú eres lo único que me hace sentir vivo, lo único que me importa tras esta noche mágica, tras este día de amor.

Así que pregúntame otra vez si te amo. Si te lleno de besos, si te abrazo hasta que el cielo se apague. Pregúntame si podría estar contigo toda la vida, y más allá, o más acá, en la orilla de la playa y en la falda del bosque de tus ojos. Pregúntame si estaba vivo antes de conocerte y si necesito mil palabras para saber que te quiero.

Pregúntamelo aquí, al borde del abismo. Aquí, en medio de la plaza mayor. Llena de niños y de adultos, de abuelos y de madres, y de sobrinos y primos y amigos y enemigos sin nombre. Por favor, pregúntame otra vez si te amo.

Y yo lo gritaré con la ayuda de todos los vientos, con el arrullo de cada canción.

Pregúntame otra vez si te quiero y yo te responderé cada vez, una y otra vez, que te amo. Con el corazón y la cabeza y los dedos y los abrazos. Una y otra vez, cada vez que lo dudes hasta que no lo olvides, hasta que lo hayes seguro. Con la sonrisa dispuesta, con los brazos abiertos. Y siempre, siempre con el corazón lleno de verdad.

Así que pregúntame otra vez. Y mil veces más te contestaré con el corazón: Sí, amor, te quiero.

Cubiertas_De mar a Mar.indd  De mar a mar es un compendio de las epístolas que, entre 1965 y 1975, Ana María Foix y Rosa Chacel compartieron durante la adolescencia de la primera y el exilio americano de la segunda.

De profunda carga psicológica y personal, llena de coraje, de pasión por la literatura y la creación, de una sinceridad desarmante y de cierta monotonía del día a día, la historia de dos mujeres muy diferentes, pero unidas a través del océano y su amor por la creación literaria, se despliega viva y muy actual, después de medio siglo de haberse iniciado.

En esas cartas hay deseo y necesidad de conocerse, de entenderse, de quererse y de admirarse. Pudiendo ser su abuela, Rosa Chacel trata a la avispadísima adolescente como una igual. Ana María Moix descubre que una admiración profesional puede derivar (y deriva) en una amistad profunda, en un cariño escrito que no disimula su profundidad y que se extenderá hasta que la muerte diluya la historia de cada una.

De mar a mar, en la edición del 2015, contiene pequeñas erratas, pero le dan más autenticidad a un texto escrito muchas veces a bote pronto, con pausas desconcertantes y quizá con ciertos tachones. La habilidad epistolar que hemos perdido nos devuelve un mundo que en nada se parece al actual pero que está muy presente: allí donde haya sentimientos humanos, preocupaciones o deseos, siempre habrá lazos que unan experiencias distintas, mundos limitados por el perfil del tiempo que se deslizan, como fuerzas telúricas, en el presente, y nos da esa sensación extraña de estar repitiendo, sin querer, una y mil veces, el mismo guión.Chacel_big

Pero me gusta cómo está escrito, el lenguaje, la plasticidad, la belleza de la prosa, el ritmo poético de sus líneas. Cada exclamación o pequeño reproche, cada crítica y cada suspiro, cada depresión o aprehensión, cada tropiezo de Salud y su manejo (cincuenta años después, podríamos abordarlos y resolverlos de formas más simples), los abismos de la depresión, quizá unidos a la creación artística; esa vida auténtica de la adolescencia, cuyo cuerpo de creencias es tan sólido que ninguna duda lo corrompe, confrontado con la vida experienciada, que se enfrenta con armas diferentes, pero misma pasión, al día a día reconociéndose; todo conforma una sinfonía de palabras bien estructuradas, de significados (algunos con puntos suspensivos) tan bien escritos, que es per se una gozada para los sentidos.

Pondría en valor, como me dijo Màxim Huerta al recomendármelo, el retrato histórico de una época cercana en cuyos ecos y reverberaciones nacimos; destacaría a sí mismo la fortuna de compartir talento generacional de ambas, cada una en su momento de tiempo y de lugar; y el momento persona de cada una de las protagonistas. De todo eso trata De mar a mar. Pero no deja de ser un libro íntimo, un asomarse al mundo interior, a los miedos y razones y justificaciones y aprehensiones de dos seres que se reconocen y aprenden a quererse a través de lazos más profundos que el océano que los separa. 0000020192.jpg

Tiene en común con El invitado amargo de Luis Cremades y Vicente Molina Foix (cuyo nombre aparece formando parte de ese conjunto astral, generacional, de esos años convulsos), la recuperación de un tiempo ido y desproporcionado, la vivencia auténtica, a flor de piel. Lo que las diferencia es la evocación, el tiempo verbal del retrato. En De mar a mar es de una brutal inmediatez; en El invitado amargo, el poder taumaturgo de la evocación (el poso del tiempo pasado) retrata con trazos auténticos un presenta que ya ha quedado atrás.

De mar a mar nos muestra dos mujeres más parecidas de lo que pensamos en un primer momento y asistimos a ese descubrimiento entre ellas, a la mutua admiración, al coraje y al amor que habla muchos idiomas y que viste innumerables trajes, incluso los de la distancia. De Barcelona a Río de Janeiro y viceversa, el vals de una amistad se va oyendo y nos llega con sonido apagado, pero continuo, como el de la marea de la mar.

Y me recuerda el estilo, la literatura, las lecturas, el lenguaje que amo y que me ha llevado a escribir (torpemente) como lo hago. En sus páginas me encuentro adolescente (como me ocurrió con Luis Cremades, por ejemplo), esa necesidad y ese amor por las palabras primero, y posteriormente por las tramas, que leía e imaginaba en mi cabeza; época en la que el corazón y el cerebro son casi la misma cosa. El secreto es ser siempre aquello que somos o que deseamos, lejos de las modas aparentes (todas las épocas se parecen y padecen los mismos males) y del bullicio del éxito (interpretado aquí en la forma de que a alguien le gusta lo que hacemos), confiar en esa desconfianza débil de la creación, y en seguir adelante, con las armas y las desarmas que tenemos, en este vaivén continuo que es estar vivo. Y llegar a la eternidad deseada, como ambas escritoras desearon, por la vía más íntima y única encerrada en una epístola.

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